Sobre gangsters brutales y lo que fue de ellos

James Cagney, inmortalLos rugientes años veinte. Ese es el título original de una magnífica película de Raoul Walsh de 1939 que aquí en España se llamó Los violentos años veinte, lo que tampoco es inexacto. Rugientes y violentos: así fue para los Estados Unidos esa tercera década del siglo XX que inicialmente fue bautizada como los «felices años veinte», antes de que la Depresión de 1929, ese huracán que asoló el país primero y después el mundo, demostrara cuán frágil había sido esa felicidad. Y es que muchos incautos creyeron que en la que se estrenaba como primera potencia del mundo todo el mundo podía ser próspero: incluso esa clase obrera que aspiraba al pleno empleo y que, gracias a la producción en cadena y el descubrimientos de técnicas comerciales como el pago a plazos o la aparición de los grandes almacenes, por primera vez desde el nacimiento del proletariado pareció aspirar a un nivel de vida decente (y se entiende que para muchos eso fuese algo parecido a la felicidad). Por supuesto, era un espejismo. Lo barrió el crack de Wall Street, pero antes los indicios habían sido muchos. Y el primero había sido la violencia: violencia en la América rural (los veinte fueron los años de los famosos «enemigos públicos número uno» salvajemente acribillados por los agentes del FBI, los Dillinger y Bonnie & Clyde) y violencia en la América urbana. La famosa ley Volstead, aprobada en 1920, había prohibido la fabricación, distribución y venta del alcohol, esa lacra que los puritanos gobernantes estadounidenses pretendieron erradicar por impulso legislativo. Por supuesto, lo que hizo la Prohibición fue dar pie a la edad de oro del gangsterismo, la de los Al Capone, Lucky Luciano y Bugsy Siegel. Y qué mejor que el cine para levantar el acta de su ascenso, esplendor y caída. No lo hizo de modo sincrónico, pues fue en la década siguiente, los treinta, cuando los personajes inspirados en ese modelo poblaron las pantallas de cine. Pero con qué fuerza: la llamada crook story, es decir, el cine protagonizado por gangsters, fue la primera gran corriente del cine policiaco estadounidense y creó por tanto su primera mitomanía. Unos gangsters que se conducían con una brutalidad que hoy sigue golpeándonos con inusitada violencia desde esas imágenes en blanco y negro y que convirtieron en mito a actores como Edward G. Robinson o James Cagney.

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Los gozos y las sombras: personajes, rostros, vidas

La edicion en Alianza de Los gozos y las sombras, no la mas afortunada portada de Daniel Gil

En la primavera de 1982 se estrenaba en TVE una serie que enseguida fue recibida con enorme éxito. Se trataba de Los gozos y las sombras y adaptaba una trilogía novelesca del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester. Para muchos de los niños de la época la serie fue una cumbre del morbo erótico, más que nada porque nuestros padres no nos la dejaron ver y los relatos de otros compañeros, que luego comprobamos que hablaban más bien de oídas pese a su jactancia, hicieron que nuestra libido adolescente se disparara con facilidad, sobre todo cuando nuestra imaginación intentaba reconstruir la imagen de la guapísima actriz Charo López haciendo toda clase de ejercicios sexuales con la pata de una cama —escena que, cuando por fin pudimos ver directamente años después, lógicamente nos decepcionó porque era mucho menos gráfica de lo que pretendían nuestros amigos. La serie llevó a muchos espectadores a la novela, convirtiendo al gallego de autor desconocido o minoritario en escritor reconocido cuyos nuevos libros, desde ese momento, fueron vendiéndose como nunca antes. Cuando más o menos diez años después del estreno (no recuerdo a cuántos de la reposición que me permitió recuperarla) yo mismo me leí la trilogía me encontré, principalmente, una muy atractiva «versión extendida» de la serie que tanto me había gustado. Hace poco he vuelto a releerla (una vez más porque me dio por revisar la serie) y a disfrutarla incluso en mayor medida al haber reducido esta vez la versión televisiva a un nivel estimable pero muy alejado del original literario. Ahora bien, la principal virtud de la serie me ha acompañado a lo largo de toda su lectura: los Carlos Deza, Clara Aldán, doña Mariana y tantos excelentes personajes se han presentado en mi mente con los rasgos, la voz y la forma de moverse de su espléndido reparto. Tan imposible es desligar a unos de otros que este comentario intentará compaginar ambas variantes de la misma historia.

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El país de los muertos se llama Marienbad

El libro de Hilario J. Rodriguez sobre Marienbad

Ayer asistí, en El Tercer Piso de la librería Proteo de Málaga, a un imborrable encuentro cinéfilo acerca de una de las películas más fascinantes que conoce el séptimo arte, El año pasado en Marienbad. Héctor Márquez, alma mater de este espacio cultural, nos traía al excelente crítico de cine Hilario J. Rodríguez (señalo que la crítica no agota, ni mucho menos, su poliédrica personalidad) para hablar del precioso librito (el diminutivo se refiere a su tamaño, que no a su densidad) que ha dedicado al film de Alain Resnais. Todavía bajo el influjo del torrencial verbo de Rodríguez, capaz de unir las más diversas referencias en ese maelström absorbente que es Marienbad, no he podido dejar pasar ni un día sin volver a ver esta película. Recupero el artículo que escribió hace diez años en su honor —compruebo que recupero este título más o menos con ese intervalo— y del que casi no he tenido que cambiar ninguna palabra, algo notable en mí. ¿Me habré convertido, a efectos de esta obra, en otra de sus inmutables presencias, prisionero también de un lugar que quién sabe si es Marienbad u otro balneario… o sencillamente, como creo yo, el Reino de los Muertos? ¿Vendrá alguien a rescatarme, como intenta hacer Giorgio Albertazzi con Delphine Seyrig?

Cartel de El año pasado en MarienbadEn el escenario de un elegante balneario situado quién sabe dónde, un hombre asedia a una mujer día y noche con el mismo relato: ambos vivieron una historia de amor el año anterior (tal vez en aquel mismo hotel, tal vez en otro; el escenario del romance puede llamarse Marienbad o puede llamarse Fredriksbad), que quedó en suspenso, a petición de ella, para reunirse al cabo de ese tiempo y partir finalmente juntos; la mujer, sin embargo, lo niega, no recuerda nada, pero deja que él añada detalles e intimidades a ese affaire que, dice, vivieron juntos, mientras le demanda que cumpla su promesa de escaparse con él; escaparse, puesto que en el balneario hay un tercer hombre, que bien puede ser el marido, y que en cualquier modo tiene algún poder sobre ella, pese a la frialdad de su trato; ese tercer hombre pasa las tardes embarcado en juegos de mesa con el resto de huéspedes, juegos sencillos en los que sin embargo gana una u otra vez… Esta breve recensión se corresponde con lo único que puede afirmarse que es —y ya hay que poner cursivas— esta película llamada El año pasado en Marienbad y que desde el año de su estreno, hace ya más de cincuenta, en 1961, sigue concitando polémicas e interpretaciones, siendo para unos el símbolo del cine más vacuo y pedante, artístico en la acepción más peyorativa de esta palabra, y para otros una obra genial y fascinante, signifique lo que signifique (y ahí está la gracia, encima). A los primeros, diez minutos de ella les parecen diez años; a los segundos, la hora y media que dura nos deja con ganas de seguir paseando por esos jardines geométricos, por esos barrocos pasillos, por ese laberinto del tiempo y de la memoria que es Marienbad.

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Mis piratas favoritos del cine (II)

I         II

cartel-espanol-de-la-mujer-pirataMi película favorita de piratas es, y a estas alturas creo que siempre lo será, La mujer pirata (1951), joya absoluta no ya del tema que nos ocupa sino de toda la historia del cine, por encima de géneros, pues como todas las grandes obras tiene la virtud de que, adoptando un formato concreto para sus fines narrativos, supera esos márgenes para proponer una reflexión de alcance universal sobre el amor y la muerte, sobre la vileza y la redención, sobre la inocencia y el dolor. Aunque los expertos alegan inspiración en una mujer real, Anne Bonny, citada por Daniel Defoe en su célebre Historia de los más famosos piratas —la cual, en efecto, compartió peripecias con los piratas, incluso comandando una tripulación con su amante, pero que nunca fue la capitana de a bordo—, bajo el tratamiento de los guionistas (uno de ellos el gran Philip Dunne), la ahora bautizada como Anne Providence se convierte en una fantasía masculina, un sueño de exaltado romanticismo que al mismo tiempo es un malsano cuento sado-erótico en el que el roce de los cuerpos vale tanto como la expectativa de su sufrimiento. En La mujer pirata sufren los cuerpos y sufren las almas, se ama con exaltación, se odia con depravación, se tortura físicamente, se acaricia con salvajismo al ser que antes se torturó, se sueñan viles venganzas para la mujer que se descubre que se lleva las caricias verdaderas… Y todo ello narrado con una delicadeza imborrable, de tal modo que lo que se ve vale tanto como lo que se intuye, jugando con el color y con las sombras, con las texturas y con las emociones, haciendo que la historia sea por un lado diáfana como para que la disfrute un niño y por otro sugiera sombras y desprenda una misteriosa capacidad para desnudar el alma humana. No en vano la dirigió uno de los mayores genios que ha dado el séptimo arte, Jacques Tourneur, el Robert Louis Stevenson del cine. Seguir leyendo

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Mis piratas favoritos del cine (I)

I       II

Tyrone Power y Maureen O'Hara en El cisne negro

«Creed todo lo que veáis», exclamaba el rubísimo pirata que me miraba directamente desde el otro lado de mi televisor en alguna de las inolvidables sesiones de tarde de los sábados de mi infancia. Ahora bien, después de saltar colgando de un cabo de una vela a otra, volvía a detenerse ante la cámara y puntualizaba: «Bueno, solo la mitad de lo que veáis». Quien hablaba con tal desparpajo era uno de mis actores favoritos de siempre, Burt Lancaster, y su personaje se llamaba el Pirata Rojo (en el doblaje: en realidad era el Pirata Carmesí, pero la sincronización con el movimiento de labios del personaje obligaba a ahorrarse una sílaba y el color cambió un tanto). La película, por supuesto, era El temible burlón (1952). Una película de piratas, uno de esos modelos de aventurero que el cine me enseñó a amar (con el noble cow-boy, el infalible espadachín y el detective desengañado). Recuerdo haber devorado las novelas de Emilio Salgari sobre Sandokán o los tebeos del Corsario de Hierro, y mi juguete más querido sin duda fue el barco pirata de los Clicks (cuando estos todavía eran de Famobil). En resumen, los piratas fueron muy importantes en mi educación emocional. Los piratas buenos o al menos pícaros, se entiende, y no los meramente malvados: es curioso que mi escritor favorito, Julio Verne, siempre ofreciera la imagen más vesánica del oficio, por ejemplo en esos clásicos del naufragio (otro rol fundamental que añadiría a los señalados líneas arriba) que son La isla misteriosa o Dos años de vacaciones. Pero lo compensan el Corsario Negro, el capitán Blood o la mujer pirata que amó a un taimado francés que no la merecía. El artículo en dos partes que inicio ahora mismo quiere transmitir algo de este amor a través de las mejores películas de piratas que recuerdo. Seguir leyendo

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Impresiones (4). El doble, de Fiodor Dostoyevski

4 El doble, primera versionSi hay un libro que justifica la tantas veces comentada vinculación entre el escritor ruso Dostoyevski y el escritor checo en lengua alemana Frank Kafka sin duda es El doble. El mundo de culpas incógnitas, de laberínticos procesos personales que no conducen sino a la destrucción, de opresión existencial del individuo ante esa masa que llamamos sociedad, ya se encuentra aquí en plenitud. Ahora bien, donde el autor de El proceso aplica un casi maniaco prurito de objetividad inexplicable que hace insoportablemente realista la pesadilla más inverosímil, Dostoyevski (que no pudo conocer a Kafka pero sí a Gógol) se recrea en la subjetividad más tortuosa, deteniéndose en las dimensiones más grotescas de la peripecia que narra, al borde siempre de la caricatura pero salvándose de caer en ella por su estremecedora lucidez final. Fue la segunda novela del ruso, tras la excelente acogida de Pobres gentes (1846). Su protagonista es un funcionario de baja categoría llamado Goliadkin que asiste asombrado a la irrupción en su vida de un individuo que se llama como él, que es parecido a él como una gota de agua (hasta el punto incluso de vestir la misma ropa) y que incluso consigue trabajo en el mismo negociado que él. Inicialmente sumiso y humilde, hasta el punto de que parece haber aceptado al Goliadkin «original» en guía y protector, el llamado Goliadkin menor o Goliadkin II enseguida se convierte en el tormento del protagonista, asumiendo (robándole) sus funciones y humillándolo en público delante de sus compañeros mediante un proceso que no cabe duda de que es un verdadero acoso.

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Los 4 Fantásticos contra Dios

El toque vintage de Los 4 Fantasticos primeros pasos se advierte en su poster de promocionLos 4 Fantásticos estaban afrontando unos tiempos muy agitados. En primer lugar, su archienemigo el Doctor Muerte los puso contra las cuerdas apoderándose de su propio hogar, el Edificio Baxter, y para derrotarlo hubo que hacer lo más doloroso: revertir a Ben Grimm, que había recuperado su forma humana, a la apariencia monstruosa de la Cosa. El dolor subsiguiente de este lo llevó a caer en manos del anti-grupo por excelencia de los 4F en esa época, los Cuatro Terribles, quienes consiguieron hacerlo de los suyos por un breve pero angustioso tiempo. Acto seguido, descubrieron la existencia ignorada hasta entonces no de un grupo de seres superpoderosos sino de todo un pueblo dotado, los Inhumanos, que ha vivido oculto hasta ahora en una ciudad hipertecnológica escondida en el Himalaya. ¿Qué más podía suceder? Pues que al regreso a Nueva York, se encuentren el cielo primero cubierto de llamas y después de misteriosos desechos espaciales, señales todas que anuncian la inminente llegada de un ente cósmico llamado Galactus y apodado el Devorador de Mundos pues eso es justo lo que hace: absorber la esencia del planeta en que posa sus ojos y destruirlo. Un ser de poder inconcebible, pero es que Stan Lee, el director editorial de Marvel, le había pedido a su colaborador en la serie Fantastic Four, el genial Jack Kirby, que después de tantas maravillas a las que habían hecho enfrentarse a sus personajes, solo les quedaba hacerlo con… Dios. La película que por fin ha permitido a Marvel Studios acoger en su seno a la llamada Primera Familia —en sentido literal, pues esta es la colección que vio nacer el Universo Marvel— ha recuperado este colosal enfrentamiento. ¿Qué mejor carta de presentación podía tener el esperadísimo regreso al seno materno de los 4F?

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Perderse en el tiempo de Proust (I)

I       II       III

Las referencias de volumen y página se corresponden con la edición en siete libros de la novela, con el título de A la busca del tiempo perdido, en El Paseo (2022), y que es una puesta al día de la misma traducción y edición de Mauro Armiño para Valdemar, publicada veinte años atrás. 

A la busca del tiempo perdido, traduccion de Mauro Armino, en El PaseoLas cerca de tres mil páginas, según las ediciones, a lo largo de las cuales se extiende En busca del tiempo perdido (sigo prefiriendo este título al elegido por Armiño) supongo que para la mayoría constituyen un argumento disuasorio a añadir a la fama de «difícil» de la novela y que desde hace más de un siglo comparte con la otra obra con la que las historias de la literatura nos dicen que forma el díptico de definitiva entrada a la modernidad literaria, el Ulises de James Joyce. Si en este caso la dificultad no estriba tanto en la larga extensión como en el cambiante registro lingüístico, en el de Marcel Proust es su reputación de obra morosa, compuesta por acciones mínimas sobre las que su narrador da vueltas y vueltas que se prestan al fácil juego de palabras a que se presta su título. Mi contacto con la novela, sin embargo, que en esta ocasión pretende ser definitivo —yo también sé lo que es haber buceado en sus aguas superficiales y no haberme decidido a llegar al fondo—, me indica que es otro el objetivo que debe proponerse un lector inquieto al abrir las páginas del primero de sus libros: no es lo mismo no querer perder el tiempo con Proust que decidirse a perderse en el tiempo de Proust. Desde este punto de vista, y leídos ya dos de los siete libros que componen el total, pienso que puede suponer una experiencia en verdad memorable. Una experiencia que, por una vez, creo que no puede ser emprendida con el objeto de concluirla de un tirón. Mi propia tendencia a cambiar continuamente de temas y registros me aconseja proponerme paradas cada dos volúmenes, al menos. Es por eso que este primer artículo versará sobre los dos primeros libros que la componen. Por supuesto, su objeto no es tanto realizar un análisis en profundidad de sus elementos literarios, que por extensión y preparación me sería imposible, sino una reseña de temas argumentales y elementos dramáticos que puedan ayudar a quien quiera asomarse a sus páginas y que de paso sea mi propia memoria de impresiones para el futuro.

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Si es argentina, sale Darín

El Eternauta. Ricardo Darín. Cr. Sebastián Arpesella / Netflix ©2025Sin duda, la nómina de actores argentinos del último medio siglo es impresionante. Primero conocimos a aquellos que vinieron a España huyendo de la turbulencia política de su país: Héctor Alterio, Federico Luppi o Cecilia Roth. Después aquellos que protagonizaron el boom que su cine protagoniza desde comienzos del siglo XXI, muchos de los cuales también acabarían aclimatándose en nuestro país: Darío Grandinetti, Miguel Ángel Solá, Leonardo Sbaraglia y Óscar Martínez. Pero sin duda el nombre que a cualquiera se le viene a la cabeza enseguida es el de Ricardo Darín. Lanzado a la fama por el éxito de El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001), desde entonces ningún intérprete de ese país acumula tal cantidad de películas estrenadas en las pantallas españolas, y por lo general con gran repercusión, hasta tal punto de que el título que he elegido para el artículo no es broma: cada vez que se ha estrenado en estos veinticinco años un film argentino, lo raro es que no saliera él. Estamos uno de estos actores que, en vida, alcanzan la reputación de «monstruo sagrado». Como hace tiempo que he dejado atrás las mitomanías (y esos calificativos son propios de mitómanos), mi relación con este excelente actor es como la que se tiene con un viejo amigo que cada vez que te invita a su «casa» sabes que te reserva una buena velada. Siendo un actor con una imagen bien reconocible —lo que quiere decir que sus gestos, sus miradas, su forma de hablar o de reaccionarnos resultan ya muy familiares—, sin embargo ha tenido saludablemente el buen sentido de jugar siempre con variantes sobre el tipo de rol que se podía esperar de él. Unas veces su registro es extrovertido, incluso exuberante; otras es contenido, a veces incluso hasta bordear el ensimismamiento. En cualquier caso, su galería de personajes es muy rica, y es por ellos por lo que he elegido acercarme al intérprete. Porque al final lo que nos queda de los actores, lo que sigue impulsándonos a decirnos una noche «hoy me apetece ver una de…», son sus personajes y películas.

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Escorpio: Hamlet en Marvel

df1048De entre todas las colecciones de grupos de Marvel, Los Defensores nunca fue gran cosa. Sus responsables quisieron personalizarla señalando que los integrantes del equipo en realidad no querían formar ningún equipo: que eran solitarios que solo por azar cruzaban sus caminos y marchaban juntos mientras tenían que detener las aviesas intenciones de algún enemigo. No eran un grupo: eran un no-grupo. Una pequeña falacia que solo hubiera tenido sentido si la colección apenas se hubiera extendido por un puñado de números… pero superó largamente la centena. Aunque por ella pasaron nombres importantes (Steve Gerber, Steve Englehart, Sal Buscema…), en general no hicieron sus mejores trabajos en sus páginas. Y sin embargo, en ellas se encierra uno de los trabajos más admirablemente densos de las dos primeras décadas de la Casa de las Ideas, una pequeña saga que se conoce bajo el título de «¿Quién recuerda a Escorpio?». Una saga que, en principio, no prometía gran cosa tampoco. El guionista que la firmó, David Kraft, no ofreció, en lo que yo sé, nada a la misma altura, de tal modo que también podemos calificarlo como un escritor mediano. El villano que da título a la aventura había aparecido un par de veces en otras series y había sido olvidado: era un villano del montón. Y sin embargo, los inesperados rasgos que singularizan la saga la convierten en una de las historias más memorables de Marvel. Una historia además dotada de una admirable modestia. No hay la menor pretenciosidad en ella y sin embargo, con Escorpio, Marvel propuso un misterioso avatar de nada menos que Hamlet, un villano con problemas de identidad, atormentado por el fracaso al que parece conducirse toda su existencia y porque el tiempo se le echa encima sin que haya tenido ocasión aún de demostrar no ya que es alguien sino que tiene derecho a la plenitud y a la felicidad, una ambición inesperada para lo que a priori suelen perseguir los villanos del género. Seguir leyendo

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Impresiones (3). Proust, novela familiar, de Laure Murat

PN1149_Proust, novela familiar_17,8_v1.inddHe comenzado a leerme En busca del tiempo perdido. Sé que cuando uno escribe, o pronuncia esta frase, parece que lo hace con cierta solemnidad, con el orgullo de quien emprende una aventura en la que espera descubrir algo parecido al Santo Grial (o al menos hacer creer a los demás que lo ha descubierto). Rebajo por tanto este tono pretencioso señalando que no es la primera vez que lo intento. He leído varias veces, eso sí, la novelita que suele extraerse del cuerpo principal, Un amor de Swann —que forma parte del primer libro, Combray—, en la edición de Cátedra. Y hace veinte años, cuando Valdemar comenzó la publicación en tres gruesos volúmenes de la traducción de Mauro Armiño, me compré el primero y casi lo concluí, dejándolo ahí, con la firme decisión de retomarlo pronto, cosa que hago dos décadas después. Leer la obra magna de Marcel Proust exige, ante todo, elegir una traducción. Durante mucho tiempo en España solo tuvimos la de Alianza, traducida en sus primeros compases por Pedro Salinas y que siempre me veté por el para mí no banal detalle de que castellaniza los nombres propios: lo siento, pero la bella sonoridad de Gilberte o Françoise para mí se brutaliza al asumir los nombres de Gilberta o Francisca. Quien como yo se decida a abordar la heptalogía (la novela se divide en siete volúmenes, que se publicaron entre 1913 y 1927, siendo póstuma la publicación de los tres últimos), hoy se encuentra con varias traducciones. Después de buscar información y consultar voces para mí autorizadas me he decantado por la de Mauro Armiño, pero en la revisión y puesta al día que ha efectuado que ha visto recientemente la luz, esta vez dividida en los siete libros de rigor, en El Paseo (2022). Armiño ha podido así corregir el que para muchos fue su mayor error, la primera frase, que la primera vez resolvió, de modo desconcertante, como «Me he acostado temprano, hace mucho» y ahora resulta más clásica («Durante mucho tiempo me acosté temprano»). He leído muchas traducciones de Armiño y es para mí una vieja y confiable compañía literaria. En la nueva edición mantiene el aparato de notas, los diccionarios de lugares y personajes, los resúmenes y demás añadidos de Valdemar. Y también su particular traducción del título, por la que yo debería llamar también a la novela, aunque me pueda la costumbre anterior. Es A la busca del tiempo perdido. Seguir leyendo

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Robert Ryan, la furia a flor de piel

Robert RyanRobert Ryan era alto, demasiado alto. Su constitución era delgada, pero sugería un considerable vigor físico. La mirada, por lo general, hosca, subrayaba esta fortaleza. Su rostro cuadrado se alargaba en una frente alta y una cabellera bien poblada. Es curioso que en ocasiones me recuerde nada menos que a Montgomery Clift. Un Monty Clift, por supuesto, sin su apostura y, sobre todo, sin su nobleza. Pues si el inolvidable intérprete de Río Rojo también supo encarnar personajes ambiguos en los que esta dimensión descansaba sobre la duda del espectador a que por debajo de semblante tan puro pueda esconderse alguna mala intención (recuérdese La heredera, por ejemplo), en el caso de Ryan sucedía al contrario. Incluso cuando no encarnaba a ningún villano (y dio vida a muchos), uno no podía reprimir un gesto de desconfianza ante su personaje. Si no, claro, ¿por qué diablos se le había encomendado a él? Y es que Robert Ryan poseía una expresión de la que uno no podía fiarse (ni cuando encarnaba a un personaje en principio positivo), ya fuera torturada o ensimismada, perversa o circunspecta. No nació para encarnar a seres de personalidad diáfana sino a sujetos atrapados en terribles atolladeros existenciales cuando no a verdaderos hijos de perra. Seres que parecen siempre al borde del estallido, como expresa de modo inmejorable uno de sus mejores y sin embargo menos conocidos personajes, el infeliz delincuente al que encarnó en Odds Agains Tomorrow (1959), que en determinado momento dice así: «Las cosas solo me resultan fáciles cuando me enfado». Y cuando Robert Ryan se enfadaba, todo se desmoronaba a su alrededor. Seguir leyendo

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En Kalewche, artículo sobre la novela histórica

IvanhoeMis amigos argentinos de la revista digital Kalewche me han pedido una colaboración para el dossier sobre novela histórica que está viendo la luz en las últimas entregas, que titulo Novela histórica: literatura antes que Historia. Acepté el ofrecimiento sin dudar, claro, pues además de la generosidad que me están demostrando desde que nos conocimos sus peticiones me resultan siempre de lo más estimulante. Lo primero que pensé es que no era la persona más adecuada: soy profesor de Historia, cierto, pero confieso que la novela histórica me atrae muy poco. Enseguida matizo: me atrae muy poco la actual, la que satura las mesas de novedades de las librerías (siempre hay excepciones, claro) porque, en mis habituales, y habitualmente largas, visitas a estos establecimientos, durante las cuales hojeo sin parar toda clase de libros (gran parte de mis mejores lecturas se las debo al descubrimiento de obras que me sedujeron durante esas gratas estancias), no encuentro especial estímulo en ese género. Son libros por lo general de extensión desmesurada, cuyos autores siempre presumen de una minuciosa labor de documentación, de la que no dudo, y cuyo estilo, sin embargo, diríase más propio de la novelización de un guion redactado para una serie: mucho diálogo y narración supuestamente dinámica. Ahora bien, si me paro a pensar toda la vida he leído mucha novela histórica. (Es más, he escrito un libro sobre la ficción histórica, solo que enmarcada en el medievo y extendida al cine y el tebeo, Edad Media soñada, editada por Algorfa en 2020.) Me refiero a libros tan famosos como Quo Vadis?, La flecha negra, Ivanhoe, El nombre de la rosa o los Episodios Nacionales, a autores como Walter Scott, Conan Doyle, Stevenson o, por qué no, Robert E. Howard. Libros en los que pienso, ante todo, como literatura y no como «documentadas novelas históricas», si bien sus autores, por supuesto, al ambientarlas en tiempos pretéritos, procuraron que el escenario y los personajes escogidos fueron absolutamente verosímiles. En el artículo que publica Kalewche intento explicar estas ideas, partiendo como es natural de ese recorrido personal por las novelas de ambientación histórica y la posible influencia (y confluencia) que tuvieron en mis dos grandes pasiones, la ficción (en este caso literaria) y la Historia.

La novela histórica, en Kalewche

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Impresiones (2). Tropas del espacio, de Robert A. Heinlein

Tropas del espacioDesde el momento de su publicación, Tropas del espacio (1959) ha sido considerado algo así como uno de los emblemas literarios del fascismo. La exageración es evidente, por mucho que los argumentos que dan los varios personajes que actúan como instructores del ejército bien puedan ser etiquetados así. La acción se sitúa en la Tierra de un futuro en el que ya hace mucho tiempo que se ha producido la expansión por las estrellas y esto nos ha puesto en contacto con razas hostiles, con las que solo cabe el enfrentamiento (los arácnidos que forman la sociedad-colmena a los que la traducción de la novela llama los Chinches). En esa sociedad futurista se ha alcanzado un notable bienestar económico y no existen los conflictos sociales o políticos, pero solamente alcanzan la categoría de ciudadanos (que son quienes votan y quienes componen la élite que toma las decisiones) quienes han dedicado algunos años de su vida al servicio militar. La razón es que solamente quien sabe lo que es el sacrificio por los demás (la vida castrense es durísima, no tardará en comprobar el protagonista, Johnnie Rico, cuya progreso militar seguiremos a lo largo de la novela) está legitimado para tomar las decisiones. Ciertamente, el dibujo que la novela ofrece de los mandos militares no puede ser más ideal: todos y cada uno de ellos no solo son psicólogos inigualables, sino que carecen de cualquier inclinación violenta; es más, la dura criba, que hace que la mayor parte de los reclutas abandone el cuerpo, no provoca ninguna discriminación, represalia o burla, incluso aunque esto se produzca en el momento justo previo a la entrada en combate: se entiende que lo mejor, siempre, es que quienes se queden sean los mejores, pues su dura tarea lo exigirá. Seguir leyendo

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Balzac, el novelista del Todo

Retornando a Balzac he tenido ocasión de sorprenderme al leer que este autor que compuso casi un centenar de obras en poco más de dos décadas no tenía una facilidad natural para la escritura. Lo dicen autores que se beneficiaron de la senda que él abrió: lo dice Flaubert, que pasa por ser uno de los mejores estilistas de la literatura gala («¡Qué hombre habría sido Balzac, si hubiese sabido escribir!»), lo dicen incluso aquellos que lo apreciaron bien, como es el caso de Théophile Gautier en la pequeña biografía que le dedicó (Retrato de Balzac, 1858), tal vez nos lo diga él mismo sabiendo (Gautier lo refiere también) cómo hacía y rehacía lo que escribía, corrigiendo y luego corrigiendo la corrección, insatisfecho siempre del resultado hasta el punto de que, años después de una primera y exitosa publicación, ante la nueva salida al mercado de una novela, volvía a meterle mano (lo hizo, sobre todo, para adecuar sus primeras creaciones al plan trazado con posterioridad de La comedia humana). El estilo de Balzac ha sido muy criticado: de él algunos han dicho cosas parecidas a las que Valle Inclán dijo de Galdós (el autor español que tanto debe al francés), que lo tildó famosamente de «don Benito el garbancero». ¿Cómo es posible? Mi conocimiento de este escritor se está produciendo a oleadas: mediante periodos en los que no puedo dejar de acumular lecturas de sus obras en poco tiempo. Y es que, mientras lo leemos, Balzac nos transmite una extraña y feroz voracidad. Como él, deseamos saberlo todo, sentirlo todo, tenerlo todo. Zambullirse en sus novelas supone admitir que, mientras las leemos, no existe otra realidad que la que él impresiona en sus páginas, amenazando con invadir este presente nuestro que, como todos los presentes, tan prosaico nos parece. En general, es la magia que producen los grandes creadores, pero hay algunos que, por estar imbuidos por la necesidad absolutista de describir el universo entero, nos dejan absolutamente agotados cuando les dedicamos un cierto tiempo: es el caso de Feodor Dostoyevski y sus tremebundos novelones, de Juan Benet y su ciclo de Región o de Herman Melville y Moby Dick, y supongo que será el caso de En busca del tiempo perdido de Proust, el autor que culmina y a la vez trasciende el proyecto balzaquiano. Seguir leyendo

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