Vencedores o vencidos: jueces que aceptan ser verdugos

Vencedores o vencidos, o El juicio de Nuremberg

¿Dónde se encuentran los límites del patriotismo debido, de la lealtad institucional, y dónde los de la pura humanidad? Esa es la pregunta que plantea Vencedores o vencidos, título sin duda imponente pero un tanto tendencioso que tapa el original que, sencilla y explícitamente, es El juicio de Nuremberg. Pues este episodio es el que aborda esta excelente película, que en mi opinión es uno de los mejores ejemplares de cine histórico realizado en Hollywood: porque, sin renunciar a la capacidad narrativa del buen cine comercial norteamericano, plantea una interesante mirada sobre el proceso a unas ideas, unos hombres y una época que nunca, por desgracia, perderán actualidad. Lo hizo, además, bajo una apasionante mezcla de cine-espectáculo y cine-documento, que comienza por una impresionante reunión de grandes estrellas de su época, cada una en un papel espléndido —¡aunque quien ganó el Oscar al Mejor Actor fue el menos conocido de todos, el joven actor austriaco Maximilian Schell!—, pero todos impecablemente sujetos a las necesidades de su personaje, que a unos los obliga a un lucimiento extravertido y a otros a una notable contención expresiva. Por encima de todo, Vencedores o vencidos es un buen ejemplo de ese concepto del cine que tuvieron cineastas como su gran impulsor, el productor y director Stanley Kramer, impulsados por un sentido de la responsabilidad moral que no tuvo por qué claudicar (casi) nunca al mero sermón para buenas conciencias.

Al parecer, Abby Mann, cotizado guionista televisivo, vio reclamada su atención por la noticia de que, a la altura de finales de los 50, prácticamente no quedaba en la cárcel ninguno de los condenados por los crímenes del régimen nazi en los famosos juicios de Nuremberg celebrados entre 1945 y 1949. Fue entonces cuando decidió escribir un libreto sobre el tema, que primero vio la luz en el medio televisivo para el que trabajaba, dentro del programa «Playhouse 90», en abril de 1959. El director del dramático fue George Roy Hill, futuro director de las dos celebradas gansadas de Paul Newman y Robert Redford Dos hombres y un destino (1969) y El golpe (1973). El ya anciano Claude Rains (el teniente Renault de Casablanca) interpretó el papel luego confiado a Spencer Tracy en la versión cinematográfica; a otro excelente veterano, Paul Lukas, le fue confiado el del juez alemán Janning, su doble moral. Hay que señalar que el reparto televisivo ya contaba con Maximilian Schell en el papel del abogado defensor Rolfe, que luego repetiría en cine (también el secundario Werner Klemperer, inolvidable rostro del despreciable Emil Hahn) con gran fortuna, al llevarse el Oscar a la Mejor Interpretación Masculina, siendo evidentemente el más desconocido de todo el estelar reparto reunido por Kramer.

Otro cartel de Vencedores o vencidosA la hora de afrontar su visión sobre el célebre juicio, Mann no se centró, sin embargo, en el primero y más espectacular de los procesos, que tuvo lugar contra los 24 jerarcas de mayor importancia que pudieron ser encontrados con vida (los más notables ausentes fueron los suicidados Hitler, Goebbels, Himmler y Bormann), sino en los en apariencia más secundarios. La historia de El juicio de Nuremberg se centra en los procesos contra las jerarquías menores, los funcionarios de élite que posibilitaron el triunfo del totalitarismo por su plena colaboración con los rectores del nacionalsocialismo. En concreto, el proceso que centra la película es contra los jueces del Tercer Reich. Mann, por ello, plantea un muy interesante problema moral: ¿es la misión de un juez limitarse a aplicar la ley vigente sin cuestionar su trasfondo ético? ¿O es deber suyo anteponer la Justicia abstracta al ordenamiento legal de ese país al cual ha jurado servir?

Con inteligencia, Mann centra toda la dramaturgia en torno a la confrontación moral entre dos magistrados. Uno es el anciano juez norteamericano que preside la causa, Dan Haywood. El otro es el principal acusado, Ernst Janning. Haywood, sencillo, campechano, reconoce la enorme relevancia de Janning, autor de obras consideradas como clásicos del Derecho, La actitud de éste durante el juicio (se resiste a aceptar la apasionada defensa de su abogado Rolfe y en todo momento permanece en el banquillo con la mirada baja, dominado por una digna reserva que contrasta con la actitud de sus tres compañeros —a quienes obviamente desprecia—, que no pueden evitar mostrar bien su resentida bajeza o su atónita estupidez) aumenta la enorme curiosidad que le produce un hombre en quien intuye una enorme superioridad tanto intelectual como moral.

Haywood asume su condición de mero profesional de la justicia, muy lejos de las alturas a las que se ha movido Janning: se reconoce en todo momento como un juez provinciano, que ni siquiera ejerce ya —fue derrotado en las últimas elecciones: que la judicatura pueda ser sometida a elección sorprende a la aristocrática viuda alemana con quien traba amistad (podríamos decir lo mismo del espectador español, claro…)— y que sabe que si se halla en tan prominente juicio es porque a nadie interesan ya esos procesos y todos los que estaban por encima de él en la lista de posibles rechazaron el honor. Significativamente, nos hallamos en vísperas de la crisis que dio comienzo a la guerra fría: el bloqueo soviético de Berlín, ante el cual las autoridades estadounidenses acaban por convencerse de que necesitan no a una Alemania completamente postrada sino a una Alemania convertida en poderosa aliada contra el comunismo.

Desde el primer momento hay que señalar que los dos mayores activos de Vencedores o vencidos radican en su excelente guión (tanto en su desarrollo como en los interrogantes éticos y morales que tan bien sabe levantar) y en su magnífico nivel interpretativo. Precisamente, es un acierto que esa confrontación entre los dos jueces, el que juzga y el que es juzgado, no se plantee en primer término sino que vaya surgiendo conforme avanza la historia, pero que empiece a levantarse a partir del similar estilo interpretativo de los dos actores, ambos extraordinarios, Spencer Tracy (Haywood) y Burt Lancaster (Janning).

Spencer Tracy como el juez HaywoodTracy, paradigma siempre de la naturalidad de los grandes de Hollywood, transmite desde su primera aparición, mientras observa con contenido dolor las desoladas ruinas de Nuremberg, la apacible sencillez que conforma su personalidad. La contención del actor sirve de modo magnífico a la propia contención del personaje, un hombre que en todo momento se hace preguntas, preguntas que indudablemente producen un desgarro en su bondadosa naturaleza. La más lacerante de ellas es: ¿cómo pudo el conjunto del pueblo alemán mirar para otro lado mientras se producían las atrocidades que día tras día se muestran en el juicio? Pregunta que se hace con más intensidad a medida que va conociendo a alemanes a quien en principio no duda en calificar de buenas personas (el matrimonio que atiende su casa o la viuda —de un general ejecutado durante uno de los primeros procesos—, por la que siente una indudable atracción, más admirativa que sentimental, eso sí: claro, es Marlene Dietrich).

¿Qué es ser una buena persona? O, más bien, ¿puede mantenerse la bondad en un mundo de perversidad sin verse contaminada? ¿O acaso, en el fondo, el ser humano sólo puede ser bueno cuando el mundo, la sociedad en que vive, también lo es: es decir, cuando esa bondad no es puesta a prueba? Preguntas que son fáciles de responder cuando no se ha tenido ocasión de ver probada nuestra capacidad de resistencia, claro.

La mirada de Tracy, su gesto severo pero nunca hosco, más bien triste, transmite de modo imborrable esas preguntas, esas reflexiones que son las que también se hace el espectador. A este respecto, hay un momento extraordinario, quizá el mejor en cuanto a sutileza, a ausencia de subrayados, del film: aquél en que los parroquianos de la taberna donde hablan la señora Berthold y Haywood empiezan a corear ruidosamente una canción, mientras éste último los mira con desconcierto, llevado de las reflexiones que acaban de provocar en su ánimo las palabras de la mujer sobre la ignorancia de los buenos alemanes sobre las atrocidades que cometían los nazis.

Un inolvidable Burt Lancaster como Ernst JanningFrente a él, Burt Lancaster ofrece el prodigio de una interpretación que le exige la más absoluta reserva, el más completo laconismo, durante la mayor parte del metraje. Y sin embargo, basta un mero movimiento de su cabeza —cuando la infeliz Irene Hoffmann/Judy Garland, a la que condenó por «corrupción racial», arruinando su vida, pasa dignamente a su lado y él, cuando ya lo ha rebasado, la sigue con la mirada, demostrando que sí está plenamente atento a ese proceso del que parece querer aislarse—, o la forma de esperar a que uno de los hombres abyectos con quien se avino a colaborar le deje pasar para recuperar su sitio en el banquillo; bastan, digo, para mostrar la enorme capacidad para expresar lo máximo con lo mínimo tan propia también de la gran escuela interpretativa del Hollywood clásico. Hay que recordar, eso sí, la versatilidad de un intérprete que supo ser sobrio y digno, pero también extravertido hasta el histrionismo sin dejar nunca de estar excelente (su inolvidable Elmer Gantry para El fuego y la palabra, por ejemplo).

Conforme avanza la acción, Janning va advirtiendo que bajo el aspecto sencillo y poco impresionante del veterano magistrado que preside su juicio se esconde un hombre primero con sobrada capacidad para dirigir unas sesiones tan complejas, en las que los estallidos de sentimientos son frecuentes, y después un verdadero juez de la naturaleza humana. Por ahí es por donde el espectador acaba recibiendo la respuesta de por qué un hombre digno y capacitado como Janning se avino a colaborar por el nazismo. Sí, sin duda hay lealtad y patriotismo, y el firme propósito de no abandonar su puesto para mitigar en lo posible las injusticias que el buen juez sabe que, con los nazis en el poder, van a caer sobre Alemania. Pero también hay vanidad. La vanidad del hombre que se sabe superior en todo a sus semejantes y que no se resignó a perder el papel principal al que estaba acostumbrado en la marcha de su país.

En la maravillosa escena final, ya concluido el juicio y condenado a prisión perpetua, Janning convoca a Haywood ante su presencia. Siempre modesto, el americano, pese a que está a punto de marchar al aeropuerto para coger el avión de regreso, acude a la celda del alemán. Janning le entrega un resumen de sus procesos, pero en realidad le ha hecho llamar para hacerle saber el respeto que siente por quien ha dictado sentencia condenatoria sobre él; es decir, el alemán no puede evitar hacerse señalar como un igual moral ante ese hombre al que ha llegado a respetar (él, al que tan difícil le ha resultado a lo largo de su vida respetar a las medianías con quienes ha tenido la desgracia de convivir). Pero Janning comete un error al intentar, por única vez, una mínima justificación, exclamando que no podía imaginar el horror al que se llegaría. La respuesta del honesto Haywood es implacable: «Se llegó a eso la primera vez que usted condenó a muerte a alguien sabiendo que era inocente».

El abogado Rolfe y el fiscal Lawson, Maximilian Schell y Richard WidmarkAdemás de la contraposición entre Haywood y Janning, el guión de Mann ofrece otras dos. La primera, por supuesto, es la que tiene lugar entre los dos enemigos que disputan por Janning, el fiscal Lawson y el abogado Rolfe. Es muy significativo que, al igual que Lancaster y Tracy están unidos por una interpretación sobria y contenida, también Richard Widmark y Maximilian Schell aparecen igualados por un estilo que, eso sí, es mucho más expresivo e incluso histriónico, como se corresponde, según la tradición del cine norteamericano sobre juicios, con el aire de escenificación que poseen los duelos entre fiscal y abogado. Resulta llamativo, por otro lado, la forma en que guionista, director e intérpretes juegan con las expectativas del espectador a la hora de caracterizar a ambos.

Desde el primer momento, Rolfe hace las veces del personaje simpático: un hombre que sabe lo difícil, casi imposible, de su defensa, pero que está dispuesto a salvar, cuanto menos, la figura de un referente tan notorio como Janning para la Alemania que debe reconstruirse tras la guerra. Su juventud, su abnegación, incluso la mayor contención de Schell frente al mucho más excesivo Widmark, atraen sobre él esa simpatía que se le niega a Lawson, quien sin embargo es quien debería concitarla, por cuanto la Verdad (¿o no hay que escribirla con mayúsculas?) está de su lado. Lawson, bien al contrario, resulta más bien desagradable —en alguna ocasión, Kramer, un hombre por lo general poco sutil, carga las tintas en exceso, como en ese momento en que su mera presencia, encima embriagado, aleja de la reunión con los jueces a la señora Berthold— y en ningún momento consigue transmitir del todo la nobleza del firme defensor de la justicia que sin duda es, hasta el punto incluso de negarse a aceptar las componendas que le piden las altas esferas militares ante el estallido de la crisis de Berlín. La elección de Widmark ya era un indicio: el peso de los numerosos villanos que interpretó el actor sin duda se encuentra tras el personaje de Lawson, a quien desde el primer momento se le presenta como un hombre en exceso rígido (casi fundamentalista), pronto a los estallidos de histrionismo e incluso a la pura manipulación. ¿Hay que señalar que en algún momento —por ejemplo, ante las protestas desencajadas con que Rolfe recibe la proyección de las filmaciones tomadas en los campos de concentración— Widmark sonríe como un villain?

Otra contraposición indudable es la que tiene lugar entre los dos principales testigos de la acusación, el retrasado Petersen y la mujer condenada por tener (falsas) relaciones con un judío, Irene Hoffman. Ambos papeles, breves pero sin duda intensos, muy propicios para el lucimiento de sus intérpretes, fueron confiados, sin duda de modo muy consciente, a dos actores que ya se hallaban en decadencia, tanto profesional como físicamente. El patetismo que transmiten Montgomery Clift y Judy Garland a sus personajes sin duda nace de la propia condición patética de sí mismos, en un juego meta-dramático que resulta muy incómodo.

Montgomery Clift como PetersenAhora bien, Vencedores o vencidos no consigue ser la obra maestra que merecía, y sin duda eso se debe a la labor de dirección de su gran impulsor, el siempre bienintencionado pero poco dúctil Stanley Kramer. Es cierto que la realización de una película de juicios siempre es delicada, por el evidente riesgo de monotonía en la planificación (o de su contrario, el efectismo). La apuesta de Kramer se basa en el juego con los encuadres. Las escenas principales de interrogatorios o de exposición, bien del defensor o del fiscal, se desarrollan invariablemente bajo la misma fórmula: a partir del encuadre inicial del personaje, la cámara va efectuando un lento travelling en torno al actor hasta incluir en el plano la figura de otro personaje que tiene una importancia clave en ese momento (frecuentemente de Haywood o de Janning), utilizando por tanto una notable profundidad de campo que iguala el primer plano con el fondo del mismo.

El reencuadre, en otras ocasiones, tiene lugar utilizando el zoom, ya sea lenta o súbitamente, esto último en los momentos más efectistas (como en el juego de reencuadres entre Rolfe y el anciano juez Wick, cuya digna posición va minando aquél con sus reproches sobre la aquiescencia que incluso él tuvo con las autoridades nazis: la escena concluye con un abrupto zoom hacia Rolfe cuando éste acaba por hundir la seguridad del anciano). El recurso, en principio interesante, por desgracia acaba malgastándose por su abuso, hasta el punto de que acaba amenazando con distraer la atención del espectador interesado por la puesta en escena, que acaba más pendiente de ver dónde acabará el reencuadre que de atender a las palabras de los personajes.

Con todo, y pese al exceso de subrayados, Vencedores o vencidos sigue destacando como un dignísimo ejemplo de cine comprometido con la denuncia moral de la realidad histórica. Desde luego, no puede negarse la intensidad que transmite en sus mejores momentos: cómo olvidar ese fabuloso instante en que, ante la terrible presión que Rolfe está efectuando sobre la desgraciada Irene, Ernst Janning acaba incorporándose, en el fondo del plano, para gritar con severidad a su propio defensor: «¿Es que vamos a empezar de nuevo?». Pese a la cantidad de veces que he visto esta película, continúa emocionándome la dolida dignidad de Burt Lancaster al interrumpir a su abogado. A continuación, toda la declaración de Janning mantiene con el alma en tensión al espectador, tanto por la genial interpretación de Lancaster como por la estupenda declaración que el guionista Abby Mann pone en sus labios y que resulta estremecedoramente convincente desde el punto de vista del análisis socio-moral de aquel terrible momento histórico. Es por esos momentos, por las preguntas que levanta, por el dramatismo que despierta, por lo que Vencedores o vencidos sigue manteniendo su valiente pertinencia moral y cinematográfica.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Vencedores o vencidos / Judgement at Nuremberg. Año: 1961.

Dirección: Stanley Kramer. Guión: Abby Mann. Fotografía: Ernest Laszlo. Música: Ernest Gold. Reparto: Spencer Tracy (Juez Haywood), Burt Lancaster (Ernst Janning), Maximilian Schell (Rolfe), Richard Widmark (Lawson), Judy Garland (Irene Hoffmann), Montgomery Clift (Rudolf Petersen), Marlene Dietrich (Sra. Bertholt). Dur.: 186 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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