Los monstruos del Id estaban en el planeta prohibido

Engañoso poster de Planeta Prohibido, con Robby en plan amenazador

Aunque las discusiones sobre los orígenes no me parecen tan importantes, parece ser que la ópera espacial —ese subgénero de la ciencia-ficción que no hace sino transportar al espacio la aventura de toda la vida— nació de la mano de Edgar Rice Burroughs y su famosa saga marciana, iniciada con la publicación de Una princesa de Marte en 1912. Desde entonces, la space opera (en inglés todo parece quedar siempre mejor) se desarrolló con el complejo de ser más «cultura popular» que ningún otro género, permaneciendo en la literatura pulp, el cómic o el cine de serie B más B (o sea, el serial por episodios). En estos dos últimos campos, el ejemplar más famoso fue Flash Gordon, el héroe creado por Alex Raymond. Pues bien, para los amantes de dicho género, el estreno en 1956 de Planeta prohibido tuvo que ser un acontecimiento, pues ante todo consistió en la puesta de largo, por fin, de su género predilecto con el presupuesto adecuado y el apoyo de la major más rutilante de Hollywood, la Metro Goldwyn Mayer. Fue un gran éxito y, desde entonces, ha ocupado una cómoda posición en el escalón de películas que, sin tener un prestigio incuestionable, siempre se recuerdan con la mayor de las simpatías. Y no es para menos, puesto que no sólo es una delicia desde el mero punto de vista argumental y escenográfico, sino que hasta se han rastreado en su planteamiento elementos de alta densidad dramática. Es más, para algunos no es sino una versión encubierta de la obra de Shakespeare La tempestad.

¿Es para tanto? Comparemos un poco sus argumentos. La tempestad fue escrita hacia 1611 y supone una extrañeza en la carrera de su autor, pues poco tiene que ver con las tragedias o comedias que primero se relacionan con él. Su trasfondo mágico y su situación en una tierra incógnita (una isla situada quién sabe dónde) la singularizan notablemente, y por ahí se encuentra el primer eslabón con la película: ambas versan sobre naves (en la obra teatral, un barco, claro) que llegan a un lugar recóndito y misterioso habitado por un misterioso individuo que derrocha toda clase de prodigios y que vive con la única compañía de su hija única.

En Shakespeare, ese mago se llama Próspero y fue rey de Milán hasta que su hermano, aprovechando su entrega absoluta al conocimiento —el interés por la alquimia era muy propio de la época coetánea del dramaturgo: el rey Jacobo I fue famoso por la atracción que le provocaban esas artes «ocultas»—, lo destrona y ordena abandonarlo en medio del mar en compañía de su hija pequeña, la princesa Miranda. En la isla remota a la que llegan, Próspero tiene ocasión de poner en práctica sus artes y organizar una cómoda vida, hasta que decide efectuar su revancha y, aprovechando que sus enemigos (su hermano y el rey de Nápoles, cómplice en el golpe de estado) están haciendo una travesía por mar, los hace llegar a sus dominios mediante el recurso a una tempestad mágica.

En la película, no hay tempestad ni los expedicionarios llegan a la nueva tierra por accidente. Bien al contrario, se dirigen a ella por voluntad propia. El crucero espacial de los Planetas Unidos C-57D se dirige al planeta Altair-IV para contactar con los miembros de la expedición Belerofonte, los cuales partieron allí veinte años atrás, y de los que no tienen ninguna noticia. La misión parece comenzar con éxito, pues al llegar a su órbita consiguen establecer comunicación con uno de aquellos… el cual, sin embargo, les comunica que no precisan de ningún auxilio y que no es necesario que aterricen, pues además no puede responder por su seguridad (lo cual no implica hostilidad, pues acto seguido, en cuanto el comandante Adams le pide unas coordenadas de aterrizaje, se las suministra sin resistencia). En cualquier caso, es evidente que es un magnífico inicio para una película que nos conduce a eso que se llama un mundo situado más allá de las estrellas.

Anne Francis como AltairaEl Próspero de Planeta prohibido se llama Morbius, doctor Morbius, y era el filólogo de la expedición del Beleforonte, además de su único superviviente. Ante la sorpresa de Adams y sus hombres, el doctor señala que a los pocos meses, y cuando todos los miembros de la expedición salvo él y su esposa habían decidido el regreso a la Tierra, una fuerza misteriosa e inexpresable mató de modo horrible a sus compañeros. Su propia esposa murió tiempo después, al dar a luz a la hija de ambos, llamada muy propiamente Altaira, y que será la Miranda de esta película (por tanto, y al igual que en la obra, los tripulantes de la astronave son los primeros hombres que ve, aparte su padre, y la atracción que se despiertan mutuamente forma parte importante de la trama). De hecho, uno de los grandes reclamos de la película, para el público masculino de la época, fue la deliciosa presencia de Anne Francis en el papel de Altaira, sobre todo gracias al derroche de modelitos minifalderos que luce, y que seguro que retardó el estreno del film en España hasta los años 60, en tiempos de mayor «liberación». Aun así, es curioso que Anne Francis no haya pasado a la historia como mito erótico del género, lo cual se entiende: pese al presunto toque picante de su presencia, una niña-mujer entre hombres que llevan un año fuera de casa, como dicen los diálogos, su presencia, tal vez por el toque conservador habitual en la MGM, se utiliza, más que como tentación carnal, para una banal disertación sobre la tradicional lucha de sexos que, concluye, claro, con la sumisión de la mujer al varón.

Siguiendo con el equivalente entre Shakespeare y el film que nos ocupaba, a este último corresponde el papel de sirviente mágico —aunque aquí la magia se llama «ciencia»— que en la obra representa Ariel. Si los guionistas del film realmente se inspiraron en La tempestad, es bien divertido el contraste El inolvidable Robbyentre esos dos sirvientes. Ariel es un genio del aire, etéreo y grácil —las diversas representaciones gráficas que de él se han hecho, desde el tiempo de los prerrafaelitas, la muestran como una niña-mujer al estilo de la Campanilla de Disney—, mientras que Robby es un armatoste amorfo, pesado y nada elegante, que diríase imposible que puede moverse. Este trasto, sin embargo, y como indicaba en el artículo justo anterior dedicado a los robots de cine, supone uno de los más sugestivos iconos de la ciencia-ficción clásica. No es cuestión de repetirme, pero la gracia de su diseño estriba, ante todo, en la insólita expresividad que se otorga a ese cabezón que casi parece una máquina tragaperras que deja ver su interior gracias a la especie de campana de plástico que lo recubre. Y cuya apariencia amenazadora contrasta con su incapacidad para hacer el menor daño a un humano, ni ordenándoselo Morbius: aunque no lo dicen, está claro que sus circuitos deben tener registradas las famosas tres leyes de la robótica de Asimov.

Y es que buena parte del inmarchitable encanto que (por encima de sus numerosos defectos, de los que luego hablaré) posee Planeta prohibido radica en su diseño de producción, en su escenografía y en el evidente propósito de sus creadores por intentar reproducir unos ambientes visuales y sonoros extraterrestres. Sobre los títulos de crédito, realizados con letreros curvos sobre el fondo estrellado del infinito universo, resuenan las «tonalidades electrónicas» de los hermanos Barron —así aparecen acreditadas, y no como música, pues no se recurre a la melodía normal en todo el film—, un recurso sonoro muy ingenioso porque consigue definir muy bien una idea de extrañamiento adecuada a la condición de viaje a lo desconocido de la expedición la nave de los Planetas Unidos. Enseguida pasamos al interior de la nave, con esos clásicos diseños de superficies limpias y pulidas (¡y asientos de skay!), con consolas de mando plagadas de palanquitas y botones luminosos, y un curioso artilugio que preludia el famoso teletransportador de la saga Star Trek: unas plataformas a las que se suben los tripulantes y que los envuelven en un resplandor cilíndrico, si bien aquí es tan solo un artilugio que los protege del efecto de salida de la velocidad de la luz a la normal. Lo mejor del interior de la nave es esa especie de esfera plástica armilar que sirve como elemento de navegación para el piloto. En cuanto a los trajes espaciales, lo más llamativo es que, en el lejano futuro, al cocinero de a bordo se le seguirá identificando por el mandil y el gorrito blanco…

El dibujo del paisaje de Altair-IV resulta otro hallazgo, que se une a la composición de los Barron, para despertar ese eco pionero, diferente, del viaje interplanetario: una superficie lisa, de tonos rosados, con poderosos espolones de aguzada roca en la lejanía, sobre la cual se posa una nave de sencillo diseño: un platillo volante tal como era el estándar de la ufología de la época. Y todo es una sencilla matte painting, una miniatura pintada sobre un cristal, sin infografías ni pretensiones hiperrealistas.

Las computadoras de los Krell

Ahora bien, el diseño más famoso del film (después del de Robby) será revelado a media película, cuando el doctor Morbius por fin revela el secreto de los enormes conocimientos que él, en principio un simple filólogo, ha adquirido allí y que vuelve su inteligencia muy superior a la de sus antiguos congéneres terrestres. Debajo de la maravillosa casa construida por Morbius, un túnel conduce a lo que resta de la antigua y poderosa raza que habitó el planeta, los Krell, una civilización tan avanzada que llegó a estar en disposición de dar un paso adelante en la evolución: una máquina capaz de crear la materia con el pensamiento y que les permitiría superar la mera esfera material. Sin embargo, y después de ponerla en marcha, los Krell fueron exterminados, misteriosamente, en una sola noche dejando como único vestigio sus maravillosas máquinas. La escena que muestra, a partir de un magnífico plano cenital, su sala de computadoras, cuya inmensidad se pierde en el interior de la tierra, es justamente famosa. E influyente, porque todas esas galerías de insondable profundidad que luego poblarán las óperas especiales del futuro (empezando por las de la saga Star Wars) tienen su origen aquí.

En fin, si La tempestad gira en torno a las pruebas a que Próspero somete a los náufragos con el objeto de redimir, perdonar o castigar y regresar a su tierra natal, en Planeta prohibido es todo lo contrario: Morbius se resiste a volver a la Tierra, pues en Altair-IV tiene el estímulo intelectual que precisa y todavía apenas ha esbozado el trabajo de su vida, que es sacar a la luz los prodigiosos avances de los Krell. En cambio, los viajeros estelares se verán puestos a prueba por esa fuerza destructiva que veinte años atrás ya se cobró tantas víctimas, y que surge cuando el comandante Adams deja bien claro que pretende volver con Morbius padre e hija. Al principio, la fuerza (invisible) se expresa mediante unas pisadas monstruosas en el suelo que rodea a la nave y un sabotaje en su interior. Pero después se producen verdaderos ataques, en cuyo curso los expedicionarios descubren que la forma real de esa fuerza es la de un monstruo gigantesco y de expresión furiosa —de diseño muy similar, es curioso, al Demonio de Tasmania de los dibujos animados de la Warner.

Monstruo del Id o Demonio de Tasmania, esa es la cuestión

Es evidente que alguna relación debe haber entre ese monstruo invisible y el doctor Morbius, por muy genuinos que resulten el miedo y el dolor que éste expresa ante la mera perspectiva de que la tragedia vuelva a repetirse. La clave, por supuesto, tiene que ver con los desaparecidos Krell. Al ponerse en contacto con sus máquinas —una de ellas, precisamente, le permitió multiplicar en mucho su intelecto—, Morbius entró en contacto, sin saberlo, con el secreto que los exterminó. Los Krell, al accionar su máquina definitiva, lo que hicieron fue materializar las monstruosas obsesiones destructivas que anidan en el interior de todo ser inteligente y que recuerdan su parentesco con el animal. En palabras del médico de la expedición (que se somete también al aumento de intelecto para llegar a la verdad, si bien él lo paga con su vida), los Krell liberaron a los Monstruos del Id. El niño que vio esta película por primera vez no sabía que el Id (o sea, el Ello) es el nombre que Freud dio a esa fuerza instintiva que el Ego encierra en su interior y que es capaz de provocar los conflictos que dan origen a las neurosis a cuyo estudio, análisis y posible curación el psiquiatra vienés dedicó toda su vida.

En resumen, y como señala el comandante Adams al horrorizado Morbius, que por fin comienza a reconocer la verdad, los Krell liberaron a «las insensatas bestias del subconsciente». De su subconsciente, de hecho: cada vez que Morbius siente que peligra ese edén que se ha construido —lo hicieron sus compañeros del Beleforonte veinte años atrás, lo hacen los nuevos visitantes ahora—, sus temores y obsesiones más íntimas cobran forma, la forma de ese ser que, en el fondo, es una idea y, por tanto, invulnerable a cuantos esfuerzos y armas oponen los hombres a que ataca. Es por ello que solo podrá desaparecer con la muerte del mismo Morbius…

El último paralelismo que puede hacerse entre Planeta prohibido y La tempestad es que ese monstruo del Id sería el equivalente de Calibán, la criatura también horrenda que Próspero tiene por esclavo y que simboliza el instinto primitivo del hombre. La nueva ironía (involuntaria o no) es que en la obra de Shakespeare la criatura invisible era la/el grácil Ariel, y aquí lo es Calibán.

Leslie Nielsen, Walter Pidgeon y Anne Francis en la superficie del Planeta ProhibidoEs una lástima que toda esta propuesta de ciencia-ficción densa y adulta solo constituya una parte de los contenidos de Planeta prohibido, pues entonces hablaríamos de una obra maestra. Por desgracia, la película abusa de esa perspectiva viril y machista a que obliga el protagonismo de unos militares en «misión especial», y que todo lo juzgan bajo su perspectiva: es lógico que Morbius, desde mucho antes de que se sepa que es el (involuntario) criminal de la historia, aparezca retratado como el villano del film, pues así es como lo ven los soldados que llegan a su hasta entonces tranquilo mundo. No era el primer film del género y de la época en que un puñado de sanos militares deben arreglar los desaguisados de esos «irresponsables» que son los científicos (por ejemplo, el clásico El enigma de otro mundo, de 1951, que produjo Howard Hawks con un alto grado de implicación). Se incluye en esto el tratamiento cuartelero del humor y de la lucha de sexos: por ejemplo, las reacciones de los expedicionarios ante Altaira, destinada a remarcar, del modo más sonrojante, que los hombres serán siempre hombres aun en el futuro más lejano (el silbido admirativo con que, a distancia, los tripulantes de la nave saludan la llegada de la muchacha; la bochornosa secuencia en que el didáctico segundo oficial intenta enseñarle lo que es un beso…). Encima, también se deja bien claro que en el ejército quien manda, manda: el comandante Adams hace un ventajista uso de sus galones para apartar a su oficial de su camino y quedarse a la muchacha para él solo.

Del mismo modo, el capítulo interpretativo resulta muy irregular. El gran Walter Pidgeon domina sin dificultad toda la película desde su creación de Morbius, aportando su elegancia y clase al personaje. Pero el resto no está a la altura. Anne Francis, por guapa que sea, carece de presencia, y los miembros de la nave no es que no estén a la altura de Morbius, es que hasta Robby les roba (no es chiste…) la película. Por cierto, que en el papel del comandante Adams casi no se reconoce a un jovencísimo Leslie Nielsen, que poco podía imaginar que sus años de gloria iban a esperar al menos tres décadas, y en el campo de la chusca comedia paródica del final de siglo, donde, eso sí, demostraría una notable vis cómica.

Por fortuna, las escenas de acción del film no solo compensan todo esto, sino que incluso sobrecogen por su fuerza y tensión, y justo es reconocer que se deben al más desconocido héroe de la película, al director Fred McLeod Wilcox, un hombre al que la Metro destinó sobre todo al cine familiar (por ejemplo, rodó varias de las hoy olvidadas películas de Lassie, el entrañable collie que alegró tantas tardes de sábado de nuestra infancia). Las tres secuencias en que aparece el ser monstruoso son inolvidables: el magnífico travelling que recoge su primera y todavía silenciosa incursión, mostrando las increíbles huellas que va dejando sobre el suelo y luego cómo deforma con su peso la escalera metálica de la nave, mientras sube por ella; el momento en que intenta atravesar el perímetro energético y que revela su verdadera (y muy enfadada) forma; y la escena final, con Morbius, Adams y Altaira buscando protección tras las puertas en teoría impenetrables que forjaron los Krells… y que poco a poco el monstruo está destruyendo.

El aterrizaje de la nave en el planeta prohibido

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Planeta prohibido / Forbidde Planet. Año: 1956.

Director: Fred McLeod Wilcox. Guión: Cyril Hume; historia de Irving Block y Allen Adler. Fotografía: George J. Folsey. Música: Bebe y Louis Barron. Reparto: Walter Pidgeon (Morbius), Anne Francis (Altaira), Leslie Nielsen (Comandante Adams), Warren Stevens (Doctor Ostrow). Dur.: 98 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a Los monstruos del Id estaban en el planeta prohibido

  1. herreiere dijo:

    Mucha ciencia ficción tiene paralelismos con Shakespeare.
    O tal vez Sakespeare tiene demasiada influencia en la ciencia ficción.
    Solo el tiempo lo sabrá.

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