En Café Montaigne: La mirada crítica

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Hace justo dos semanas (el 20 de junio de 2018, para quien lo lea en el futuro) tuve el placer de intervenir en un acto celebrado en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés, en Málaga, que combinaba dos fines: la presentación en la ciudad de nuestra revista Café Montaigne y un homenaje a Lorca, aprovechando el que se le había realizado en las “páginas” de aquella. Presentó el catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la universidad de Málaga, Enrique Baena Peña, e intervinimos tres integrantes del Café: Rafael Guardiola, Sebastián Gámez Millán y yo mismo, José Miguel García de Fórmica-Corsi (en la fotografía, por el mismo orden en que nos he ido citando). Mi intervención, titulada La mirada crítica, intentó transmitir el espíritu que anima a los miembros de la revista en una faceta concreta, que es el comentario o análisis (crítica, si nos ponemos trascendentes) de la realidad cultural, en sus múltiples dimensiones. El texto que escribí me sirvió para poner orden en las ideas que animan no solo mis publicaciones en Café Montaigne sino en todos los escritos que he ido publicando en mi propio blog, de tal modo que lo publico aquí de modo íntegro.

A continuación de ese texto, pongo un enlace con la entrada de Café Montaigne que contiene las diversas intervenciones que hubo en el acto, relacionadas con nuestra revista. La mía va en primer lugar (siento la insistencia), y a continuación lo acompaña Café Montaigne, nuestra voz en otras voces, dividido en dos partes, la primera a cargo de Sebastián Gámez Millán y la segunda por Rafael Guardiola.

La mirada crítica

Afiche de Café MontaigneBuenas tardes a todos. Después de que mis compañeros Rafael Guardiola y Sebastián Gámez Millán han abordado la naturaleza y contenidos de la revista, así como la razón filosófica de su nombre, yo voy a intentar acercarme a ella desde una doble y complementaria dimensión: como colaborador de la misma y como lector admirado. Voy a intentar explicar, en primera persona, qué busco en ella y qué es lo que pueden encontrar quienes se tropiecen, dentro del café, con una colaboración de cualquiera de sus integrantes, entre los cuales tengo la fortuna de contarme.

Es un tópico, pero es verdad. La rapidez informativa que ofrece la Red es abrumadora y, por ello, engañosa. En ella, todo el mundo tiene su opinión, de hecho todo el mundo parece tener su blog (lo tengo hasta yo: por cierto, se llama La mano del extranjero e invito a todos cuantos están aquí a que se paseen por él cuando quieran). Ante tal abundancia, nuestro interés se dispersa con facilidad: el buscador de Google nos lleva a demasiados sitios que olvidamos con gran rapidez.

Es un placer, por ello, tropezarnos de vez en cuando con un espacio de encuentro cultural que tenga la virtud no ya de satisfacer una curiosidad puntual, sino de abrirnos a nuevos descubrimientos con los que no contábamos cuando dimos con él. Creo que Café Montaigne es uno de estos lugares: en primer lugar, una página que te recibe con los atractivos sones de una composición de Django Reinhardt ya incita a permanecer en ella al menos un rato más. Y aunque la enorme diversidad de intereses y de temas (del ensayo a la ficción, de las artes gráficas a la música, de la filosofía a la ciencia, etc) que presenta la revista le da cierto aire laberíntico, es un laberinto al estilo borgiano, un jardín de senderos que se bifurcan, en el que cada recodo invita a demorar cada vez más nuestra estancia, quién sabe si como le sucede a ese personaje del cuento de Wells La puerta en el muro, que recuerda toda su vida un lugar de ensueño que conoció en su niñez, donde el tiempo se desvanecía literalmente y cuya entrada se le aparece de vez en cuando, tentadora, en distintas paredes de las calles de Londres, hasta que un buen día él desaparece sin que nadie vuelva a verlo más.

Edicion en La biblioteca de Babel de La puerta en el murohora bien, no piensen que hablo de un espacio peligroso donde corramos el riesgo de disolvernos, sino bien al contrario, de un lugar capaz de enriquecer nuestra mirada sobre el mundo, lo cual puede que sea otra clase de peligro. Café Montaigne es un punto de encuentro que intenta contagiarnos la idea de que las miradas no pueden ser unívocas, porque el mundo nunca lo es. Por eso, tomando como punto de referencia la revista, yo quiero hacer un rotundo panegírico de cómo las miradas ajenas me han ayudado y me ayudan, nos ayudan, a entender mejor esta pasión mía y de tantos que es la creación artística.

En este café han tenido la bondad de ofrecerme un pequeño rincón donde poder contemplar pero también ser objeto de contemplación. Mi colaboración con la revista —al lado de nombres que poseen tal relieve que produce un lógico complejo—, consiste en comentarios (quizá sea presuntuoso llamarlos críticas) sobre obras del cine y de la literatura.

Escribo lo que a mí me gusta leer en un comentario o una crítica: un contexto general del autor y de la obra, datos sobre la composición de la misma que me parecen relevantes para la comprensión de su contenido, una breve recensión del mismo (fundamental para establecer un terreno común en el que poder comprendernos) y un juicio justificado, incluso extensamente justificado. No me gustan las opiniones simples, lacónicas, por lo común tajantes, que no intentan ser matizadas o explicadas como si debiéramos aceptarlas porque sí, y por eso me gusta dar razones pormenorizadas (no niego que, en buena medida, en esta obsesión por lo explicativo influya la condición de profesor de secundaria, que comparto con mis compañeros de mesa).

Y es que la clave está en las razones. Lo decía Jean Renoir en La regla del juego: todo el mundo tiene sus propias razones. Sin ellas, los juicios carecen de sentido. Y puesto que en la Red, con excepciones, todos somos, como Ulises, Nadie, pretender atraer la atención de un lector casual con un juicio sin motivación me parece tan insípido como beber tónica sin ginebra.

Después de leer un libro o ver una película, me gusta buscar una opinión que no ratifique sin más la mía propia sino que me ofrezca una forma de mirar distinta (por ello, cuántas veces he admirado un análisis con el que no estaba de acuerdo, pero cuyas razones me obligaban a revaluar mi propio juicio). Sin críticos como Pietro Citati o Claudio Magris en el campo de la literatura, o José María Latorre y Carlos Aguilar en el del cine, creo que yo tampoco habría abandonado el lugar común del esto es bueno o malo porque me gusta o no me gusta a mí.

Edición en Alba de excelentes ensayos de C S LewisEs verdad que, ante una crítica, suelo poner condiciones, y por tanto me las aplico a mí mismo al escribirlas. La primera es que quienes se dedican a valorar (ya sea profesionalmente o de modo amateur) no deben alardear de un sentido reductor a la hora de acercarse a la creación artística. C. S. Lewis dijo: «No critiques sin grandes cautelas aquello para lo que no tienes gusto». Si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que no existe la dicotomía entre «alta cultura» y «cultura popular» (entendida esta de modo peyorativo o, en todo caso, condescendiente), ni entre «géneros mayores» y «géneros menores». Solo existen las obras buenas, las malas y las regulares. Tan dignos me parecen Franz Kafka como Howard Phillips Lovecraft, Homero como Julio Verne, Schopenhauer como Chesterton, Ingmar Bergman y Federico Fellini como tantos modestos directores de Hollywood (Jacques Tourneur o Anthony Mann) que jamás gozaron de la autonomía artística que tuvieron estos (en todo caso, y por eso mismo, sus aciertos me parecen especialmente meritorios). Hace tiempo que aprendí que el éxito no es garantía de calidad, como no lo es tener un lugar de honor en los planes de estudio universitarios, al igual que he acabado pensando que un «autor maldito» o una «obra de culto» muchas veces lo son porque estas categorías a su vez han acabado convirtiéndose en objeto de esnobismo.

En particular, me interesan los vínculos entre distintas obras y autores, incluso de distintas épocas, los vasos comunicantes que enlazan, qué sé yo, la Odisea con los relatos de Conan el bárbaro, La Divina Comedia con El Señor de los Anillos, o el mito de Frankenstein con Blade Runner. Siempre he encontrado gran placer en seguir una obra a través de sus múltiples reencarnaciones, normalmente una novela llevada al cine, incluso en más de una ocasión: las adaptaciones, las secuelas, la secuela de una secuela, los remakes, los ciclos, los personajes adoptados por un autor distinto al que lo creó. No siempre suelen tener buena prensa pero nada revela mejor que ellos la vitalidad de una obra o de un personaje, además de demostrar cómo cambian las miradas según la época y el lugar. Por poner un ejemplo, no es lo mismo el Macbeth de Orson Welles (cuya barroca estilización persigue, al tiempo que expresar la megalomanía del personaje y de su director, encubrir las limitaciones del presupuesto de serie B) que el de Roman Polanski (sórdido y naturalista, propio de un momento, principios de los 70, en que por fin se podía expresar en pantalla la violencia en toda su crudeza), o su conversión en un relato de samuráis a manos de Akira Kurosawa, por no hablar de la infinidad de versiones teatrales que lo han modernizado o deconstruido o sencillamente abordado de tal manera que en poco se reconocía la historia original de Shakespeare.

Si me fascina especialmente el concepto de adaptación de un libro al cine es, primero, porque exige convertir un lenguaje, el literario, en otro muy diferente, el visual. Y segundo, porque implica la vampirización de una obra ajena, es decir, la posesión de un alma por parte de un nuevo demiurgo. Por ello, me parece un caso de esterilidad artística, muchas veces lindante con la falta de ética, el mero traslado de un argumento literario a la pantalla, casi sin más novedad que dar un rostro concreto a cada personaje que antes imaginábamos a nuestro gusto. Para entendernos, es lo que sucede de cuando en cuando con determinados autores del ámbito anglosajón como Henry James, Jane Austen o E. M. Forster, en versiones que dejan bien claro que la fuerza del original no estriba en sus argumentos (por lo común sencillos, incluso poco llamativos) sino en el estilo y en la profundidad psicológica de sus autores, justo lo que es más difícil de adaptar. Por ello, cuando escribo sobre adaptaciones siempre defiendo especialmente aquellas que no se contentan con transitar el mismo terreno del autor original y buscan otros senderos.

Por cierto que siempre me ha llamado la atención el hecho de que (fuera de las obras incontestables) la cultura literaria de muchos cronistas cinematográficos suele ser limitada, o es su pereza la que carece de límites. Es cierto que es imposible leerlo todo, y menos cada novela que sea el punto de partida de la película sobre la que escribimos. Pero por eso me parece muy censurable otorgar todo el mérito de un argumento y de unos personajes complejos al director que los adapta, sin mencionar para nada al escritor que los concibió. Suele pasar con novelistas menos prestigiosos que el director que, al abordarlos, los «dignifica» (lo entrecomillo) o con novelistas directamente desconocidos.

aeja-edicion-de-de-entre-los-muertos-en-los-libros-plazaPongo como ejemplo la película Vértigo, de Alfred Hitchcock. Declaro antes que nada que para mí es una obra maestra, del director y del cine, pero me llama la atención que casi nadie hable nunca de la novela adaptada, como si la historia se le hubiera ocurrido al mismo Hitchcock. Y no es así. El original se llama De entre los muertos y pertenece a una pareja de escritores franceses hoy olvidados pero muy populares en su día, Boileau y Narcejac: buena parte de ese malsano atractivo, de esa turbiedad sentimental, de ese aroma necrófilo que desprende el film se encuentra ya en un libro que, si no es una obra maestra, desde luego no merece el menosprecio del silencio. Por cierto, en ese casi nadie está la clave, con lo que vuelvo a mi razonamiento anterior: si yo conozco la novela y, por tanto, puedo disfrutar la película desde un punto de vista que no es el habitual es porque en una de las críticas que leí en su momento sobre el film (escrita por Carlos Aguilar) incluía una encendida reivindicación del libro, que en buena hora me impulsó a buscarlo.

Ese es el papel, creo, que cumple una buena valoración literaria o cinematográfica. No decir lo que esperamos escuchar, no escribir lo que se cree que queremos leer. Todo lo contrario: estimular nuestro juicio, hacer que cuestionemos nuestra valoración, abrirnos otra puerta en el muro. Ese estímulo intelectual es lo que yo busco y creo que en Café Montaigne se encuentra sobradamente. Que me hayan ofrecido una mesa en este acogedor establecimiento es para mí un gran honor. Muchas gracias.

Café Montaigne: presentación de la revista en Málaga

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a En Café Montaigne: La mirada crítica

  1. FRANKLIN dijo:

    Esa intervención tuya me parece tu “Ars poética”. Como tal, merece una relectura y una comprensión profunda. Intentaré hacer la primera y ojalá logre la segunda.

    • ¡Caramba, Franklin, me encanta esa comparación tan clásica que me brindas! De todos modos, mi “poética” 🙂 es sencilla: acercarme a cualquier obra con respeto por todos los elementos que la han hecho posible y tratando de no dejarme arrastrar por tópicos leídos en otro lugar (lo que no se consigue siempre, porque todos empezamos valorando lo que nos dicen que “debe” valorarse). Un abrazo, como siempre.

  2. Fernando dijo:

    Me agrada el ver que tu talento literario refleja un reconocimiento en trayectoria ascendente. Yo le añado las temáticas Cine, Tebeos y Doblaje y me sale un ‘mix’ extraordinariamente atractivo. ¡Bien hecho, Josemiguel!

    • Muchas gracias, como siempre, Fernando. No sé si es por talento literario o porque tengo buenos amigos que consiguen sacarme de la cáscara protectora de este blog y me impulsan a otros proyectos, pero es verdad que estoy viviendo experiencias muy interesantes. Espero que sigas siendo un fiel lector de mis escritos, sea donde sea.

      ¡Un abrazo!

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