A vueltas con Blade Runner (I): sueños, androides y ovejas eléctricas

La edición de la novela de Philip K. Dick en Círculo de LectoresConsidero que Blade Runner bordea el esteticismo ensimismado durante casi todo su metraje, incurriendo más de una vez en él. Sus dos protagonistas principales, Harrison Ford y Rutger Hauer, además de ser dos actores mediocres, no entienden en absoluto sus personajes y casi los arruinan. El director, Ridley Scott, no consigue aportar a las imágenes la fuerza poética y la intensidad dramática que necesitaba la historia. De hecho, aunque fue elevado a los altares cinéfilos gracias a esta película y a la anterior, la mítica Alien, el octavo pasajero (1979) —su mejor obra como realizador, ésta sí—, desde ese momento su carrera entró en una increíble espiral de horrores que solo remontó, en mi opinión, el año pasado con su vuelta al género de la ciencia-ficción en la película Prometheus (2012). Muchos de los elementos de su trama están más bien cogidos con alfileres e incluso hay alguna pequeña incongruencia que mejor no menear. Al amparo de intereses tanto económicos como artísticos, ya no existe una única versión del film, puesto que en el año 1992 se estrenó el llamado Montaje del Director, con importantes alteraciones (la supresión de la voz en off del protagonista, que iba punteando la acción, y la eliminación del happy end), y en 2007 se difundió la llamada Edición Definitiva, que más bien contiene cambios en la textura y el color de las imágenes. Encima, la lectura de múltiples críticas y libros sobre la película ha acabado por trivializar un tanto el contenido profundo de la historia, como suele pasar cuando la interpretación de una obra acaba pesando más que el puro placer porque nos la cuenten de nuevo.

Señalo todo esto para decir que, pese a todo esto, Blade Runner es para mí una de las películas más importantes de mi vida, y sin duda la que más me ha fascinado, tanto la primera vez que la vi en televisión (cuando no existían las pantallas panorámicas y supongo que el formato panorámico sería adaptado al del televisor) como después al recuperarla en cines en el Montaje del Director, que es el que he visto tantas veces que para mí ya es el definitivo, hasta tal punto que no he vuelto a ver (a escuchar, mejor dicho) la primera versión con el relato en primer persona del protagonista.

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El fantasma y la señora Muir, o la soledad de unas alfombras limpias

El fantasma y la señora MuirA veces sucede: una película que en su momento no gozó de especial repercusión (en nuestro país ni siquiera se estrenó, haciéndolo a través de una emisión televisiva en los años 70) ni arrastra el mito de otros títulos, poco a poco va ganándose un hueco en el corazón de un número nada desdeñable de cinéfilos, hasta el punto de que, de pronto, casi sin que nos hayamos dado cuenta, se convierte en un clásico. Es el caso de El fantasma y la señora Muir (1947), una película inolvidable que tiene la virtud de ir aposentándose en nuestro ánimo poco a poco, al principio casi imperceptiblemente, hasta que un día descubrimos que no podemos vivir sin su recuerdo. Se trata de un film que funde de modo memorable, el cuento delicado de fantasmas y el melodrama romántico de incontenible hálito melancólico, aunque en realidad, ante su encanto, las categorías o las etiquetas resultan absurdas. Es una película sobre el amor y la soledad, en su sentido más absoluto; qué terrible la lectura que hace: perder el uno es verse condenado a la otra… aunque quizá haya una última oportunidad, si bien no en esta vida. Pues la señora Muir se enamora (aunque no sabe darle nombre a ese amor hasta que es tarde) de un fantasma, al que pierde cuando, claro, toma partido por lo real, es decir, por un hombre de carne y hueso. Y cuando ese hombre resulta ser también un espejismo, no de inmaterialidad sino de falsedad, lo que acaba quedándole son largos y largos años de vida en el mismo lugar donde casi tocó la totalidad…

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Lovecraft, biografía y autobiografía

Lovecraft a punto de ser absorbido por CthulhuEn las últimas semanas estoy enfrascado en uno de mis periódicos regresos a Howard Phillips Lovecraft. Como las otras ocasiones en que me ha sucedido, hago algo más que leer algunos (o muchos) de sus relatos: hojeo la biografía de Sprague de Camp (y acabo releyéndola casi al completo), repaso su espléndido ensayo El horror sobrenatural en la literatura, que es toda una galería de entrada al género fantástico, buceo en relatos del llamado Círculo de Lovecraft, leo un agradable pastiche español protagonizado por el mismo Lovecraft (¡en busca del mítico Necronomicon!) que se titula Los nombres muertos, escrito por Jesús Cañadas y del que pronto hablaré, incluso busco nuevas ediciones con que no contaba. Esta vez ha caído, y eso ya es un desembolso, la estupenda Narrativa completa publicada en dos volúmenes por Valdemar, a cargo del especialista Juan Antonio Molina Foix, destacable por la belleza de la edición y el aparato de notas que cuenta, con los datos fundamentales de cada relato. Constato, por tanto, que en cada «rescate» de HPL no vale sólo con asomarse a su literatura directa, sino que hay algo que exige zambullirse en el universo lovecraftiano en general. Pues eso es Lovecraft, para bien y para mal: un universo que se proyecta mucho más allá de los límites del escritor al que casi todos ignoraron en vida y que tras su muerte fue convertido en objeto de culto.

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Regreso a Fantasía: La historia interminable en el cine

La historia interminable (1984)

La película de Wolfgang PetersenEl éxito mundial de la novela de Michael Ende aconsejó llevarla al cine cuanto antes. Se hizo en 1984, bajo producción germana autóctona, si bien con apoyo de Hollywood y rodaje en inglés, por tanto con mayoría de intérpretes norteamericanos, aunque poco o nada conocidos. El realizador escogido, Wolfgang Petersen, acababa de obtener un gran éxito internacional con El submarino (1981), y después de su nuevo acierto en la taquilla, se incorporó definitivamente al cine de Hollywood, donde ha desarrollado, hasta ahora, el resto de su carrera, con títulos tan populares como Air Force One (1997) o Troya (2004). La colisión entre ambos países provoca, de entrada, una combinación poco afortunada. Alemania, país mayoritariamente productor, aporta el exquisito sentido plástico de su tradición en el campo de la fantasía, que se remonta, claro, al cine mudo, pero que en el sonoro había dado sobradas muestras de sugestión —el díptico El tigre de Esnapur / La tumba india (1959, Fritz Lang) o el remake sonoro de Los nibelungos (1966, Harald Reinl), también dividido en dos partes, y mucho mejor de lo que se dice—. Del cine norteamericano lo que se tomó, por desgracia, fue la blandenguería y el ternurismo propios del llamado cine para toda la familia, sobre todo con niños dentro: el concepto que por entonces estaban difundiendo Steven Spielberg y George Lucas, aunque no sólo ellos.

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Tres versiones siniestras de Caperucita y el lobo: de El cebo a El juramento

El cebo (1958), de Ladislao VajdaEn las historias del cine español figura con especial relieve una película que, sin embargo, a nivel popular, carece de renombre. Se trata de El cebo (1958), una coproducción con Suiza cuyo prestigio crítico es alto, y que en su día dirigiera el mismo director de Marcelino Pan y Vino, o sea, el húngaro afincado en España Ladislao Vajda. La trama de El cebo, para quien no la conozca, resultará insólita para una película de aquella época, justo anterior al famoso desarrollismo de la etapa franquista: un policía a la caza de un asesino de niñas pequeñas, esto es, de lo que hoy llamaríamos (y en inglés, que queda mejor) un serial killer, lo cual hará contra viento y marea, y en especial contra la opinión de sus superiores, que ya creían haber cerrado el caso con la detención (y muerte posterior, por suicidio) de un sospechoso para ellos «ideal». Lo insólito, claro, radica en que ese tipo de tramas eran completamente imposibles de encontrar en un régimen donde «esas cosas no pasaban», y de hecho hay algo de trampa, pues la acción, los personajes y, las cosas como son, la identidad general de la película se corresponden con el otro país coproductor, Suiza, y más en concreto con la tradición y formas del cine germano (el original se sitúa en la parte alemana de la confederación y está interpretado en alemán). En cualquier caso, ahondar en las circunstancias de El cebo es una cuestión de lo más interesante porque enseguida se descubre que el autor de la historia original fue el relevante novelista y autor dramático Friedrich Dürrenmatt, quien rápidamente la convirtió en un relato no muy extenso (pero con importantes modificaciones sobre la película), La promesa, que a su vez acabó siendo llevado otra vez al cine, con mayor literalidad: en Hollywood, constituyendo curiosamente una de las ocasiones en que el actor Sean Penn se ha puesto detrás de las cámaras, El juramento (2001). Como siento un especial interés por las relaciones entre cine y literatura a través de las adaptaciones que se hacen de un medio al otro, voy a comentar este caso, de especial interés por cuanto no es exactamente un relato literario previo lo que se lleva al cine, sino que el autor de la historia original realiza una «corrección» literaria a una obra cinematográfica con la que, parece evidente, no debió de quedar muy satisfecho.

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El dios del trueno en el cine: Thor y Thor. El mundo oscuro

Thor. El mundo oscuroLas películas de Marvel Studios obligan a quedarse después de los títulos de crédito —esos aburridos letreritos que antes salían al inicio de la película y ahora, para no molestar, lo hacen al final—, porque encierran una sorpresa: una secuencia extra que, más que rematar la historia ya concluida, lo que hace es anticipar alguno de los siguientes proyectos del estudio, ofreciendo un simpático guiño a los aficionados que refuerza la noción de continuidad que, a imagen de los tebeos, se está intentando ofrecer con las películas desde que, en 2008, con el primer Iron Man, la editorial consiguió por fin dotarse de su propia línea cinematográfica. Pues bien, sin duda el más impactante de estos anticipos finales lo contenía Iron Man 2 (2010). En el fondo de un cráter, provocado sin duda por un tremendo impacto contra la superficie, aparece nada menos que un martillo enhiesto sobre la tierra. Un martillo muy reconocible, por su encordadura y su macizo aspecto rectangular: Mjolnir, el martillo de Thor, el dios del trueno.

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Mundos virtuales más allá de Matrix

Matrix y otros mundos formados por númerosPertenezco a una generación que ha asistido con asombro al increíble desarrollo de los efectos especiales, desde su creación del modo más artesanal al triunfo de los efectos digitales. En cine, llegué a ver la última película del mago Ray Harryhausen, el genio de la stop motion, con sus entrañables criaturas animadas paso a paso, o sea, Furia de titanes (1981). Enseguida, las maquetas que daban vida a las naves espaciales de la primera trilogía de La guerra de las galaxias ya me parecieron el colmo de la magia. La hiperrealista ambientación del Los Angeles de un futuro que ya casi pronto lo convertiremos en pasado, en Blade Runner (1982) me dejó pegado primero a la televisión, la primera vez que vi esta película, y después a la sala de cine cuando se reestrenó. Pero sin duda ha sido la aparición de la CGI (Imagen Generada por Computador), o animación digital, lo que ha producido la definitiva revolución, acabando casi con el término «efectos especiales»… porque su realismo ya es completo. Esto sucedió con dos sagas estrenadas con el cambio de siglo. Una, la de El Señor de los Anillos, de Peter Jackson, que cambió el concepto de escenario, haciendo parecer real cualquier paisaje o ciudad. La otra, la saga Matrix, de los hermanos Wachowski, con esa increíble manipulación del tiempo y el espacio en las escenas de acción.

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Tiburón: no confundir el clasicismo con los tópicos

Tiburón, de Steven SpielbergSomos muchos los amantes del mar que compartimos un momento muy delicado de nuestro pasado acuático: el verano en que, siendo pequeños, vimos Tiburón… y bañarse en «lo hondo» ya no pudo ser lo mismo. Las estadísticas y los artículos de prensa de la época lo confirman: el impacto de la película de Spielberg fue grande entre los bañistas. Yo vi la película en una sesión organizada en mi colegio y, como es lógico, la chavalería que abarrotaba la sala jaleó todas y cada una de las apariciones en pantalla del enorme escualo. Ah ese calorcillo humano que nos damos todas las multitudes cuando compartimos una experiencia gregaria. Pero después, en la playa, sin los compañeros, la cosa ya no era tan divertida… En fin, sirva toda esta introducción en plan batallita para asegurar que Tiburón es una película a la que le guardo un inmenso cariño. Sin embargo, su revisión reciente me ha desmontado muchísimo el recuerdo que yo le tenía como un film excelente. En general, es una película que suele valorarse bastante dentro de la filmografía de Steven Spielberg, de quien constituyó su primer gran éxito, y de hecho he leído más de una crítica que la alaba como un ejemplo perfecto de película moderna de digno aroma clásico. Pues bien, y como digo en el título del comentario, no debemos confundir el clasicismo de verdad, incluso el noble concepto de arquetipo, con el de tópico puro y duro… que, desgraciadamente, es lo que, a mi juicio, compone este Tiburón. Con todo, eso no impide que le siga teniendo cariño a esta película, como se lo debemos tener a todas aquellas historias que una vez fueron importantes en nuestra vida, sobre todo en esos años más inocentes que son los de la infancia o la adolescencia.

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Charlton Heston, labrado en piedra

Charlton Heston, el inolvidable Ben-HurLeí en alguna ocasión que el rostro de Charlton Heston parecía labrado en piedra: esa mandíbula poderosa, tremenda, esa frente alta, vigorosa, esos pómulos cincelados. La fuerza en estado bruto. Pero unos ojos azules en mitad del rostro que, de pronto, dulcifican unos rasgos que pareciera que su estado natural es la furia, contenida o arrebatada. No era extraña esa imagen del rostro en piedra. Bien al contrario, suponía una metáfora acerca del tipo de personajes que le hicieron popular: personajes extraídos de las páginas de la Historia o de la Biblia, nunca de la vida cotidiana (¿se imagina alguien a Heston haciendo de honrado padre de familia que tiene que ir todos los días a un trabajo vulgar y luego se desahoga tomando una cerveza con los amigotes en el feo bar de la esquina?). Por supuesto, ese encasillamiento acabó forjando sobre él la imagen de un actor unidimensional, nada cercano, la clásica estrella artificial que solo tiene sentido en determinado momento y en determinadas películas, que en su momento todo el mundo ve pero que años después casi todos desprecian. Sin embargo, yo tengo a Charlton Heston por uno de los grandes actores del Hollywood clásico. Un actor bien incrustado en un modelo interpretativo, para mí el genuino del cine norteamericano, el que dio forma a los más grandes. Un actor que basa su fuerza dramática ante todo en la presencia, en su capacidad para llenar el plano de tal modo que su personaje, cualquier personaje, no puede evitar verse moldeado por esa presencia, por ese carisma.

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En las montañas de la locura, de Lovecraft: el horror se esconde en la Antártida

La revista pulp donde se publicó En las montañas de la locuraEscribió Michel Houellebecq que los escritos de Howard Phillips Lovecraft persiguen un único objetivo: llevar al lector a un estado de fascinación. No sé si En las montañas de la locura es el mejor relato de Lovecraft, pero a mí sí me parece el más fascinante. El solitario de Providence escribió varias veces el mismo tipo de planteamiento que mueve la presente historia: el espantoso descubrimiento de la existencia, insospechada hasta entonces pero no obstante sugerida por viejos y espantosos libros desechados como horrores ocultistas, de que la vida en la Tierra posee un pasado mucho más remoto del que se cree, cuyo protagonismo correspondió a increíbles seres procedentes del espacio, que tendrían que haber desaparecido hace eones del planeta pero que están todavía agazapados, esperando en algún momento su reaparición. Es el planteamiento de relatos como La llamada de Cthulhu o La sombra de otro tiempo. Pero En las montañas de la locura posee algo que no poseen los otros, y que es lo que le proporciona esa sensación de horror sagrado, de misterio preternatural que, verdaderamente, descorre un velo que no debiera haber sido descorrido: una ambientación absolutamente genial en las vastas soledades de la Antártida.

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Un juvenil pastiche lovecraftiano: El habitante del lago, de Ramsey Campbell

El habitante del lago, por Ramsey CampbellInfinita es la progenie desatada por la obra de Howard Phillips Lovecraft, sin duda el escritor de terror más influyente del siglo XX, que murió sin que su nombre fuera conocido más allá de un círculo de entusiastas amigos y discípulos que lo veneraban y que, sin embargo, si ya en vida había conseguido que sus creaciones de ficción fueran adoptadas por aquellos, tras la muerte daría origen a un verdadero culto sin cuya influencia es difícil entender el devenir del género, no sólo en la literatura sino también en el cine. Lovecraft es uno de los pocos autores de terror que ha dado origen a un adjetivo que encierra una descripción literaria, lo lovecraftiano, del mismo modo que existen lo dantesco, lo dickensiano o lo kafkiano. Tuvo la suerte de tener un discípulo que asumió la labor de difusión de la obra del Maestro como si del sumo sacerdote de un culto esotérico se tratara: August Derleth, que creó una editorial con el propósito de poder dedicarse a esa propagación, Arkham House, y que no solo revitalizó las ediciones de Lovecraft sino que animó a sus seguidores a continuar aportando historias al universo urdido por el escritor. De hecho, él mismo daría ejemplo elaborando un vasto cúmulo de ficciones (algunas de ellas a partir de argumentos o esbozos que Lovecraft dejó inconclusos) y organizando incluso la particular «monsteriología» ideada por éste (de modo excesivamente clarificador, en mi opinión).

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Mujeres de carácter en el western: Encubridora y Johnny Guitar

Curioso y trepidante cartel de Johnny Guitar¿Hay un papel para la mujer en el western? El gran Sergio Leone, el hombre que reformuló el género en Italia, señalaba que solo eran un estorbo, pero incluso él dejó en cine al menos un personaje femenino inmortal, el que encarna Claudia Cardinale en Hasta que llegó su hora (1968). Es cierto, sin embargo, que en el western clásico, el que simboliza Hollywood entre los años 30 y los inicios de los 60, la mujer apenas si juega otro papel que el de descanso del guerrero, el de prostituta (o chica de mala reputación) o el de víctima inerme de continuos peligros (indios o pistoleros, qué más da). Siempre hay excepciones, por supuesto, y quiero hablar de dos de ellas. De dos estupendos personajes de mujeres a contracorriente en el western, de dos fantasías femeninas concebidas, claro, por hombres y para hombres. Se trata de Altar Keane y de Vienna, las dos protagonistas de esos dos raros westerns que son Encubridora (1952), un poco conocido trabajo del gran Fritz Lang, y Johnny Guitar (1954), éste por el contrario un film legendario del que parece imposible poder decir algo que no esté trillado. Dos mujeres que reinan sobre universos masculinos, o que creen reinar cuando resulta más fácil destronarlas de lo que ellas, tristemente, pensaban. Dos mujeres diferentes, cuya independencia acaba deviniendo trágica, que sin pretenderlo arrastran la muerte consigo y que, por tanto, son símbolos eminentes del eterno femenino en su sentido más fatalista.

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Las memorias de Elias Canetti

Elias CanettiUna de las primeras hazañas literarias de las que me sentí orgulloso fue la lectura de la espléndida novela de Elias Canetti Auto de fe, descubierta en la selección de clásicos del siglo XX que Mario Vargas Llosa realizó para el Círculo de Lectores bajo el título de Biblioteca de Plata. No pude resistirme: Auto de fe es uno de estos libros a que me refería en uno de mis primeros comentarios en este blog, que contienen un inicio tan deslumbrante que obliga a ir más allá de su primera frase o de su primera página. La lectura, eso sí, fue trabajosa: para alguien todavía acostumbrado a historias de argumento muy delimitado, esta entraba de lleno en la categoría de lo «difícil». Cuando fui en busca de su siguiente novela, descubrí sorprendido… que no existía. ¿Era Canetti autor de un solo libro? No, pero no volvió a escribir ninguna otra ficción novelesca. Escribió obras de teatro (tres), apuntes y aforismos y, en especial, soñó con la inmortalidad en el campo del pensamiento gracias a Masa y poder, a la que dedicó más de tres décadas y que él consideró siempre el gran trabajo de su vida, aquél por el que verdaderamente sería recordado. Sin embargo, si no existieran esos dos libros centrales de su obra, todavía tendríamos derecho a considerarlo uno de los grandes escritores del siglo XX gracias a sus inolvidables memorias.

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Taxi Driver: presunto viaje al corazón del infierno urbano

Cartel español de Taxi DriverAnte Taxi Driver, creo, no caben posturas intermedias: es una película que se ama o se detesta, o se sucumbe a su fascinación o fastidia profundamente, en especial si alguna vez uno también se ha dejado enredar por sus claves hipnóticas (que es indiscutible que tiene). Sólo por ello ya destacaría en la filmografía de Martin Scorsese, para mi gusto uno de los directores más sobrevalorados del cine moderno. Si en otros títulos me cansa la evidente pretensión del autor de querer decirnos en casi cada plano lo genial que se considera, en Taxi Driver, incluso en sus peores momentos, se advierte todavía una espontánea sensación de que el cineasta está desbrozando un camino, su camino, aunque se equivoque en la senda. Se advierte todavía a un director que no ha encontrado una fórmula (aplaudida además), sino que se esfuerza en buscarla, en afirmar su propia personalidad. Es una película, sin duda, torpe y balbuceante, por mucho que la aparente seguridad de su dirección enmascare tales defectos. Y que se beneficia de varios elementos, el primero de los cuales es, sin duda, esa atmósfera de sordidez nihilista que bañaba el cine policiaco de la época, al que, en gran medida pertenece la película. La coetánea urbe sucia y malsana que retrata con complacencia la cámara de Scorsese responde al mismo aroma estético y moral que muestran films como Contra el imperio de la droga (1971, William Friedkin) o San Francisco, ciudad desnuda (1975, Stuart Rosenberg), trátese de la megalópolis que se trate: es una cuestión de mirada, y el thriller americano de los setenta tuvo una mirada intensamente crítica y personal. Ahora bien, el problema es: ¿qué quiere contarnos Taxi Driver?

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El poderoso Thor: los dioses nórdicos convertidos en superhéroes

El Thor de Lee-Kirby, en PaniniEl enorme interés que siempre he sentido por la mitología nórdica no me lo transmitió la lectura directa de las sagas vikingas, ni la activa difusión que Borges siempre hizo de la literatura escandinava, ni siquiera el descubrimiento del gran escritor islandés Snorri Sturlusson, gran difusor de sus mitos. No; se lo debo a un tebeo de superhéroes. Un tebeo de la Marvel, que supongo que también fue la puerta de entrada a Asgard y sus habitantes para muchos otros de mi generación. Me refiero a The Mighty Thor, o sea, El poderoso Thor, serie y personaje creados por el gran dúo generador de la mayor parte de los personajes más reconocibles de la editorial, el guionista Stan Lee y el dibujante Jack Kirby. Está a punto de estrenarse el segundo film que a dicho personaje está dedicando el estudio de cine de la editorial, Thor. El mundo oscuro (2013), y con este motivo Panini, la editorial que posee los derechos españoles de Marvel, ha comenzado ya una ofensiva de publicaciones destinada a exprimir en lo posible el acontecimiento. Lo cual hay que celebrar, porque se anuncian nuevas ediciones, con mejor calidad, de algunas de las mejores etapas de la colección del dios del trueno, empezando precisamente por la inaugural. Un precioso tomo, compuesto por casi 700 páginas de tebeo, hace ya un par de semanas que se encuentra en las librerías, bajo el sugerente título de «En mis manos… este martillo». De su mano, vamos a repasar las circunstancias de la creación de Thor.

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