En el corazón de las tinieblas está el apocalipsis (I)

La novela de Conrad                La película de Coppola

Una de las portadas de El corazón de las tinieblas, de Joseph ConradDesde la misma belleza polisémica de su título, El corazón de las tinieblas supone uno de los títulos más fascinantes, misteriosos y embriagadores que ha dado la literatura de aventuras. Es posible que ningún texto de género habitualmente tan diáfano haya generado tantas reflexiones, haya merecido tantas divagaciones. Haciendo honor al término principal de ese título (aunque me parece muy afortunada la versión que en España se ha dado a la palabra darkness, usualmente se traduce por «oscuridad»), se trata de una novela que, a imagen del río que atraviesa su protagonista, posee tales meandros, está rodeada de velos tan impenetrables (en el libro, la implacable jungla ecuatorial), que leerla una y otra vez nunca la agota, sino que multiplica su inquietante enigma. Y es que Joseph Conrad, el más intelectual de los escritores de aventuras, mucho antes que Proust o que Joyce, entendió que la clave del relato no está en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta, de tal modo que la anécdota, en el fondo sencilla, de la historia acaba viéndose revestida de una especie de halo de misterio sagrado que quizá no posee solución alguna: en el alma de cada lector, en el corazón de su propia oscuridad (o en la forma en que cada uno de nosotros intenta llegar hasta la luz), estriba la clave de su secreto.

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Bette Davis y el tributo a la voluntad femenina: Jezabel, La carta, La loba

Poster original de JezabelEn la película No soy un ángel (1935), Mae West pronunciaba la famosa frase «Cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mejor». Determinadas estrellas del cine comprendieron muy pronto que el tipo de papeles que mejor les sentaba era el de personajes de gran carácter, a los que no les importaban en absoluto las consecuencias de sus actos. No me refiero a los grandes villanos que ha dado el cine (por lo general, reservados a actores secundarios o a estrellas del cine de terror), sino a intérpretes estelares que cultivaron una imagen que les permitía cruzar al otro lado sin descender de categoría. En el campo femenino, la estrella más destacable siempre fue Bette Davis, intérprete de desbordante carisma a la que gustó pasear su exuberante personalidad a lo largo de una galería de personajes que en absoluto encajaban en el rol femenino más habitual de compañera y amante del héroe masculino. En concreto, la imagen de la actriz quedó sellada gracias a tres papeles en tres clásicos del melodrama, todos dirigidos por William Wyler. En ellos, Bette Davis compuso tres tipos femeninos que van desde la muchacha que, por culpa de su insensato capricho, acarrea el infortunio sobre quienes la rodean, empezando por sí misma (Jezabel, 1938) a la mujer cuyo profundo egoísmo acaba conduciéndola a la pura maldad (La loba, 1941), pasando por la esposa en apariencia modélica que esconde un volcán de pasión capaz de llevarla hasta el crimen (La carta, 1940). Tres películas míticas, como los tres papeles que en ellas encarnó la actriz, y que suponen la cumbre de su carrera, a donde solo la devolvería su posterior papel, no menos «fuerte», de Eva al desnudo (1950).

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En Homonosapiens: Algunas frases memorables del cine

Fotograma de Lawrence de Arabia, con Peter O'Toole

En Homonosapiens: Algunas frases memorables del cine

Publico en la revista digital Homonosapiens un artículo con el que, además, saldo una pequeña «deuda» que tenía desde hace varios meses. La autora del estupendo blog Barrilete cósmico me había incluido en uno de estos retos en cadena que suelen difundirse en la Red: la selección de tres citas literarias en tres días consecutivos. Lo he hecho a mi manera, convirtiéndolo en un único artículo, en el que las citas dejan de ser literarias para ser cinematográficas y son más de tres. En concreto, son frases o diálogos memorables de grandes películas que figuran en mi memoria sentimental. El propósito no es original: son incontables los libros, no digamos las páginas de Internet, que ofrecen verdaderos catálogos de frases célebres. En todo caso, he procurado incluir algunas que no se vienen a la cabeza a la primera (no figuran, por tanto, «A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar hambre» de Escarlata O’Hara, «Alégrame el día» de Harry el sucio o «Creo que este es el principio de una hermosa amistad» de Rick Blaine), y subrayando la contextualización de las mismas. Parto del principio de que una buena frase no debe ser meramente brillante sino que ha de constituir una forma de enriquecer el retrato del personaje que la pronuncia o del planteamiento que la justifica. No soy original, claro: las palabras nos definen tanto como nuestros actos. La selección, por tanto, está debidamente fundamentada. Son frases extraídas de películas en la memoria de todos, de El buscavidas a El fantasma y la señora Muir, pasando por Lawrence de Arabia. Me han acompañado toda la vida, y a ellas cada poco tiempo incluyo alguna más. Como pasa con todas las listas, hoy he elegido estas y mañana, manteniendo unas, elegiría otras. Espero que las disfrutéis.

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Apunte IV. Logan o la última batalla de Lobezno

Trilogía inicial         Primera generación         Lobezno en el cómic

Cartel español de LoganLogan es un film claramente concebido como el testamento con que finaliza la vinculación del actor australiano Hugh Jackman con Lobezno, personaje al que ha sido fiel en las nueve entregas1 que componen, hasta la presente, el ciclo cinematográfico de los X-Men. En lógica consecuencia, y teniendo en cuenta que Jackman inauguró el ciclo con unos vigorosos 32 años y lo acaba al borde de la cincuentena, el planteamiento es abiertamente crepuscular, como subraya el mismo cartel del film. Es más, la acción se sitúa en el futuro, en el año 2029, y el crepúsculo afecta a la misma raza mutante: hace décadas que no nace ningún ningún niño en su seno. Logan se gana la vida conduciendo una limusina entre un lado y otro de la frontera entre Estados Unidos y Mexico y su cuerpo deja entrever claramente el paso del tiempo y la decadencia de su poder curativo: arrastra ostensiblemente una pierna, las manos le supuran cada vez que saca sus famosas garras y sobrevive su gris cotidianidad gracias al alcohol y las pastillas. A la vez, cuida de un anciano y decrépito Charles Xavier, claramente al borde de la senilidad: de cuando en cuando, el antiguo Profesor-X atraviesa crisis mentales que, en alguien de su poder, provocan un terrible caos mental y físico en su entorno. No hay rastro de los antiguos X-Men, aunque acabaremos sabiendo que, unos años atrás, como consecuencia de la primera de esas crisis, Xavier fue responsable de una inconcreta tragedia en la famosa escuela de Westchester, de donde se lo llevó Lobezno.

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El maestro y Margarita: el Terror desnudado por la Burla

ImprimirSeguro que más de un habitante de Moscú, en la segunda mitad de los años 30, y aunque lo callara, pensaba que la ciudad albergaba la presencia del mismo diablo. Un diablo de enormes mostachos y presencia nada elegante (el «montañés del Kremlin», lo llamó el poeta represaliado Ossip Mandelstam: acabaría pagándolo con su muerte), con dominio sobre la vida y la muerte no ya de todos los moscovitas sino de todos los habitantes de ese gigantesco país llamado la Unión Soviética. A la altura de 1937 —elijo el año por el magnífico libro editado en 2014 por Acantilado, Terror y utopía. Moscú en 1937, del historiador alemán Karl Schlögel, que nos asoma a una devastadora crónica del universo soviético centrada en esa fecha—, el Terror estalinista arrojaba su arbitraria tenaza sobre cualquiera que se moviera, sin necesitar casi una razón para justificarlo: primero el culpable, luego las pruebas. Por entonces, un escritor de prestigio, silenciado desde mucho tiempo atrás, Mijaíl Bulgákov, retocaba una y otra vez la novela que había comenzado a finales de la década anterior y que, desde luego, no se le ocurría presentar a ninguna instancia estatal para su posible publicación. Sumiéndose en la tradición del mito de Fausto (con Goethe y Gounod como principales referencias), su trama tiene como motor argumental la visita del diablo a la Moscú del homo sovieticus, que hace emerger con facilidad toda la putrefacción moral de una sociedad minada por el miedo y la mezquindad. El autor moriría poco después, en 1940, sin llegar a ver su libro en letra impresa. Hoy no solo constituye una de las obras maestras de la literatura rusa y del siglo XX en general, sino uno de los más geniales documentos de cómo ni el terror más irracional es capaz de hacer mella en el alma del artista independiente de verdad.

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El mito de Robin Hood en tres actores

Nunca habrá otro Robin Hood como Errol FlynnSupongo que a estas alturas importa poco si el héroe justiciero conocido hoy como Robin Hood tuvo existencia real o no. El registro histórico señala que el personaje puede basarse en algún tipo que vivió mucho después del momento que ya nos es imprescindible: la estancia en las Cruzadas de Ricardo Corazón de León, que permitió a su hermano, el futuro Juan sin Tierra, lucir su capacidad para el desgobierno y la tiranía. También pudo ser un apelativo genérico que tomaron diversos bandidos de los bosques. O sencillamente, es el clásico personaje de balada medieval con algún sustrato real, al estilo del rey Arturo, la mayor parte datadas en los inicios de la Edad Moderna, cuando la imprenta se generaliza en las islas. Lo cierto es que Robin Hood adolece de algún clásico literario al que poder remontarse, como sí sucede con el dueño de Excalibur: hay una agradable recreación a cargo del especialista en lo que llamaríamos pastiches Howard Pyle (1883), pero la referencia más culta se halla en la excelente novela Ivanhoe, donde actúa como personaje secundario, pero bajo el nombre de Locksley, el apellido que suele otorgársele en las ficciones que protagoniza. En cualquier caso, Robin Hood es hoy, ante todo, un personaje cinematográfico. Que se apropió de una iconografía procedente de las ediciones literarias (del jubón y las calzas verdes al sombrerito con la pluma), cierto, pero que se ha popularizado gracias a películas en la memoria de varias generaciones. Y como suele suceder con todas las historias imperecederas, el cine (o sea, Hollywood) ha considerado que cada generación merecía su propio Robin (que también ha sido el reflejo de su época), por lo que voy a repasar los tres más populares que nos ha dado la antes llamada gran pantalla.

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Apunte III. El nacimiento del mito JFK: Jackie

Cartel anunciador de Jackie, con Natalie Portman mimetizada con el fondoAhora que, día sí día también, es noticia obligada el presidente de los Estados Unidos, Jackie nos sitúa ante el primer inquilino «moderno» que tuvo la Casa Blanca. Es decir, moderno en el sentido mediático: John Fitzgerald Kennedy, con su familia como imprescindible atributo icónico. Jackie aborda el inicio de la construcción del mito JFK, a partir de la idea de que la reevaluación del primer (y único) presidente católico de los USA es póstuma, y en buena medida fue potenciada por su trágico fin. La novedad, al menos para el espectador no estadounidense, es el papel que se otorga a su viuda, Jackie, en la conformación de esta imagen mítica. El film nos sitúa, siempre desde su punto de vista, en el intervalo de tiempo entre el atentado de Dallas y el entierro definitivo, en la intimidad (después del solemne funeral de estado, cuyos detalles la misma Jackie supervisó hasta el último detalle), a partir de la conversación entre la viuda y un periodista, a quien ella «reclutó» para responder a los artículos sobre el difunto que, con el cuerpo todavía caliente, lo trataban comoa una figura arrastrada ya por la hojarasca de la historia. Dispuesta a no permitirlo, frustrada en buena medida porque el trabajo de ambos —el suyo había sido procurar dar un contenido a la Casa Blanca, que consideraba como parte fundamental del imaginario de la presidencia— había sido abortado por el asesinato, Jackie comenzó allí mismo la constitución del mito que hoy sigue convirtiendo a JFK, incluso por encima de la valoración que merezca su labor política «real», en uno de los emblemas fundamentales del llamado sueño americano.

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Tyrone Power, el galán ambiguo

La sonrisa gentil de Tyrone PowerEn el reparto de etiquetas entre los grandes intérpretes del ayer, a Tyrone Power parece haberle correspondido la de galán intrascendente que cargó con numerosos personajes de héroe noble y sin sustancia. Si hasta nuestras abuelas pensaban que tirone pover era un actor tan guapo como malillo… Yo mismo tardé mucho tiempo en apreciar el error de esta aseveración. Durante mi adolescencia, y quizá en buena medida porque es un intérprete que, aun teniendo magníficas películas en su haber, no está asociado a los títulos o a los directores de mayor renombre mítico, Power me producía, como mucho, indiferencia. Poco a poco, sin embargo, y a medida que completaba el conocimiento de su carrera y repasaba los films que ya conocía, iba encontrándome con la sorpresa de que sus interpretaciones no solo eran mucho mejores de lo que recordaba, sino que su trabajo aportaba inesperados matices a las historias, sin los cuales estas hubieran sido notoriamente unidimensionales. Tyrone Power, lo digo ya, es para mí un actor magnífico al que ha perjudicado mucho la falta de enfatismo de su estilo interpretativo (y el énfasis siempre ha vendido, y venderá, más que la sobriedad) y el error de pensar que su apariencia gentil indicaba carencia de registros. Todo lo contrario, esa gentileza es la raíz de la profunda ambigüedad que acaba envolviendo a sus mejores personajes en un halo de turbiedad verdaderamente inquietante. Los actores enfáticos gustan de llevar de la mano al espectador durante toda la película, para que no se «pierda»; los ambiguos nos dejan a nuestro aire, sugiriendo antes que demostrando, sembrando poco a poco la duda acerca de su verdadero fondo, obligándonos a reevaluar la aparente nobleza de que inicialmente parecía revestido. Tyrone Power pertenecía a esa raza de actores sutiles.

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Eisenstein, el genio que nos (re)hizo la Revolución

Estupendo cartel de El acorazado PotemkinOrwell nos dejó el mejor dibujo de esa vocación de los totalitarismos por rehacer la verdad de tal modo que el curso del pasado se corresponda con el diseño de quienes, en toda dictadura, se consideran sus dueños: los amos del presente. Nos demostró que el pasado es maleable, que el presente es la única instancia temporal omnímoda, y que desde él puede alterarse cualquier acontecimiento en el tiempo, superponiendo sobre él capas o estratos que cambian su forma como si esta nunca hubiera podido ser de otro modo. La URSS nos dejó sobrados documentos gráficos, por ejemplo, que muestran cómo los empleados del particular Ministerio de la Verdad soviético hicieron desaparecer incómodas presencias del ayer que revelaban que, en algún tiempo, los grandes líderes se «equivocaron», uniendo su suerte a la de enemigos del pueblo luego merecedores de execración. Hace años visité, en Almería, una exposición que demostraba lo chapuceras que, en el fondo, eran esas alteraciones fotográficas. Pero al servicio de la Unión Soviética también trabajaron grandes genios, cuya modificación de la realidad no operaba en vulgar papel de fotografía sino en el terreno de las ideas. El mayor de todos probablemente fue un cineasta, Sergei M. Eisenstein, al que se debe la definitiva formulación visual de la Revolución (o de las revoluciones: la de 1917 pero también ese ensayo general que vivió el país en 1905). Lo hizo a través de dos films que, en rigor, pertenecen a la categoría del panfleto. Pero del panfleto genial: a poco de cumplirse un siglo desde que se hicieron, ante esas maravillas que son El acorazado Potemkin (1925) y Octubre (1928), con la fabulosa capacidad que revelan sus imágenes para inflamar el ánimo del espectador, se comprende que quienes las contemplaron en su momento temieran su fuerza subversiva, su capacidad para incitar a los humildes del mundo (o a los que, sin serlo, soñaron ilusoriamente con la solidaridad universal) a coger un fusil y lanzarse a proclamar la definitiva liberación de los explotados.

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En Homonosapiens: La vida es jazz, y el jazz es cine

Fotograma de la película Bird, de Clint Eastwood

En Homonosapiens: La vida es jazz, y el jazz es cine

Acabo de publicar en la revista digital Homonosapiens un artículo en el que abordo dos películas muy próximas en el tiempo, con notables vasos comunicantes entre las dos, que terminaron de imponer en el cine la figura del músico de jazz como un artista «total» que no sabe distinguir entre vida y arte, y para quien resulta inevitable el exceso en todos los sentidos (alcohol, drogas, relaciones sentimentales…). La primera es Alrededor de la medianoche (1986). Está escrita y dirigida por un cineasta francés, Bertrand Tavernier, que siempre ha manifestado una considerable fascinación por la cultura estadounidense, y funde en el film dos de sus elementos matrices, el cine y el jazz, a través de la historia de un maduro músico (ficticio, pero construido a partir de jazzmen reales y reconocibles) que llega a París para tocar en un club, después de haber tocado prácticamente fondo, y allí conoce a un joven dibujante francés que siente verdadera idolatría por él. Tavernier recoge, así pues, dos tradiciones muy propias del cine clásico de Hollywood: el mito de la segunda oportunidad y el tema de la amistad viril, que articula en torno al tratamiento de jazz como esencia de la vida. La segunda película fue en su momento un considerable fracaso de crítica y público, pero ha acabado alcanzando un gran prestigio, debido al progresivo respeto que ha ido mereciendo un cineasta entonces todavía despreciado, el gran Clint Eastwood. Se trata de Bird (1988), biografía en este caso de una leyenda del jazz, como es Charlie Parker, conocido bajo el alias que da título al film, una figura de vida verdaderamente desgraciada, muerto a los 34 años con las energías totalmente consumidas hasta el punto de parecer un anciano. Eastwood reformula la tradición del biopic a su modo, mediante una perspectiva admirable en cuanto que se aleja de la fácil mitomanía (y él es un notorio mitómano del jazz y de Bird) para efectuar un tratamiento sobre su biografiado que desborda humanismo y comprensión emocional, pero que desde luego no intenta de ningún modo convertirlo en ejemplo moral: toda una lección de ecuanimidad y respeto (hacia el biografiado, al que a buen seguro habría indignado otra cosa, y hacia el espectador).

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El Doctor Muerte, némesis de la Primera Familia

ff039El Universo Marvel nació con una familia, la que formó el grupo conocido como Los 4 Fantásticos, cuyos miembros eran un eminente científico (Reed Richards, alias Mr. Fantástico), su prometida y con el tiempo esposa (Susan Richards, alias la Chica Invisible), el hermano adolescente de esta (Johnny Storm, alias la Antorcha Humana) y el amigo del alma del primero, padrino de boda y tío favorito de su retoño (Ben Grimm, alias La Cosa). Bajo la batuta de Stan Lee y Jack Kirby, los padres fundadores de Marvel —junto a Steve Ditko, el creador de Spiderman y del Doctor Extraño, que siempre fue por libre, hasta volar literalmente libre fuera de la compañía—, la colección Fantastic Four se convirtió en el emblema de una nueva forma de concebir el tebeo de superhéroes, haciendo honor al sobretítulo que recibió su revista: «El cómic más grande del mundo». Sus autores tuvieron claro una máxima de oro del género: unos buenos héroes necesitan un archienemigo a su altura. Y ese fue el papel que jugó el Doctor Muerte, por ende tal vez el villano mítico de Marvel por excelencia. Mítico y reconocible: es evidente que Jack Kirby sabía como diseñar una apariencia intrigante. ¿Y qué más intrigante que unir el aspecto ultratecnológico de una siniestra armadura gris, cuasi-robótica, con un rostro adecuadamente maligno para hacer honor al nombre, y unas ropas verdes propias de un peregrino medieval, con su jubón, capa y capucha? No en vano, desde el primer momento, Muerte unía en una sola persona al genio tenebroso de la ciencia y al seguidor de las artes mágicas. Tecnología y brujería, una combinación singular.

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Apunte II. Steve McQueen, el primer héroe de blockbuster

Steve McQueen y su moto en La gran evasiónLos expertos señalan que el blockbuster —ese tipo de película que ahora impera en Hollywood, concebida para atraer a públicos indiscriminados con el reclamo de actores estelares, una trama atractiva (y sobre todo, activa) y la promesa de un buen derroche de medios, cuya eficacia se mide únicamente por la respuesta de la taquilla— nació en los años 70 con los primeros éxitos de Spielberg (Tiburón) y Lucas (La guerra de las galaxias). Quizá sea ocioso hablar de origen, porque en los Estados Unidos siempre se ha hecho cine para arrasar taquillas, por mucho que cada época haya tenido sus propios estándares de éxito (y de la calidad necesaria para asegurarlo). Pero ciñéndonos a ese concepto hoy tan de moda, yo casi propondría como precedente indiscutible de blockbuster en sentido moderno una gran producción de principios de los 60, encuadrada en el cine bélico de evasiones, y que sigue siendo uno de los títulos más populares de aquella época. Me refiero a La gran evasión (1963), de John Sturges.

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Tom Sawyer, Huck Finn y el Padre de Todas las Aguas

Edición de Tom Sawyer en la Colección Laurín, de AnayaAl contrario que otros autores «devorados» por la fama de un personaje famoso, el nombre de Mark Twain ha sido recordado siempre por todas las generaciones de lectores que han crecido con sus novelas. Es más, para tratarse de un novelista cuyas obras suelen encontrarse en los catálogos de la llamada literatura juvenil, misteriosamente ha conseguido escapar a tan reductora etiqueta: Twain sigue siendo leído en la edad adulta. La clave, quizá, está en que es un escritor asociado a una etiqueta que, esta sí, otorga carta de naturaleza para mayores: la crítica acerada de la estupidez humana a través del humor. Y es irónico, porque su categoría narrativa es inferior a muchos otros autores que siguen encasillados, de Emilio Salgari a Julio Verne pasando por Henry Rider Haggard. Pongo un ejemplo: ninguno de los anteriores ha merecido una edición en la colección Letras Universales de Cátedra, que para mí, desde muy corta edad (y gracias a sus cuidados estudios previos y notas a pie de página), siempre ha sido la que otorga patentes de literatura seria; Twain sí, y en más de una ocasión. No es cuestión, sin embargo, de ponerse quisquillosos: aunque las relecturas suelen jugarle a Twain una mala pasada —y precisamente porque es un escritor que, en general, carece de aquello que distingue a los grandes de la literatura «juvenil»: el pulso narrativo—, sí es evidente que su literatura posee algo que obliga, precisamente, a releerlo. Tom Sawyer, Huckleberry Finn, el príncipe y el mendigo que intercambiaron sus posiciones o el yanqui que hizo realidad nuestro sueño de viajar a la corte del rey Arturo habitarán siempre nuestra memoria. De los primeros voy a hablar en este artículo.

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Breve recorrido por la saga Star Wars (II): las películas

Personajes            Películas            Ep. IV-VI        Ep. I-III       Star Wars Disney

Un cartel menos conocido de La guerra de las galaxiasUno de los elementos más llamativos de la saga Star Wars es que su principal creador, George Lucas, cediera los bártulos de la dirección en los hoy conocidos como Episodios V y VI. El Imperio contraataca fue firmada por Irvin Kershner; El retorno del Jedi, por Richard Marquand. En ambos casos se trataba de directores especializados en la ejecución de proyectos de encargo, que no habían revelado ninguna inquietud «artística» y que habían iniciado su carrera en la televisión. Siempre se ha señalado que, después del considerable gasto de energía que supuso La guerra de las galaxias, George Lucas decidió reservar esfuerzos para el control final de sus productos sin tener además que encargarse del más absorbente trabajo de realización. En cualquier caso, es significativo que su «ausencia» no se note en la narración, dejando bien claro tanto su falta de dotes especiales para la dirección (en todo caso, su mejor cualidad es la limpieza de su puesta en escena, clásica en el sentido de no haberse dejado llevar por las modernas modas de la planificación caótica para las escenas de acción) como que el atractivo de la saga radica en razones de concepto, argumento y estructura visual. Quince años después del cierre de la primera trilogía, Lucas inició la segunda, y ahora sí volvió a ocuparse de la dirección de todos los títulos que la componen… sin dejar ninguna huella en este cometido. Cabe, por tanto, hacer el mismo análisis: la mediocridad de los Episodios I a III, insisto, no se debe a su discreto trabajo de realización sino a su muy inferior interés en los campos antedichos. Hago a continuación un breve recorrido por todos los títulos.

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Breve recorrido por la saga Star Wars (I): los personajes

Personajes              Películas            Ep. IV-VI        Ep. I-III        Star Wars Disney

El inmortal trío formado por Luke Skywalker, la princesa Leia y Han SoloHace mucho mucho tiempo, no en una galaxia lejana sino en el planeta Tierra, una película de ciencia-ficción con el banal título (aunque estamos acostumbrados, hay que reconocer que tanto el original como el español son más bien infantiles) de Star Wars/La guerra de las galaxias se convertía en el más sorprendente éxito comercial, batiendo todos los registros de taquilla. Digo sorprendente porque el film iba a contracorriente de lo que se hacía en ese género en esos momentos: un cine serio, grave y adulto, cuyo pistoletazo de salida lo habían dado en la década anterior El planeta de los simios y 2001: una odisea del espacio (ambas de 1968) y que en esos años 70 ya contaba con títulos tan magníficos como Sucesos en la IV fase o Cuando el destino nos alcance, entre otros. La guerra de las galaxias era su reverso exacto: un film que en otro tiempo habría sido calificado como serie B, y al que caracterizaban la acción trepidante, la distensión y un sentido del espectáculo casi naif. Huelga decir que cambió el rumbo del género, y aunque éste siguió dando grandes obras de densidad adulta (por ejemplo, Blade Runner… que no olvidemos que en su momento constituyó un gran fracaso), el Hollywood del mainstream acabó prefiriendo, para ir configurando poco a poco eso que hoy llamamos blockbuster, la senda abierta por Lucas y por la que enseguida se internó Spielberg. En fin, la saga Star Wars ha estrenado hace muy poco su octavo capítulo, Rogue One, y aunque ya he comentado por extenso y en artículos individuales cada uno de los títulos que la componen, me dispongo a hacer una pequeña recapitulación de las dos trilogías controladas por su creador, George Lucas, a modo de breve recorrido dirigido tanto a quienes las conocen bien como para los que se han asomado poco a ellas, por el fastidio de tener que ver del tirón tantas películas para comprender la saga en su globalidad (me pasa a mí con los Harry Potter…) o porque no son santo de su devoción.

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