Los westmen alemanes de Karl May

La montaña de oro, de Karl May, en MolinoDe todos los géneros literarios populares quizá el más olvidado en la actualidad sea el western, que parece haber existido solo en la gran pantalla. Sin embargo, hubo épocas en que la novela del Oeste fue muy célebre, incluso en nuestro país, como demuestra el boom del bolsilibro de los años 50 a 70: muchos lectores veteranos todavía veneran a Marcial Lafuente Estefanía por las incontables horas de entretenimiento que les deparó. Es más, la lectura atenta de los créditos de la mayor parte de los clásicos del western de Hollywood revela que están basados en cuentos y novelas de autores que fueron muy populares en la era dorada del pulp (el sello Frontera de la editorial Valdemar, bajo la dirección del especialista Alfredo Lara —dueño de la estupenda librería madrileña Opar, especializada precisamente en toda clase de literatura de género— está rescatando a los mejores: Dorothy M. Johnson, James Warner Bellah o Jack Schaefer). Pues bien, para mí, y sospecho que para muchos, el western literario descansa ante todo en un nombre… el de un escritor alemán que apenas pisó Estados Unidos, y que cuando lo hizo ya acreditaba incontables novelas del Oeste. Se trata de Karl May, un hombre olvidado por la edición española en los últimos años pero que fue muy editado en las décadas centrales del siglo XX: yo leí en mi infancia varias de sus obras sobre las aventuras compartidas por el blanco Old Shatterhand y el jefe apache Winnetou, y confieso sin rubor que buena parte del «profundo» conocimiento que tengo de la vida en el Far West se lo debo a él.

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Río Conchos o los cuatro jinetes del Apocalipsis

Poster de Río ConchosMedio escondido en las historias del género, con suficiente prestigio crítico e incluso cinéfilo pero nada conocido en el terreno de la mítica, figura el que me parece uno de los westerns más importantes de todos los tiempos, Río Conchos (1964). Pasan los años, reviso los títulos que más veces he visto en mi vida, descubro otros nuevos porque nunca se llega a conocer del todo un género, por favorito que sea, y mientras que otros pasan o disminuye la intensidad que una vez despertaron, el film que nos ocupa se engrandece. Quizá no extrañe su opacamiento, pues se trata sin duda de uno de los westerns más extraños e incómodos que nunca saliera de la factoría de Hollywood. Es un film que ofrece pocos asideros al espectador: no hay héroes nobles con los que identificarse (incluso el en principio personaje bueno, el capitán de caballería, es harto antipático), destila una notable sordidez moral y, aunque está rodado casi íntegramente en exteriores naturales, su hálito existencial provoca una considerable claustrofobia, en un género que siempre necesita respirar. Su trama narra las andanzas de cuatro personajes muy dispares (dos militares y dos outsiders) que, por cuenta del ejército, marchan en busca de un cargamento robado de armas, y su trayectoria acaba impregnándose de una sustancia cuasi bíblica por cuanto el halo de destrucción que desencadenan a su paso parece convertirlos en instrumentos de un dios enigmático e implacable que se alimentara del sufrimiento de los seres que una vez creó. Son, verdaderamente, los cuatro jinetes del Apocalipsis.

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Star Wars: El despertar de la Fuerza. Una nueva esperanza

Ep. IV-VI     Ep. I-III

Póster español de El despertar de la FuerzaEl reinicio de la saga de Star Wars, como corresponde a todo producto con pretensiones de convertirse en un blockbuster que rompa taquillas, va dirigido a toda clase de públicos, pero yo pertenezco a la generación que se asombró en los cines, a edad muy temprana, con la primera y por tanto ha crecido con la saga. No voy a insistir (lo he hecho en otro artículo) en cómo La guerra de las galaxias (1977) fue la película de mi niñez. El impacto se prolongó con El Imperio contraataca (1980) que, con todos sus defectos, que también los tiene, sigue pareciéndome una de las mejores continuaciones de una película con propósito serial que se haya hecho nunca, por la forma en que supo profundizar en el desarrollo de todos los personajes. Lástima que el tono adulto de este título fuera rebajado indeciblemente en la conclusión de lo que entonces era una única trilogía, El retorno del Jedi (1983), que destruye el encanto y convicción del trío Luke-Leia-Han, por ejemplo convirtiendo a los dos primeros ¡en hermanos! sin que a estas alturas todavía nadie pueda explicarse qué aporta a la trama este «hermanamiento». Pasaron los años y, por fortuna, mi cariño por la saga Star Wars no me convirtió en un mitómano acrítico, de tal modo que recibí la segunda trilogía (los episodios I a III) como lo que era: un engaño para los amantes de la saga original sin interés dramático ni mucho menos narrativo (había que ser un genio para dotar de interés a la historia de cómo Anakin Skywalker se convierte en Darth Vader, y Lucas nunca lo fue). Ahora vuelve la saga (fuera ya del control de su creador), para hacer lo que creo que siempre debió hacer: contar lo que pasa después de los acontecimientos de la primera saga, a partir de esos héroes envejecidos que, arrastrando achaques y arrugas, siguen embargados por el deber de vencer al Mal. ¿Está a tiempo? Star Wars: El despertar de la Fuerza supone un muy buen arranque, no solo por los buenos resultados que obtiene como por las promesas que encierra para el futuro.

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El Señor de los Anillos, de Ralph Bakshi: la primera Tierra Media fue de dibujos

Cartel original de El Señor de los Anillos, versión 1978El éxito refulgente de la trilogía de Peter Jackson ha hecho caer en un considerable olvido la primera y meritoria versión de la maravillosa novela de J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos (1978), estrenada en su momento con considerable repercusión y que para muchos fuera la puerta de entrada al mundo de su autor, entre ellos al mismo director neozelandés (aunque inicialmente negara haberla visto). Desde luego, tampoco era la primera materialización visual de su mundo, puesto que esta corresponde a los ilustradores de la obra, el primero de todos los cuales fue el mismo Tolkien, buen dibujante y, por tanto, el mejor traductor posible de sus propios escenarios. Pero tuvo el mérito de conjuntar esas previas visiones, fundirlas con conceptos procedentes de otros ámbitos (por ejemplo, aunque parezca mentira, de la Disney) y establecer un molde que, sin la menor duda, habría de seguir el mismo Jackson, cuyos diseñadores visuales ni mucho menos trabajaron desde el vacío. El logro de Ralph Bakshi, director y alma mater del proyecto, merece por ello una reivindicación, sin que sea necesario tampoco sobreestimar su trabajo. Pero la revisión de la película, incluso para quienes ya estamos más familiarizados con la trilogía de Jackson, revela un trabajo muy destacable, con una magnífica atmósfera visual, logrados aciertos a la hora de establecer el tono fantástico (a la cabeza de todos ellos, la animación sobre escenas filmadas con actores de carne y hueso) y un buen sentido de la síntesis a la hora de abordar una novela tan vasta.

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Cine para Navidad: La mujer del obispo y Muchas gracias, Mr. Scrooge

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Cualquiera que haya crecido con el cine clásico en televisión, antes de que hubiera la sobrecarga de oferta audiovisual que caracteriza estos tiempos actuales, aprendió a esperar que en fechas navideñas los canales (y con esto, sobre todo, me refiero a Televisión Española) programaran una serie de clásicos, con frecuencia de Hollywood , de tema navideño. El más emblemático es el inolvidable ¡Qué bello es vivir! (1946, Frank Capra), tal vez la primera película «favorita» de mi vida, y a la que dediqué, en otra Navidad de mi blog, un comentario entusiasmado. Hoy me apetece recordar dos títulos de alcance mucho más modesto, pero que me resultan entrañables por pertenecer a esos días navideños de mi infancia (y porque, sin alcanzar la grandeza de la fábula capriana, son muy simpáticos). Uno es La mujer del obispo (1947), un clásico de la temática en su país pero poco conocido fuera de él, que en España no se estrenó en su día y sólo décadas después fue cuando por fin lo recuperó TVE. Y no extraña esta postergación: ¿cómo iba a pasar la Censura de los años 40 una película que proponía a un ángel con rostro de galán sofisticado —o sea, Cary Grant— que se dedicaba a enamorar a la esposa del obispo (encima un obispo casado, o sea, hereje) al que el Cielo ha enviado a ayudar? El otro es una de las múltiples versiones de la famosa Canción de Navidad dickensiana: Muchas gracias, Mr. Scrooge (1970), que reelabora el cuento bajo la forma del cine musical, de modo tal vez discutible pero sin dejar de ser fiel y coherente con el espíritu y la letra del original. Un programa doble, por tanto, que invito a contemplar en estos días. Seguir leyendo

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John Stuart Mill o la paradoja del reformador programado

Edición de la Autobiografía de J. S. Mill, en la imprescindible Alianza Bolsillo¿Puede programarse un reformador? El pensador James Mill, uno de los prohombres del radicalismo inglés de principios del siglo XIX, defendió que sí y decidió probarlo en las carnes de su hijo primogénito. Era amigo y colaborador íntimo de Jeremy Bentham, el primer radical de la historia británica, y como él, firme partidario de la famosa doctrina utilitaria que pretendió hacer triunfar el racionalismo más extremo en la configuración política y moral de su país. Las ideas dieciochescas que otorgaban una completa preeminencia a la razón sobre las pasiones humanas estaban muy arraigadas en él —no en vano el hijo lo definió como «el último hombre del siglo XVIII»—, y decidió llevar a la práctica el eminente convencimiento de los ilustrados de que la clave tanto de la personalidad como del comportamiento constructivo al servicio de la comunidad, en la edad adulta, se encuentra en la formación. Fue así que sometió a su hijo a un proceso de formación inédito en ese momento, con el objeto de demostrar la verdad de sus creencias. Lo apartó de toda tutela que no fuera la suya, de la compañía de otros niños, de cualquier entretenimiento catalogado de infantil, y lo sometió desde la más tierna edad a una educación que hoy no puede sino resultarnos chocante, y que comenzó por la enseñanza del griego a los tres años. ¿Fue un éxito? El vástago, John Stuart Mill (1806-1873), es hoy una figura de la historia del pensamiento por su importante papel en la configuración del liberalismo inglés y un caso preclaro de individuo absorbido por su vocación de reformista puro. Pero, ¿a qué precio?

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El puente de los espías: ¿apología de los derechos civiles… o de Tom Hanks?

Tom Hanks reina en el cartel de El puente de los espíasUna sección especialmente interesante del thriller, en cine y en literatura, está formada por aquellas historias que giran en torno al mundo del espionaje durante la la guerra fría. El nombre de John le Carré seguramente es el primero que se nos viene a la memoria, y enseguida llegan un buen puñado de películas memorables, tanto adaptaciones suyas (El espía que surgió del frío, Llamada para el muerto) como de otras fuentes (siento especial debilidad por La carta del Kremlin o Scorpio). Su época dorada fueron los años 60-70, es decir, ese tiempo en que la amenaza de guerra inminente fue desapareciendo y eso hizo posible el surgimiento de voces críticas que cuestionaron el presunto idealismo que querían personificar de modo absoluto ambos bloques. En concreto, el cine de espías supo expresar muy bien el mundo de seca deshumanización en que degeneró la guerra fría (cuando cada uno de los dos sistemas enfrentados se proponía como el edén para la humanidad) y que sus mejores películas expresaron a partir de una atmósfera de gélida abstracción cuyos actuantes acaban reducidos a la condición de marionetas sin identidad. En principio, El puente de los espías intenta remontarse noblemente a esta filiación. Es por ello una lástima que, cuando lo tenía todo para haber sido una magnífica película y una de las grandes de la filmografía de Spielberg, no termine de superar el estadio de lo meramente estimable por culpa de su indefinición y su completa dispersión de ideas. Y es que a lo largo de su muy desmesurada duración (un defecto habitual en el cine de su autor), se intenta: 1) reconstruir un episodio real de la crónica de espionaje de la guerra fría, amén de ilustrar uno de sus momentos emblemáticos (la erección del muro de Berlín); 2) efectuar una apología de los derechos civiles en cualquier caso y circunstancia; y 3) ofrecer un thriller de suspense protagonizado por un hombre «corriente» enfrentado a unos hechos «excepcionales». Por desgracia, los elementos más interesantes de la historia (los dos primeros) acaban viéndose rebajados a medida que cobra importancia el tercero de ellos, que además acaba subordinado en exceso al lucimiento del actor Tom Hanks… como bien delata el cartel de la película.

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El planeta de los simios o el mudo reproche de la Estatua de la Libertad

El mítico plano de Charlton Heston frente a la Estatuaa de la Libertad

Un hombre en una playa solitaria horrorizado al descubrir los restos varados sobre la arena de la Estatua de la Libertad, que identifica el desconocido planeta en el que se encuentra como la Tierra. Existen pocas imágenes más emblemáticas, más conocidas, no ya en la historia del cine de ciencia-ficción, sino del cine a secas. Es el famoso final de El planeta de los simios (1968). Descontando a los que tuvieron la suerte de ver la película en el momento de su estreno —y acudir a la sala de cine sin que nadie se la destripara—, ¿habrá algún espectador que haya emprendido su visionado por primera vez sin tener ni idea de él? Se me antoja casi imposible, pero por fortuna la película es muchísimo más que ese genial momento shock, todo lo contrario que otros títulos que, una vez superado el impacto de un final pierden bastante (se me ocurre, por ejemplo, El sexto sentido). Es ciencia-ficción perteneciente a ese noble bloque de obras que utilizan el género para especular acerca del concepto de humanidad, pero no del futuro sino del presente: en este sentido, pertenece a la estirpe de joyas como El increíble hombre menguante (1957), Sucesos en la IV fase (1974), Gattaca (1997) o, por mencionar un film que no proceda del ámbito anglosajón, la modesta pero espléndida película argentina Moebius (1996). Las aventuras de ese viajero estelar en un mundo en el que parecen haberse invertido las leyes de la evolución encierran un evidente propósito parabólico, que no por ingenuo deja de ser sugestivo. Ahora bien, y como suele suceder, lo mejor de la película no se encuentra en la premisa que le sirve de «escaparate», sino en aquellas ideas que sugiere sin necesidad de subrayarlas (esto último supone el principal defecto del film), así como en su magnífica elaboración visual y sonora, responsables de que, por encima de cierto envejecimiento, todavía mantenga un indudable encanto.

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Las películas de Waldemar Daninsky (I)

El personaje         Películas I         Películas II

La marca del hombre lobo, posterAcercarse a la filmografía de Waldemar Daninsky ofrece el mismo problema que el resto del cine de horror español en el espacio comprendido entre 1968 y 1983 —la etapa «clásica» del fantaterror, enmarcada precisamente por el primer film del licántropo y el último antes de su resurrección ya fuera de época—, es decir, la imposibilidad, para quien conoce y ama el cine al que pretendía remitirse (de los terrores góticos de la Universal a los de la Hammer y la escuela italiana, pasando por los horrores contemporáneos de los años 70, con zombis, exorcismos y demás), de aceptar la miseria presupuestaria, la falta de atmósfera, la inconsistencia de los intérpretes, la nulidad de los directores y, en general, la ausencia de la necesaria convicción en sus creadores para creerse lo que le están contando, algo básico en todos los géneros, pero fundamental en el terror de bajo presupuesto. Es evidente que el único que creía en lo que quería contar era el mismo Paul Naschy, y es cierto que eso otorga a su figura un cierto aire quijotesco. Pero también lo es que él mismo minó el suelo que pisaba, primero con su incapacidad como guionista y su falta de la necesaria presencia para ser un «rey del terror» al estilo de sus venerados Boris Karloff o Bela Lugosi, por no hablar de Christopher Lee, y después con las antipáticas debilidades de su cine: la egolatría sexual, el machismo que no la misoginia, la simplicidad ideológica o la falta de una concepción verdaderamente personal del género. Aun así, el ciclo Daninsky, con sus grandes desaciertos y sus pequeñas virtudes, sobre todo cuando se consume de un tirón y permite apreciar la corriente subterránea que mana debajo de la zafiedad visual de la mayoría de sus películas, posee el atractivo de los universos absolutistas organizados por un demiurgo tan convencido de su capacidad divina que acaba contagiando cuando menos una pequeña chispa a quien se asoma a ellos. En la medida de lo posible, es por aquí por donde intentaré explorar la serie.

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Bearn o la sala de las muñecas, mucho más que el Gatopardo español

Portada de la edición de Bearn en Alianza BolsilloA la emisión en televisión, hace muchos años, de una película sin duda imperfecta pero cuya historia me pareció sobradamente atractiva, debo el conocimiento de una de las mejores y al mismo tiempo más desconocidas obras de la literatura española del siglo XX: Bearn o la sala de las muñecas (1956), del escritor mallorquín Llorenç (o Lorenzo) Villalonga. Ni había visto por entonces la película El Gatopardo (1963), de Luchino Visconti, ni leído la novela de Lampedusa, pero la edición de Alianza Editorial en que adquirí el libro ya remarcaba las coincidencias entre ambas. En efecto, ambas constituyen la crónica de un mundo que desaparece, el de la aristocracia rural de dos comarcas apartadas del corazón de la vida de sus respectivos países (Sicilia en un caso, Mallorca en el otro), a partir de la sabia, o resignada, aceptación de quien se considera su último representante, un hombre ya maduro, poseedores los dos de una vasta cultura que trasluce en cualquiera de sus gestos. Sancionado el aire de familia entre ambas obras, es ciertamente asombroso que se publicaran muy cerca en el tiempo, pero sin tener conciencia la una de la otra: de hecho, El Gatopardo se publicó después, en 1958. Y significativo, además, que el traductor de la novela de Lampedusa al catalán fuera el mismo Llorenç Villalonga.

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Carretera perdida y Mulholland Drive: ¿quién entiende a David Lynch?

David Lynch y sus cortinajes rojosDesde el mismo inicio de su carrera, el nombre de David Lynch se ha visto asociado al concepto de delirio. Se lo ha ganado a pulso, desde luego. A pesar de que su filmografía incluye un par de títulos «accesibles» para todo el mundo —El hombre elefante (1980) y Una historia verdadera (1999), que a día de hoy y tal vez por ello son los que concitan mayores acuerdos sobre su calidad—, el resto (cuidado, no digo que estos no) parece conformar un muy particular universo, absoluto y absolutista, que diría Carlos Aguilar, y que exige un esfuerzo especial para entrar en él. Quien lo consigue, es evidente, encuentra notables gratificaciones, la menor de las cuales no es la de sentirse uno de los «elegidos» para apreciar a un cineasta exigente que, sin duda, es de los más personales del cine moderno. Quien no lo consigue, inevitablemente, pensará que han intentado darle gato por liebre con la excusa del juguete que intenta parecer muy sofisticado para encubrir el puro vacío. Lo más descorazonador es que es probable que ambos tengan razón: las películas de Lynch pueden proporcionar una experiencia tan fascinante como pegajosa, pero cuando uno se detiene a reflexionar sobre ellas encuentra que tiene que aceptar más gratuidades de la cuenta para no cuestionar de raíz lo que han intentado contarle. Y aun así, repite… Tal vez las películas que mejor puedan servir de ejemplo son dos que realizó a partir de conceptos muy similares: Carretera perdida (1997), que en su día pasó bastante desapercibida, y Mulholland Drive (2001), que en cambio fue un gran éxito. Seguir leyendo

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Clásicos en blanco y negro de la aventura en el mar

El barco de El demonio del mar

El mar parece demandar el color como el cielo las nubes. Y buena parte de las películas de aventuras marinas que se nos vienen a la cabeza en el acto restallan, en efecto, de vigoroso color: El cisne negro, La mujer pirata, El mundo en sus manos, Viento en las velas… Pues bien, hay un interesante capítulo estético y aventurero que se desarrolló en Hollywood en torno a este subgénero y que lo albergó en blanco y negro, y no solo porque sus ejemplares pertenecieran a la famosa serie B. Hoy quiero comentar dos de ellos, ambos espléndidos pero de signo antitético. El primero es El lobo de mar (1941, Michael Curtiz); el segundo, El demonio del mar (1949, Henry Hathaway). Uno es un film seco y angustioso, que adopta los aires de la pesadilla y en el que falta lo esencial, aunque supuestamente transcurra en ese escenario: el mar, que casi siempre es una presencia en off que no se ve (pero se siente: el eterno peligro de acabar ahogado en él). El segundo, por el contrario, es un título de lo más emotivo, que como bien indica el título español (que nada tiene que ver con el original) sí contiene un canto apasionado acerca de la necesidad que provoca el océano, con todo lo que supone la vida asociada a él, en generaciones de marinos. El film de Curtiz es una historia poblada de personajes ásperos y poco recomendables. El de Hathaway, por el contrario, transpira una intensa emotividad. Dos espléndidas películas de aventuras en un mar de refulgente blanco y negro. Seguir leyendo

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Paul Naschy, nuestro hombre lobo nacional

El personaje   Películas I      Películas II

Waldemar Daninsky, polaco... pero muy españolEl «esplendor» industrial del terror español llegó a nuestro país con una década de retraso con respecto al boom internacional de este género. Y lo hizo, en gran medida, por la obligada relajación de las normas de censura que antes lo habían impedido: en todas las épocas, el terror siempre ha tenido entre sus componentes fundamentales la tensión de lo que la moral del momento entiende por desagradable, la transgresión erótica, la fascinación hacia las conductas malsanas, cosas que en la España franquista era difícil de aceptar, pero que, es evidente, una ciudadanía que había pasado muchos años en la represión moral estaba ansiosa por ver reflejada en la pantalla (vamos, en cualquier aspecto de su vida). Cuando entraba en decadencia el subgénero esencial que había integrado en su mayor parte ese boom (el terror gótico), en España empezaron a comparecer hombres lobo, vampiros, momias, a veces fundidos con figuras más modernas como los muertos vivientes o los endemoniados. El llamado fantaterror —el vocablo siempre me ha parecido desacertado: por feo, por pretencioso, por innecesariamente redundante— fue utilizado por productores que no estaban dispuestos a gastar más de lo justo para atraer a públicos ávidos de esas emociones fuertes de que hasta entonces se habían visto privado. Si al menos hubieran encontrado gentes con talento para compensar la endeblez presupuestaria, todo podría haberse compensado. Pero por desgracia no fue así, y el ejemplo más emblemático es el del hombre al que más se asocia, dentro y fuera de España, con el spanish horror: Jacinto Molina Álvarez, en arte conocido como Paul Naschy, intérprete de numerosos tipos del género pero conocido ante todo por su tenaz vinculación al personaje de un noble individuo marcado por la trágica maldición de la licantropía, el hombre lobo llamado Waldemar Daninsky.

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Steve Ditko, el hombre que creó a Spiderman

La portada de Ditko para Amazing Fantasy 15... que nunca se publicóLa imagen icónica de Spiderman y su mundo se debe al dibujante John Romita: fue su estilo suave y clásico el que selló la definitiva materialización gráfica de Peter Parker, de los secundarios de la serie (comenzando por sus novias de belleza deslumbrante, Gwen Stacy y Mary Jane Watson), incluso de sus villanos, del Duende Verde al Doctor Octopus. Todos los dibujantes que trataron después al personaje en Marvel tuvieron que ajustarse a ella. Fue quedando así en el olvido que la imagen del trepamuros había sido inicialmente mucho más sombría y áspera, menos «bella», como corresponde a un Hombre Araña de verdad. Yo mismo comencé a leer con regularidad sus cómics en la versión Romita, más o menos a los once años, pero entre las tinieblas de mi memoria infantil todavía se agazapaba una primera impresión, mucho menos tranquilizadora, del mismo personaje, que el niño pequeño que era entonces prefirió dejar sin leer en ese momento. Era, claro, el Spiderman de su primer dibujante y creador gráfico —bueno, mucho más que un mero creador gráfico—, un artista excepcional sobre el que muy pronto cayó un velo de olvido, pese a que en los primeros años de existencia de la serie pareció irremplazable: Steve Ditko, el hombre que diseñó su mítico uniforme, la apariencia de Peter Parker y algunos de los más carismáticos secundarios de la serie, empezando por la tía May o J. Jonah Jameson, y buena parte de los enemigos mortales del héroe, como los antedichos líneas arriba. Y seguramente el gran responsable de esa cualidad que hizo a Spiderman el personaje de cómic con el que más aficionados nos hemos podido identificar: un entorno cotidiano, doméstico, nada sobrehumano, que nos permitía hacer pensar, como señalaba uno de los diálogos de la época, que Spiderman era «el héroe que puedes ser tú».

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El Gatopardo: Lampedusa supera a Visconti

Cartel español de El GatopardoSi hay un encuentro que el cine y la literatura —tantas veces quejosa la segunda del trato dado por el primero— siempre han celebrado especialmente es el del escritor siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el director milanés Luchino Visconti a propósito de la novela del primero El Gatopardo. Aristócrata nacido en Palermo, el príncipe de Lampedusa escribió a mediados de los años 50 una novela que no llegó a ver publicada en vida (lo fue a título póstumo, en 1957), construida sobre hechos y personajes de su propia familia, que situó en la época de la famosa expedición de Garibaldi y sus camisas rojas a Sicilia y que supuso el fin de la monarquía borbónica de las Dos Sicilias. El escritor narró el efecto que ese cambio provoca en el seno de una arquetípica familia de la nobleza siciliana, los Salina, símbolo del tránsito de un modelo de organización política y social a otro… que en realidad lo que hace es transmutar para así mejor mantener el viejo orden (¿quién no conoce la famosa frase de «si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie»?). Pues bien, Luchino Visconti, prestigioso director también de origen noble (los Visconti fueron los amos de Milán en el cambio de la Edad Media al Renacimiento) pero famoso por su notoria simpatía comunista, parecía predestinado a ser el adaptador ideal de la novela, por una doble condición: su condición de cineasta sensible por excelencia frente a un libro escrito con un notable sentido estético, y por la presunta perspicacia ideológica que le daba su doble condición de aristócrata y hombre comprometido con la izquierda. Pues bien, mi revisión de El Gatopardo me ha confirmado lo que ya pensaba de su primer descubrimiento: que, en efecto, si la novela de Lampedusa es una obra maravillosa con un sentido social y moral bien trabado a partir de su inolvidable sentido de la estética, la película de Visconti es una obra sobrevalorada que convierte la refinada sutileza del original en un ejercicio de enfatismo que, aun así, posee los suficientes elementos de interés (a la cabeza, su enorme belleza visual) como para ser disfrutada, algo sin duda insatisfactorio para una película que, está claro, fue concebida con intención de convertirse en una obra de referencia en la historia del cine.

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