En Homonosapiens: El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

Burt Lancaster en El nadador, fotograma de la película

El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

Publico este mes en la revista digital Homonosapiens un artículo que une un magnífico cuento del estadounidense John Cheever con su adaptación cinematográfica (poco conocida pero muy estimable). John Cheever (1912-1982), a quien Santa Wikipedia define como «el Chejov de los barrios residenciales», fue un extraordinario escritor, por desgracia sin la relevancia mitómana de otros autores norteamericanos del siglo XX como Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald o Jack Kerouac, por mucho que compartiera con muchos de ellos su inclinación al alcoholismo, su inconformismo y su deriva existencial. Más que por sus novelas, Cheever es recordado por sus cuentos, muchos de los cuales los publicó en la famosa revista The New Yorker. Uno de ellos, El nadador, vio la luz en estas páginas en julio de 1964. Su trama es sencilla, incómodamente sencilla: un buen día del verano, Neddy Merrill, un hombre maduro pero todavía en muy buena forma, encantador, carismático, decide realizar la curiosa «proeza» de atravesar el acomodado barrio residencial en el que vive, de piscina en piscina, hasta su casa. En apariencia, el relato cuenta la historia del clásico triunfador que hace alarde de su plenitud de un modo tan absurdo como exhibicionista. Sin embargo, a lo largo de la muy breve extensión del cuento, Cheever va introduciendo pequeños matices que van haciendo germinar en el lector la sensación de que las cosas no son lo que parecen estar contándonos: y una ambigua pero progresiva inquietud acabará revelándonos que la verdad sobre Neddy Merrill dista mucho de ser lo que parecía.

Según he leído al buscar información para este comentario, Cheever había pensado escribir una novela sobre «la subida al cielo y el descenso a los infiernos de un “héroe” de los suburbios» (son palabras de Javier Morales en un estupendo artículo sobre la figura del escritor) para el que tenía escritas más de 150 páginas, cuando advirtió que no eran necesarias tanta palabras para dibujar la historia de ese personaje llamado Neddy Merrill y rehízo el planteamiento bajo la forma del relato corto. Veinte páginas le bastaron para convertir El nadador en una inolvidable alegoría del fracaso, y un gozo para quienes consideran que la clave de la literatura (del arte) estriba en la gozosa habilidad para sugerir antes que mostrar, para dejar que seamos nosotros, los lectores, quienes intentemos rellenar huecos, comprender intenciones, apreciar matices… Y pocos relatos poseen la capacidad de sugerencia de esta pequeña (en extensión) y profunda obra maestra.

Me apasionan las relaciones entre cine y literatura, como saben bien los lectores de este blog, y nada me gusta tanto como buscar lazos o divergencias entre un libro y su adaptación a la gran pantalla. El nadador cuenta con una versión al celuloide dirigida pocos años después de su publicación por un director, Frank Perry, hoy olvidado (tal vez con razón…) pero que intentó de modo muy digno contribuir a la renovación del cine de su país en esa década difícil que para éste fueron los años 60, entre los estertores del Hollywood clásico y el apasionante intento de los años 70 de crear una industria que ofreciera productos adultos y con un toque europeo.

El nadador sale bien parado en su primera dificultad: convertir 20 páginas en una película de hora y media, extendiendo los episodios del cuento y añadiendo otros que se suman con coherencia a la odisea de Neddy Merrill. No consigue estar a su altura, cierto, por inevitables divergencias entre los talentos de sus respectivos responsables (Perry no puede escapar de la tentación de querer ser «moderno» asumiendo estilemas entonces de moda y hoy desfasados y, sobre todo, carece de la sutilidad de Cheever). Pero no fracasa en su propósito de estar a la altura del propósito crítico del cuento y, sobre todo, de transmitir el profundo desgarro que envuelve su protagonista. En especial, El nadador contiene una inolvidable interpretación de un Burt Lancaster que diríase el único Neddy Merrill posible. A sus 55 años, y todavía en una forma física impresionante (como puede verse en el fotograma que incluyo sobre estas líneas), pero ya lógicamente a punto de doblar la esquina que conduce a la decadencia, Lancaster está literalmente conmovedor en su papel. ¿Cómo no unirnos a él en su particular periplo de piscina en piscina, mientras va descubriendo que tal vez ese deslumbrante día de verano encubra el otoño inexorable de su propia vida?

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a En Homonosapiens: El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

  1. Ángel Hernando Saudan dijo:

    Pues la realidad es que volví a ver hace no mucho la película de Frank Perry, realizador bien poco distinguido, y el paso del tiempo no le ha favorecido nada. Aquejada de múltiples moderneces (para su época) estilísticas y estéticas, es un pálido reflejo del excelente relato de John Cheever, salvo la magnífica composición de Lancaster. Lo mejor es no perder el tiempo y leer el libro.

    • En efecto, “El nadador” es una película que resiste mal una revisión, porque, sabiendo ya uno lo que le sucede a Neddy (la primera vez que yo la vi ni siquiera había leído el relato), vuelca su atención sobre el modo en que se nos cuenta su odisea y advierte que los recursos de Frank Perry son más bien vulgares (envejecidos, en el mejor de los casos). Ahora bien, con todo sigo creyendo que es una película muy estimable, pues mantiene con acierto el espíritu del cuento y, en especial, Burt Lancaster provoca tal adhesión que consigue inquietar, preocupar y finalmente conmover en los momentos en que pretende hacerlo. Aun cuando no tenga ni punto de comparación con el relato.

  2. altaica dijo:

    Me acabas de dar un mal rato y eso que es viernes. Bueno, que El nadador es una película que siempre la estimé formidable, madura, subterránea y maravillosamente adelantada. Puede que el paso del tiempo sea con ella cruel, algo que no dudo pues no la he vuelto a ver hace muchos años, pero recelo de que ciertas licencias estilísticas ya fuera de lugar o metáforas algo evidentes, sean suficiente lastre como para desalojarla del olimpo cinematográfico en el que la tengo como fresco durísimo sobre un modelo social, cultural y, cómo no, económico, por no hablar de la revisión, como perfectamente indicas, del fracaso y sobre el hombre y su siempre ridícula despedida como macho o asunción del inexorable declive. Una película extraña y fascinante que merece ser rescatada (juraría que muchísima gente no la ha visto), pese a sus posibles fisuras. Por cierto, cuando escribes “intentó de modo muy digno contribuir a la renovación del cine de su país en esa década difícil que para éste fueron los años 60, entre los estertores del Hollywood clásico y el apasionante intento de los años 70 de crear una industria que ofreciera productos adultos y con un toque europeo” me ha venido a la memoria otra película formidable de cine post-clásico, si bien realizada en el periodo clásico, que también representa una visión y una transformación del cine de su tiempo, como es Marty (1955). Tema por cierto apasionante y muy, muy complicado de delimitar, si bien sí podemos coincidir en que es más una cuestión de temas, argumentos y dramatización, pero sería interesante – si lo tienes a bien – que publiques alguna entrada al respecto sobre esos nuevos intentos aparecidos durante y al mismo tiempo del Hollywood clásico o moribundo. Un gran abrazo.

    • “El nadador” es una película, como dices, fascinante y, sobre todo, muy dura en su exposición del fracaso y el derrumbamiento, como bien dices, del macho americano (en general, de cualquier macho que se tiene por tal en su condición, siempre frágil, de triunfador). La primera vez que la vi, hace años, me impresionó considerablemente, porque los elementos esenciales que la componen son admirables. La revisión, ya sin la tensa sorpresa que la primera supone verla sin saber del todo lo que está pasando, se ceba bastante con la realización, pero no la estropea como para que no siga pareciendo una buena película. Y como le digo a Ángel en el anterior comentario, la interpretación de Lancaster compensa cualquier exceso de ingenua modernidad visual.

      En cuanto a esos intentos de renovación del cine clásico de Hollywood, en efecto se merecen todo el respeto. De “Marty” guardo un buen recuerdo, aunque hace ya muchos años de la única vez que la he visto. De la famosa generación de la televisión, valoro mucho a Frankenheimer pero, sobre todo, a Sidney Lumet, cineasta admirable las casi cinco décadas que extensión su carrera, de la primera a la última películas de las que hizo (dos de las mejores, además: “Doce hombres sin piedad” y “Antes que el diablo sepa que has muerto”). Hace tiempo que tengo ganas de escribir sobre él, y sobre grandes películas como “The Hill”, “El prestamista”, “La ofensa” o “Veredicto final”. Un abrazo para ti también.

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