Fábulas sobre la ausencia: El coronel Chabert, Wakefield y La mujer de Martin Guerre

Berta Isla                               Sommersby

El coronel Chabert en la edicion de ValdemarUn tema recurrente en la historia de la ficción es el que tiene como centro dramático la súbita desaparición de un ser querido, una cuestión que además convoca una inmediata empatía: es fácil imaginar lo terrible que sería que le sucediera a uno mismo. Ese argumento se presta a múltiples tratamientos, comenzando, claro, por el propio de un thriller policiaco, al estilo de algunos films hitchcockianos como Alarma en el expreso o El hombre que sabía demasiado. Sin embargo, a mí en particular el planteamiento que más me interesa de todos los posibles es aquel que se centra en la ausencia como principio de reformulación de la realidad. Y es que la ausencia altera la vida: en primer lugar, la del ser que queda atrás, en el escenario cotidiano antes poblado por la presencia del desaparecido y que ahora, siendo el mismo, sin embargo sufre una avasalladora transformación; en segundo, la del ser que se va, que cambia de entorno, de vida (esto siempre me recuerda un breve relato-adagio de James Joyce, que siempre suelo citar a propósito de esto: figura en su celebérrimo Ulises y formula una definición del fantasma como «un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres»). Otra posibilidad que ofrece el planteamiento es la del regreso, pero no como sencillo restablecimiento del orden sino como nuevo elemento de perturbación. Tres magníficos ejemplos de la literatura cubren las distintas perspectivas de esta trama, complementándose de modo inquietante como si obedecieran a un plan preestablecido: El coronel Chabert, de Honoré de Balzac, Wakefield, de Nathaniel Hawthorne, y La mujer de Martin Guerre, de Janet Lewis.

Dos han sido los eslabones que me han conducido a la relectura (en los dos primeros casos) y el descubrimiento (en el último) de estas obras. Una: la revisión de una de esas películas de escaso prestigio que yo llamo «debilidades personales», Sommersby (1993), que trasladaba la novela de Lewis de la Francia del siglo XVI original al Sur de los Estados Unidos tras la guerra civil. Dos: la lectura reciente de Berta Isla, de Javier Marías, escritor fascinado por ese planteamiento y por estas obras en concreto, no en vano ha publicado la primera y la última en su sello editorial Reino de Redonda. Ya antes, el relato de Balzac había inspirado otra novela anterior, Los enamoramientos, y puede decirse que Berta Isla es una variante de La mujer de Martin Guerre entrecruzada con los personajes y ambientes del Ciclo de Oxford, y con el mismo propósito de reflexión sobre el envilecimiento.

El coronel Chabert, el regreso indeseado

En la jerga literaria, se conoce bajo el galicismo de nouvelle lo que en España se traduce como novela corta (soy pedante: prefiero el primer término), y esta es la etiqueta que se puede aplicar a El coronel Chabert. En 1832, cuando la publicó por entregas bajo el título de La transaction, Honoré de Balzac era todavía un escritor por consagrar (tenía tan solo treinta y tres años). Enseguida, la convirtió en una obra teatral que pasó sin pena ni gloria. En 1835 la rehizo considerablemente y la volvió a publicar, ahora bajo el nombre de La Comtesse à deux maris. Finalmente, casi diez años después, en 1844, cuando su vasto proyecto novelístico ya había sido encarrilado bajo el marco de La comedia humana, volvió a revisarla y editarla (si bien ya con ligeros cambios, para integrarla mejor con el resto de su obra, pues como se sabe bien, los personajes de una novela saltan a otra), otorgándole el definitivo título por el que hoy se conoce.

La batalla de Eylau, donde Chabert pierde el rumbo de su vida

Balzac se inspiró en diversas historias de la crónica napoleónica para componer la patética historia de su personaje, el coronel Hyacinthe Chabert, héroe de una de las victorias más dantescas de Napoleón, la batalla de Eylau (1807), donde es dado por muerto después de asegurar el triunfo del emperador gracias a una carga protagonizada por él. Diez años después, en 1818 —estamos en los inicios de la Restauración, contexto imprescindible para entender la atmósfera de intrigas y fingimientos, de aferramiento a privilegios que se temen perder, en que se mueve la historia—, convertido en un mendigo de aspecto lamentable (la herida recibida en la batalla le ha dejado una enorme cicatriz en el rostro y los sufrimientos lo han convertido en un viejo prematuro), Chabert se presenta en el bufete de un joven y prometedor abogado, Derville, para obtener su ayuda. Y es que su esposa, convertida en viuda rica tras su muerte y ahora casada con el conde Ferraud, uno de los aristócratas que medran a la sombra del regreso de los Borbones, se niega a reconocer su identidad, pues teme perder su nueva posición.

El coronel Chabert, adaptado al cine con Gerard Depardieu como el protagonista«¿Hacen mal los muertos si vuelven?», llegará a preguntarle el desdichado protagonista a su falsaria esposa. El coronel Chabert se encontrará con la desoladora impresión de que nadie lo ha echado de menos, que su regreso de entre los muertos no es sino un fastidio (incluso para el antiguo subordinado que lo acoge en su casa, y que en realidad es quien acaba beneficiándose de su presencia, cuando el protagonista vuelca su generosidad sobre él). Es más, ni siquiera ese abogado que se preocupa por él llega a sentir algo más que una leve compasión momentánea, no en vano es un hombre honrado pero demasiado ocupado. Chabert, por tanto, es un fantasma tanto como un incordio.

Es un gran acierto de Balzac el que, si bien el personaje de la condesa no llega a estar tan bien perfilado (no tiene tiempo, por la brevedad del relato) como el de Chabert, sí merece al menos que el espectador considere su propio punto de vista. A esto yo lo llamo (alguna vez lo he razonado en este blog) ecuanimidad del autor con respecto a sus personajes, una saludable actitud de respeto hacia los personajes propios (que salvaguarda a su creador de dejarse arrastrar por el cariño excesivo hacia ellos) y, por supuesto, hacia el espectador que lo leemos y esperamos, por así decirlo, juego limpio por parte del urdidor de la ficción a la que hemos decidido confiarnos.

El principal problema de El coronel Chabert es, precisamente, el de su escasa extensión. Después de plantear la intriga de forma soberbia (el arranque en el bufete, protagonizado por los empleados de Derville, es sencillamente genial) y conseguir interesar al lector en las desventuras de su protagonista, así como en lo maquiavélicamente kafkiano de su odisea, el autor, de pronto, entiende que debe concluir cuanto antes, negándole a su excelente planteamiento el desarrollo que merecía. Es posible que esto se deba a que el Balzac que escribió la primera versión de la obra todavía no fuera el Balzac de gran aliento de sus futuras El tío Goriot o La prima Bette, pero ya que se decidió a reelaborarla y corregirla en sucesivas revisiones, debiera haberse dado cuenta de que el proceso requería una atención mucho mayor. Merecía la extensión de sus novelas emblemáticas.

Wakefield, el hombre que se exilió a sí mismo

Wakefield en la edición Alianza de los cuentos de HawthorneLa segunda historia subvierte de modo muy interesante el planteamiento de Balzac: también es el relato de la separación durante largos años de un hombre y su esposa, pero en este caso es una separación voluntaria. Se trata de Wakefield (1935), de Nathaniel Hawthorne, uno de los cuentos que más veces habré leído en mi vida y que más profundamente consigue perturbarme, por mucho que me lo sepa de memoria. Hawthorne fue uno de los primeros escritores que intuyeron la pavorosa y ancestral soledad que anida en el corazón del hombre (Borges lo consideró uno de los precursores de Kafka), y en este cuento creó una de las más imborrables estampas de ese concepto, quizá junto a otro relato con el que traza una emotiva simbiosis espiritual: Bartleby el escribiente (1853), de ese autor que suele ser considerado discípulo suyo, Herman Melville. Una curiosa noticia de prensa inspiró el suyo: un buen día, un hombre corriente se fue de su casa para alojarse a pocas calles de distancia, sin que su esposa supiera nada de él, y así transcurrieron veinte años hasta que otro buen día regresó a su hogar y allí pasó ya el resto de su vida en compañía de su mujer, sin dar más alimento a la murmuración. Los detalles verdaderos del caso supongo que importaron poco al escritor pero alimentaron su imaginación, ya de por sí tendente a lo extraño, a lo enigmático, variando sus circunstancias hasta convertirlo en uno de los ejemplos más alucinatorios de eso que líneas arriba llamaba reformulación de la realidad cotidiana.

Con inquietante intuición, Hawthorne hace que la desincronización de Wakefield con respecto a su realidad sea un hecho trivial: ese mismo día, mientras pasea por las calles cercanas a su hogar, gozando mentalmente de la jugada a que ha sometido a su esposa, descubre que la costumbre ha hecho que se dirija directamente a su puerta. El terror entonces lo atrapa y sale huyendo, para no ser sorprendido. Wakefield no lo sabe aún (nos dice el escritor), pero ese miedo inexplicable, esa quebradiza huida, ha cambiado totalmente su mundo. Vuelve a su alojamiento, y allí pasa esos veinte años, envejeciendo él como envejece su esposa, con la que alguna vez se cruza en la calle. Y si absurdo es el hecho que provoca su conversión en el Desterrado del Universo —así lo califica Hawthorne en la última línea del cuento—, otro suceso igual de nimio lo devuelve a su realidad: una tarde en que pasea distraído por su calle y lo sorprenden el viento y la lluvia, al levantar la vista y ver el confortable fuego que se intuye por la ventana, se indigna de su estupidez de estar a la intemperie teniendo al lado su refugio. Y abre la puerta con la misma llave con que la cerrara veinte años atrás, y vuelve a su vida normal.

Nathaniel Hawthorne, hacia 1860La clave del relato se encuentra en la fascinante voz narrativa escogida por el autor. Después de señalar el caso real para el cual se dispone a proponer una interpretación, Hawthorne sigue al personaje a lo largo de toda su peripecia como un observador omnisciente que (sin que el otro pueda saberlo, claro) lo interpela —«¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco comprendes tu propia insignificancia en este vasto mundo! Ningún ojo mortal, como no sea el mío, te ha seguido!», le dice el narrador a su personaje cuando este se inquieta porque alguien haya podido sorprender su trayecto desde su casa hasta la posada donde todavía no sabe que permanecerá tantos años—, que a ratos lo contempla a ratos con comprensiva condescendencia y a ratos con seca irritación. Lo inquietante es que, aunque ese Wakefield es su Wakefield, y por tanto él es quién está decidiendo sus reacciones, diríase que de rato en rato lo olvida, y se irrita cuando el personaje intenta darse justificaciones a sí mismo o se consuela pensando que en cuando lo desee, su odisea personal finalizará. «¡Si está en la calle de al lado!», gime el protagonista, diciéndose que en cualquier momento su voluntad le permitirá volver con su mujer. Pero el narrador le reprende con agria sequedad: «¡Insensato! Está en otro mundo».

Wakefield supone, por tanto, la más terrible alegoría que se haya hecho jamás acerca de la ilusión del libre albedrío. Es una implacable reflexión acerca del hecho evidente de que, creyéndonos libres, en realidad somos prisioneros de toda clase de obstáculos, incluyendo el azar o las limitaciones que forja nuestro propio carácter. Solo conozco un relato igual de implacable, y supongo que más de uno enarcará las cejas con incredulidad cuando sepa que me refiero a un aparente cuento infantil, pues lo escribió Hans Christian Andersen: El abeto.

Hawthorne concluye el relato con una inapelable sentencia que fascinará irremediablemente a aquellos que, como al Ismael de Moby Dick, sienten con más frecuencia de lo deseado que un noviembre húmedo y lluvioso se posa en su alma. Y es que la literatura (o la filosofía) conocen pocas expresiones más contundentemente implacables sobre ese concepto determinista de la existencia que tuvo el triste y sombrío Hawthorne: «En medio de la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, las personas están tan pulcramente adaptadas a un sistema, y los sistemas engarzados entre sí y a un todo, que si una persona se ausenta por un momento, se expone al aterrador riesgo de perder su puesto por siempre, pudiendo llegar a convertirse, como le sucedió a Wakefield, en el Desterrado del Universo».

La mujer de Martin Guerre o la esposa que dudó

La mujer de Martin Guerre, edición de Reino de RedondaPara componer La mujer de Martin Guerre, publicada en 1941, Janet Lewis se inspiró en un suceso real consignado en distintas crónicas francesas del siglo XVI. El hecho tuvo lugar en una pequeña viña pirenaica, Artigue, situada en una comarca lindante ya con la frontera española. Martin Guerre, el heredero de un próspero hacendado local, se marchó un buen día tras despedirse únicamente de su mujer, volviendo ocho años después, muerto el padre (cuya severidad patriarcal fue el motivo de su marcha) y convertido por tanto en el nuevo dueño de la propiedad. Su mujer, Bertrande de Rols, lo acogió inicialmente con el debido calor (hasta el punto de quedar enseguida embarazada y dar a luz a una nueva hija, que añadir al vástago habido con anterioridad), como asimismo hicieron todos sus familiares, vecinos y sirvientes. El regreso de Martin trajo una época de alegría y felicidad, de nueva prosperidad, a la granja de los Guerre, pero su mujer no tardó en llenarse de dudas: había aceptado demasiado rápidamente a quien se le revelaba ahora como un extraño, con el que había cometido el pecado, ignominioso a los ojos de Dios, de adulterio. Tras mucho pensar, y sin conseguir más apoyo que el del hermano de su fallecido suegro, lo denunció a las autoridades. En el juicio se presentaron testigos afirmando que el llamado Martin era en realidad un granuja llamado Arnaud du Tilh, también soldado y aventurero como el supuesto Guerre durante esos ocho años, diabólicamente parecido al verdadero. Sin embargo, todos sus familiares a excepción de los dos acusadores siguieron defendiendo que era el auténtico Martin.

Al contrario que la versión narrada en Sommersby, Janet Lewis comienza la historia mucho antes de que Martin Guerre se desvanezca, con la boda de los dos protagonistas siendo apenas unos niños, y dedica muchas páginas a la descripción de ese rincón rural. Esto supone un acierto, pues permite elaborar con el adecuado espacio la justificación tanto argumental como dramática de la historia: la larga falta de noticias del desaparecido se justifica en un mundo de precarias comunicaciones, cuyos habitantes, aislados en sus respectivos enclaves entre montañas, bien pueden permanecer toda la vida sin saber nada del resto del mundo. Las ancestrales costumbres feudales hacen de la estabilidad una característica central de ese universo, de ahí la conmoción que supone, primero, la marcha de Martin, pero sobre todo, la acusación de Bertrande contra el marido recobrado

Portada a modo de grabado de La mujer de Martin GuerreEl gran acierto de la novela (y la gran diferencia con respecto a Sommersby) es que toda la historia, de principio a final, está contada desde el punto de vista de Bertrande y no de Martin. Es más, Janet Lewis convierte este caso judicial del fin del medievo en un magnífico ejercicio de reafirmación femenina, que no solo no resulta anacrónico sino que además posee una densidad muy especial. Lo que mueve a Bertrande de Rols a cuestionar la identidad del reaparecido no es ningún tipo de interés material. Es más, el supuesto Martin Guerre resulta ser un hombre mucho más tierno, más gentil, más humano en suma que el arrogante jovenzuelo que se marchó tiempo atrás. Bertrande reconoce haberse enamorado con pasión del recién llegado durante el año largo que ha pasado con él. Al mismo tiempo, sabe que su posible desenmascaramiento condena a un hijo, el mayor, a la orfandad, y al otro, la pequeña, a la infamia; que la hacienda familiar puede verse comprometida, puesto que la buena administración y las innovaciones impuestas por Martin han aumentado la prosperidad general; que la armonía y felicidad que el buen carácter de Martin habían traído sobre la familia se verán ahora sustituidos por una insondable tristeza.

Sin embargo, Bertrande, tras múltiples dudas (durante las cuales todos presionan para que no dé el temido paso de la acusación, comenzando por el cura del lugar), terminará por denunciar a Martin. Janet Lewis no oculta que en esa decisión pesan mucho las convicciones morales de la mujer, que siente el desaprobador ojo divino sobre su forma de aceptar alegremente a otro hombre en su cama. Pero, ante todo, lo que consigue la escritora es realizar un espléndido relato de una mujer que se rebela contra las convenciones que obligan a las personas de su sexo a resignarse ante cualquier imposición del mundo masculino. Ocho años antes, Bertrande debió aceptar, sin protesta alguna, que su esposo, sin razón especial, decidiera dejarla; ocho años después, Bertrande se ha convertido en una mujer autónoma que, si en un primer momento (y porque ella también desea con intensidad la vuelta del esposo) vuelve a dejarse llevar por lo establecido, termina por rebelarse con una insobornable tenacidad, sin aceptar esta vez ninguna presión.

Hablaba líneas arriba de la ecuanimidad que un escritor debe a sus personajes y a los lectores, y en El marido de Martin Guerre esta virtud brilla todavía con mayor intensidad. Pues aun cuando Janet Lewis hace de su personaje un ser digno de comprensión, incluso de admiración, esto no significa que no cuestione la conveniencia de su acto, al remarcar sin ninguna atenuación cuáles son sus consecuencias. Es más, el lector no puede evitar simpatizar con el presunto Martin Guerre, al verlo revestido de una genuina gentileza y unas cualidades que lo convierten, desde luego, en el padre, esposo, amo y jefe de familia ideal. No solo eso, sino que hasta los personajes que intentan convencer a Bertrande también están revestidos de las mejores intenciones, comenzando, por ejemplo, por ese cura de pueblo que en ningún momento es revestido con doblez, pacatismo o rigor por la tradición: es, ante todo, un hombre inteligente que aprecia a Martin por sus cualidades y por la amistad que ha nacido entre ellos.

[Quien no conozca el final de esta novela, debe dejar de leer aquí]

Es más, el final de la historia no reserva la menor compasión para su protagonista femenina, que acaba viéndose condenada a la soledad absoluta. Pues, en efecto, en el momento definitivo del juicio reaparece el verdadero Martin Guerre (con una pierna amputada en las guerras), asegurando pues la condena a muerte para el hombre que con tanta dignidad lo había sustituido. Ahora bien, el esposo ahora recobrado de verdad la rechaza sin la menor piedad, acusándola de haber arrojado la vergüenza sobre su honor al haber aceptado en un principio al impostor. Resulta de lo más interesante la comparación final con Sommersby: en ambas, el impostor es ejecutado, pero en la película estadounidense (lógicamente mucho más complaciente) lo hace después de que su amante esposa luche hasta el final por impedir su muerte, quedándole el recuerdo para toda la vida de un amor imborrable. A Bertrande de Rols no le queda sino desaparecer entre las brumas de la misma crónica reconstruida por Janet Lewis, sin que nos dejen el consuelo de saber qué fue de ella…

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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