James Bond, el caballero oscuro: Skyfall

Skyfall

Quienes no frecuenten con persistencia la saga (ahora llamada «franquicia») de James Bond, sin duda se sorprenderán con Skyfall. Pues quien tenga presente, sobre todo, los films interpretados por Sean Connery, no digamos Roger Moore e incluso Pierce Brosnan, ¿qué pensará ante este 007? Sin duda, que se lo han cambiado, lo cual es cierto. Al contrario que en otros cambios del actor protagonista, la llegada del excelente Daniel Craig ha significado un giro completo en el ciclo del personaje. Un giro, además, necesario para evitar la ya completa despersonalización en que estaba incurriendo. La serie que inspiró el film de acción tecnológica moderna, con esos héroes que salvan al mundo una y otra vez, interpretados por los Stallone, Willis, Schwarzenegger o Tom Cruise, ya nada tenía que la distinguiera, salvo el nombre de su personaje.

Es indudable que Skyfall, tercer film de la etapa Bond-Daniel Craig, sigue pisando con coherencia la misma senda abierta por la estimable 007: Casino Royale (2006, Martin Campbell) y continuada con la ya más decepcionante 007: Quantum of Solace (2008, Marc Forster). Es decir, la propuesta de un Bond alejado del tono festivo y pirotécnico, de la acumulación de anodinas escenas de acción, de personajes sin gracia con los que se intentaba repetir hasta la extenuación la galería habitual de la serie en sus mejores días: el villano megalómano, la chica Bond «buena», la chica Bond «mala», el sicario pintoresco, etcétera.

Daniel Craig, rudeza y vulnerabilidadEl punto de partida, claro, es un actor con un físico diferente. De la mano de unas facciones un tanto toscas, en las que resalta el contraste entre la fiereza de su rictus y sus cabellos rubios y ojos muy azules, Craig ofrece la apariencia de un Bond mucho más animal. Hay que recordar que sus papeles previos a Bond, ahora quizá un tanto desdibujados, incluían tipos de lo más negativo, desde el patético hijo de Paul Newman en Camino a la perdición (2002, del mismo Sam Mendes al que ahora ha reencontrado) al terrorista sin escrúpulos de Munich (2005, Steven Spielberg). Craig recuerda más a Connery que a los blandos de Moore o Brosnan, pero de un modo todavía más tosco, más instintivo y menos sofisticado: Connery sonreía con aplomo, Craig sólo de vez en cuando relaja los labios. Y es lógico porque estamos ante un Bond que, en los tres títulos hasta ahora filmados, hace algo que 007 —salvo en el final del por otro lado abortado camino que pudo abrir 007 al servicio secreto de Su Majestad (1969)— nunca había hecho: sufrir, en sentido físico y emocional, y mucho. El Bond más duro es también el más vulnerable.

En Daniel Craig, por tanto, se ha encarnado un Bond oscuro, ofreciéndose además, de película en película, un sentido de la continuidad inédito en la serie. Continuidad en la que ha sido fundamental el mantenimiento del mismo equipo de guionistas, aunque en Skyfall uno de los que firmaron las dos primeras películas, el también director Paul Haggis, ha sido sustituido por otro, John Logan. Pues bien, no sé si, precisamente por hallarnos en el tercero de los films de la nueva etapa, la película no sólo remarca el giro tonal del ciclo, sino que incluso acaba manifestando en grado sumo la influencia de una fundamental trilogía del cine de acción de nuestros días, nada menos que la que Christopher Nolan ha dirigido sobre Batman.

Sobre las imágenes y la historia de Skyfall flota continuamente su aroma, en especial de los dos últimos títulos de esta saga, El caballero oscuro (2008) y El caballero oscuro: la leyenda renace (2012). Como en estos, el protagonista de nuestra película es un héroe caído al estadio de antihéroe, cuestionado y a la vez necesitado por todos, que asiste con disgusto al definitivo proceso de degradación del universo clásico en el cual bregaba contra el mal. Un mal cada vez más imposible de definir. Un mal que se esconde entre «sombras» (esto lo remarcan continuamente los diálogos), de tal modo que acabará entendiendo que para derrotarlas él mismo deberá convertirse en una de ellas o al menos saber moverse entre ellas. Como Batman, James Bond vivirá un proceso de caída y resurrección, enfrentado a un villano, Silva (Javier Bardem), que deja de ser el clásico villano de un mal tebeo para asumir rasgos de terror metafísico en la estela de los Joker y Bane de Nolan. Un ser que acaba pareciendo omnipotente por su capacidad para anticiparse a cualquier movimiento de sus antagonistas y que aterra por su condición de abstracto icono del mal. El enfrentamiento entre ambos, finalmente, adquiere la condición de combate sagrado en el que no puede bastar con la victoria,  [atención: spoiler]  sino que además exige el sacrificio, sólo que no será el de Bond sino el de M, la directora del MI6, que en este film carga sobre sus espaldas con la condición de figura crepuscular cuya desaparición es el inevitable precio que la Luz debe pagar para no verse arrastrada definitivamente por la Oscuridad.

Hay que decirlo ya: Skyfall es una excelente película, y probablemente (aunque estas cosas no debieran decirse en caliente…) el mejor título de la serie Bond en sus justo ahora cincuenta años de historia. Eso sí, lo es quizá porque es el que menos se parece a la serie Bond, lo cual, desde luego, no deja a ésta en muy buen lugar.

En primer lugar, y por primera vez, un film Bond se toma la molestia de profundizar en las características, condiciones y ambientes del MI6, el servicio secreto británico, al que Bond lleva consagrado en este medio siglo. Y lo hace de tal modo que entronca con el admirable cine de espionaje (británico primero, después mundial), que surgió en los años sesenta al amparo del estancamiento burocrático de la guerra fría, y de la mano del éxito, en literatura y en cine, de John le Carré y otros cultivadores. Eso sí, y como señalaba líneas arriba, ese retrato hace hincapié en el cambiInolvidable Judi Dencho fundamental que ha habido en las relaciones internacionales con la caída del Telón de Acero: el fin de la confortable división del mundo en dos bandos. Como indica M —personaje que recibe un tratamiento admirable en la película, como ya iba apuntando en las dos anteriores, y que una vez más Judi Dench borda de modo estupendo—, ya no está claro quiénes son los enemigos: en el mundo globalizado, el borroso mal (ella es quien ahora lo define como las sombras) se ha individualizado, y un individuo, al fin y al cabo, es mucho más impredecible y resbaladizo. De hecho, y es otro de los méritos de Skyfall, aquí el MI6 (ya no sólo Bond) se enfrenta no a un villano con el clásico propósito de «dominar el mundo», sino a un especialista con profundos conocimientos de ese mundo global (un ex espía, claro), que comercia con información en esta lábil era digital, y que está animado por un propósito de venganza contra M, a quien acusa de haberlo abandonado en manos de sus enemigos. Lo cual, por otro lado, es cierto, y sólo tenemos la palabra de M (y la simpatía que nos pueda merecer), para creer que hubo algo medianamente honorable en esa entrega de Silva a los chinos.

A priori, parecía temible que nuestro prestigioso Javier Bardem se encargara del villano, un Bardem, encima, del que la publicidad del film indicaba que le habían cargado con uno de esos procesos de caracterización física que tanto le gustan, del cual lo más notorio era un imposible teñido rubio. Pues bien, en primer lugar, Tiago Rodrigues, alias Silva, resulta un villano bien definido, de propósitos comprensibles y no un mero monigote pintoresco. Y en segundo lugar, Bardem lo dota de un aura realmente escalofriante, de un modo muy similar a como hizo Heath Ledger con su papel del Joker en el segundo film del ciclo Batman-Nolan. Apoyado inicialmente en esa aparatosa caracterización externa —remarcada por una primera presentación donde subraya un delirante amaneramiento—, Bardem consigue crear un personaje de extrema maldad abstracta, imposible de comprender o mejor dicho de abarcar empáticamente. Un demonio, cuya apariencia, al principio blanda, es una pura máscara, primero porque la expresividad del individuo no puede resultar más maligna, sino porque, además, ese rostro es falso: una prótesis dental esconde su auténtica faz, tan deforme como su propia alma.

Ya es espléndida su presentación, mediante un recurso divertidamente tomado de la más famosa escena del Lawrence de Arabia (1962) de David Lean. Con Bond atado a una silla, en el arranque de una enorme sala en la isla abandonada en las cercanías de Macao donde Silva tiene su cuartel general, la cámara, situada sobre 007, mantiene un plano fijo en la figura que, en el lejano fondo de la estancia, sale de un ascensor mientras habla sin parar, relatando un cuento sobre ratas que pretende convertirse en analogía de los dos hombres que van a conocerse, y mientras avanza hasta la cámara/Bond/el espectador, va revelando poco a poco los rasgos de Bardem. Si Daniel Craig, una vez más, está espléndido como 007, Bardem le presta una excelente réplica, hasta tal punto de que esa larga secuencia en que uno parece tener en sus manos al otro resulta, sin duda, el núcleo dramático del film y uno de sus mejores momentos.

James Bond en EstambulHablaba de caída y resurrección de Bond. La clásica escena pre-créditos (que resulta lo más convencional de la película, con su inacabable persecución) concluye del modo más inesperado: Bond es abatido de un tiro, cuando combatía sobre el techo del tren, por una de sus propias compañeras, siguiendo órdenes tajantes de M, dispuesta a correr el riesgo con tal de detener al oponente de 007. Bond se precipita al río sobre el que pasa el tren y ello da pie a unos créditos fabulosos, que recogen la clásica tradición de la serie pero al mismo tiempo resulta intensamente personal, subrayando la desorientación con que el agente recorrerá la historia que está a punto de empezar (y la canción de Adele también es espléndida). Reanudada la historia, Bond tardará en aparecer, pues han pasado los meses y se lo ha dado por muerto (el MI6, siguiendo la ley británica sobre agentes especiales caídos, incluso ha vendido su casa y sus bienes). El propio servicio se ve cuestionado por las autoridades políticas, en especial porque el abatimiento de Bond hizo fracasar su misión (recuperar un disco duro que revelaba las identidades de todos los agentes de la OTAN infiltrados en todo el mundo). M ve cuestionada su competencia: el matiz crepuscular que acompaña la veteranía del personaje y de la actriz que lo encarna es uno de los elementos dramáticos sobre los que se construye la historia. ¿Está obsoleto el MI6, su jefa y su concepto del mundo? En realidad, M parece ser la única con la lucidez suficiente para reinterpretar el cambio de ciclo, pero se ve presionada por su nuevo superior, Mallory (Ralph Fiennes, también formidable), y éste por los políticos que se hallan sobre él. La dura decisión de M, además, prepara al espectador para comprender la venganza que está a punto de caer sobre ella y sobre el servicio secreto en general.

En estas condiciones, Bond reaparece. Las primeras imágenes lo muestran como un nómada que vive una vida sin identidad, casi marginal, en algún lugar costero de Europa, hasta que al fin decide regresar para reemprender su vida. No será fácil, pues el rasgo crepuscular también lo engloba a él. Bond tendrá que superar unas duras pruebas para la readmisión: si ya el espectador puede comprobar lo duro que le resulta, después sabremos que en realidad no consiguió pasarlas, pero M falseó las conclusiones del informe ante el reticente Mallory. Bond y M, por lo tanto, y pese a la diferencia de edad, están considerados ya figuras de otro mundo, y aunque 007 tiene motivos para estar resentido con su jefa (motivos que Silva intentará utilizar para hacer que se una a él en su cruzada), en el fondo y más que nunca, siente que sus destinos están ligados inexorablemente. La relación entre Bond y M (entre Craig y Dench) está trazada con notable densidad, por supuesto bien apoyada en el trabajo de los dos actores, de un modo que era difícil prever en el ciclo del agente con licencia para matar.

Es mérito de Skyfall que sepa compaginar a la perfección las secuencias de acción (por supuesto, imprescindibles: pese a todo, estamos en un film de 007) con los momentos más intimistas, mediante un equilibrio muy bien guardado. Hora es de señalar que Sam Mendes ofrece el trabajo de realización más cuidado de toda la saga, con una solidez narrativa que prescinde de modas (todo lo contrario que hizo Marc Forster, otro nombre de aparente prestigio, en el anterior Quantum of Solace) y que sabe qué tratamiento dar tanto a las escenas de acción para hacerlas «visibles» y a las intimistas para dotarlas de humanidad. Hay tiempo, incluso, para ofrecer guiños al pasado: algún diálogo que se refiere a un título previo (el olvidable Sólo para sus ojos, de 1981) o un instante estelar en el que reaparece el viejo Aston Martin presentado en la entrañable James Bond contra Goldfinger (1964). No por nada, en ese instante es cuando en la banda sonora suena, por primera vez, el mítico tema de Monty Norman con sus clásicos sones de guitarra.

Principio o final

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Skyfall / Skyfall. Año: 2012.

Director: Sam Mendes. Guión: Neal Purvis, Robert Wade y John Logan. Fotografía: Roger Deakins. Música: Thomas Newman. Reparto: Daniel Craig (James Bond), Javier Bardem (Silva), Judi Dench (M), Ralph Fiennes (Mallory), Albert Finney (Kincade). Dur.: 135 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a James Bond, el caballero oscuro: Skyfall

  1. benariasg dijo:

    Me dejas con unas ganas tremendas de verla en cuanto pueda. Cada vez es más sólido y estimulante tu blog, lleno de sorpresas.

  2. johncobble dijo:

    Pues te animo a que lo hagas cuanto antes. Yo fui a verla sin especiales expectativas, porque “Quantum of Solace” me rebajó mucho el interés con que arrancó la etapa Craig, pero enseguida me enganchó. Tanto que empecé a temer que cuando apareciera Javier Bardem (que tarda…) se la cargara con su numerito de “gran actor”. Pues ni siquiera: incluso mejora. Por eso, aunque la euforia del momento siempre es mala consejera, ahora mismo creo que no hay otro Bond mejor. Tendría que repasar alguno de los de Connery (sobre todo “Goldfinger”) para cuestionar esta calificación. ¡Y gracias por ser siempre tan generoso en tus comentarios!

  3. benariasg dijo:

    Ya la vi. Me ha gustado mucho. Especialmente la relación Bond-M, los sobreentendidos, el humor británico, decir lo contrario de lo que se dice… Bardem creo que se pasa de histrionismo, o el director le ha permitido demasiado, me parece demasiado teatral. Es muy entretenida, y los puntos fuertes los señalas tú perfectamente. La ambientación en la mansión Skyfall es extraordinaria y en general los exteriores, Shangai, Macao y, especialmente. Estambul. Los títulos de créditos, soberbios. Un gran entretenimiento.

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