El castillo de Cagliostro: la princesa y el ladrón de guante blanco

El castillo de CagliostroEl debut en la gran pantalla de Hayao Miyazaki, después de su muy nutrida etapa televisiva, se produjo precisamente con la adaptación al cine del personaje titular de una de las series más populares de los años 70, si bien en Europa no sería descubierta hasta muchos años después, y para la cual el propio cineasta había trabajado. Se trata de Lupin III, personaje creado inicialmente para el manga por Monkey Punch (seudónimo de Kazuhiko Kato) en 1967, ladrón de guante blanco inspirado en el famoso Arsenio Lupin de Maurice Leblanc, del que vendría a ser su nieto, de ahí lo del ordinal. En la carrera de Miyazaki, por lo tanto, El castillo de Cagliostro (1979) tiene la particularidad de ser su único encargo: de ser, por ello, al menos en teoría, su película menos «personal», al ser un trabajo de presentación en el nuevo formato, una carta credencial para introducir y asentar su nombre en el medio del que ya apenas se separará en el futuro.

Eso sí, Miyazaki firma el guión, en colaboración. La aventura ideada sitúa a Lupin III en el escenario de un pequeño e indeterminado país llamado Cagliostro —el nombre y el subsiguiente título de su gobernante son un guiño a una de las novelas más populares del ciclo de Leblanc, La condesa de Cagliostro, que a su vez inspiraría muchos años después, en 2004, una desafortunada resurrección del personaje en la propia cinematografía gala, a cargo de Jean-Paul Salomé. Lo que lleva al ladrón a ese país es la búsqueda de una banda de falsificadores de dinero que ha osado burlarle incluso a él, pero una vez allí su destino se tropieza con el de su joven princesa, última representante de la casa real, a quien el conde desea desposar tanto para legitimar su gobierno sobre el país (él mismo es el descendiente de una rama colateral de la familia real) como para conseguir el ancestral anillo que ésta ha heredado, y que añadido al suyo propio parece encerrar la clave para encontrar un enorme tesoro que se sabe escondido en el país. Los secundarios habituales de la serie acompañan a Lupin en la aventura: a su lado, sus amigos y socios Jigen (experto en todo tipo de armas) y Goemon (descendiente de un mítico guerrero samurái, que supone la quintaesencia de dicha casta), y también, a su manera, Jigoku, ladrona internacional como él y antigua amante, si bien en el film este detalle apenas tiene importancia); persiguiéndole como su eterna sombra, pero también ocasional aliado, el inspector Zenigata, miembro de la Interpol. Hay que indicar, además, que Miyazaki rediseñó los personajes, quitándoles el trazo anguloso de su dibujo televisivo para darles un aspecto más redondeado, menos caricaturesco.

La serie televisiva

Pues bien, y aunque es verdad que hay un inevitable elemento ajeno en el film —que a quienes no conocen su referente original, como siempre ha sido mi caso, nos trae sin cuidado—, nos hallamos ya ante una película magnífica, que es indisimulablemente «de» Miyazaki en múltiples aspectos, empezando, claro, por el estético, pero prosiguiendo por muchos otros. En primer lugar, y desde su primera y divertidísima escena, Miyazaki ofrece un ejercicio de sobrenatural fluidez narrativa, que no permite el menor momento de respiro pero que, al mismo tiempo, parece sostenido en una perpetua calma, como si, en el mismo fragor de la peripecia, sus protagonistas tuvieran tiempo para reflexionar, incluso saborear, lo que están haciendo.

Por supuesto, la clave de ello se encuentra en el encanto que emana de personajes, de escenarios y de la misma acción. Sin haber visto un solo capítulo entero del serial televisivo, el irresistible ladrón internacional que protagoniza la historia obliga a situarnos incondicionalmente a su lado: su arrogancia acaba convirtiéndose en nuestra arrogancia, como su sentido del humor gamberro o ese romanticismo que disfraza de cínica inconsciencia. Es cuestión de comprender que, en este tipo de peripecias, siempre hay que saber situarse en la misma perspectiva de quien protagoniza la historia, haciendo que el espectador descubra lo que está pasando justo al mismo tiempo que aquél, sin tratar nunca de ejercer ninguna vana condescendencia, no digamos ya necia mitomanía. Spielberg y Lucas no supieron comprenderlo en sus intentos coetáneos de resucitar un cine de aventuras al tiempo clásico y moderno, ingenuo y cinéfilo, con el mecánico resultado que todos conocemos de los Indiana Jones.

Bajo la mirada de Miyazaki, Lupin se convierte en el digno heredero de Scaramouche, de D’Artagnan, de Robin de los Bosques, del hombre que salvó al prisionero de Zenda y tantos aventureros de irresistible carisma que han poblado el cine de aventuras y nuestros sueños en general. Es cuestión de un tono, de una mirada, que aquí se ejecuta desde su misma escena de apertura, en la que Lupin y Jigen escapan a todo correr del recién desvalijado casino de Montecarlo, llevándose tal cantidad de dinero que van dejando una estela de billetes a su paso y, al entrar en el coche, ¡quedan completamente sumergidos en un mar de papel del que sólo asoman sus sonrientes cabezas! Tan arrasadora presentación deja bien a las claras, primero, que los personajes, si cometen delitos es sencillamente por la embriaguez del peligro y, segundo, que saben perder con la misma sonrisa pícara con que se lanzan a la investigación de quién les ha engañado, no por revancha sino porque supone la promesa de una aventura aún más emocionante.

Lupin y JigenAsí, tan pronto llegan al reino de Cagliostro se ven implicados en una vertiginosa persecución que no puede ser más surrealista: viendo a un grupo de tipos siniestros a la caza de un descapotable en el que viaja una muchacha vestida de novia, ¿necesita Lupin algo más para lanzarse en su auxilio? La secuencia puede figurar perfectamente en una antología de grandes momentos no sólo de Miyazaki sino de la persecución cinematográfica, y uno no puede sino pensar que Steven Spielberg tuvo que contemplar esta película a la hora de montar sus famosas, y similares, set pieces de todos los Indiana Jones. En su curso, queda claro que cualquier cosa puede suceder: que el auto de Lupin ruede por una pared vertical para sacar ventaja a los sicarios o que Jigen, al comprobar que los neumáticos de estos están blindados, extraiga, con total naturalidad, unas «balas de alta penetración» de su arsenal, consiguiendo, ahora sí, frenarles al destrozar su rueda. Esta escena, como todas las espléndidas secuencias de acción del film, consigue cruzar la tensión con la distensión sin que ninguna de estas dos dimensiones prime sobre la otra, e instaura un principio básico: convertir lo inverosímil en el indisociable principio de verosimilitud de la aventura.

Sentada la fórmula desde ese arranque, todas las arduas peripecias de su protagonista que vendrán a continuación, y por mucho que sepamos que el héroe no puede no triunfar en ellas, por increíbles que resulten, no se rebajan nunca a ser meros alardes sin verdadero drama. El ejemplo óptimo, y casi el momento cumbre de la historia, tendrá lugar cuando Lupin intenta alcanzar la inaccesible torre donde está prisionera la princesa. Para ello, sube a lo más alto del vertiginoso tejado que hay frente a la torre, armado con un cohete que, se supone, lo propulsará hasta ella. Sin embargo, el cohete se le resbala de las manos y al intentar recuperarlo… ¡Lupin acaba resbalando por la pendiente, pero sin perder jamás la verticalidad, pareciendo que está corriendo para tomar impulso y saltar hasta la torre, lo que logrará! La genialidad estriba en que este momento resulta al tiempo angustioso y divertidísimo. Incluso cuando fracasa en sus increíbles alardes gimnásticos, el momento posee una carga onírica mayúscula, y convoca una tensión formidable: por ejemplo, ese irrepetible instante en que se ve arrastrado por una cascada submarina… contra la cual se debate durante unos segundos larguísimos, pareciendo que está a punto de conseguirlo, hasta que la lógica se impone (por una vez) y cae arrastrado por el agua.

El castillo de Cagliostro, por lo tanto, supone un canto a la aventura en su estado puro, bien consciente de que, para conseguir esto, siempre han de unirse, y equilibrarse, tres elementos: el sentido de la narración, el humor y el romanticismo. Añádanse la exaltación de la amistad sin condiciones, un enemigo a la altura de sus antagonistas (por supuesto, carismático y de negrísimo corazón) y un acertadísimo diseño del espacio donde transcurren las peripecias, y se tiene una película espléndida, que se sigue entre el asombro y el cómplice placer, y que deja con ganas de que su autor hubiera retomado a estos personajes para contarnos otra cualquiera de sus peripecias.

El lago de CagliostroEs por ello que importa poco que, de cara a una estéril lectura «autoral», nos encontremos ante una película todavía no plenamente miyazakiana. Lo cual, por otra parte, es bastante discutible. Es cierto que faltan casi todos los elementos dramáticos y argumentales que, desde la inmediata Nausicaa del Valle del Viento (1984), harán tan reconocible su cine (empezando por la música del imprescindible Joe Hisaishi), pero aun así muchos de ellos se encuentran esbozados. Así, si bien no hay una protagonista niña o adolescente, sí es muy importante el personaje de la princesa a quien Lupin se propone rescatar de su malvado captor, y que no se limita a ser un mero accesorio en peligro: no en vano, su sentido de la independencia recuerda notablemente a todas las siguientes heroínas del autor, aunque a mí, ante todo, me evoca a la inolvidable Fio de Porco Rosso (1992), también secundaria con respecto al héroe, incluso puesta en peligro más de una vez, pero digna de estar siempre a su altura (no es casual que, en la versión española, la misma actriz, Nuria Trifol, doble ambos personajes).

También se encuentra alguna escena aérea, si bien mínima, cuando los protagonistas huyen de la torre del castillo de Cagliostro en un helicóptero (deliciosamente anticuado) que está a punto de costarles la vida. Y si tampoco hay un claro mensaje ecologista que defienda la necesidad de un equilibrio entre la humanidad y la naturaleza, en el fondo el bonito final de la película [spoiler] —el tesoro tras el cual iban tanto Lupin como su antagonista no era sino una antiquísima ciudad romana encerrada bajo las aguas del inmaculado lago del país— supone un esbozo del mismo en el sentido de que reclama la adecuada fusión entre esos dos elementos que deben convivir. La esencia de Miyazaki sí se encuentra en el tono, en la atmósfera, en esa capacidad para hacer que la acción parezca suspendida en una eterna calma, incluso en sus momentos más dramáticos, en la facilidad para el dibujo de personajes, en su sentido ético, aquí encarnado no en sus habituales personajes adolescentes sino en ese entrañable equipo de buscavidas a los que, en teoría, mueve tan sólo el material dinero pero que, en cada una de sus acciones, desbordan lealtad, nobleza, humanidad.

El conde de CagliostroSí es verdad que, por única vez en la carrera del autor, existe un villano total, irredimible, y que por ello deberá pagar sus maldades sin cuento con su muerte. Ahora bien, que sea un villano unívoco no lo convierte en unidimensional. Si hubiera sido un personaje de carne y hueso, diríamos que la interpretación del actor lo hubiera rescatado de ese esquematismo (uno piensa en que James Mason lo hubiera bordado). Pero puesto que es de dibujos animados, es evidente que su atractivo se debe al trabajo de Miyazaki y sus colaboradores. El conde de Cagliostro es un villano elegante, que rara vez se rebaja a la ira descontrolada o la prisa antes de pensar, cuyo castillo está repleto de obras de arte (en las paredes se descubre nada menos que el retrato de Bellini de El dux Loredan —¡cuyos ojos esconden dos agujeros para poder espiar el interior de la sala donde está colgado!— o El juramento de los Horacios, de David). Miyazaki lo rodea de una muy acertada aureola gótica: cuando parece que ha acabado para siempre con Lupin, remarca su triunfo ante la princesa Clarisse abriendo su capa como si fuera un vampiro (el forro, por supuesto, es escarlata) y el cortejo nupcial no puede ser más siniestro, con esa guardia de honor de encapuchados con cucurucho (como el Ku-Klux-Klan, pero en negro, o nuestros nazarenos). Incluso, y en un muy americano detalle digno de la entrañable «teoría de la conspiración», Lupin descubrirá que la familia Cagliostro, de la que en el fondo el conde sólo es un dignísimo representante, con sus activividades falsificadoras, ha sido responsable oculta de numerosos cataclismos de la historia, de la caída de los Borbones y el estallido de la Revolución Francesa al crack de 1929.

El castillo del conde, donde transcurre buena parte de la acción —sobre todo su maravilloso tercio central, que muestra las andanzas de Lupin por su interior—, no es sino la proyección de su tenebroso ser: un lugar enorme, casi inexpugnable, cuyos muros ciclópeos, sin embargo, no revelan nada de su interior puesto que éste se halla atravesado por un dédalo de pasadizos y galerías, en gran parte sumergido bajo el agua, de enormes pozos y subterráneos de pesadillo donde el ladrón se tropieza con una dantesca panoplia de esqueletos y cadáveres acumulados a lo largo de los siglos, muertos y olvidados bajo toneladas de piedra. Un grupo, en apariencia innúmero, de sicarios tenebrosos puede deslizarse por cualquier rincón de esos subterráneos en busca de intrusos indeseados. Es memorable su diseño, como si fueran ninjas enfundados con letales extremidades metálicas, que se deslizan en el más completo silencio. Frente a ese fascinante escenario, Miyazaki no olvida representar su doble especular exacto: el antiguo castillo real, en ruinas y abandonado desde un incendio anterior, pero que ha acabado convirtiéndose en un apacible escenario donde la piedra se ve invadida por la vegetación, entablando una simbiosis con la naturaleza que anticipa, claro, la aparición final de la ciudad romana bajo las aguas, y que al mismo tiempo evoca otro espacio maravilloso del inminente universo miyazakiano: la ciudad de las nubes de Laputa, que cobrará vida en El castillo en el cielo (1986).

El castillo de Cagliostro, por tanto, es algo más que el mero arranque de la carrera del mejor creador de fábulas del cine contemporáneo. Es un film emocionante y divertido, bello y sereno, en el que ya brilla con luz propia esa virtud que verdaderamente hace perdurable el cine de Miyazaki: sus historias y personajes nos hacen sentirnos, al menos por un rato, mejores de lo que somos. Concluida la aventura, rescatada la princesa y ajusticiado el villano, Lupin sabrá renunciar a los dos tesoros —el milenario que se escondía bajo las aguas, «porque es tan grande que no sabría dónde ponerlo», y el del amor puro que le brinda la muchacha— y acto seguido emprende la huida, con Zenigata a sus talones, y amparado en la lealtad de sus amigos, en busca de una próxima estación donde poner a prueba su intrepidez.

El verdadero tesoro de Cagliostro

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: El castillo de Cagliostro / Rupan sansei: Kariosutoro no shiro. Año: 1979.

Director: Hayao Miyazaki. Guión: Hayao Miyazaki y Haruya Yamazaki; personajes de Monkey Punch. Fotografía: Hirokata Takahashi. Música: Yuji Ono. Reparto (ficha de doblaje): Ricky Coello (Lupin), Nuria Trifol (Princesa), Jordi Ribes (Jigen), José Posada (Goemon), Rafael Calvo (Inspector Zenigata), Paco Gázquez (Conde de Cagliostro). Dur.: 110 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a El castillo de Cagliostro: la princesa y el ladrón de guante blanco

  1. Luz dijo:

    Esta es de mis películas favoritas, sin duda de las menos conocidas porque en su tiempo no fue muy comercial pero es buenísima, si les gusta películas de Miyazaki sin duda esta vale mucho la pena.

  2. johncobble dijo:

    Totalmente de acuerdo. En este caso, aunque no fuera muy comercial y no parezca de las más personales, el genio narrativo de Miyazaki se impone de modo rotundo. El resultado es divertido, emocionante, entretenido, admirable.

  3. Pedro dijo:

    Simplemente una pelicula maravillosa, aun recuerdo cuando supe de ella por primera vez , me quede decepcionado por saber que Lupin no iba a ser el ladron burlon y mujeriego de siempre y mas cuando mas parecia romantico algo que no esperaria de una pelicula de Lupin III, si no de pura accion y mucha comedia que normalmente es la serie , pero para mi total sorpresa al ver la pelicula sin mucha esperanza de gustarme me enganche rapido con la primera escena de accion de la persecucion de los coches y de alli todo fue magico para mi , una obra de arte, tan buena es que a mi que por lo general me gustaba siempre las escenas de accion, pero lo mas memorable de esta pelicula fue cuando Lupin sube a la torre y encuentra a Clarisse, esa escena romantica es mi favorita de la pelicula , tan grande el milagro que me gustara una escena romantica mas que la accion que de por si es excelente, no hay mas palabras para decir sobre este peliculon que simplemente es mi pelicula favorita de anime.

    • johncobble dijo:

      Como yo no seguía la serie de TV, vi la película sin ninguna idea preconcebida. Al buscar información sobre la peli fue cuando descubrí las diferencias con la serie, incluso en el dibujo de los personajes. En cualquier caso, una maravilla en la que hay romanticismo, diversión, aventura, cinismo guasón, noble idealismo: de todo, vaya. Y la parte en que Lupin llega a la habitación en la torre de Clarisse, en efecto, es inolvidable.

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