La herencia Valdemar: en España también invocamos a Cthulhu

La herencia ValdemarPese a la enorme popularidad de la obra de Howard Phillips Lovecraft, el cine apenas ha sabido utilizar las grandes posibilidades que encierran sus ficciones y aunque la indispensable base de datos de imdb acredita hasta ¡137! trabajos audiovisuales (en cine y televisión, cortos y largos) basados de algún modo en aquélla, todavía está por llegar alguna película verdaderamente perdurable que invoque su nombre. España no ha permanecido ajena a Lovecraft, y de ello daban fe, hasta hace poco, dos films. El primero, La mansión de Cthulhu (1992), que no he visto, según todas las referencias es un engendro realizado sin medios y sin imaginación. El segundo, Dagón, la secta del mar (2001), por el contrario, trasladaba con cierta fortuna los clásicos escenarios decadentes y enfermizos de la Nueva Inglaterra de HPL a nada menos que la costa gallega coetánea. Aunque este film merece una revisión, hoy sin embargo voy a hablar de un tercer proyecto más reciente, no por fallido menos curioso e incluso simpático. Me refiero al díptico La herencia Valdemar, compuesto por dos películas, y que propone nuestra piel de toro como un lugar desde el cual invocar al terrible o entrañable, según se mire, Cthulhu. Eso sí, confieso que, una vez más, la excusa lovecraftiana vuelve a ser más bien irrelevante. Si La herencia Valdemar me resulta simpática, es por el desparpajo con que su máximo responsable, José Luis Alemán, intenta crear un film de terror de impronta anglosajona sin ninguna coartada ni pretensión salvo la de recrear un conjunto de elementos que los amantes del género conocen bien y procurar servir un trabajo que inquiete y complazca sin mayores pretensiones.

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Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

Guillermo el proscritoGuillermo Brown, once años, pelo perpetuamente desgreñado, ropas delatoras de un ejercicio físico que no repara, claro, en la pulcritud que siempre exigen los adultos. Capitán por aclamación diaria de los Proscritos, pirata, piel roja, explorador, detective, caníbal… ¿Quién recuerda a Guillermo Brown? Si no fuera por la veneración que sienten hacia él escritores como Fernando Savater o Javier Marías, sería fácil suponer que es una broma privada, una invención compartida entre varios intelectuales de esa generación a la que le tocó ser niños en los años 50 y que así intentan sublimar la grisura de su época. Intelectuales que crearían el mito de un niño protagonista de un conjunto de libros infantiles que, pese a tal etiqueta, desbordan de amor por la aventura, cuestionamiento auténtico de las convenciones adultas y, sobre todo, una increíble capacidad para poder identificarse con un entorno que, sin embargo, tendría que habernos parecido tan exótico como la India de Kipling o la Tierra Media de Tolkien: una Inglaterra rural que ni por asomo tenía algo que ver con su equivalente hispano. Pero sí, Guillermo existió. Nacido en 1919 en Inglaterra, en ningún otro país del mundo conoció un éxito comparable al de su tierra de origen como el que obtuvo entre nosotros, en especial a partir de los años 50 gracias a los pequeños y manejables volúmenes de la editorial Molino. Durante al menos un par de décadas su renombre continuó, a tiempo para llegar a una segunda generación de lectores, para languidecer poco a poco, hasta el punto de que hoy ya ha desaparecido de las librerías.

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Solo ante el peligro: ¿por qué nadie ayuda a Gary Cooper?

Cartel americano de Solo ante el peligroLas 10.30 de la mañana en una pequeña pero próspera población del Oeste llamada Hadleyville. El sheriff Will Kane, un hombre al que todos los ciudadanos de bien respetan por haber limpiado sus calles de todos los indeseables que las perturbaban, se casa con una bonita muchacha llamada Amy. Ignora en ese momento que tres de aquellos maleantes acaban de llegar al pueblo y esperan en la estación la llegada de un cuarto, Frank Miller, este ya un asesino peligroso que acaba de cumplir condena en prisión y vuelve para cumplir su promesa de vengarse de Kane. Llega en el tren de las doce, al medio día —título original del film, High Noon—, y en esa hora y media de margen, Kane descubrirá que no hay nadie en Hadleyville dispuesto a ayudarle contra los cuatro pistoleros: tendrá que enfrentarse, por lo tanto, solo ante el peligro. Los distribuidores españoles siempre han gustado de cambiar los títulos a las películas que estrenaban, pero hubo una época en que a veces incluso los mejoraban. Y este es uno de los casos. La imagen de Gary Cooper recorriendo, con progresiva angustia, las calles de esa ciudad donde se creía respaldado (y respetado), su rostro plagado de dudas al verse abandonado incluso por la mujer con la que acaba de casarse, de religión cuáquera y por tanto enemiga de cualquier violencia, que quería que se marcharan juntos antes de la llegada de Miller, es uno de los grandes iconos de la historia del western. Y el inmejorable título define con sencillez y contundencia la clave de esa angustia. Nadie va a ayudar a Will Kane.

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Dos ultimátums a la Tierra

Cartel americano de Ultimátum a la Tierra, de Robert Wise

En 1951 se estrenaba con apreciable éxito una película que portaba el impactante título de The Day the Earth Stood Still, esto es, El día en que la Tierra se detuvo (el verbo admite otras traducciones en el mismo sentido), que aquí en España recibió el tampoco malo rebautizo de Ultimátum a la Tierra. Su repercusión, unida a la de otros títulos del mismo año —como El enigma de otro mundo o Cuando los mundos chocan—, contribuyó a la consolidación de un género del cine fantástico, la ciencia-ficción, que hasta entonces, y en Hollywood, prácticamente había permanecido en el muy modesto reducto del serial. Con el paso del tiempo, el film se fue convirtiendo en uno de estos pequeños clásicos que todo el mundo cita y recuerda con cariño, si bien no con devoción, y que queda como «intocable» en el recuerdo cinéfilo. Pues bien, de modo inesperado, en 2008 la misma 20th Century Fox (aunque ya poco tiene que ver con el mítico estudio: es más bien una marca comercial) estrenaba una nueva versión de la misma historia, es decir, la del extraterrestre que llega a la Tierra para transmitir a la desconcertada humanidad un mensaje de paz que contiene la amenaza de la destrucción en el caso de que aquélla no rectifique ese comportamiento bélico que civilizaciones más avanzadas del cosmos no están dispuestas a admitir. Y surgió la polémica, claro.

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Centauros del desierto o la puerta que se cierra

La prisionera del desierto, estupendo título francés para Centauros del desiertoCentauros del desierto comienza con una puerta que se abre y concluye con otra puerta que se cierra, una para permitir la entrada del protagonista, la otra para subrayar que se queda fuera. Entre medias, una historia que se caracteriza por avanzar en círculos, por su gusto por las simetrías, por los paralelismos. Gestos que se repiten, batallas que se duplican, parejas y hasta triángulos que recuerdan a otras parejas y triángulos. Incluso, aunque en el desarrollo de su trama pasan muchos años y sus personajes recorren, en teoría, muchos territorios diferentes, la acción no parece salir nunca del mismo lugar, ese paraje del desierto de Arizona tachonado de fantásticas mesas y formaciones rocosas llamado Monument Valley donde el director John Ford rodó casi todos sus grandes westerns. Esta consciente reducción a un mismo escenario termina de otorgar a la película su condición de alucinación, como si en realidad solo hubiera dos lugares donde transcurre su itinerante historia: una, los dos (únicos) hogares que aparecen en ella, simbolizando la civilización y el sedentarismo (si bien el primero es destruido en el arranque del film); y dos, ese espacio físico que los dos protagonistas recorren en busca de la chica raptada por los comanches, y que al parecer siempre el mismo hace creer que ambos no hacen sino dar vueltas en círculos, como atrapados en un bucle, en una cinta de Moebius, sin duda porque su viaje no es físico sino espiritual. Esa es una de las grandes claves del que, tal vez, es el mejor western de la historia, Centauros del desierto (1956), de John Ford.

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Los náufragos del tiempo de Stanislaw Lem y el futuro virtual del cine

Cartel original de  El congreso, de Ari FolmanA propósito del estreno, muy reciente todavía, de El congreso (2013), he tenido la excusa de volver a leer dos magníficas novelas de Stanislaw Lem que se encuentran en la raíz de la película del director israelí Ari Folman. Una porque es directamente adaptada por este cineasta israelí para su película, aun a su modo: se trata de Congreso de futurología. La otra porque, aunque en principio nada tiene que ver con ese film, posee una indudable relación con la novela previa, pues una casi supone una variante de la otra, y aun de modo sutil, como luego razonaré, creo que también acaba filtrándose entre las imágenes de la película. Es la menos conocida Retorno de las estrellas, escrita diez años antes (en 1961, por 1971 para la primera). Ambas narran la historia de dos náufragos del tiempo, dos hombres que, por distintas circunstancias, acaban en una Tierra muy posterior a aquella que conocieron —uno por más de un siglo, el otro por muchas décadas—, sufriendo en sus carnes (y sobre todo en sus mentes) una terrible sensación de desarraigo, de incomprensión ante un mundo que no comprenden cómo ha podido cambiar tanto en ese tiempo. Pues bien, la película de Folman desarrolla una reflexión sobre el futuro del cine —haciendo realidad una amenaza que muchos anticipan desde hace cierto tiempo: la completa virtualización de las películas y no solo de sus efectos especiales— que, hacia la mitad de su metraje, entronca (de un modo que a mí no me convence mucho) con Congreso de futurología, y que acaba desarrollando, de modo inesperado, una tristísima propuesta de ciencia-ficción adulta cuyo espíritu responde más al de la novela de 1961 que a la que alega adaptar. A propósito de esas líneas que se entrecruzan de una obra a otra, voy a trazar uno de esos mapas intertextuales que tanto me gustan.

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Casas perversas: The Haunting vs La leyenda de la mansión del infierno (II)

Increíble cartel español de La leyenda de la mansión del infiernoEstoy convencido de que a Richard Matheson no le gustó The Haunting of Hill House, la novela de Shirley Jackson. Es decir, sí aprobó el planteamiento, pero desde luego no la resolución. Como Jackson, Matheson también era un escritor interesado por trasladar los viejos temas de la literatura de terror a un mundo más cotidiano y reconocible, más «moderno» (entrecomillo el término porque parece justificatorio, y porque cada época juzga una cualidad de modernidad diferente). De tal modo que, aunque parezca petulante pensarlo, Matheson corrigió la novela anterior mediante el establecimiento del mismo punto de partida —la pugna entre cuatro investigadores de lo sobrenatural y una casa perversa— pero cambiando los elementos que llevaban Hill House al fracaso. (No es por nada, pero ¿es casualidad que su casa tenga un nombre casi idéntico a la de Jackson: Hell House?) El resultado, La Casa Infernal, sin embargo, aunque mejora a Jackson tampoco supone una obra redonda, ya que acaba incurriendo en otros errores que rebajan mucho su eficacia. Aun así, en ella se encuentra el germen de la historia definitiva de casas encantadas, como probó la adaptación inmediata que se hizo al cine, con el nombre de La leyenda de la mansión del infierno. Y entre las razones del triunfo, ahora sí, de la película se encuentra el formidable trabajo de síntesis que hizo el mismo Richard Matheson, como guionista, de su propia obra.

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Casas perversas: The Haunting vs La leyenda de la mansión del infierno (I)

The Haunting, película de Robert WiseEl subgénero de terror conocido como «casas encantadas» es difícil de acotar, pues con frecuencia sus límites se entrecruzan, cuando no se superponen, con el relato clásico de fantasmas. En efecto, si los fantasmas suelen aparecerse en aquellos lugares ligados a su previa existencia humana, el espacio habitual donde reinan son casas, por lo común —¿existen los fantasmas proletarios?— grandes mansiones o castillos. ¿Cómo establecer una clara delimitación con respecto a lo que los aficionados entendemos como historias de casas encantadas? Pues bien, el caso que no ofrece ninguna duda de su adscripción a este tipo es el relato que se sitúa en una casa que actúa por sí misma, es decir, sin necesidad de materializar espectros, aunque el encantamiento, lógicamente, proceda de las personas, por lo común depravadas, que habitaron en ella. Es decir, hablo de casas perversas que son retadas, de modo consciente, por un grupo de individuos que acude a pasar una temporada bajo su techo. La casa actuará contra ellos tanto de modo físico como psicológico: objetos que se mueven, ruidos que atormentan, percepciones que se alteran, sugestiones que alteran el comportamiento… por el mero placer de cobrarse una nueva víctima, de darse a sí misma nuevos «habitantes». Dos son los ejemplos fundamentales de este tipo: dos novelas que cuentan con dos fieles adaptaciones que han marcado visualmente el tono del subgénero, y que voy a comparar entre sí. Se trata de The Haunting of Hill House (1959), novela de Shirley Jackson llevada al cine por Robert Wise en 1963 bajo el título de The Haunting, y La Casa Infernal (1971), novela de Richard Matheson trasladada a la pantalla por el mismo escritor bajo dirección de John Hough con el título, más pomposo e irresistible, de La leyenda de la mansión del infierno (1973).

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Metrópolis, de Ferenc Karinthy: pesadilla para un urbanita

Portada de  Metrópolis de Karinthy, en FunambulistaBudai, un sabio lingüista, tal vez por un error en la conexión aérea del avión que debía llevarlo al congreso de Helsinki donde iba a participar, acaba yendo a parar a una desconocida ciudad extranjera. Cuando intenta corregir el error, descubre que no es capaz de hacerse entender: no solo el idioma local es completamente indescifrable (ni su alfabeto ni su fonética ni sus construcciones parecen tener nada que ver con cualquier lengua conocida) sino que nadie parece hablar ningún otro idioma. Y Budai iniciará una terrible odisea: rodeado de gente en una ciudad tan populosa como nunca ha conocido, su soledad será mayúscula al no conseguir ni comprender ni hacerse comprender. Pero es un científico del lenguaje y un hombre con una inteligencia lógica y ordenada: no concibe que nada pueda ser absolutamente hermético. Con este apasionante argumento, el escritor húngaro Ferenc Karinthy, prácticamente desconocido en nuestro país —y así seguiría sin la estupenda iniciativa de la editorial Funambulista de editar algunas de sus novelas—, escribió una de las pesadillas más fascinantes que concibió un siglo tan pródigo en pesadillas como el XX: Metrópolis (nada que ver con la famosa película de Fritz Lang: el nombre escogido por Funambulista es el único error de su espléndida edición, pues crea una equivocada interferencia artística). Una pesadilla especialmente horrible para los urbanitas, tanto el personaje central de la historia como muchos de sus hipotéticos lectores, pues convierte ese lugar sin el cual ninguno de nosotros concibe la existencia, la gran ciudad, en un lugar situado en el infierno.

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Los grandes musicales de la Metro

Gene Kelly, cantando bajo la lluviaPara aquellos degustadores del Hollywood clásico, hay pocos géneros que resulten tan entrañables como el musical. Es curioso: incluso para aquellas personas a las que el cine fantástico les atrae poco o nada, y si lo menciono es porque, en rigor, el primero pertenece al segundo de ambos géneros. ¿O es que no es fantástico que de pronto tipos hechos y derechos se pongan a cantar y bailar mientras suena una música desde dentro de las propias imágenes… que nadie está tocando? Pues bien, pocos géneros pierden más con la revisión que el musical, o al menos así me lo parece a mí: de pequeño, sin duda, era mi favorito y hoy día hay pocas películas de él que resistan la prueba del tiempo. Aun así, hay excepciones, y todas pertenecen a la que suele considerarse su etapa más gloriosa: el musical de la Metro, y en concreto el que se engloba bajo el apelativo de la «unidad Arthur Freed», en función del nombre de su productor. A ella pertenecen los tres títulos que voy a destacar por encima de todos (yo, y casi cualquiera), como son Un americano en París (1951), Cantando bajo la lluvia (1952) y un título que carece de la aureola mitómana de los dos anteriores, pero que a mí, no sé si por llevar la contraria, me parece el mejor de todo el ciclo e incluso una magnífica reflexión sobre el género, Melodías de Broadway 1955 (1953). Seguir leyendo

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La Saga de Korvac: cuando Los Vengadores murieron

Korvac, el Hombre Máquina 001Y llegó un día en que los héroes más poderosos de la Tierra, los Vengadores, encontraron por fin a un enemigo mucho más poderoso aún. Así lo llamaron ellos, El Enemigo, aunque él se daba a sí mismo el nombre de Michael, y antes aún había sido Korvac, el Hombre Máquina, un villano procedente del siglo XXXI. Y ese día hallaron la muerte, a sus manos, el Hombre de Hierro, el Capitán América, la Bruja Escarlata, la Visión, los Guardianes de la Galaxia y tantos héroes como estrellas tenía el cielo… A grandes rasgos, esta es la conclusión de una de las más célebres sagas del Universo Marvel, la llamada Saga de Korvac, que se desarrolló en la serie The Avengers entre los números 167 a 177, de enero a noviembre de 1978, concebida por el guionista Jim Shooter y concluida con la colaboración de múltiples artistas. Si todavía hoy se la recuerda es porque, como indico en esta entradilla, se rompió (al menos en apariencia) un principio sagrado del tebeo de superhéroes: por mal que le pongan las cosas los villanos, los héroes siempre salen triunfantes e íntegros de los combates. Pero en aquel mítico nº 177, y ante la sorpresa del lector adolescente que uno fue, todos esos grandes héroes, hasta entonces invencibles, empezaron a caer uno a uno ante el poder desatado de un hombre que proclama ser un dios y que, cierto, llevaba varios números dando muestras de serlo.

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El último caso de miss Marple y de Hércules Poirot

Agatha Christie, la reina del crimenUna de las mayores curiosidades que para mí encierra la historia de la literatura, al menos en su vertiente policiaca, es el hecho de que Agatha Christie, indudablemente la novelista más vendida en tal género, planificara con varias décadas de antelación cuáles serían las dos novelas que cerrarían las trayectorias de sus dos personajes detectivescos más famosos, Hércules Poirot y miss Marple. Las dos novelas son Telón (publicada en septiembre de 1975) y Un crimen dormido (ídem en octubre de 1976). No por nada, ambas fueron las últimas novelas de la autora, quien ni siquiera pudo ver la publicación de la segunda, ya que había muerto a principios de ese año. Las dos historias fueron escritas a principios de la década de 1940 y guardadas en una caja fuerte durante más de tres décadas hasta que la autora, seguramente al ser consciente ya de su próximo fin y visto que no iba a escribir nada más, diera el permiso para sacarlas a la luz.

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Los «verdaderos» Guardianes de la Galaxia

Primer número de la colección en solitario de los Guardianes de la GalaxiaDesde que comenzaron a llegar a los cines españoles los tráilers del nuevo producto veraniego de Marvel Studios, Los Guardianes de la Galaxia, no he podido sino preguntarme: ¿pero quiénes rayos son estos «guardianes»? La respuesta estaba, claro, en la década y media que llevo alejado del Universo Marvel, desde que a finales de los años 90 del siglo pasado me hartara de unos tebeos que, al menos por entonces, habían perdido cualquier independencia creativa por parte de sus autores y eran los expertos en marketing los que dictaban las historias y, en especial, esas insoportables sagas anuales que conectaban una docena de series para que el incauto tuviera que comprarlas todas durante varios meses. Estos nuevos Guardianes han surgido de una serie muy reciente que, supongo, habrá tenido la acogida suficiente como para merecer su trasvase a la gran pantalla. Pues bien, en ese espacio de la historia Marvel que conozco bien —gracias a las estupendas reediciones que primero Planeta y después Panini han ido publicando hasta el día de hoy— los Guardianes de la Galaxia nada tenían que ver con el equipo que ahora se pasea por las pantallas. Sí, los tales Starlord, Gamora, Drax el Destructor o Mapache Cohete (¿o no lo han traducido?) ya existían por entonces, pero como personajes de otras series. Los Guardianes de la Galaxia fueron un grupo de héroes espaciales de muy modesta trayectoria, que no calaron nunca en el aficionado pese al interés de su propuesta, y que por ello tal vez merecen un recuerdo. Para quien esté interesado, la editorial Panini está aprovechando para reeditar esas entrañables aventuras.

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Versiones singulares de El doctor Jekyll y Mr. Hyde

Cartel USA de El hombre y el monstruoEn el curso de tan solo seis semanas de intensa escritura del otoño de 1885, Robert Louis Stevenson creó la obra literaria que hoy se identifica antes que ninguna otra con el fundamental tema del doble: El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Publicada poco después, constituyó el mayor éxito del autor, solo comparable al de La isla del tesoro. Como he señalado en un previo comentario sobre el autor, lo turbio y lo inquietante siempre formaron parte de la obra de éste, incluso de aquellas manifestaciones en teoría puramente aventureras, comenzando por la emblemática obra antedicha. Pero casi nunca conforma tanto la sustancia como el trasfondo y el método narrativo de una de sus historias: todo cuanto hay en Jekyll y Hyde brota del manantial más oscuro, persigue los rincones más sórdidos del alma humana, se niega a ofrecer refugio alguno a esa dimensión lúdica con que tanto asociamos a Stevenson. Por ello, es una obra breve, poco más que eso que los anglosajones llaman nouvelle, pues el tratamiento corto, sin la menor duda, concentra mejor la intensidad. De pocas obras breves como ésta, sin embargo, ha nacido semejante progenie. Solo en el cine pueden citarse más de medio centenar de adaptaciones, unas abiertas y otras apócrifas, de la época muda a la actualidad. En este artículo voy a centrarme en tres de ellas, aquellas que, creo, ofrecen la lectura más original con respecto al relato de Stevenson, enriqueciéndolo, por tanto, en diferentes direcciones que, sin respetar exactamente su letra, están a la altura de su espíritu, que es justo lo que creo que debe procurar una buena adaptación.

Se trata, por orden cronológico, de Las dos caras del dr. Jekyll (1960), del gran director Terence Fisher, cuya originalidad estriba en que, al contrario que la novela y la inmensa mayoría de sus adaptaciones, propone que la transformación da lugar a un ser sin duda malvado pero mucho más bello y encantador que el infeliz doctor que lo encerraba. La siguiente, mucho más inesperada, es El profesor chiflado (1963), considerada casi unánimemente como la obra maestra de Jerry Lewis, y cuya singularidad se halla precisamente en el tratamiento cómico del mito, comicidad que no excluye una considerable virulencia que entronca a la perfección con ese espíritu de la obra original. Por último, una nueva producción adscrita al terror, producida por el mismo estudio que la primera de las películas citadas, la inolvidable y muy british Hammer Films, y cuya especificidad viene sobradamente expresada por su título, Dr. Jekyll y su hermana Hyde (1971, Roy Ward Baker).

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Dos años, doscientos artículos

200 artículos

Estoy de cumpleaños. En este verano mi blog cumple dos años de existencia: comenzó un 12 de julio de 2012 con un artículo que repasaba la carrera del director japonés Hayao Miyazaki y, aunque tardó más de un mes en arrancar con un segundo comentario, tacita a tacita he ido sumando uno a otro hasta que, en torno a este segundo aniversario, se acumulan justo doscientos artículos. Por supuesto, quiero agradecer a cuantos leen el blog, ya sea de modo más o menos regular, ya sea de modo esporádico y gracias a que los buscadores de Internet han tenido a bien proporcionar un enlace cuando se buscaba información sobre un tema que nos ha permitido confluir a los dos. Los índices de lectura del blog han sido progresivos y constantes, y aunque no tengo las referencias adecuadas, me dicen los amigos que esas 56.000 visitas que acumula, en dos años, son una cantidad por lo menos respetable. Confieso que no sé cómo se miden las visitas: me ha desconcertado descubrir alguna vez, en el apartado de estadísticas al que solo yo tengo acceso —recién comenzada la jornada y por tanto vuelto a cero el marcador—, que acumulaba ya siete visitas… por ningún visitante. Para más inri, y gracias a un indicador que permite distinguirlos, cada visita procedía de un país diferente (!!)

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