Arthur Machen: esa apariencia que llamamos realidad

machen2 001El nombre de Arthur Llewellyn Jones en principio dirá poco a cualquiera; no así el nombre de pluma que este escritor escogió, al adoptar el apellido de su madre, para firmar como Arthur Machen. Este particular apellido, en el aficionado a la literatura de terror, evoca enseguida parajes solitarios de inconcebible edad en los que se agazapan presencias malignas que el ojo normal no puede ver; misteriosas y casi impalpables influencias que están esperando ganar algo de nuestra atención para filtrarse, de nuevo, en este mundo sobre el que una vez caminaron cotidianamente; horribles degradaciones de aquellos seres que intentan alcanzar una trascendencia que el hombre perdió hace mucho. ¿No suena lovecraftiano? No es casualidad, pues el nombre de Machen suele ligarse hoy al del mucho más mitificado Solitario de Providence, quien no por casualidad lo consideró uno de los grandes de su género predilecto, el llamado horror cósmico. También Lovecraft basó su mundo literario en la intuición progresivamente terrible de que no estamos solos: de que nunca lo estuvimos, en realidad, pero nos hemos refugiado en la confortable seguridad de lo racional, relegando a los mitos, las historias de brujería y los cuentos de hadas ese trasfondo que, queramos o no, existe. Para Lovecraft, criaturas que en otro tiempo se movieron con libertad por la Tierra y que, habiendo sido expulsados, solo esperan un resquicio para poder volver. Para Machen, la capacidad del hombre para ver más allá de nuestros sentidos, para trascender la banalidad de lo real y descubrir lo que de verdad se agazapa detrás.

Seguir leyendo

Publicado en Autores, Inquietantes británicos, Lovecraft y lo lovecraftiano | Etiquetado , , , , , | 2 comentarios

Las Ciudades Oscuras: urbes que aguardan en un sueño

I      II      III

La fiebre de Urbicanda, uno de los mejores títulos de Las Ciudades OscurasEn mayo de 1982, en las páginas de la revista belga A suivre, comenzaba a publicarse un cómic titulado Las murallas de Samaris, que proponía una historia de ciencia-ficción distópica muy propia del tebeo franco-belga: un joven llega a una ciudad que vive gobernada por una misteriosa lasitud, que hace de la repetición de rutinas el devenir de cada día, y acabará descubriendo que toda la ciudad es un gigantesco decorado diseñado sólo para él. Pocos podían pensar —ni siquiera sus creadores, el guionista Benoit Peeters y el dibujante François Schuiten— que este título iba a ser el origen de una de las más fascinantes sagas del tebeo europeo contemporáneo, cuyos distintos capítulos serían agrupados, a partir del cuarto capítulo, bajo el nombre de Las Ciudades Oscuras. Nombres tan evocadores como Urbicanda, Alaris, Mylos o Galatogrado; imágenes como la de una ciudad literalmente atravesada por una estructura cúbica que no para de crecer, invadiendo todo el espacio urbano; juegos de espejos sobre ciudades reales que dan pie a alegorías de regusto kafkiano; personajes sometidos a extrañas alteraciones físicas: una chica cuyo centro de gravedad cambia de tal modo que debe caminar con una inclinación de 45º o un agente de seguros cuya sombra de pronto adquiere color; odiseas que conducen a sus protagonistas a embarcarse en viajes a ninguna parte, como una torre que simboliza la famosa de Babel y que, por tanto, como símbolo del inútil parangón del hombre con la divinidad, supone un gigantesco callejón sin salida…

Seguir leyendo

Publicado en Miscelánea de cómic | Etiquetado , , , , , , | 5 comentarios

John Wyndham en el cine: de Los cucos de Midwich a El pueblo de los malditos

Este artículo, en una versión más extensa, fue publicado originalmente en el nº 13 de la revista Delirio

Los niños terribles de Village of the Damned

Los cucos de Midwich

El nombre de John Wyndham (1903-1969) es conocido por todos los buenos aficionados a la ciencia-ficción por una serie de novelas que, publicadas en los años 50, tienen la condición de clásicos del género: El día de los trífidos (1951), Kraken acecha (1953) y Las crisálidas (1955). Sin embargo, seguramente hoy está unido, ante todo, a las versiones cinematográficas de otra de sus novelas, Los cucos de Midwich (1957), pero bajo el rebautizo que sufrió en su primer paso a la gran pantalla: El pueblo de los malditos. El prestigio cinéfilo de esta primera adaptación, dirigida por Wolf Rilla en 1960, que no ha hecho sino acrecentarse con el tiempo y que sigue siendo superior a sus secuelas y remakes, garantiza al menos un pequeño puesto a Wyndham en el imaginario fantástico general. Lo cual es injusto, pues la obra del escritor inglés es una novela magnífica, digna de figurar en cualquier lista que catalogue los mayores logros de la literatura fantástica del siglo XX, y ninguna de las películas surgidas en su estela consigue reproducir la notable capacidad de inquietud que desprenden sus páginas. No obstante, han conseguido fijar en nuestra mente un icono de notable fuerza: un grupo de niños con una melena rubia y lacia que consigue crear sobre ellos una sensación de homogeneidad física, que se mueven como si fueran uno solo y que cuando concentran su mirada, implacable, sobre cualquier ser que creen que puede dañarlos… éste ya puede darse por condenado.

Seguir leyendo

Publicado en Ciencia-ficción, Del libro a la pantalla, Inquietantes británicos | Etiquetado , , , , , , | 8 comentarios

Los hijos del capitán Grant o la quintaesencia de Julio Verne

Edición Molino de Los hijos del capitán GrantTodos los incondicionales de Julio Verne tenemos una novela favorita (o dos, o tres) de entre todos los capítulos que componen los Viajes Extraordinarios. Para unos es el periplo submarino a lo largo de 20.000 leguas, para otros la estancia en la isla misteriosa o el viaje a las entrañas de nuestro planeta o la vuelta alrededor del mundo del imperturbable Phileas Fogg o incluso la tenacidad del correo del zar frente a cuantos obstáculos se atraviesan en su camino a través de la inmensidad de Rusia. Pero si tuviéramos que recomendar una novela que resuma de modo más completo lo que es el universo verniano, su quintaesencia, puesto que supone un notable catálogo de sus principales  elementos argumentales, narrativos, geográficos, dramáticos e incluso, por qué no, obsesivos, no cabe duda de que la mayoría elegiríamos Los hijos del capitán Grant. Por encima de todo, la historia es un conmovido himno del autor tanto al poder desencadenado de la naturaleza (pocas novelas son más pródigas en desastres naturales: aludes, riadas, huracanes, erupciones volcánicas) como a la capacidad del hombre para dominarla (de ahí la importancia, más que nunca en la novelística verniana, de establecer claramente la historia del descubrimiento y posesión por parte del hombre de los distintos territorios y parajes por donde tiene lugar el viaje, que se entremezclan siempre de modo admirable con la peripecia aventurera: en absoluto sobra esa crónica, sino que por el contrario es imprescindible). En fin, si no es la obra maestra de Verne, sí es la más grandiosa de sus novelas.

Seguir leyendo

Publicado en Julio Verne | Etiquetado , , , , | 4 comentarios

Tres westerns con ciudad fantasma

Colorista cartel americano de Cielo amarilloMe fascinan, como espacio muy apropiado para una ficción, los lugares humanizados que, por alguna razón, han quedado abandonados: una ciudad desierta es un escenario extraordinario para contar una historia, de la novela al cómic pasando por el cine, y más de una memorable transcurre en tal lugar. Un lugar muy especial en mi imaginario onírico lo constituyen las ciudades fantasma que aparecen en los westerns: imagino siempre un poblacho en mitad de la nada por cuya calle principal el viento hace girar matas espinosas, en cuyo saloon hace mucho que nadie entra y una de cuyas puertas chirría colgando de una única bisagra. Es un espacio que violenta al mismo tiempo la naturaleza (una ciudad, es decir, una perturbación de ese orden natural por parte del hombre) y la magnifica (es una ciudad muerta y la naturaleza está poco a poco recuperando su dominio). Pues bien, hay tres magníficos westerns que sitúan su acción en este marco, tres clásicos indiscutibles que, como todos los clásicos, todavía tienen capacidad para sorprendernos. Y es que, siendo tres films con indiscutibles vasos comunicantes pero firmados por autores y productoras muy diferentes, la revisión parece sugerir que una misteriosa mano común parece estar detrás de ellas, en cuanto que, a poco que se piense, en el fondo proponen un mismo planteamiento, argumental y dramático, que fue evolucionando de película en película y mejorando de una a otra. Pues si la primera ya es buena, Cielo amarillo (1948), y la segunda, Desafío en la ciudad muerta (1958), magnífica, la última es una de las obras culminantes del western clásico y casi un anuncio de lo que sería su futuro: la extraordinaria El hombre del Oeste (1958).

Seguir leyendo

Publicado en Territorio western | Etiquetado , , , , , , | 3 comentarios

Con la muerte en los talones: compendio distendido de Hitchcock… o no tan distendido

Espléndido poster americano de Con la muerte en los talonesEn 1958, Alfred Hitchcock estrenó el film que todos los admiradores del maestro consideran como su confesión más íntima y más desgarrada, la exposición más desnuda de todas sus obsesiones. Se trata de Vértigo (1958) —estrenada en su momento en nuestro país con el título más bello y afortunado de De entre los muertos—, una de esas películas que crean un estado de sensibilidad tan vulnerable que cualquiera de quienes la vemos podemos sentirla muy nuestra. Fue una considerable decepción la indiferencia crítica y comercial con que fue acogida, de tal modo que, cuando los derechos de exhibición de Universal revertieron de nuevo al director, la tuvo secuestrada durante varios décadas, hasta el punto de casi llegó a temerse que hubiera desaparecido para siempre (en los años 80, por fortuna, fue reestrenada y ahora sí se recibió con el fervor debido). Pues bien, para curarse de ese mal trago, Hitchcock emprendió el rodaje de un film de corte ligero, un entretenimiento de éxito seguro: una intriga trepidante de suspense y romance, basada en uno de sus argumentos más emblemáticos (el falso culpable que se lanza a la persecución de los auténticos culpables del crimen que se le achaca) y con un refulgente sentido del ritmo, el color y la sensualidad, para la cual llamó además a otro de sus actores predilectos y en un rol prototípico como era Cary Grant. El resultado, deslumbrante, se llama Con la muerte en los talones (otro caso de buen rebautizo hispano) y hoy día sigue constituyendo uno de esos tres o cuatro títulos que enseguida se vienen a la memoria con la mera evocación del nombre de Hitchcock, como lo hace su escena más famosa: el acoso de Grant por parte de una avioneta de fumigación en vuelo rasante.

Seguir leyendo

Publicado en Alfred Hitchcock | Etiquetado , , , , | 3 comentarios

El crimen como ejercicio de superioridad intelectual: La soga e Impulso criminal

Estupendo cartel americano de La soga

El 21 de mayo de 1924, dos jóvenes de buenas familias acomodadas, Richard Loeb, de 18 años, y Nathan Leopold, de 19, secuestraron y asesinaron a un niño de 14 años solo para demostrar que podían hacerlo. Uno de ellos, Loeb, era un apasionado de las novelas policiacas y quería cometer un crimen perfecto, y qué más perfecto que un crimen sin móvil aparente y con una víctima sin vinculación con el asesino. El otro, Leopold, era un convencido de las teorías de Nietzsche sobre el superhombre y la superioridad de los individuos de extrema inteligencia sobre el resto. Ambos eran inteligentísimos: Leopold, en concreto, era ya un experto en ornitología, hablaba 15 idiomas y había batido todos los registros de precocidad. Su acto fue un asesinato por elitismo intelectual, que hizo furor en la crónica negra norteamericana de la época —¡dos muchachos que habían cometido un crimen terrible pero que no pertenecían a las clases bajas ni eran víctimas de eso que hoy se llama «familia desestructurada»!—, pero que si ha trascendido el eco coyuntural es porque el cine ha posado su atención sobre él en varias ocasiones, y en concreto ha dado origen a dos películas espléndidas: La soga (1948), de Alfred Hitchcock, e Impulso criminal (1959), de Richard Fleischer. Espléndidas y complementarias: desde una a la otra se exploran tanto la forma cinematográfica de narrar (y desmoronar) ese proceso de suficiencia elitista de los dos asesinos (en Hitchcock) como el dibujo psicológico de los dos criminales y las circunstancias del caso (en Fleischer). Y es admirable: este último film concluye con una denuncia contra la pena de muerte que subraya, del modo más oportuno, la inhumanidad de los asesinos, al propugnar, con coherencia humanista, que sobre ellos no debe ejercerse la misma falta de misericordia con que se invistieron al decidir que su víctima era un ser prescindible.

Seguir leyendo

Publicado en Alfred Hitchcock | Etiquetado , , , , , | 5 comentarios

Hitchcock, el gran manipulador del star-system

Hitchcock y el león de la Metro tomándose un téEl director francés Robert Bresson utilizaba siempre actores desconocidos, incluso no profesionales, para sus personajes: los llamaba «modelos», pues consideraba que sobre ellos podía modelar el tipo de carácter que le interesaba, ofreciendo al espectador de su cine una página en blanco, un rostro sobre el que carecía de cualquier expectativa previa. Y es que esto es así: nuestras relaciones con los personajes de las películas que vamos a ver comienzan por las implicaciones previas que tienen, para nosotros, los actores que los encarnan. Bresson tenía razón: el espectador nunca se enfrenta de modo «incontaminado» a un personaje. Y añado: es parte del atractivo del cine y de nuestra relación con los actores y los papeles que interpretan. Pues bien, no hay director que mejor haya aprovechado tanto las posibilidades como las limitaciones del star system cual el inglés Alfred Hitchcock en su paso por Hollywood. Hitchcock fue un especialista en perturbar las expectativas del espectador y jugar con ellas, pues sabía bien que el cine es, entre otras cosas, manipulación. Y utilizó a los actores para guiar (o buscar, o sacar a la luz) nuestras obsesiones, nuestros anhelos, nuestros deseos de vivir vidas ajenas, que en el fondo es el alma del cine. Y de cualquier ficción, pero el cine gana a todas las demás en su inmediatez a la hora de conseguir nuestra proyección en cualquier historia: y es que no hay nada —él lo supo bien— como introducirnos dentro de Cary Grant o James Stewart (incluso, y aquí la perturbación ya se convierte en malsana) en el mismo Anthony Perkins/Norman Bates cuando trata de borrar con minuciosidad las huellas de la muerte de Janet Leigh… y nosotros nos impacientamos porque su maldito coche se resiste a hundirse en el estanque donde aquél lo ha arrojado.

Seguir leyendo

Publicado en Alfred Hitchcock, Autores | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Hello, Dolly!, la película que amaba Wall-E

Cartel americano de Hello, DollyYa lo sabemos: en el desolador mañana de una Tierra devastada por la radiación que el hombre ha debido abandonar, la humanidad tendrá todavía el más digno de los representantes en su último habitante, la más humilde criatura posible, un pequeño robot cuya función es apilar la basura en bloques ortogonales, y cuya gran pasión no es sino ver una y otra vez una cinta vhs que contiene la película… Hello, Dolly!. Estoy hablando de la obra maestra de Pixar y del cine de animación contemporáneo Wall-E (2008), una pequeña joya que nos habla de cómo la humanidad reside en el cuidado de los pequeños detalles (Wall-E desdeña las joyas que quedaron abandonadas, prefiriendo los bonitos estuches que los contienen), en la amistad desinteresada (el amigo del protagonista es… una cucaracha) y, por supuesto, en el descubrimiento de la alegría y del amor, para lo cual encontrará inspiración en las imágenes de ese film: en él aprenderá, por ejemplo, lo importante que es coger de la mano a la persona amada. Confieso haberme emocionado considerablemente ante la decisión de los guionistas de la película de no haber recurrido a los grandes clásicos del género, de Cantando bajo la lluvia a Un americano en París, sino a un modesto musical, bastante menospreciado, pero que por ello mismo se ajusta mejor que los otros, sobradamente reconocidos (y con justicia), a esta pequeña sinfonía de lo humilde. Que el robot más sencillo posible contemple una y otra vez Hello, Dolly! es una decisión tan afortunada como coherente: porque será un título de modesta reputación, pero también uno de los cantos a la alegría de vivir (por tanto, de mostrar humanidad) más contagiosos que jamás se habrán rodado.

Seguir leyendo

Publicado en Cine musical | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Doctor Zhivago: la derrota de la sensibilidad en tiempos de revolución

Poster americano de Doctor ZhivagoComo la audiencia del cine siempre será infinitamente superior a la de la literatura, Doctor Zhivago es una obra que se asocia, antes que nada, a la pareja formada por Omar Sharif y Julie Christie, al bonito pero empalagoso tema de Lara y al super-espectáculo. Sin embargo, primero fue un best-seller de agitada historia y antes incluso el grito íntimo con que un escritor, Boris Pasternak, poeta de enorme prestigio pero silenciado durante el estalinismo, intentó conjurar el horror que para él significó el descubrimiento de que las utopías triunfan al coste de sacrificar la sensibilidad. Pasternak, que vio morir o languidecer a su alrededor a compañeros de generación tan dotados como él, planeó durante décadas esa obra que por fin, en el momento en que la llegada al poder de Nikita Jruschov parecía indicar nuevos tiempos para la expresión artística, decidió que era el momento de concluir. Sin embargo, era otra utopía: la novela no pudo publicarse en la Unión Soviética pero sí lo hizo en Occidente, donde alcanzó un enorme éxito (supongo que, en buena medida, porque, como temieron las autoridades soviéticas, fue interpretada como un panfleto antisoviético) y llamó la atención de Hollywood. El resultado fue una película de gran éxito pero que, por lo general, fue bastante despreciada por los críticos de la época —por razones tanto ideológicas como estéticas—, y que hoy, como casi todo el cine de su director, David Lean, por fin resplandece en su justa medida. Como tantos otros casos, leer el libro y ver la película (o al revés: el orden no importa, e incluso es más lógico que se conozca antes el film) supone un doble placer, pues de una misma historia tenemos dos magníficas variantes, cada una con sus defectos pero también con sus múltiples virtudes.

Seguir leyendo

Publicado en Cine e Historia, Del libro a la pantalla, Rusia | Etiquetado , , , , , | 16 comentarios

El fantasma de las balas de oro, una aventura del teniente Blueberry

Portada de la primera edición de El fantasma de las balas de oroIgnoro a qué conjunción de los astros se debió que mis padres regalaran a mi hermano un tebeo titulado El fantasma de las balas de oro. Es posible que fuera por ser un western, género que sabían que nos apasionaba (yo fui niño educado en el noble arte de pegar tiros a pistoleros, comanches, cazarrecompensas y demás gentes de mal vivir). O por el título, que sugería una conexión con otro de nuestros géneros favoritos, el terror. O por la sensacional portada: en medio de una fabulosa noche azul, un siniestro individuo que viste andrajos y de quien solo vemos su espalda y una hirsuta pelambrera, acecha con su fusil desde una cornisa rocosa a una pareja de cow-boys que ha encendido un fuego abajo en la llanura, en apariencia ajenos al peligro. Se trata de una aventura del teniente Blueberry, el famoso personaje creado por Charlier y Giraud, que luego supe que era la segunda parte de un díptico que comienza con el previo La mina del alemán perdido, que mis padres, sin saberlo, nunca nos compraron. Por esta razón, El fantasma de las balas de oro fue para mí el primer y fascinante ejemplo de historia in medias res al que había de acceder en mi vida: los cuatro personajes que protagonizan la aventura, westerners duros y avezados, sin duda han compartido en las páginas del otro álbum ya una violenta trayectoria previa, que, la verdad, no se requiere conocer para entrar en situación en el presente. Por otro lado, no he necesitado leer mucho más del personaje —cuestión de oportunidad, pues el resto de tebeos de su saga promete— para convertir este cómic en uno de los mitos de mi niñez. Revisarlo descubre que por él no ha pasado el tiempo: lo he leído con la misma y fascinada avidez.

Seguir leyendo

Publicado en Miscelánea de cómic, Territorio western | Etiquetado , , , , | 4 comentarios

El buscavidas: Eddie Relámpago reta al Gordo de Minnesota

El Gordo de Minnesota contra Eddie Relámpago

El billar es un juego que, creo, despierta una extraña fascinación. Combina la precisión con el carácter, la estética visual con la sonora: la textura de la tela y el tacto de la madera de la mesa, el recogimiento que provocan las luces cenitales sobre el tapete y el sonido, al tiempo firme y grato, que hacen las bolas chocando unas con otras; todo ello envuelve los billares en una atmósfera que posee un alto poder de sugestión. Unamos a ello que, como todos los juegos, se presta de modo eminente como símbolo de la vida (más aún, como símbolo de un estilo de vida), y que su concentración en garitos que unen apuestas, alcohol y tipos turbios sugiere rápidamente el aire de un thriller. Pues bien, el cine cuenta con una obra maestra que extrae todo el partido posible a este ambiente para narrar una historia desesperanzada sobre la soledad y la degradación, la miseria y los sueños de triunfo, el dolor existencial y el borroso consuelo que es el amor, la dicotomía entre el triunfo social y el equilibrio moral, la culpa y la expiación. Un conjunto de sugerencias y matices que suele considerarse además, y con razón, como una de las más certeras aproximaciones a uno de los asuntos fundamentales que Hollywood ha aportado al cine: la mítica del fracaso, el tema del perdedor. Seguir leyendo

Publicado en Miscelánea de cine | Etiquetado , , , , | 5 comentarios

La leyenda del Preste Juan

El Preste Juan en un mapa inglés de 1558

Eran malos tiempos para los estados que los caballeros cristianos habían fundado en Tierra Santa tras los éxitos fulgurantes de la Primera Cruzada (1096-1099). De los cuatro —el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía, el condado de Trípoli y el condado de Edesa—, el primero en fundarse había sido este último, el más norteño de todos, pero también fue el primero en caer, en 1144, a manos de Zengi, el atabeg de Mosul, que rápidamente fue proclamado por los creyentes muslimes como al-Malik al-Mansur, el Rey Vencedor. La voz de alarma llegó a occidente y volvió a escucharse la convocatoria de cruzada. Predicaron hombres de la talla de san Bernardo de Claraval y respondieron en persona el rey de Francia y el emperador alemán, pero todo fue en vano. La Segunda Cruzada (1147-1149) fue un fracaso que además provocó la disensión y la desconfianza entre los reyes de la cristiandad, que regresaron a sus tierras con el amargo sabor de la derrota en la boca, culpabilizando cada uno a sus mezquinos aliados. Se necesitaba una esperanza… y esa esperanza llegó. En esos años centrales del siglo XII y en las décadas siguientes se propagó por la Cristiandad una leyenda fabulosa: la de la existencia del Preste Juan, un soberano cristiano cuyo feraz reino se extendía más allá del Islam; un soberano tan poderoso como humilde, pues había renunciado a portar título regio para ser designado por una mera dignidad religiosa, la de preste (o sea, presbítero). Era preciso, por tanto, contactar con ese rey-sacerdote, para atrapar a los pérfidos musulmanes como entre el yunque y el martillo. Y allá que se fueron muchos sueños medievales que, claro, nada consiguieron en el plano de la realidad histórica, pero que germinaron con fuerza en el imaginario del medievo más fabuloso.

Seguir leyendo

Publicado en Edad Media soñada | Etiquetado , , , , , | 8 comentarios

Cartas a mi amada y Jennie: en busca de la mujer-espejismo

Cartel de Cartas a mi amadaEn aquella época (¿remota?) en que no había renunciado a formar a su público mediante el cine clásico, la televisión pública solía emitir (en horario de eso que, entonces con justicia, se llamaba de máxima audiencia) ciclos sobre grandes directores o intérpretes del pasado. Uno de ellos, allá por abril de 1987, lo dedicó a una actriz que entonces era para mí poco más que un nombre: se llamaba Jennifer Jones y había sido la esposa de uno de los grandes productores del Hollywood clásico, David O. Selznick. Pues bien, las dos películas que más me gustaron de aquel ciclo fueron dos films con numerosos vasos comunicantes entre ellos: el protagonismo al lado de la Jones de Joseph Cotten, la dirección de William Dieterle, el mismo director de fotografía e incluso un entrañable secundario (Cecil Kellaway). Pero sobre todo, su condición de ser dos melodramas de profundas resonancias románticas que, en el fondo, cuentan la misma historia. Es decir, un hombre busca a una mujer de la que se ha enamorado pero que se desvanece entre sus dedos, como si se tratara de un espejismo… y de hecho, en una de ellas es directamente un fantasma, una aparición, un ser que no debería existir pero que, por una de esas misteriosas conjunciones del espacio y del tiempo, se empeña en aparecerse en su vida de tiempo en tiempo, hechizándolo cada vez más. Este último film tiene su pequeño mito a cuestas, pues los surrealistas lo adoraron: se trata de Jennie (1948). El otro, bastante menos conocido, pero al que le tengo mucho cariño (porque para mí ha sido otro espejismo, pues después de aquella primera vez en el ciclo de Jennifer Jones, tardé más de 20 años en poder recuperarlo…), y que es anterior, se llama Cartas a mi amada (1945).

Seguir leyendo

Publicado en Cine romántico | Etiquetado , , , , , , | 2 comentarios

El pulp de aventuras en el medievo oriental

El señor de Samarcanda, edición de La Biblioteca del LaberintoLos aficionados a la literatura de género suelen asociar la edad del oro del pulp norteamericano (años 20-40), ante todo, con dos variantes de aquélla, en función de los autores más conocidos o mitificados de esa escuela: el horror (al estilo de Howard Philips Lovecraft) o esa combinación de aventura y fantastique que, dependiendo de la preeminencia que se dé a lo noble o a lo descarnado, es llamada fantasía heroica o espada y brujería (al estilo de Robert E. Howard). Sin embargo, el pulp destacó por su diversidad y su apertura a todo tipo de palos, y de hecho sus principales escritores (el creador de Conan es un buen ejemplo) intentaron moverse en todos ellos, por mucho que hoy los relacionemos con uno en concreto: después de todo, tanto vivían para escribir como escribían para vivir, y el mercado siempre manda. Así, hubo pulp de ciencia-ficción, policiaco, boxístico, del Far West, «picante» (sí, erótico, aun cuando su lectura revele una desarmante ingenuidad) y, claro, de aventura en sus múltiples variantes, desde los muy populares relatos de piratas al subgénero al que voy a dedicar un comentario, la aventura oriental. Como ejemplo, me centraré en dos libros editados por las dos admirables editoriales madrileñas que llevan dedicándose varios años al rescate, difusión y dignificación del pulp, esto es, La Biblioteca del Laberinto y Barsoom. Se trata de El señor de Samarcanda, de Robert E. Howard y Los tres paladines, de Harold Lamb.

Seguir leyendo

Publicado en Conan y otros Robert E. Howard, Edad Media soñada | Etiquetado , , , , , | 9 comentarios