M. Shelley B. Karloff
Como señalaba en mi anterior comentario sobre la novela de Mary Shelley, la imagen popular que se tiene de su personaje es la de un ser de caminar bamboleante, de inteligencia limitada y lenguaje gutural, poco más que un niño grande y monstruosamente fuerte. Nada que ver con el libro, lo cual ya no tiene remedio, y que refleja la sugestión que despertó en varias generaciones de espectadores esa criatura que se paseó por las pantallas del cine en blanco y negro de los años 30 y 40 (incluso de parodias posteriores, como la catódica La familia Monster), dentro de un conjunto de películas producidas por el primer estudio que supo vincular su nombre al terror, la Universal, y bajo los rasgos de una de las grandes estrellas que ha dado el género en toda su historia, Boris Karloff. La productora exprimiría a fondo su creación (como en el fondo, todo el repertorio gótico que desarrolló en aquel imborrable inicio del cine sonoro), pero el actor solo le dio vida en tres películas, no por nada las mejores del extenso ciclo. Se trata de El doctor Frankenstein (1931), su film inaugural; La novia de Frankenstein (1935), la primera secuela, considerada con razón un título muy superior; y un tercer capítulo menos conocido, La sombra de Frankenstein (1939), con el que ya comienza la serialización del personaje, pero que todavía posee buena parte de la creatividad, al menos visual, de los anteriores.

