Río Conchos o los cuatro jinetes del Apocalipsis

Poster de Río ConchosMedio escondido en las historias del género, con suficiente prestigio crítico e incluso cinéfilo pero nada conocido en el terreno de la mítica, figura el que me parece uno de los westerns más importantes de todos los tiempos, Río Conchos (1964). Pasan los años, reviso los títulos que más veces he visto en mi vida, descubro otros nuevos porque nunca se llega a conocer del todo un género, por favorito que sea, y mientras que otros pasan o disminuye la intensidad que una vez despertaron, el film que nos ocupa se engrandece. Quizá no extrañe su opacamiento, pues se trata sin duda de uno de los westerns más extraños e incómodos que nunca saliera de la factoría de Hollywood. Es un film que ofrece pocos asideros al espectador: no hay héroes nobles con los que identificarse (incluso el en principio personaje bueno, el capitán de caballería, es harto antipático), destila una notable sordidez moral y, aunque está rodado casi íntegramente en exteriores naturales, su hálito existencial provoca una considerable claustrofobia, en un género que siempre necesita respirar. Su trama narra las andanzas de cuatro personajes muy dispares (dos militares y dos outsiders) que, por cuenta del ejército, marchan en busca de un cargamento robado de armas, y su trayectoria acaba impregnándose de una sustancia cuasi bíblica por cuanto el halo de destrucción que desencadenan a su paso parece convertirlos en instrumentos de un dios enigmático e implacable que se alimentara del sufrimiento de los seres que una vez creó. Son, verdaderamente, los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Es un título que surgió, significativamente, en el momento en que moría el western de toda la vida, de tal modo que todavía se baña de su aureola (sobre todo en cuanto al concepto de su realización, inmarchitablemente clásica) pero ya anticipa la evolución del mismo hacia formas más desagradables: eso que se llamó en los USA dirty western y que tiene más interés e influencia del que se le supone, superando incluso los márgenes del propio cine. Por ejemplo, es el que inspira los mejores álbumes del teniente Blueberry creado por Charlier y Giraud. En concreto, me parece imposible que esta pareja no tuviera muy en cuenta Río Conchos para su magnífica trilogía dentro de la serie formada por las aventuras que se titulan Chihuahua Pearl, El hombre que valía 500.000 y Balada para un ataúd. En resumen, es un título genial pero que no presume de serlo.

Hagen, Lassiter y RodríguezHay en el género muchas historias de venganza; personajes con rango protagonista que hacen de la sed de violencia el norte de su vida; películas que narran el itinerario de un grupo de tipos poco recomendables; visiones nada complacientes y de lo más realistas sobre el racismo (sin el paternalismo con que hoy la corrección política trataría la figura del indio: en este film se equiparan perfectamente la rabia y la violencia de blancos e indios); títulos donde brillan por su ausencia elementos humanizadores como una historia de amor, o donde no existen esos secundarios entrañables que tanto puntean el género, o donde ni siquiera hay un sentido del lirismo que contrapese la dureza de un tono o una historia… Pero no consigo recordar ninguno donde todo esto esté presente y en grado tan sumo.

Como decía líneas arriba, el motor argumental de la trama está constituido por el importante cargamento de fusiles de último modelo que ha sido robado en algún lugar de la frontera entre México y los Estados Unidos. El oficial de caballería que sufrió el robo, el capitán Haven, propone a sus superiores internarse en México (por supuesto, de modo clandestino para no provocar un incidente internacional) con un carro cargado de pólvora que reclame la atención de los ladrones. Pues piensa que las armas han ido a manos de un antiguo oficial sudista —han pasado dos años desde el final de la guerra civil: esto es importante—, el coronel Pardee, que lleva todo ese tiempo al otro lado de la frontera, sin duda preparando algún tipo de revancha. Acompaña a Haven su fiel sargento Franklyn, de raza negra, pero necesita a un hombre que conozca el terreno y, sobre todo, al sudista: el elegido es Lassiter, un antiguo comandante del ejército de la Confederación, que vive ahora embarcado en una rabiosa cruzada contra todo indio que se le pone a tiro para vengar a su esposa e hijos, asesinados salvajemente por los pieles rojas. Lassiter es reclutado a la fuerza, por lo que pide a otro hombre que compense la partida. El elegido es un pícaro mexicano que responde al nombre de Rodríguez como antes hizo al de Martínez, y que estaba a punto de ser ahorcado en el fuerte por asesinato.

Richard Boone, inolvidable en Río Conchos como LassiterAntes que nada, y de cara a aquéllos que creen que en los films de acción hay poco espacio para el buen dibujo de personajes, si Río Conchos alcanza desde el principio la hondura dramática que tiene es por el magnífico retrato de aquéllos, todos dueños de una personalidad propia y además magníficamente interpretados por un cuarteto de actores bien conjuntado y sin divismos, aun cuando uno se decante sobre todo por el gesto agrio de un inmortal Richard Boone (Lassiter), cuyas arrugas transmiten de modo inmejorable el endurecimiento provocado por demasiado sufrimiento, y por la callada sobriedad de Jim Brown (el sargento), capaz de ser el más expresivo con la mínima expresión. Pero que asimismo permite el lucimiento del áspero Stuart Whitman (el capitán) y el regocijo ante todas y cada una de las extrovertidas salidas de Tony Franciosa (el mexicano), actor este último que lógicamente es quien utiliza unos recursos más exhibicionistas que los otros.

Cuatro personajes que en realidad son dos que llevan consigo a otro que actúa como una especie de doble especular que tiene mucho de él mismo pero también de contraste. Por un lado, Lassiter, antiguo comandante del ejército confederado (sigue vistiendo los pantalones de su uniforme), quien lleva un año consumido por la rabia (y se presume que el alcohol) a causa de su pérdida y del modo atroz en que se produjo. Por otro, Haven, un capitán de la caballería norteamericana, rígido y ordenancista, también excelente militar (fue el número uno de su promoción en West Point), y por ello especialmente avergonzado por haberse dejado robar los rifles, lo cual explica la agria obcecación con que afronta la misión.

La pareja de Lassiter es Rodríguez, a quien aquél, al convocarlo, salvó de morir en la horca pero cuya astucia y trapacería tan pronto pueden servir para salir con bien de una situación apurada como para poner en peligro la misión tan pronto la codicia del truhán sale a la luz. El compañero de Haven es el sargento Franklyn (cuya raza, en principio, levanta la suspicacia del sudista Lassiter, para ganarse después su respeto), fiel hasta la médula a su oficial, que prácticamente no habla nada a lo largo del film pero siempre está ahí, con su fuerza y su eficacia. Franklyn resulta un personaje mucho más interesante de lo que parece, e incluso provoca una incómoda reflexión, en cuanto que esa lealtad casi perruna —capaz de conducirlo literalmente hasta la muerte— quién sabe si se debe a su carácter, a que en su profesionalidad pesa mucho su condición racial, que lo obliga a demostrar más que otros… o a que lleva la sumisión en la sangre.

Los cinco viajeros de Río Conchos

Lassiter y Rodríguez son dos hombres duros y sin escrúpulos, pero que nada tienen que ver el uno con el otro, pues, aun en su degradación, el primero arrastra consigo la aureola propia de quien se sabe que una vez tuvo una dignidad que el otro no ha tenido ni ha querido nunca tener. Precisamente el error de Rodríguez consiste en pensar que la caída del americano los acerca: y tal vez sea cierto en parte (de ahí el gesto de Lassiter al cerrarle los ojos después de matarlo en duelo —un duelo nada ortodoxo, claro, y en el que el primero ataca a traición, como no podía ser de otro modo— e incluso de acariciarle suavemente la mejilla: es el reconocimiento de que en el mexicano había un rival, o un compañero, de entidad, por debajo de su vulgar trapacería). Pero sólo en parte, pues incluso alcoholizado y dominado por la violencia, aún queda en Lassiter algo que los diferencia radicalmente con tan sólo mirarlos.

Haven y Franklyn encarnan, en principio, el orden y la integridad. Ahora bien, como he señalado, pocos héroes nobles registra el género más ásperos y menos susceptibles de empatía que el capitán: incluso cuando impide que la muchacha india sea muerta por Lassiter, llega a parecer que se debe, más que a nada, a que espera sacar de ella la información sobre el escondite de Pardee, pues sabe que los pieles rojas son sus aliados. En cambio, a lo largo del trayecto, Franklyn demostrará ser el más humano de los cuatro, aquél que siempre sabe ver bien en el fondo del alma de los hombres, el que le deja a Rodríguez un rifle cargado —pese a las indicaciones de Haven— pues le sabe a cargo de una tarea difícil (cruzar el río e internarse en territorio mexicano sin el resguardo de los otros), el que impide que Haven dispare contra Lassiter cuando éste en apariencia huye a caballo de la cabaña rodeada por apaches, pues intuye que en realidad se dirige a atacarlos por otro lado.

No existe ningún género como el western que incite más a la definición de los personajes a través de sus gestos (o sea, de la narración visual: del cine, vamos), y Río Conchos desborda esta cualidad de modo más admirable que nunca. De hecho, si el género también da pie a la exhibición de sentencias memorables, es lógico que aquí solo sea en labios del dicharachero Rodríguez (el único personaje no lacónico de la historia) de donde podamos escuchar alguna. Así, cuando en su conversación inicial con Lassiter, al indicarle éste que es un ladrón, señala: «No importa cómo un hombre gane el dinero; lo importante es saber gastarlo», que ciertamente encierra un plan de vida que define muy bien al personaje.

Lassiter, Haven y Franklyn alertas al ataque de los indiosPero son sobre todo gestos. El odio desbordante de Lassiter se muestra, sin edulcoración, desde la misma secuencia que abre el film, en la forma de disparar, implacable y desde lejos, contra unos indios que se limitaban a enterrar a uno de los suyos, pero también en la insensatez de estrellar, sin previo aviso, un pequeño armario contra la cabeza de Camisa Sangrienta (el jefe apache que mató a su familia), en el cuartel general de Pardee. Pero también la tortura interior que lo lacera y que encierra al hombre con sentimientos que una vez fue: en la forma de quebrar el rostro de dolor al conocer la muerte del bebé que han rescatado (que le recuerda sus propias pérdidas) o, como ya he indicado, de cerrarle los ojos a Rodríguez tras su muerte. El modo en que éste ha hecho del instinto de supervivencia una segunda piel restalla en ese genial instante en que, ante el inminente ataque de los cuatreros mexicanos, afila el cuchillo contra la rueda del carromato que están empujando a duras penas. La condición de soldado puro de Haven se demuestra en la manera en que inicia la lucha contra esos bandidos, disparando el rifle contra su líder sin extraerlo siquiera de la funda ni soltarlo de la silla del caballo donde cuelga. Y la abnegada humanidad de Franklyn da pie a ese magnífico momento en que, poniendo en peligro su vida pues están rodeados de indios, se arrastra hacia la casa para coger en brazos al bebé que llora dentro y volver con él a la seguridad del parapeto.

Todos esos personajes, tan disímiles, acaban sin embargo unidos íntimamente en un momento memorable: esa escena de comunión sentimental, bajo la lluvia, cuyo centro es la india que se aferra al bebé blanco que acaba de morir entre sus brazos. Por cierto que ese quinto personaje, el de la india que atrapan en medio de su aventura, no es un mero reclamo femenino. No solo acabará teniendo un fundamental papel en la acción sino que su fuerza dramática también es inolvidable (como la fuerza expresiva de la desconocida Wende Wagner): es un ser primitivo, como asociamos a todo salvaje que aparece en un western, pero por ello viene a suponer otra especie de espejo de la locura, o la inhumanidad, que embarga a los cuatro aventureros. Y será ella, cuando todo parecía perdido para aquellos, y traicionando a los de su propia raza, quien acabe sacándolos del apuro… por una mera cuestión de empatía, es decir, de humanidad.

Los paisajes minerales de Río ConchosCon magnífica intuición dramática, los lugares que atraviesan los cuatro jinetes conforman un espacio mineral, árido, seco, hostil, en el que destacan esas impresionantes mesas rocosas que es imposible que Giraud/Moebius no tuviera muy en cuenta para sus dibujos en El teniente Blueberry. Los colores son terrosos, no hay espacio para el verdor (para la vida). De hecho, el fuego está muy presente en el film: aparece más de una casa calcinada o que veremos arder. La música, de Jerry Goldsmith, como en las mejores composiciones de éste (por ejemplo, para El planeta de los simios), aporta una particular atmósfera sonora a la historia que rehuye la mera melodía (entonces de moda en el género por Elmer Bernstein y su legendario tema para Los siete magníficos, de 1960) para buscar más bien cadencias sonoras que recuerdan el movimiento de caballos y personas por las llanuras y los roquedos. Visualmente, Río Conchos es una película impresionante.

El hombre que dirigió esta obra maestra responde a esa definición que tantas veces se ha usado de modo despreciativo: un «artesano». Y no de los que posee más renombre, Gordon Douglas, cuya carrera se estiró desde los años 40 a principios de los 70, por tanto para asistir a la agonía del Hollywood clásico. Trabajó en todos los géneros pero es posible que sea en el cine del Oeste donde entregara sus mejores obras: al film que estoy comentando pueden añadirse otros dos geniales westerns abstractos, que parten ambos de un mismo esquema argumental —un puñado de soldado aislados del mundo en un fuerte que asedian unos indios que no parece que vayan a ser derrotados—, si bien en dos décadas muy diferentes: Solo el valiente (1951), con Gregory Peck, y Chuka (1967), con Rod Taylor. La formación clásica de Douglas le libra de la tentación del manierismo, que no hubiera desentonado con esa trama, pero que quizá hubiera arrebatado la fuerza del contraste expresivo que otorga la fluidez de una realización que no busca nunca el énfasis sino la sugerencia. Buenos ejemplos son esa forma frontal de mostrar la tortura india del arrastre por caballos a que se ven sometidos los personajes (sin recrearse en la violencia), o la impresionante sutileza del momento en que un movimiento de cámara nos lleva desde los tres lacerados prisioneros a la india que, muy cerca, está dando de comer a un niño y que se basta para sugerir que la súbita evocación de aquel momento con el otro pequeño la lleva a traicionar a los suyos y liberar a aquéllos.

[Quien no conozca el final de esta genial película debe dejar de leer aquí]

El cuartel general de Pardee junto al Río Conchos, con su casa fantasmalLa imposibilidad de construir una existencia sobre algo que no sea la violencia se materializa definitivamente, y del modo más fantasmal, en la prodigiosa parte final de la película que por fin nos lleva al hombre que tanto estaban buscando: el coronel Theron Pardee (genial Edmond O’Brien, con su aire de ausente alucinación), un soldado de la Confederación que no ha conseguido admitir la derrota —señala a Lassiter, su antiguo subordinado, que perdieron por culpa de su propio sentido del honor, que les impidió llegar hasta el final como sus adversarios— y que, en el segundo aniversario de la rendición de Lee en Appomatox, va a iniciar una nueva y cruenta guerra contra la odiada Unión suministrando modernos rifles de repetición a los apaches del despiadado Camisa Sangrienta. A orilla del río Conchos, en pleno Chihuahua, Pardee está construyendo una mansión al viejo estilo sureño junto a esa corriente que le hará las veces de nuevo Mississippi: una casa todavía a medio hacer, sin techo, con las escaleras ascendiendo hacia el vacío y que tiene en puesto de honor el jirón de una bandera confederada sobre el retrato de Jefferson Davis, el presidente del Sur durante la guerra. Un sueño espectral que Pardee se empeña en ignorar que carece de futuro, pese a que no haya mayor símbolo de la degradación de esa quimera caballeresca, que para él (y para muchos) encarnaba el «romántico» Sur, que el hecho de que los soldados que deben hacerlo triunfar… sean un grupo de apaches fanatizados por un jefe violento, es decir, la encarnación de las pesadillas raciales que tanto odiaban los sudistas.

Pardee es eso: un espectro (como Lassiter) que apura las heces de la destrucción que no se lo llevó físicamente (pero sí espiritualmente) con la derrota, y que solo puede concluir como lo hace. Liberados los tres prisioneros por la india, Lassiter y Franklyn se arrastran hacia el carro con la pólvora (Haven, malherido en una pierna durante el arrastre, se ve obligado a quedar atrás) y aquél, también apurando las heces del amargo nihilismo que lo domina desde más de un año, hace volar armas, carromatos, hombres y campamento: es significativo que el confederado y el negro mueran juntos. En el impresionante final, sobrecoge el plano que muestra a Pardee asistiendo impávido al episodio: la onda expansiva arroja al suelo, a sus espaldas, la lámpara del techo y la casa empieza a arder a su alrededor, sin que él parezca advertirlo. En el final más seco que recoge el género, el capitán y la india, sin que nada pueda indicar que vayan a conseguir salir con bien (ni mucho menos que vaya a haber un futuro sentimental entre ambos), se arrastran fuera del refugio desde donde han presenciado este horror, mientras un movimiento de cámara alza el plano para contemplar el apocalipsis que ha descendido sobre el lugar.

El apocalipsis final cae sobre Río Conchos

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Río Conchos / Rio Conchos. Año: 1964.

Dirección: Gordon Douglas. Guión: Joseph Landon y Clair Huffaker; novela de Clair Huffaker. Fotografía: Joe MacDonald. Música: Jerry Goldsmith. Reparto: Richard Boone (Lassiter), Stuart Whitman (Capitán Hagen), Jim Brown (Sargento Franklyn), Tony Franciosa (Martínez), Edmond O’Brien (Coronel Pardee), Wende Wagner (La india). Dur.: 107 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Río Conchos o los cuatro jinetes del Apocalipsis

  1. Ángel Hernando Saudan dijo:

    No hay que olvidar que, además del espléndido Río Conchos y de los fantasmagóricos Solo el valiente y Chuka, Gordon Douglas realizó Quince balas, un magnífico western con un gran guión de Burt Kennedy, hoy prácticamente olvidado y muy difícil de ver, pero que merece una urgente reivindicación.

  2. Ángel Hernando Saudan dijo:

    Al hilo de Quince balas, pienso en algo que siempre me ha intrigado y es la política que se sigue para sacar en DVD o BluRay las películas, ya que muchas veces se lanzan auténticas rarezas y otros films duermen el sueño del olvido. ¿Es un asunto de distribuidores, productoras, películas catalogadas o descatalogadas, etc.? No sé si tú sabes algo o si alguien puede “iluminarnos”.

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