El hombre como dios tutelar en la ciencia-ficción: de El fin de la eternidad a Qué difícil es ser Dios

Ilustración del gran Salinas Blanch para la portada de El fin de la eternidad, en Martínez RocaUn tema que siempre me ha interesado mucho —y que ha encontrado sus mejores manifestaciones, como es lógico, dentro del género fantástico, en cualquiera de sus múltiples ramificaciones, del terror a la ciencia-ficción pasando por la fantasía pura— es el de la manipulación a que se ven sometidos una colectividad o un personaje concreto por parte de un demiurgo (o de un conjunto de demiurgos), es decir, de seres investidos de la pretensión (y la condición) de erigirse en dioses. De La historia interminable a Congreso de futurología, de Stanislaw Lem, en literatura, a Matrix y Abre los ojos, o una película de la que hablaba recientemente en este mismo blog, Muertos y enterrados, en cine, la ficción fantástica ofrece un considerable muestrario de fascinantes historias en las que la Realidad (ese concepto tan confortable, pero al mismo tiempo tan resbaladizo) se ve conturbada o alterada, convertida en otra. En este artículo voy a hablar de dos novelas de ciencia-ficción muy distintas entre sí pero a la vez unidas por los necesarios vasos comunicantes como para que su asociación no resulte arbitraria. Se trata de El fin de la eternidad, una de las obras más relevantes de uno de los autores emblemáticos del género, el estadounidense de origen ruso Isaac Asimov. La otra es Qué difícil es ser Dios, escrita por los hermanos rusos Arkadi y Boris Strugatski, menos conocidos pero cuya obra es reverenciada por un conjunto nada desdeñable de lectores, entre los que me cuento, como una de las cumbres del género, por su densidad y su capacidad para analizar al ser humano y el mundo coetáneo (en el fondo, el propósito que da sentido a la ciencia-ficción) a partir de tramas que, en principio, se ambientan en tiempos y lugares muy muy lejanos.

El fin de la eternidad (1956)

En esta novela, Asimov funde dos argumentos muy seductores: el que justifica este comentario, y el de los viajes temporales. Pues Eternidad es una organización que tutela la seguridad de la humanidad a través del tiempo. Lo puede hacer gracias a que posee el monopolio de dicho viaje, posible desde el siglo 27 gracias a un invento realizado tres siglos atrás, en el 24, por el gran pionero Vikkor Mallansohn. La función esencial de Eternidad es analizar continuamente las variables de cada época para prevenir la posibilidad de que un acontecimiento desemboque en una catástrofe para el conjunto de los seres humanos. Cuando los análisis revelan la alta probabilidad de que esto suceda, se realiza un Cambio Mínimo Necesario, es decir, una alteración en el presente de un tiempo cualquiera para corregir su futuro. Ese cambio puede consistir, sencillamente, en la rotura de unos frenos para hacer que un individuo no llegue a tiempo a una conferencia (impidiendo que nazca en él una vocación por determinado campo de la ciencia que acabará desembocando en una invención nefasta) o el cambio de posición de un objeto, que ocasionará determinadas muertes necesarias y «accidentales». Por lo común, en la nueva realidad alterada también se ve modificado el destino, el estatus o las vidas de muchos de sus habitantes. Es el precio que Eternidad considera que se puede pagar.

Asimov describe la organización como una casta cuya pertenencia exige, antes que nada, la exclusión de la corriente temporal para sus miembros desde la edad de quince años y la consagración de su existencia a esa misión de conjurar todo peligro para la humanidad. De ahí que la élite de los Eternos (en cuya cúspide se encuentra el todopoderoso Consejo Temporal, formado por unos pocos miembros) se vea reducida a una existencia solitaria, sin posibilidad de conocer lo que es la amistad o la formación de una familia, una vida por tanto carente del hálito humano propio de esos semejantes en cuyo beneficio, teóricamente, realizan su trabajo.

Isaac Asimov, autor de El fin de la eternidadEl protagonista, Andrew Harlan (un humano nacido en el siglo 95), es un Técnico, es decir, el especialista en la realización de los CMN (los Cambios Mínimos Necesarios). Su cometido es decidir el modo en que ha de realizarse el cambio decidido por el Consejo. Puesto que, por ello, su función dentro de Eternidad es la más fríamente ejecutiva —de hecho, en la traducción que en España ha circulado durante más tiempo, obra de Fritz Sengespeck (sic), el technician asimoviano fue sustituido por el más contundente Ejecutor—, la que en rigor provoca las muertes o alteraciones antedichas, sobre ellos pende la misma aureola de horror sacro que durante siglos ha acompañado en nuestra reconocible realidad a la figura del verdugo. Por eso, y pese a que su posición los convierte en privilegiados dentro del sistema, fuera del obligado contacto profesional son sometidos a un cerco de exclusión que los convierte en parias: temidos y respetados parias.

El fin de Eternidad (o de la eternidad) a que se refiere el título viene provocado por las acciones que Harlan pone en marcha cuando, en determinado momento, comienza a cuesetionar el sistema al que había consagrado su vida. Y ello sucede debido a la aparición dentro de su vida rutinaria y monótona del más irracional e imprevisible de los sentimientos, ese al que ni siquiera es inmune el hombre de emociones más frías: el amor. Por amor a una muchacha normal, Noys, Harlan está dispuesto a poner en peligro la principal empresa jamás acometida por Eternidad, en la que él es la pieza imprescindible. Esa empresa —por una de esas paradojas temporales tan del gusto de la ciencia-ficción de ayer y de hoy— es que la invención de la máquina del tiempo (recuérdese, realizada en el siglo 24) depende de la incursión en ese tiempo de un viajero procedente de un siglo posterior. Si esa incursión no se realiza, Eternidad no habrá existido nunca, y por tanto la realidad nunca habrá podido alterarse: el hombre recuperará su libertad para acertar… y para fracasar.

Como puede deducirse de esta recensión, El fin de la eternidad lo tenía todo para haberse convertido en una de las obras magnas de la ciencia-ficción, tanto por su interés argumental como por las densas implicaciones de su premisa central (la reflexión sobre el conflicto entre felicidad o libertad; la mirada sobre el siempre sombrío y siempre fascinante sentido del fatalismo…). En particular, es de admirar cómo los principios rectores que rigen a Eternidad suponen una descarnada aplicación a la ciencia-ficción de la doctrina que hizo famosos a los utilitaristas británicos de las primeras décadas del siglo XIX, y que rezaba así: la política debe tender a procurar la mayor felicidad para el mayor número, lo cual implica el sacrificio de los anhelos de esas minorías que queden fuera de tal estadística. En la época, los utilitaristas fueron considerados por el resto de pensadores y políticos de la época como una especie de secta caracterizada por su fría inhumanidad, por su pretensión de corregir la sociedad excluyendo toda connotación emotiva: debo recordar aquí el caso del gran pensador John Stuart Mill, al que hace meses dediqué un sentido artículo, como patético experimento por parte de su padre (utilitarista convencido) de programar un reformador desde la misma cuna, al precio de estar a punto de arrebatarle lo que nos hace humanos: los sentimientos.

Sin embargo, en casi todo momento desprende la sensación de estar desperdiciando sus grandes posibilidades. En buena medida, se debe a las limitaciones como escritor de Isaac Asimov: su escasa preocupación por el estilo, su concentración antes en los problemas intelectuales que en la creación de atmósferas (y que en otros títulos se disimula mejor), su empeño en que sus argumentos progresen ante todo a través de los diálogos, aquí dejan en el desamparo más absoluto a unos personajes que necesitaban ser creídos antes en el plano dramático que en el intelectual. Dicho de otro modo: El fin de la eternidad es ciertamente una obra brillante, pero es una brillantez seca, opaca, que va perdiendo fulgor cuando levantamos la mirada de la página para mejor paladear las implicaciones de su propuesta.

Portada americana de El fin de la eternidadY es que Asimov no advierte que su planteamiento exige una progresiva evolución emocional desde la desapasionada gelidez con que Harlan va recapitulando su trayectoria dentro de Eternidad hasta su progresivo cuestionamiento de las implacables normas y códigos sociales de la institución tan pronto aparece en su vida la perturbadora Noys. En primer lugar, el escritor no consigue convencernos de la tremenda conmoción que para él supone el descubrimiento del amor, y no digamos ya de la fascinación que le supone la muchacha, el personaje más flojo de toda la historia. Pero, sobre todo, es incapaz de dotar a la historia del énfasis emocional que exigía en su parte final, de la pasión doliente que requería. No se trataba de revestir a Andrew Harlan de los atributos del héroe romántico capaz de enfrentarse a cualquier obstáculo sino, precisamente, de saber transmitir lo que en realidad es: un hombre que descubre, de pronto, lo patética que ha sido su existencia hasta ese momento, pero que al mismo tiempo se resiste a aceptar del todo esa transformación pues uno de los modos mediante los cuales Eternidad se ha asegurado siempre su pervivencia es potenciando la suspicacia entre sus solitarios miembros.

Es cierto que, como en sus mejores obras, Asimov brilla con gran intensidad en la descripción de sociedades futuristas que resultan inquietantemente coherentes. Sin embargo, a lo largo de toda la trama, mantiene exactamente el mismo tono narrativo, de ahí su fracaso a la hora de dotar de vida, de encarnación humana, a sus criaturas. Y es una pena porque, en medio de la frialdad del tono —por mucho que los diálogos insistan en proclamar acalorada tensión—, sus personajes pugnan, unos de modo abierto, otros de modo subterráneo, por proclamar su condición humana: es decir, su dependencia de las pasiones.

Como hubo de hacer el referido John Stuart Mill en determinado momento de su vida para no hundirse en la desesperación, hacia el final de su odisea el protagonista de la novela se ve obligado a cuestionar todas las certezas que han compuesto hasta entonces su vida: a cuestionar el propósito de Eternidad de jugar a ser Dios, advirtiendo que en su propósito de salvar a la humanidad le ha arrebatado también su principal característica, esto es, su libertad, su derecho a trazar su propio rumbo, encapsulándola en una especie de esfera protectora dentro de la cual le hace creer en una ilusoria independencia, que en la realidad no existe. Sin duda, esto es lo más perdurable de una novela que, justo es decirlo, cuando menos en su primera lectura, se sigue en más de un momento con arrebatada fascinación.

Qué difícil es ser Dios (1964)

Portada de Qué difícil es ser Dios, edición de GigameshArkadi Strugatski, nacido en Batumi (Georgia) en 1925 y muerto en 1991, y Boris, nacido en San Petersburgo (cuando se llamaba Leningrado) en 1931 y muerto en 2012, constituyen uno de esos casos de autoría compartida que conoce la historia de la literatura (como los franceses Erckmann y Chatrian o los también rusos Ilf y Petrov, incluso, en otro ámbito genérico, los españoles Álvarez Quintero o Antonio y Manuel Machado). Supervivientes de la II Guerra Mundial, precisamente del sitio de Leningrado, pero también de algún otro episodio bélico (Arkadi fue el único superviviente de un tren bombardeado por los alemanes), comenzaron a publicar juntos en 1958, iniciando una colaboración que solo concluiría con la muerte del primero. Como indicaba en el artículo que ya dediqué a su espléndida Stalker. Picnic extraterrestre, el grueso de su obra se adscribe a la ciencia-ficción, género considerado menor por las autoridades totalitarias (bueno, por la intelligentsia de cualquier época y lugar) y que por tanto, menos vigilado que otros, les permitió manejarse dentro de una relativa libertad artística que aun así no les privó de diversos encontronazos con la censura soviética. Las cinco novelas que he podido leer de esta pareja —las dos comentadas en este blog más El lunes empieza el sábado, Destinos truncados o Ciudad maldita— revelan a unos autores que, al contrario que el bueno de Asimov (ruso de origen como ellos), sí supieron acertar a la hora de combinar el ingenio argumental con la densidad dramática y la fuerza estética. Aunque seguramente nunca serán tan conocidos como el por otra parte admirable autor de Yo, robot, los hermanos Strugatski son creadores de primer orden no ya dentro de la ciencia-ficción sino de la literatura en general.

Publicada en 1964, Qué difícil es ser Dios es la novela de mayor éxito de la carrera del tándem, como da fe el número de ediciones en distintas lenguas que arrastra en su medio siglo de existencia, así como por ser la obra que más adaptaciones ha conocido al cine, la última de ellas muy reciente. Los novelistas pretendieron inicialmente darse el gusto de escribir una fantasía medieval de contenido ligero, llena de ritmo y aventura, pero a medida que fueron internándose por sus vericuetos, la historia y los personajes acabaron revelándose insospechadamente más profundos de lo que habían pretendido en un primer momento.

Arkadi y Boris StrugatskiLa trama de la novela, desde luego, es formidable. En un futuro inconcreto, la Tierra supervisa a lo largo de la galaxia distintos planetas que se encuentran en un estadio de desarrollo tecnológico inferior. El mundo donde sucede la acción vive en un equivalente del medievo europeo o de los primeros siglos de la Edad Moderna: una era de violencia que sojuzga el pensamiento libre. El Instituto de Historia Experimental observa el desarrollo de ese mundo haciendo que sus hombres se infiltren entre sus habitantes, ocupando puestos de relevancia para enviar información al satélite que orbita el planeta: las diademas que portan estos infiltrados son en realidad cámaras que hacen que todos sus actos sean observados a distancia. Ahora bien (y al contrario que la Eternidad de Asimov), la norma del Instituto es la no intervención: asistir al curso de la evolución sin influir sobre ella, salvo en ocasiones concretas y siempre para salvar alguna vida de particular interés, nunca para acabar con un tirano o impedir una guerra. Es lo que el Instituto llama el problema del influjo sin derramamiento de sangre.

El protagonista es uno de esos infiltrados, que se hace pasar por un noble llamado don Rumata de Estor, y que se ha convertido en uno de los principales caballeros del reino de Arkanar, cuyo roi fainéant se encuentra bajo la égida del ministro de Seguridad de la Corona, don Reba, quien está desarrollando una virulenta campaña contra los sabios del país. Joven y de sangre caliente, Rumata se encuentra al borde del desgarramiento, como un Hamlet sideral, atrapado en el dilema de intervenir en ese mundo y poner fin a tanta brutalidad arbitraria o dejar a esos seres al albur de su propio devenir.

Qué difícil es ser Dios, considera Rumata, al que ya no contenta su condición de paladín secreto de la civilización. Pues, en rigor, estamos ante un justiciero en la tradición del Zorro —como éste, don Rumata, en apariencia, juega a ser uno de los aristócratas borrachines, jactanciosos y pendencieros a los que desprecia—, o más aún, un superhéroe, pues sus capacidades son extraordinarias (los escritores, de modo divertido, justifican la invencibilidad del caballero señalando que conoce técnicas de combate que ese mundo todavía tardará siglos en conocer). Sin embargo, una de las razones por las que el astuto villano don Reba acabará sospechando de él es, precisamente, por el hecho de que teniendo un récord de provocación de duelos… nunca haya matado a ningún oponente en combate singular.

Una de las ediciones en castellano de Qué difícil es ser Dios«Aunque ellos maten y profanen, nosotros permaneceremos serenos, como los dioses. Los dioses no tienen por qué apresurarse; tienen la eternidad por delante». Éste es el principio que a Rumata cada vez le resulta más difícil cumplir. Pues si en el fondo son dioses, ¿por qué no conducir con mano firme pero justa al hombre, ese hombre en cuyo fondo humano él confía por encima de todo?

Utilizando elementos que, en rigor, provienen de la Espada y Brujería (o de su versión menos hard, la Fantasía Heroica), pero también de un concienzudo estudio de la época que pretenden retratar, Qué difícil es ser Dios equilibra con mano maestra el sabor de la recreación realista con los toques «metagenéricos» derivados de la intervención de los terrestres. Es decir, Rumata hace realidad el viejo sueño del consumado lector de literatura de género: penetrar dentro de la ficción, respetando todas sus reglas, pero sin dejar de ser nosotros, es decir, el avezado experto en esas fantasías aventureras. Quebrantar las reglas pero sin dejar de cumplirlas: un mérito incuestionable que los Strugatski resuelven con notable brillantez. Por ejemplo, con humorístico sentido del realismo, don Rumata no soporta las características externas del medievo: el perpetuo mal olor (incluso de las mujeres bellas), la suciedad, la falta de las mínimas comodidades domésticas (por ejemplo, ante la suspicaz desconfianza de su fiel criado, él no ha podido prescindir los pañuelos para enjugarse el sudor, los perfumes para enmascarar el hedor o… los calzoncillos).

Mediante el formato de la fábula ucrónica, los hermanos Strugatski realizan una formidable denuncia de toda tiranía, de todo totalitarismo: que las autoridades soviéticas permitieran su publicación solo se explica por la estupidez de los censores, que se dejaron engañar por las apariencias. El uso de la palabra «fascismo», la continua mención a Hitler, la aparición primero de esos grupos paramilitares tan del gusto del Führer y del Duce (la Milicia Gris de don Reba) y la conversión después de la dictadura protofascista en una sanguinaria teocracia, o la caracterización de ese mundo medieval bajo un estadio claramente precapitalista; todos estos elementos que presenta la obra no pueden llamar a engaño: se denuncia el totalitarismo per se, adopte la forma que adopte. De hecho, en la forma en que los intelectuales sometidos a acusación no dudan en confesar los más fantásticos delitos late una clara la denuncia de las prácticas estalinistas.

A diferencia de El fin de la eternidad, los hermanos Strugatski consiguen que el lector se implique con visceralidad en la peripecia de don Rumata. En Qué difícil es ser Dios sí hay atmósfera, sí hay implicación dramática, sí hay juego de tonos, sí hay versatilidad narrativa. Por ello, su novela es una memorable fábula al tiempo aventurera y política, nihilista y humanista, popular y culta, desesperanzada y romántica, por la cual se pasea uno de los más inolvidables personajes surgidos de la pluma de sus autores, alguien que está destinado a no superar su dilema, a escapar de la desesperanza que impregna su vida. Si concluida la lectura de la novela de Asimov es difícil recordar algún rasgo de su anodino protagonista, el lector de Qué difícil es ser Dios, no puede evitar, de la primera a la última página, sentir una profunda comprensión por don Rumata, de hacer suyos sus anhelos, de desesperarse con él o de sentir una precaria euforia en sus efímeros momentos de triunfo. Es lo que va de un personaje que no consigue trascender su condición de criatura de papel a la de aquel otro cuyos autores consiguen darle esa entidad difícil de definir, pero fácil de reconocer: la humanidad.

Imágenes de la última adaptación cinematográfica de Qué difícil es ser Dios, por Aleksei German, en 2013

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a El hombre como dios tutelar en la ciencia-ficción: de El fin de la eternidad a Qué difícil es ser Dios

  1. Renaissance dijo:

    La impresión que me produjo El fín de la eternidad es la misma: el planteamiento del mundo, su desarrollo y resolución me gustaron, el sistema que plantea es coherente, el desenlace, más esperanzador de lo que pensaba. Pero la atmósfera y sus personajes me produjeron una impresión de faltarles algo: unos sinsangre que se movían en unos escenarios que no conseguían causarme ninguna impresión. En cambio, lo que salvaba mucho el libro era lo fluido de la narrativa, que me pareció muy rápida y compensaba la falta de conexión con los protagonistas y su entorno.

  2. Pues sí, es una pena que una novela en la que la reivindicación de las emociones (y por tanto de la libertad) como esencia de lo humano… resulte tan poco emotiva, se vea tan encorsetada por una contención que funciona en las primeras páginas pero que luego se vuelve estéril. Sobre todo porque la trama es magnífica, pero quizá Asimov no era el escritor más adecuado para desarrollarlo.

  3. ¿Conoces la versión en cine de Strugatski, “El poder de un dios”? http://www.filmaffinity.com/es/film478545.html Yo nada más que de referencias, pero recuerdo cuando la estrenaron.

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