Guardianes de la Galaxia, (im)posibles héroes de serie B marvelita

Los Guardianes originales

Los Guardianes de la Galaxia de Marvel Studios

Es evidente: el éxito de los dos «volúmenes» de Guardianes de la Galaxia radica, ante todo, en la simpatía con que ha sido acogida una propuesta que se aparta de la suma gravedad que, por lo general, domina el conjunto de films que componen el llamado Universo Cinemático Marvel, puesto que prefiere aproximarse al espíritu de aventura distendida de la ópera espacial en el sentido de La guerra de las galaxias. Y es que, en rigor, sus protagonistas no son superhéroes, esto es, seres con poderes que los distinguen del resto de la sociedad, sino aventureros de diferentes razas espaciales (siendo minoritaria, incluso, la terrestre) cuya capacidad de combate depende tanto de las características particulares de la especie a la que pertenecen como de las armas y las habilidades guerreras que poseen. Dentro del catálogo Marvel, es evidente que ambos títulos juegan la carta de la modestia —aunque esa modestia tenga mucho de «diseño» y, por tanto, en el fondo sea inmodestia— en el trazado de los personajes (sus protagonistas se presentan a sí mismos como una galería de losers) y en el espíritu, ante todo lúdico, que los anima: en otro tiempo, habríamos hablado de serie B. Por supuesto, esta definición ahora es absurda no solo por el presupuesto manejado sino porque, como ya he dicho, falta la espontaneidad genuina del verdadero cinema bis. Sin embargo, hay que reconocerlo: con sus evidentes limitaciones, Guardianes de la Galaxia supone un soplo de aire fresco dentro de un universo superheroico que comienza a hacerse reiterativo y que, en cada nuevo capítulo, derrama tanta trascendencia que acaba volviendo intrascendente su propósito de superar en grandiosidad al capítulo precedente de Marvel Studios.

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Apunte V. Stefan Zweig: Adiós a Europa

Cartel de Stefan Zweig. Adiós a EuropaPocos destinos de la literatura me conmueven más que el del escritor Stefan Zweig. Judío austriaco, en el momento del ascenso del nazismo en Alemania, Zweig era uno de los autores más vendidos de su época, notorio postulador de un humanismo europeísta cuyos pilares eran el pacifismo y el cosmopolitismo. Fue un firme creyente en que los escritores formaban una comunidad del espíritu cuya obligación era derribar las barreras y los prejuicios nacionalistas. La llegada al poder de Hitler supuso el punto de inflexión de su existencia. Exiliado de su Austria natal en 1934 primero de modo voluntario y desde 1938 por necesidad, fue entonces cuando este cosmopolita comprendió que necesitaba, como todos, el vínculo con los escenarios de su vida cotidiana, de su idioma, de su infancia. El desarraigo fue minándolo progresivamente. Al principio, fijó su residencia en Inglaterra (en la antigua y tranquila ciudad-balneario de Bath), pero el inicio de la guerra fue también el comienzo de un éxodo interior y exterior hacia la destrucción. El estallido del conflicto, para su horror, provocó que su pasaporte debiera llevar el estigma de un sello que indicaba que era «enemy alien», esto es, extranjero enemigo: él, un hombre a quien el nazismo había convertido en apátrida. La humillación, y el miedo a que Hitler invadiera las islas, lo llevaron a iniciar un desasosegante periplo por tierras americanas, al principio en Estados Unidos, para instalarse definitivamente en Petrópolis (Brasil). Allí, cada vez más deprimido por la extensión de la guerra —la entrada de Japón en el conflicto terminó por hundirlo—, puso fin a su vida, en compañía de su joven esposa Lotte, ingiriendo una dosis mortal de veronal, el 22 de febrero de 1942.

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En Homonosapiens: Enoch Soames, el hombre que quiso saber si sería inmortal

Dibujo de Max  Beerbohm

En Homonosapiens: Enoch Soames, el hombre que quiso saber si sería inmortal

Incontables son los hombres y mujeres que han intentado triunfar en la literatura; pocos, en comparación, quienes lo han conseguido, y todavía menos los que han resistido la prueba del tiempo (¿quién recuerda hoy a gente en su momento tan popular como Louis Bromfield o Rafael Pérez y Pérez?). Para quien aspira a esa gloria, la primera barrera es la de la publicación: si has publicado alguna vez, existes, al menos. Al principio, basta con eso; pero supongo que, lentamente, el gusanillo de la inmortalidad nos va royendo a todos: si al menos no alcanzamos la gloria en el presente, fiamos la esperanza al futuro. ¿Acaso no existen autores que murieron sin conocer más que la amarga ceniza del desaliento y hoy día se encuentran en el olimpo de las letras? El caso más eminente es el de Franz Kafka, que incluso encomendó a su amigo Max Brod que quemara todos sus manuscritos inéditos. Su traición es uno de los mayores servicios que se habrá podido prestar a la literatura. Pues bien, publico este mes en la revista digital Homonosapiens un cuento —poco conocido para la mayoría del público, pero objeto de culto para quienes saben de él: leerlo una vez es quedar preso en su hechizo— acerca de un infeliz literato que renuncia a su pobre y mísero presente por asomarse brevemente a cien años en el futuro para comprobar si ha quedado huella de su nombre. Se titula Enoch Soames y lo publicó en 1919 el escritor y caricaturista británico Max Beerbohm. Yo, y muchos, lo descubrimos en la maravillosa Antología de la literatura fantástica que recopilaron los venerables Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.

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El show de Truman, crónica de un fracaso

Cartel de El show de TrumanNo había vuelto a ver El show de Truman desde la ya lejana fecha de su estreno en octubre de 1998. No me gustó entonces y la reciente recuperación no me ha hecho cambiar de opinión. Reconozco que se trata de una película digna, e incluso con momentos muy buenos, pero es que, con las fenomenales ideas que manejaba, su mera dignidad constituye un fracaso, puesto que hay argumentos que demandan una mayor exigencia. Se entiende, desde luego, tanto la expectativa con que la recibimos como el rápido estatus que alcanzó, no solo como éxito de crítica y público, sino como la típica película que todo el mundo debía ver. Tres eran los elementos en que basaba tal condición. Uno, el atractivo de un argumento que gira en torno a un individuo que ignora que, desde su mismo nacimiento, es el protagonista estelar de un reality show que lo ha enclavado en una ciudad ficticia (una isla de ensueño llamada Seahaven) y que, gracias a un conjunto de más de 5.000 cámaras camufladas en cualquier objeto, registra minuciosamente cada uno de sus gestos. Dos, unas intenciones críticas en torno a la dependencia de la televisión y la imparable intrusión en la vida íntima por parte de esta sociedad llamada de la comunicación. Y tres, la curiosidad por ver el alabadísimo cambio de registro de un actor de moda, Jim Carrey, a quien nunca se hubiera asociado con este tipo de película. Sobre el papel, todo muy loable y, desde luego, prometedor. Pero el problema que, hace veinte años y ahora, tengo ante esta película es que no me la consigo creer.

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Neuromante: ¿quién es quién en el ciberespacio?

Neuromante, de William Gibson, hito del género cyberpunkLas historias de la literatura de ciencia-ficción señalan la importancia seminal de Neuromante como piedra angular de esa deriva moderna del género que se denomina cyperpunk. En cine, quien más, quien menos, está familiarizado con sus características básicas gracias a dos films muy populares: Blade Runner (1982) y Matrix (1999). Ahora bien, si a la primera de estas dos películas se debe la conformación visual del género, al libro (y mal que le pese a los hermanos Wachowski) se debe la formulación definitiva del tema de la distorsión de la realidad dentro de una sociedad omnitecnológica. No en vano, William Gibson, escritor nacido en 1948 en EE.UU. pero residente en Canadá desde los 18 años y cuya primera novela es precisamente esta, es el creador de un término con el que hoy todos estamos familiarizados: ciberespacio. Es mítica su definición, contenida en esta novela: «Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores […] Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano […] Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente». Un ciberespacio que el autor concibe de un modo inquietantemente mucho más interactivo que la Red por la que hoy todos transitamos, puesto que, para la plena comunicación por sus canales, exige la desnuda penetración de los sentidos, sometiendo a sus usuarios a una experiencia de muy peligrosa plenitud.

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La saga Matrix, pompa de jabón (virtual)

Poster de MatrixEn el momento de su estreno, Matrix (1999) mereció la atención de muchos pensadores cultos, esto es, procedentes de ámbitos distintos a la crítica del cine o los amantes de la ciencia-ficción. Quien más, quien menos, no dudó en hablar de referentes tan prestigiosos como el mito de la caverna de Platón, los franceses Baudrillard y Lacan o la Escuela de Frankfort. Sin duda, a ello se prestaba la idea de ese mundo pulcro, limpio, «normal», que un día revela para uno de sus habitantes, el joven Thomas Anderson, alias Neo, que es falso: que es un gigantesco programa de realidad virtual destinado a mantener en una confortable inconsciencia a una humanidad que ignora que vive en sueños, dormida, aprisionada en manos de las máquinas que se alimentan de su energía. Sin embargo, a la vista del contenido real de la película —y no hacía falta que su falta de profundidad fuera delatada por sus dos siguientes capítulos, cada uno peor que el anterior—, cabe preguntarse si acaso no estuviéramos ante el típico caso de película que (en buena medida por una oportuna campaña de publicidad) encandila a aquellos que, por lo común, no condescienden a consumir eso que, de modo eufemístico, se llama cultura popular. Porque lo que proponía Matrix no era sino un hábil reciclado de elementos argumentales y visuales con una clara genealogía, aderezados por un astuto uso de la simbología religiosa y filosófica (en la túrmix de los hermanos Wachowski valía de todo), y aderezado con los más espectaculares efectos especiales que se habían visto nunca en una pantalla.

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Jurgen, una fantasía elegante y culterana

Portada de Jurgen, en edición de DefaustaEl territorio en que el amante de la literatura conoce los mayores placeres es, sin duda, una librería a la que uno ha entrado sin un objetivo concreto en la cabeza. Vagar entre las estanterías o las mesas expositoras desarrolla con los años un instinto especial que reacciona de un modo muy particular: puede ser el título de un libro, el vago recuerdo que despierta un nombre, las primeras líneas leídas por azar al abrir un volumen cualquiera… Hace bien poco uno de esos milagros me ha sucedido: la adquisición de una novela titulada Jurgen o la comedia de la justicia, perteneciente a una editorial que no conocía, Defausta (pero con cuyo catálogo ya me he apresurado en familiarizarme), obra de un escritor cuyo nombre recordaba vagamente pero sin ninguna asociación especial, James Branch Cabell. Pues bien, hacía tiempo que un autor y un libro no me deslumbraban tanto. Jurgen es una de esas novelas dotadas de una gracia misteriosa que se leen entre el encanto y el arrebato, pero que, prodigio de prodigios, no exigen ser devoradas mediante una lectura apasionada. Bien al contrario, este libro merece ser paladeado como quien cata un buen vino, de tal modo que sus poco más de 300 páginas me han llevado unos días más de lo acostumbrado en alguien, como yo, que suele ser rápido en la ingesta literaria (lo cual no siempre es bueno, claro).

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Ghost in the Shell: máquinas, almas, humanidad

Cartel de Ghost in the Shell, versión 2017Afortunado el día en que la ciencia-ficción incorporó a su rica imaginería la reflexión existencial a través del tema del robot demasiado humano. Por mediación del ser artificial al que su creador ha dotado de aspecto y cualidades antropomórficas, el género supo expresar de modo inmejorable el propio cuestionamiento metafísico de la identidad personal o del sentido de la vida por parte de eso que llamamos hombre. Los padres de esta aportación sin duda son muchos, pero es evidente que, en literatura, siempre surge antes que ningún otro el nombre de Philip K. Dick a través de diversas novelas, de las cuales la más emblemática es ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas? (1968), gracias sobre todo a su mítica adaptación al cine (ampliando las direcciones de la reflexión gracias a muy creativas variaciones sobre la idea original), que se llamó Blade Runner (1982). Pues bien, bajo el título de Ghost in the Shell se encierra una de las más conocidas y sugestivas exposiciones de este «existencialismo de la máquina», a través de la historia de una mujer policía que se pregunta por su verdadera naturaleza pues es un cyborg de avanzadísima generación: una identidad humana —una esencia, un alma, un espíritu: el ghost de la traducción al inglés del título original— embutida en un revestimiento completamente mecánico. El origen de la historia se encuentra en un manga de Shirow Masamune publicado a finales de los 80, pero alcanzó su reconocimiento internacional a través de un anime de 1995, dirigido por Mamoru Oshii, que se convirtió enseguida en pieza de culto y en el que muchos han visto la inspiración directa de films como la saga Matrix. Ahora nos llega en una versión estadounidense, con la lógica reelaboración propia de un blockbuster, con su protagonista asumiendo los rasgos de Scarlett Johansson.

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La bella y la bestia, de Cocteau a Disney

La bella y la bestia, en la bonita edición de Reino de CordeliaLa fábula de la bella muchacha que se ve obligada a convivir con un hombre-bestia de aspecto monstruoso pero de inteligencia sensible encierra una evidente lectura moral acerca de la belleza interior. Su origen se pierde en la noche de los tiempos bajo formas muy diversas: ¿no es lógico que hombres feos de todas las épocas hayan estado especialmente interesados en propagar que no nos debemos fiar de las apariencias? Los griegos y los romanos ya la escribieron, pero la versión literaria más célebre, hasta el punto de haber opacado a todas las demás es la que publicó en 1756 la aristócrata francesa Jeanne-Marie Leprince, más conocida por el nombre que portó después de su primer (y desgraciado, lo cual es irónico) matrimonio: Madame Leprince de Beaumont. Parece ser que madame tomó una obra un poco anterior de la escritora Gabrille-Suzanne Barbot de Villeneuve, publicada en 1740, y la redujo desde el doble centenar de páginas originales (una verdadera novela, que desgranaba con toda clase de detalles la genealogía, a la vez mágica y principesca, de los dos personajes centrales) a un breve cuento titulado La bella y la bestia, que no llega a la cincuentena de páginas en la mayoría de ediciones. El propósito de madame, al reducir la trama a un breve esqueleto, era subrayar su contenido moral, tan propio de ese siglo XVIII que tanto se empeñó en iluminar al hombre a través del cultivo de la educación y los valores. No podía saber que su progenie será numerosa y que la historia recibiría especial difusión (hasta el punto de que la mayor parte de quienes la conocen ignoren el cuento original) a ser trasladada a imágenes, en cine y televisión, con versiones popularizadas para distintas generaciones, desde la clásica, filmada por el francés Jean Cocteau en 1946, hasta las más recientes de la Disney en dibujos animados e imagen «real», y en clave musical.

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En el corazón de las tinieblas está el apocalipsis (I)

La novela de Conrad                La película de Coppola

Una de las portadas de El corazón de las tinieblas, de Joseph ConradDesde la misma belleza polisémica de su título, El corazón de las tinieblas supone uno de los títulos más fascinantes, misteriosos y embriagadores que ha dado la literatura de aventuras. Es posible que ningún texto de género habitualmente tan diáfano haya generado tantas reflexiones, haya merecido tantas divagaciones. Haciendo honor al término principal de ese título (aunque me parece muy afortunada la versión que en España se ha dado a la palabra darkness, usualmente se traduce por «oscuridad»), se trata de una novela que, a imagen del río que atraviesa su protagonista, posee tales meandros, está rodeada de velos tan impenetrables (en el libro, la implacable jungla ecuatorial), que leerla una y otra vez nunca la agota, sino que multiplica su inquietante enigma. Y es que Joseph Conrad, el más intelectual de los escritores de aventuras, mucho antes que Proust o que Joyce, entendió que la clave del relato no está en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta, de tal modo que la anécdota, en el fondo sencilla, de la historia acaba viéndose revestida de una especie de halo de misterio sagrado que quizá no posee solución alguna: en el alma de cada lector, en el corazón de su propia oscuridad (o en la forma en que cada uno de nosotros intenta llegar hasta la luz), estriba la clave de su secreto.

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Bette Davis y el tributo a la voluntad femenina: Jezabel, La carta, La loba

Poster original de JezabelEn la película No soy un ángel (1935), Mae West pronunciaba la famosa frase «Cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mejor». Determinadas estrellas del cine comprendieron muy pronto que el tipo de papeles que mejor les sentaba era el de personajes de gran carácter, a los que no les importaban en absoluto las consecuencias de sus actos. No me refiero a los grandes villanos que ha dado el cine (por lo general, reservados a actores secundarios o a estrellas del cine de terror), sino a intérpretes estelares que cultivaron una imagen que les permitía cruzar al otro lado sin descender de categoría. En el campo femenino, la estrella más destacable siempre fue Bette Davis, intérprete de desbordante carisma a la que gustó pasear su exuberante personalidad a lo largo de una galería de personajes que en absoluto encajaban en el rol femenino más habitual de compañera y amante del héroe masculino. En concreto, la imagen de la actriz quedó sellada gracias a tres papeles en tres clásicos del melodrama, todos dirigidos por William Wyler. En ellos, Bette Davis compuso tres tipos femeninos que van desde la muchacha que, por culpa de su insensato capricho, acarrea el infortunio sobre quienes la rodean, empezando por sí misma (Jezabel, 1938) a la mujer cuyo profundo egoísmo acaba conduciéndola a la pura maldad (La loba, 1941), pasando por la esposa en apariencia modélica que esconde un volcán de pasión capaz de llevarla hasta el crimen (La carta, 1940). Tres películas míticas, como los tres papeles que en ellas encarnó la actriz, y que suponen la cumbre de su carrera, a donde solo la devolvería su posterior papel, no menos «fuerte», de Eva al desnudo (1950).

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En Homonosapiens: Algunas frases memorables del cine

Fotograma de Lawrence de Arabia, con Peter O'Toole

En Homonosapiens: Algunas frases memorables del cine

Publico en la revista digital Homonosapiens un artículo con el que, además, saldo una pequeña «deuda» que tenía desde hace varios meses. La autora del estupendo blog Barrilete cósmico me había incluido en uno de estos retos en cadena que suelen difundirse en la Red: la selección de tres citas literarias en tres días consecutivos. Lo he hecho a mi manera, convirtiéndolo en un único artículo, en el que las citas dejan de ser literarias para ser cinematográficas y son más de tres. En concreto, son frases o diálogos memorables de grandes películas que figuran en mi memoria sentimental. El propósito no es original: son incontables los libros, no digamos las páginas de Internet, que ofrecen verdaderos catálogos de frases célebres. En todo caso, he procurado incluir algunas que no se vienen a la cabeza a la primera (no figuran, por tanto, «A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar hambre» de Escarlata O’Hara, «Alégrame el día» de Harry el sucio o «Creo que este es el principio de una hermosa amistad» de Rick Blaine), y subrayando la contextualización de las mismas. Parto del principio de que una buena frase no debe ser meramente brillante sino que ha de constituir una forma de enriquecer el retrato del personaje que la pronuncia o del planteamiento que la justifica. No soy original, claro: las palabras nos definen tanto como nuestros actos. La selección, por tanto, está debidamente fundamentada. Son frases extraídas de películas en la memoria de todos, de El buscavidas a El fantasma y la señora Muir, pasando por Lawrence de Arabia. Me han acompañado toda la vida, y a ellas cada poco tiempo incluyo alguna más. Como pasa con todas las listas, hoy he elegido estas y mañana, manteniendo unas, elegiría otras. Espero que las disfrutéis.

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Apunte IV. Logan o la última batalla de Lobezno

Trilogía inicial         Primera generación         Lobezno en el cómic

Cartel español de LoganLogan es un film claramente concebido como el testamento con que finaliza la vinculación del actor australiano Hugh Jackman con Lobezno, personaje al que ha sido fiel en las nueve entregas1 que componen, hasta la presente, el ciclo cinematográfico de los X-Men. En lógica consecuencia, y teniendo en cuenta que Jackman inauguró el ciclo con unos vigorosos 32 años y lo acaba al borde de la cincuentena, el planteamiento es abiertamente crepuscular, como subraya el mismo cartel del film. Es más, la acción se sitúa en el futuro, en el año 2029, y el crepúsculo afecta a la misma raza mutante: hace décadas que no nace ningún ningún niño en su seno. Logan se gana la vida conduciendo una limusina entre un lado y otro de la frontera entre Estados Unidos y Mexico y su cuerpo deja entrever claramente el paso del tiempo y la decadencia de su poder curativo: arrastra ostensiblemente una pierna, las manos le supuran cada vez que saca sus famosas garras y sobrevive su gris cotidianidad gracias al alcohol y las pastillas. A la vez, cuida de un anciano y decrépito Charles Xavier, claramente al borde de la senilidad: de cuando en cuando, el antiguo Profesor-X atraviesa crisis mentales que, en alguien de su poder, provocan un terrible caos mental y físico en su entorno. No hay rastro de los antiguos X-Men, aunque acabaremos sabiendo que, unos años atrás, como consecuencia de la primera de esas crisis, Xavier fue responsable de una inconcreta tragedia en la famosa escuela de Westchester, de donde se lo llevó Lobezno.

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El maestro y Margarita: el Terror desnudado por la Burla

ImprimirSeguro que más de un habitante de Moscú, en la segunda mitad de los años 30, y aunque lo callara, pensaba que la ciudad albergaba la presencia del mismo diablo. Un diablo de enormes mostachos y presencia nada elegante (el «montañés del Kremlin», lo llamó el poeta represaliado Ossip Mandelstam: acabaría pagándolo con su muerte), con dominio sobre la vida y la muerte no ya de todos los moscovitas sino de todos los habitantes de ese gigantesco país llamado la Unión Soviética. A la altura de 1937 —elijo el año por el magnífico libro editado en 2014 por Acantilado, Terror y utopía. Moscú en 1937, del historiador alemán Karl Schlögel, que nos asoma a una devastadora crónica del universo soviético centrada en esa fecha—, el Terror estalinista arrojaba su arbitraria tenaza sobre cualquiera que se moviera, sin necesitar casi una razón para justificarlo: primero el culpable, luego las pruebas. Por entonces, un escritor de prestigio, silenciado desde mucho tiempo atrás, Mijaíl Bulgákov, retocaba una y otra vez la novela que había comenzado a finales de la década anterior y que, desde luego, no se le ocurría presentar a ninguna instancia estatal para su posible publicación. Sumiéndose en la tradición del mito de Fausto (con Goethe y Gounod como principales referencias), su trama tiene como motor argumental la visita del diablo a la Moscú del homo sovieticus, que hace emerger con facilidad toda la putrefacción moral de una sociedad minada por el miedo y la mezquindad. El autor moriría poco después, en 1940, sin llegar a ver su libro en letra impresa. Hoy no solo constituye una de las obras maestras de la literatura rusa y del siglo XX en general, sino uno de los más geniales documentos de cómo ni el terror más irracional es capaz de hacer mella en el alma del artista independiente de verdad.

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El mito de Robin Hood en tres actores

Nunca habrá otro Robin Hood como Errol FlynnSupongo que a estas alturas importa poco si el héroe justiciero conocido hoy como Robin Hood tuvo existencia real o no. El registro histórico señala que el personaje puede basarse en algún tipo que vivió mucho después del momento que ya nos es imprescindible: la estancia en las Cruzadas de Ricardo Corazón de León, que permitió a su hermano, el futuro Juan sin Tierra, lucir su capacidad para el desgobierno y la tiranía. También pudo ser un apelativo genérico que tomaron diversos bandidos de los bosques. O sencillamente, es el clásico personaje de balada medieval con algún sustrato real, al estilo del rey Arturo, la mayor parte datadas en los inicios de la Edad Moderna, cuando la imprenta se generaliza en las islas. Lo cierto es que Robin Hood adolece de algún clásico literario al que poder remontarse, como sí sucede con el dueño de Excalibur: hay una agradable recreación a cargo del especialista en lo que llamaríamos pastiches Howard Pyle (1883), pero la referencia más culta se halla en la excelente novela Ivanhoe, donde actúa como personaje secundario, pero bajo el nombre de Locksley, el apellido que suele otorgársele en las ficciones que protagoniza. En cualquier caso, Robin Hood es hoy, ante todo, un personaje cinematográfico. Que se apropió de una iconografía procedente de las ediciones literarias (del jubón y las calzas verdes al sombrerito con la pluma), cierto, pero que se ha popularizado gracias a películas en la memoria de varias generaciones. Y como suele suceder con todas las historias imperecederas, el cine (o sea, Hollywood) ha considerado que cada generación merecía su propio Robin (que también ha sido el reflejo de su época), por lo que voy a repasar los tres más populares que nos ha dado la antes llamada gran pantalla.

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