Balzac, el novelista del Todo

Retornando a Balzac he tenido ocasión de sorprenderme al leer que este autor que compuso casi un centenar de obras en poco más de dos décadas no tenía una facilidad natural para la escritura. Lo dicen autores que se beneficiaron de la senda que él abrió: lo dice Flaubert, que pasa por ser uno de los mejores estilistas de la literatura gala («¡Qué hombre habría sido Balzac, si hubiese sabido escribir!»), lo dicen incluso aquellos que lo apreciaron bien, como es el caso de Théophile Gautier en la pequeña biografía que le dedicó (Retrato de Balzac, 1858), tal vez nos lo diga él mismo sabiendo (Gautier lo refiere también) cómo hacía y rehacía lo que escribía, corrigiendo y luego corrigiendo la corrección, insatisfecho siempre del resultado hasta el punto de que, años después de una primera y exitosa publicación, ante la nueva salida al mercado de una novela, volvía a meterle mano (lo hizo, sobre todo, para adecuar sus primeras creaciones al plan trazado con posterioridad de La comedia humana). El estilo de Balzac ha sido muy criticado: de él algunos han dicho cosas parecidas a las que Valle Inclán dijo de Galdós (el autor español que tanto debe al francés), que lo tildó famosamente de «don Benito el garbancero». ¿Cómo es posible? Mi conocimiento de este escritor se está produciendo a oleadas: mediante periodos en los que no puedo dejar de acumular lecturas de sus obras en poco tiempo. Y es que, mientras lo leemos, Balzac nos transmite una extraña y feroz voracidad. Como él, deseamos saberlo todo, sentirlo todo, tenerlo todo. Zambullirse en sus novelas supone admitir que, mientras las leemos, no existe otra realidad que la que él impresiona en sus páginas, amenazando con invadir este presente nuestro que, como todos los presentes, tan prosaico nos parece. En general, es la magia que producen los grandes creadores, pero hay algunos que, por estar imbuidos por la necesidad absolutista de describir el universo entero, nos dejan absolutamente agotados cuando les dedicamos un cierto tiempo: es el caso de Feodor Dostoyevski y sus tremebundos novelones, de Juan Benet y su ciclo de Región o de Herman Melville y Moby Dick, y supongo que será el caso de En busca del tiempo perdido de Proust, el autor que culmina y a la vez trasciende el proyecto balzaquiano. Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Beau Geste

El inolvidable Gary Cooper, el perfecto Beau GestePublico en Café Montaigne un artículo en el que he revisado y actualizado una vieja publicación de mi blog en la que recordaba, con fascinada admiración, una de las películas de mi vida, Beau Geste (1939), dirigida por William Wellman y protagonizada por el gran Gary Cooper. La sigo revisando de vez en cuando y me digo: esta vez no me impresionará tanto. Pero lo hace. Me refiero a su genial apertura, en la que un destacamento de legionarios llega al fuerte aislado en el desierto para proceder al relevo y encuentro a todos los soldados muertos y aferrados a su fusil sobre cada una de las almenas. La respuesta a este enigma —y a algún otro que se plantea enseguida, como la desaparición del voluntario enviado a su interior o el origen del fuego que acaba devorándolo todo— dará lugar al cuerpo de la película, y puedo afirmar que está a la altura del misterio inicial. Beau Geste ha sido menospreciada mucho tiempo por pertenecer a un género calificado de «aventura imperialista», por recoger las andanzas de europeos, con frecuencias soldados, usando y abusando de la avidez blanca por dominar a las razas «inferiores». La primera sorpresa es descubrir que, en realidad, arroja una amarga mirada sobre la épica militar, construida con admirable riesgo a partir de un trío de hermanos que ha construido su vida sobre el ensueño de las hazañas bélicas: tres niños grandes (el mayor de todos es Gary Cooper: Michael Geste, llamado Beau por su nobleza químicamente puro) que descubrirán que ese supuesto paraíso en realidad es el infierno. Adaptando una novela del británico P. C. Wren, menos impresionante que el film pero también muy estimable, Beau Geste es un ejercicio de cine puro que abruma por la increíble belleza visual que se extrae de su ambientación en el desierto y por constituir un ejemplo emblemático de ese «dar más pareciendo dar menos» que forjó el mito de la síntesis narrativa del cine clásico. Y además, por Beau. Yo de pequeño quería ser Gary Cooper. Pero Gary Cooper en este Beau Geste aunque quienes conocen la película pensarán  que casi mejor habría sido preferir serlo en Solo ante el peligro o en El manantial…

Beau Geste: un entierro vikingo en el infierno

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Impresiones (1). Realismo raro. Lovecraft y la filosofía, de Graham Harman

Inicio una sección del blog en la que reseñaré con mucho menor espacio del habitual algunos libros, películas o tebeos que vaya leyendo, con objeto más bien de transmitir una impresión que un análisis minucioso.

Realismo raroEs una pena que la literatura fantástica (sobre todo la de terror y ciencia ficción calificada como popular) haya sido siempre, en general, atacada y a la vez defendida tan mal. Irónicamente, quienes hacen una cosa y la otra suelen hacerlo en los mismos términos: en clave argumental. Los primeros detestan la fantasía popular o pulp señalando que desarrollan una serie de tópicos risibles bajo un estilo pedestre y que están destinados, poco más o menos, a lectores de bajo nivel cultural. Los segundos, por desgracia, la defienden muchas veces en función del ingenio argumental o del interés de una premisa concreta. Sin embargo, también hay quien piensa que el terror y la ciencia ficción, como literatura que es, debe juzgarse antes que nada por lo mismo que a toda obra literaria: por su estilo. Del estilo —que en su más sencilla definición diría que es el modo mediante el cual el autor expone lo que desea contar—, y de la fortuna con que se ejecute, dependen los dos elementos fundamentales de este género, es decir, la atmósfera y el realismo con que sus personajes y sus ideas, por raros e incluso absurdos que sean, nos resultan convincentes mientras los estamos leyendo. Seguir leyendo

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Un viaje de invierno: la Repetición y la Espera

Las citas de páginas se corresponden con la edición de la novela en Alianza Editorial, número 1392 de su colección de bolsillo (Madrid, 1981), cuya portada reproduzco justo debajo.

Edición de Un viaje de invierno, de Juan Benet, en Alianza BolsilloUn viaje de invierno (1972) es la tercera novela regionata publicada por Juan Benet. Algunos críticos la sitúan como el cierre de una trilogía que habría sido iniciada por la seminal Volverás a Región (1968) y prolongada por Una meditación (1970). Sin embargo, otros —y yo coincido con ellos—, señalan que en realidad sería el capítulo central de un conjunto que forma ciertamente una trilogía pero que en realidad cierra La otra casa de Mazón (1973). Si lo creo más acertado es porque de este modo se diferencia radicalmente la primera novela de Benet de las otras tres, y ello por la sencilla razón de que ese libro inaugural podría decirse que contiene y anuncia a los siguientes, que se alimentan inevitablemente del incontenible tropel de hallazgos, incidentes, episodios y sugerencias que incluye. Eso sí, los tres libros se diferencian por evidentes peculiaridades textuales. El primero está formado por un párrafo continuo sin un solo punto y aparte hasta el final. El tercero utiliza fragmentos en prosa con otros de estructura teatral. Por contraste, el segundo parece visualmente más diáfano, puesto que presenta una división en capítulos y párrafos de diversa extensión, si bien también ofrece una singularidad: una serie de acotaciones marginales, o ladillos, que ribetean el texto a intervalos. Ahora bien, superando en mayor grado aún a las precedentes, estamos ante una novela que supone un subyugante ejercicio de indeterminación, de tal modo que el lector difícilmente podrá asegurar nada una vez concluida la lectura. Ahora bien, como intentaré justificar en las siguientes líneas, que el sentido real de lo que sucede (esta palabra tiene poca aplicación en Benet) sea difícil de concretar no quiere decir que el texto sea hermético. Bien al contrario, uno de sus grandes atractivos es que permite diferentes interpretaciones de los asuntos tratados a modo de bella metáfora de lo que el autor entendía por realidad: algo que nunca se construye de modo absoluto, y que por tanto no se aprehende nunca del todo. Una dimensión de la memoria, en suma. Seguir leyendo

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Jack el Destripador: sangre, tinta y celuloide (II)

I       II

Cartel de Jack the Ripper, version de 1959Era lógico que la figura del Destripador acabara deslizando su campo de actuación del thriller al terror, sobre todo a medida que los tiempos fueron permitiendo una mayor permisividad censora, con el consiguiente aumento de la crudeza visual. El cine británico sería el que diera ese paso, tanto por la «nacionalidad» del asesino como porque desde la segunda mitad de los años cincuenta el Horror viviría una auténtica edad de oro, en cantidad y en calidad. El estudio que encabezó este esplendor fue Hammer Films, gracias en primer lugar a la renovación que hizo de los mitos clásicos del género que habían vivido ya un primer periodo de apogeo en los años treinta en Hollywood de la mano de la Universal. A su sombra, sin embargo, intentaron encontrar su lugar otros estudios menores y productores independientes. Dos de estos fueron Robert S. Baker y Monty Berman, figuras versátiles por cuanto no solo produjeron sino que además escribieron, firmaron la fotografía de varios de sus mejores títulos y dirigieron alguno de ellos —en el film que nos ocupa se encargan de los dos últimos apartados—, pasándose con el tiempo a la televisión (suya fue, por ejemplo, la famosa serie El Santo, con Roger Moore). Baker y Berman tuvieron fama de ser los clásicos magnates del medio sin ninguna ambición artística, dispuestos a explotar los bajos instintos del público (aunque la supuesta «crudeza» de sus películas hoy, claro, parece apta para niños de guardería), y sin embargo sus films aguantan mucho mejor de lo que parecía. Uno de ellos, el tercero en concreto, que no tuvo estreno comercial en España, fue Jack the Ripper (1959), al que el paso del tiempo ha acabado convirtiendo en un título fundamental en la trayectoria cinematográfica del asesino de Whitechapel. Seguir leyendo

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Jack el Destripador: sangre, tinta y celuloide (I)

I          II

Suyo afectisimo, Jack el DestripadorComo tantas otras figuras extraídas de la realidad, de Julio César a Ricardo Corazón de León, de Abraham Lincoln a Napoleón, personajes demasiado conseguidos como para haber tenido sustancia real, Jack el Destripador parece hoy la creación de un escritor pulp o de un guionista de cine de terror. La sangre de los cinco crímenes atribuidos que cometió entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre de 1888 en el londinense barrio de Whitechapel se transmutó pronto en tinta —no en vano el nombre se lo atribuyó, supuestamente, él mismo en una de las cartas que envió a Scotland Yard jactándose de sus crímenes— y enseguida en celuloide. Es imposible leer o escuchar su nombre y no pensar de inmediato en unas callejuelas húmedas y sombrías cubiertas por la espesa niebla que surge del Támesis, por las que avanza una figura embozada distinguida por un sombrero de copa y un maletín de mano y, tarde o temprano, se dibuja en el aire una veta de plata cubierta de líquido escarlata y se escucha el alarido de una mujer… No quiero a mi vez entregarme a vanas literaturas o a metáforas visuales que no me pertenecen. En las próximas líneas voy a acercarme a varias de las más relevantes (o eso creo) ficciones que ha creado la imaginación del hombre, con mayor o menor sujeción a los elementos reales del caso, hasta dibujar una figura que ha acabado siendo tan conocida en los anales del thriller y del terror como el doctor Jekyll y Mr. Hyde (con la que, en el fondo, tantos elementos comparte), Drácula o Sherlock Holmes, con varios de los cuales, no es de extrañar, ha cruzado sus caminos. Seguir leyendo

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Del Nosferatu de Eggers y otros Dráculas que amaron

Cartel de Nosferatu, de Robert EggersNo deberíamos olvidarlo. El inmortal personaje que conocemos como Drácula fue ideado por su creador, el irlandés Bram Stoker, como símbolo del Mal absoluto. Un vampiro cuya inmortalidad depende del periódico alimento de la sangre de los hombres no puede permitirse (ni ello le preocupa, claro) el menor rasgo humano. Stoker describe a su criatura como un ser absolutamente egolátrico, para quien el universo se centra exclusivamente en sí mismo: el resto de sus habitantes existen para garantizar su supervivencia. Por si hubiera dudas, en la famosa escena situada al principio de la novela, cuando las tres vampiras que habitan el castillo (las famosas «novias» de Drácula) intentan poseer al infortunado Jonathan Harker y su amo se lo impide, única y exclusivamente porque todavía ha de servir a sus fines, una de aquellas, en su rabia, le reprocha: «Tú nunca has amado. ¡Nunca amas!». Es curioso que ya su primera adaptación (aun encubierta, para no pagar los derechos de autor), la genial Nosferatu, el vampiro (1922) dirigida por F. W. Murnau, subvirtiera esa característica e hiciera que su protagonista se sintiera fascinado por una mujer, lo cual acabaría por costarle la vida. Desde entonces, y aunque tardaría en reaparecer, la figura de un vampiro capaz de amar se nos ha hecho familiar gracias a muy relevantes títulos, en especial Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola. Hace pocas semanas se ha estrenado una nueva versión del film de Murnau, titulada sencillamente Nosferatu, que como es natural reincide en esta concepción del vampiro como ser que busca algo más y fija su mirada en una mujer, ya sea como objeto de amor romántico, como posesión carnal y espiritual o como mera sugestión. Y es que un tema eterno del cine de terror dicta que los monstruos solitarios, de vez en cuando, necesitan a alguien con compartir su soledad. Seguir leyendo

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La insólita trilogía superheroica de Shyamalan

La trilogia superheroica de M. Night Shyamalan

Señala Mario Vargas Llosa que «todos los temas son reales si el novelista» (añado yo: el cineasta o el artista gráfico) «es capaz de dotarlos de vida, y todos irreales, aun la referencia a la más trivial de las experiencias humanas, si el escritor carece de ese poder de persuasión del que depende la verdad o la mentira de una ficción»1. Esta máxima debería aplicarla todo amante de la ficción, en cualquiera de sus modalidades, géneros y asuntos, pero lo cierto es que el fetichismo del «tema» suele ser la primera condición que nos ponemos para elegir una novela, un tebeo o una película: si decidimos que determinado tipo de género o de argumento carece a priori de valor, aun sin mayor argumento que alguna ojeada casual o el (des)prestigio de la tradición cultural, nada hay que hacer. De entre todos los géneros o temáticas, la del superhéroe parece irremediablemente confinada a las edades más tempranas de la vida (o peor, a gente «vulgar»). Por otra parte, el hecho de que este sea el género que ha dominado las taquillas del así llamado cine comercial en los tiempos recientes irrita aún más a sus detractores: alguien en principio tan cualificado como Martin Scorsese ha declarado que las películas de superhéroes no son cine de verdad. Olvidemos el género en su versión clásica, la heredada directamente de los tebeos, que tiene en las películas de Marvel a su máximo representante actual. ¿No es posible abordarlo desde una perspectiva que satisfaga las exigencias de un mínimo sentido del realismo para quienes desprecian e incluso detestan a los superhéroes? Un director que en sus inicios mereció los mayores parabienes propuso una película que se esforzaba en plantear la posibilidad de que los seres con cualidades sobrehumanas puedan existir en nuestro mundo jugando no la baza de la espectacularidad sino de la coherencia dramática. Se trata de M. Night Shyamalan y su película, El protegido (2000), un film ante el que muchos no supieron cómo reaccionar, si bien todavía se benefició del prestigio que el director tenía en ese momento. Más de quince años después, casi olvidado por los mismos críticos y cinéfilos que lo encumbraron (que lo encumbramos: me incluyo), Shyamalan realizó otro film sobre la excepcionalidad, Múltiple (2016), cerrando la propuesta con un encuentro entre los tres protagonistas de esas dos películas que tituló Glass (Cristal) (2019). Una trilogía que, con sus elementos discutibles, supone una coherente inversión (incluso subversión) del concepto propuesto por Marvel Studios que, cuando menos, deja claro que el superhéroe no es la figura unidimensional y pueril que tantos creen. Seguir leyendo

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La saga del teniente Blueberry

El personaje             Los episodios

El Far West de Blueberry

He referido en un artículo anterior de este blog las razones de la pasión que despierta en mí el inmortal personaje del teniente Mike S. Blueberry, obra magna de una irrepetible pareja artística, la que formaron el guionista Jean Michel Charlier y el dibujante Jean Giraud, este último conocido también por el seudónimo de Moebius. En este que ahora comienza voy a recorrer con más detalle la serie a través de sus diferentes ciclos y álbumes. Debe recordarse que el trabajo del tándem se extendió por espacio de 23 historias, publicadas casi todas ellas por entregas en revistas semanales como Pilote y después en álbum a cargo de la editorial Dargaud. La colaboración se cerró solo por la muerte prematura de Charlier. Giraud concluiría como autor total su última historia y luego mantendría esta plenitud de funciones por espacio de unos cuantos títulos más, hasta dejar al personaje en otras manos. El ciclo canónico —desde el Canon de Conan, o sea, los relatos de Sherlock Holmes obra exclusiva de su creador Arthur Conan Doyle, el segundo nombre de este autor escocés se utiliza para distinguir la obra original de sus apócrifos cuando ambas han dado origen a varias series— se reduce por ende a esos 23 álbumes, realizados entre 1963 y 1990, veintisiete años a lo largo de los cuales aquel pasó por todos los estadios habituales. Es decir, una primera etapa que comienza con cierto esquematismo y que va creciendo de episodio en episodio pero que todavía espera su madurez, una época de plenitud que es la que justifica el prestigio, incluso el mito, alcanzado por la serie y una parte final que comienza a dar señales de agotamiento a medida que sigue sumando títulos pero que sigue sosteniéndose por el interés de sus elementos y el cariño que uno siente hacia los personajes. Seguir leyendo

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El hombre que escribía los cuentos más tristes

Despido el año recuperando uno de los artículos de los que más contento me siento, y no por inmodestia, sino porque en él reivindico a quien para mí es uno de los escritores con mayor talento narrativo de la historia, amén de parte fundamental de mi memoria literaria. Es por ello que da título al libro que he publicado este año 2024 que nos deja, editado por Algorfa, que es una antología bien significativa de artículos estrictamente literarios que han visto la luz en este blog que cumple ya los doce años. Y si hay un cuento de él que no debería leerse en ninguna otra fecha que en estas, háganlo con El abeto: hace más de siglo y medio, este danés que no sabía que conocía tan bien el alma humana nos dio el mejor retrato de la Navidad, una época no tan maravillosa como parece obligado creer…

Retrato de Andersen de 1838 por H. A. JensenVarias ciudades del mundo (¡hasta la mía, Málaga!) comparten la presencia en sus calles de una estatua de bronce que reproduce la figura de un señor vestido con ropas antañonas, por lo común con un sombrero de copa, y que suele aparecer sentado, con un libro entre las manos y la mirada soñadora. No en vano, este caballero alimentó los sueños de muchas generaciones de niños desde que en 1835 publicara el primero de sus cuentos, poblándolos de figuras tan conocidas como el patito feo, el firme soldado de plomo, la niña cuyos zapatos rojos la obligan a bailar sin descanso contra su voluntad o la princesa capaz de no pegar ojo porque la reina que quiere probar su condición principesca depositó un guisante debajo de los veinte colchones sobre los que ha dormido. Se trata, claro, está de Hans Christian Andersen, que visitó Málaga en 1862, dedicándole palabras muy amables en su libro Viaje por España. Que el gran autor de cuentos haya acabado convirtiéndose en una figura familiar junto a la que uno pasa muchas veces en la vida, supone un símbolo que a él mismo —a quien tanto gustó la exposición pública— no le habría desagradado. Pero para desdicha suya, se ha convertido en una figura que todos creen conocer, preocupándose poco por conocerlo de verdad. Al igual que tantos escritores encasillados bajo la etiqueta de la literatura para niños, volver a sus páginas en la edad «adulta» (ay, él mismo se habría reído a carcajadas de la solemnidad con que solemos pronunciar o escribir esta palabra) supone descubrir que, también como todas las estatuas que creemos conocer demasiado, al concentrar la mirada en él, descubrimos que es sutilmente distinto. Andersen se complacía en parecer muy transparente: y desde luego, nunca fue opaco, pero es más cómodo creer antes que comprobar. Y quien lo asocia, como a todos los escritores infantiles, con la alegría y los finales felices, se llevará la sorpresa de que la característica principal de su obra es la honda melancolía que la envuelve, pues Andersen fue el escritor que escribió los cuentos más tristes del mundo. Seguir leyendo

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Blueberry siempre juega la última baza

El personaje             Los episodios

El teniente Blueberry, de Charlier y GiraudEn 1963, en las páginas de la mítica revista Pilote, veía la luz una serie ambientada en el Far West que se titulaba inicialmente Fort Navajo. No era la primera vez que la bande dessinée franco-belga transitaba por los espacios del western, pero esta serie habría de convertirse enseguida en una de las más populares de la historia del cómic entero. Inicialmente parecía proponer un protagonismo coral en torno a los habitantes del fuerte indicado por el título, con gran influencia de las fábulas sobre el séptimo de caballería inmortalizadas por John Ford. Por ejemplo, los dos personajes centrales eran dos jóvenes oficiales de muy distinta extracción y proceder: uno, aristocrático, militar por tradición familiar, recién salido de West Point y fiel creyente en eso que se llama el honor castrense; el otro, plebeyo, jugador irreductible, amante del alcohol y las mujeres, indisciplinado por naturaleza. Por supuesto, el personaje que se ganaría la atención tanto del público como, sobre todo, de sus creadores sería el segundo, que iría adquiriendo enseguida un protagonismo que trascendería al título de la serie, pues le acabaría dando nombre. Su creador era Jean Michel Charlier, a esas alturas un veterano guionista con más de un éxito en el medio, que precisamente había sido cinco años antes uno de los fundadores de Pilote. Charlier quiso contar para su nueva serie con un reputado colega, Jijé, al que le resultó imposible por el ingente trabajo que ya tenía comprometido. Ahora bien, este recomendó a un discípulo, prácticamente sin experiencia, al que Charlier aceptó, descubriendo a no tardar mucho que estaba ante un artista gráfico extraordinario, Jean Giraud, que inicialmente se acreditó como Gir y al que hoy sin embargo se le conoce más bien por el seudónimo con que se rebautizó una década después cuando su arte evolucionó en otro sentido, Moebius. ¿Y ese personaje? El extraordinario teniente Blueberry. Seguir leyendo

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Juan Benet, la literatura como misterio

Excelente fotografia del Juan Benet maduroEn alguno de los múltiples libros y artículos de los que me he nutrido estos días sobre Juan Benet he leído que fue el escritor español más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Muchos encontrarán discutible esta afirmación por cuanto si hay algo que parece bien claro es que Benet fue un autor con muy pocos lectores. ¿Se puede ser influyente sin ser leído? Desde luego, su nombre nunca ha dejado de sonar y sus obras se encuentran en cualquier librería y están traducidas a los idiomas más cultos. ¿Por qué se lo cita más que se lo lee? Él escribió que «la literatura debe arrancar al público de su costumbre» y ciertamente hizo honor a esta fama. Su literatura, bajo una primera apariencia (y muchas veces bajo una segunda y una tercera, debe reconocerse), diríase abstrusa y críptica. Sin embargo, quien persevera —y hay literaturas de todo tipo, la que fluye maravillosamente desde la primera vez, y la que premia, de modo absoluto, a quien no se rinde pese a que el escritor parezca empeñado en poner piedras en su camino— descubre un mundo absolutamente fascinante. Benet representa un tipo de literatura que bien podría llamase mistérica, en un doble sentido: por el sentimiento de lo enigmático que invade al lector que se acerca a ella, incluso cuando cree conocerla bien, y por la sensación que produce de estar efectuando algún tipo de rito iniciático. Su obra exige por tanto una fuerte implicación del lector en la entraña de lo que está leyendo, en el mismo sentido que para él lo hace ese escritor estadounidense que fue su maestro reverenciado, William Faulkner. Él en cambio no dejó discípulos1, seguramente porque escribir como él, de tan personal que es su estilo, carece de sentido salvo que se pretenda efectuar una estéril mímesis. Seguir leyendo

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Lestat, Valek y otros vampiros del cine moderno

Entrevistsa con el vampiro, de Neil JordanDurante buena parte de la historia del cine de terror, en especial gracias a los ciclos de la Universal, en Hollywood, y de la Hammer, en Inglaterra, el vampiro fue una figura propia del terror gótico. Por supuesto, este acercamiento procedía del origen literario del mito, sobre todo de la novela de Bram Stoker donde nace el Señor de la Noche pero también del fabuloso relato Carmilla, de Joseph Sheridan LeFanu. Drácula fue el personaje emblemático del subgénero vampírico, por lo común bajo ambientación de época. Con el declinar de las décadas hacia el final del siglo XX, la figura del vampiro fue recibiendo otras advocaciones, mas en general dentro de las catacumbas de la pura explotación, dentro de producciones de consumo rápido y nulas ambiciones estéticas o narrativas. Las películas más relevantes siguieron centrándose en Drácula. Irónicamente, habría de ser el enorme éxito de la por otra parte muy discutible Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola, el que renovaría no solo el interés por el mito sino que acabaría promoviendo otras variantes del mismo sin necesidad de seguir insistiendo en tan emblemático personaje. Esta renovación se produjo de la mano de una serie de películas concebidas, ahora sí, con pretensiones artísticas y que, por lo general, recibieron el presupuesto adecuado. Las convenciones heredadas de Stoker y del cine gótico comenzaron a ser a cuestionadas —tristemente, el film del propio Coppola contenía suficientes elementos renovadores, que por desgracia fueron lamentablemente desaprovechados, como explico en otro artículo—, no para prescindir totalmente de ellas sino para reformularlas bajo otra mirada. Surgieron así un buen puñado de títulos que, con mayor o menor acierto, pero siempre con indudable respeto hacia el género, demostraron la notable vitalidad del que sin duda es el más rico mito que ha dado el terror. Por algunos de ellos haré un recorrido en el siguiente artículo. Seguir leyendo

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La entrada 701: el nacimiento de un lector

Con Hector Marquez en El Tercer Piso de Proteo

Casi sin darme cuenta, con la anterior entrada sobre Tom Ripley, Patricia Highsmith y El amigo americano he alcanzado la cifra redonda de las setecientas entradas en el curso de estos doce años desde que en julio de 2012 inauguré La mano del extranjero con un recorrido por la filmografía hasta ese momento de Hayao Miyazaki. Cierto es que, en los primeros años, aprovechaba mucho material que tenía más o menos escrito desde tiempo atrás: como tantos, yo era un autor en busca de editor que acabó descubriendo en la letra impresa de Internet un marco para sus inquietudes. A día de hoy, le debo además dos libros, Edad Media soñada, un recorrido por las ficciones en cine, literatura y cómic que se sitúan en dicho periodo histórico (su punto de partida es el blog, pero también escribí muchas páginas nuevas), y El hombre que escribía los cuentos más tristes, en este caso una selección de entradas estrictamente literarias, ambos publicados por Algorfa. Y también le debo una buena cantidad de lectores, a muchos de los cuales llamo amigos, que lo han leído con generosidad estos años y que me han provocado el estímulo suficiente como para perseverar en una labor que no tiene otra recompensa —al contrario, se lleva un tiempo que debo compartir con mis deberes profesionales y mis necesidades familiares y sociales— que el pensar, y en unos cuantos casos saber, que lo que quiero compartir encuentra el debido eco al otro lado de la pantalla. ¿Cómo «celebrar» esta efeméride? Me he animado a poner por escrito un conjunto de ideas que hace pocas semanas tuve ocasión de expresar en voz alta, en amena conversación con el periodista Héctor Márquez, en la charla-presentación de mi segundo libro en El Tercer Piso de la estupenda librería malagueña Proteo. Héctor tuvo la habilidad de conducir la charla en torno a mis preferencias literarias y cómo habían ido surgiendo o cimentándose, así como sobre las diferentes referencias lectoras entre unas generaciones y otras. Es así como se me ha ocurrido, no sin presunción, realizar una pequeña reflexión sobre el recorrido que acabaría haciendo de la lectura una de las mayores satisfacciones de mi vida: recurriendo a una expresión rimbombante, la forja de un lector. Seguir leyendo

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¿Quién era el amigo americano?

El inquietante talento de Mr. Ripley

Cartel aleman de El amigo americanoNunca me canso de contar el tremendo impacto que me produjo la primera vez que me solidaricé con un asesino. Por supuesto, se trataba de Tom Ripley, el personaje creado por Patricia Highsmith, si bien ese Ripley del que me descubrí deseando que no lo atraparan no era exactamente el suyo sino el encarnado por Alain Delon en esa maravillosa adaptación que es A pleno sol (1960). Los rasgos aniñados de Delon, suavemente expresivos —todavía tardaría en descubrir el hieratismo en sus polars para Jean-Pierre Melville—, denotando cierta indefensión (incrementada por su condición de mero bufón objeto de continuas humillaciones por parte ese egocéntrico americano al que acabará matando), entraban de pronto en flagrante contradicción con sus actos criminales, con el descubrimiento de la mente profundamente calculadora que encubría esa dulce apostura (y que remarcaba aún más su voz española, Manuel Cano, apodado la «voz de seda», cuya serena belleza también parecía desmentir cualquier maldad bajo la piel). Daba igual: a partir del momento en que el cerco parece estrecharse sobre Ripley, el niño que era yo deseó con todas sus fuerzas que su héroe consiguiera escapar del cerco de sospechas y ganar para siempre lo que tanto ha deseado, y justificado, sus tropelías previas: «lo mejor». Más adelante descubrí que no había un solo Tom Ripley. En primer lugar, el Ripley de la novelista (o sea, de su creadora) poco tenía que ver con el encarnado por Delon, aunque hicieran las mismas cosas. Bien al contrario, en el libro es un ególatra completamente amoral por el que es imposible sentir la menor simpatía (que es justo lo que pretendía la autora, desde luego). Desde entonces, Ripley ha demostrado ser un personaje capaz de muchas dimensiones, en función de la perspectiva con que lo han querido abordar cuantos han centrado su atención sobre él, que han sido muchos cineastas y bien relevantes. Algunas de ellas las voy a abordar en el siguiente artículo, motivado por mi revisión de otra de las mejores adaptaciones de sus andanzas, El amigo americano (1977), del alemán Wim Wenders. Seguir leyendo

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