Sucesos en la IV fase: y las hormigas dominarán al hombre

A propósito de tanta fase/desfase, ha sido inevitable, al parecer, que los cinéfilos sacaran a colación las suyas favoritas. Y una cosa lleva a la otra, y me ha hecho rescatar uno de mis primeros artículos del blog, sobre esta genial película de ciencia-ficción. Lo he revisado tan a fondo (después de hacer lo mismo con la peli) que, en gran medida, puede hablarse de entrada nueva.

Poster de Sucesos en la IV faseDiseñador gráfico conocido ante todo por sus famosos y magníficos títulos de crédito para Hitchcock, Preminger o Scorsese, Saul Bass rodó una única película, que en su momento careció de repercusión, pero a la que el tiempo ha ido otorgando una muy merecida reputación de film de culto. Sucesos en la IV fase (1974) es una originalísima película de ciencia-ficción, muy característica del particular devenir del género en los años 70, sorprendido entre su inesperada emersión como cine «culto» a partir de determinados éxitos de finales de la década anterior (2001, una odisea del espacio y El planeta de los simios, ambos de 1968, sobre todo) y el momento en que la eclosión del cine de blockbusters (Lucas, Spielberg) lo arrastraría de nuevo a las viejas fórmulas del Hollywood clásico (en cuanto a puerilidad de concepto), solo que con efectos especiales de última generación, perdiendo en el proceso la densidad adulta alcanzada poco antes. De hecho, Sucesos en la IV fase es un ejemplo especialmente relevante de cómo reformular un tipo de historia que hasta entonces había sido pasto de la ciencia-ficción más ingenua, las películas de amenaza animal, construidas siempre en torno al peligro que para el hombre supone alguna especie que de pronto cobra una inusitada peligrosidad. Normalmente, esto se había debido al incremento de tamaño —provocado involuntariamente por el hombre, por ejemplo, debido a sus manipulaciones con la energía atómica—, pero entre el tono camp de esa ciencia-ficción concebida, por lo general, para un público de drive-in que se suponía poco sofisticado y el tosco nivel artesanal de los efectos especiales, la amenaza apenas podía tomarse en serio, incluso en sus más relevantes ejemplares, como La humanidad en peligro (1954). A propósito de este título, Sucesos en la IV fase aborda el mismo planteamiento: el ataque de las hormigas contra la humanidad. Solo que, en este caso, sin necesidad de aumento de tamaño, sino, sencillamente, de inteligencia. En las breves pero certeras palabras de Carlos Aguilar en su Guía del Cine, «se trata de demostrar que en igualdad de condiciones intelectuales las hormigas derrotarían al Hombre y se consigue».

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Cuando Orson Welles era Dios (II): El cuarto mandamiento

Ciudadano Kane      El cuarto mandamiento     Sed de mal      Campanadas a medianoche

Cartel original de El cuarto mandamientoEn su entrañable Diccionario de tópicos, lugares comunes e ideas recibidas, una sección de la revista Dirigido por… que publicó durante varios meses y en la que recogía, como indica el título, una serie de afirmaciones corrientes entre críticos o cinéfilos, el llorado José María Latorre incluyó la siguiente acerca de Ciudadano Kane (1941): «Es la mejor película de la historia del cine… pero me gusta más El cuarto mandamiento». Si en la primera entrega de este artículo ya señalaba el «problema» en que se había convertido la ópera prima de Welles, en cambio sobre El cuarto mandamiento se cierne la reputación de ser el gran clásico de su autor, su título «intocable». Hablamos de Welles, sin embargo, y por ello parece imposible la felicidad completa. Esta película maravillosa es, también, una de las grandes películas «perdidas» de la historia del cine. Como bien se sabe, la RKO, escarmentada de la libertad que había dado a Welles en su primer trabajo, esta vez se reservó el derecho al montaje final y, ante las malas reacciones iniciales de esa espantosa ceremonia que tantas obras del cine debió destrozar en su días, las previews mediante la cual un estudio tanteaba al público antes del estreno real, aprovechó la ausencia del director (rodando, o intentando rodar, un film en Brasil) para amputar tres cuartos de hora de metraje, alterar el montaje de lo que se conserva y filmar una escena final tan radicalmente distinta a lo anterior que duele contemplarla.

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Cuando Orson Welles era Dios (I): Ciudadano Kane

Ciudadano Kane      El cuarto mandamiento      Sed de mal      Campanadas a medianoche

Cartel de Ciudadano kaneEn algún momento de nuestras vidas, Ciudadano Kane dejó de ser la mejor película de la historia del cine, o por lo menos la película con mayor vitola de genialidad del mundo, y se convirtió en una especie de molestia. Un ejemplo. En el año 2010, en sus números 401 y 402, la mejor revista de cine de este país, Dirigido por…, dedicó un dossier a Orson Welles y se vio «obligada» a incluir dos artículos sobre su ópera prima, uno defendiendo la perennidad de sus valores, el otro cuestionándolos. ¿Cómo es posible que este film, que tantas páginas encomiásticas mereció, se haya convertido en la película que parece exigir más justificaciones al hablar de ella? Tal vez porque con ella todos arrastramos un pecado original. ¿Puede existir alguien a quien Kane no le haya gustado la primera vez? Es decir, si esa primera vez fue a una edad que los cinéfilos todavía podemos llamar de la «inocencia». Mi caso es como el de todos: la palabra fascinación se revela muy pobre para explicar aquella experiencia vivida con once o doce años, y solo puedo compararlo con la que sentí al leer, más tarde, Cien años de soledad, y descubrir que la narración literaria no nace «sola», sino que alguien decide cómo contarla. Y sin embargo, yo también, al ir revisándola, no puedo evitar advertir, con tristeza, que las películas «cambian»: claro, somos nosotros los que hemos cambiado al volverla a ver. Cuentan que, a llegar a Hollywood en 1940, Welles, con tan solo 25 años, exclamó que el cine era «el más maravilloso tren eléctrico con que se puede jugar». Tal vez ahí esté la clave: llega un momento en que dejamos a un lado los juguetes que tanto nos hicieron disfrutar. Pero tengamos cuidado: porque si alguna vez nos da por mirar en ese trastero de la memoria donde los abandonemos, tal vez volvamos a sentir, desde «el invierno de nuestro descontento», cuánto gozamos con él. Estremece pensar que ese insolente mozalbete al que, por una vez, Hollywood le dejó hacer lo que le vino en gana, anticipara esa sensación que todavía, por edad, no podía sentir, y construyó en torno a ella la clave de su película. Solo que él la llamó Rosebud.

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Falstaffiana o Wellesiana: Campanadas a medianoche

Poster de Campanadas a medianocheSi en más de una ocasión ese aire idolátrico que rodea a la figura de Orson Welles (del que él mismo fue su sumo sacerdote) se convierte en un lastre para sus películas como director y como actor —esa sensación de que cualquier contrapicado o cualquier ceja enarcarcada por El Gran Orson están pensados para sobrecogerse y musitar, si podemos inhalar aire suficiente para hacerlo, que «esto es el Cine»—, bastaría Campanadas a medianoche para rendir todas las defensas y unirse a ese culto que tantas veces ha parecido pura mitomanía. Pues contemplando sus imágenes, o admirando la magnífica mirada a que sometió los originales de Shakespeare —estamos ante el tipo de adaptación creativa que debería exigirse siempre ante la buena literatura, para no limitarse a aprovechar el talento ajeno—, no hay sino que rendirse a la evidencia: solo un hombre de talento incomparable habría sido capaz de realizar semejante maravilla. Del mismo modo, como puede apreciar cualquiera que se informe acerca de las precarias condiciones en que se desarrolló el rodaje, Welles refuerza aquí su reputación de mago de las imágenes, capaz de hacer creer que cuenta con los medios de una gran producción histórica, cuando ni de lejos es así. El continente y el contenido, las pretensiones y los resultados, nunca se fundieron mejor en una película de su autor como en esta obra, la última que filmó el cineasta dentro del cine comercial (aunque todavía rodaría un film de ficción más, si bien para televisión, Un historia inmortal, en 1968). Duele pensar que solo tenía 50 años (aunque, físicamente, parecía tener casi veinte más), la edad a la que muchos autores todavía tienen media carrera por delante para demostrar su talento: con esos mismos años, su admirado John Ford estaba en la guerra y le quedaba por delante todo el rosario de obras maestras del western a las que hoy lo asociamos; Hitchcock todavía estaba lejos de filmar Vértigo, Con la muerte en los talones o Psicosis; Hawks, todos los Ríos o El Dorado.

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En aquel tiempo, qué verde era mi valle…

Cartel espanol de Que verde era mi valle«Estoy empaquetando mis cosas en el mismo pañuelo que usaba mi madre cuando iba al mercado, y me voy de mi valle, y esta vez no regresaré jamás. Dejo atrás cincuenta años de recuerdos. Recuerdos… Es curioso que la mente olvide tantas cosas que suceden en el presente y, en cambio, conserve claro y brillante el recuerdo de lo que sucedió hace muchos años, de hombres y mujeres muertos hace tiempo. Sin embargo, ¿quién puede decir lo que es real y lo que no lo es? ¿Puedo creer que mis amigos han desaparecido cuando todavía sus voces son un canto en mis oídos? No, y repetiré que no una y mil veces, porque siguen siendo una verdad que vive en mi memoria. Ninguna cerca ni reja rodea el tiempo pasado. Se puede volver atrás y revivir lo que se quiera si se recuerda. Por eso, cierro los ojos a mi valle, tal como es hoy, y desaparece, y lo veo tal y como estaba cuando yo era niño, un valle verde, rebosante de vida…». De todas las películas que comienzan con una voz en off para introducirnos en su historia, ninguna tiene la capacidad de ¡Qué verde era mi valle! (1941) para desencadenar, desde su mismo inicio, la emoción más incontenible. Durante las dos horas siguientes, la película no es sino un encadenado de episodios, de imágenes y de diálogos cuyo primer, y casi único, objeto es conmover nuestra sensibilidad, consiguiendo que el niño que evoca la historia de su familia, en el valle del título, sean todos y cada uno de los emocionados espectadores. El propósito es tan extremo y tan radical que solo mediante la poetización de cada instante hubiera sido posible no incurrir en el sentimentalismo más atroz. Por fortuna, el director del estudio llamó para dirigir la película al más grande poeta que dio nunca el cine. Ese hombre era John Ford.

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Tres Shakespeares de Kenneth Branagh

Kenneth Branagh, adicto a ShakespeareWilliam Shakespeare ha fascinado a muchos cineastas, que no han dudado en volver una y otra vez a este autor que, según Harold Bloom (expresando, más que un juicio exagerado, una admiración sin límites), es el inventor de la «personalidad humana». Lo ha hecho en todos los rincones del globo, lejos del teórico ámbito cultural de origen, lo que demuestra la universalidad de su arte: el japonés Akira Kurosawa o el ruso Grigori Kozintsev así lo prueban. Ahora bien, de todos quienes han vuelto una y otra vez al dramaturgo inglés, tal vez sean los más conocidos aquellos que han podido apoyar su aproximación en su propia imagen puesto que, al unir la doble condición de director y actor, pudieron adjudicarse el protagonismo de sus proyectos. Son tres sobre todo, a cuál más distinto. En el ánimo de sus incondicionales, Orson Welles es el único que ha podido tratar a Shakespeare de genio a genio. Para los suyos, Laurence Olivier aporta el toque de prestigio de la escuela británica y de quien, en vida, fue considerado recurrentemente uno de los mejores actores de su tiempo. Llevamos ya dos genios, por tanto, cada uno de los cuales, para que no se crea que estoy siendo sarcástico, firmó alguno de los mejores Shakespeares del cine. El tercero es también británico, por lo que en su día fue saludado como el nuevo Laurence Olivier, y debutó como autor «total» a muy joven edad, como Welles. En sus primeros años, vio brillar con fuerza su luz, si bien con el tiempo, si no apagándose, sí se fue mitigando. Se trata de Kenneth Branagh, quien, eso sí, supera a los otros dos en el número de películas que adaptan la obra de su autor predilecto.

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Baudolino busca al Preste Juan

El nombre de la rosa               El péndulo de Foucault             La leyenda del Preste Juan

Baudolino, de Umberto EcoEl nombre de Umberto Eco siempre será asociado a una de las mejores novelas que se han escrito sobre la Edad Media, El nombre de la rosa (1980), una de esas ocasiones afortunadas en que la erudición histórica (centrada en las querellas dentro de la Iglesia católica de la época) y la narración pura (adoptando la forma de un «policiaco medieval») han sabido enriquecer la una a la otra para crear un libro deslumbrante. En su segunda novela, El péndulo de Foucault, aun situada en ambiente contemporáneo, Eco asimismo echó mano de su profundo conocimiento de esa época histórica para sazonar con una gran cantidad de elementos sugestivos (el mito del ocultismo templario, la Cábala judía, la alquimia) ese supuesto plan secreto dispuesto desde antiguo que los protagonistas creen inventar y que otros toman por muy real. Finalmente, el novelista regresó plenamente al Medievo con otra obra que asimismo consiguió un gran éxito, Baudolino, que puede considerarse una combinación de las dos previas. De la primera, recoge el mismo propósito (incluso más ambicioso) de ejercicio de reconstrucción histórica a partir de una narración que no concede respiro al lector. De la segunda, el hecho de que su tema central es la creación, por parte del protagonista, de una elaborada fabulación acerca de un reino supuestamente imaginario que, sin embargo, acaba cobrando realidad. Este planteamiento tiene para mí un interés adicional por cuanto esa invención es nada menos que la de una leyenda que lleva fascinándome desde la infancia (¡la descubrí en un tebeo de superhéroes!) y que en esta novela encuentra la mejor plasmación literaria que yo mismo podía esperar: la leyenda del Preste Juan.

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Algunos melodramas de William Wyler

La trilogía con Bette Davis                      La heredera                        Horizontes de grandeza

Director William Wyler circa 1946 ** I.V. Debo confesar que yo también me he dejado llevar en algún momento por las modas críticas que han azotado la figura de William Wyler. Cuando era pequeño y comencé a fijarme en los nombres de los directores, el de Wyler lo asocié pronto a la garantía de ver películas de calidad. Ahora bien, tan pronto empezaron a caer en mis manos textos críticos —y ya se sabe que este hombre, en los años 50, pasó de tener un gran prestigio a ser considerado el modelo de director impersonal y académico (!)—, yo mismo me convencí de que sus películas eran tan «sólidas» como «limitadas» (!!). El tiempo se encarga de abrirnos los ojos y cualquier revisión seria de su cine deja bien claro que Wyler fue un extraordinario director al que ha perjudicado la diversidad de una carrera larga y estable (confortablemente recompensada con el éxito y, oh cielos, con los Oscars: en este sentido, no hay ningún otro que acumule más premios, en las categorías más importantes, con el conjunto de su filmografía, entre ellos tres propios al mejor director). La crítica de auteur lo contempló con displicencia, pues no parecía propio de tal categoría un director del que se echaba en falta algún tipo de concepto o planteamiento recurrente (de esos que se resumen con una etiqueta, al estilo de John Huston y el «tema del perdedor» o Alfred Hitchcock y el «mago del suspense») ni contaba con ninguna vinculación con intérpretes a los que hubiera convocado secularmente para un mismo tipo de personaje (como John Wayne respecto a Hawks o Ford, o Cary Grant con el mismo Hawks o con Hitchcock). Qué impersonal, cierto.

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Ricardo Corazón de León: ¿rey de Leyenda o rey de la Historia?

Ricardo I, por Merry-Joseph BlondelInglaterra puede presumir de haber tenido a los dos reyes que mejor asociamos con el concepto de perfecto caballero medieval. Uno pertenece a la Leyenda, pues es el rey Arturo; el otro pertenece a la Historia, pero él se soñó siempre legendario, y tal vez murió con la amarga sensación de no haber respondido siempre al alto concepto por el que se tuvo. Se trata de Ricardo I, conocido como Ricardo Corazón de León, una figura sobradamente conocida pero no ya por los amantes de la Historia sino por los del cine y la literatura. De hecho, el concepto que tenemos de este soberano dista mucho de corresponderse con el real, puesto que ha engrosado con toda justicia la galería de seres conocidos mejor por su avatar en la ficción que por el que le cupo en suerte en su paso por el siglo. Los niños, al menos en una época de sesiones de cine clásico los sábados por la tarde, aprendimos a reverenciar su nombre porque así lo hacía el gran Robin Hood. En los libros, quienes leímos a Walter Scott (cuando se lo leía) también aprendimos a respetarlo, porque en dos de sus mejores novelas, Ivanhoe y El talismán, dejaba de ser un mero ideal y asumía un papel activo al lado de sus héroes centrales. Pero fue el cine el que definitivamente nos dio otro rey Ricardo, y no me refiero ya a aquellas películas que perpetuaron su imagen gloriosa (incluidas sus siempre salvadoras intervenciones en el ciclo de Robin Hood), sino esas otras en las que, no siendo ya la figura central de sus respectivas tramas (tal vez porque no fue tan importante como se nos ha hecho creer), se nos mostró al Ricardo imperfecto, egoísta, incluso antipático: humano. Sobre todos estos Ricardos quiero hablar en el siguiente artículo.

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El primer emperador de China

Este artículo apareció inicialmente en la revista digital Homonosapiens

Los famosos soldados de terracota de la tumba del Primer EmperadorUna de esas fascinantes vinculaciones entre distintas expresiones del arte y la ficción que tanto me gusta rastrear la encuentro entre dos obras de dos artistas que no pueden parecer más diferentes: el escritor argentino Jorge Luis Borges y el cineasta chino Zhang Yimou. En el ensayo inicial de su libro Otras inquisiciones (1952) —y sabido es que, en Borges, los límites entre el ensayo y la ficción son muy tenues—, titulado La muralla y los libros, el escritor aborda la figura del hombre que en la historiografía china aparece como el unificador del país. Se trata de Shih Huang Ti (tal como figura en el relato borgiano, que hace uso del anterior método de trasvase de las palabras chinas al alfabeto latino, el llamado sistema Wade-Giles), o Qin Shihuang (según el que ahora es aceptado como el más correcto, tanto por la historiografía como por el sistema llamado Pinyin, el mismo que nos ha arrebatado nuestro entrañable y tradicional Pekín, sustituyéndolo por el más impersonal Beijing). La historia registra que Zheng, soberano de Qin, uno de los siete Reinos Combatientes, fue conquistando todos los demás, a finales del siglo III a. C., unificando el territorio de tal modo que, a partir de ese momento la idea de unidad imperial nunca se perdió, aun cuando el país pasara por épocas de división. De su importancia da fe el hecho de que el término China, por el que se ha conocido siempre a todo el país, procede de esa primera dinastía fundada por Shihuang: es la latinización del término tal como fue transcrita por los romanos, el primer pueblo europeo que supo de su existencia. Como es sabido, el nombre clásico del país siempre fue el de Zhongguo o Reino del Medio (en el sentido de ocupar justo el centro del mundo, apología de la propia identidad que figura en más de un nombre étnico o territorial, comenzando por Alemania).

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Han Solo, el patito feo de Disney Star Wars

Los personajes de Star Wars                            La guerra de las galaxias

Cartel de Han Solo, una historia de Star WarsCierto, yo también creo que no era especialmente necesario que Disney decidiera asomarnos a la juventud y primeros pasos del emblemático Han Solo —como tampoco lo había sido saber cómo fueron conseguidos los planos de la Estrella de la Muerte, en el previo Rogue One (2016). Una de las gracias de todo carismático aventurero de pasado ambiguo es justo eso, la ambigüedad de su pasado, que hace tan atractiva la especulación acerca de su vida anterior al momento en que nos lo presentan, y que permite que cada uno dote de contenido particular a las referencias sugeridas por los diálogos o por los encuentros con antiguos conocidos del personaje en cuestión. Ahora bien, en su voracidad, la Disney había encontrado un modo de no agostar con excesiva rapidez el nuevo filón que había supuesto la compra a George Lucas de su franquicia Star Wars: proponer una nueva trilogía, estrenar sus títulos con menor intervalo que las dos anteriores (de dos en dos años y no de tres en tres) y, jugada maestra, rellenar el año de descanso con eso que los americanos llaman spin off (y nosotros, tan sugestionados por la fácil sonoridad del inglés, hemos dejado sin traducir), esto es, aventuras integradas justo en el pasado anterior al film con el que se inició la saga, la mítica La guerra de las galaxias (1977). La jugada salió muy bien con la antedicha Rogue One, pero pinchó inesperadamente con Han Solo, hasta ahora el único fracaso comercial de la franquicia (¿realmente estas películas pueden perder dinero?). La ironía es que, si Rogue One es un título mediocre y sin interés, Han Solo acaba erigiéndose como un muy estimable film de aventuras espaciales, digno precisamente del film de partida.

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El “argumento” en Volverás a Región

La intención de este artículo es referir con algún detalle la trama de esta genial novela de Juan Benet, a modo de pequeña guía que ya me hubiera gustado a mí tener cuando la descubrí por vez primera. Después de varias relecturas (cada una más fascinada que en la anterior) y un artículo previo, me parece haber desbrozado, en la medida de lo posible, la tupida red de indeterminaciones que tanto me desconcertaron entonces (también me ha ayudado, claro, la consulta de análisis y fuentes de información que ahora son más abundantes, o por lo menos más fáciles de encontrar). Por supuesto, no estoy seguro de haber «acertado» en todos sus detalles, de modo que agradeceré la matización (o corrección, claro) de quien la haya comprendido mejor que yo. Con Juan Benet nunca se puede cantar victoria…

Volverás a Región: primera aproximación

La edicion más reciente de Volveras a Region, en DeBolsilloLeí por primera vez Volverás a Región (1968) con 17 o 18 años, en ese mágico año en que entonces la secundaria concluía con el llamado COU (Curso de Orientación Universitaria), que contaba con una asignatura de Literatura —en exclusiva: Lengua Española tenía sus propias horas, algo que hoy no existe… y luego nos quejamos de que los estudiantes leen poco—, dedicada además a las letras españolas del siglo XX. Lector hasta ese momento casi en exclusiva de los grandes narradores encasillados para la juventud (Verne, Stevenson, Salgari, Tolkien: mi hito de modernidad era, seguramente, Cien años de soledad, de García Márquez, leído en las madrugadas de cierta semana de exámenes, con las consecuencias de prever para mis notas), a lo largo de ese año me zambullí con ingenua valentía en la literatura «adulta», cuanto más complicada mejor: cayeron libros que no he dejado de amar desde entonces, como Pedro Páramo o La saga/fuga de J. B., más otros venerados un día y devaluados por la relectura (La colmena) y algunos que si terminé a duras penas fue por esa terquedad propia del final de la adolescencia. Volverás a Región fue uno de estos. Confieso no haber sentido jamás el desaliento como durante su ardua lectura: la mitad de la novela creo que no me enteré de qué rayos me estaba contando Juan Benet. Por entonces no teníamos Internet, claro, y las fuentes posibles que me hubieran aportado información o no estaban a mi disposición o no supe encontrarlas. De ahí que sepulté el libro en mis estanterías (literalmente: no tardó en quedar encerrado en un segundo término) y lo dejé dormir durante más de un cuarto de siglo. Y desde el día en que despertó no ha dejado de contarme cosas.

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El camino, entre ¡Qué verde era mi valle! y Guillermo Brown

Portada de El camino, en destinolibroPor mucho que yo sea un apasionado de la relectura, nunca creí que volviera a sacar El camino del fondo del estante en que lo dejé después de los lejanos días del bachillerato; es más, ni siquiera había leído ningún otro libro de Miguel Delibes. El recuerdo que guardaba  era grato pero superficial, como propio de la historia que se deja leer en su momento pero sin especial estímulo. En principio, tan polvoriento rescate no se debía más que al escrúpulo que tengo por conocer, en lo posible, o recordar, en este caso, los libros cuyas adaptaciones al cine veo, con objeto de situar bien los méritos artísticos (no soporto las críticas que se los adjudican invariablemente al adaptador —por supuesto si lo consideran un «autor» excelso—, como por ejemplo, sucedió en su día con muchos comentarios acerca de la sobrevalorada versión que Martin Scorsese hizo de la excelente novela de Edith Wharton La edad de la inocencia, de tal modo que parecía que el cineasta también había escrito también el libro), y hace poco he repasado la bonita película que sobre el libro de Delibes hizo Ana Mariscal en 1963. Contaba con hacer una lectura más bien ligera, casi un picoteo, y sin embargo me he sorprendido deteniéndome cada vez más placer en los diversos episodios que lo componen, hasta el punto de ir sintiendo una progresiva admiración, sobre todo en su excelente segunda mitad. No en vano, en sus mejores momentos (sobre todo, en su excelente segunda mitad), he encontrado en ella una inesperada, y entrañable, evocación de dos obras por las que siento particular devoción: una película amada hasta la pasión, ¡Qué verde era mi valle! (1941), del genial John Ford, y un universo literario que, desde la infancia, me ha acompañado toda la vida, el del niño inglés Guillermo Brown, creación de la maravillosa Richmal Crompton.

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En Café Montaigne: El nombre de la rosa

En Café Montaigne: El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media

Portada de la primera edicion en Lumen de El nombre de la rosaAcabo de publicar en la revista digital Café Montaigne una reseña sobre la novela El nombre de la rosa, que en el ya lejano 1980 supuso uno de los mayores éxitos de ventas de la literatura mundial. Su autor, Umberto Eco, era un ensayista sobradamente conocido, e influyente, pero este libro supuso su primera tentativa en el campo de la ficción, que luego seguiría frecuentando con otros títulos por lo común bien acogidos, pero ya sin superar nunca su opera prima. Ahora que tan de moda está la novela histórica, hasta el punto de que los autores nacionales ya deben estar teniendo problemas para encontrar algún reinado, episodio o contexto sobre el que nadie haya arrojado todavía su mirada, conviene recordar que Eco no se limitó a situar una historia en tiempos pretéritos con personajes hablando y comportándose como si hubieran nacido anteayer, sino que efectuó un notable ejercicio de reconstrucción moral y filosófica, cuya gran virtud es saber dar vida al pasado pero sin olvidar que lo que hace perdurable cualquier obra (esté ambientada en la época, género o cultura que sea) es su capacidad para resultar universal. Eco creó además un personaje inolvidable, ese monje investigador que es mucho más que un homenaje a Sherlock Holmes, pues su intensa humanidad lo distingue del mero ejercicio bibliófilo. El artículo que publico en Café Montaigne está extraído de la entrada propia que ya publiqué en este mismo blog, solo que concentrado exclusivamente en el libro. Para quien sienta interés, además, por leer un comentario sobre la excelente versión cinematográfica en la que Sean Connery encarnó a Guillermo de Baskerville, incluyo ese enlace:

El nombre de la rosa o el invierno de la Edad Media

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Veinte películas para la década de los diez (II)

I         II

Lucy, de Luc BessonLucy (2014, Luc Besson). Quién iba a decirme que me rendiría sin paliativos ante una película de Luc Besson, ese cineasta francés empeñado en clonar del modo más adocenado los éxitos del mainstream de Hollywood. Esa admirable sorpresa se llama Lucy, una película que, a priori, no parecía otra cosa que un híbrido de action movie y ciencia-ficción con ecos del cine de superhéroes (esto último lo subraya la presencia de Scarlett Johansson en el papel titular). Y desde luego, en principio no es sino eso, si bien contado con una fluidez avasalladora y, afortunadamente, sintética (su escueto metraje está tan bien ajustado que alargar más la historia la hubiera estropeado). El motor argumental es de estos que tanto gusta al mainstream, precisamente, pues se basa en una idea fácil de asimilar y más o menos contundente: una chica corriente comienza a sufrir una increíble mutación en su cuerpo bajo el efecto de una droga experimental que tiene la capacidad de estimular el completo aprovechamiento de la capacidad cerebral (cuando, nos explican, el ser humano habitualmente utiliza solamente el 10% de la misma). Esa mutación amenaza o bien destruirla o bien convertirla en alguien que, al final, no será ella misma, por lo que emprende una carrera contra el reloj de 24 horas para encontrar una cura antes de la completa absorción de la droga, mientras la mafia taiwanesa que creo esta a su vez la persigue sin descanso. Pues bien, bajo esta premisa, tan válida o tan inverosímil como cualquier otra, Lucy propone uno de los ejercicios narrativos más absolutos que ha visto el cine mundial en los últimos tiempos, tanto que diríase que esa droga es capaz de estimular al espectador tanto o más que a la protagonista, puesto que llega un momento en que lo que se cuenta deja de importar para absorbernos por completo el increíble aluvión de imágenes sugestivas. Además, la trepidante película de acción va evolucionando poco a poco hasta la ciencia-ficción más adulta, para acabar en los terrenos de la pura abstracción, a medida que la protagonista deja de ser Lucy y se convierte en la encarnación de la idea de humanidad, con ese inolvidable recorrido final, sin moverse de la silla donde está sentada, por todas las etapas de la evolución hasta el reencuentro con el primer homínido conocido, precisamente su homónimo, con una fortuna que, mido bien mis palabras, el mismo Kubrick de 2001, una odisea del espacio creo que habría envidiado. Seguir leyendo

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