Hello, Dolly!, la película que amaba Wall-E

Cartel americano de Hello, DollyYa lo sabemos: en el desolador mañana de una Tierra devastada por la radiación que el hombre ha debido abandonar, la humanidad tendrá todavía el más digno de los representantes en su último habitante, la más humilde criatura posible, un pequeño robot cuya función es apilar la basura en bloques ortogonales, y cuya gran pasión no es sino ver una y otra vez una cinta vhs que contiene la película… Hello, Dolly!. Estoy hablando de la obra maestra de Pixar y del cine de animación contemporáneo Wall-E (2008), una pequeña joya que nos habla de cómo la humanidad reside en el cuidado de los pequeños detalles (Wall-E desdeña las joyas que quedaron abandonadas, prefiriendo los bonitos estuches que los contienen), en la amistad desinteresada (el amigo del protagonista es… una cucaracha) y, por supuesto, en el descubrimiento de la alegría y del amor, para lo cual encontrará inspiración en las imágenes de ese film: en él aprenderá, por ejemplo, lo importante que es coger de la mano a la persona amada. Confieso haberme emocionado considerablemente ante la decisión de los guionistas de la película de no haber recurrido a los grandes clásicos del género, de Cantando bajo la lluvia a Un americano en París, sino a un modesto musical, bastante menospreciado, pero que por ello mismo se ajusta mejor que los otros, sobradamente reconocidos (y con justicia), a esta pequeña sinfonía de lo humilde. Que el robot más sencillo posible contemple una y otra vez Hello, Dolly! es una decisión tan afortunada como coherente: porque será un título de modesta reputación, pero también uno de los cantos a la alegría de vivir (por tanto, de mostrar humanidad) más contagiosos que jamás se habrán rodado.

Sí, claro: noto un lógico enarcamiento de cejas, un gesto de asombro e incredulidad en el lector. Desde luego, Hello, Dolly! no puede pasar ni mucho menos por un film modesto. Cualquier cinéfilo conoce bien la historia: se trata de la película que arruinó a todo un estudio, la 20th Century-Fox, y que además (junto al fracaso ese mismo año de La leyenda de la ciudad sin nombre) terminó de cavar la sepultura del concepto de musical clásico. Y quien la haya visto sabe que la noticia (cierta o no: las exageraciones cinéfilas existen) es del todo verosímil, por cuanto las imágenes de la película indican, de una sola ojeada, el tremendo desembolso que se hizo en escenografía y vestuario. Los decorados de Hello, Dolly!, que reconstruyen la Nueva York de finales del XIX y uno de sus barrios más pintorescos, Yonkers, son tan apabullantes como ostentosamente caros.

Pero no hablo de modestia en sentido pecuniario, sino de modestia en términos de respeto. Aunque el tiempo todo lo cura, confieso no haber leído una sola crítica entusiasta de la película que ahora nos ocupa, y con la vanidad de quien se cree defensor de una causa perdida —pero estoy seguro que no todos la dan por perdida— proclamo que estamos ante uno de los mejores y más entrañables musicales surgidos de esa fábrica de sueños que fue Hollywood. Un musical seguro que imperfecto, y ostentoso, y exagerado. Pero también encantador y divertidísimo y con un conjunto de canciones difícilmente más pegadizas. Y que además, se nota, está hecho con la convicción de quienes piensan que lo que están contando es tan irresistible como cuando él mismo cantaba y bailaba bajo la lluvia, o hacía que siete hermanos se contorsionaran de modo imposible mientras construían un granero para lucirse ante siete muchachas casaderas.

O sea, hablo de las dos personas que son el alma de esta película: el director y gran estrella del género en sus días de gloria Gene Kelly y el coreógrafo, especializado en coreografías de arrasador dinamismo físico como la de 7 novias para 7 hermanos, Michael Kidd. Dos supervivientes del musical clásico que se empeñaron en sacar adelante el que debería haber sido su canto del cisne y que, sin advertir que los tiempos habían cambiado y los gustos y el cine que representaban también, no les importó darlo todo… aunque solo para levantar el funeral más caro del mundo.

Barbra Streisand como Dolly LeviHello, Dolly!, sin embargo, no fue exactamente un fracaso: sucede que la taquilla que logró no fue suficiente para compensar los gastos. Era la adaptación de un gran éxito de Broadway, estrenado en 1964 con Carol Channing en su papel titular: mucha gente se acercó a verla y, con el tiempo, desde luego no es una película que haya sido olvidada (lo cual no significa lo mismo que valorada). Como curiosidad, debe indicarse que el musical se basaba a su vez en una obra teatral, The Matchmaker, original de un autor muy respetado en los Estados Unidos como Thornton Wilder, y que éste, aun mayor curiosidad, a su vez había adaptado muchos años atrás una pieza del vienés Johann Nestroy. La obra, por cierto, ya había conocido adaptación al cine, ésta ya muy poco conocida, en 1958, en cuyo reparto destacan unos jóvenes Anthony Perkins y Shirley MacLaine (el papel titular corrió a cargo de una actriz más conocida por sus éxitos teatrales que por su carrera en cine, aunque también cuenta con un Oscar: Shirley Booth). En nuestro país se estrenó con el título de La casamentera.

La trama de la película (como la de tantos musicales, por otro lado) es la propia de un vodevil o comedia de enredo. Dolly Levi, una viuda todavía joven, que ejerce el oficio de casamentera —una institución en la tradición judía: el apellido indica el origen de la mujer— y que ha sido contratada por el comerciante Horacio Vandergelder para arreglarle un casorio y encargarse de impedir el de su sobrina con un joven al que no cree conveniente, se las arregla sin embargo para liar al ricachón y a cuantos lo rodean para encontrar su pareja más adecuada… lo cual incluye unirla a ella con Vandergelder.

Pero lo de menos es la trama, sin duda tontorrona y basada en unos elementos cómicos y narrativos del todo tópicos. Y es que Hello, Dolly! es una incitación al abandono más completo de cualquier tipo de exigencia crítica. Y es que, advierto, en rigor, la película debería parecernos mala… y sin embargo se devora con considerable placer, pues tiene la virtud de devolvernos a esa edad en que ni sabíamos qué rayos era ser cinéfilo: el cine nos gustaba, y punto.

Sinceramente, en cuanto comienza a sonar la música de esta película, incluso aquellos que no sentimos ninguna inclinación por el baile no podemos evitar sentir que nuestros pies se vayan solos. De hecho, el film arranca con una escena filmada justo a ras del suelo, enseñando solo los pies de los distintos personajes que se van cruzando a lo largo de una bulliciosa calle neoyorquina —que se ha «animado» desde el inicial plano fijo que nos la mostraba en todo su esplendor—, hasta tropezarse, precisamente, con la protagonista, con Dolly Levi. Una escena destinada a definirla de una sola vez mediante una canción: Dolly recorre calles, aceras, estaciones, vehículos y cualquier rincón a donde la llevan sus febriles pasos (desde el primer momento veremos que es un ser incapaz de estar quieto sin hacer —o maquinar— nada), entregando a todo el mundo una tarjeta en la que ofrece sus servicios, para encontrar pareja en primer término, para cualquier cosa que requiera la intervención de un ser dotado de ingenio en último extremo.

Walter Matthay como Horacio VandergelderLa potente voz de Barbra Streisand y ese gesto avasallador que conformaba su personalidad cinematográfica en sus buenos años se bastan para hacer convincente la arrolladora voluntad del personaje, de tal modo que si éste, en rigor, requería una actriz de mayor edad, incluso madura (cercana en edad al protagonista masculino: es una viuda que continuamente habla de su rica experiencia vital), lo compensa con la completa entrega al personaje. Sin creernos a su protagonista, Hello, Dolly! se habría venido abajo desde el inicio. No en vano, si al final Horacio Vandergelder acaba, en efecto, uniendo su vida a ella es por pura claudicación: por el reconocimiento de que ante una voluntad tan superior a la suya lo más sensato es dejar que ésta gobierne la vida propia (pues lo contrario anuncia una sucesión sin fin de catástrofes…). Vamos, justo como el final de La fiera de mi niña (1938, Howard Hawks), donde Cary Grant cedía del mismo modo ante Katharine Hepburn, pues hay ocasiones en que el hombre no puede sino rendirse al fatalismo encarnado en forma de tifón femenino

El gran Walter Matthau le da una perfecta réplica a la Streisand, construyendo el clásico personaje que piensa que es dueño en todo momento de su vida y de sus actos… y que en el fondo resulta la víctima perfecta para alguien mucho más marrullero y decidido que él. Horacio Vandergelder, en el fondo, es un pobre diablo pagado de sí mismo a quien es fácil manipular, y Matthau está genial en su papel de hombre que nunca ve a tiempo la avalancha que se le viene encima. De hecho, el actor demuestra lo gran cómico que fue, y no solo para Billy Wilder: un buen actor lo demuestra, especialmente, cuando no es él quien lleva la iniciativa de la escena, cuando debe mirar a quien lo arrolla. Resulta impagable su expresión de bacalao cuando no sabe cómo quitarse de encima a la señora Levi: su forma de mirar a cámara cuando sufre alguna de sus barrabasadas recuerda, inequívocamente, a la reacción con que Oliver Hardy, el famoso Gordo, congelaba la acción para permitir mejor las risas del público después de haber sido víctima de algún desastre indefectiblemente provocado por Stan Laurel, el Flaco.

Michael Crawford y Danny Lockin como Cornelio y BernabéTambién estupendo está un actor injustamente olvidado, el inglés Michael Crawford, a quien corresponde el papel de Cornelio Hackl, el infelizote dependiente de Vandergelder, que ese día en que su amo le anuncia que va a pasar la noche en Nueva York con objeto de arreglar de su boda, decide él mismo que, después de 28 años «y pico» de no concederse un solo placer, es hora de ir a conocer una chica y de darle un beso, empresa a la que arrastra a su ayudante, el todavía más ingenuo Bernabé Tucker (obsérvese que, contra mi costumbre, mantengo los nombres españolizados, y es que casi todas las veces que he visto este film lo he hecho en su magnífica versión doblada). Crawford fue una de las más características estrellas del cine inglés de los 60, consiguió dar el salto a Hollywood, y sin embargo a partir de los años 70 su carrera acabó centrada en la televisión y, en especial, el teatro. De su vinculación con el musical da fe el hecho de que él fue la gran estrella del musical de Andrew Lloyd Webber El fantasma de la ópera, que le valió premios a un lado y otro del charco. Previamente a Hello, Dolly!, por cierto, ya había mostrado sus dotes para el género en Golfus de Roma (1966). Delgado, pecoso y de aspecto ingenuo pero al mismo tiempo noble y tenaz, Crawford, aun en un modesto segundo plano, consigue que la intriga no se reduzca solo al dúo protagonista y junto con el actor Danny Lockin (con su entrañable exclamación Holy cabooses!, aquí traducida como ¡Caspitina!) compone una entrañable pareja que actúa como modesto espejo de la anterior. Es significativo, pero las dos canciones que selecciona Wall-E para lucir son dos de las que canta su personaje.

El resto del reparto, ya desconocido, compone un buen coro de secundarios (únicamente nunca me ha gustado mucho Marianne McAndrew, que encarna a Irene Molloy, la sombrerera de la que se prenda Cornelio, si bien el desparpajo de su personaje lo compensa), de los cuales a la fuerza debo destacar el estrambótico contraste entre la pareja formada por la sobrina de Horacio Vandergelder y su enamorado: diminuta la otra y altísimo (y de patas delgadas como las de un insecto) el segundo, verlos ejecutar las vertiginosas danzas diseñadas por Michael Kidd resulta completamente impagable.

Gene Kelly, el símbolo de la etapa dorada del musical de Hollywood, es decir, el formado por las películas de la Metro Goldwyn Mayer, fue el encargado de llevar a la gran pantalla el formidable éxito de Broadway: en esto, la película es hija de su tiempo, un tiempo en el que los guiones originales habían desaparecido del género —la última película importante que no había partido de una obra previa había sido, precisamente, un film Metro: Gigi (1958)—, para ir sobre seguro (dentro de la seguridad que puede dar el cine…). Ahora bien, si no la letra el espíritu sí habría de responder al magma en que Kelly desarrolló su carrera como estrella del género, para lo cual llamó a su viejo amigo Michael Kidd. Actor (por ejemplo, al lado de Kelly en Siempre hace buen tiempo, de 1955), director (de una sola película, a mayor gloria del olvidado cómico Danny Kaye: Loco por el circo, de 1958), pero sobre todo coreógrafo, tanto en grandes éxitos de Broadway como en el cine, siempre se le recordará, ya lo he dicho, como el responsable de los atléticos bailes de 7 novias para 7 hermanos (1954).

Gene Kelly con Barbra Streisand y Louis ArmstrongKidd y Kelly tenían que entenderse, porque el concepto que poseían del baile era el mismo. En su día, Gene Kelly había aportado al baile un dinamismo arrasador enraizado en el alarde gimnástico, en el gusto por las acrobacias casi imposibles, en contraposición a la elegancia natural que había encarnado el anterior rey del género, el gran Fred Astaire. Hello, Dolly! es un himno al frenesí acrobático, a la rapidez de movimientos, a la contorsión de los cuerpos en el espacio buscando el más difícil todavía. Kidd y Kelly no se contentan con tan un solo número donde lucirlos y los multiplican hasta la extenuación —ya he señalado que la contención está proscrita de las imágenes del film—, pero sin duda el más recordable, porque es el primero en aparecer y porque es el que representa mejor el mensaje vitalista de la película, es el inolvidable «Put on your Sunday Clothes», esto es, «Ponte tu ropa de los domingos» (encantador término antañón que hoy día más de uno no sabrá qué significa, cierto, pues es reminiscente de tiempos más humildes en que la ropa de gala se reducía a una sola, y para ir a misa los domingos). La canción nace en el momento en que Cornelio decide tomarse ese día libre y marchar out there / allá afuera de los límites cerrados de Yonkers. Iniciada en el interior de la tienda, la canción salta a los otros personajes (la sobrina y su amado) y se contagia a cuanto joven pasea por la calle, hasta que todos juntos, componiendo un arrasador ballet de movimientos acrobáticos, se dirigen danzando hacia la estación para coger el tren de Nueva York: nunca podré contemplar esta escena sin sentir el deseo de unirme a ese frenesí de libertad que desborda de todos cuantos participan a él.

La acumulación de bailes agitados llegará a ser extenuante, hasta acabar en el restaurante conocido como El Jardín de la Armonía, donde acaban confluyendo todos los personajes, y que protagonizan los camareros mientras sirven las comidas, hasta desembocar en el famoso «Hello, Dolly!», que vuelve a prorrogar los saltos por los aires… salvo en el momento en que aparece Louis Armstrong, el cual, como no podía ser de otro modo, serena por un momento el musical con su genial y muy particular forma de no-cantar.

La moraleja de Hello, Dolly! es simple pero sencilla y entrañable: no pares hasta haber conseguido hacer realidad tus sueños. Y los personajes de la historia, desde las tres parejas jóvenes hasta la misma Dolly Levi lo llevan a su extremo con envidiable tenacidad. Será tópico, pero el film, como el espíritu legendario de los musicales de la Metro con Cantando bajo la lluvia siempre como ejemplo emblemático, supone un eufórico baño de alegría, que o bien será recibido como un monumento sin remisión a la cursilería o merecerá el más irresistible de los cariños. En mi caso, y desde que vi de pequeño esta película (¡con el formato panorámico amputado, en un televisor pequeño y sin subtítulos que explicaran las letras de las canciones!) , la he amado como se quieren esas cosas de la vida que tal vez no sean imprescindibles pero la hacen mucho mejor o, si se quiere, menos fea. Desde luego, si alguien sabe lo que digo es Wall-E, el pequeño robot que vive en la Tierra despoblada del lejano futuro, contemplando una y otra vez su cinta en condiciones tan precarias como hacía yo, y es que en ella encuentra el color y la alegría, la camaradería y el amor, la música y el movimiento que tantas veces falta en nuestro planeta, esté solitario o lleno de ruido. Dicho de otro modo: ¡caspitina!

Hello, Dolly enseñará a Wall-E a coger de la mano a Eva

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Hello, Dolly / Hello, Dolly. Año: 1969.

Dirección: Gene Kelly. Guión: Ernest Lehman; musical de Michael Stewart y Jerry Herman. Fotografía: Harry Stradling jr. Música: Jerry Herman (letras y música de las canciones). Reparto: Barbra Streisand (Dolly Levi), Walter Matthau (Horacio Vandergelder), Michael Crawford (Cornelio Hackl), Marianne McAndrew (Irene Molloy), Danny Lockin (Cornelio Tucker). Dur.: 146 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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