Surgido en plena Edad Media en baladas y leyendas que contaron ya la historia del ladrón de ricos en beneficio de pobres, seguramente ha habido pocos personajes más amados por la imaginación popular que el de Robin Hood. Importan poco las bases más o menos reales (difusas, en cualquier caso) de donde surgió. Importa mucho la tenacidad con que su imaginería —ética, mítica, visual— ha arraigado en los hombres desde hace muchos siglos. Recuérdese que el venerable Walter Scott, inventor él casi solo de la novela histórica, ya lo convirtió en uno de los personajes centrales de su inolvidable Ivanhoe. Pero, sin duda, es el cine y no la literatura el medio en el que el personaje reina desde hace ya más de un siglo. Cada generación ha tenido su propio Robin Hood. Los espectadores del cine mudo lo tuvieron en el acrobático actor Douglas Fairbanks. Los del Hollywood clásico —que muchos compartimos, gracias a las innumerables sesiones televisivas de nuestra niñez— en el sonriente Errol Flynn. Los más jóvenes, en Kevin Costner o Russell Crowe.
Y este registro supone sólo la punta del iceberg. Ha habido Robin Hoods épicos, realistas, fantásticos, «históricos», románticos, guasones: normalmente, uno mismo encarnaba varios de estos matices a la vez. Pero sólo uno crepuscular: es decir, un Robin Hood maduro, rodeado de camaradas y enemigos no menos maduros, azotado por la decadencia física, por los achaques de la edad, con el rostro lleno de orgullosas arrugas, los cabellos ya escasos y la barba canosa. Un Robin Hood, sin embargo, capaz todavía de enarbolar el arco en defensa del débil, de congregar de nuevo a los desamparados en el acogedor bosque de Sherwood, de plantar cara al sheriff de Nottingham y al mezquino Juan sin Tierra. De amar a una Lady Marian tan madura como él, pero más lúcida aún que él, capaz de advertir que los héroes como Robin ya son un anacronismo sobre una Inglaterra ya poco mítica, capaz, pese a todo, de seguir sacrificándose por amor. Son la pareja de amantes del que, sin duda, no es el mejor film sobre el personaje de la historia, pero quizá sí el más emotivo: los protagonistas de Robin y Marian (1976), dirigida por Richard Lester.