Doktor Faustus, de Thomas Mann: ¿puede explicarse el alma de un pueblo?

Doktor Faustus, de Thomas MannEl 27 de mayo de 1943, en su exilio norteamericano, el insigne novelista Thomas Mann, el más notorio de los intelectuales alemanes que se marchó de Alemania con la llegada al poder de Hitler —pues lo hizo no por verse amenazado (ni era judío ni había destacado por su ideología izquierdista, incluso bien al contrario se consideraba abiertamente conservador), sino por razones de repugnancia moral—, comenzó la redacción de su monumental novela Doktor Faustus. Esa misma fecha es la que figura en la primera página de la novela, puesto que ésta asume la forma de la supuesta biografía, no en vano se subtitula Vida del compositor alemán Adrian Leverkühn contada por un amigo. Es decir, Mann hizo coincidir la fecha real de inicio de redacción de la novela con la fecha ficticia en que el narrador de la historia también toma la pluma, en el corazón de «Europa, fortaleza asediada». El narrador de ficción, por tanto, sí se encuentra en la Alemania que ve cómo le llega el reflujo de la destructiva marea que ha lanzado sobre Europa. Mann asistía de lejos, con la esperanza puesta, claro, en la victoria de los aliados, pero también con el corazón dolorido por el triste destino del país que no veía desde 1933 (y en el que no volvería a residir nunca: murió en 1955, en Suiza). Doktor Faustus es muchas cosas, y de ahí su grandeza, pero una de las más importantes es que se trata de la reflexión torturada de un exiliado que intenta contestarse a sí mismo cómo su Alemania, y sobre todo, sus ciudadanos, pudieron caer en la adoración del infierno.

Es por ello que eligió el más alemán de los temas que su literatura ha dado a la historia, el de Fausto, el hombre que pacta con el diablo para acceder a un conocimiento superior, y que acaba arrastrado por la voracidad que le otorga su nuevo poder, su sensación de divinidad. No fue una ocurrencia del momento. Muchos años atrás, en 1901 —el año en que la publicación de su novelón Los Buddenbrook lo puso a la cabeza de la literatura alemana—, sus apuntes ya habían consignado un proyecto sobre el doctor Fausto. Que tardara 42 años en emprenderlo es sintomático: era un asunto que necesitaba una maduración del novelista a través del dolor, la condición básica para poder enfrentarse a ese pacto con el demonio, con los demonios de Alemania y con los suyos propios, que demandaba el tema.

Como para todos los hombres de su generación, la guerra desatada por Hitler era el segundo gran conflicto bélico de su vida. Sin embargo, la forma en que recibió el primero fue diferente. Si Doktor Faustus deja bien clara la actitud del novelista ante la guerra y quienes la han provocado, también 25 años antes había hecho lo mismo, pero en un signo muy distinto. En los primeros meses de 1918, el autor había publicado uno de sus libros más controvertidos, que sus más ciegos admiradores suelen ignorar, Consideraciones de un apolítico, donde sostuvo la participación alemana en el conflicto como una defensa obligada, una defensa de la kultur contra quienes se consideran la encarnación de la civilización (palabra que, por supuesto, otorga a ingleses y franceses con ironía). Ese libro, por supuesto, es algo más que una mera apología de los valores que Alemania, o los hombres como Mann, creyeron defender con las armas, pero en ella puede encontrarse una despectiva valoración de la democracia —que considera ajena al pueblo alemán, para el cual considera que el «estado autoritario» encarna la mejor forma de gobierno— que nadie diría posible conociendo al Mann posterior a la guerra, al incansable defensor de la República de Weimar, al hombre que con su mero rechazo de los honores que le ofrecía el estado nazi dejó bien demostrado a sus más conformistas compañeros de letras y artes que permanecieron en Alemania, que la resistencia siempre es posible.

¿Es posible, por tanto, que Doktor Faustus también constituya una especie de exorcismo con respecto a esa obra, que no puede llamarse de juventud porque el autor tenía 40 años cuando comenzó su redacción? La personalidad de Mann es tan poliédrica que nada puede darse por seguro. Ese autor que demolió, desde dentro, la novela burguesa decimonónica del XIX, proporcionándole al mismo tiempo su última cumbre (me refiero a Los Budenbrook, claro); ese hombre de irreprochable vida burguesa, cuyo anhelo de tranquilidad lo empujó al conservadurismo, y que acabó, por las circunstancias de la vida y de su insobornabilidad moral, convertido en paladín de la democracia; ese hombre cuya vida doméstica pasó por un paradigma de modelo familiar a la antigua usanza, pero cuyo ser íntimo se veía desgarrado por su homosexualidad (como refleja su inolvidable La muerte en Venecia, pero también el mismo Doktor Faustus). Ese autor, en fin, es demasiado inabarcable como para que uno pretenda sentar cátedra cuando sólo ha desbrozado un poco del vasto bosque de su vida y su literatura, pero es tan acogedor que permite tomarse familiaridades con su pensamiento íntimo. Y el Doktor Faustus tiene en mucho la apariencia de una confesión pública.

Los orígenes del doctor Fausto, edición de Alianza TresPor otro lado, hay pocas novelas sobre cuya redacción podamos conocer más. Mann publicó, dos años después de dar a conocer su Faustus, o sea, en 1949, una crónica acerca de su composición, bajo el nombre de Los orígenes del Doctor Fausto. La novela de una novela (edición en Alianza Tres, traducción de Carmen Gauger). En ella, alterna citas en abundancia de los diarios personales que siempre llevó con el registro de los hechos cotidianos de su vida durante esos años y la impresión que provocó en él el desarrollo de la guerra, así como proporciona una exhaustiva información acerca de las claves de su novela. Su lectura es del máximo interés, pero no sé si recomendarla porque también es verdad que acaba con buena parte del misterio que impregnan las páginas del original radiografiado hasta la extenuación.

El nuevo Fausto ideado por Mann es un compositor genial y avanzado a su tiempo, Adrian Leverkühn, en quien culmina toda la música anterior y que sirve de puente para un estadio superior de la misma. Un hombre concentrado en sí mismo desde su infancia, que se pasea por la vida con la sensación de que nada de ésta le concierne verdaderamente, transmitiendo a los demás una fría desafección que, sin embargo, obtiene el resultado paradójico de hacer más imprescindible su figura, su personalidad, para los otros. Un ser que simboliza la faceta demónica de esa Alemania que, creyendo alcanzar la cima de lo sublime, lo único que consiguió fue convocar un infierno, tan mezquino como sórdido, tan falsamente sublime como tristemente cegador. Su Adrian, quien por supuesto no puede ser interpretado como una imagen del nazismo, sí lo es de algo tan alemán como la tendencia a lo totalizador. Y el precio, claro, es la locura, aun cuando también el refulgente fulgor del genio creativo.

Mann tomó como referencia para su Adrian Leverkühn a dos importantísimas figuras de la cultura alemana, por tanto europea. Uno nada menos que el filósofo Friedrich Nietzsche, no en vano, como éste, Adrian es un genio condenado a la locura en el momento de su madurez, y que la contraerá del mismo modo, por medio de la sífilis. El otro es el compositor austriaco (nacionalizado estadounidense, como Mann; él también huyó del régimen nazi: era judío) Arnold Schoenberg, una figura menos conocida por el gran público que muchos otros músicos, pero que es fundamental en el desarrollo de la música del siglo XX como creador de la técnica del dodecafonismo. Mann, amigo personal suyo, trasladó buena parte de sus teorías y logros a su personaje, por medio de una labor vampírica que no deja de ser inquietante.

Thomas MannLa historia de Adrian Leverkühn, como he indicado, es narrada por su mejor amigo (aunque éste mismo no duda enseguida en indicar que esa amistad, incondicional hasta el grado de adhesión máxima, jamás fue correspondida en el mismo grado por aquél), un profesor de Lenguas Clásicas llamado Serenus Zeitblom. Serenus escribe, a escondidas, claro, su manuscrito como una forma de conjurar el rechazo infinito que siente por ese régimen que lleva al país a su condenación. Sus reflexiones es claro que son las mismas de Mann, del que es indisoluble portavoz —«Basta tratar de pueblo a la multitud para disponerla a actos de agresiva maldad»—, y como en el caso de aquél, su manuscrito también hace un seguimiento del curso de la guerra, registrando hechos que conmocionaron al propio Mann, como ese episodio en Weimar en que el general americano que se tropezó con la terrible realidad del cercano campo de concentración de Buchenwald obligó a todos los ciudadanos de la bella ciudad de Goethe a desfilar por su interior y contemplar las huellas de las atrocidades que habían sucedido en él, y que sólo haciendo un esfuerzo de comprensión imposible, puede imaginarse que desconocieran al menos en parte.

Las historias en la que la vida de un personaje de notable personalidad es narrada por un amigo o conocido de entraña mucho más modesta —cito una sobre la que he hablado en este blog: El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald — siempre tienen la virtud de hacerme interesar de modo extraordinario por esa figura en apariencia secundaria, pues sospecho que dice mucho más sobre el novelista que el gran personaje del que efectúan su crónica.

Y en Doktor Faustus sucede de modo especialmente notable. Es imposible amar a Adrian Leverkühn, pero es tremendamente difícil no emocionarse ante ese noble, sencillo, leal hasta la mayor abnegación, amigo que es el profesor Zeitblom, ese hombre que hace verdadero honor a su nombre, Serenus, narrando de principio a fin la vida de su amigo sin dejar en el tintero ninguna de sus sombras pero sin dejar nunca de rendirle una comprensión que es sencillamente admirable. Si Adrian Leverkühn parece mejor de lo que es, si el momento final de su muerte conmueve hasta la lágrima (sencilla: el relato no admite desatadas compunciones), es gracias a la prosa sobria y firme, ecuánime pero también bondadosa del inolvidable Serenus Zeitblom.

Esa realista sencillez de Serenus mitiga el efecto fantastique que es consustancial a la leyenda de Fausto. De hecho, sus reparos racionalistas, y sobre todo su cariño por un amigo del que tema su propensión hacia lo horrible, permiten que la confidencia que Adrian le hace sobre el pacto con el demonio —y que el pudor del amigo incluye en el relato registrando palabra por palabra, sin añadir nada, la carta en que aquél se le relata— pueda tomarse por un hecho «real» tanto como por un producto del delirio de un hombre tocado por una clara hipersensibilidad, que desde pequeño se manifiesta por síntomas como las recurrentes jaquecas, y que concluirá con esa inmersión definitiva en la locura. De hecho, el diablo, según indica en la conversación que tiene con Adrian, ya dejó años atrás su marca en el cuerpo del compositor, la lenta mecha destinada a consumirlo, previo cumplimiento del pacto: la sífilis, contraída de una prostituta a la que llama Hetaira Esmeralda, cuyo nombre puede reducirse, simbólicamente, a clave musical.

Poster de la versión de Fausto por F.W. MurnauEn cualquier caso, es evidente que el escritor se escinde entre sus dos personajes centrales. Serenus encarna el Mann templado, el exiliado que no duda en usar su renombre para denunciar lo infame, la estampa de lo que, externamente, todos pensaban que era ese escritor burgués y de firme honradez. Adrian —sobre quien el mismo Mann, en Los orígenes del doctor Faustus, declara, sin encubrimiento alguno, que se siente «solícitamente enamorado de él»— es, claro, la encarnación de sus demonios interiores, de su concepto de lo artístico, de la sublimación de lo artístico, en el que incluso encerró alguna de sus claves autobiográficos. Así, el episodio homosexual (tratado por Serenus con considerable pudor, al tiempo que con admirable —para un «burgués»— comprensión) que Adrian vive con el violinista Rudi Schwerdtfeger es un eco de su relación de juventud con el también violinista Paul Ehrenberg. En esta tensión entre lo público y lo oculto, entre lo expuesto y lo íntimo, entre lo racional y lo instintivo, entre lo divino y lo demoniaco, radica uno de los grandes atractivos de la novela.

Otro de los temas centrales que recorre el libro es el del dolor que trae consigo el acto de la creación artística. Cuanto mayor es la genialidad del artista, el dolor se acaba convirtiendo en auténtica enfermedad. Y como es lógico asimismo en un artista que se siente distinto a todos los hombres, que da la impresión de que estos son para él solo el ruido de fondo necesario para que su obra no se hunda en el mero ensimismamiento, Doktor Faustus es una novela sobre la soledad. El personaje de Adrian es uno de los mayores solitarios que ha dado la literatura, así como uno de los hombres menos capacitados para la compresión, para la empatía, para la emoción: incluso en el momento en que sobre él se abate por fin el más grande sufrimiento —la muerte de un sobrino muy querido al que había acogido en casa, y que achaca, para gran inquietud de Serenus, al pacto diabólico que no le permite horizonte de esperanza alguno—, hasta ese sufrimiento le sirve para remarcar el íntimo convencimiento de que «lo bueno y lo noble, no debe ser».

Ni el dolor ni la risa: uno de los rasgos más crueles con que Mann caracteriza a su personaje es su pasión por la risa, pero una risa que nunca es humana, que nunca sirve para entrar en comunión con el estado de ánimo alegre de un semejante, sino una risa fría y cruel que emplea para denigración del mundo. Thomas Mann, incondicional de la parodia (eso sí, la parodia intelectual, nunca chocarrera según lo que suele entenderse por parodia), hace de Adrian un maestro en el manejo de este recurso, traducido a música. En cualquier caso, señálese que uno de los más emotivos rasgos de la novela es su conmovedora tensión entre el efecto de ese frío intelectualismo que emana del personaje protagonista y el desgarro que late siempre bajo cada renglón.

La Melancolía, de DureroResulta paradójico que la mirada que Serenus enfoca sobre este gran solitario siempre sea para mostrarlo en compañía de sus semejantes (empezando por la suya propia, claro), hasta el punto de convertirlo en un astro sobre el que todos los demás personajes de la historia trazan una órbita más o menos cercana, marcando una relación que es la que parece definirlos. De hecho, la novela no es, en el fondo, tan diferente, por ejemplo, de aquella obra de juventud, Los Buddenbrook, con su inclusión de viejos elementos del folletín burgués: esposas adúlteras, amores ocultos, tragedias en público, intrigas de salón… Otra paradoja propia de un hombre que, según indica en su crónica paralela de la novela, a esas alturas de su vida ya sentía un notable desapego de esa obra de juventud que consideraba escrita por un Thomas Mann muy distinto al actual.

De la mano de esos recursos propios de la novela burguesa, Doktor Faustus efectúa un notable recorrido social por el Múnich de los años 20, ese Múnich donde, hay que recordar, se estaba incubando el huevo de la serpiente nazi. Serenus, en uno de los contados instantes en que se aparta de la referencia a Adrian para hablar en primera persona, refiere sus reuniones en casa de un grupo de intelectuales muniqueses que le están tomando el pulso al nuevo rumbo, muy spengleriano, de la historia, al caldo de cultivo ideológico que derriba como mercancía gastada y deleznable el «humanitarismo burgués» y lo sustituye por el culto al biologismo y a la conducción de la masa. Serenus/Mann acierta con el diagnóstico: el ascenso de esa nueva ideología que crea el fascismo supone una revolución, pero no reaccionaria sino inquietantemente moderna.

Por supuesto, y como todos los novelones que superan más de las 300-400 páginas, la lectura de Doktor Faustus no es fácil. Muchas veces parece que el autor quiere acumular en exceso las influencias artísticas e intelectuales que le salen al paso, y también desprende la sensación de una excesiva dilatación en determinadas situaciones y escenas… pero, ¿acaso los libros, al contrario que el cine, no permiten, es más, en determinados casos exigen, poder descansar y dejarlo a un lado para mejor retomarlo después? En particular, es evidente que las numerosas descripciones musicales —que, además, del placer lógico que de ellas se ve que extrae su autor, un hombre devorado por la música, son psicológicamente necesarias ante las cuestiones que trata— resultan muy arduas para aquellos que no tenemos nociones básicas sobre el tema. Sin embargo, el esfuerzo tiene como premio el enriquecimiento personal. Doktor Faustus es uno de estos libros cuya mera existencia justifica a la humanidad, a su innata inquietud por cuestionarse sus límites o sus condicionantes, por explicar el mundo desde nuestro solipsismo. Una obra extraordinaria, inolvidable en su desmesura, admirable en su lucidez humana y moral.

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Una palabra, para despedir el comentario, sobre la traducción. He leído la novela en la única edición que creo disponible ahora mismo en el mercado, la de Edhasa. La traducción la firma Eugenio Xammar, que es el nombre de un periodista catalán (1888-1973) que figura entre los grandes de la prensa española de este siglo. El Acantilado había publicado dos magníficos libros recopilatorios de sus crónicas periodísticas desde el Berlín primero de los peores años de la República de Weimar, El huevo de la serpiente (1922-1924) y el de los años del nazismo después, Crónicas desde Berlín. 1930-1936. En lo que respecta a su traducción —de la que no he podido hallar dato alguno ni cronológico ni editorial—, es magnífica, con la fluidez que necesita una prosa tan densa como la de Mann, cuya edad se reconoce en el sabroso uso de algún que otro arcaísmo (primitividad, astuciosamente) y en cuya falta de pomposidad (algo de lo que no escapan demasiados traductores de grandes obras), creo, se advierte una admirable modestia ante la magna empresa de que se hizo cargo. Un reconocimiento para el otro autor de este Doktor Faustus que he releído, con renovada intensidad, en este final de verano.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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7 respuestas a Doktor Faustus, de Thomas Mann: ¿puede explicarse el alma de un pueblo?

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  2. Me he topado por mera casualidad con su ensayo, y he de felicitarlo por su lucidez y claridad de ideas para con la obra de Mann. Hace ya más de un año que leí con gran interés el “Doctor Faustus”, interés que viene de la mano con mis estudios musicales. En estos días he estado leyendo la correspondencia de Mann y Adorno, y resulta aún más esclarecedor lo que significaron las influencias musicales que pudo aprovechar el escritor de mano del célebre filósofo y músico.
    Respecto a Schoenberg, quisiera agregar que tuvo serios reparos y enemistades con Mann, ya que no pretendía cederle el invento del sistema dodecafónico a Adrian Leverkühn (hay una interesante correspondencia al respecto de esta polémica).

    Saludos cordiales.

    • Benditas las casualidades que nos conectan a través de Internet, sobre todo si ha sido a través de un artículo para mí muy querido, porque la novela de Mann me fascina. No he leído esa correspondencia (siempre queda algo de Mann por leer, y eso ya es un gozo…), aunque admira la minuciosidad con que el escritor debió documentarse para todo el apartado musical (que es esencial, claro) de su obra. En cuanto al asunto de Schoenberg, no es de extrañar que el músico considerara excesivo el “vampirismo” de Mann, y seguro que también esas cartas poseen un interés considerable: para una próxima relectura de “Doktor Faustus” (la habrá seguro), ya tengo otras obras con las que complementarlas.

      Un abrazo.

  3. Haydee Kohan dijo:

    Hay cartas en que sus hijos (también escritores) ven al padre como un nazi que cambió su orientación luego de la derrota de los alemanes en Stalingrado. De hecho Katia Mann su esposa era judía Haydeé

    • No sé bien a qué te refieres. Desde luego, los agravios que los hijos de Thomas Mann sintieron hacia el padre (y con toda la razón…) son bien conocidos, pero la hostilidad del escritor hacia el nazismo creo que no fue nunca dudosa para aquéllos, igualmente notorios antinazis. Ahora bien, no soy un experto en las relaciones entre el padre y los hijos, y no he leído esa correspondencia o alguna de las obras escritas por estos sobre su relación con el progenitor. Si puedes remitirme hacia un ejemplo concreto de tu afirmación, te lo agradecería.

      Un saludo.

  4. Sergio dijo:

    Hola. Muchas gracias por el artículo, hace poco leí Doktor Faustus y es un reencuentro espectacular con Thomas Mann. Sí, creo que es muy curiosa su relación con el nazismo, hace algún tiempo leí el libro de Marcel Reich- Ranicki (Thomas Mann y los suyos) donde comenta este hecho, según recuerdo, al principio Thomas no estaba muy seguro de oponerse al partido nazi. Quizá se pueda entender su actitud porque Hitler no era aún el personaje que conocemos, vaciló a pesar de la insistencia de sus hijos y de su hermano por hacer público su rechazo al nazismo. En fin, lo interesante, es como comentas en el ensayo, es que Mann siempre estuvo comprometido con su propia consciencia y creo que es lo más importante, algo que también se trasluce en cada página de Doktor Faustus, una novela profundamente reflexiba.

    Saludos.

    • Muchas gracias a ti, Sergio, por tus palabras.

      Lo asombroso, y admirable, en Thomas Mann, es que un escritor de sus orígenes y posición social, cuya ideología hasta los años 20 había sido conservadora, incluso nacionalista (como demuestran sus nada apolíticas “Consideraciones de un apolítico”, que publicó durante la Gran Guerra) tuviera la lucidez, primero, y luego los arrestos de resistirse a la seducción de Hitler, ni siquiera bajo la excusa que luego esgrimieron tantos de que lo vieron como un “mal menor”. Y como bien dices, “Doktor Faustus” es un excepcional ejemplo de novela reflexiva, en manos además de un escritor que nunca dudó en entregar al máximo su interioridad dentro de sus libros.

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