Antes de Star Wars fue La fortaleza escondida

La fortaleza escondida, de Akira KurosawaTodos los entusiastas de La guerra de las galaxias, ávidos de información desde los mismos días de su estreno, sabíamos de la ristra de influencias que George Lucas manejó a la hora de construir el primer capítulo de su gran saga galáctica: que si El Señor de los Anillos, que si la leyenda de la Tabla Redonda, que si los seriales de space opera del viejo Hollywood… Entre las referencias solía colarse una que nos parecía muy exótica: una película japonesa completamente desconocida titulada La fortaleza escondida (1958), firmada por un director llamado Akira Kurosawa. Es por ella, parecía ser, que se colaba el curioso nombre japonés del caballero jedi encarnado por Alec Guinness: Obi-Wan Kenobi. La razón estribaba en que el primer actor seleccionado por Lucas había sido el protagonista de aquel film nipón, Toshiro Mifune, una de las grandes estrellas del cine de su país. Mucho tiempo después, en la era del dvd, por fin pudimos tener acceso a esa película ignota y el asombro fue grande: pues Lucas «tomó» mucho más que un nombre nipón de esta película. Tomó un argumento (una princesa que atraviesa un buen número de peligros bajo la protección de un dispar grupo de aventureros) y una original estructura narrativa, que otorga un rango protagonista, durante un buen tercio de metraje, a un par de personajes, uno alto y el otro bajo, que se pelean constantemente entre sí pero que no pueden estar el uno sin el otro, que cada vez que aparecen aseguran la diversión y que conducen al espectador hasta los personajes teóricamente importantes de la función. ¿No nos suena este retrato a los entrañables C3PO y R2 D2?

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El castillo ambulante: la vida después de Chihiro

El estupendo castillo de Howl en movimiento

Hayao Miyazaki debía ser consciente de la escrutadora atención con que sería recibido el siguiente film que rodara después de El viaje de Chihiro (2001). Y es lógico, porque el espectacular éxito internacional de crítica y público que tuvo esta película sacó el nombre de su autor —fuera de su Japón natal, claro, donde ya era el cineasta de mayor éxito del país— del reducto cinéfilo en el que unos pocos (en España, muy pocos) lo venerábamos. Chihiro, además, es un film tan «absolutista» (en el sentido de que es un perfecto compendio de temas, personajes y estilos del autor, como nunca antes y después ha vuelto a suceder) que, sin lugar a dudas, el proyecto inmediato que el director escogiera iba a encontrar grandes dificultades para llamar tanto la atención. Tal vez por ello (o porque no alcanza, y es cierto, la categoría de ese film o incluso de otros), da la impresión de que El castillo ambulante (2004) es un título un tanto incómodo en su carrera. Aunque en su día fue un éxito (sobre todo, una vez más, en Japón), no mereció tantos parabienes como Chihiro y hoy parece algo eclipsado. Sin duda, es una película irregular, sobre todo en el retrato del personaje del mago protagonista y adolece, a partir de su segunda mitad, de cierta sensación de falta de rumbo. Además, es muy evidente que Miyazaki no ha conseguido «desprenderse» del todo del enorme esfuerzo personal, a la vez intelectual y emocional, que le supuso su señalada obra cumbre, con la que se empeña en trazar diversos vasos comunicantes, unos armónicos, otros más resbaladizos. Y con todo, sigue siendo un film magnífico, plenamente miyazakiano en sus cualidades narrativas y en su grandeza ética.

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American History X o la mirada equivocada

Cartel de American History XSon muchos los problemas que impiden que American History X sea la película definitiva sobre el moderno fascismo urbano que arraiga entre los jóvenes más desorientados, pero destacan sobre todo dos. Uno: el exceso de didactismo de su guión, que intenta llevar de la mano al espectador en todo momento, como desconfiando de que éste, por sí mismo, sea capaz de advertir el contenido que se nos desea transmitir. Dos: la forma de dirigir (o, como dicen los críticos, la puesta en escena) de su director Tony Kaye, que en su incapacidad para advertir que, en cine, el estilo es el mensaje, casi acaba glorificando aquello que pretendía denunciar. Ambos defectos son considerables, pues convierten la película en una gran decepción, teniendo en cuenta que partía de un planteamiento interesante, en el que abundan los aciertos argumentales y se encuentran magníficas intuiciones a la hora de explicar el nacimiento de las ideas fascistas en entornos «normales». Un planteamiento que incluso admitía cierta ingenuidad parabólica, en cuanto que su convicción dramática podía haber hecho perdonar lo débil que es su credibilidad psicológica. Por desgracia, el resultado es el que es: una denuncia del neonazismo convertida en un show visual más próximo al videoclip que al cine de verdad. Y todo por quebrantar una ley fundamental del cine: lo importante no es lo que se mira, sino cómo se mira.

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Sed de mal o la irritante genialidad de Orson Welles

Cartel de Sed de mal, centrado en Orson Welles¿No fastidia un poco esa aureola de Orson Welles como genio absoluto e indiscutido en la historia del cine? No se me ocurre otro nombre para el cual parezca haberse acuñado con mayor deleite ese calificativo. No se le acerca, en resonancia, ningún otro de los artistas considerados como genios del séptimo arte. Ni Charles Chaplin, ni Federico Fellini, ni John Ford, ni Marlon Brando: nadie. Por supuesto, Welles tuvo una ventaja sobre todos ellos: ser el autor completo, total, el sueño dorado de quienes gustan en creer que el resultado de una película puede depender del trabajo de un solo hombre y no del de un equipo bien conjuntado. Welles dirigía, Welles escribía, Welles actuaba. En concreto, su faceta como intérprete siempre ha merecido la misma valoración que su faceta como director-guionista. La modestia —esa virtud que tan pocos valoran al hablar de un artista— siempre se sitúa a años luz del universo que rodea a Welles, y de hecho sus películas (y sus interpretaciones más famosas) siempre giran en torno a una figura más grande que la vida, con frecuencia un monstruo que al mismo tiempo despierta una intensa fascinación, una completa adhesión: el ciudadano Kane, Harry Lime (o sea, el tercer hombre), Macbeth, Otelo… y el capitán Hank Quinlan, el policía que encarnó en una de sus películas más alabadas, Sed de mal. Y precisamente no hay film de los suyos que pueda explicar mejor lo que es esa aureola de genialidad que rodea a Orson Welles, como concepto, como cualidad con la que moldear personas y dramaturgias, como aspiración de estilo. Y lo digo de entrada: Sed de mal me parece una genialidad, pero una genialidad ampulosa, que fascina tanto como irrita, que irrita tanto como duele, que duele tanto como maravilla.

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La noche a través del espejo: alcohol, crímenes y Alicia en el País de las Maravillas

La noche a través del espejo, edición de Reino de CordeliaHay un placer literario que muchos compartirán conmigo. Se trata de la expectativa de una obra maestra que todavía no hemos leído, pero que sabemos que existe. Es decir, una novela de un autor que amamos y de la que tenemos las mejores referencias pero que, por la razón, que sea, aún se nos ha escapado. En mi caso, me pasa, por ejemplo, con Crimen y castigo, de Dostoyevski, o con los dos últimos libros de cuentos del padre Brown, de Chesterton. Pero hay otro placer que incluso es más deleitoso aún. Se trata del súbito descubrimiento de una obra maestra ignorada, es decir, de un libro (o una película) de cuya existencia nada sabíamos hasta que un buen día cae en nuestros manos y nos deslumbra de modo absoluto. A mí me acaba de suceder con una novela titulada La noche a través del espejo, obra de un autor al que sí conocía y valoraba, pero sin exageraciones, como Fredric Brown. Se trata de una historia excepcional, un policiaco con puro ambiente de cine negro rural que, sin embargo, rebasa los márgenes del mero noir para proponer una joya que al tiempo que respeta las reglas clásicas del género las tensa por medio de un fascinante juego intelectual que nunca cae en lo pretencioso, y que encima tiene como foco, como indica el título de la novela —el español tanto como el original, Night of the Jabberwock—, el inolvidable díptico de Lewis Carroll sobre Alicia y el País de las Maravillas.

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El viento se levanta: Hayao Miyazaki se despide en voz baja del cine

Cartel español de El viento se levantaDe improviso, sin la menor publicidad, se ha estrenado en nuestro país El viento se levanta, una película que debiera haber recibido el eco necesario, no ya por venir de quien viene, del gran Hayao Miyazaki, sino porque, si son ciertas las declaraciones que ha realizado este hombre de 73 años, ésta es su última película. Un último trabajo que había desconcertado en su estreno en Japón y en occidente —según las noticias llegadas vía Internet, y menos mal—, y que ahora ha desconcertado en España. Pues estamos ante el único título de su carrera que carece del menor elemento fantástico o, siquiera, de género aventurero; ante una película en la que no hay relevantes personajes femeninos; cuyo protagonista no concita la adhesión emocional habitual en sus protagonistas; que carece, al menos en un primer plano, de los elementos entrañables de la práctica totalidad de sus películas. Y que, es lo más reseñable, para tratarse de una obra de un director declaradamente pacifista, en cuyas películas se encuentran innumerables ejemplos de su visión negativa de la guerra y la violencia, se despide mediante la biografía del ingeniero que diseñó el letal caza Zero con que los japoneses combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Una película, por tanto, que parece una gran paradoja dentro de la obra de Hayao Miyazaki. Y aunque en este comentario no voy a pretender que nos hallamos ante una obra maestra, sí señalo de entrada que estamos ante un trabajo admirable. Porque es digno de admiración el sentido del riesgo de un hombre que, en su última película, transgrede todas las expectativas y, en apariencia, realiza el menos miyazakiano de sus trabajos.

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Beau Geste: un entierro vikingo en el infierno

Póster de Beau GesteNo existe una sola película en la historia del cine que posea un inicio más atractivo, misterioso y bello que el de Beau Geste (1939). Un destacamento de legionarios se acerca a un fuerte que se alza en medio del desierto, silencioso y solitario, cuyas almenas están cubiertas de soldados. Sin embargo, cuando el comandante rodea la muralla descubre que todos esos rostros son de hombres muertos, con la expresión desencajada. Enviado un voluntario al interior, desaparecerá sin dejar rastro. El mismo comandante acaba explorando él mismo, descubriendo un dantesco rastro de cadáveres, entre los cuales destaca el de un oficial con una bayoneta clavada en el pecho y una carta cuyo autor se declara autor del robo de un diamante en tierra inglesa. No cesan los enigmas: el cuerpo del oficial se desvanece; y por último, cuando los legionarios se refugian en el oasis cercano ante la llegada de los tuareg, todo el conjunto arde en llamas, condenando al misterio a quedar inexplicado para los restos. Beau Geste no sólo es un clásico del cine de aventuras, sino una obra maestra del cine en general, que ha sufrido el menosprecio por ser considerado parte integrante de un conjunto de películas de aventuras con las que Hollywood glorificó el colonialismo europeo. Y sin embargo, una visión atenta del film nos descubre un planteamiento fascinante, que propone, en el escenario de la mítica Legión Extranjera, una fábula que acaba deslizándose hacia lo existencial en torno al crudo choque de los sueños de honor de unos muchachos y la sórdida realidad.

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The Amazing Spider-Man: el viejo/nuevo lanzarredes

Poster de la primera entrega de The Amazing Spider-ManSupongo que más de uno se sorprendería cuando, en 2012, se estrenó un nuevo comienzo (un reboot) de la serie cinematográfica de Spiderman, cuando apenas hacía una década desde el estreno del film que inauguró la taquillera trilogía rodada por Sam Raimi con protagonismo de Tobey Maguire, cuyas entregas son de 2002, 2004 y 2007. ¿Por qué tan pronto? Desde luego que no habrá sido por aquello de presentar el personaje a una nueva generación de espectadores: no ha dado tiempo a que ésta surja. Pero entre el estreno del último film de Raimi y este nuevo había tenido lugar, en cascada, y con producción propia bajo el sello de Marvel Studios, el estreno de la nueva etapa de los personajes de la Casa de las Ideas, y en concreto de los unidos por su pertenencia a Los Vengadores, cuyo poder de convocatoria está siendo realmente asombroso. Poderosas razones (económicas), por tanto, impulsan a la Columbia, el estudio que todavía mantiene los derechos sobre el trepamuros: la posibilidad de ver crecer una franquicia renovada en este coetáneo esplendor del género superheroico que, de momento, parece no haber tocado techo. En fin, si este reinicio puede haber desconcertado a los jóvenes aficionados cuyo Spiderman, por razones de edad, es sólo el de Raimi —puede que ni se hayan asomado a los tebeos, y menos a los clásicos, que son los que a mí me hicieron amar el personaje—, en mi caso ninguna razón sentimental me ligaba a aquél. Es más, la trilogía Raimi, si algo me ha producido, es tedio, sensación de estar ante una mera mecánica que nada aportaba al original. De ahí mi sorpresa cuando, ante la primera entrega de The Amazing Spider-Man, aparte de unos cuantos elementos discutibles, sí me encontré con una muy estimable reactualización de sus viejas características, cuando menos lo suficientemente interesante como para esperar con ganas el estreno de la segunda entrega, The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro.

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El país de los muertos se llama Marienbad

Cartel de El año pasado en MarienbadEn el escenario de un elegante balneario situado quién sabe dónde, un hombre asedia a una mujer día y noche con el mismo relato: ambos vivieron una historia de amor el año anterior (tal vez en aquel mismo hotel, tal vez en otro; el escenario del romance puede llamarse Marienbad o puede llamarse Fredriksbad), que quedó en suspenso, a petición de ella, para reunirse al cabo de ese tiempo y partir finalmente juntos; la mujer, sin embargo, lo niega, no recuerda nada, pero deja que él añada detalles e intimidades a ese affaire que, dice, vivieron juntos, mientras le demanda que cumpla su promesa de escaparse con él; escaparse, puesto que en el balneario hay un tercer hombre, que bien puede ser el marido, y que en cualquier modo tiene algún poder sobre ella; ese tercer hombre pasa las tardes embarcado en juegos de mesa con el resto de huéspedes, juegos sencillos en los que sin embargo gana una u otra vez… Esta breve recensión se corresponde con lo único que puede afirmarse que es —y ya hay que poner cursivas— esta película llamada El año pasado en Marienbad y que desde el año de su estreno, hace ya más de cincuenta, en 1961, sigue concitando polémicas e interpretaciones, siendo para unos el símbolo del cine más vacuo y pedante, artístico en la acepción más peyorativa de esta palabra, y para otros una obra genial y fascinante, signifique lo que signifique (y ahí está la gracia, encima). A los primeros, diez minutos de ella les parecen diez años; a los segundos, la hora y media que dura nos deja con ganas de seguir paseando por esos jardines geométricos, por esos pasillos barrocos, por ese laberinto del tiempo y de la memoria que es Marienbad.

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Nicky, la aprendiz de bruja o el doloroso camino hacia la madurez

Nicky volando en compañía de Jiji

Si yo tuviera que recomendar la película que constituye el mejor resumen del cine de Hayao Miyazaki, elegiría El viaje de Chihiro. El Miyazaki más romántico y aventurero lo encuentro en Porco Rosso. El Miyazaki más delicado, en Ponyo en el acantilado. El más trepidante, el más puramente narrativo, en El castillo de Cagliostro. El más depurado, en Mi vecino Totoro. Pero si quisiera señalar a alguien ya mínimamente introducido en el universo del autor por qué es, ahora mismo, el más grande de todos cuantos hacen películas —vivan las declaraciones maximalistas—, escogería Nicky, aprendiz de bruja. Y es que creo que muchas veces las que pasan por ser las mejores obras de los mejores creadores no tenían otra opción que ser eso, sus mejores obras. Es decir, las posibilidades contenidas (en todos los sentidos) por Vértigo, de Hitchcock, La isla del tesoro, de Stevenson, o El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford, eran tantas, que es lógico que en manos de sus creadores no pudiera surgir otra cosa que una genialidad. Pero la demostración del talento de aquéllos se comprende, incluso se admira mejor, con historias o temas más difíciles o menos prometedores. Ahí es donde dan la prueba definitiva de su genio: en Frenesí, en el caso del Mago del Suspense, en las Nuevas Noches Árabes, para Stevenson, o en Escrito bajo el sol, para Ford. Pues bien, el equivalente de estas obras para Miyazaki es Nicky, aprendiz de bruja (1989). Casi la película menos conocida o apreciada de su filmografía (incluso para sus entusiastas), un film que de hecho ni siquiera iba a dirigir y del que se encargó en el último momento, y que aborda un tema tan fácilmente dado a la pretenciosidad o a la cursilería como es el del paso definitivo de la infancia a la condición adulta (¡por parte de una bruja de las de toda la vida: una brujita con escoba!). Pero un film que no solo no me parece menor, sino incluso extraordinario.

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Dos películas, dos caras de Billy Wilder: El apartamento y Uno, dos, tres

Excelente y poco conocido poster de El apartamentoBilly Wilder es un cineasta que siempre cae bien. Se beneficia de ese aura de simpatía que siempre rodea al artista al que se le etiqueta como persona que utiliza el sentido del humor para criticar de modo «implacable» el mundo que le rodea. Y Billy Wilder, lo sabemos, siempre ha recibido la vitola de autor vitriólico, de quien, con una carcajada, es capaz de desnudar a todos los mezquinos, mediocres y malvados del mundo. A mí nunca me ha parecido una virtud per se, porque nadie asegura que la mediocridad no se esconda detrás de quienes critican la mediocridad: ya se sabe aquello de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Pero en el caso de Billy Wilder hay que reconocer que es capaz de provocar con talento una risa al mismo tiempo desternillante y amarga (y es que la risa crítica de verdad siempre ha de tener un poso de amargura). Sin embargo, Wilder siempre me ha parecido mucho más que un cineasta cáustico, y de hecho creo que la principal cualidad de su cine, por contradictorio que parezca, es su sentido de la delicadeza. Una delicadeza soterrada las más de las veces, incluso disimulada bajo esa inclinación hacia la risa cínica, hacia la sátira. Pero indiscutible, hasta tal punto que sus mejores películas lo que delatan es a un cineasta profundamente sensible, incluso romántico, por mucho que también denotan que a él no le gusta que se note en exceso. Su obra maestra, en este sentido, es para mí La vida privada de Sherlock Holmes (1970), inolvidable reinterpretación del mito holmesiano desde el punto de vista más insólito en el personaje: su encuentro con el amor.

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El Capitán América en el cine: El primer vengador y El Soldado de Invierno

Capitán América, el Soldado de InviernoDe todos los superhéroes de la Marvel, el Capitán América siempre ha sufrido un notable menosprecio, sin duda por haber sido juzgado —en especial, por quienes lo han leído poco o nada— por razones ideológicas: un héroe cuyo nombre y cuyo traje conforman una bandera no podía ser sino el símbolo del más rancio americanismo. Las mejores etapas del personaje en el cómic ya se encargaron de desmentirlo: por ejemplo, en los años 70, en sus páginas incluso se llegó a recrear un particular Watergate, lo cual indica que los mejores guionistas del Capi (de Stan Lee a Steve Englehart) no sólo nunca eludieron el inevitable componente ideológico de un superhéroe de ese tipo, sino que, al contrario, procuraron realizar a través de él una lectura de la actualidad, con muy buenos resultados. Pues bien, en cine, las dos primeras entregas de la serie dedicada al Capitán revelan asimismo no sólo a un personaje de notable interés psicológico —mayor que el de sus compañeros en Los Vengadores, como Thor, Iron Man o Hulk—, sino que, con su gran calidad, hacen que su serie, por el momento, sea también la mejor. Si los tres Iron Man son iguales de mediocres, si de los dos Thor el primero funciona y el segundo aburre, los dos títulos del Capitán América, subtitulados respectivamente El primer vengador (2011) y El Soldado de Invierno (2014), son excelentes.

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Ritual y Wicker Man: antes y después de El hombre de mimbre

Ritual_cub_defDesde la primera vez que vi, hace unos años, la estupenda película El hombre de mimbre (1973, Robin Hardy) —más conocida en las fuentes por su título original, The Wicker Man—, he sentido grandes deseos de poder echarle un vistazo a la novela en que se basa la película, Ritual. Los datos que tenía sobre ella eran escasos: nunca había sido editada en España. Hizo «falta» que escribiera mi comentario sobre este film, hace pocos días, lamentando una vez más esa laguna en la edición española, para que funcionara el conjuro. Ritual acaba de ser publicada por la editorial Alpha-Decay —con estupenda traducción de Regina López Muñoz— hace poco más de una semana. Tal vez fuera yo el primero en comprarla… En cualquier caso, su lectura me ha resultado apasionante, tanto por los valores propios de la novela como por permitirme —a alguien a quien tanto apasiona la comparación entre un original literario y sus adaptaciones— comprobar en qué medida el guión de Anthony Shaffer había sido fiel al libro. Había leído que en muy poca medida, y es verdad que ambas historias son considerablemente distintas. Pero no puede negarse que en El hombre de mimbre bulle, aun de modo subterráneo, la savia malsana de Ritual. He completado la lectura, además, con la revisión del remake que el film de Hardy «sufrió» en 2006 a manos de Nicolas Cage y Neil LaBute. Una película radicalmente fallida pero que, al menos, procuraba aportar ciertas novedades de concepto a la trama general urdida por Shaffer —pues, como indica el título, este film parte de su referente cinematográfico y no del literario. Ficción comparativa, por tanto, una de mis aficiones favoritas.

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Jack Kirby, creador de universos

Caricatura del mismo Jack Kirby y sus creacionesSus padres lo llamaron Jakob Kurtzberg, pero al profesionalizarse como autor de cómics escogió el nombre de Jack Kirby, cuya sonoridad era más americana y que más tarde, en 1943, adoptaría legalmente. En los años sesenta, su compañero de armas Stan Lee, amigo de otorgar simpáticos apelativos a todos los miembros principales de la familia Marvel, lo apodó como «King» Kirby, el Rey, una forma de reconocer el magisterio que había alcanzado entre los dibujantes de la casa: cuantos querían iniciar una carrera en la editorial, debían fijarse en su estilo y adoptarlo en lo posible. No sé si Jack Kirby ha sido el mejor dibujante del cómic superheroico de todos los tiempos (es una disputa absurda, claro) y me da igual. Porque lo que sí es seguro que para quienes amamos los tebeos de Marvel fue en verdad el Rey, el hombre cuya fabulosa imaginación gráfica, cuya fuerza incontenible y cuya capacidad casi inagotable de invención crearon en buena medida —por supuesto, con la colaboración inapreciable de Stan Lee— el tebeo moderno de superhéroes. A quien este no le guste, o lo considere una reliquia de su infancia a la que no ha vuelto a asomarse, se tratará de un monarca prescindible. Para quienes pensamos que no hay parcelas «menores» de la creatividad artística, sino artistas buenos o malos (y lectores o espectadores que buscan o que prefieren que los «encuentren»), Jack Kirby es un grande, un autor de talla superior, un creador de universos.

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Lo que queda de Tim Burton: Eduardo Manostijeras y Big Fish

edward-scissorhands_posterDurante mucho tiempo me he empeñado en amar a Tim Burton. Me parecía el director contemporáneo que me ofrecía más cosas: el amor por el cine fantástico, en especial el terror gótico, sin coartadas; un gusto visual barroco y muy atractivo, reconocible a la primera; una entrañable capacidad para conjugar lo tierno y lo siniestro; el entusiasmo por elementos tan clásicos y a la vez tan deliciosamente antañones como la animación por el artesanal método de la stop motion; capacidad para no anclarse en el mero homenaje cinéfilo (en el fondo siempre tan superficial) sino para resultar a la vez crítico o satírico… Ese amor nació con la primera película que vi de él, Eduardo Manostijeras (1990), y no se tambaleó pese a que las siguientes me gustaron poco: sus dos films sobre Batman (1989 y 1992), el primero porque, en su mayor parte, es una sinfonía al servicio insufrible de Jack Nicholson y el segundo porque desaprovecha un planteamiento estupendo por falta de sentido del desarrollo. Pero película tras película me encantaba reconocer ese «mundo propio» —y es que los cinéfilos somos una especie de lo más vanidosa—, por mucho que tardé en volver a encontrar una película que me llegara tanto como la del muchacho con tijeras por manos. Sin embargo, poco a poco —el punto de inflexión fue Charlie y la fábrica de chocolate (2005)— acabé dándome cuenta de que su cine estaba hundiéndose en la inercia, y que cada vez más parecía hecho para pre-convencidos de su genialidad. Su cargante versión de Alicia en el País de las Maravillas (2010) fue la gota que hizo rebosar el vaso: confieso no haber visto todavía sus dos siguientes películas. Sin embargo, no puedo evitar seguir recordándolo con simpatía, de ahí que no descarte que en un futuro pueda revalorizarlo: puedo ser así de caprichoso. Hoy, por ello, le rindo un pequeño homenaje recordando las que me parecen sus dos mejores películas —y a mucha distancia del resto—, la mencionada Eduardo Manostijeras y la aún mejor (pero menos apreciada) Big Fish (2003). Seguir leyendo

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