La saga Mad Max: arena, gasolina y más arena

Mel Gibson es Mad MaxEs curioso que hasta hace escasas fechas nunca hubiera visto ninguna de las películas que componen la trilogía ochentera de Mad Max, tanto más cuanto que yo pertenezco a la generación videoclubera que tantas películas de género, espléndidas o infames, nos descubrió a los adolescentes de los ochenta. Pero mis ojos debieron de resbalar sobre sus carátulas sin mayor atención (tengo que decir que, a diferencia del resto de mis amigos, yo empleaba buena parte de mis visitas en alquilar cine clásico, lo que me convertía en un bicho raro, por supuesto). Mi primer Mad Max fue el que, con el subtítulo de Furia en la carretera, reanudaba el ciclo, o más bien lo reformulaba, en 2015, film que me deslumbró por la increíble nitidez narrativa que demostraba la realización de George Miller, responsable de todo el ciclo, máxime cuando aquella está al servicio de una persecución casi sin tregua, a toda velocidad, que ocupa prácticamente las dos horas de metraje. Hace pocos días acudí a ver la inevitable secuela (mejor dicho, precuela) de este título, Furiosa: de la saga Mad Max, y es entonces cuando mi conciencia cinéfila, que siempre se empeña en imponerme deberes, me ha llevado a rescatar la mencionada trilogía. Dedico el presente artículo al comentario de las cinco películas que componen el conjunto entero, pese a que las tres primeras, lo adelanto ya, me han parecido, por su orden cronológico, pésima, mala y mediocre. Sin embargo, confieso que me seducen los ciclos, como me atraen, en general, las variantes de una historia ya sea a través de remakes, continuaciones, versiones apócrifas y adaptaciones con o sin continuidad, con solo que contengan algo de interés: de los ciclos sobre monstruos clásicos del terror de la Universal y la Hammer a los Aliens surgidos del clásico de Ridley Scott, de la saga de Star Wars al Universo Cinematográfico Marvel pasando por James Bond o Ripley (el personaje de Patricia Highsmith, no la avezada guerrera estelar interpretada por Sigourney Weaver, que también). De paso, y ese es siempre uno de los objetivos centrales de mi blog, me permito recapitular sobre los vínculos y divergencias entre los distintos títulos que lo componen. Y no iba a ser menos para mí la saga Mad Max… Seguir leyendo

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¡Firmo en la Feria del Libro de Madrid!

Feria del libro en Madrid

Este sábado 8 de junio cumplo un sueño: visito la Feria del Libro de Madrid. En realidad, el sueño consistía en pasear alguna vez por sus puestos como mero cliente. Tantos años contemplando en los informativos las imágenes del Retiro atestado de stands de librerías, jurándome que algún día yo iría desde mi Málaga para visitarlo (pero el mes en que se celebra es malo para quienes trabajamos en la enseñanza: el curso acaba y se acumulan los exámenes y la absurda burocracia digital)… y cuando por fin puedo cumplirlo, no solo voy a pasear sino que voy a estar dentro de uno de esos puestos firmando ejemplares de mi libro, recién salido al mundo, El hombre que escribía los cuentos más tristes. ¡Prepárate, Pérez-Reverte! ¡Tiembla, Javier Castillo! ¡Espero que no estéis situados cerca de mí (más que nada para que las colas que vais a formar no tapen mi modesto sitio de firmas…)! Estáis invitados, por tanto, a pasaros el sábado próximo, a las 12 horas, por la caseta de la Asociación de Editores de Andalucía (Bloque 21C nº 2) —me iré un rato antes para encontrar el lugar, por si me pierdo—, que allí me tendréis para firmar y charlar un rato. ¡Os espero!

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Anatomía de un instante o el tema del traidor y del héroe

Anatomia de un instante, libro de Javier Cercas.jpgComo sucede con todas las fechas en que tuvo lugar un evento singular, ¿quién no recuerda lo que estaba haciendo el 23 de febrero de 1981, es decir, el día del golpe del 23-F? Yo me encontraba castigado en mi colegio Alfonso X, terminado el horario escolar, y mi principal recuerdo de esa tarde es la desacostumbrada inquietud que delataban las idas y venidas de los profesores que pasaban delante del rincón de la secretaría donde me habían sentado: no entendía de qué hablaban pero me lo estaba pasando la mar de entretenido. Entonces apareció mi padre, que venía a recogerme en persona, algo inhabitual por cuanto el colegio contaba con transporte escolar. En el trayecto a casa, visiblemente preocupado, me dijo lo que estaba pasando y que era necesario estar todos juntos en casa. Él era entonces sindicalista de UGT y presidente del comité de empresa de Iberia en Málaga y siempre contó el suceso con unos aires de trascendencia que los hijos traducimos, con guasa, como una forma de darse importancia, cuando él no sería más que un pececillo en el mar de peces grandes que podían sentirse verdaderamente preocupados por el resultado del golpe. En cualquier caso, y teniendo en cuenta que cada año tengo que explicar el episodio a mis alumnos de Historia de España de 2º de Bachillerato, el 23-F siempre me ha interesado mucho. Y el libro que hace años que recomiendo a los chavales, y que acabo de releer con admiración incontenible, no es una obra histórica, aunque el trabajo de investigación del autor permita utilizarlo para adentrarse con detalle en sus pormenores, sino una obra literaria acerca de un episodio de la Historia. Una obra cuyo valor se encuentra, precisamente, en la perspicacia psicológica (traducida mediante un memorable sentido dramático) y la cadencia propia del escritor de novelas con que se exponen tanto los hechos como, sobre todo, la indagación política y moral acerca de sus principales protagonistas. Se trata de Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas. Seguir leyendo

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Burt Lancaster: acróbata, príncipe, charlatán

Burt Lancaster, inmortal Joe Erin en VeracruzNo tenía ninguna formación; en principio, nada en su trayectoria parecía anticipar su dedicación a la interpretación. Se había iniciado profesionalmente como artista de circo hasta que una lesión lo retiró de las pistas. Paseó su desorientación por diversos oficios (incluido el de la guerra) hasta que alguien advirtió que tenía buena planta y le dio un papel en el teatro. Poco después, esa vieja historia que muchas veces nos suena a mito pero que se hacía realidad de cuando en cuando, sucedió: un productor de Hollywood que buscaba un rostro nuevo pensó que le vendría bien para el personaje central de la película que iba a producir, un papel poco exigente en principio, que necesitaba poco más que una imponente condición física. Eso sí, el papel lo iniciaba directamente en el cine como protagonista, estatus del que solo lo apearía la edad, aunque seguiría disfrutando de roles extensos si ya no el principal. Tardó tiempo en ser respetado. Le perjudicaba, como a otros grandes actores (John Wayne, por ejemplo), que pareciera eso que ya se ha dicho: solo alguien con buena planta. Y en un principio, debe reconocerse, era ante todo una presencia. Su evolución como actor habría de ser de las más apasionantes que ha dado el cine. Ese muchacho de cuerpo envidiable y expresión enérgica acabaría revelando una variedad de registros muy superior a la de otros intérpretes de su estilo. Es más, demostraría una desconcertante facilidad para pasar de la actuación más sobria y ascética a la exuberancia más desatada, cuando no directamente histriónica (mas sin dejar entrever el mero narcisismo personal, al estilo de Marlon Brando o del Paul Newman joven, sino sabiendo ponerla al servicio de personajes que así lo demandaban). El hombre que solo parecía adecuado para personajes plebeyos que se expresan mediante la acción o la violencia de pronto fue descubierto por la crítica internacional como la encarnación perfecta de una aristocracia tal vez decadente pero todavía digna, exhibiendo una elegancia y una compostura que nadie habría adivinado en aquel tipo que saltaba sobre arboladuras y tejados. Encarnó como pocos la fuerza más exultante, pero también supo conmovernos dando vida al desmoronamiento de los sueños del vigor: a la decadencia física. Fue acróbata. Fue príncipe. Fue charlatán. Fue, sencillamente, Burt Lancaster, uno de los más grandes actores de todos los tiempos. Seguir leyendo

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El hombre que escribía los cuentos más tristes: una presentación

Hace poco más de una semana que ha visto la luz mi segundo libro, El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios, publicado también por la editorial malagueña Algorfa y que está compuesto por artículos procedentes de esta mano del extranjero, convenientemente revisados y corregidos. A modo de presentación para todos aquellos que puedan interesarse por él, incluyo en esta entrada la introducción expresamente escrita para el libro, en el que refiero su propósito y contenido. Al final también he puesto el índice del mismo.

El hombre que escribia los cuentos mas tristesEscribo para saber que he leído. Hago mías las palabras de Sergio Pitol, que ha dicho que no escribe porque recuerde algo: él escribe para recordarlo. Pero también las de Sherlock Holmes cuando afirma que la memoria no es un espacio de dimensiones ilimitadas y, por tanto, el usuario inteligente debe saber cómo organizarlo. Él descartaba aquellos conocimientos que no veía cómo podrían facilitar su labor investigadora, tales como la teoría heliocéntrica (aunque sus incondicionales siempre hemos pensado que esta afirmación es una mera boutade que soltó para desconcertar al seco doctor Watson); yo, casi cualquier dato de la vida práctica que no me haya enseñado la literatura. Por ejemplo, desconozco cómo se cambia la rueda de un coche pero, si alguna vez lo necesitara, sabría fabricar el imprescindible alimento de los aventureros, el pemmican: me lo enseñó Silvestre Paradox, el eminente personaje que da título a dos libros de Baroja. Seguir leyendo

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Edad Media soñada en Corsario Rojo nº 6

Portada de Corsario Rojo 6Si ahora mismo estoy muy contento por la publicación de mi segundo libro, El hombre que escribía los cuentos más tristes, el anterior, también publicado por la editorial Algorfa, Edad Media soñada, se empeña en llamar también a la puerta para que no olvide que fue el primogénito. Como ya difundí por aquí, uno de estos amigos que me está dando la literatura, Federico Mare, director junto a Ariel Petruccelli de la página web Kalewche y de la revista en pdf Corsario Rojo, acaba de publicar en esta última un comentario sobre mi recorrido medieval, un adelanto del cual ya apareció en la primera. Figura en el número 6, recién publicado desde la Argentina natal de sus autores, que puede bajarse entero o artículo por artículo, siempre en el mencionado formato pdf. Admirablemente, el artículo es mucho más que una mera reseña. Ciertamente, difunde y comenta con minuciosidad los contenidos del libro, e incluso selecciona algunos fragmentos que considera especialmente interesantes, por ejemplo aquellos dedicados a La bella durmiente (versión Disney, por supuesto) o a La flecha negra de R. L. Stevenson, y lo hace con una generosidad que, por supuesto, agradezco infinitamente. Pero hay mucho más. Federico Mare comienza su artículo con una notable reflexión sobre el papel de la nostalgia en nuestra herencia personal. Y concluye proponiendo otra fábula medieval, para él imprescindible, que podría formar parte perfectamente del libro, la leyenda de Guillermo Tell, héroe de las libertades suizas, mediante un pequeño y erudito estudio que se devora con fervor. Es significativo que, de pequeño, uno de mis primeros libros favoritos fuera un pequeño cuento sobre esta historia que luego creí reconocer en el clásico de Jacques Tourner El halcón y la flecha (1950), una de mis películas favoritas de siempre. El artículo que escribe Federico, por tanto, nos convierte en hermanos de letras más que nunca, puesto que en su forma de enhebrar el comentario de un libro ajeno con las inquietudes personales yo también me reconozco a mí mismo. Por todo ello, mil gracias, Federico.

Edad Media soñada en Corsario Rojo

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Publico El hombre que escribía los cuentos más tristes

El hombre que escribia los cuentos mas tristesAnuncio con gran ilusión que en estos días se pone a la venta mi segundo libro, que lleva el título de El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios y que publica la misma y admirable editorial, la malagueña Algorfa. Se trata de una selección de artículos que han visto la luz en este blog llamado La mano del extranjero, cuyo contenido versa exclusivamente sobre libros y autores que han marcado mi vida. Todos ellos convenientemente revisados y corregidos y en algún caso reescritos. Dejo esta vez a un lado el cine y el cómic, y las relaciones de ambos con la literatura, a los que ya dediqué mi anterior libro Edad Media soñada, pero los principios que rigen su elaboración y selección son los mismos.

La selección es variada. Por supuesto, están aquellos autores que me acompañan desde mis primeros pasos como lector (Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle, en este caso con su emblemático personaje Sherlock Holmes) pero tampoco aquellos a los que descubrí en el momento en que me creí ya un lector «adulto» y busqué escritores calificados como más complejos, del tenor de Kafka, Henry James, Dostoyevski o Elias Canetti. Por supuesto, y aunque tardé años en apreciarlo, el tiempo me ha enseñado a reconocer que hay muchas formas de complejidad y que tal vez la más inquietante sea aquella que se presenta bajo el disfraz de lo diáfano: es por ello que Peter Pan o Alicia en el país de las maravillas siempre figurarán entre las lecturas que no dejo de frecuentar. Y no hablemos del hombre al que se refiere el título de este libro, el danés Hans Christian Andersen, ese niño grande que creía escribir para niños pero que no pudo dejar de ser un adulto que enmascaró sus miedos adultos bajo la máscara de lo infantil. Seguir leyendo

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El ruedo ibérico: deslumbrante Valle-Inclán

Valle-Inclan, por Juan de EchevarriaEs probable que el de Ramón del Valle-Inclán sea hoy tan solo un nombre que figura en los manuales de Literatura cuando hay que hablar de la Generación del 98. Como mucho, supongo que se sigue conociendo Luces de bohemia, porque el concepto de «esperpento» aún se estudia en Bachillerato (aunque es absurdo que ya no se haga leyendo la obra que mejor lo expresa). Por lo demás, salvo para los especialistas, es ante todo un icono, la fotografía añeja de una figura extravagante con barbas de chivo. Aparte de la genial obra de teatro, a la que es conveniente volver de cuando en cuando, mi conocimiento de Valle se limita (por el momento) a dos novelas, separadas por veinte años, y tan diferentes entre sí que pasar de una a otra es dar un salto mortal sin red. Dos novelas que no son pocas páginas, pues cada una está formada por varias. La primera por cuatro, las Sonatas: cuatro nouvelles cuya lectura seguida me ha resultado deliciosa (con excepción de la cuarta, la Sonata de invierno, que me ha parecido algo redundante). La segunda, El ruedo ibérico, por tres, la última de ellas inacabada. La lectura de esta última me ha dejado en verdad anonadado, pues no esperaba encontrar semejante maravilla. Se trata de una escenificación, bajo el familiar signo del esperpento o, lo que es lo mismo, de la crónica grotesca, del último año del reinado de Isabel II. Valle se documentó a fondo para dar un suelo firme a unos personajes, en su mayor parte reales, a los que luego aplicaría su muy particular mirada disolvente. Como profesor de Historia, la recreación me parece espléndida (y absolutamente complementaria, en otro sentido literario, de la obra magna de Galdós, los Episodios Nacionales, que inevitablemente Valle tuvo en el horizonte al redactar su obra). Ahora bien, como amante de la literatura, me he encontrado ante una de las mejores novelas jamás escrita en español, un prodigio desde cualquier punto de vista desde el que la contemplemos: la estructura, el ritmo, la narración, el uso del lenguaje, el perfil psicológico de los personajes, la brillantez de los diálogos y las descripciones. En prosa, se suele citar Tirano Banderas como la mejor obra del escritor. Yo que todavía no la he leído solamente puedo decir: ¿cómo será de magnífica si supera este Ruedo ibérico? Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Y entonces llegó Shane…

Alan Ladd es Shane

En Café Montaigne: Y entonces llegó Shane…

El pistolero más rápido a este lado del Mississippi, el pionero que recorre las inmensas llanuras del país buscando una nueva vida en el lejano Oeste, el sheriff que no duda en imponer la justicia aun cuando los facinerosos sean muy superiores en número, el oficial del Séptimo de Caballería que se sabe el último baluarte ante la civilización, el veterano explorador que es el precario vínculo entre el hombre blanco y el indio destinados a enfrentarse… Todos estos son personajes emblemáticos del western que los aficionados reconocemos al instante. Pero desde mi infancia mi favorito es el west man de incierto pasado (pero que se intuye turbio por su dominio del revólver) que llega quién sabe de dónde a un lugar donde se necesita a un justiciero y que, después de arreglar el asunto, se marcha por donde ha venido pues intuye que en el mundo civilizado no hay sitio para gente como él. El personaje emblemático de este prototipo porta un nombre cuya sonoridad siempre me fascinó, Shane, protagonista de una película cuyo título lo porta pero que en España recibió un rebautizo igualmente espléndido, Raíces profundas. El film es de 1953 y su protagonista, el rubio Alan Ladd. Más de treinta años después, Clint Eastwood reformuló la historia (sin acreditar la fuente de inspiración, pero siendo evidente) y dio lugar así a la primera de sus películas que mereció el respeto de la crítica, El jinete pálido (1985). Las dos son excelentes, pero es que también lo es el relato de donde extraída la historia, escrito por Jack Schaefer, uno de estos nombres injustamente desconocidos por quienes nos llamamos amantes del western y hemos creído media vida que nuestras películas favoritas fueron obra exclusiva del talento de sus directores, guionistas y actores. En el artículo que publico en Café Montaigne vuelvo al personaje en sus tres variantes, a cuál mejor: la del libro, la del clásico de 1953 y la de la revisión de 1985.

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En Café Montaigne, una reseña de Edad Media soñada

Edad Media soñada (portada)Mi amigo y compañero de instituto durante tantos años Rafael Guardiola acaba de publicar una reseña sobre mi libro Edad Media soñada en la excelente página web Café Montaigne, en la que ambos colaboramos desde hace años. Hombre de formación puramente renacentista, aunque él se haya centrado profesionalmente en la filosofía —actualmente es Presidente de la Asociación Andaluza de Filosofía (AAFi), además de Coordinador de la Olimpiada Filosófica de Andalucía (OFA)—, traductor, ensayista, poeta, ilustrador y, sobre todo, hombre dotado de un sentido del humor repleto de inteligente ironía, Rafael es la persona que, después de muchos años de animarme a que intentara publicar mis escritos, acabó orientándome en la dirección precisa, es decir, la estupenda editorial Algorfa. Por tanto, él es el segundo «culpable» de que mi libro exista. Dejando de lado la osadía de incluir mi nombre en el mismo renglón que señeras figuras del pensamiento, creo que su artículo puede servir de valiosa orientación a aquellos a los que pueda interesar el tema recogido en el libro (un paseo por muchas de las ficciones de la literatura, el cine y el cómic con ubicación en la Edad Media) por su exposición minuciosa de sus distintos capítulos y su referencia a muchas de las obras que se comentan en él. El libro se encuentra en Amazon y en la página web de la editorial Algorfa, que hizo una preciosa edición, como puede comprobarse ante la elegante portada. La ilustración es un fragmento del cuadro de Edward Burne-Jones El último sueño del rey Arturo en Avalon (1898).

En Café Montaigne: Edad Media soñada

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Dune o el mesías que llegó al desierto

Cartel de Dune, parte dosUn planeta-desierto de sonoro nombre, Arrakis, en el que el agua es tan valiosa que sus habitantes ni siquiera lloran a sus muertos porque malgastar lágrimas supone un intolerable dispendio de la más exigua riqueza del mundo. Una extraña especia, llamada melange, que permite el vuelo interestelar, por lo que convierte la posesión del planeta en objeto de especial codicia. Unos enormes y voraces gusanos que viven bajo la arena y a los que estimula el menor sonido que se propague a través de las dunas. Un pueblo indígena, los Fremen (término surgido de la conjunción evidente de Free Men, los ‘hombres libres’), que se resiste al dominio de los poderosos clanes foráneos a los que el emperador ha entregado su planeta y que, a su vez, se enfrentarán mortalmente por este, los Atreides y los Harkonnen. Y un conjunto de profecías difundidas entre los Fremen que cifra no solo su triunfo sino el florecimiento de la vida en Arrakis cuando aparezca un misterioso mesías venido del exterior y al que marcarán determinados signos reservados solo al Elegido. Con estos elementos narrativos y situacionales, muy propio del subgénero de la ciencia ficción conocido como soap opera, el escritor estadounidense Frank Herbert (1920-1986) dio a la imprenta en 1965 un libro, Dune, que no tardaría en convertirse no solo en una de las obras de referencia del género sino en una de las pocas que consiguió escapar del ghetto de lectores y críticos especializados. Buena prueba de ello, como siempre, ha sido la atención que el cine le ha prestado. En los años setenta no llegó a buen puerto una adaptación puesta en manos de nombres importantes dentro del arte popular cuya cabeza visible era el chileno Alejandro Jodorowsky. En los ochenta, el entonces joven director David Lynch fue puesto al frente de una superproducción estrenada en 1984, que constituyó un enorme fracaso comercial. Y muy recientemente, Hollywood ha vuelto a prestarle atención, confiando al director Denis Villeneuve la nueva puesta de largo del empeño, dividido en dos partes estrenadas en 2021 y en el presente 2024, ahora con gran éxito. Seguir leyendo

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En Kalewche, artículo sobre Edad Media soñada

Edad Media sonada, una aproximacion

Federico Mare, co-director (junto con Ariel Petruccelli) del semanario digital Kalewche y de la revista en PDF Corsario Rojo, publica en la primera de estas dos cabeceras una crítica sobre mi libro Edad Media soñada. La imagen del medievo en la ficción (Algorfa, 2020). Se trata en realidad de un avance de una reseña más extensa que aparecerá próximamente en la mencionada Corsario Rojo. Sin embargo, por el espacio que le dedica y por la densidad de sus reflexiones, puede leerse como un artículo con personalidad propia que no necesita de un apoyo mayor para leerlo. Sintetizando mucho (lo importante es ir al enlace y disfrutarlo), el autor desarrolla una muy compartible tesis sobre el equilibrio entre lo objetivo y lo subjetivo cuando el objeto de un libro es una devoción surgida en días lectores (y cinéfilos) más inocentes, que se ha mantenido en el tiempo con la lógica evolución (repetiré siempre que uno nunca es el mismo lector-espectador que fue mucho tiempo atrás). Por supuesto, reitero mi profundo agradecimiento por los parabienes que me dedica, y le agradezco la forma en que su análisis me ayuda (no es fatua pretenciosidad lo que digo) a verbalizar ideas y formas de comprender la ficción que creo que intento expresar a través de los escritos que componen este blog, el libro objeto de reseña y aquellos otros que espero poder publicar pronto. En particular, me encanta que el fragmento de Edad Media soñada que extiende a modo de ejemplo sea el que dedico al maravilloso film de Disney La bella durmiente (1959), a propósito de sus elementos medievalizantes y el genial personaje de la bruja Maléfica, convertida en el más fabuloso dragón del cine en la conclusión de la película. Mil gracias por todo, Federico.

https://kalewche.com/edad-media-sonada-una-aproximacion/

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Veinticinco películas que adoro

Vertigo de Hitchcock, una de las peliculas de mi vida

Las mejores 25 películas de la Historia en Cinema de perra gorda

Mi amigo Juan Carlos Vizcaíno cumple este 2024 los veinte años de su magnífico blog Cinema de perra gorda. Son muchos los años que este espacio me acompaña, descubriéndome infinidad de películas (Juan Carlos siente especial deleite en fijarse en aquellas propuestas que las historias del cine apenas recogen, cuando no ignoran directamente, y que esconden múltiples joyas) y ayudándome a valorar otras cuyo conocimiento ya compartíamos. Para rendir al evento la importancia que merece, nos ha solicitado a amigos y seguidores una lista de veinticinco películas a las que demos una importancia eminente de entre todas las que nos gustan. Como a mí este tipo de recuentos, más lúdicos que «científicos», me encantan, me he sumado con entusiasmo a la propuesta. En el enlace que encabeza estas líneas va mi lista tal cual, pero en este artículo he querido darme el placer de por qué he escogido estas (podían haber sido otras, cierto, pero algunas de ellas siempre las incluyo cuando me piden algo similar: es decir, es una lista trascendente que incluye una sub-lista contingente). Señalo, por ello, que no son tanto las mejores películas como aquellas que para mí son fundamentales. Cada una de ellas la he visto más de una vez (alguna, muchísimas veces), y siguen teniendo la virtud de darme el mismo placer a la vez que me hacen fijarme en algo nuevo cada vez (y no es pretenciosidad, aunque tal vez también lo sea). Seguir leyendo

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Han raptado a Bunny Lake, pero… ¿existe Bunny?

Rescato, convenientemente revisado y corregido, el artículo dedicado tiempo atrás a esta magnífica película que desde los veinte años figura entre mis imprescindibles de todos los tiempos.

1965 El rapto de Bunny Lake (esp) (rep 1990)Al cartel que figura junto a estas líneas debo mi descubrimiento de la memorable película que es El rapto de Bunny Lake (1965), de la que, a pesar de venir firmada por el gran Otto Preminger, nada sabía de antemano. Un cartel lleno de elementos inquietantes —la imagen de la pareja compuesta por una joven que parece cantar una nana al muchacho que acuna sobre su regazo, la mirada cuestionadora del hombre maduro que los observa, la silueta recortada del muñeco infantil— que transmite un indefinible sentimiento de zozobra que termina por completar el memorable lema: Bunny ha desaparecido… pero ¿existe Bunny? Como ya nos advierte este, la película parte de un sugerente argumento —la investigación de la desaparición de una niña se convierte de pronto en la investigación sobre si esa niña existe de verdad—, que se traba bajo el lógico formato del thriller de suspense pero que acaba conduciéndonos a un terreno cinematográfico por el que siempre he sentido especial predilección. Esto es, la obra que cuestiona, sin necesidad de recurrir a argumentos fantásticos, la supuesta consistencia de eso que llamamos «realidad». La obra que defiende que esta sólida capa que nos proporciona el firme punto de apoyo para enfrentarnos al mundo, en el fondo es de lo más quebradiza, puesto que depende del punto de vista o de la convicción con que los demás (no basta con uno mismo) la admitan. Y cuando esa capa se rompe es para dejarnos al borde de un abismo que, contra lo que dijo Nietzsche, ni siquiera nos mira, al que ni siquiera le importa la rapidez con que podemos caer por él y ser olvidados como si nunca hubiéramos importado a nadie. El miedo a no ser, el miedo a dejar de ser: de ellos se alimentan las peores pesadillas. Y El rapto de Bunny Lake es justo eso: una pesadilla que no se limita a sucederle a unos personajes, sino que se empeña en perturbarnos a nosotros mismos, los espectadores que creemos estar asistiendo a una mera intriga policiaca. Seguir leyendo

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Diane, estoy en Twin Peaks

La mitica cabecera de Twin Peaks, solo falta Badalamenti

Desde hace años se dice con profusión que las series de televisión son el mejor cine de hoy. No lo he comprobado personalmente. Con excepción de aquellas concebidas para una sola temporada, o con pocos episodios por cada una de ellas (Sherlock, True Detective, WandaVision), no veo series. No es ningún prejuicio ni ningún gesto de elitismo cinéfilo. Sencillamente, no me apetece seguir ficciones que se extienden por muchas temporadas cuando, en el mismo espacio de tiempo, puedo conocer un buen puñado de historias diferentes (y aquí reconozco que si padezco cierta obsesión por conocer todo el cine, no me pasa lo mismo con el medio televisivo). Por otra parte, mi experiencia (hubo un tiempo en que fui muy catódico, sí) me advierte de que la ficción televisiva provoca una adicción que acaba resultando nociva, como todas las adicciones: cuando uno coge cariño a unos personajes, pierde el sentido de la perspectiva y aun cuando tarde o temprano las temporadas comienzan a descender en calidad, uno se aferra a ese cariño y a la ilusión de que se recuperará el nivel original, cosa que nunca sucede. El ejemplo emblemático para mí es Twin Peaks. Pocas series me han producido más impacto en mi vida como esta en su primera temporada: la fascinación de ese espacio que unía el siempre turbio aroma de la América Profunda con el horror atávico a lo Algernon Blackwood que despiertan los bosques que parecen existir desde siempre; la atracción de una galería de personajes encabezada por un atildado representante de la ley que le habla a una grabadora (dirigiéndose a una «Diane», supuesta secretaria a quien nunca llegaremos a ver); o esos toques delirantes un tanto góticos (una mujer que nunca se separa del tronco que acuna en sus brazos; una tuerta con parche obsesionada con patentar unos rieles de cortina que no hagan el menor ruido…); todo ello, en fin, más una música obsesivamente atmosférica que imponía su diapasón desde unos títulos de crédito antológicos se bastaron para seducir a una generación de televidentes que, a la vez, éramos furibundos cinéfilos. Pero la segunda temporada fue minando poco a poco el hechizo, retorciendo en exceso tramas, desnudando la gratuidad de sus elementos grotescos y, sobre todo, dejando bien claro que sus responsables no tenían muy claro hacia dónde tirar. Y sin embargo no dejé de ver uno solo de sus capítulos y me traumatizó que la serie se suspendiera dejándonos a los aficionados con un cliffhanger de antología. Seguir leyendo

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