Conan el bárbaro: los relatos (III)

Los relatos I     II                                           El personaje literario

La hora del dragón [The Hour of the Dragon, WT, en.-abr. 1936]

Portada de Weird Tales con La hora del dragon, y un Conan de M. Brundage que poco se parece a ConanSe trata de la única novela que REH dedicó a su personaje (en el futuro, los continuadores de la saga dedicarían más de una al cimerio) y su origen es curioso, teniendo en cuenta que el escritor texano solo practicó el formato en dos ocasiones, la que nos ocupa y uno de sus primeros textos, de corte biográfico y sin nada que ver con la fantasía, Post Oaks and Sand Roughs. En un primer momento, Howard había recibido una oferta editorial desde Gran Bretaña para la publicación de una antología de relatos suyos que seleccionó y envió al otro lado del charco. Sin embargo, poco después el editor, argumentando la poca salida en el mercado británico para las colecciones de cuentos, le ofrecía publicar a cambio una novela. Howard se puso manos a la obra y, teniendo en cuenta que a esas alturas (primavera de 1934) ya parecía que Conan era su personaje de mejor acogida popular, decidió concederle el protagonismo. Sin embargo, la novela no iba a ver la luz en su marco previsto porque la editorial quebró mientras tanto, de tal modo que acabaría siendo publicada un par de años después y por entregas (cuatro, debido a su longitud) en Weird Tales, siendo la penúltima historia del cimerio en ser publicada en esta revista, pese a haber sido concebida mucho antes.

En principio, debe señalarse que, para tratarse de un nuevo reto, Howard no corrió grandes riesgos, fundiendo los planteamientos de varios cuentos anteriores: de El coloso negro retoma la historia del brujo de gran poder que resucita con el objeto de hacerse con el dominio de un gran imperio; de La ciudadela escarlata, la ubicación de la historia durante su periodo como rey de Aquilonia, y la trama centrada en la invasión que sufre su reino como consecuencia de una intriga palaciega. Por todo ello, lo más interesante de la novela se encuentra en su parte intermedia, aquella en la que realmente Howard introduce diversas variantes argumentales para personalizar la novela, y aun así queda bien claro que el escritor dominaba antes la distancia corta que la larga. La hora del dragón, en rigor, está estructurada como un conjunto de relatos hilados sumariamente por la trama de la deposición de Conan, su huida inicial de la prisión donde ha sido encerrado y las aventuras que realiza mientras busca una joya fabulosa con la cual derrotar al brujo que ha sido el verdadero responsable de su derrota.

Este hechicero, Xaltotun, proviene del nefando reino de Aquerón, desaparecido cientos de años atrás, y sus poderes reducen inicialmente a Conan a la impotencia, haciendo que todos lo den por muerto en la batalla en la que pierde su reino. Sin embargo, el hechicero, por razones arduas de comprender, le preserva la vida con oscuras intenciones, y el cimerio consigue escapar con la ayuda de una esclava, Zenobia, a la cual los continuadores apócrifos del personaje convertirán en su futura reina (cumpliendo, eso sí, el designio que Howard parece sugerir en la última línea de la novela). Una de las buenas ideas de la obra es que el rey depuesto encuentra la solidaridad y ayuda de quienes son lo que él fueron: marginados. Así, una esclava (Zenobia), una vieja bruja que lo ayuda a escapar de sus perseguidores y los sacerdotes de un culto muy minoritario a los que Conan, defensor siempre de una política de tolerancia religiosa (después de todo, ¿cómo saber qué dioses son más poderosos que otros?), ha protegido de la persecución. Estos últimos son los que le informan del punto débil de Xaltotun: una joya fabulosa llamada el Corazón de Ahriman, que es la que ha permitido su resurrección y que, por tanto, también tiene el poder de devolverle al mundo de los muertos.

Así, el núcleo de la novela (y su parte más interesante, como señalaba) consiste en el conjunto de episodios que vive Conan en pos de la joya —la cual tiene el don de atraer la violencia sobre cuantas manos la poseen, por lo que no tarda en pasar de mano en mano— y que le obligan a realizar un recorrido por la geografía hiboria que resulta francamente seductor, puesto que permite al escritor presentarnos buena parte de esos escenarios hasta ahora tan solo sugeridos o nombrados sobre un mapa. Las aventuras son de lo más variadas, pero la mejor es la que lleva al cimerio a Khemi, la capital del misterioso reino de Estigia, y a las profundidades de una gran pirámide donde se tropezará incluso con una seductora princesa-vampiro que está a punto de enseñarle los placeres de la vida eterna. La parte final consiste, como en La ciudadela escarlata o El coloso negro, en el minucioso relato de la batalla que resuelve la contienda y, aunque está narrada con la precisión habitual en el autor, ya sorprende poco. En cualquier caso, La hora del dragón es una muy buena novela, inmejorable para detenerse con mayor espacio del habitual en el mundo hiborio.

Nacerá una bruja [A Witch Shall Be Born, WT, dic. 1934]

Conan crucificado en Nacera una bruja, por Ernie Chan

Tal vez el título más sugestivo de un relato de Conan, por su sabroso tono de profecía, lo ostenta esta historia, que Patrice Louinet pone como ejemplo de obra que denota la confianza que Howard tenía, a esas alturas, en su propia creación. Lo argumenta señalando que no se trata de uno de los mejores episodios del ciclo pero que está ejecutado con una notable convicción, y pone como ejemplo la famosa escena en que Conan es crucificado por su enemigo y, con los dientes, consigue atrapar a un osado buitre que se disponía a devorarle el rostro, acabando con el animal, exultante hazaña que presagia su inmediata salvación, cuando es rescatado por unos jinetes que parecen literalmente surgidos del cielo. Howard añade una idea genial —ya he escrito que uno de los rasgos del gran creador de personajes es el perfecto conocimiento que ha de tener sobre estos, sabiendo siempre cómo expresarlo mejor: parece una perogrullada, pero no pasa siempre— al hacer que, si sus rescatadores derriban el árbol y le quitan el primer clavo, el cimerio arrebate las tenazas al individuo que suda para desclavarlo ¡y sea él mismo quien termine la tarea, que se adivina muy dolorosa! Como se sabe, este episodio ha dado origen a magníficas ilustraciones y fue utilizado por el mismo John Milius en la película que paseó por primera vez al cimerio en el cine. En particular, yo siento debilidad por el homenaje que le hicieron el guionista Chris Claremont y el dibujante Marc Silvestri en las páginas (y en la portada) del número 251 de la famosa serie The Uncanny X-Men, reservando el suplicio para otro emblemático guerrero, que comparte alguna que otra característica que Conan: el entrañable Lobezno. Por cierto, que aunque el texto no lo especifica, los ilustradores suelen situar al cimerio en una cruz aspada, como san Andrés (en la película, Schwarzenegger era clavado a un árbol seco).

Pues bien, por una vez no estoy de acuerdo con Louinet. Nacerá una bruja es un excelente relato, que si bien utiliza elementos ya conocidos —el argumento hace uso otra vez de la conspiración palaciega para derribar un rey por otro—, Howard los reformula con ingenio (es una reina la que es víctima de la deposición, y quien la sustituye es nada menos que su hermana, gemela exacta con su misma belleza, que se suponía muerta al nacer). Es más, incluso la estructura narrativa resulta novedosa, por cuanto Conan actúa casi a modo de «presencia invitada» (eso sí, con honores estelares, teniendo en cuenta que la escena de su debut en la historia es la ya reseñada de la crucifixión) cuyo papel es hacer de deux ex machina en la resolución del conflicto entre las dos hermanas contrapuestas. Es más, Howard llega a utilizar recursos inéditos para hacer progresar la acción, que transcurre a lo largo de varios meses, como la inclusión de la carta de uno de los súbditos del reino para indicar la situación de desatada vesania que se ha apoderado de la corte.

Portada de Weird Tales con Nacera una brujaNacerá una bruja extrae un sabroso partido de la dualidad sobre la que se construye su argumento y su atmósfera. La primera, claro, descansa sobre el contraste entre la bondadosa reina de Khauran, Taramis, y su malvada hermana gemela Salomé, de la que fue separada al nacer porque esta llevaba la «marca de la bruja» —situada sobre los pechos, detalle erótico lógico si tenemos en cuenta la malsana sexualidad que impregna a la villana—, y que duplica a la perfección su belleza, para turbación de cuantos adoraban su dulzura. Del mismo modo, Salomé y Conan comparten una misma circunstancia, bien reveladora de su indomable personalidad, la de haber sobrevivido a la muerte que otros habían reservado para ellos: Conan a la cruz, la pequeña Salomé al abandono en el desierto dispuesto por sus supersticiosos padres.

Estamos, además, ante uno de los relatos que mejor luce ese sentido de la sexualidad tan propio de Howard, en su faceta más desbordante y sadomasoquista, no en vano a nadie se le escapa el atractivo que para los lectores masculinos posee la figura de esa dulce reina que de pronto parece convertirse en una diablesa de notoria lascivia que realiza sacrificios humanos a innombrables engendros infernales. El texano se complace especialmente en señalar el maltrato físico (y se sugiere, sexual) que sufre la reina suplantada durante los largos meses de cautiverio, no en vano el primer precio que ha de pagar es que Taramis la entregue la misma noche de su caída a Constantius, el cínico usurpador al que la primera había rechazado antes como pretendiente y que ahora se toma la justa revancha. Por cierto que, nueva duplicación, este personaje será quien sustituya a Conan como capitán de la guardia palaciega y quien decida someterlo al suplicio de la cruz; como es natural, en el final del cuento él mismo perecerá del modo que había reservado a su rival.

Las joyas de Gwahlur / Los sirvientes de Bit-Yakin [Jewels of Gwahlur, WT, mar. 1935]

Este relato, uno de los que recibió un cambio de título por Farnsworth Wright, supone un paso atrás, al poseer un excesivo sabor a «ya visto». Por enésima vez, Conan se interna en una construcción aislada en algún paraje natural —eso sí, este es lo mejor del cuento: un palacio abandonado en una jungla escondida en una hondonada rodeada de acantilados— donde se agazapa algún que otro ser infernal y donde, una vez más, deberá defender la vida de alguna muchacha de turgentes atractivos. Aunque el cuento está sostenido por la probada habilidad narrativa con que Howard describe el progresivo descubrimiento del escenario y de sus peligros, no encierra ninguna sorpresa ni momento de especial intensidad y, en sus peores momentos, una vez más se pierde en excesivos meandros explicativos o en estériles idas y venidas de los personajes a lo largo del «decorado». Digamos que el cuento parece una serie B de Hollywood al servicio de algún idolillo especializado, sin mayor interés.

Más allá del río Negro [Beyond the Black River, WT, may.-jun. 1935]

Ilustración de Greg Manchess para Mas alla del rio NegroEste cuento está considerado por los especialistas como una de las dos o tres obras maestras del ciclo de Conan, valoración que no comparto: aun cuando, sin duda, es una buena historia y posee momentos que sí están a la altura de los mejores relatos, en general me parece más monocorde de lo que se señala. Al hilo de su trama —un manual de supervivencia donde se muestra el modo en que el cimerio es capaz de superar toda clase de peligros mientras recorre el territorio dominado por los temibles pictos, con los que emprende una carrera desesperada para alertar de la inminente invasión que van a lanzar sobre el país civilizado al otro lado de la frontera—, se supone que su gran virtud es, como señala literalmente uno de sus diálogos finales, suponer la mejor exposición de la filosofía de Howard acerca de que «la barbarie como estado natural de la humanidad». Y he ahí el mayor problema que le encuentro al relato: resulta demasiado didáctico en este sentido y su protagonista resulta tan autoconsciente de su sello de identidad que, salva sea la exageración, por momentos parece un antropólogo avant la lettre realizando un estudio sobre el terreno. Eso sí, todo ello envuelto en una atmósfera tan siniestra como trepidante, hasta el punto de constituir uno de los relatos más abiertamente violentos de la saga, no solo por la enorme cantidad de muertes brutales y sangrientas que se producen en él sino por su atmósfera de primitivismo alucinante. En este sentido, es impresionante, sí.

En realidad, el cuento no es más que un western disfrazado de relato de bárbaros, en el que los pictos hacen el papel de alguna sanguinaria tribu de apaches o comanches que parece surgida de alguna de las películas más brutales de la etapa «sucia» del género —al estilo, por ejemplo, de La venganza de Ulzana (1972), para entendernos— y Conan es el trasunto del experimentado explorador del Oeste que intenta impedir la masacre de granjeros y soldados que parece inevitable, haciendo uso de todas sus habilidades aprendidas tras toda una vida en contacto con la naturaleza, lo que le permite conocer a sus enemigos casi mejor que ellos a sí mismos. Los expertos señalan que, en el año anterior a su muerte, REH había comenzado a dar un giro a sus intereses intelectuales y literarios, volcándose en la investigación sobre la historia de la expansión de la civilización blanca sobre territorio indio, de tal modo que lo que hizo fue una especie de relato híbrido, utilizando su creación hiboria como una mera excusa para contar lo que verdaderamente le interesaba.

En este sentido, lo mejor del cuento es su formidable fluidez narrativa, su ritmo sin mácula, y un hallazgo especialmente interesante: el del personaje que comparte la mayor parte de la aventura con el cimerio. Se trata de Balthus, un joven explorador gunderio que es el verdadero portavoz de la narración y que hace las veces de aprendiz del cimerio, al que inicialmente contempla con recelo, pero del que pronto se convierte en fiel discípulo, ganándose a su vez la aprobación de aquel. Así, el final del cuento, donde Conan, el eterno superviviente, pasa revista a los acontecimientos ya concluidos, posee un bello tono de respeto elegíaco del guerrero nato hacia el joven aprendiz que, por ser demasiado «civilizado», no pudo superar la prueba pero murió ayudando a retrasar el éxito de esos salvajes surgidos del sumidero más infernal.

El forastero negro [The Black Stranger]

Portada de Earl Norem para El tesoro de Tranicos, o sea, El forastero negroSe trata del cuarto y último relato de Conan que Howard no consiguió vender a Weird Tales, aunque no se conocen las razones. Lo cierto es que el texano, con su habitual capacidad recicladora, lo reconvirtió en una historia de piratas protagonizada por un nuevo personaje, el irlandés Vulmea el Negro, titulada ahora Espadas de la Hermandad Roja, que vendería a otra revista pero que finalmente tampoco vería la luz al quebrar la publicación. El forastero negro tiene muchos puntos en común con el anterior Más allá del río Negro. Como este, la historia tiene reminiscencias de western, no en vano su acción se sitúa en un fuerte hostigado continuamente por los indígenas hostiles, que no son otros que, una vez más, los pictos. De hecho, el soberbio arranque bien podría estar extraído de aquel cuento, por cuanto consiste en la trepidante huida de Conan (a quien, eso sí, no se le cita todavía por su nombre) a través de una jungla casi impenetrable mientras sus enemigos lo acechan implacables. Howard ensaya de nuevo uno de esos recursos estructurales que de cuando en cuando aparecen en el ciclo: dejando a su protagonista justo cuando este parece haber hecho un descubrimiento importante (un cubil secreto labrado en lo alto de un acantilado, donde descubre a unos hombres que lo reciben en la más completa inmovilidad, mientras el cimerio se ve atacado por un peligro invisible), el escritor no lo hará reaparecer, entonces ya reclamando su nombre, hasta la mediación del relato, siendo mérito que lo que narra entretanto posea el suficiente interés como para que el regreso de Conan a la historia suponga un excelente punto de inflexión a la magnífica intriga que se ha trazado.

El escenario del cuento, esta vez, es costero: una fortaleza al borde del mar donde rumia sus pecados un noble zingario (o sea, español), que si ha abandonado los fastos del mundo es porque intenta huir de un demonio (el «forastero negro» del título) que lo busca por haber incumplido el pacto que hicieron. Ese lugar remoto, y en pleno territorio picto, se convierte sin embargo en punto de encuentro de diversos aventureros atraídos por un tesoro que se sabe escondido allí por un pirata desaparecido tiempo atrás (El tesoro de Tránicos es el título que L. Sprague de Camp le puso a su edición del relato). REH maneja muy bien los diversos elementos que componen su intriga, desde el terror a la aventura pirática pasando por ese componente western que concluye, como no podía ser menos, con el ataque de los «indios» al fuerte.

Sombras en Zamboula / Los antropófagos de Zamboula [Shadow in Zamboula, WT, nov. 1935]

Portada de M. Brundage en Weird Tales para Sombras en ZamboulaEl penúltimo cuento de Conan completado por Howard desentona entre aquellos que lo enmarcan, no solo porque estos son mucho mejores, sino porque se trata de una vuelta atrás, en caracterización del personaje y elementos narrativos. Es una aventura más propia del Conan joven y ladrón (aunque, por las indicaciones del texto, se encuentra en su etapa como mercenario), puesto que cuenta la peripecia a lo largo de una sola noche que el cimerio vive en la clásica ciudad pseudo-oriental. En concreto, aborda un topos muy típico de la mixtura entre terror y aventuras como es el de la posada que encierra siniestros peligros para sus huéspedes, normalmente por causa de su malvado posadero. No falta la belleza en peligro a quien Conan auxilia y la incursión nocturna en un templo donde se enfrenta a un sacerdote demoniaco, todo ello sazonado con la presencia, como indica el título original descartado por Weird Tales, de un culto de antropófagos para quienes el cimerio había sido reservado por su anfitrión. Un relato, en suma, discreto pero entretenido, un respiro para llegar al magnífico final del ciclo.

Clavos rojos [Red Nails, WT, sep.-oct. 1936]

Margaret Brundage y el bondage en su portada de Weird Tales sobre Clavos rojosLa unanimidad es completa entre los incondicionales de Conan: se trata de la obra maestra de todo el ciclo, no en vano el mismo autor, en las cartas que escribió a sus amigos (a HPL, por ejemplo), se mostraba especialmente orgulloso de este relato. En particular, por debajo de esa fascinación lúdica que trasluce el placer que sentía el autor cuando estaba profundamente convencido de lo que cuenta, veo en él un grito de angustia por parte de un hombre terriblemente insatisfecho, que no termina de reconocer, o de querer reconocer, las raíces de esa insatisfacción, la cual, por ello, se desborda bajo la forma de un conjunto de elementos argumentales y dramáticos a cuál más malsano o inquietante.

Como señala abiertamente en sus cartas de la época, su origen se halla en su intento de llevar a un cuento su disgusto con la sociedad en que vivía, que consideraba azotada por la descomposición y la decadencia, de lo cual tenía por su rasgo más visible su desatada sexualización (no por nada, el sexo es el elemento esencial de la atmósfera de Clavos rojos, asociado no solo a la decadencia sino a la perversión y a la muerte, tanto bajo la forma de la lubricidad incontenible como del lesbianismo). No cuesta mucho trabajo encontrar, latiendo soterradamente por debajo estas ideas autojustificativas, el profundo desaliento existencial que embargaba al joven autor, con sus tendencias depresivas (estaba a un año de quitarse la vida) y sus propias dificultades sexuales (su redacción coincide con su tentativa de relación con la única mujer asociada a su vida, Novalyne Price —hay quien dice que el carácter fuerte e indomable de la coprotagonista femenina del cuento, Valeria, está inspirado en el de aquella—, que nunca llegó a pasar de la amistad).

La inspiración confesa del cuento fue su visita a la ciudad de Lincoln (enclave ligado a uno de los más famosos episodios locales de la historia estadounidense, la «guerra del condado de Lincoln», una masacre entre facciones rivales glosada por obras como la película La puerta del cielo, de Michael Cimino), donde creyó reconocer el símbolo de lo que él consideraba «civilización decadente», que había explorado previamente en otros relatos. De hecho, Clavos rojos parte del previo La sombra deslizante, en cuanto que también narra la llegada del cimerio y una mujer a una ciudad perdida en medio del desierto, habitada por un pueblo que lleva años recluido entre sus muros. Ahora bien, en este caso es una guerra sin cuartel la que ha dividido y diezmado a esos dos grupos (he aquí la huella de Lincoln), viéndose atrapados los dos aventureros en el conflicto. Tanto el nombre de su ciudad, Xuchotl, como de sus dos pueblos enemigos (los tecuthli y los xotalanc) y personajes, poseen unas reminiscencias aztecas que no pueden ser más chocantes, pero que incrementan el mismo sentido de decadencia con que Howard impregna el escenario.

De entrada, Clavos rojos contiene el personaje femenino más memorable de la saga, la mencionada Valeria, aventurera, espadachina y pirata de la Hermandad Roja, que es quien significativamente abre el relato, pues como consecuencia de haberle ajustado cuentas a un gobernante lúbrico ha tenido que huir hacia el desierto, siendo ella la primera en distinguir la existencia de esa ignota ciudad que es Xuchotl. El prólogo de la aventura, sin embargo, transcurre en el risco boscoso que se encuentra antes de llegar a la misma, que es donde Conan (que la ha seguido, fuertemente atraído por la muchacha) la alcanza. Si ya los diálogos entre ambos no pueden ser más sabrosos —remarcando tanto la fuerte independencia de ella como el juego sexual que enseguida se traba entre dos personas que gozan del mutuo deseo que despiertan en el otro—, resulta igualmente estupenda la irrupción del peligro (podría decirse que cuanto les sucede a los dos protagonistas a lo largo del relato es un larguísimo coitus interruptus) bajo la forma de un monstruo con evidentes rasgos de dinosaurio, cuyo cerco tienen que quebrantar, de forma audaz, antes de encontrar refugio entre los muros de la ciudad perdida.

La ciudad de Xuchotl, por Barry SmithEl propio diseño de Xuchotl es de enorme originalidad: más que una ciudad, es una gigantesca construcción cuyo interior se vertebra en torno a un enorme vestíbulo central que actúa a modo de frontera entre las secciones que controla cada bando, con paredes de jade y bóvedas de lapislázuli y cuyas estancias, pasillos y catacumbas, a trechos iluminadas por un revestimiento de piedras preciosas, a trechos invadidas por la más absoluta oscuridad, esconden el peligro tanto de una emboscada por parte de los enloquecidos guerreros que la habitan como de la posible aparición de engendros surgidos del infierno. Unidos por azar a uno de los bandos, el de los tecuhltli, será Valeria quien se convierta en objeto de deseo para la pareja que los gobierna, en especial de la bruja Tascela —el único personaje femenino que, significativamente, desdeña por completo el atractivo viril de Conan.

Después de la conseguida sensación de misterio inexplicable que embarga los primeros pasos de los protagonistas en la ciudad aparentemente desierta, tan pronto se revelan sus habitantes el relato propone un increíble festival de muerte, lujuria, sadismo violento y sadomasoquismo salvaje, multiplicado por el fabuloso efecto de claustrofobia que provoca su reclusión entre paredes y que tiene como leit-motiv la laceración de los cuerpos, ya sea para matar sin piedad y con el mayor daño posible, ya sea para extraer placer de la contemplación del dolor que se puede provocar en un cuerpo desnudo e indefenso. Pocas veces un cuento de aventuras ha estado más cerca de la más malsana pornografía, y sin embargo, no pararé de insistirlo, lo inaudito es que diríase que todas las sensaciones que despierta son ajenas a un escritor que no parece hacer otra cosa que narrar y narrar de modo incontenible, como si no supiera realmente lo que va a pasar en la página siguiente.

Robert E. Howard no escribió ningún cuento más de Conan. Sus intereses ya se dirigían a otros terrenos, y de hecho, como hemos visto, si los últimos relatos del cimerio existen es porque en ellos el escritor supo adaptar esas nuevas inquietudes por el entorno en que vivía. La propia Clavos rojos se publicó de forma póstuma. El destino del escritor ya lo he contado: se quitó la vida el 11 de junio de 1936. Su leyenda, y la de Conan, no habían hecho otra cosa que empezar.

Majestuoso dibujo de Barry Windsor-Smith para el momento en que Conan se enfrenta al dinosaurio, en Clavos rojos

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Conan el bárbaro: los relatos (III)

  1. Alfredo dijo:

    De acuerdo en casi todo los expuesto en la entrada, salvo por la valoración de “Más allá del río Negro”. En mi opinión, esas explicaciones “antropológicas” no perjudican el relato, lo refuerzan enormemente; sin ellas sería mucho más difícil hacernos una idea de lo que son los pictos y eso iría en detrimento de la conseguida atmósfera. Esa es la clave de la historia y lo que más interesante me resultó: la dualidad pictos/aquilonios, con Conan ejerciendo de verso suelto (bárbaro que sirve en un ejército civilizado contra otros bárbaros).

    Por otra parte, el cuento tiene un final sobrio y descorazonador, que me resulta más auténtico y profundo que el de “Clavos rojos” con ese Conan que sale del infierno de Xuchotl carcajeándose y proyectando nuevas aventuras con Valeria.

    • La verdad es que, antes de proceder a la reciente relectura, tenía “Más allá del río Negro” por una de las cumbres del personaje, tal como sucede con la práctica totalidad de los incondicionales del cimerio (por ejemplo, Martín Lalanda). Sin embargo, conforme iba leyéndolo no terminaba de reencontrar las sensaciones de la primera vez en que lo leí y mi análisis del artículo intenta ser la respuesta a las preguntas que entonces me hice acerca de por qué volvió a funcionarme como entonces. Lo acabé considerando como el típico caso en que, por mucho que los mimbres sean los adecuados (puesto que, en efecto, sobre el papel todos sus elementos parecen necesarios), el cesto final no termina de gustar, quizá porque esa “adecuación” termina arrebatándole la espontaneidad que uno espera en un relato de Howard. Con todo, y como bien dices, el final es espléndido, uno de los mejores de toda la saga.

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