Nicky, la aprendiz de bruja o el doloroso camino hacia la madurez

Nicky volando en compañía de Jiji

Si yo tuviera que recomendar la película que constituye el mejor resumen del cine de Hayao Miyazaki, elegiría El viaje de Chihiro. El Miyazaki más romántico y aventurero lo encuentro en Porco Rosso. El Miyazaki más delicado, en Ponyo en el acantilado. El más trepidante, el más puramente narrativo, en El castillo de Cagliostro. El más depurado, en Mi vecino Totoro. Pero si quisiera señalar a alguien ya mínimamente introducido en el universo del autor por qué es, ahora mismo, el más grande de todos cuantos hacen películas —vivan las declaraciones maximalistas—, escogería Nicky, aprendiz de bruja. Y es que creo que muchas veces las que pasan por ser las mejores obras de los mejores creadores no tenían otra opción que ser eso, sus mejores obras. Es decir, las posibilidades contenidas (en todos los sentidos) por Vértigo, de Hitchcock, La isla del tesoro, de Stevenson, o El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford, eran tantas, que es lógico que en manos de sus creadores no pudiera surgir otra cosa que una genialidad. Pero la demostración del talento de aquéllos se comprende, incluso se admira mejor, con historias o temas más difíciles o menos prometedores. Ahí es donde dan la prueba definitiva de su genio: en Frenesí, en el caso del Mago del Suspense, en las Nuevas Noches Árabes, para Stevenson, o en Escrito bajo el sol, para Ford. Pues bien, el equivalente de estas obras para Miyazaki es Nicky, aprendiz de bruja (1989). Casi la película menos conocida o apreciada de su filmografía (incluso para sus entusiastas), un film que de hecho ni siquiera iba a dirigir y del que se encargó en el último momento, y que aborda un tema tan fácilmente dado a la pretenciosidad o a la cursilería como es el del paso definitivo de la infancia a la condición adulta (¡por parte de una bruja de las de toda la vida: una brujita con escoba!). Pero un film que no solo no me parece menor, sino incluso extraordinario.

Desde luego, Nicky es intensamente miyazakiana y por ello supone un auténtico placer ir reconociendo buena parte de las constantes más significativas de su cine. Primero en el plano argumental y ético: el protagonismo de una niña; el proceso de maduración; la valoración de la perspectiva femenina (queda muy claro que la brujería, en ese mundo vago e inconcreto donde se ambienta la acción, es cuestión de mujeres: es un matriarcado brujeril, vamos); el valor de la amistad como imprescindible elemento para alcanzar la armonía personal; la fascinación por los tiempos heroicos de la aviación, concretado aquí en el personaje del pequeño Tombo y el papel que posee el dirigible en la conclusión de la historia. Después, en el estético y visual, la ambientación en una ciudad de apariencia occidental que ensambla y armoniza distintos referentes geográficos y tecnológicos europeos, de los años 30 —un periodo muy amado por Miyazaki: en él transcurrirá, poco después, su inolvidable Porco Rosso a los 50.

Koriko, la ciudad indeterminada de NickyUn año antes, Miyazaki había estrenado el que hoy supone el título emblemático del Studio Ghibli (no en vano su personaje titular fue adoptado como la imagen de la compañía), esto es, Mi vecino Totoro (1988). Sin embargo, en su momento Totoro no fue el gran éxito que el estudio esperaba y necesitaba para consolidar su proyecto. (De hecho, lo que salvó las cifras de la película fue el hallazgo de un medio de explotación entonces apenas explorado por la animación japonesa: el merchandising.)

Ghibli necesitaba otro proyecto que lanzar enseguida, y para ello Miyazaki eligió un relato popular en Japón, obra de la autora Eiko Kadono, que inicialmente tan sólo iba a producir. Nicky se hallaba ya en fase de preproducción y debía ser dirigida por Sunao Katabuchi, colaborador de Miyazaki por ejemplo en la serie televisiva Sherlock Holmes. Descontento con el guión de Katabuchi y de Noboyuki Isshiki, el alma mater de Ghibli decidió hacerse con las riendas plenas del proyecto, con el que sin duda se sentía identificado, hasta el punto de rehacer por completo el libreto, encontrando incluso la oposición de la escritora a los cambios que pretendía realizar. Pues bien, lo curioso es que Nicky acabó siendo un gran éxito, pero hoy su fama es muy inferior a la de Totoro.

Nicky, aprendiz de bruja transcurre en un espacio y un tiempo por completo indeterminados. En ese mundo, cada ciudad, o cada pueblo o comarca, cuenta (o debería contar) con su bruja particular. Una bruja sin nada que ver con el concepto tradicional, por lo común negativo, del cuento de hadas de toda la vida. Una bruja benéfica, una protectora de la comunidad —aunque no parece que ese mundo necesite «protectores»: no estamos ante una historia a lo Harry Potter. Cada bruja debe hallar su habilidad propia, la especialidad que la singularice entre sus compañeras de hermandad, quizá a la medida del lugar que escojan como locus operandi. Así, la madre de Nicky tiene las trazas de ser una especie de farmacéutica de pueblo especializada en pociones para la vida cotidiana, tales como reúmas y achaques en general, y otra brujita en fase de aprendizaje con la que la protagonista se tropieza en su primera salida de casa le señalará que su especialidad es realizar adivinaciones sobre amor.

No es Nicky, sino KikiLa hermandad de brujas, eso sí, tiene como ley que al cumplir los 13 años cada una de ellas debe abandonar el hogar familiar durante un año entero para concluir su formación y buscar su propio lugar. Por ello, Nicky se inicia con la partida de su protagonista en su escoba (y ataviada con el vestido morado que identifica a las aprendices de bruja), sin más compañía que su gato parlante Jiji. Despedida por su familia y todos los habitantes del lugar donde ha crecido, Nicky vuela sin saber muy bien a dónde ir, y acabará llegando a una ciudad, Koriko, en la cual se instalará. ¿Y qué hacer en ella? La divertida idea —y que desde la primera vez que vi la película me ha parecido sencillamente genial— que propone la historia es que, puesto que su poder mágico consiste en volar con su escoba, lo mejor será… crear un servicio de mensajería aérea. No en vano la traducción literal del título original es Reparto especial express de la bruja. (Por cierto, hablando de traducciones: la protagonista se llama, realmente, Kiki, pero las connotaciones vulgares de esa palabra en español aconsejaron el rebautizo para el mercado hispano, algo parecido a lo que pasa con la isla de El castillo en el aire (1985), la gulliveriana Laputa, reconvertida para nuestro país en Lapuntu.)

Nada que ver, señalaba líneas arriba, con las tramas de acción a lo Harry Potter, y tal vez ahí se halle la explicación del escaso renombre de la película. La historia que cuenta Nicky es bastante poco activa, pues se centra, sencillamente en el devenir cotidiano de su joven protagonista, de cómo encuentra un hogar donde vivir, de sus primeros pasos en el negocio escogido, de su encuentro con la amistad, de las relaciones con su gato… Nada espectacular, por tanto, y eso que Miyazaki inventó un final —que enfadó a la novelista— en el que Nicky tiene ocasión de lucir sus habilidades con la escoba (pues, la verdad, no tiene ningún otro poder) participando en el rescate de un dirigible descontrolado que amenaza estrellarse sobre la misma ciudad. Un final que podría pensarse, por tanto, como una concesión estereotipada por parte del autor pero que, a esas alturas, es el final lógico como punto final del aprendizaje de la muchacha, algo así como el examen que la titula definitivamente, después de un proceso largo y doloroso en todos los sentidos, desde el emocional hasta el físico, por cuanto incluso llega un momento en que parece haber perdido su capacidad de vuelo (las escobas, sencillamente, se niegan a remontar el vuelo) e incluso de comprender a Jiji, que así se convierte en un gato normal.

Del rigor en la ciencia, o sea, un mapa que coincida con la realidadY esta es toda la aventura exterior que narra la historia, de ahí que, es evidente, haya que buscar por debajo de su superficie. Eso sí, basta para dotar a la película de una impronta visual inolvidable: hay que recordar la suprema habilidad de Miyazaki para las escenas aéreas, utilícense como vehículo un avión, una nave fantástica… o una escoba. Hay un momento genial, que sintetiza a la vez el atractivo que siempre tienen estas escenas en el cine de su autor como su sencilla inventiva: cuando Nicky tiene que hacer la primera entrega en esta ciudad para ella desconocida, lógicamente adquiere un mapa para guiarse; ¿y qué mejor forma de orientarse con un plano que situarse lo más alto posible sobre la ciudad hasta que las dimensiones de ésta coincidan con la escala del mapa?

El argumento lo deja bien claro, desde su mismo enunciado. El tema central de Nicky es el acceso a la madurez de su protagonista, o mejor dicho, el del encuentro del camino que conduce a ésta. No basta con elegir una ciudad para convertirse en su bruja. De ahí que Nicky llegue a Koriko no en su escoba, sino en tren (donde se ha refugiado para librarse de la tempestad desatada en mitad de la noche), que en su primer vuelo sobre sus calles pierda el control y esté a punto de provocar una cadena de accidentes, que sus habitantes no le hagan caso (otra excelente idea es que, al ser las brujas en ese mundo un elemento cotidiano —lo cual señala que no son un elemento de inestabilidad a causa de unos poderes excesivos—, de entrada la muchacha no llame la atención) y que, encima, el primer recibimiento sea por parte de un policía que intenta ponerle una multa.

Con la única compañía y consuelo de su gato Jiji —cuyo lenguaje comprende, pero sólo el suyo y no el de ningún otro animal, cuestión también significativa: es decir, Nicky entiende a su gato porque es su amigo—, la niña se siente desorientada, triste y decepcionada al no haber tenido la bienvenida que esperaba: la salida del cálido cascarón familiar es dura aunque seas una bruja, y esa es su primera lección. Afortunadamente, enseguida encuentra un nuevo hogar: la casa de la enérgica y bondadosa panadera Osono (cuyo embarazo supone una sencilla pero bella metáfora: la vida que se abre en su seno simboliza también la que se extiende ante la todavía desorientada Nicky). A partir de ese momento, las peripecias de Nicky van a caracterizarse porque, en todo momento, encuentra bondad y amabilidad en su camino y por parte de todas las personas, ancianas y jóvenes, que se cruzan en su camino, aunque en ocasiones ella no sepa apreciarlo desde un primer momento: como su encuentro con el pequeño y afectuoso Tombo, a quien la muchacha fascina porque puede hacer por sí misma aquello que él tanto admira, volar.

Nicky, Tombo y la bici a héliceAnte esta recensión, podría creerse que Nicky es un mero canto a los buenos sentimientos, en el que la ñoñería acecha tras cada esquina. Pues bien, no lo es. En primer lugar, por la intensa facilidad, por la suprema convicción con que el director sabe plasmar la humanidad en pantalla sin ceder un ápice a la cursilería. Y en segundo, porque precisamente la elaboración dramática de Nicky gira en torno a las dudas de su protagonista para encontrar su papel en el mundo, para apreciar que no basta con saber que la vida le tiene reservada una función concreta: tiene que entender su entorno para poder cumplir realmente su papel de hacer la vida más agradable a los demás. Las dudas la embargan, el cariño y sincera amistad que le rinde Tombo la desconciertan, en las muchachas de su edad encuentra un reflejo de lo que podría haber sido su vida de no estar «marcada» por su condición, lo cual genera en ella sentimientos contradictorios pero derivados todos de su condición de ser diferente. Así, siente miedo al rechazo, envidia de la vida de una muchacha normal y por tanto de su posibilidad de ser un bello objeto de adoración —los escaparates con zapatos y vestidos siempre llaman la atención de Nicky; admira la elegancia y belleza de la dueña de la gatita en quien Jiji acaba encontrando su media naranja—, y también temor a no estar a la altura de lo que se espera de ella.

El resultado es una crisis (de confianza, de identidad) que provoca una aparente pérdida de poderes: de la noche a la mañana deja de poder entender a Jiji (lo cual también tiene un sentido simbólico: el gato ha encontrado en otra gatita su propio camino; es decir, a la fuerza deberá dejar sola a Nicky en el suyo) y, sobre todo, de hacer volar su escoba, la cual acabará rota en pedazos poco después. Escoba que, no se olvide, pertenecía a su madre, que la convenció para que la tomara en vez de la que la propia niña había fabricado. Otro elemento simbólico y sencillo (la grandeza del cine de Miyazaki estriba en su compleja sencillez, en su sencilla complejidad): cuando Nicky recupera su capacidad de volar será con su propia escoba, o al menos la elegida por ella, un modesto e incluso feo cepillo que coge de manos de un barrendero cuando corre al rescate de Tombo.

Mensajería aérea de una brujaNicky, la aprendiz de bruja se constituye, por lo tanto, en un film digno del universo de maravillas de Hayao Miyazaki. Su historia está repleta de pequeños detalles en los que se advierte la sabiduría del maestro para ir dotando de complejidad, gracias a ellos, a personajes y situaciones. Así, en su primer trabajo como bruja, Nicky acaba ayudando más a las dos ancianas sin magia que con ella: encargándose de hacer funcionar el horno y cambiando bombillas; cuando «vuela» con Tombo en su particular bicicleta con hélice, la niña siente un miedo genuino: pues es la primera vez que surca los aires sin ser ella quien tiene el control. Otro elemento dramático considerable es el papel fuerte que tienen las mujeres en la historia, más incluso que en cualquier otra historia de Miyazaki. De hecho, sólo aparecen dos personajes masculinos de relieve: el pequeño Tombo, incapaz de parar de hablar, y el no menos bondadoso marido de Osono, que en cambio no suelta una palabra en toda la película. El resto son mujeres a cuál de más fuerte personalidad, como la joven pintora que vive en una cabaña aislada en el bosque y que ayudará a Nicky a apreciar que la confianza interior parte del reconocimiento de que cada uno debe encontrar su propia inspiración. Es así como Nicky encontrará la fuerza para resucitar (para recordar) sus poderes de bruja y rescatar a Tombo cuando el desastre final con el dirigible. El encuentro/la recuperación de la armonía tiene su entrañable plasmación en el conjunto de imágenes que aparecen con los créditos finales y que muestran algo que suelen olvidar todas las aventuras: lo que pasa después.

Eso sí, no sólo de una imborrable sustancia ética y emocional vive Nicky, sino de un encanto gráfico inigualable. Imágenes como la del barco que flota en medio de la niebla en el primer amanecer de Nicky en su nueva ciudad; todas y cada una de las escenas en que vuela con su escoba; el formidable atractivo del diseño de la ciudad, que supone una recreación de elementos urbanos de muy dispares procedencias geográficas (Italia y el mundo mediterráneo: la muralla semiderruida, el campanile; Francia: las sólidas casas con buhardillas que componen el centro; San Francisco: la perspectiva de las calles inclinadas con sus tranvías; las ciudades germánicas: esas casas pequeñas con las vigas señaladas en el exterior…); la gracia de los gestos que caracterizan a los personajes, en especial del inolvidable y cáustico Jiji (su forma de sudar copiosamente en los momentos de apuro; de expresarse con los ojos en medio de la mancha negra que conforma su figura); el estupendo clímax final…

Nota. La versión internacional de esta película, a cargo de Buena Vista, la distribuidora de Disney, tal vez por esa «carencia» de elementos tópicos, realizó una manipulación en el doblaje que no es pequeña. Hizo del cáustico y austero gato Jiji un auténtico parlanchín, un «gracioso» de vía estrecha. Puede comprobarse comparando la versión doblada al español (para su edición inicial en video de 2001: esta película no se estrenó en cines en su momento) con la original en la fundamental secuencia del vuelo nocturno de Nicky. En la primera, Jiji no para de hablar; en la segunda, apenas lo hace. El nuevo doblaje de 2010, hecho ya para la edición en dvd, respeta el original.

La bella simplicidad del dibujo de Miyazaki

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Nicky, la aprendiz de bruja / Majo no takkyubin. Año: 1989.

Dirección: Hayao Miyazaki. Guión: Hayao Miyazaki; novela de Eiko Kadono. Fotografía: Shigeo Sugimura. Música: Joe Hisaishi. Dur.: 103 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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14 respuestas a Nicky, la aprendiz de bruja o el doloroso camino hacia la madurez

  1. benariasg dijo:

    También es de mis preferidas de Miyazaki, y una fuente permanente de buenas ideas y sentimientos. De enorme utilidad pedagógica y gran valor estético. Tu reseña le hace la justicia que no siempre recibe.

  2. Renaissance dijo:

    El estilo de Miyazaki siempre ha sido muy entrañable, y a menudo más centrado en el tema de la madurez y la amistad que una verdadera trama de acción..Mismamente Porco Rosso, con sus aviadores y su ambientación en la Europa de entreguerras, cumple con esta característica.

    • En efecto, y ahí están “Mi vecino Totoro” o “Ponyo en el acantilado”, películas en las que no pasa “nada” si hablamos en términos de acción o de aventura propia de un film de animación. En Miyazaki la contemplación es fundamental: dejar el espacio suficiente para que sus personajes “respiren” y nos cuenten cosas. Ese aire contemplativo hace que incluso sus films más trepidantes (como “El castillo de Cagliostro” o “El castillo en el cielo”) no se recuerden como historias de acción continua, cuando para ellas también está muy dotado.

  3. Alfredo dijo:

    Recuerdo la gran sensación que me provocó Porco Rosso cuando la vi.

    Por cierto, a quienes interese el anime japones, les recomiendo una serie titulada Monster, que trata de un cirujano nipón que trabaja en la Alemania de los años 80 y 90, y se ve acusado de unos crímenes que no ha cometido. Desarrolla una trama con reminiscencias a Hitchcock y con varios secundarios memorables.

    Desde luego, esa serie es más dura y sombría que la película que reseña el artículo, pero creo que interesará a quienes no tengan prejuicios hacia la animación dirigida a un público adulto.

    Un saludo.

    • Hola, Alfredo. Gracias por la recomendación de esa serie, que no conozco (me manejo mejor con las películas que con las series de televisión) y de la que buscaré información.

      “Porco Rosso” fue mi puerta de entrada al mundo de Miyazaki, de modo que imagínate si le tengo cariño. En Málaga duró una semana y en mi sesión fuimos cuatro gatos los que estábamos viéndola. Después busqué como un loco otras películas del autor y tuve suerte de encontrar en poco tiempo algunas en el mercado del video, entre ellas Totoro y Nicky.

      Y por supuesto que el mundo del anime es (afortunadamente) diverso. Aunque para mí Miyazaki sea su cumbre, detenerse en él es absurdo porque hay muchos otros autores y películas, que ofrecen otras perspectivas y géneros, que merecen ser conocidos fuera del círculo de incondicionales que los veneran.

  4. Carlos dijo:

    Compré Nicky en vídeo “a ciegas”, después de haber visto “La princesa Mononoke”, “Porco Rosso” y “Mi vecino Totoro”. Siempre he pensado que es de las más sencillas y modestas de Miyazaki (después de Totoro) al no contar con secuencias aventureras (exceptuando el final). Pero no por ello una obra “menor”. Quizás por su sencillez argumental y por su falta de personajes miyazakianos extraordinarios se le suele relegar a Nicky por debajo de otras de Miyazaki.

    A Miyazaki tampoco le gustó, al parecer, el tramo final de su película (pero vaya, eso no es una sorpresa, él siempre se critica), como a la autora del libro original. Sin embargo, la prueba final de Nicky, aunque pueda parecer un elemento de acción que no concuerda con todo el tranquilísimo planteamiento que ha tenido la trama, se vuelve precisamente en el complemento que necesitaba el espectador: ver cómo Nicky hace una proeza y confía en sí misma, hacer lo que uno cree que nunca puede hacer y que logra con esfuerzo, junto a la aceptación final de la comunidad. Algunos de los planos y los movimientos de cámara que hace Miyazaki en esa secuencia final son una gozada y otros detalles como el uso del silencio (cuando Nicky se concentra, con el recurso puramente miyazaki del pelo que se eriza, o cuando finalmente agarra a Tombo). Además, ese clímax final me parece de los mejor cerrados de Miyazaki, que a veces casi parece que se desborda en su tramo final y parece ir sin control (“El castillo ambulante” me parece el peor solucionado en ese aspecto).

    Hay un detalle muy bonito también (que Disney se cargó en el primer doblaje español que se hizo), que casi pasa desapercibido: y es que al final Jiji no vuelve a hablar con Nicky cuando ésta le llama entre la muchedumbre, a la que responde con un maullido. La habilidad de hablar con Jiji no sólo era fruto de su condición de bruja, sino que simboliza su infancia. Al enfrentarse a sus problemas internos y encontrar su propia fuerza y confianza, Nicky pasa a una nueva etapa vital, y la infancia queda atrás, Nicky crece, y cuando se crece algo queda atrás… en el caso de Nicky es el poder hablar con Jiji.

    Muchos detalles muy sencillos, preciosos, que por su aparente y engañosa sencillez hacen parecer a “Nicky, la aprendiz de bruja” como una obra secundaria cuando, efectivamente, no lo es.

    • Curiosamente, “Nicky”, en su momento fue el mayor éxito de Miyazaki hasta la fecha, superior incluso a “Totoro”, aunque hoy día se la conoce mucho menos. “Totoro” dio dinero después, cuando descubrieron el merchandising y el éxito de los muñecajos de los totoros. Hace poco estuve en París y en una tienda especializada en comics y fantasía había un montón.

  5. Pedro dijo:

    Muy buen artículo. Lamentablemente me considero un padre raro que le pone a sus hijas de tres y cuatro años “Mi vecino Totoro” o “Nicky”. Me parece que el elemento más importante de este tipo de película es lo que he visto en algún comentario: la contemplación. A veces me quedo pensando, al ver los dibujos que les ponen a los niños de amigos, que les consideramos poco listos o que no se dan cuenta de las cosas. Prácticamente ningún dibujo animado (esa es otra, como si no pudieran disfrutar de otro tipo de películas como “El globo rojo”, en este caso un mediometraje) posee ese tempo tranquilo, pausado, de contemplación. Al contrario, se suceden acontecimientos sin calado de ningún tipo con la única finalidad de que sus ojos no paren un segundo. Si algo tienen las películas de Miyazaki, y es lo que más me atrae a mí, es la contemplación. El contar sentimientos en un película en la que “no pasa nada”. Magnífico.

    Y ya que estoy aquí, quería preguntar si alguien sabe lo que pone en la inscripción del pan que le hacen.

    Muchas gracias.

    • EStamos completamente de acuerdo, Pedro. Es admirable (y maravilloso) encontrarse unas películas de animación que no consideran necesario tener que estar contando “cosas” todo el rato porque consideren que, en caso contrario, los niños (casi siempre su público potencial) se van a aburrir. Contemplación, reflexión, flujo de la vida… estas son algunas de las claves que hacen tan grande a Hayao Miyazaki.

      En cuanto a la inscripción del pan, no recuerdo ahora mismo la referencia; cuando revise la peli, y si encuentro información, lo publicaré aquí mismo.

      • pedro dijo:

        Ya lo he encontrado. La inscripción pone: Kiki, servicio de mensajería aérea.
        Gracias de nuevo por el artículo y por este excelente blog.

      • OK. Gracias otra vez, y espero que te hayas leído también los otros comentarios sobre Miyazaki que hay en el foro. Quiero ir introduciendo más, a medida que vaya repasando las películas suyas que faltan, cada una imprescindible por una u otra razón.

  6. Paz dijo:

    Existe segunda parte?? En esa imagen está jiji con un gatito pequeño… y he llegado aquí buscando por que vi una imagen de jiji con familia de gatitos…

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