En Café Montaigne: La isla del tesoro

En Café Montaigne: La isla del tesoro

El mapa de la isla del tesoro, por StevensonEn tiempos inciertos, el mejor refugio siempre se encuentra en los viejos amigos. En mi caso, Robert Louis Stevenson me lleva acompañando toda la vida. Hay escritores cuya obra nos fascina y, sin embargo, sus personas nos producen prevención: uno llega a pensar que mejor conocerlos solo a distancia. Me pasa con autores tan imprescindibles como Dostoyevski, Elias Canetti o Schopenhauer. A otros los veo tan impenetrables que me cuesta trabajo imaginarme encontrando un tema de conversación: es el caso de Henry James. De unos cuantos más imagino que su contacto personal me divertiría tanto como me irritaría, y aquí pienso en un Dickens o un Andersen. Y luego están aquellos con los que uno tiene la práctica seguridad de encontrar en ellos una simpatía instintiva, un espíritu común, una amistad apacible. Por supuesto, es vanidad pensar en que ellos encontrarían algo de interés en nosotros, pero esa es su magia: imaginarlos, en su sencilla calidez, capaces de acogernos bajo su ala sin pensar siquiera que están haciendo una buena obra: sencillamente, es lo natural en ellos. Esa es mi relación con Stevenson, el escritor al que más admiro, tanto por su obra literaria como por cuanto he leído sobre su vida, sus intereses, su comportamiento. Alguien que, sabiéndose irremediablemente enfermo, cruza a duras penas medio mundo en busca de la mujer que ama, sin poder asegurar siquiera de cómo será recibido (estaba casada), ya merece, como mínimo, nuestra adhesión. Vuelvo una y otra vez a su novela más conocida, La isla del tesoro, con la que prácticamente inició su carrera y que nació (en su caso no podía ser de otro modo) del generoso propósito de entretener a un niño. La habré leído no sé cuántas veces ya y el mejor elogio que creo que se le puede hacer es que, sabiéndomela de memoria, sé que cada vez que vuelvo a abrir sus páginas, voy a reparar en algo nuevo, aun cuando sea el ademán de un pirata antes de morir o el efecto de la espuma del mar al cubrir el precario bote en que Jim intenta alcanzar la Hispaniola. Y es que, usando una frase tópica, no tengo la menor duda en que Stevenson, al crear a este inmortal personaje para conducir su relato, supo bien que lo identificaríamos a la perfección: que todos, de un modo u otro, somos Jim Hawkins.

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Nostalgia de Forum: la colección Extra Superhéroes

La bella y la bestia, Extra SuperheroesHace pocas semanas se ha constituido un grupo en Facebook que reúne a quienes nos reconocemos como la Generación Forum, es decir, el conjunto de lectores que, en los años 80 y 90 sobre todo, seguimos con fervor las publicaciones de los superhéroes Marvel a cargo de esta sección editorial del Grupo Planeta. El enorme éxito de la iniciativa, a la que se han apuntado, en tan escaso tiempo ¡casi 2000 miembros!, desvela la enorme nostalgia que despierta el mero nombre comercial de Ediciones Forum, los primeros en publicar con dignidad los tebeos de Marvel, después de las etapas de Vértice (entrañable pero más bien chapucera) y de Bruguera (marcada por una desidia increíble en la que en su momento era la principal editora de tebeos de España). Yo me inicié en el Universo Marvel en las postrimerías de Vértice, pero en rigor fueron los años de Forum los que terminaron de convertirme en un adicto para toda la vida, y mi agradecimiento, por ello, es total. Sus ediciones, como es natural, no estuvieron exentas de defectos y limitaciones, pero se caracterizó por un contagioso cariño hacia el género y un encomiable ánimo de comunicación con los lectores. De entre todas sus iniciativas, hoy quiero hablar de una que nos marcó especialmente, porque suponía, por formato y contenido, una completa novedad: la colección Extra Superhéroes, cuya encuadernación en tomos con portada de cartón le otorgaba cierto aire libresco que a los adolescentes de la época nos pareció el colmo de la sofisticación.

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Regreso al futuro o el DeLorean que viajaba en el tiempo

Cartel espanol de Regreso al futuroAunque, por edad, debiera contarme entre los que mitifican el cine de entretenimiento del Hollywood de los años 80, más bien considero que constituye una de las más mediocres etapas de su trayectoria, puesto que, de la mano de un equivocado concepto del juego que debe haber entre tensión y distensión, lo que hizo fue trivializar el concepto de emoción. Aunque no fue el único responsable (ahí está para demostrarlo La princesa prometida, film cuyo culto no comprendo), suele echársele la culpa de esto a Steven Spielberg, tanto por sus propias películas (con ese anti-héroe que es Indiana Jones, y utilizo el concepto en su sentido literal: lo contrario a un héroe) como por las que produjo, sobre todo con el sello Amblin, de Los Goonies a Gremlins. Ahora bien, toda sentencia tiene sus atenuantes y en mi caso es Regreso al futuro (1985), una película que, por mucho que participe de buena parte de los defectos de sus compañeras de generación, tiene la virtud de proponer un cuento fantástico de extraordinario ingenio, a partir además de uno de los elementos para mí más sugestivos del acervo de la ciencia-ficción: la máquina del tiempo. Cierto, el film que Spielberg produjo y dirigió Robert Zemeckis no intenta esconder en ningún momento su subordinación a ese público adolescente o juvenil (o eterno adolescente) que se suponía que entonces era el gran impulsor del mainstream. Pero lo hace con un virtuosismo y una convicción que permite superar sus defectos: revisión tres revisión, sigue provocándome la mayor de las diversiones.

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La reina de las nieves o el cristal que helaba el alma

El hombre que tantos cuentos sabe

La reina de las nieves, edicion de AlianzaLos escritores que se saben complejos son sin duda un regalo puesto que, en arte, la ambición, aun cuando en muchas ocasiones pueda conducir a la pretenciosidad, es el mecanismo interior que impulsa al artista a extraer con fervor ese magma interior que, en caso de no poder hacerlo, los ahogaría. Es el caso de los Bulgákov, Henry James, Dostoyevski o Canetti. Pero luego están esos otros que son complejos sin saber que lo son, cuyo mayor anhelo es que, al llegar al final de la página, no deseemos otra cosa que pasarla y saber qué sucede a continuación; ahora bien, por debajo del mero placer de narrar, sus obras dejan en la conciencia un poso misterioso que se empeña en hostigarnos y descubrirnos unas zonas oscuras que la primera vez no advertimos. Hablo ahora de los Stevenson, Dickens, Kipling o Lovecraft. Hans Christian Andersen perteneció a esta segunda estirpe. Escribió lo aparentemente más modesto y caduco que puede haber en literatura, pero al mismo tiempo lo que produce una felicidad más inmediata, por el agradecimiento rápido y desinteresado que despiertan en el público al que parece que van dirigidos: cuentos para niños. Andersen nos habló del abeto que sueña con ser, tan solo, un árbol de navidad; del humilde soldadito de plomo que compensa su reducción a una única pierna con el valor y la abnegación sin límites; del niño que es el único que advierte que el emperador que exhibe tan vanidosamente su nuevo traje, en realidad va desnudo; del soberano que demasiado tarde se da cuenta de que el ruiseñor era más auténtico que el autómata con que lo reemplazó. Si el adulto que gozó con ellos de niño se atreve a recuperarlos más allá de la edad de la inocencia, tal vez se sorprenda descubriendo que esos cuentos inofensivos contienen más sombras de las que recordaba, que están poblados por poderosas imágenes sobre la fugacidad del tiempo, la precariedad de la fortuna, el tormento de la soledad o la sensación de no haber conseguido pertenecer a nada ni a nadie en el mundo. El cuento del que hoy quiero hablar es, sin duda, una de sus grandes obras maestras.

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Edad Media soñada: una presentación

El sueño de Arturo en Avalon (fragmento), de Edward Burne-Jones

Con enorme alegría, comunico que mi libro Edad Media soñada ya se encuentra disponible en librerías o en la página web de la editorial Algorfa. Agradezco el cariño con que han acogido la noticia amigos, compañeros, antiguos alumnos y conocidos en general (muchos de ellos, gracias a los lazos que ha creado este blog a lo largo de los años). A modo de presentación algo más pormenorizada, he compuesto esta entrada con el texto que sirve de presentación o introducción al libro, puesto que en él se expone adecuadamente tanto su espíritu como el contenido que se puede encontrar en él.

En algún lugar he leído que la Edad Media no existió. En concreto, que la Alta Edad Media es un fraude, un engaño orquestado entre un emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Otón III, y un papa, Silvestre II, que había sido tutor del anterior cuando era un monje de enorme reputación intelectual, todavía llamado Gerberto de Aurillac. El propósito de ambos era adelantar el calendario unos 300 años para que sus respectivos reinados coincidieran con el año 1000, por esotéricas razones acerca de la mística de las cifras emblemáticas, y de paso poder inventar una Historia previa según sus intereses: por ejemplo, la existencia de un fabuloso creador del imperio germánico, primer unificador cristiano de Europa tras la caída de Roma, y padre de las actuales Alemania y Francia, esto es, Carlomagno. Esta tesis tiene hasta un nombre, que no está nada mal, la Teoría del Tiempo Fantasma, y la sustentan los supuestos eruditos de rigor, que cuentan con un no desdeñable número de seguidores, del mismo modo que los tienen los defensores de la teoría de la Tierra plana o de la Tierra hueca.

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Publico Edad Media soñada

Edad Media soñada (portada)

Si todo no ha sido un sueño (contemporáneo), en pocos días saldrá a la venta el primer libro que publico. Lo he llamado Edad Media soñada, y el subtítulo intenta explicar su contenido con un solo concepto, que es para lo que existen los subtítulos: La imagen del medievo en la ficción. Por lo tanto, en él hago un recorrido por las historias del cine, la literatura y el tebeo que toman esta época como escenario. La portada, preciosa, es un fragmento del cuadro (de tamaño descomunal) del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, titulado El sueño de Arturo en Avalon, que expresa de modo inmejorable el espíritu de la obra. La editorial que me da la oportunidad es la malagueña Algorfa, cuyos responsables, Andrés García Serrano y Andrés García Baena, me han hecho sentir su entusiasmo y su cariño desde el primer momento, cuando aceptaron el proyecto sin vacilar. Antes de nada, debo indicar que este libro no existiría sin el presente blog, La mano del extranjero, que llevo escribiendo desde hace ya unos cuantos años, pues no solo ha sido mi carta de presentación ante los editores sino que he partido de una de sus secciones, del mismo nombre, para desarrollar el tema del libro, revisando exhaustivamente el material y ampliando considerablemente mi mirada sobre la época, lo que me ha permitido descubrir tanto como repasar las obras más conocidas de la temática y un buen número de ficciones de menor renombre pero considerable calidad.

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El fantasma y la señora Muir: un libro encantador, una película inolvidable

La película

El fantasma y la señora Muir, libro de R. A. Dick, en ImpedimentaDentro del vasto conjunto de adaptaciones cinematográficas, existe un número no desdeñable de películas que parten de historias que no han parecido preocupar a nadie: que nunca se mencionan cuando se habla de aquellas. Se trata de films tan extraordinarios que, al no proceder de grandes clásicos de la literatura, diríanse que nacieron por entero de la imaginación de sus creadores cinematográficos (director o guionista). Y sin embargo, antes de convertirse en imágenes (inolvidables) fueron palabras, y no palabras cualesquiera, mera excusa para que los grandes creadores las utilizaran y las llevaran «a su propio terreno» viejo tópico de los críticos perezosos, y de cuantos espectadores atribuyen al film todos los méritos, sin haberse preocupado nunca por saber si esa obrita mencionada en los créditos como punto de partida del guion a lo mejor anticipa el atractivo de la película. En este blog he mencionado algunos casos: por ejemplo, los de Vértigo o Centauros del desierto, obras maestras cuyo valor no mengua un solo ápice por señalar que son adaptaciones, incluso fieles, de novelas no por desconocidas menos estupendas. (Debo señalar, en justicia, que en muchos de estos casos el desconocimiento se debe a la imposibilidad de acceder al original.) La elegante editorial Impedimenta acaba de corregir una de esas lagunas, al publicar en nuestro país El fantasma y la señora Muir, punto de partida de un inolvidable clásico del melodrama romántico, dirigido por Joseph L. Mankiewicz en 1947 (la traducción es de Alicia Fryeiro). La lectura del libro revela, una vez más, que la película no parte del vacío: que su irresistible encanto ya se encuentra en sus páginas, por cuanto, además, supone una adaptación razonablemente fiel. No exactamente fiel (concepto que detesto al hablar de trasvase de la literatura al cine), pero sí muy cercana tanto en la letra como en el espíritu. Y si bien, lo digo ya, el libro no alcanza la sublime altura de la película, desborda sobradamente del bello sentido de la delicadeza que, para mí, constituye la principal virtud que le otorga a la historia su inmortalidad.

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Dos colinas, dos guerras… y el horror

Cartel español de Men in ArmsEl cine bélico, por lo general, ha practicado dos tipos de planteamiento bien diferentes. Por un lado, para dar cobertura a lo que, en realidad, no es sino una peripecia aventurera, solo que abordando la aventura suprema: la de la supervivencia. Es el caso, por ejemplo, de Doce del patíbulo o Los cañones de Navarone. Por otro, para denunciar precisamente el acontecimiento que ilustran: el horror bélico. No hace falta ser un pacifista nato para encontrar poca satisfacción en el primer modelo, porque pocos títulos de interés ha ofrecido. En el segundo, sin embargo, se encuentran títulos tan espléndidos como Sin novedad en el frente, La gran guerra, La infancia de Iván o El arpa birmana, por ofrecer películas sobradamente conocidas de muy distintas cinematografías. En este artículo quiero difundir dos de los mejores títulos del cine antibélico de todos los tiempos que, por desgracia, apenas son conocidos, aunque quienes han tenido ocasión de verlos sí que los reverencian. El primero es Men in War (1957), magnífico film del gran Anthony Mann que en nuestro país recibió el absurdo (e indignante, porque parece anunciar, precisamente, una hazaña épica) rebautizo de La colina de los diablos de acero. El segundo ni siquiera llegó a ser estrenado en España: se llama The Hill y en sus pases por tv y ediciones domésticas ha sido llamado de diversas maneras, pero una de ellas es la que corresponde, y por esa lo voy a llamar yo, La colina (1965), film en este caso ignoto primero porque fuera un notable fracaso comercial y, después, por venir firmado por un director en general menospreciado pese a su enorme valía, que solo en los últimos tiempos comienza a serle reconocida, Sidney Lumet. Dos colinas, pues, para dos guerras diferentes (la de Corea en el film de Mann, la Segunda Guerra Mundial en el de Lumet), pero el mismo horror, que pocas veces ha sido denunciado mejor que en estos dos trabajos.

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Breve esbozo de la literatura pulp (II): el esplendor

I                   II

Una princesa de Marte, portada de Frank SchoonoverSeñalaba en mi artículo anterior que el pulp nace con la primera publicación en el formato editorial cuyo papel ínfimo le otorga dicha denominación, y esto sucede a finales todavía del siglo XIX. Sin embargo, es evidente que las características centrales del género irían surgiendo progresivamente, al principio de modo tímido, y después ya incontenible, no en vano su edad de oro debe situarse entre la segunda y la cuarta década del siglo XX. Es posible que el primer autor pulp, por la considerable influencia que tuvo en muchos de los demás fuera Edgar Rice Burroughs (1875-1950). Después de haber pasado por muchos empleos, incluida una estancia en el ejército, en 1912, el ya no tan joven Burroughs se animó a probar la literatura (con la mirada puesta, precisamente, en esos magazines de pulpa barata) y consiguió que se publicara, en entregas serializadas en la revista All-Story, una novela que había titulado Bajo las lunas de Marte, que ni siquiera firmó con su nombre, sino con el seudónimo de Norman Bean. El éxito obtenido lo llevó a rescatar el suyo propio (es más, al publicarse su serial en formato libro lo rebautizó como Una princesa de Marte, por el que hoy se lo conoce) y a lanzarse con entusiasmo a la redacción de nuevas aventuras en las que el desarrolló el mismo modelo de personaje creado para aquella mas en diferentes, incluso muy variados ámbitos, para no agotarlo. Uno de ellos sería el famosísimo Tarzán, nacido en el mismo año y en la misma publicación. Hasta su muerte, Burroughs se convertiría en uno de los más prolíficos escritores de literatura de género, y su influjo, como ya he señalado, crearía escuela entre toda una generación de autores que intentaron seguir sus pasos.

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Breve esbozo de la literatura pulp (I): los fundamentos

I           II

Mitica cubierta de Weird Tales de septiembre de 1941, por Hannes BokResultó que tan solo eran la punta del iceberg. Howard Phillips Lovecraft y Robert E. Howard, los dos escritores más conocidos y venerados de la literatura popular (conocida entre sus incondicionales como literatura pulp), no eran sino la vanguardia de una legión de autores que, durante cuatro o cinco décadas, hicieron las delicias de un público lector que, en una era en que, en la intimidad del hogar, apenas había otra competencia para entretenerse, devoraban las modestas publicaciones que contenían sus cuentos y novelas. Pese a que cada vez son más los especialistas que se acercan con seriedad a este fenómeno, lo cierto es que, ante todo, el pulp sigue siendo considerado como la vulgarización de esa literatura de género cuyo esplendor tuvo lugar en el último tercio del siglo XIX, prolongándose todavía en los primeros años del XX, y cuyos nombres dorados son los de Stevenson, Verne, Conan Doyle, Stoker, Kipling o Salgari. Y no es cuestión de negar la mayor: esto es, que en cierto modo es verdad, un poco al modo en que la serie B cinematográfica de los años 60 y 70 (sobre todo en Italia y España) retomó los géneros de Hollywood y los reformuló de un modo que solo sirvió para que la acusaran de efectuar una indigna desvirtuación del noble clasicismo de antaño. Ahora bien, al igual que el tiempo ha ido revalorizando ese esfuerzo, subiendo a los altares a figuras como Sergio Leone o Mario Bava (sin consenso general, cierto es, como parece que no lo habrá nunca sobre los Lovecraft o Howard, por mucho que el primero ya se haya ganado cierta aureola crítica), lo que hizo el pulp fue justo lo mismo. Por un lado, no cabe negarlo, si existió fue porque hubo una demanda comercial que los editores entendieron que reclamaba un público lector amante de eso que llamamos «emociones fuertes», condicionando por tanto a los autores que, por encima todo, querían publicar y convertirse en profesionales del medio. Y por otro, permitió que muchos escritores, que amaban sinceramente esa literatura de género que los había convertido a la lectura, pudieran ofrecer su visión de la misma, como es natural distinta a la clásica por evidentes razones metaliterarias, tal como los directores incorporados al cine a partir de los años 60 (ya fueran considerados «creadores», como los jóvenes de la nouvelle vague francesa, o «mercenarios» artesanos) no pudieron eludir haber sido, antes, espectadores y cinéfilos, y esto condicionara, inevitablemente, su acercamiento al tipo de ficción que primero habían amado desde fuera y ahora reelaboraban desde dentro. Seguir leyendo

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En Homonosapiens: La Trilogía de la Fundación

En Homonosapiens: La Trilogía de la Fundación

foundation-coverLa revista digital Homonosapiens ha estado publicando en estas últimas semanas un interesantísimo dossier sobre la figura de Isaac Asimov, el autor de ciencia-ficción cuya centenario se celebra este mismo año 2020, que me dispongo a cerrar con un artículo sobre su famosa Trilogía de la Fundación. En realidad, la etiqueta antedicha se le queda corta a Asimov, como bien saben quienes le conocen, pues la obra del escritor estadounidense de origen ruso desborda el margen de la ficción. Fue un entusiasta divulgador tanto de la ciencia (su campo formativo: impartió clases de bioquímica en la universidad durante muchos años) como de las humanidades: este modesto profesor de Ciencias Sociales que escribe este blog siempre le estará agradecido a sus amenísimas síntesis sobre la Antigüedad, la Edad Media o la historia de los Estados Unidos. Ahora bien, es cierto que la ciencia-ficción es el campo por el que hoy se lo recuerda, no en vano seguramente haya sido el autor más popular del género tanto entre los aficionados al mismo como entre los profanos de la materia: una de sus grandes habilidades fueron las relaciones sociales, y la utilizó con generosidad para difundir tanto su género predilecto como la obra de sus colegas. Asimov fue un escritor mucho más complejo de lo que pudiera hacer creer ese aspecto de abuelo siempre sonriente que difundieron los medios. Es una pena que careciera de inquietudes estilísticas y que esto empobrezca un tanto su literatura, pues de haber expresado mejor sus magníficas ideas hoy sería uno de los más grandes. Con todo, sus libros no solo se siguen leyendo con placer sino que suponen un regalo para las lectores inquietos. Asimov no solo describió de modo magnífico el rumbo que podrían tomar las sociedades futuras sino que le sirvieron para analizar de modo penetrante al hombre del presente: y recuérdese que ese es el mayor legado que ofrece la mejor ciencia-ficción, como demuestran títulos como 1984, Nosotros, Crónicas marcianas o una cualquiera de las múltiples obras maestras de Stanislaw Lem o los hermanos Strugatski, que probablemente sean las cimas del género.

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Truffaut, pesimismo y pasión

François Truffaut (1965)Hace muchos años descubrí a un director al que enseguida erigí en tótem de mi panteón particular, siendo el primer cineasta ajeno a Hollywood al que entronizaba en tan íntimo espacio: el francés François Truffaut. Se debió a un extenso ciclo ofrecido por TVE en la época en que el público era educado no para convertirse en un espectador acrítico, solo familiarizado con los esquemas narrativos del momento, sino en alguien capaz de apreciar cualquier época y lugar del cine. Por entonces, además, cayó en mis manos el famoso libro suyo en que recogía su entrevista con Alfred Hitchcock, que era otra de mis devociones, publicado por Alianza Editorial con el título de El cine según Hitchcock, cuya lectura sigue siendo deliciosa, por mucho que hoy sea evidente que dice tanto sobre el Mago del Suspense como sobre el hombre que lo entrevistó. Lamentablemente, cuando años después comencé a revisar aquellas películas que me habían deslumbrado, el mito se me vino abajo: el hombre que tanto había denunciado el academicismo cuando era un crítico (fue uno de los «jóvenes turcos» de la famosa Cahiers du cinéma) incurría en el mismo vicio, de tal modo que esas historias entonces tan sugestivas ahora se me revelaban ejercicios de fría mecánica, sin vida y sin alma por mucho que sus tramas y sus personajes, en teoría, defendieran la pasión como principio central de la vida. Por fortuna, no todas sus películas han envejecido de la misma manera, e incluso alguna de ellas sigue pareciéndome memorables. Es más, aquellas que mejor sobreviven destacan por un elemento que, en una primera aproximación, me había pasado desapercibido: el pesimismo. Que los dos conceptos que mejor definen a un artista sean la pasión y el pesimismo, no cabe duda, singulariza a Truffaut, por encima de sus debilidades. ¿Por qué no dedicar unas páginas a alguien que una vez me fue tan imprescindible, y al que todavía hoy guardo el debido respeto por cuatro o cinco películas estupendas? Abundan quienes, fastidiando menos en sus peores trabajos, fueron incapaces de dar lo que nos dio este director en las mejores.

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Algunas frases memorables del cine

Una versión de este artículo, ahora revisado y ampliado, se publicó inicialmente en la revista digital Homonosapiens

A Dios pongo por testigoLa historia del cine está repleta de frases que se han hecho míticas, como el «¡A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar hambre!» que la protagonista de Lo que el viento se llevó clama bajo un cielo tan escarlata como ella. Incluso de frases míticas que nunca existieron: el famoso «Play It Again, Sam» (Tócala otra vez, Sam) que Rick (Humphrey Bogart) le suelta a su fiel pianista en Casablanca, desesperado por haber vuelto a encontrar, prometida con otro hombre, a la mujer que lo abandonó y a la que no ha dejado de amar, nunca se pronuncia de esta forma, por mucho que la vox populi así lo haya difundido y que haya sido ratificado incluso en el imaginario culto, por ejemplo mediante esa obra teatral de Woody Allen del mismo título que nosotros aquí conocimos bajo el insustancial rebautizo de Sueños de seductor, su versión cinematográfica. En cualquier caso, la sugestión que despierta una buena frase es uno de los más reconocibles atributos de muchas películas: saborear las palabras que la componen, apreciar el concepto que encierra, es otra forma de placer cinéfilo. Ahora bien, yo entiendo que la magia de una buena sentencia o de un diálogo memorable no ha de residir en el ingenio, ni siquiera en la belleza formal (no solo, al menos), sino en su fuerza dramática: la definición de un personaje o la ilustración de un concepto. Mediante la siguiente selección trataré de razonarlo.

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En Café Montaigne: La madre optimista del filósofo pesimista

En Café Montaigne: La madre optimista del filósofo pesimista

El anciano Schopenhauer, por LunteschützVuelvo a sacar a la luz, ahora en la excelente revista digital Café Montaigne, un artículo que tal vez recuerden antiguos lectores de este blog. Es uno de mis intentos de unir filosofía y literatura, dos disciplinas que en tiempos escolares nos acostumbramos a considerar diferentes pero que, conforme pasa el tiempo y se superan viejas reticencias, se advierte que, como mínimo, entrecruzan continuamente sus senderos. Se trata de La madre optimista del filósofo pesimista, y bajo este título un tanto juguetón abordo una de esas apasionantes relaciones entre progenitores y vástagos que salpimentan la historia de la cultura. Normalmente, se trata de un hijo que tuvo que sufrir una influencia o bien castradora o bien excesivamente impositiva, que marcó cuando menos sus años de infancia y juventud y que dejó huella en su propia obra, hasta el punto de volcar en ella la «liberación» de la aciaga sombra paterna. Pues bien, por una vez, el elemento impositivo es el vástago y el elemento que encarna la libertad, el progenitor, en este caso progenitora. Me refiero al filósofo alemán Arthur Schopenhauer, uno de los pensadores más influyentes de los tiempos modernos, y a su madre, Johanna, que asimismo fue escritora, y de notable éxito en vida (mientras que el hijo debía reconcomerse por el nulo eco que recibían los trabajos que consideraba geniales). Si el nombre de Schopenhauer es asociado al más acendrado pesimismo, lo que sabemos de Johanna —y no por sus libros, que hoy nadie lee, sino por los biógrafos del hijo— es que fue una mujer de espíritu especialmente animoso, para quien la viudez supuso una liberación de la opresora carga patriarcal que la reducía a la condición de «ángel del hogar». Instalada en Weimar, la ciudad que Goethe había convertido en epicentro cultural de Alemania, mantuvo un animado círculo social en el que su sombrío hijo (que le reprochó siempre la liberalidad de su existencia) jamás se integró. Irónicamente, si el joven Arthur pudo escapar del destino comercial que le reservaban los designios familiares fue gracias a la generosidad de la madre, que lo liberó del compromiso que había fijado con el marido fallecido. Por tanto, a esa madre optimista con quien Schopenhauer acabó rompiendo agriamente le debemos, en buena medida, que el hijo, pesimista, inflexible, insoportable en el trato social, se convirtiera en un refulgente astro de la filosofía, y por tanto, de la literatura.

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La historia interminable o el cuento de nunca acabar

He escrito un par de veces sobre esta novela, una vez en este blog (muy al principio del mismo) y otra en la revista digital Homonosapiens. El presente artículo intenta expresar mi visión definitiva sobre el libro, para lo cual he fundido los dos anteriores, corrigiéndolos exhaustivamente.

La historia interminable en el cine

La cubierta de guardas de la primera edicion de La historia interminable, en Alfaguara

Mucho antes de que Borges consiguiera transmitirme su aprensión por los laberintos y los espejos (los símbolos de la confusión y la multiplicación), un libro clasificado para niños ya me había enfrentado ante una de las escenas más extrañas e inquietantes en mi todavía breve recorrido por las estancias de la ficción. Se trataba del capítulo XII de La historia interminable, titulado de modo sugestivo «El Viejo de la Montaña Errante». En él, la Emperatriz Infantil, la soberana de Fantasia*, que ha partido a los confines de su reino en busca de la salvación de su reino, que está siendo devorado por una aterradora Nada, llega ante el misterioso ser que da nombre al capítulo. El Viejo, «cuyo rostro parecía la corteza de un árbol viejísimo», está inclinado sobre un libro en el que escribe con una pluma, y la Emperatriz descubre que lo que está escribiendo es justo ese mismo momento de su llegada. Recuérdese que el planteamiento que hasta entonces ha seguido la novela es hacer que un niño esté leyendo un libro titulado precisamente La historia interminable, en el que sigue las peripecias de los defensores de Fantasia. Ese niño, Bastián Baltasar Bux, lleva un rato pensando que está ante una historia muy rara, pues en algunos momentos parece que él, o alguien con su misma apariencia, que está haciendo lo mismo que él, interviene en ella. Es más: el libro en el que escribe el Viejo tiene la misma portada (con el emblema de la serpiente ouroboros, que se muerde a sí misma la cola, símbolo del eterno retorno, por tanto también de la repetición) y el mismo título que el que Bastián tiene entre sus manos.

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