Primera parada en Balzac

Retrato de Balzac a partir de un daguerrotipo de Bisson Yo creía haber leído a Balzac. Amante de la gran novela del XIX como soy (fue mi segundo amor, tras los libros de aventuras de los Verne y Stevenson, y antes de descubrir el vasto campo de la literatura fantástica), por supuesto lo había catado, mas en pequeñas dosis, quizá porque, he de reconocerlo, siempre he sido antes anglófilo que francófilo, por lo que mi conocimiento de los Stendhal, Flaubert o Zola es pequeño en comparación con el que tengo, por poner algunos ejemplos, de Jane Austen, las hermanas Brontë, Dickens o el anglo-americano Henry James. Había picoteado aquí y allá, ciñéndome ante todo a las numerosas novelas cortas del francés (de una de ellas, El coronel Chabert, sí había hablado en este blog), pero solo ahora, que he pasado varias semanas devorando con ansiedad libros de y sobre Honoré de Balzac, es cuando comprendo que, en realidad, no lo había leído. Leer a este autor con cuentagotas y sin continuidad, separando en años los regresos a su obra, significa hacerse una idea muy reducida de su grandeza. A pequeñas dosis, Balzac parece un escritor «normal»: su estilo se nos antoja desaliñado; en unos momentos se vuelve en exceso prolijo, pero en otros se echa en falta una mayor profundización; diríase (y teniendo en cuenta la increíble cantidad de todo lo que escribió) que el autor se lanza a redactar un libro sin tener un plan profundo, dejando que los personajes y las incidencias vayan brotando de su pluma como si fueran surgiendo de improviso, dando vueltas aquí y allí, incurriendo muchas veces en la digresión innecesaria. Pamplinas. La grandeza de Balzac no está en el método: está en la capacidad para componer, y no soy original al decirlo, claro, un universo social y moral (que denominó La comedia humana) cuya vastedad deja sin aliento a poco que uno comience a visitarlo. Y es que, como en el caso de Henry James, creo que se necesitarían varias vidas para conocer cada uno de sus planetas. Seguir leyendo

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El resucitado de México

El gran director Luis BunuelEn el festival de Cannes de 1951 se produjo una resurrección. Aquel director español asociado a los surrealistas que, junto con su compatriota Salvador Dalí, había escandalizado en el París de finales de los años veinte con dos largometrajes que se ganaron las iras de los más conservadores (Un perro andaluz y La edad de oro), y de quien se había perdido la pista cuando primero su país y después el mundo entero enloquecieron, de pronto estrenaba una película que, para variar, generaba una enorme polémica. El director era Luis Buñuel; la película, Los olvidados. Se supo entonces que, tras un intento de aclimatarse profesionalmente en los Estados Unidos saldado con el fracaso, había marchado a México para integrarse en su industria e incluso había obtenido allí la nacionalidad. Tras un par de insulsas películas, por fin había podido realizar una obra personal, la que ahora presentaba en Francia, que se había ganado el rechazo general en su país de adopción (entre todo el mundo, a la izquierda y a la derecha) por la mala imagen que ofrecía de él. En Europa inicialmente también desubicó a los críticos, sobre todo a los relacionados con el entonces muy influyente Partido Comunista, puesto que echaban en falta la necesaria ortodoxia ideológica (esa que a Buñuel siempre le trajo sin cuidado). Habría de ser una reseña entusiasta de Vsevolod Pudovkin, todavía uno de los realizadores soviéticos más prestigiosos, para que llegaran las reivindicaciones en cadena, comenzando por la concesión del premio al mejor director en ese festival. Luis Buñuel había regresado, y esta vez era para quedarse. Y enseguida demostró que todas las promesas que había encerrado alguna vez tenían un fondo de realidad, cuando en los años siguientes ofreció un elevado número de grandes películas en ese país humilde al que, cinematográficamente, puso en el punto de mira. Seguir leyendo

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Cuentos de cine sobre los hermanos Grimm

Cartel hispano de El maravilloso mundo de los hermanos GrimmUna demostración evidente de que no debí superar nunca la inconsciente felicidad de la infancia es que no he dejado de venerar los cuentos de hadas. Fueron mis primeras lecturas —incluso en tebeo: recuerdo vagamente ediciones en pasta dura de El gato con botas o La bella durmiente que releía una y otra vez— y sin duda estarán entre las últimas. A uno de sus grandes autores, Hans Christian Andersen, lo tengo, y no es boutade, por uno de los mejores narradores de todos los tiempos. Me fascina en especial constatar cómo cambian las versiones de un mismo cuento a través de la historia. Por ejemplo, leer La bella durmiente en su primera versión en el Pentamerón (una recopilación italiana del siglo XVII), en Perrault y en los siempre mucho más sobrios hermanos Grimm resulta una experiencia apasionante: he aquí que, en el primero de estos libros, el príncipe encantador, antes de despertarla, la posee sexualmente y el resultado es un alumbramiento de gemelos (con razón el género ha merecido siempre el interés de las mentes perversas…). Mi devoción por los cuentos de hadas se extiende a la persona de quienes los escribieron: de Andersen, ya lo he dicho, y de los dos fraternales escritores que abordo en este artículo, Jacob y Wilhelm, los hermanos Grimm, seguramente los principales responsables de la popularización de los cuentos tradicionales como parte fundamental de ese mito burgués que es el de la infancia feliz. En concreto, voy a hablar de los dos muy diferentes acercamientos que ha hecho Hollywood a sus figuras, ambos abiertamente fabulescos pero muy diferentes entre sí, ninguno plenamente logrado pero los dos dotados de gran interés, sobre todo por su empeño de despertar una simpatía natural hacia estos dos hermanos de los que es difícil que haya alguien que no les deba algún momento, directo o indirecto, de felicidad. Seguir leyendo

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Ensoñaciones británicas de Alan Davis (I): Alan Moore y Capitán Britania

I        II       III

Ilustracion de Alan Davis para la reedicion en color de Capitan Britania

Alguna vez he escrito que el genial artista gráfico Alan Davis es el Robert Louis Stevenson del cómic. Como Stevenson, y sin que se note esfuerzo alguno, Davis impregna sus historias de una sobrenatural fluidez narrativa con la que consigue que cualquier cosa que cuente posea un interés mayúsculo. Como Stevenson, es un autor con un mundo propio, reconocible en el acto, que sin embargo se presenta bajo la modesta vitela del artesano que se conforma con «contar historias». Olvidamos demasiado deprisa que muchos creadores (de la ficción en general: cine, literatura y tebeo) que se han labrado un prestigio como autores serios y profundos tienen su mayor enemigo en las dificultades que tienen para dar ese primer paso imprescindible en todo autor, incluso en los serios y profundos: ganarse el interés del lector de tal manera que el tiempo parezca que no pasa mientras nos asomamos a sus propuestas. Ahora bien, por encima de todo, el vínculo que une a Davis y a Stevenson es el sobrenatural encanto que desprenden sus obras, esa cualidad que es tan difícil de definir pero que se aprecia al instante. Los tebeos de Alan Davis transmiten un placer irresistible. Al asomarnos a sus páginas uno siente deseos de quedarse a vivir en ellas: en mi caso, no tengo dudas, daría una vida (de ficción, claro) por tener por casa el faro que el grupo de mutantes Excalibur convertía en su cuartel general. Davis pertenece a una misteriosa escuela de artistas (a la que pertenecen él y Stevenson, y Jacques Tourneur y Fritz Lang y Cary Grant y Tiziano y, por fortuna, muchos más) cuya facilidad para trasladarnos a sus mundos es mágica. Artistas cuyo esfuerzo, tan grande como el que más, no se nota. Cuyo talento se caracteriza, ante todo, por la armonía, por la capacidad de hacernos creer, en tan solo un segundo, que el mundo se ordena tal y como ellos nos muestran. Son creadores que diríase que no tuvieron que aprender su oficio. Que, como en el mito platónico, únicamente han de recordar lo que ya estaba dentro de ellos. Seguir leyendo

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En Corsario Rojo, Novelar la terribilità: Sandokán

Corsario Rojo, revistaHace unos meses tuve ocasión de entrar en contacto con los responsables de un par de publicaciones, vinculadas entre sí, realizadas al otro lado del mar, en Argentina: la página web Kalewche, de periodicidad semanal, y la revista en PDF Corsario Rojo, que aparece cada cuatro meses. Ambas comparten espíritu e intereses (realizar un recorrido por la política, el pensamiento y la cultura), aunque la primera, por su carácter semanal de modo más apegado a la actualidad y la segunda con un propósito más académico, con artículos de muy superior extensión. Las dos dotadas por igual de un extraordinario interés y de una calidad considerable, de modo que para mí es un honor que sus responsables principales, Federico Mare y Ariel Petruccelli, me hayan pedido colaboraciones en ambos medios.

En concreto, acabo de publicar en el número cinco de Corsario Rojo, correspondiente a la primavera austral de 2023, un extenso artículo en el que abordo, nunca mejor dicho, el personaje de Sandokán, máxima creación del gran escritor italiano Emilio Salgari, desgranando una por una las once novelas que componen su ciclo, que se extendió a lo largo de casi tres décadas, desde 1883 a 1911. A algunos lectores de mi blog les resultará familiar este contenido, porque ya había publicado en varias entregas este recorrido por la saga del pirata malayo. Lo que hecho, a petición de los editores —interesados por el tema de la aventura en el mar, tal como indican los títulos de las dos publicaciones (Kalewche es el nombre de un buque fantasma de la tradición chilena)—, ha sido revisar minuciosamente los artículos originales, corrigiendo aquellas informaciones que he podido actualizar, y dotar al conjunto de una unidad mayor. En mi opinión, el resultado es mucho mejor, por lo que, aparte de por la imprescindible vanidad propia, lo recomiendo a aquellos interesados en el escritor y el personaje, de quienes no hay tanta información, en español, como creo que merecen, de ahí que me sienta especialmente contento de esta pequeña aportación, esperando, como siempre, que su lectura anime a la revisión, o al descubrimiento, de semejantes joyas de la literatura universal.

El enlace conduce al índice de la revista. A su vez, pulsando en cada uno de sus artículos, se puede descargar el PDF en cuestión.

Sandokán en Corsario Rojo

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Napoleón en Kalewche

Poster espanol de NapoleonLa excelente página web Kalewche, realizada con periodicidad semanal en Argentina bajo la dirección de Federico Mare y Ariel Petruccelli, ha tenido la generosidad de publicarme una crítica sobre la reciente y ya polémica Napoleón, de Ridley Scott (más generosa aún es la presentación, y recomendación, que hacen de este blog, que agradezco infinitamente). Debo decir que me han divertido (también ilustrado, claro) las múltiples diatribas dirigidas contra ella por historiadores y especialistas, señalando el aluvión de errores, falsedades, arbitrariedades y estupideces con que aborda la figura del conquistador francés. A mí la película no me ha gustado pero, como razono en la crítica, si no lo ha hecho es por razones estrictamente  cinematográficas: aun no conociendo nada sobre Napoleón, lo cual, claro, es imposible (menudo profesor de Historia que sería), esta versión me habría parecido igualmente mediocre. Es una cuestión de cine. Un guion flojo (aunque partía de un planteamiento dramático que permitía no dispersarse ante una figura ante la que asusta el aluvión de episodios que protagonizó, la historia de amor con Josefina), un actor inadecuado (para mí malo, pero sé que Joaquin Phoenix gusta bastante), un director pésimo (supuesto especialista en este tipo de «grandes temas», al que creo que solo le estimulan las posibilidades de juego con la tecnología digital), una apariencia visual fea a más no poder (por la razón anterior: la alteración de la imagen en la posproducción está siendo nefasta para el cine), un sentido del ritmo nulo, unos personajes históricos que se pasean sin dejar la menor huella (como el protagonista, a todo esto) y un largo etcétera son las razones que alego. Confieso que, conociendo otros mamotretos históricos de Ridley Scott (Gladiator, El reino de los cielos, El último duelo…) no esperaba gran cosa, pero mi interés por Napoleón me llevó a la sala, lo prometo, con la esperanza de que el resultado contradijera mis expectativas. Pero no. Será encomiable que el director siga activo a sus ochenta y tantos años, pero después de haber visto 18 de sus 27 largometrajes, creo que solo tiene una realización a la altura de su prestigio, la de la ya lejana Alien, el octavo pasajero (1979), que fuera su segundo trabajo. El resto me parece discreto, malo o muy malo, e incluyo, por desgracia, una de las películas imprescindibles de mi vida, Blade Runner (1982), puesto que me parece que su realización es de las pocas cosas mejorables de tan fascinante film, hasta tal punto que creo que, en esta faceta, la tardía secuela de Denis Villeneuve es muy superior. Pero basta de introducción y vayamos al enlace.

Napoleón, crítica en Kalewche

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Los vikingos: tragedia griega en los mares nórdicos

Llevo años ilustrando con esta película mis clases  de Secundaria sobre el atractivo mundo de este pueblo escandinavo. Y cada vez que la vuelvo a ver sigue pareciéndome igual de fascinadora. Hace años escribí una entrada sobre ella en el blog, pero el artículo que ahora publico es la versión corregida y matizada que incluí en mi libro Edad Media soñada, de cuya publicación se cumplen ahora tres años.

Poster original de Los vikingos

Si hay una obra que ha sabido arraigar en la conciencia cultural de varias generaciones, moldeando el concepto que tenemos sobre todo un pueblo, sin duda es Los vikingos, película de 1958 dirigida por Richard Fleischer, enorme éxito en su día en el mundo entero, que tuvo la fortuna de pertenecer a una época en que Hollywood era capaz de unir bajo el ropaje del gran espectáculo las dos dimensiones que debiera tener toda obra con ambición: el entretenimiento y la profundidad dramática. Esta combinación es lo que hace que una historia no se agote una única vez y apetezca volver a verla, a revisarla, en espera de encontrar algún matiz nuevo que la primera o primeras veces se nos escapara (o sencillamente, porque deseemos recrear otra vez el mismo placer que nos brindó). Los vikingos, producida por Bryna, es decir, por el mismo protagonista Kirk Douglas, no es solo un clásico del cine de aventuras: es un clásico del cine en general, un título memorable, dueño de una complejidad y una densidad que exigen más de un visionado para ser captadas en su totalidad. Seguir leyendo

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Los rostros de Sherlock Holmes

Captura de pantalla 2023-11-01 180500De todos los personajes literarios que han dado el salto a la gran pantalla para componer un ciclo cinematográfico extenso en el tiempo y, por lo tanto, sometido a múltiples acercamientos —Drácula y el monstruo de Frankenstein, o Tarzán de los Monos— quizá el más prolífico sea el inolvidable detective de Baker Street creado por Arthur Conan Doyle, esto es, Sherlock Holmes. En general, los actores que han dado vida a Holmes se han ajustado bastante a la popular imagen gráfica creada por el ilustrador Sidney Paget, el cual, sin ceñirse exactamente a la descripción de Conan Doyle, le dio ese famoso perfil afilado que ya tan imprescindible nos resulta y que plasmó en hasta 356 dibujos (correspondientes a una novela, la del sabueso, y treinta y siete relatos), por el que nos hemos acostumbrado a juzgar la adecuación física de todos aquellos que le han dado vida, con independencia de su talento interpretativo. Por ello, siempre se espera que el gran detective sea un individuo alto y enjuto, de frente despejada y pelo peinado hacia atrás, mirada penetrante y ademán enérgico. Del mismo modo, esos actores han tenido que manifestar una familiaridad con los atributos más famosos del detective (la lupa, por encima de todos) y soltar sin titubeos frases tan famosas como el «elemental, mi querido Watson» (que, recuérdese, es una frase apócrifa: Conan Doyle nunca la escribió). En relación con estos célebres iconos, no se olvide la divertida queja que Billy Wilder ponía en labios del personaje en su maravillosa película La vida privada de Sherlock Holmes (1970): él, que nunca había utilizado esa gorra de cazador con viseras y esa gabardina a cuadros que conforma su vestimenta más famosa (fue un invento del dibujante Paget sin seguir ninguna indicación del original), se ve obligado a llevarla ahora porque es lo que esperan de él… ¿Cómo iba a prescindir el cine del mito, surgiera o no de la pluma de Arthur Conan Doyle? Seguir leyendo

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Mi tío Jacques Tati

Inolvidable monsieur HulotMi panteón particular de cómicos del cine está formado por dos estadounidenses (Buster Keaton y Jerry Lewis), un inglés aclimatado en Hollywood (Charles Chaplin) y un francés, Jacques Tati. A diferencia de los primeros, cuyas carreras fueron largas y prolíficas —en el caso de Keaton, aunque pasado el cine mudo perdiera la independencia artística y viviera una larga decadencia, no solo  no dejó nunca de trabajar sino que  en sus años dorados acumuló una filmografía impresionante en número—, Tati solo firmó un corto y seis largometrajes, de los cuales dedicó cuatro (aquellos en los que me centraré en este artículo) a un personaje recurrente al que bautizó como monsieur Hulot (sin que nunca supiéramos su nombre de pila). Tal vez quepa hacer una distinción entre el francés y los otros. Si las películas de estos giran de forma absoluta en torno a sí mismos, en el cine de Tati siempre da la sensación de que Hulot pasa por allí como hubiera podido no pasar. Hulot impregna de una plácida humildad a todas sus peripecias, y de hecho, aun siendo el protagonista nunca es el centro absoluto del universo: de hecho, lo fue siendo menos a medida que avanzaba su «saga». Esta modestia casi metafísica que lo envuelve crea una sensación de armonía extraordinaria. De todos los grandes cómicos señalados, Tati es el único cuya comicidad no descansa en la tensión o en la agresividad que el mundo ejerce contra ellos sino en la tranquilidad. El efecto que tiene su cine es el de despertar una admirable sensación de placidez: al menos en lo que a mí respecta, creo que nada consigue templar mejor los nervios que sus películas. Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

 

En Café Montaigne: Guillermo Brown el travieso, el proscrito, el genial

Guillermo el gángsterAcabo de publicar en Café Montaigne un artículo (como otras veces, revisado y corregido después de aparecer en esta mano del extranjero) sobre una debilidad literaria personal que sé que comparten apasionadamente unos cuantos incondicionales, y que el resto, por desgracia, seguramente no conocerá. Se trata del inolvidable Guillermo Brown, cuyos libros son referencia imprescindible en la formación de varias generaciones en su Inglaterra natal y que, fuera de las islas, encontró en España su mejor tierra de adopción. Publicados por la editorial Molino, en los años cincuenta y sesenta gozaron de enorme fama (yo heredé mis primeros Guillermos de mi madre) y todavía en los setenta se defendieron, con nuevas ediciones (y peores, claro: cometieron la osadía de no incluir los entrañables dibujos del gran ilustrador de la saga, Thomas Henry), para ir declinando hasta desaparecer de la edición española. El último intento, no hace muchos años, compilando varios tomos, no debió de funcionar porque no aparecieron más. Y es una pena, porque estos libros son un tesoro. Parece literatura infantil, porque su protagonista es un niño de eternos once años, pero (Fernando Savater lo explica muy bien en el capítulo que le dedica en La infancia recuperada, primer texto en el que descubrí que había más lectores del personaje) sus andanzas carecen del tono blando y, por mucho que se disimule, finalmente moralizante de la mayor parte de las series de ese tipo (por ejemplo, Los Cinco) para proponer un canto a la transgresión que tiene pocos parangones en la literatura, especialmente porque Guillermo Brown no va ni mucho menos de rebelde, con o sin causa. La clave está en el punto de vista, el que aporta la admirable escritora que lo creó, Richmal Crompton. Esta antigua profesora de latín —que supo reírse de sí misma: el latín es la asignatura que más odian Guillermo y sus amigos los Proscritos, pues ¿qué sentido tiene estudiar una lengua muerta?—, retirada de la docencia por las consecuencias de una poliomielitis, entendió bien cómo situarse en la perspectiva de un niño y, sin mitificar banalmente la infancia, comprender que el mundo adulto es un universo de aburridas convenciones que no hay que destruir (Guillermo quiere bien a los adultos que lo rodean, su familia, aunque le fastidien sus intentos de controlar su libertad) pero sí del que lo mejor es alejarse el mayor tiempo posible. Nunca he dejado de leer y releer estos libros, siempre con una sonrisa en la boca… y con la triste certeza de que ya nunca podré unirme a esos Proscritos y vivir con ellos (vivir, que no es lo mismo que jugar) sus múltiples aventuras, sea encontrar espías alemanes en el cottage de al lado o pigmeos en el corazón de Inglaterra. Porque encontrarlos, creedme, siempre los encuentran.

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Los westerns de Robert Aldrich

Burt Lancaster, el genial canalla de VeracruzEl nombre de Robert Aldrich es uno de los primeros que aprendí a asociar a la figura de un director del que quería conocer más obras. Sin duda, se debió al impacto que provocaron en mí los dos westerns que rodó al principio de su carrera, Apache y Veracruz, ambos de 1954. Sin embargo, el tiempo ha ido maltratando notablemente su obra en mi aprecio, hasta tal punto de que siempre temo revisar cualquier película suya de la que guardo buen recuerdo: lo normal es que esa impresión se deteriore. He intentado leer cuanto ha caído en mis manos sobre este director para contrastar argumentos. Unos alaban la capacidad para expresar una visión del mundo (pesimista, endurecida) con independencia del argumento a través del cual la registra. Otros, el vigor de su narrativa. En el lado contrario, su tentación al artificio y al énfasis: sus ganas de dejar bien claro siempre que hay alguien al otro lado de la cámara. También fue inteligente. Pese al buen comienzo que tuvo, su carrera estuvo a punto de irse al traste en la segunda mitad de los cincuenta y cuando recuperó la posición, se juró no perderla. Fue tal vez el primer director-productor que tuvo claro que el espectador buscaba en las películas un «paquete» formado por unas estrellas atractivas, un argumento de impacto y la sensación de estar ante una film grande, y en sus películas más taquilleras de los años sesenta, de ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) a Doce del patíbulo (1967), lo aplicó con éxito. Aldrich abordó muchos géneros, como la práctica totalidad de directores de Hollywood con largas carreras, pero creo que sus mayores logros los consiguió en el western. A los cuatro ejemplos más relevantes de su participación en el mismo, los antedichos más El último atardecer (1961) y La venganza de Ulzana (1972) voy a dedicar el siguiente artículo. Seguir leyendo

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Los relatos de Rudyard Kipling

Retrato de Kipling, por CollierCada vez que regreso a Rudyard Kipling me veo obligado a quedarme un buen tiempo a su lado, aunque he acabado pensando que toda una vida se quedaría pequeña para hacerse una idea exacta de la compleja entraña de un literato al que muchos han querido reducir a su condición de escritor simple, incluso detestablemente simple. Por ello necesito recapitular un poco acerca de las impresiones, siempre cambiantes, siempre diversas, que me provoca su lectura. Como ya lo hecho en mi artículo sobre su gran novela Kim, no me detendré en la dimensión imperialista de su obra (que es indiscutible pero que no invalida su grandeza literaria). Kipling ambientó muchos cuentos en la India y, como me veo reducido a las limitaciones de un lector occidental que no es especialista en ese territorio y esa cultura, debo señalar que ese mundo del que nos dio su visión es insuperablemente convincente en términos dramáticos y, desde luego, artísticos. Esos relatos, lo más conocido de su producción, sin embargo no son lo único de toda ella: escribió cuentos situados en mar y en tierra, en el campo y en la ciudad, en el mundo contemporáneo o en la Antigüedad romana y el medievo. En todas las etapas de su vida creó obras deslumbrantes, y no hay nadie mejor que Borges (siempre Borges) para explicarlo. En el prólogo a los cuentos que seleccionó para su Biblioteca personal, recogiendo muestras de todas sus etapas creativas, señala que «los primeros son ilusoriamente sencillos, los últimos, deliberadamente ambiguos y complejos. No son mejores, son distintos». Y la clave, concluye, está en que «en todos ellos el autor, con sabia inocencia, narra la fábula como si no acabara de comprenderla y agrega comentarios convencionales para que el lector esté en desacuerdo». Es imposible que Borges haya sido el mejor lector del mundo; pero no lo es que los mejores solo pueden estar a su altura. Seguir leyendo

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Kim, el Amigo de todo el Mundo

Portada de la edicion americana de Kim, diseñada por Lockwood KiplingHay unas cuantas novelas en la historia de la literatura que se leen bajo la sensación de que nadie en particular las ha escrito: que, al modo de los arquetipos platónicos, existen desde siempre y que leerlas no es descubrirlas sino recobrarlas. Por lo común, son obras cuyas páginas pasan por nuestros ojos sin esfuerzo, como si nos hubiéramos embarcado en un viaje plácido por un río cuya suave corriente nos conduce de modo sereno pero inquebrantable al mar abierto. Pertenecen a ese tipo de historias (más raras que las contrarias) que nos producen una maravillosa sensación de optimismo sin que este nos resulte enojoso, nos parezca tópico o nos provoque mala conciencia. Nos reconcilian con la humanidad, aunque una relectura atenta también acabe revelándonos algún rincón oscuro: la buena literatura suele ser más sombría que luminosa, de ahí la sorpresa jubilosa que sentimos ante este segundo caso. Hablo, por ejemplo, de La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, de El hombre que fue Jueves, de G. K. Chesterton o de Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne. Y hablo también de Kim, la tercera y última de las novelas que publicó ese escritor llamado Rudyard Kipling, cuyo sonoro nombre parece exigir que torzamos el gesto por su condición de cantor del imperio británico pero al que me parece difícil que nadie que tenga el suficiente conocimiento de su obra pueda no estimar como uno de los grandes narradores de todos los tiempos. El mismo George Orwell, severo crítico del autor desde el conocimiento de quien también transitó por los dominios del Imperio británico, ya señaló en su día que cinco generaciones literarias lo habían despreciado, pero que nueve décimas partes de sus miembros estaban totalmente olvidados, mientras que Kipling «sigue ahí». Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Amor y muerte en Esnapur

Seetha ante la diosa

En Café Montaigne: Amor y muerte en Esnapur

En los salones del Café Montaigne siempre hay espacio para la aventura. Y en ellos acabo de publicar un artículo (revisión y corrección del que antes paseé por esta mano del extranjero) sobre una de las cumbres del género y, por lo tanto, del cine en general. Se trata de una revisión apasionada del díptico formado por El tigre de Esnapur y La tumba india, mediante el cual el genial director Fritz Lang regresó a su Alemania natal (de la que se fuera en 1933, con el ascenso del nazismo) después de que su aventura en Hollywood no acabara como merecía. Se sitúa en un reino de la India, gobernado por un maharajá que aspira a su modernización y que por ello convoca a un arquitecto alemán, Harald Berger, con el que enseguida hace amistad. Pero Berger se enamora de una bailarina, Seetha (de raíces irlandesas), a la vez que el soberano, el cual, al descubrir que esta, a quien ya contaba con hacer su esposa, le corresponde, monta en cólera, ordena su persecución y captura y decide convertir las escuelas y hospitales para cuya construcción había hecho venir a Berger en un mausoleo, en una tumba para sepultar en ella a esa mujer a la que ama y a la que, al no verse amado, ha decidido matar. Los amigos de los documentos antropológicos, de las visiones críticas del colonialismo (aunque aquí, al menos, no aparecen los ingleses) y de los directores-entómologos no encontrarán aquí su película. El tigre de Esnapur-La tumba india es una fábula romántica en su estado más puro, donde lo que cuenta, ante todo, es el lirismo, las sensaciones (abiertas y subterráneas), la acción a través de las cuales se expresan los caracteres mejor que con mil palabras, la sugestión visual, la narración que no se detiene pero que, misteriosamente, consigue suspenderse mágicamente en el terreno de la abstracción. Cine para disfrutar, para soñar, para descubrir después que nos ha hecho pensar. Y con una Debra Paget cuyas danzas constituyen una cumbre del erotismo onírico en la gran pantalla.

Debra Paget baila en Esnapur

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Sufrimiento y purificación en Paul Schrader

Paul SchraderA los cinéfilos y a los lectores siempre nos gusta encontrar en las imágenes o en las páginas de nuestros autores el rastro de sus propias vidas, unas vidas que, como es inevitable, en la mayor parte de estos fueron tan banales como las nuestras. En el caso de Paul Schrader el primer dato que aparece en sus pormenores biográficos no puede ser más sugestivo: no vio una sola película hasta cumplidos los dieciocho años. La razón estriba en que se crio en el seno de una estricta comunidad calvinista que practicaba ese credo cristiano, especialmente absurdo y rigorista, según el cual la omnipotencia divina es tan absoluta que conoce quién va a salvarse en el mismo momento en que cada ser humano viene al mundo. El signo de estar entre los elegidos es formar parte de esas comunidades de creyentes y seguir fielmente unas reglas cuyo signo exterior es llevar una vida de severo ascetismo moral y personal, que excluye cualquier tentación diabólica, entre las cuales, por supuesto, figuran esos simulacros de vida que son las ficciones, especialmente las más realistas, las películas. Con dieciocho años, el joven Schrader escapó y, tras descubrir el cine, decidió dedicar su vida al mismo. Y lo consiguió, bien que lo consiguió. En primer lugar, proponiéndose como un magnífico guionista, especialmente conocido por su asociación con Martin Scorsese. Pero después como un director muy activo a la vez que personal, cuyo sello autoral consiste en la exposición de la odisea interior de unos personajes condicionados por un pasado atroz que los ha convertido en seres que se complacen en la soledad al tiempo que buscan una purificación que solo podrán ganarse después de una explosión de violencia fatal. El camino a la redención a través del dolor, un concepto nada lejano del credo calvinista, que ensayó primero en su famoso guion de Taxi Driver y que luego él mismo plasmaría en toda una serie de películas de cruda densidad moral.

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