I II
«Creed todo lo que veáis», exclamaba el rubísimo pirata que me miraba directamente desde el otro lado de mi televisor en alguna de las inolvidables sesiones de tarde de los sábados de mi infancia. Ahora bien, después de saltar colgando de un cabo de una vela a otra, volvía a detenerse ante la cámara y puntualizaba: «Bueno, solo la mitad de lo que veáis». Quien hablaba con tal desparpajo era uno de mis actores favoritos de siempre, Burt Lancaster, y su personaje se llamaba el Pirata Rojo (en el doblaje: en realidad era el Pirata Carmesí, pero la sincronización con el movimiento de labios del personaje obligaba a ahorrarse una sílaba y el color cambió un tanto). La película, por supuesto, era El temible burlón (1952). Una película de piratas, uno de esos modelos de aventurero que el cine me enseñó a amar (con el noble cow-boy, el infalible espadachín y el detective desengañado). Recuerdo haber devorado las novelas de Emilio Salgari sobre Sandokán o los tebeos del Corsario de Hierro, y mi juguete más querido sin duda fue el barco pirata de los Clicks (cuando estos todavía eran de Famobil). En resumen, los piratas fueron muy importantes en mi educación emocional. Los piratas buenos o al menos pícaros, se entiende, y no los meramente malvados: es curioso que mi escritor favorito, Julio Verne, siempre ofreciera la imagen más vesánica del oficio, por ejemplo en esos clásicos del naufragio (otro rol fundamental que añadiría a los señalados líneas arriba) que son La isla misteriosa o Dos años de vacaciones. Pero lo compensan el Corsario Negro, el capitán Blood o la mujer pirata que amó a un taimado francés que no la merecía. El artículo en dos partes que inicio ahora mismo quiere transmitir algo de este amor a través de las mejores películas de piratas que recuerdo. Seguir leyendo