Clásicos en blanco y negro de la aventura en el mar

El barco de El demonio del mar

El mar parece demandar el color como el cielo las nubes. Y buena parte de las películas de aventuras marinas que se nos vienen a la cabeza en el acto restallan, en efecto, de vigoroso color: El cisne negro, La mujer pirata, El mundo en sus manos, Viento en las velas… Pues bien, hay un interesante capítulo estético y aventurero que se desarrolló en Hollywood en torno a este subgénero y que lo albergó en blanco y negro, y no solo porque sus ejemplares pertenecieran a la famosa serie B. Hoy quiero comentar dos de ellos, ambos espléndidos pero de signo antitético. El primero es El lobo de mar (1941, Michael Curtiz); el segundo, El demonio del mar (1949, Henry Hathaway). Uno es un film seco y angustioso, que adopta los aires de la pesadilla y en el que falta lo esencial, aunque supuestamente transcurra en ese escenario: el mar, que casi siempre es una presencia en off que no se ve (pero se siente: el eterno peligro de acabar ahogado en él). El segundo, por el contrario, es un título de lo más emotivo, que como bien indica el título español (que nada tiene que ver con el original) sí contiene un canto apasionado acerca de la necesidad que provoca el océano, con todo lo que supone la vida asociada a él, en generaciones de marinos. El film de Curtiz es una historia poblada de personajes ásperos y poco recomendables. El de Hathaway, por el contrario, transpira una intensa emotividad. Dos espléndidas películas de aventuras en un mar de refulgente blanco y negro.

El lobo de mar (1941)

Poster americano de El lobo de marPese al sello de la Warner, la dirección de Michael Curtiz, la banda sonora de Erich Wolfgang Korngold y el ambiente marino, El lobo de mar es sin duda el patito feo de ese ciclo aventurero que el estudio confió al realizador de origen húngaro y que habitualmente contó con el protagonismo del siempre jovial Errol Flynn (El capitán Blood, Robin de los Bosques, El halcón del mar…). Aquí no hay vitalismo, ni dinamismo, ni lucimiento del atractivo de la vida en el mar. Lo que revelan las imágenes es un film de increíble sordidez, que presenta una nutrida galería de personajes pero entre los cuales no hay uno solo que permita la identificación con el espectador (lo cual, como se sabe, suele ser uno de los elementos clave de toda aventura), y que se mueve por márgenes visuales por completo diferentes a lo usual, privilegiando lo claustrofóbico y lo irreal, haciendo honor al nombre del barco donde transcurre la acción, el Fantasma. Es más, el aroma fatalista, el tratamiento fotográfico (con su gusto por los contrastes de luz) e incluso los actores principales (Robinson, Lupino y Garfield) recuerdan más bien un film de cine negro: no cuesta trabajo imaginar una de sus tramas características, esa que versa sobre los peligros que corre un personaje «normal» infiltrado en el entorno de un gángster megalómano cuya siguiente decisión siempre es impredecible pero augura violencia y dolor (estilo Al rojo vivo, vamos, por no salirnos siquiera de la Warner).

La cuestión es que no nos hallamos ante una trama original, sino ante una adaptación de la magnífica novela de Jack London El lobo de mar. Publicada en 1904, fue uno de los mayores éxitos de su autor, y hoy día sigue siendo una de sus obras de referencia (si bien no posee el renombre mítico de sus más populares cuentos, o sea, aquellos que transcurren en los escenarios de la fiebre del oro en Norteamérica, La llamada de lo salvaje o Colmillo Blanco). London salta de la tierra al mar, ambiente que también conocía de primera mano, para dibujar la vida a bordo de un barco que se dedica a la pesca de focas sin el menor asomo de edulcoración o idealismo (lo cual no excluye un profundo vitalismo: no hay en el libro la atmósfera mortuoria que recorre las imágenes del film). Con el trasfondo de ese universo marino real, London parece que va a desarrollar la confrontación moral entre las dos dimensiones antagónicas del ser humano: la animal y la racional, por medio del contraste entre el capitán del Fantasma, Lobo Larsen, y el intelectual Humphrey Van Weyden, que va a parar a bordo por casualidad y acaba reclutado a la fuerza como el más ínfimo de los miembros de la tripulación.

Ahora bien, la densidad de esa confrontación, por supuesto, escapa de los límites de todo maniqueísmo en cuanto que Larsen es, en efecto, una bestia animal pero al mismo tiempo un hombre cultivado y con lecturas, con inquietudes filosóficas, que encuentra en Van Weyden al único ser con el que, en mucho tiempo, puede trabar una conversación de hondura. El retrato de Lobo Larsen, sin duda, compone uno de los más inolvidables personajes de toda la literatura de aventuras e insufla de una apasionante, por ambigua, vida a las páginas de ese libro, por cuanto, es evidente, la fascinación que siente el lector por él se impone sobre la inicial identificación que propone la estructura narrativa, cuyo narrador en primera persona es Van Weyden (el cual, claro, es la primera víctima de esa misma fascinación, si bien nunca pierde de vista la atroz peligrosidad de ese hombre). Con el retrato de Larsen, London pretendió plasmar en un personaje el famoso concepto del superhombre nietzscheano, para poder criticarlo, si bien él mismo tuvo que reconocer, con cierta amargura, que lectores y críticos lo habían juzgado al revés, es decir, como una apología del mismo.

Lobo Larsen, bajo los rasgos de Edward G. RobinsonEs verdad que la enorme complejidad del Lobo Larsen literario no existe en el film, lo cual no quiere decir que el mismo personaje, en la película, no resulte igualmente atractivo. Es cuestión de densidad, en buena medida derivada de las imposiciones de una película que tiene la textura de una serie B y no los medios que habitualmente se encomendaban a las películas aventureras de Michael Curtiz. Ahora bien, en las espaldas del gran Edward G. Robinson, Larsen resulta una encarnación absolutamente memorable, un ser que se complace en provocar la degradación moral de cuantos viven a bordo, pues sabe que los seres destruidos y reducidos a la mera abyección son más fáciles de manipular y controlar, algo fundamental en alguien que se sabe tan extremadamente odiado. Por tanto, si bien el film carece de ese sabor de confrontación moral e intelectual, no por ello renuncia a proponer un personaje de enorme presencia: basta un plano de Robinson para que Larsen domine por completo cualquier escena en la que aparece, ya sea por medio de su demoniaca mirada o porque expresa mediante la acción, siempre de modo violento, toda la turbulencia que aquella prometía.

El lobo de mar posee una duración de apenas 85 minutos que condensa un libro de más de 300 páginas. El hombre que firma en solitario la adaptación, Robert Rossen —el hombre que veinte años después acabaría filmando bajo responsabilidad absoluta esa obra maestra que es El buscavidas—, realizó por tanto una reducción brutal de las peripecias que, sin embargo, tiene la virtud de no resultar abrupta en absoluto. Bien al contrario, la extrema condensación incluso es uno de los atractivos de la película, por cuanto su condición de sórdido cuento fantasmal se aviene perfectamente con esa concentración.

Rossen tomó el material de London y, respetando sus líneas básicas, realizó varias alteraciones que resultan singulares pues son las que aumentan el grado de sordidez, de un modo incluso superior al del libro. Estas afectan, en especial, a los personajes principales del film. La oposición entre Van Weyden y Larsen, en primer lugar, aquí se amplía con la inclusión de un segundo personaje masculino que llega al barco a la vez que el primero. Se trata de George Leach, un hombre al que se nos ha presentado como fugitivo y al que el malogrado actor John Garfield aporta su característico aire de bruto a punto de estallar a la menor provocación, lo cual, curiosamente, le otorga cierto paralelismo, aun mitigado, con Larsen. De hecho, el mayor peso estelar de Garfield opaca algo el personaje de Van Weyden, encarnado por un actor, Alexander Knox, secundario no muy conocido.

El estupendo trío protagonista de El lobo de marEl cuarto personaje importante es femenino. Por una vez no la clásica imposición romántica de Hollywood, pues ya figura en London (si bien aparece a mitad de la novela). Pues bien, una vez más con pleno sentido respecto al planteamiento más sórdido del film, Rossen degrada el retrato del personaje: si en el libro era una joven y ya reputada escritora, en la película es otra fugitiva de la ley, que incluso se salva de la detención por la policía debido al choque en el mar que hará que, rescatada por el mismo Van Weyden, acabe en el Fantasma. Así, las consideraciones que Larsen guarda hacia ella en el libro aquí no existen: en una de las escenas de mayor dureza, precisamente, el capitán derrumba sin piedad el intento de la mujer de presentarse como una dama de distinción revelando a todos su condición de prófuga de una prisión femenina. Pues bien, la común condición de parias, de fugitivos, que comparten Leach y Ruth (en el libro, Maud) Brewster, bien simbolizada por la transfusión de sangre que el primero da a la segunda para salvarle la vida, los convierte en almas gemelas y justifica, como se hace en pocas producciones aventureras de Hollywood, la historia de amor que surge entre ambos. Por cierto, y como siempre, Ida Lupino ofrece una interpretación imborrable de ese tipo de mujer, al mismo tiempo dura y vulnerable, que era su especialidad.

En cualquier caso, si es evidente que Lobo Larsen, por atrayente que resulte, no puede concitar la simpatía del público (y un Edward G. Robinson más desagradable que nunca se encarga de remarcarlo), tampoco sus víctimas, los otros tres, lo consiguen, el intelectual por distante, la pareja por excesivamente agria. Con su atmósfera de pesadilla —en la que es fundamental el omnipresente papel de la niebla, como señal de que el Fantasma y sus tripulantes se hallan fuera de la realidad del mundo—; con su torvísima galería de rostros —los marineros forman un friso no menos sórdido y cruel que su capitán: destáquese al gran Barry Fitzgerald en un rol repulsivo muy distinto del pintoresco pero simpático que le era más habitual; con su formidable sentido de la concisión (que, añadido a la particular textura visual, contribuye a otorgar una fortísima abstracción a sus imágenes); con la estupenda tensión que aporta el director Michael Curtiz; con el memorable trabajo realizado sobre el material de Jack London; con su espléndido y tortuoso final; con todos esos elementos que, a ratos de modo abrupto, a ratos del modo más coherente, conforman la película, El lobo de mar se erige en uno de los más singulares y fascinantes ejemplares del cine de aventuras de Hollywood. No extraña que sea tan poco conocido, pero por lo mismo debiera de haberse constituido hace ya mucho en un film de culto.

El demonio del mar (1949)

El demono del mar, poster americanoEl demonio del mar es un título al que le tengo mucho cariño, pues es una de las películas que aprendí a mirar con nuevos ojos, como tantas otras, gracias al gran crítico José María Latorre (que la incluyó en ese libro de obligada lectura para los amantes del género que es La vuelta al mundo en 80 aventuras), después de que en una lejana primera visión no me hubiera llamado tanto la atención. Y es que se trata de un film espléndido, que aborda un tema muy querido en la literatura y el cine de dicho género: la continuidad de una estirpe en el seno del mar. La sucesión de una generación por otra a través de un clásico relato de aprendizaje que, sin embargo, tiene su clave en la ausencia de un eslabón en esta cadena de herencias, la falta del padre. Los protagonistas de la historia son un abuelo y su nieto, el capitán Bering Joy y el pequeño Jed. El padre murió en alta mar y desde entonces el viejo ha tenido que compaginar el mando de su barco con la educación del niño. Un reto difícil que ha demorado el merecido retiro del viejo marino, cuya salud cada vez más resentida la hace cada vez más cercana.

De hecho, en el arranque de la historia, con la llegada del ballenero Pride al siempre entrañable puerto de New Bedford, en el año de gracia de 1887, los armadores, al recibir al capitán Joy, no pueden evitar que se les escape el hecho de que cuentan ya con ese retiro: entre otras razones, la compañía de seguros incrementa en mucho las pólizas de una travesía cuyo máximo responsable es tan mayor. Pero Bering Joy todavía debe hacer un último viaje, pues es aquél en que considera que Jed pasará del puesto de grumete al de marinero, y todavía necesita su supervisión. El vértice dramático de esta historia girará en torno a la aparición del hombre que acabará actuando como sustituto de ese eslabón perdido, el joven y segundo oficial contratado para el nuevo viaje del Pride (en realidad, iba a ser su capitán), Dan Lunceford, quien se verá en el centro de la inevitable batalla generacional entre abuelo e hijo, encerrado entre la espada y la pared al advertir que el cariño y admiración que el niño empieza a sentir por él choca con los inevitables celos del viejo.

Un abuelo y su nieto, un conflicto familiar en alta mar. El mero enunciado parece sugerir que nos vamos a ver ante un relato de buenos sentimientos concebido para soltar lágrimas. Y es así, pero en el más noble sentido: El demonio del mar, en efecto, provoca una admirable emoción, pero por la magnífica construcción de todos sus elementos y el espléndido dibujo de esa relación a tres bandas, en la que se ven probadas el cariño y la admiración, el respeto y la lealtad debida, la intromisión de una relación profesional en el seno de la familiar, las obligaciones y el deber, y la necesidad, en ocasiones, de saltarse esa obligación en beneficio del cariño y la humanidad. El estupendo y complejo guión (original: no se basa en ningún libro previo, lo cual lo hace todavía más notable) consigue enhebrar todos esos elementos sin incurrir en la sensiblería fácil, sino bien al contrario apoyándose en una necesaria dureza expositiva, que remarca tanto las virtudes como los defectos de los tres personajes centrales, el más notorio de los cuales es la tozudez con que cada uno de ellos defiende sus opciones.

Lionel Barrymore y Dean Stockwell como abuelo y nietoEl demonio del mar se toma su tiempo para contar esta compleja cadena de sentimientos, dedicando de entrada un tercio inicial «terrestre», insólito en una historia de balleneros. Ese tercio inicial es fundamental para que el espectador conozca la relación que enseguida se verá puesta a prueba: la del viejo y el niño. A partir del magnífico feeling que brota entre el veterano Lionel Barrymore (ya en el ocaso de su carrera) y el pequeño Dean Stockwell (en el inicio de la suya), la historia gira en torno a la obligación que, por una nueva ley, tiene el pequeño Jed de aprobar el examen correspondiente a su edad antes de embarcarse. Durante el estudio, se observa cómo el niño no es capaz de meterse en la cabeza materias o problemas matemáticos, por sencillos que parezcan, ya que no les encuentra la menor utilidad práctica: esto será fundamental a la hora de que Dan Lunceford consiga erigirse en su maestro, puesto que él sí sabrá cómo estimular su necesidad de aprender.

El estudio del niño sirve también para que sepamos cómo el anciano (un hombre de escasa cultura: su mundo entero gira en torno al mar, espacio en el que sí es un maestro) intenta disimular ante su nieto su ignorancia, arreglándoselas para buscar en secreto el significado de las palabras que éste le pregunta: lo mismo hará luego, a bordo del Pride, cuanto intenta (inútilmente ahora) estar a la altura de los nuevos conocimientos con que llega Lunceford, un hombre de sólida formación que solo necesita volcar ésta en la práctica. Es así que lo que podría parecer una mera digresión destinada a hacer entrañables a dos personajes constituye un segmento fundamental para su caracterización, esencial para el desarrollo psicológico posterior del conflicto. Por otro lado, es espléndida ya la secuencia del examen: Jed suspende, claro, pero el profesor que lo examina, que se ha pasado ese tiempo hablando con el viejo, cambia la nota al comprender que hay ocasiones en que las reglas deben dejarse a un lado en beneficio del humanismo y la comprensión. Como profesor, yo mismo puedo identificarme muy bien con este bello gesto: la educación es algo más que la superación de un examen.

Richard Widmark como Dan LuncefordPor supuesto, la película incrementa aún más su atractivo tan pronto se regresa al escenario del barco y entra en escena Richard Widmark (también excelente en su difícil cometido, pues su papel es el de intruso en la bonita relación que se ha trazado entre los otros dos). Una vez más, El demonio del mar se toma todo su tiempo para relatar, primero, la vida de a bordo en un barco ballenero (lo cual incluye mostrar cómo la carne del cetáceo es cortada en tiras manipulables y su conversión posterior en aceite) y, segundo, el desarrollo de esa relación ahora a tres. A bordo, el capitán Bering trata a Jed como a uno más de su tripulación, sin mostrar el menor favoritismo y, en efecto, en ningún momento va a haber ni siquiera un guiño entre ambos, aunque, eso sí, preocupado como está por su educación (los meses en tierra y la resolución del examen no le han dejado un buen sabor de boca), le encarga a su segundo Lunceford, como hombre formado, que sea ahora quien se ocupa de ello «en sus horas libres». La afinidad y el cariño que no tarda en nacer entre ellos provoca los celos del anciano, y el honrado intento de Lunceford por marcar distancias con el pequeño para no herir al abuelo provoca la dolorosa perplejidad del pequeño.

El demonio del mar se erige así como un relato sobre el choque entre el deber y los sentimientos, que propone un curioso triángulo «sentimental» cuyo vértice central es un niño. Con su sencillez, con su forma de convocar la mayor sensibilidad sin incurrir en ninguna sensiblería, con su relato de un proceso de educación guiado por la coherencia y probado a la vez por el cariño y el sentido de la responsabilidad, es uno de estos films que dignifican tanto el menospreciado género de aventuras como el Hollywood clásico. Una película inolvidable, aunque como tantas otras no posea la repercusión que merece.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El lobo de mar / The Sea Wolf. Año: 1941.

Dirección: Michael Caine. Guión: Robert Rossen; novela de Jack London. Fotografía: Sol Polito. Música: Erich Wolfgang Korngold. Reparto: Edward G. Robinson (Lobo Larsen), John Garfield (George Leach), Ida Lupino (Ruth Brewster), Alexander Knox (Van Weyden), Barry Fitzgerald (Cooky). Dur.: 100 min.

Título: El demonio del mar / Down the Sea in Ships. Año: 1949.

Dirección: Henry Hathaway. Guión: John Lee Mahin y Sy Bartlett; historia de Sy Bartlett. Fotografía: Joseph McDonald. Música: Alfred Newman. Reparto: Lionel Barrymore (Bering Joy), Richard Widmark (Dan Lunceford), Dean Stockwell (Jed). Dur.: 120 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Clásicos en blanco y negro de la aventura en el mar

  1. Ángel Hernando dijo:

    En realidad, El lobo de mar es una película de aventuras con un tono negro y fatalista o, si se quiere, un “noir” con un tono de film de aventuras, con unos personajes que no provocan ninguna empatía en el espectador. Como en los mejores Curtiz, brilla ese gusto por las sombras, tan querido por su director, de tinte casi expresionista. Aparte de Robinson, claro está, hay que destacar siempre a la sublime Ida Lupino, uno de los rostros (y de los talentos, véase, por ejemplo, On dangerous ground de Nicholas Ray) más imborrables de la historia del cine. De Alexander Knox, por cierto, recuerdo su papel estelar en Wilson, un film excelente de Henry King.
    De El demonio del mar, poco más hay que decir. Es una película llena de emoción que merecería un mayor aprecio, como muchas otras obras de Hathaway, pero dudo que, aparte de la comunidad cinéfila, le pueda interesar a alguien un film de aventuras marinas como este, donde los personajes piensan y sienten y no son simples marionetas al servicio de una vacua pirotecnia (pienso con escalofríos en la saga de Piratas en el Caribe).

    • El gusto por las sombras que Curtiz dedicaba a sus personajes es famoso, y un rasgo atmosférico excelente: en una película tan sombria como “El lobo de mar”, con mayor motivo. Ida Lupino es para mí una de las grandes, y precisamente su interpretación en “On Dangerous Ground” (yo la llamo “La casa de las sombras”, por la inolvidable emisión televisivia en que la descubrí) es tal vez el mejor papel de su carrera. En cuanto a “El demonio…” lo dices bien: un film de aventuras que presta menos atención a la acción que a las relaciones entre personajes (lo cual no quiere decir que no transmita sentido de la aventura…) hoy no puede parecer sino una cosa muy rara, sobre todo para quienes han crecido con engendros como esa saga en la que Johnny Depp empezó a dilapidar su prestigio de actor amigo de elecciones exquisitas.

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