Alicia en el cine Alicia de Tim Burton
Siempre me ha parecido muy significativo que las dos ficciones más importantes que ha dado la literatura «para niños» tuvieran como origen la misma y sencilla razón: entretener a unos críos. Sucedió primero con Lewis Carroll la famosa tarde del 4 de julio de 1862 cuando inventó las aventuras de Alicia para tres hermanas a las que quería distraer durante un paseo por el Támesis, y pasó después con James Matthew Barrie, de modo más extendido en el tiempo, para hacer lo propio con otro grupo de hermanos, los Llewelyn Davies, a quienes había conocido durante sus paseos por los Jardines de Kensington, en Londres. Las dos ficciones subsiguientes, Alicia en el País de las Maravillas y Peter Pan han trascendido el mero ámbito de esa ficción para niños y han sido escrutadas, analizadas y rastreadas casi renglón a renglón en busca de unas claves literarias, estéticas, psicológicas, psicoanalíticas y cuanto uno pretenda encontrar para acabar llegando a la misma conclusión: se trata de dos fábulas que dicen más, como siempre, de los adultos que de los pequeños. Desde que las descubrí en su puesta en imágenes por Walt Disney (las dos adaptaciones son correlativas: de 1951 y 1953 respectivamente) hasta mis repetidas lecturas de ambas obras, no he dejado de sentirme fascinado por ellas. Debería decir inquietantemente fascinado, pues entiendo que la lectura reiterada de las dos desnuda también al propio receptor, inoculándonos un misterioso virus cuyo principal efecto es advertir que bajo la aparente inocencia de los niños (o de los adultos que reflexionan sobre los niños) se abre un agujero de impenetrable oscuridad. Por uno de ellos se colaría Alicia.