El papa apócrifo y el falso barón

portadas - 0001_resizeEntre 1987 y 1992, la editorial Siruela lanzó al mercado una inolvidable colección, titulada El Ojo Sin Párpado, en la que muchos confirmamos nuestro amor por la literatura fantástica y de terror. Recuerdo haberla descubierto cuando ya había cerrado, pero todavía podían encontrarse con alguna facilidad volúmenes en las librerías: pude adquirir así joyas de autores que todavía son para mí de cabecera en el género como Arthur Machen, Algernon Blackwood o M. R. James, y descubrir obras tan misteriosas y fascinantes como La otra parte, de Arthur Kubin o Relato de otoño, de Tommaso Landolfi. En aquellos días tuve entre las manos una voluminosa novela titulada Adriano VII, de un tal Barón Corvo, obra y autor de los que jamás había oído hablar. La información de la solapa era atractiva: el Adriano VII del título era un papa inventado, y el tal Barón Corvo un escritor católico inglés con aureola de maldito que, como otros tantos, había acabado siendo objeto de culto en determinada época.

No fue suficiente entonces como para adquirirlo (con mis recursos económicos había que racionarse…), pero con los años fue picando mi curiosidad, a medida que iba conociendo más datos sobre el mismo (por ejemplo, un artículo de Luis Antonio de Villena titulado «Estampa del Barón Corvo», incluido en su recopilación de artículos Los andróginos del lenguaje, publicado por Valdemar en 2001). Supe así que el Barón Corvo fue el improbable título (según él, otorgado por una aristócrata romana que lo trató como hijo adoptivo) con que se presentó ante el mundo el inglés Frederick William Rolfe (1860-1913), un escritor cuya obra sólo podría haber surgido en medio de ese simbolismo finisecular que en Inglaterra tuvo figuras como Oscar Wilde o Aubrey Beardsley. Converso del catolicismo —como Chesterton o Graham Greene: cuántos buenos escritores ingleses están relacionados por la importancia de esta condición en su obra—, marcado por su abortado intento de ordenarse sacerdote (fue expulsado del seminario romano donde cursaba estudios porque sus superiores no vieron vocación suficiente en él), también por una homosexualidad que sólo reafirmó en los últimos y desordenados años de su vida, Corvo quiso ser pintor, quiso ser un revolucionario de la fotografía, quiso ser escritor de éxito, pero fracasó en todo lo que se propuso, sin perder nunca su inmenso y megalomaníaco ego, que lo llevó a ver conspiraciones por todas partes que habían cercenado todos sus proyectos.

Recientemente, antes de realizar un viaje a Venecia, en uno de los libros leídos para «documentarme» sobre ésta, el muy recomendable Venecia en el siglo XIX, de John Julius Norwich, recibí el definitivo estímulo. El último capítulo de este libro está dedicado al barón, que vivió sus últimos años en la ciudad de los canales. La descripción de su degradación final —que lo redujo a vivir prácticamente en un pequeño bote, medio muerto de hambre, mientras asaetaba los correos europeos mediante cartas insultantes hacia todos aquellos que alguna vez habían intentado ayudarlo— es tan interesante, que ya no me cupieron dudas: tenía que leer a este hombre singular.

Sin embargo, el gran problema es que no tenía el libro, que además no ha vuelto a ser editado desde el cierre de la colección donde fue publicado. Un excelente amigo y notable bibliófago, Benito Arias (ver el enlace a su interesante blog sobre filosofía y pensamiento en general, Erizos de filosofía, en la columna anexa), es quien ha terminado de proporcionármelo. Y ha sido una completa revelación.

Adriano VII es, en efecto, la historia de un falso papa. La novela arranca con un Proemio que describe las precarias condiciones de vida de su protagonista, George Arthur Rose —obsérvese la similar cadencia entre su presunto personaje de ficción y su propio nombre. Rose vive en un pequeño ático en las afueras de Londres dedicado a la tarea, hasta entonces no coronada por el éxito, de la literatura. De pronto, recibe la visita de nada menos que un cardenal y un obispo. Vienen a resolver la última voluntad de un importante feligrés que ha muerto remordido por las injusticias cometidas contra Rose, la principal su forma de obstaculizar su ingreso en la Iglesia Católica. El diálogo que se cruza entre los personajes revela sobre el protagonista tanto como ya había hecho la descripción de su habitación (modesta, pero con los pequeños lujos que todo sibarita, incluso reducido a la pobreza, es capaz de proporcionarse) o la forma de ocupar su tiempo. Rose es un individuo convencido tanto de su genio como de su vocación, al que el «mundo» se ha esforzado en apartar de su seno tanto como él ha luchado por seguir a flote, incorruptible, en pos de una misión, y que trata a los dos prelados con una desdeñosa superioridad. Impresionado por esa pertinacia, el cardenal se ocupa de que Rose reciba de inmediato las órdenes y cante su primera misa.

Frederick RolfeA continuación, la escena pasa a Roma. Se está celebrando el cónclave de elección papal, tras la muerte de León XIII. La novela describe con minuciosidad los ritos, las fórmulas, aún más, las intrigas nada espirituales, que tienen lugar entre los muros del Vaticano. Los cardenales no se ponen de acuerdo, y por una increíble concatenación de circunstancias —que Corvo narra de forma tan elíptica que apenas da pie a que se pueda cuestionarlas—, el neófito George William Rose se convierte en el nuevo papa, eligiendo para ello el nombre de Adriano VII en recuerdo del único, hasta él, pontífice inglés de la historia, el medieval Adriano IV.

El resto de la novela se encarga ya de narrar el apostolado de Adriano VII. En sus páginas Corvo se encarga de hacer un fascinante ejercicio de política-ficción, que empieza con la renuncia de la Iglesia a todas sus riquezas, que se entregan a los pobres, y a toda reivindicación temporal frente al Reino de Italia (recuérdese que, desde la unificación en 1871, la Santa Sede no reconocía su existencia ni tenía trato con él). Uno de sus primeros actos es hacer que vuelva a abrirse la ventana, tapiada desde esa misma fecha, que da a la Plaza de San Pedro para dar a los fieles la bendición urbi et orbe: esa imagen, hoy tan cotidiana, tampoco se podía hacer en esa época, pues el Vaticano vivía literalmente de espaldas a la ciudad de Roma. El Papa (que en la realidad se consideraba un prisionero en el Vaticano) pisa por vez primera, en decenios, las calles de la capital italiana, sometiéndose al primer baño de masas de la era moderna.

Lo más regocijante es la reordenación política que Corvo proyecta y que (una vez más sin detenerse en detalles: es claro el autor es bien consciente de que toda explicación prolija hubiera desmontado la credibilidad de la novela) concluye con la división de Europa en dos territorios: el Imperio del Norte, bajo soberanía directa de los Hohenzollern, y el Imperio del Sur, convertido en una especie de federación de monarquías bajo el liderazgo de los Saboya. En virtud de tal acuerdo, el káiser Guillermo II invade y conquista nada menos que Francia y Rusia. Adriano no olvida a su patria, claro, a la que hace práctica dueña de toda Asia y África. Estados Unidos, por su parte, se hace con el dominio de toda América (menos la británica Canadá) y a Japón se le concede Siberia. De ese modo resuelve Adriano los problemas del imperialismo: reduciendo los imperios a cinco.

Aunque sólo fuera por su increíble argumento, es evidente que Adriano VII ya sería un libro distinto a todos. Pero no hay que quedarse solamente en su trama. El irresistible atractivo de la novela nace de su absolutismo dramático: o se entra en él o no se entra. Y, para ello, es completamente necesario sentir una extraña empatía, mezclada con un punto indiscutible de rechazo, hacia su personaje central. No es necesario, casi, saber algo de Frederick Rolfe, del Barón Corvo, antes de leerlo, para darse cuenta del evidente grado de implicación personal que hay en él. ¡Si hay más de un capítulo en el que el protagonista, en acto de refutación directa ante quienes le leen las acusaciones que le lanzan sus enemigos, está claro que se está justificando, no ante los personajes del libro, sino ante el mundo exterior en el que Corvo tuvo que vivir y pelear y al final ser derrotado!

Adriano VII es no sólo un espectacular ajuste de cuentas con sus enemigos y con su propia vida de fracaso. Es la plasmación de un sueño que probablemente todos hemos tenido: darnos una segunda oportunidad, reconstruir de nuevo nuestra existencia alcanzando aquel sueño eminente que nos animó en edad más inocente. Frederick Rolfe da forma, así pues, a eso que hoy llamamos universo paralelo, un universo paralelo y solipsista, por supuesto, en el que incluso se sublima su propia insatisfacción ante la obligada represión de sus impulsos homosexuales (Adriano tiene como guardia de corps a un par de sacerdotes que pasan el tiempo, semidesnudos, haciendo ejercicios de gimnasia en una estancia junto a sus habitaciones privadas).

La lectura de esta novela, creo, debe ser completada, enseguida, con la de la particular obra que biografió (¿descubrió?) al escritor. Se trata de En busca del barón Corvo, de A.J.A. Symons, que en España publicó Seix Barral antes incluso de que lo fuera Adriano VII, en 1982, y que ahora mismo se puede encontrar en edición de Los Libros del Asteroide, con la misma traducción anterior (de Jordi Beltrán) y un buen prólogo de Juan Manuel Bonet.

portadas - 0002_resize¿Por qué esa obligada concatenación? En primer lugar, claro, porque ofrece las necesarias claves que componen el armazón de Adriano VII, y que aumentan incluso su disfrute (y animan a la saludable relectura). Pero también porque, en su género, la biografía, el libro es tan particular y extraordinario como la novela del barón. La palabra quest que porta el título original no tiene en el español búsqueda una traducción literal. Quest añade a ese significado un matiz épico en el sentido medieval: varias famosas novelas artúricas, en pos del Santo Grial, también lo llevan. Pues, en efecto, Symons entró en el universo Corvo a partir del súbito descubrimiento de Adriano VII y, fascinado tanto por la obra como por la falta de noticias sobre el autor, decidió que él sería quien descubriera lo que hubiese que descubrir sobre él, incluidas otras posibles obras. Y así se lanzó a un periplo de corresponsalías, investigación de campo, visitas a familiares, amigos (ex amigos en el caso de Corvo, más bien) y cualquiera que hubiera tenido algún trato con él, hasta tener en sus manos el conocimiento cabal de quién fue Rolfe, qué anheló, cómo fracasó y cuál fue su triste destino. En el camino, Symons también acabó encontrando (con la ayuda de alguna alma gemela que compartió su fascinación) el resto de piezas de su obra escrita, que hoy se halla razonablemente a disposición del público. No en España, claro, donde aparte de la novela que nos ocupa sólo está editada su última creación, El deseo y la búsqueda del todo, concluida en Venecia (a cuya colonia inglesa satiriza sin piedad a lo largo de su trama) en las más precarias condiciones: en la misma barca donde vivió sus últimos tiempos.

En busca del barón Corvo se lee como una apasionante investigación literaria, pues Symons tiene el acierto de ir narrando paso a paso su progresivo acceso a la información, respetando en lo posible el orden cronológico de la vida de Rolfe. Es admirable que el autor nunca deje que esa fascinación se convierta en boba identificación con el biografiado. Bien al contrario, remarca sus defectos y no deja la menor duda de que el gran responsable del fracaso de su vida fue él mismo. Sin embargo, nunca abandona su simpatía y, sobre todo, su templada comprensión por el personaje, lo cual dota de una indudable humanidad el retrato de alguien que, no duda en señalarlo, fue una persona rencorosa, egoísta, implacable cuando se creía ofendido (y era facilísimo ofenderlo) y dueño de una monstruosa megalomanía, pero también un hombre que malgastó su indudable genio.

Symons analiza su filiación al catolicismo y, en especial, su deseo de convertirse en sacerdote, a partir de lo que él mismo llama su «anormalidad» sexual: puesto que el apostolado católico implica el celibato, es un lugar donde un hombre al que no atraen las mujeres no llamará la atención. Sin embargo, yo creo que en ello hay también una evidente relación con su convencida vocación de singularidad. En Inglaterra, ser católico ya es suficientemente singular. Ser católico y estarle negada la fraternidad con los católicos es ser singular dentro de la singularidad. Y Rolfe siempre argumentó que la razón más poderosa de su fracaso (en todos los órdenes) se debía a una conspiración de los católicos ingleses… que no había hecho más que remarcar su opción por el catolicismo.

Por cierto, que he encargado en mi librería habitual El deseo y la búsqueda del todo, con el que, además, cerraré mi verano «veneciano», que algunas de las entradas de este blog se han encargado de registrar. Ya daré noticias.

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Alicia en el País de las Maravillas y el cine (I)

Alicia, de Lewis Carroll

La Merienda Loca, por A. RackhamPor supuesto, no voy a pretender ni por un instante efectuar cualquier tipo de análisis de las novelas de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo y lo que Alicia vio allí. El objeto de estas líneas va a ser la forma en que distintas películas han llevado al cine las invenciones del genial escritor inglés: su respeto a la letra o al espíritu que las anima, las posibles aportaciones propias, las desviaciones o la vana mímesis de su factura.

Entiendo que para ello, eso sí, hay que recordar algunos puntos básicos acerca de las dos obras, como mejor forma de apreciar el comentario que voy a efectuar. En primer lugar, y como alguna que otra obra constreñida al ámbito de la literatura infantil (La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, por ejemplo), Alicia es un producto nacido de una tarde de asueto en la que un adulto intentaba entretener a un grupo de niños. El 4 de julio de 1862, el profesor de matemáticas en Oxford y diácono de la iglesia anglicana Charles Lutwidge Dodgson (cuyo nombre de pluma fue el de Lewis Carroll) emprendió un viaje de recreo aguas abajo del Támesis en compañía de un amigo, el reverendo Duckworth y tres niñas de 13, 10 y 8 años, las hermanas Liddell, hijas del decano de su colegio, de las cuales su favorita era la intermedia, Alice, nombre con el que bautizaría a la protagonista de su historia. El éxito del relato inventado hizo que la pequeña Alice pidiera con insistencia a su relator que lo pusiera por escrito. Un par de años después, Dodgson hizo realidad la petición de la pequeña, entregándole el cuento en forma de manuscrito y con el título de Aventuras subterráneas de Alicia, germen del libro publicado por la editorial Macmillan con fecha del 4 de julio de 1865, o sea, justo tres años después de tan memorable tarde.

La Reina de CorazonesEl libro fue acompañado por un exhaustivo conjunto de ilustraciones de John Tenniel, tan populares y clásicas como el propio relato, de tal modo que resulta inimaginable cualquier edición de la obra sin aquellas, pues son las que han dado forma en el imaginario visual a los personajes de Carroll. El éxito fue grande y seis años después llegaba a las imprentas la segunda parte, con la que suele ser publicado en la actualidad casi indisociablemente, caso idéntico al de nuestro Quijote, por tanto. Los especialistas son capaces de distinguir diferencias de estilo y tono entre ambas partes. Yo me confieso incapaz. En ambas encuentro el mismo deleite cultista por parodiar poemillas pedagógicos de moda en la época (juego que, claro, se pierde en las traducciones españoles), por crear personajes grotescos que suponen una denuncia de la estupidez, de la arbitrariedad del poder o del clasismo, por levantar un implacable andamiaje de normas que, precisamente por ser absurdas, resultan por ello más inquietantemente coherentes. Y siempre, un sentido del humor que va dirigido al cerebro y no al estómago: sinceramente, su éxito a lo largo de más de un siglo no deja de extrañarme.

A todo ello Alicia siempre se enfrenta del mismo modo: con una tenaz defensa de la lógica de verdad, pero también con una admirable capacidad para asimilar la nueva forma de mirar a que le obliga su aventura. Saber situarse en el punto de vista de quien narra: he aquí una de las imprescindibles obligaciones de todo contador de aventuras fantásticas, pues sin ella el relato se convierte en una mera sucesión de prodigios que acaban cansando. Con su innata curiosidad, con su tenaz intrepidez, con su integridad de niña educada en unos principios irrenunciables, Alicia es, en el fondo, el gran personaje olvidado de su propia aventura.

En todo caso, suelo defender mi predilección por la segunda parte, y no se trata por esnobismo o por querer llamar la atención: más tarde lo explicaré. A la primera parte pertenecen la mayor parte de los episodios y personajes que enseguida asociamos al personaje: el descenso por la madriguera, el Conejo Blanco, el Gato de Cheshire, el desmesurado crecimiento y empequeñecimiento de Alicia al ingerir determinados productos que encuentra con tentadoras etiquetas, la inenarrable merienda con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo o la archifamosa Reina de Corazones y ese grito que ha acabado por convertirse en manifiesto de locura transgresora: «¡Que le corten la cabeza!».

La Merienda LocaAun habiendo leído siempre, de modo consecutivo (y a estas alturas de mi vida, en incontables ocasiones), ambas obras, en la memoria siguen empeñándose en reinar estos elementos del primer libro incluso con tenacidad, atenuando o incluso haciendo caer en el olvido los del segundo. El motivo es claro: las adaptaciones cinematográficas (y la versión de Walt Disney la he visto incluso más veces de las que he leído los libros) suelen primar la primera novela sobre la segunda, aun cuando lo normal es que mezclen episodios de las dos. Lo cierto es que Alicia sólo viaja al País de las Maravillas en la primera novela, que hay que recordar que es el cuerpo de un sueño que tiene la niña mientras se aburre en compañía de su hermana mayor durante una tarde estival en el campo.

En la segunda novela, como bien señala el título, la niña (por supuesto, otra vez en sueños) atraviesa el gran espejo que hay sobre la chimenea del salón donde se encuentra cómoda, y aburrida, mientras fuera reina el invierno, e ingresa en lo que el libro va a llamar el Mundo del Espejo. Allí, y una vez sale de su propia casa (por supuesto, invertida con respecto a la real: así, los libros están impresos al revés y para leerlos hay que situarlos frente al espejo), entra en un nuevo mundo fantástico, poblado de seres tan absurdamente lógicos o lógicamente absurdos como los del País de las Maravillas. La trama, sin embargo, tiene un hilo conductor: Alicia juega literalmente una partida de ajedrez en la que cada casilla se corresponde con un trozo de ese mundo que debe cruzar y en donde se tropezará cada vez con alguien, entre otros con las mismas figuras de ajedrez, que se mueven siguiendo también un orden lógico. El sueño concluye cuando Alicia, que ha iniciado la partida como peón de reina, alcanza la casilla final del tablero, y entonces, siguiendo las reglas del juego, se convierte ella misma en reina.

Por todo lo señalado, A través del espejo suele parecerme más fresca, más curiosa, más original. Sólo lo merecería por el capítulo donde aparece el genial huevo Humpty Dumpty (traducido en España como Zanco Panco o Tentetieso), con su particular concepto de las palabras-maleta o la descacharrante invención del no-cumpleaños (que la versión Disney trasladó, con gran fortuna también, a la merienda con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo). Pero también esta segunda parte me parece más inquietante, aunque sólo sea porque esa idea de un mundo invertido con leyes al revés es un temor clásico del ser humano. Cuando los obtusos gemelos Tweedledee y Tweedledum (Tararí y Tarará en España) le muestran a Alicia al Rey Rojo durmiendo y le señalan que está soñando con ella y que si se despierta, ella misma se desvanecerá, Carroll crea un momento de insuperable tensión que va más allá del ingenio verbal o del disparate que se asocian, antes que otra cosa, a su invención.

Alicia visita Hollywood

La inexcusable imdb señala que existen tres versiones mudas de la inmortal obra de Lewis Carroll, rodada una en los mismos albores del cine, en 1903 y las otras en 1915 y 1928 (esta última acredita adaptar tan solo Alicia a través del espejo, pero no tengo mayor referencia), y una primera versión sonora, de 1931, dirigida por Bud Pollard, todas ellas norteamericanas.

Pero la primera adaptación conocida —y recientemente editada, en formato dvd, en España— fue producida por la Paramount en 1933, con cierto lujo de medios, un considerable despliegue de vestuario y decorados y el concurso de un reparto compuesto por actores de carácter bien conocidos de la casa, aunque hoy más bien los recuerde el cinéfilo (W.C. Fields, Edward Everett Horton…). Junto a ellos, una única estrella (y en el comienzo de su carrera), como Gary Cooper. Como curiosidad, también aparece Cary Grant, pero cuando era poco más que un prometedor aspirante, y encima totalmente disfrazado (es la Falsa Tortuga). Pese a todo, constituyó en su día un gran fracaso comercial, pues lo cierto es que hablar de la historia urdida por Carroll en Hollywood durante muchos años fue hablar de veneno para la taquilla.

En este caso, lo achaco a dos razones. Una: es una desvaída ilustración de buena parte de los episodios más conocidos de ambos libros, ensamblados sin gracia ni armonía, que parte de un error de bulto: hacer que los actores den vida a sus personajes bajo aparatosos disfraces sin posibilidad de expresión gestual, o bajo rígidas prótesis de maquillaje (sin duda que se debe a un encomiable sentido del «respeto» dirigido a quienes conocen el libro y las famosas ilustraciones de John Tenniel, pero eso no atenúa el error). Y dos: porque el sentido del humor carrolliano es tan delicado de reproducir que o bien se realiza con una convicción absoluta (y la mera ilustración mecánica no puede serlo) o bien queda como un ejercicio de lo más cansino.

Esta Alicia de 1933 es un fracaso colectivo. El diseño de producción no termina de lucir bien. Los actores no consiguen otra cosa que ser meros monigotes (da pena ver a Gary Cooper interpretando al Caballero Blanco), salvo saludables excepciones (los secundarios que no se ven limitados por disfraces o exceso de prótesis, como May Robson encarnando a una genial Reina de Corazones). Fracasan los guionistas (uno de ellos el futuro y relevante director Joseph L. Mankiewicz, o sea, el creador de Eva al desnudo), que se limitan a sumar las dos novelas, una detrás de otra, acumulando casi todos sus episodios, de manera monocorde. Y fracasa el director, Norman Z. McLeod, sin duda escogido por su experiencia con los Hermanos Marx —Pistoleros de agua dulce (1931) y Plumas de caballo (1932)—, pero cuyo trabajo no puede ser más plano. Equivocadamente, la práctica totalidad de las escenas que transcurren en el País de las Maravillas están planteadas y rodadas como teatro filmado. Es cierto que la disposición de las peripecias en el libro, a modo de pequeños «cuadros», se presta a ello. Pero es que no es un problema de estructura sino de chispa, de espontaneidad, de gracia. Y diríase que cada emperifollado personaje está esperando su momento para intercambiar con Alicia unas cuantas frases extraídas del libro y salir de escena apresuradamente, y que todo quepa así en los 76 minutos del metraje.

AliceEso sí, el arranque elegido era curioso. En vez de empezar con la aparición del Conejo Blanco y el descenso por la madriguera, los guionistas eligen el inicio del segundo libro. Una Alicia aburrida porque la nieve invernal la obliga a permanecer en casa acaba trepando por la repisa de la chimenea y atraviesa el espejo, descubriendo que en el otro lado las letras de los libros están al revés y que las figuras del ajedrez han cobrado vida. Una invención genuina de los guionistas es ingeniosa: las personas retratadas en las fotografías aquí se encuentran al revés, y así la niña puede descubrir, con jolgorio, que los pantalones del tío Gilbert tienen un enorme remiendo en el trasero. Ahora bien, en cuanto Alicia abandona esa casa revertida, sus aventuras se convierten en las de Alice in Wonderland, como señalaba antes. El momento que hace las veces de bisagra es el juicio que la Reina de Corazones ordena entablar contra la protagonista: a partir de ahí se da paso al segundo libro.

Para quienes han leído las novelas, por lo menos, el resultado es tan rígido y mecánico que carece del menor interés: es difícil imaginar un trabajo tan pobre de imaginación. La historia, por tanto, va desgranándose de modo rutinario, sin más aliciente que el ir reconociendo la representación exacta que de muchas de las ilustraciones de Tenniel se van presentando ante el lector-espectador. Un último comentario a esta mediocre versión: Alicia, o mejor dicho la actriz que la encarna, Charlotte Henry (la cual contaba con 19 indisimulables añitos), resulta tan cargantemente relamida que hace muy difícil seguirla en sus andanzas por el País de las Maravillas.

  Próxima entrega: Alicias de Disney y Svankmajer, obras maestras de la animación.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Alicia en el País de las Maravillas / Alice in Wonderland. Año: 1933

Director: Norman Z. McLeod. Guión: Joseph L. Mankiewicz y William Cameron Menzies. Fotografía: Bert Glennon y Henry Sharp. Música: Dimitri Tiomkin. Reparto: Charlotte Henry (Alicia), Gary Cooper (Caballero Blanco), May Robson (Reina de Corazones), W. C. Fields (Humpty Dumpty), Edward Everett Horton (Sombrerero Loco). Dur.: 76 min.

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Vértigo en París, durante la II Guerra Mundial

La gran olvidaVértigoda de la película Vértigo es, precisamente, la novela en que se basa. Normalmente, cuando un gran autor adapta un libro, suele afirmarse con fervor (y sin que sea «obligatorio» haberlo leído) que el susodicho ha llevado la obra a su propio terreno, y así se ha escrito sobre multitud de obras y novelistas. Sin embargo, a la novela De entre los muertos ni siquiera le ha cabido semejante «honor»: lo normal, con relativas excepciones, ha sido hacer caso omiso de ella1. Entiendo que, al menos en nuestro país, se debe a la dificultad en poder confrontar la película con el original. Me refiero en la actualidad, pues sus autores, los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac, formaron una pareja especializada en relatos policiacos muy popular en su época, como prueba el elevado número de adaptaciones al cine de sus libros. En España hay una edición relativamente reciente, publicada bajo el título del film, Vértigo, por Nebular en el año 2002 (traducción de Jandro Murillo), con un magnífico apéndice a cargo de Roberto Cueto.

En todo caso, siempre se menciona la anécdota de que sus autores la escribieron con vistas a que Hitchcock se fijara en ella, sabedores de que ya había intentado comprar su previa La que no existía, finalmente llevada a la pantalla por Henri-Georges Clouzot en Las diabólicas (1955). Según esta noticia, propagada por el mismísimo François Truffaut en su famoso libro-entrevista al Mago del Suspense, los escritores franceses habrían hecho un trabajo a la medida del director inglés, reproduciendo sus obsesiones habituales. Aun desconociendo cualquier otro trabajo del dúo, me parece una explicación poco consistente y demasiado «fácil» para quien crea estar preservando así la absoluta autoría de Hitchcock. En primer lugar, cuando menos la otra película basada en novelas suyas, Las diabólicas, ya contiene numerosos rasgos luego exhibidos en Vértigo que hacen pensar que se deben al único vínculo común de ambos films: los autores. Y en segundo lugar, la lectura de De entre los muertos demuestra demasiada personalidad como para creer en una mera mímesis de temas ajenos a los franceses.

Por ello, tristemente, es como si Boileau-Narcejac hubieran pasado a ser una mera carcasa vacía, una marca registrada algo molesta porque obliga a reconocer que la que pasa por ser la mayor confesión personal del tortuoso Alfred Hitchcock… tiene un componente que, en mayor o menor medida, no le pertenece.

Edición española de la novelaPues bien, De entre los muertos existe, y su lectura arroja una conclusión asombrosa: no sólo es un libro espléndido, sino que en él ya se encuentra la práctica totalidad de los elementos más significativos de su adaptación cinematográfica, no ya en el plano argumental (que es mucho, claro) sino en el psicológico, en el fetichista, en el obsesivo. Si Vértigo es, ante todo, la historia de una fascinación que degenera en morbosa obsesión fetichista y necrófila, justo eso es lo que es De entre los muertos. No es menoscabo hacia Hitchcock (un autor por el siento gran devoción, del mismo modo que Vértigo es para mí su obra maestra) el reconocerlo.

En todo caso, es de admirar el proceso de identificación que el director inglés sintió ante la historia urdida por los dos franceses, puesto que es evidente que Vértigo es tanto una adaptación razonablemente fiel como una reinterpretación de la misma que, respetando sus claves internas, consigue hacer que éstas, armónicamente, confluyan con las propias claves del cine de su autor. Por eso puede decirse que Vértigo es una película intensamente personal al tiempo que una genial adaptación (no hace falta adaptar a Henry James o a Balzac o a cualquier autor respetable para merecer tal consideración) y una memorable traslación al lenguaje cinematográfico, por medio del uso de la puesta en escena, la atmósfera visual y sonora, el montaje y la interpretación. Todo ello es cierto, pero también lo es que sin De entre los muertos no hubiera existido, y sólo por eso la novela ya merece un respeto, sobre todo cuando resulta tan sugerente: ver la película y leer el libro (supongo que es difícil que se haga al contrario: en todo caso no se hará lo segundo) supone una experiencia apasionantemente complementaria.

A grandes rasgos, la trama de De entre los muertos es la misma, sólo que los personajes, inevitablemente, son franceses y francesa también es la ambientación. El protagonista, aquí llamado Flavières, es un policía retirado después de una traumática (y humillante, se insiste en esto más que en el film) experiencia en la que un compañero murió por causa de su vértigo, sólo que aquí ha vuelto a la profesión cuya carrera estudió: Derecho. Un antiguo compañero de estudios, Gévigne, le pide que siga discretamente a su esposa, Madeleine (¡sí, al menos el mismo nombre se repite de la película a la novela… digo, al revés!), pues en los últimos tiempos está advirtiendo en ella unos síntomas alarmantes: de modo recurrente, adopta una actitud ausente, se dedica a vagar hora tras hora sin rumbo. En conclusión: empieza a creerse la reencarnación de una antepasada (de su bisabuela, en realidad, Pauline Lagerlac, que se suicidó justo a la misma edad que ella tiene ahora). Flavières se encarga de seguirla, progresivamente atraído tanto por la peculiaridad de la historia como por el atractivo de Madeleine Gévigne, y acaba sacándola del río cuando ésta se arroja a sus aguas, en un intento de suicidio. A partir de este momento, y enamorado locamente de ella, se convierte en su asiduo acompañante, al mismo tiempo que intenta arrancarla de su obsesión. Mas sin resultado: un día ella lo lleva hasta una pequeña iglesia rural, sube a lo alto de su campanario y se arroja desde él, ante la impotencia de un Flavières cuyo vértigo le impide alcanzarla…

Toda la envolvente primera mitad del Vértigo de Hitchcock, por lo tanto, se encuentra aquí de un modo razonablemente idéntico, sólo que sin música de Bernard Herrmann (aunque uno puede ponérsela en el aparato de música y acompañar así su lectura) y sin las empinadas calles de San Francisco. El resto sí: la fascinación que el protagonista acaba sintiendo por Madeleine, los paseos por un cementerio hasta la tumba de Pauline Lagerlac (Carlotta Valdez en el film), por museos donde la joven parece convertida en una pintura más, sólo que viviente (el Louvre, en este caso), una inmersión si no en la bahía de San Francisco sí en el Sena y, de modo especial, la importancia que en el enamoramiento de Flavières posee el halo fantastique que parece envolver la obsesión de la bella amada.

Obsesión falsa, ya lo sabemos. Pero la que sí es muy real es la obsesión del protagonista, que aquí aparece descrito como un individuo mucho más misantrópico que el Scottie original. Si en Vértigo el espectador avisado intuye que el traumático episodio que lo ha alejado de la policía no es sino el símbolo de una vida vacía y al borde del abismo, mucho antes de que la acrofobia la cambiara radicalmente, Boileau-Narcejac utilizan (de modo lógico) la mayor capacidad de la palabra escrita para penetrar dentro de su personaje y así contar cómo, desde su misma infancia, éste se ha sentido apartado de los demás, incapaz de trabar lazos afectivos con nadie, especialmente con las mujeres. Flavières es un individuo ensimismado, para quien de pronto Madeleine supone el inesperado fulminante que remueve dentro de su interior su desesperada necesidad de amor, un amor que no puede volcar en nadie vulgar (pues es evidente que el personaje está imbuido de una abierta conciencia de su sensibilidad superior) y que, de este modo, sublima en la bella y misteriosa esposa de Gévigne.

MadeleineDe modo inevitable, ese amor tardío y absoluto se manifiesta a través de determinados rasgos: la evocación culta (Flavières llama a Madeleine su Eurídice, sin sospechar todavía el presagio que encierra la elección de ese sobrenombre), el fetichismo (las ropas y objetos de Madeleine, entre ellos un encendedor que él le regala, y que luego serán fundamentales para concentrar el sentido amoroso con que intentará resucitar a aquella en la vulgar Renée) y la oscilación entre el odio que empieza a sentir por el hombre al que considera completamente indigno de ella —no duda en resaltar la poca correspondencia que hay entre los atractivos de una y otro, por no hablar de la mezquindad moral que enseguida le atribuye, por su condición de especulador beneficiado por la guerra— y el desprecio que también siente por sí mismo, en cuanto que, es evidente, está traicionando una confianza recibida en intimidad.

Hay una llamativa diferencia con respecto a la película: en la novela no existe ningún personaje como Midge, la amiga de Scottie, enamorada en silencio de él, a quien encarna Barbara Bel Geddes. Es significativo, pues, en primer lugar, quiere decir que Flavières no tiene un solo amigo en el mundo; y en segundo lugar, se le niega la capacidad de recibir amor, lo cual subraya el escaso atractivo que en el libro tiene el personaje. Sin James Stewart para suavizar lo más oscuro del mismo, Flavières no es sino un misántropo al que no consigue redimir ni siquiera el intenso sufrimiento que muestra conforme avanza la historia (esto sí es idéntico entre él y Scottie). Es más: en la película, Scottie recibe el amor de dos mujeres (el soterrado de Midge y el abierto de Judy), pero en el libro ni siquiera podemos estar seguros de que Renée lo haya amado alguna vez, ni cuando era Madeleine ni cuando intenta negar por todos los medios que alguna vez lo fue.

Por otro lado, hay otra diferencia fundamental con respecto al guión de la película, que remarca precisamente la ausencia de la nobleza que sí tenía el Scottie de Stewart. Después de perder a Madeleine, Flavières huye del lugar del suicidio y oculta, ante Gévigne, que esa tarde estaba con su esposa. Tiempo después sabrá que, claro, Gévigne fue considerado sospechoso de haberla matado, y más cuando era ella la que poseía el dinero del matrimonio. Esta mezquina decisión de Flavières —pues si huye no es por el vértigo emocional que le produce la pérdida de Madeleine, o no sólo, sino por su incapacidad para hacer frente a un segundo enjuiciamiento público por la misma afección física: recuérdese el magnífico partido que sacaba Hitchcock a la escena de la encuesta, con ese estupendo personaje del coroner cuyas palabras de reproche a Scottie son otros tantos clavos que martillea sobre su ataúd— dota al crimen de la verdadera Madeleine de una sugerencia añadida para el lector que conoce la historia: la inevitable simpatía que de pronto se proyecta sobre otro personaje en principio despreciable cual es el maquiavélico Gévigne, que de pronto se encuentra atrapado por su propia (y admirable) red de mentiras.

Afiche del filmHay que señalar ya el rasgo fundamental del libro, fundamental en cuanto que es el que aporta la atmósfera dramática y moral necesaria para personalizar la historia que narra. Y es su ubicación en los convulsos días de la Segunda Guerra Mundial, y significativamente en los más complicados para Francia. La primera parte, durante la cual Flavières se enamora de Madeleine y la pierde, tiene lugar durante las semanas previas a la invasión alemana (la época llamada la «guerra de mentira»), y concluye justamente en los días en que ésta tiene lugar. El contraste emocional no puede ser más impactante: las circunstancias más dramáticas carecen del menor valor para Flavières en unos momentos en que se siente, más que nunca en toda su existencia, completamente al margen del mundo y de la vida, primero porque está construyendo un universo privado en el que nadie salvo Madeleine tiene cabida, y después porque la inesperada destrucción de ese universo lo hace vagar como un fantasma sin importarle nada de lo que sucede a su alrededor.

Después del hiato entre la primera y la segunda parte, la acción se reanuda en los días justo posteriores a la Liberación, en ese duro invierno de 1944-1945 que mostró a los franceses, pasada la euforia inicial, que la sordidez moral y la incertidumbre vital no se habían marchado con los nazis. En ese mundo de buscavidas y supervivientes se produce el reencuentro entre Flavières y la mujer que le recuerda a Madeleine, que tiene que ser Madeleine. La joven es una más de entre esos supervivientes que se aferran a cualquier frágil tabla que flote en el mar de miserias y despojos. La encuentra convertida en amante de uno de tantos individuos enriquecidos por el mercado negro, justo en el momento en que éste, aburrido de ella, estaba a punto de abandonarla. Madeleine (que ahora se llama Renée Sourange) acepta el cambio de hombre, no porque se enamore de él, como señalaba antes, sino porque no le queda más remedio.

[El lector interesado en descubrir por sí mismo la conclusión de la novela hará bien en dejar de leer aquí]

En estos días grises no de posguerra sino de post-ocupación tiene lugar el nada sublime acto final de la pasión obsesiva de Flavières hacia Madeleine. Significativamente, y si en la película Scottie no descubría hasta el final la identificación entre ambas mujeres —otra cosa es que Hitchcock nos lo cuente mucho antes del final, pues no era el misterio lo que le interesaba de la historia—, Flavières no se deja engañar en ningún momento. Renée es Madeleine, si bien hay momentos en que se convence de que la muchacha (que lo niega hasta que ya no puede más) está fingiendo y otros en que todavía se deja arrastrar por la ilusión de la mente escindida de su amada: si antes se creía Pauline Lagerlac, ahora se cree Renée Sourange. En cualquier caso, nada hay de elegante en la tortuosa posesión que Flavières va efectuando sobre la muchacha, a quien trata sin la menor consideración ni piedad, y sobre la que efectúa el mismo proceso fetichista familiar a los amantes de la película: intentar que la apariencia, físicamente mucho más vulgar, de Renée vaya cediendo ante la reconstrucción de la añorada Madeleine.

El final, por ello, es mil veces más sórdido en el libro que el original, contagiado tanto por la ruindad moral de la época como por la oscuridad que Flavières lleva consigo a todas partes: después de la confesión de Renée, que para él resulta mucho más horrible de lo que había creído (pues desmorona de modo definitivo el elegante andamiaje sobre el que construyó a su Madeleine), la estrangula, incapaz de soportar que, en efecto, Renée sea Renée y no la mujer de fantasmal misterio y evanescente sustancia de la que se enamoró. Nada de fatalista repetición de actos en el mismo campanario, nada de espectral aparición de la monja, nada de catártica curación del vértigo ante el abismo (en todos los sentidos) que se abre ante él con la muerte (ahora definitiva) de su amada. Sólo un caso más de crónica negra en la Francia sin horizontes de la Liberación.

1 Una dignísima excepción siempre la ha constituido el eximio Carlos Aguilar, quien no ha dejado de alabar, cada vez que ha podido, la genialidad del dúo de escritores, y que, en su breve ficha de su imprescindible Guía del Cine, en acto de estricta justicia, señala que es un «film inquietante y torturado, que funde obsesiones características de la literatura de Boileau y Narcejac (autores de la extraordinaria novela original) con el envolvente sello de Hitchcock».

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El hombre que viajaba a través del tiempo

La máquina del tiempo, de H. G. Wells

H. G. WellsEn el curso de dos semanas de arduo trabajo del año 1895, el joven aspirante a escritor H. G. Wells, a partir de una obra previa, dio forma definitiva al que hoy es uno de los mitos fundamentales de la imaginación humana: la máquina del tiempo. Su intención era ambiciosa, y sin embargo gran parte del encanto que mantiene la novela es el tono ingenuo y modesto que emana de sus páginas. Wells, un literato formado a sí mismo, de origen humilde y que pasó por trabajos de muy modesta extracción antes de convertirse en hombre de letras, tenía cerca de treinta años. En La máquina del tiempo confluyen dos de sus inquietudes de aquella época: las preocupaciones sociales y el interés por la ciencia. La primera la mantuvo toda su vida. La segunda permitió una deslumbrante serie de novelas que le han otorgado la inmortalidad, pero que remitió después de ese asombroso flujo inicial para dar paso a otro tipo de escritos que ya son más bien pasto de especialistas o de muy wellsianos que del público en general. Entre sus admiradores destaca Jorge Luis Borges, de hecho el gran defensor «culto» del autor británico, que siempre habló con entusiasmo del primer Wells, al que dedicó un ensayo contenido en su Otras inquisiciones.

Wells estructura la historia, de modo inteligente, alternando dos puntos de vista. Por un lado, el del amigo del Viajero que se encuentra entre los oyentes de su historia. Por otro, el del propio Viajero narrando las peripecias de su viaje. El primero escucha, perplejo y fascinado, sin incurrir en el burdo y vanidoso escepticismo con que todos sus compañeros saludan las palabras del protagonista. Éste llega sin más pruebas que un par de flores ya medio marchitas que guarda en su bolsillo y que le entregó una de las habitantes del futuro al que llegó y a la que salvó la vida, flores que el amigo se ve incapaz de clasificar en la escala botánica corriente. Este personaje abre y cierra la novela, pues tras el relato del Viajero, tan estérilmente recibido, éste vuelve a partir en su máquina (armado con una cámara fotográfica para obtener pruebas para los descreídos) sin que vuelva a reaparecer, pese a que han transcurrido al menos tres años en el momento en que su amigo registra la crónica del viaje en el tiempo.

En cuanto al protagonista, ¿quién es, a qué se dedica, qué vínculos tiene con su época? No se nos llega a dar ninguna explicación. Si bien en posteriores adaptaciones de su novela, el guionista de turno directamente lo identificó con el propio autor, en el libro carece de nombre y es llamado sencillamente el Viajero a Través del Tiempo —en la algo pomposa pero entrañable transcripción del original Time Traveller por parte de Nellie Manso de Zúñiga, responsable de la traducción de la añosa edición publicada por Anaya en la Ilustración de M. A. Rodríguezinolvidable y extinta colección Tus Libros (con magníficas ilustraciones de Miguel A. Rodríguez, alguna de las cuales reproduzco en este artículo). En la conversación que se desarrolla en los dos primeros capítulos con sus amigos e invitados acerca de la posibilidad de la máquina, queda claro que posee unos conocimientos científicos (si bien nada excepcionales: las reflexiones sobre las dimensiones del espacio y del tiempo están al alcance de cualquiera), pero no se indica profesión alguna. El Viajero parece más bien un diletante acomodado, científico aficionado y, posiblemente, reformador social a tiempo parcial. Su propósito de atravesar la molesta barrera de la cuarta dimensión no es para indagar en los balbuceos del hombre en el curso del tiempo ni para saciar ninguna curiosidad sobre relevantes figuras de la historia y el arte ni para dejarse mecer en algún momento preferido del pasado —que sospecho es lo que yo haría en tal caso—, sino para marchar al futuro en busca de una sociedad que haya dado respuesta, por fin, a las necesidades del ser humano.

De hecho, la historia no pierde el tiempo con paradas en el camino donde poder brindar algún sugestivo intermedio especulativo: directamente llega nada menos que al año 802.701 (siempre me ha encantado el evocador ritmo numérico). Pues Wells (¿el Viajero?) lo que pretende con el deus ex machina (nunca mejor dicho) de su invención, es proponer lo que hoy llamaríamos una fantasía antiutópica, la descripción de un mundo horrible, que bajo la apariencia de una Edad de Oro en la que el ser humano, por fin, tiene todas sus necesidades satisfechas sin necesidad de trabajar (ni, por tanto, de explotar a nadie), se esconde un terrible, incluso abominable secreto. Esa sociedad está aún más estratificada que la que el mismo Viajero deja en el ocaso del siglo XIX: está dividida en dos razas, una dominante y de aspecto monstruoso (los Morlocks), que vive bajo tierra y produce todo cuanto necesita la segunda, a un tremendo precio; la otra, de aspecto todavía dulcemente humano (de ahí que el Viajero, pese a despreciarla, no pueda evitar simpatizar con ella), que en realidad es el ganado que los otros crían para su sustento, sin que parezcan capaces de hacer nada para eludir su condición de criaturas sin más futuro que la mesa de los Morlocks.

Tradicionalmente se ha considerado a Wells como un autor menor, de notable imaginación pero de escasas cualidades verdaderamente literarias. En parte, como es notorio, quienes sostienen esta opinión lo hacen guiados por dos prejuicios: primero, la adscripción del autor a la siempre «menor» literatura de género (la única que ha conseguido ser amnistiada con el tiempo ha sido la literatura policiaca, y no toda), y segundo, el error de creer que el estilo consiste en recrearse en los juegos lingüísticos como si la materia fuera superior al objeto que debe formar.

Ilustración de M. A. Rodríguez 2Pues bien, Wells fue un magnífico escritor y no sólo porque tuviera una gran imaginación, que es indudable, sino también por el talento eminente con que dio forma a sus imaginativas fantasías. La máquina del tiempo, obra prácticamente primeriza, recuérdese, habría sido olvidada pronto de limitarse a hacer acta de nacimiento de un icono de la fantasía y describir una sociedad antiutópica que, la verdad, no destaca precisamente por su originalidad. No, si su historia sigue siendo un clásico inmarchitable es por la inolvidable poesía melancólica que emana de sus páginas. Aunque el Viajero es un juez severo de cuanto observa, aunque constantemente está proponiendo teorías sociales e históricas que, también de continuo, debe ir desechando sobre la marcha ante el paulatino descubrimiento de la verdad (que, claro, en gran parte quedará en la niebla del tiempo), su personaje acaba revelándose, por encima de cualquier otra condición, como un poeta capaz de transmitir una poderosa sensación de pérdida y evocación a quienes hacemos el viaje con él. Wells se descubre como un magnífico cronista de la decadencia, en la forma de describir esas construcciones en ruinas, de representar una naturaleza en apariencia fértil pero sobre la que no puede evitar depositar una pátina de decadencia, o de llevarnos al mismo ocaso de la Tierra, en una playa donde el sol parece en un perpetuo crepúsculo, y donde ya no hay rastro del hombre y los animales diríanse vueltos de épocas imposiblemente pretéritas.

Pues todo el libro está invadido por un suave pero indiscutible aroma de pesimismo. No sólo porque el protagonista debe afrontar la idea, casi intolerable para él, de que el futuro y el progreso, desde luego, no son sinónimos, sino también porque descubre la fragilidad de eso que llamamos ser humano. En ese sentido, hay que diferenciar: por mucho que Wells no pueda evitar sacar al pesimista que lleva dentro, no por ello se convierte en un conformista. Lo demuestra su personaje y lo demostró su propia vida, en la cual el compromiso político y social fue tan importante. Lo que hace cercano a su personaje, por lo tanto, es la intensa emotividad que desprende, su forma de descubrir que él, tan racional, también esconde a un ser con instintos duramente reprimidos —y que, con el cambio de su escenario cotidiano, afloran con facilidad: no duda en reconocer la sed de sangre que le despiertan los Morlocks. La lección es clara: el conocimiento no basta si no es temperado por la devoción a la humanidad. El Viajero inicia su periplo para saber y acaba anonadado por su principal descubrimiento: nuestra enorme vulnerabilidad, no ya física sino emocional y cultural.

La bella conclusión de la novela es que, al final, en el borde del tiempo, el Viajero se acaba descubriendo no como un buscador del sistema social más justo y perfecto, sino de la empatía, la comprensión, la ternura: de la humanidad, en suma.

En este sentido, resulta encantadora la delicadeza con que describe el personaje de Weena, la joven Eloi que se convierte en su compañera inseparable. Si no puede hablarse de una historia de amor explícita (como sí harán luego todas las adaptaciones cinematográficas con las chicas a las que el Viajero encuentra en su destino, lo cual justificará, en esas películas, su renuncia a su época natal por la incertidumbre de ese precario futuro), Wells sí consigue establecer una delicada corriente de atracción del protagonista hacia la joven (por mucho que no lo confiese abiertamente). Por ello, la súbita pérdida de la muchacha la noche en que son atacados por los Morlocks y él prende fuego al bosque provoca una enorme desolación. Por ello, resulta tan imborrable la frase final de la novela, en que el amigo del Viajero, triste porque los años transcurridos desde que éste se marchó ya son demasiados como para pensar que algún día retornará, al reflexionar sobre ese futuro ingrato al que presumiblemente ha vuelto, se encuentra al menos «para consuelo mío, dos extrañas flores blancas —encogidas ahora, ennegrecidas, aplastadas y frágiles— para atestiguar que aun cuando la inteligencia y la fuerza habían desaparecido, la gratitud y una mutua ternura aún se alojaban en el corazón del hombre».

La máquina del tiempo, pues, lo que acaba proponiendo por encima de su contenido político-social es una bonita reflexión sobre el triste destino del hombre a perderlo todo, sea cual sea su época y condición, pues esa es la característica principal de la humanidad: su falta de perdurabilidad. Sólo el recuerdo es lo que nos hace inmortales; la memoria, por tanto, es la verdadera máquina del tiempo.

El tiempo en sus manos (1960, George Pal)

Wells fue adaptado muy pronto al cine: de hecho, en casi todas las fuentes sobre cine su novela Los primeros hombres en la luna figura como inspiradora del pionero Viaje a la luna (1902, Georges Méliès). Sin embargo, de todas sus novelas famosas (y menos famosas), la que nos ocupa tardó bastante en interesar a los productores, tal vez porque su historia implicaba una importante inversión en efectos especiales. Hay acreditada una versión para la televisión británica en 1949, pero la primera adaptación cinematográfica lleva la firma del húngaro George Pal, que en España fue rebautizada, de forma para mí entrañable, como El tiempo en sus manos.

Pal, un nombre hoy excesivamente olvidado, fue uno de los primeros magos de los efectos especiales, sobre todo en el campo de la llamada stop-motion o animación paso a paso, cuyo cultivador más apreciado hoy día es el gran Ray Harryhausen, quien tuvo uno de sus primeros empleos en el equipo de aquél. En los años 50 Pal, primero como productor y después como director de sus propios proyectos, se convirtió en uno de los más notables practicantes del cine de ciencia-ficción (o fantástico en general), con títulos en su momentos tan populares como Cuando los mundos chocan (1951, Rudolph Maté), La guerra de los mundos (1953, Byron Haskin) o un maravilloso melodrama titulado Cuando ruge la marabunta (1954, también dirigida por Haskin), donde brilla con luz propia la animación de la espectacular invasión de hormigas recogida por el título.

El tiempo en sus manosEn El tiempo en sus manos, George Pal convierte el limpio y melancólico pesimismo del original en una fantasía blanca que, bajo las formas del cine de aventuras fantásticas para toda la familia, no sólo no es indigno de la novela de partida sino que incluso la complementa de modo excelente. Ambas narraciones parten de un mismo principio: la modestia de una mirada sencilla, incluso ingenua, que acaba sellando una narración pura, en la que destaca por encima de todo el gozo de contar. Aunque Pal baña su cinta de un notable dinamismo, en el fondo también asume, de modo coherente, el nostálgico lirismo de Wells. ¿Cómo abordar el tema del viaje en el tiempo sin dejarse llevar por el sentimiento de pérdida de lo que se dejó atrás, tanto como por el de curiosidad por lo que ha de venir?

El cineasta lo entiende bien desde el principio, ofreciendo un prolegómeno a la aventura —la reunión durante la cual George, inventor y firme convencido en el progreso pacífico de la humanidad, reúne a cuatro amigos para hacerles conocer su reciente invento de la máquina del tiempo— que tiene la virtud de saber ofrecer un ancla no ya para el protagonista sino para el espectador, que nos ata firmemente en la corriente del tiempo. Situado el último día del siglo XIX, ese prólogo posee la atmósfera de un muy british relato navideño, es decir, situado en una época en que lo fantástico parece filtrarse mejor en la vida, y más si es contado junto a una chimenea que derrama calor en una estancia añosa y confortable que protege del frío exterior. Ese espacio donde George (Wells) reúne a sus cuatro escépticos amigos, con sus paneles de madera y sus múltiples relojes, crea una sensación de extraordinaria intimidad, en la que se nos permite penetrar como si cada uno de nosotros fuera un quinto invitado.

Rod Taylor, un actor eficiente pero que rara vez supo ser memorable, aquí lo es, componiendo un Viajero del Tiempo que sabe expresar al mismo tiempo entusiasmo y tristeza, curiosidad intelectual y desengaño emocional, y sobre todo, y en todo momento, convicción en lo que piensa y siente. ¿Cómo no dudar de que, en efecto, ha creado una máquina del tiempo y convencernos para acompañarlo, y no al pasado, que nada le puede enseñar, sino al futuro, a un tiempo en que ya no haya guerras? Pues esa ambientación en los últimos días de 1899 tiene también el sentido de señalar que Inglaterra vive días de guerra, por su enfrentamiento con los bóers en Sudáfrica, y la guerra se empeñará en perseguir al protagonista en cada una de sus paradas (que son en 1917, en 1940 y en otra fecha futura al 1960 en que se ubica el film y donde Londres acaba literalmente destruida) antes de tomar carrerilla hacia el lejanísimo futuro.

H. G. Wells con batínEl tiempo en sus manos adopta los trazos del cine para toda la familia que tanto gustaba en el Hollywood antañón, componiendo una aventura «doméstica» en la que, por ejemplo, su protagonista se adentra en la corriente del tiempo vistiendo… un elegante batín. El mismo diseño de la máquina resulta bastante improbable para cruzar el tiempo pero  resulta entrañable, y se nota que el mismo Pal estaba encantado con él por los mimosos movimientos de cámara con que acaricia su presentación en la película. El viaje en el tiempo compone una secuencia estupenda, no sólo porque permite a Pal lucir sus habilidades para los efectos especiales naïves (las plantas haciendo brotar sus frutos a toda velocidad, el caracol que echa una carrera), sino por las buenas ideas visuales que encierra, la más afortunada de las cuales es mostrar el paso del tiempo a través del cambio de la moda en el maniquí del escaparate de la tienda de modas que George tiene ante su laboratorio.

Es indiscutible que el núcleo de la aventura en el 802.701 es lo menos conseguido de la cinta, pues ofrece varios puntos discutibles. El primero es que la caracterización de los Eloi, con sus vestidos pastel y sus pelucones rubios para hombres y mujeres, no puede ser calificada sino como horterada kitsch. Con ellos también aparece la insustancial e inexpresiva Yvette Mimieux, cuya interpretación, en efecto, hace pensar si la actriz no sería, ella misma, una Eloi y no alguien por quien merezca la pena renunciar definitivamente a la propia época. Mejor es el diseño de los Morlocks, aunque se nota demasiado que esa piel paliducha no es sino un traje mal disimulado. La secuencia en que George desciende al mundo subterráneo para rescatar a Weena dura demasiado y sus escenas de acción no están filmadas de modo convincente (es impagable el momento en que el joven Eloi descubre que su puño sirve para golpear), pero los decorados son sugestivos y Pal tiene un nuevo chispazo de ingenio, con esa forma de colorear los planos subjetivos que muestran el deslumbramiento de esos hombres-topo que son los Morlocks ante las cerillas que enciende el protagonista.

En cualquier caso, el regreso de George al pasado permite recuperar la cálida intimidad del inicio, ahora ya definitivamente impregnada de una notable melancolía, pues, antes incluso de que George se separe de sus siempre incrédulos amigos, cada una de sus palabras, cada uno de sus planos, posee un agradable sabor elegíaco. Al final, la gran paradoja de El tiempo en sus manos es que, después de tantas aventuras, a donde desea regresar el espectador en la máquina del tiempo es a ese rincón del Londres del cambio de siglo, a dejarnos calentar por esa chimenea, en ese salón, atendidos por esa anciana ama de llaves, y no al remoto 802.701 a procurar un nuevo amanecer en la humanidad.

Los pasajeros del tiempo (1979, Nicholas Meyer)

Los pasajeros del tiempoAunque no adapta, en rigor, la novela que nos ocupa, es conveniente mencionar esta película completamente olvidada, porque es una variante de aquélla. Los pasajeros del tiempo pertenece a un tipo de formato directamente emparentado con la pura mitomanía: el pastiche, o sea, la re-creación de una «nueva» aventura de un personaje amado, una aventura apócrifa, claro, en la que se intenta mimetizar al máximo las características de aquél o del espacio por donde se movía, y que va dirigida al conjunto de iniciados que, se supone, comparten ese mismo amor.

H. G. Wells persigue a Jack el Destripador hasta el San Francisco de nuestros días gracias a su máquina del tiempo: así se resume esta película. Su responsable máximo, Nicholas Meyer, director y guionista, se había hecho famoso poco antes por la escritura de una novela que también es un pastiche, Elemental, doctor Freud, llevada al cine con éxito dos años atrás, que unía, como puede deducirse por el título, a Sherlock Holmes con el padre del psicoanálisis. Tal vez ello le valió el crédito necesario para los productores del film, que le confiaron lo que tenía que ser su primer trabajo de realización.

El gran problema que tienen los pastiches, cuando sus consumidores son amantes de los personajes recreados, es que o bien complace del todo o bien resultará una experiencia bastante antipática. En el caso de Los pasajeros del tiempo el resultado es lamentable. Los personajes homenajeados no pasan del rango de monigotes a partir de unos cuantos tópicos (especialmente penosos en el caso del escritor) y la intriga que los une y enfrenta no pasa de ser una tontería. Encima, y como era de esperar, el traslado al siglo XX de los dos no tiene otro objeto que realizar un superficial contraste de costumbres y ofrecer un derroche de humor bobo e infantil (el McDonald’s calificado de lugar de comida escocesa, las tonterías con esos automóviles que sorprenden ¡al inventor del vehículo más sofisticado posible!). Encima, Malcolm McDowell abusa hasta el hartazgo de su gesto de «niño grande», continuamente perplejo ante las «maravillas» que encuentra en su paseo por el futuro, pero siempre tenaz defensor de cuanto noble hay en el mundo.

La dirección de Meyer (lógico en un debutante) es muy vulgar, y no hay sino que comparar la escena en que Wells reúne a sus amigos para presentarles su invento con la correspondiente del film de Pal. Es evidente que la de 1979 se inspira claramente en la de 1960, pero no hay esta vez ni atmósfera ni intimidad ni ganas de estar allí: aquí sólo hay un decorado y unos actores recitando diálogos que no se creen mucho. Peor aún es que Meyer no se prive de añadir unas cuantas reflexiones que no pueden ser más parvularias por parte de los dos transterrados personajes. Así, el psicópata Jack somete a su pánfilo amigo a un rápido zapping por las múltiples cadenas de TV (plagadas de violencia y ruido, cómo no) para asegurar que su prometida utopía no puede existir, porque el hombre siempre llevará con él la semilla del mal. Por ello, cuando Wells intenta convencerlo de que deben volver a su verdadero tiempo, el villano asegura, con satisfacción, que él está en casa. Por su parte, y de la mano del sosísimo romance intemporal que el protagonista vivirá en este San Francisco de 1979, acabará asegurando, con un aplomo digno de encomio, nada menos que «todas las épocas son iguales, es el amor lo que las hace soportables». Al verdadero Wells le hubiera dado algo escuchar semejante simplonada salida de sus labios.

En cualquier caso, no hay que enfadarse mucho con este film, que está demasiado olvidado como para que resulte enojoso.

La máquina del tiempo (2003, Simon Wells)

En el momento de su estreno, esta nueva versión del clásico de H. G. Wells fue recibida con indiferencia general, e incluso despertó franca antipatía entre aquellos (yo mismo, por ejemplo) que amamos profundamente la obra original e incluso su previa versión cinematográfica. Nos pareció fea, trivial, a ratos innecesariamente rebuscada (¿por qué cambiar el nombre del protagonista, y encima ponerle el de Alexander Hartdegen?) y con una molesta advocación new age en las secuencias del futuro.

La máquina del tiempoDiez años después, la revisión de esta película descubre, de modo inesperado, que no sólo no es tan mala como pareció sino que, incluso, posee ciertos elementos sugerentes que hacen que su repaso resulte grato. No es que se convierta en una buena película, eso también hay que dejarlo claro. Por desgracia, hay dos obstáculos que, entonces como ahora, siguen resultando demasiado grandes como para permitirlo. Uno es el protagonismo de Guy Pearce, actor cuyas carencias expresivas son un terrible lastre para el necesario proceso de simpatía que exige su personaje, en especial cuando el planteamiento urdido por el guionista John Logan hace que el nuevo Viajero a través del Tiempo, en esta ocasión, añada un componente de desesperación romántico-existencial a la mera curiosidad intelectual que era el motor que lo estimulaba tanto en la novela como en su adaptación de 1960. El segundo es la dirección de Simon Wells, curiosamente bisnieto del novelista —quiero suponer que no sería esta condición la que le valdría el puesto—, un director procedente del campo de la animación (al que volvería después de esta película, tras diez años de silencio), quien resulta absolutamente incapaz para dotar a las imágenes del contenido emocional que precisaban, empezando por ese mismo aliento trágico y desesperado que anima a su protagonista a través del tiempo.

Aunque los créditos señalan que el guionista John Logan trabaja sobre el guión que el escritor de ciencia-ficción David Duncan realizó para George Pal en El tiempo en sus manos, ya he señalado que hay una importante diferencia con respecto a la historia de Wells, y que hace que el tercio inicial sea radicalmente diferente a la novela y su primera adaptación. La acción se traslada a Nueva York (eso sí, al mismo 1899 del film de Pal) y el protagonista, el tal Hartdegen, ya no es un convencido defensor de las utopías humanas, sino un profesor universitario —sus disciplinas son la mecánica aplicada y la ingeniería: supongo que son las materias que todo creador de una máquina del tiempo debe dominar— eso sí, apasionado por el progreso científico y tecnológico, y que incluso se cartea con el mismísimo Einstein.

Pues bien, lo que acaba estimulando a Hartdegen a crear la máquina del tiempo es la pérdida de su amada (asesinada por un ladrón el día en que le había pedido que se casara con él), con el objetivo, por tanto, no de ir al futuro sino de cambiar el pasado. Sin embargo, el resultado no es el deseado: Hartdegen salva a su amada de esa muerte, pero de todos modos ella vuelve a morir de otro modo violento. Perplejo ante ese determinismo de la corriente del tiempo, es cuando encamina sus pasos hacia el futuro, en busca de una respuesta a su anhelo de modificar la historia, su historia. Este planteamiento romántico inicialmente me chocó bastante, pues me pareció un modo de trivializar el magnífico original wellsiano. Sin embargo, hay que convenir en que otorga una dimensión diferente, y por ello bienvenida, a la historia. La lástima es que, fuera de ese tercio inicial, luego prácticamente no se vuelva a aprovechar para nada, ni siquiera en el plano emocional. Cuando Hartdegen, por fin, encuentra a su Weena, aquí llamada Mara, hace ya mucho que el personaje de su amada y perdida Emma quedó olvidado en la arena del tiempo. Es evidente: a John Logan (o a sus jefes) les falta valor para reconducir completamente la historia según ese dictado inicial, y a partir de la media hora inicial vuelve a rehacer El tiempo en sus manos.

En el momento en que por fin Hartdegen decide marchar al futuro es cuando Wells se encarga de mostrar el funcionamiento del viaje en el tiempo en todo su esplendor. El avance de los efectos especiales con respecto a 1960 da origen a una secuencia que carece del encanto primitivo del film de Pal pero que también resulta sugestiva. Ésta empieza copiando a Pal (incluido el cambio de la moda a través del maniquí), pero termina con ingenio, con la cámara alejándose de la casa para mostrar la transformación de la Nueva York decimonónica en una urbe moderna e incluso, en otro rasgo ingenioso, el plano va perdiéndose en el cielo para mostrar la aparición de los aviones, que dan paso a los satélites y, por último, a naves espaciales que se dirigen hacia una instalación construida en la Luna. Siguiendo las pautas del guión de Duncan, Hartdegen realiza varias paradas hasta llegar a su punto final, y en la última de ellas asiste a la casi total destrucción del ser humano, en este caso porque la luna se ha salido de su órbita (se aclara, de modo un tanto burdo, que por culpa de los manejos de sus huéspedes terrestres) y se precipita contra la Tierra. Inconsciente Hartdegen, debido a la violencia de la huida in extremis, su máquina se convierte en el mudo testigo de los profundos cambios que se producen durante eras y eras en la fisonomía terrestre —en una secuencia de conseguida belleza—, hasta que por fin se detiene en el emblemático año de 802.701.

En este núcleo del viaje en el tiempo se dan cita lo mejor y lo peor. Es verdad que el diseño de los Elois resulta agradable, pese a que ese aroma new age sigue resultando bastante relamido. Pero los Morlocks son unos monstruos sacados de manual y su ataque está plagiado El Morlock superiordel correspondiente en El planeta de los simios (versión Schaffner, por favor), con una inesperada referencia al Vampiros (1998) de John Carpenter, en el momento en que los más monstruosos de aquéllos emergen directamente del suelo arenoso. Lo más interesante es una nueva aportación del guión: la distinción de varias castas y morfologías dentro de los Morlocks, que suponen una estratificación social. También hay una inesperada aparición de esa melancolía tan consustancial a la historia wellsiana. En el cubil subterráneo de los monstruos, Hartdegen encuentra a un Morlock superior de excepcionales capacidades telepáticas (encarnado por un Jeremy Irons de lo más curioso). El rasgo existencial de este personaje, que ve reflejado en el viajero del tiempo la misma maldición de soledad a que está condenado, y que le permite comprender con amarga resignación la degeneración de la raza humana, resulta sin duda un sugerente hallazgo.

Diseminados a lo largo de su por fortuna concentrado metraje, todos estos rasgos señalados, y el inmenso atractivo heredado de la historia original, permiten perdonar, en parte, los elementos menos afortunados del film. Así, aun fallida, La máquina del tiempo no desmerece del todo de lo que pudo haber sido y ofrece unos muy estimables resultados.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El tiempo en sus manos / The Time Machine. Año: 1960

Director y productor: George Pal. Guión: David Duncan. Fotografía: Paul Vogel. Música: Russell García. Reparto: Rod Taylor (Herbert George Wells), Yvette Mimieux (Weena), Alan Young (Filby Sr. y Jr.), Sebastian Cabot, Tom Helmore, Whit Bissell (Invitados). Dur.: 103 min.

Título: Los pasajeros del tiempo / Time After Time. Año: 1979

Director: Nicholas Meyer. Guión: Nicholas Meyer, sobre una historia de Karl Alexander y Steve Hayes. Fotografía: Paul Lohmann. Música: Miklos Rózsà. Reparto: Malcolm McDowell (H. G. Wells), David Warner (Dr. Stevenson, alias Jack el Destripador), Mary Steenburgen (Amy). Dur.: 112 min.

Título: La máquina del tiempo / The Time Machine. Año: 2002

Director: Simon Wells. Guión: John Logan, sobre el guión de David Duncan para El tiempo en sus manos. Fotografía: Donald McAlpine. Música: Klaus Badelt. Reparto: Guy Pearce (Alexander Hartdegen), Samantha Mumba (Mara), Jeremy Irons (Morlock), Mark Addy (Philby). Dur.: 96 min.

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Henry James en una Venecia de forillos: de Los papeles de Aspern a Viviendo el pasado

Muchos de los mejores relatos de Henry James —así, La bestia en la jungla, El altar de los muertos o El banco de la desolación— se centran en Los papeles de Aspernpersonajes enclaustrados en sí mismos, a veces en un escenario del que se resisten a salir al exterior, a veces en el claustrofóbico universo personal que han ido construyendo año tras año y que ha acabado, casi, por suplantar la verdadera realidad. Realidad que, no hay que olvidar, el serio y solemne James fue uno de los primeros autores en cuestionar narrativamente sin necesidad de proponer argumentos puramente fantásticos: le bastó con centrar la estructura de sus historias en un determinado punto de vista bajo el que todos los sucesos que acaecen pueden interpretarse de determinada manera, que no ha de ser por fuerza la verdad.

Uno de estos, más bien una novela corta y sin lugar una de sus mejores creaciones, es Los papeles de Aspern, de 1888. En él, un editor, del que no llegaremos a conocer su nombre, cuenta en primera persona su particular peripecia vivida en Venecia en busca de unas cartas inéditas escritas por el poeta al que ha consagrado su labor crítica, Jeffrey Aspern (y que está inspirado nada menos que en uno de los ilustres huéspedes anglosajones que conoció la ciudad de los canales en el siglo XIX, el poeta lord Byron). En un palazzo decadente, al borde de un canal solitario, el editor encuentra a Juliana Bordereau, amor de juventud de Aspern, la última mujer que queda sobre la tierra «sobre cuyos rasgos se posaron los ojos del poeta», una reliquia de otro tiempo, como su palazzo. El editor sabe que el intento de su colega por contactar con ella y pedirle el acceso a las cartas recibió una hosca negativa; si quiere tener éxito, él debe acceder a ella con algún subterfugio, de tal modo que se presenta en su casa como un escritor en busca de un refugio donde pasar el verano. La anciana vive con una sobrina, Tita, de edad mediana, alta, delgada, seca, consagrada a su cuidado. Debido a que la situación económica de ambas es modesta y que Juliana desea dejar a su sobrina algún capital, lo aceptan como huésped. Pronto, el editor se da cuenta de que el medio de acceso a las cartas ha de ser la sobrina, una mujer cuyas defensas ante la vida son las de una niña, pues parece haber sido arrancada de la sociedad en plena juventud y enclaustrada lejos de cualquier contacto social. La mujer no tarda en reconocer la existencia de los papeles y en dejarse complacer por la compañía del editor, aceptando tácitamente ayudarlo en todo aquello que directamente no vaya contra la voluntad de su tía. Como era de esperar, el asunto acaba en catástrofe: el editor es sorprendido por la anciana cuando rondaba el escritorio donde sospechaba la existencia de los documentos, a consecuencia de lo cual se acelera su final; tras el fallecimiento, la sobrina le propone, con los rodeos que su ingenua voluntad le dicta, que la única forma de que le entregue las cartas sin traicionar a su tía es que él forme parte de la familia: que se case con ella. Horrorizado, el editor abandona la casa invadido por la zozobra, recorriendo sin rumbo la ciudad, y cuando al día siguiente regresa para tratar de proponer una solución, se encuentra con que la mujer ha quemado las cartas y lo despide…

Los papeles de Aspern es un relato dominado por una atmósfera de densa melancolía, bañada por ráfagas deletéreas de decadencia. Como siempre en James, contiene un magnífico retrato de personajes: personajes descritos antes por sus inacciones, por los recónditos signos que traslucen sus palabras más bien intrascendentes y por anhelos no expresados en voz alta, que por lo que realmente hacen. En este sentido, y aunque los personajes de los dos mujeres en principio parecen constituir el eje dramático del relato, en realidad, y como es habitual en el autor, el personaje verdaderamente complejo, el auténtico desencadenante de la tragedia, es el propio relator de la historia, ese innominado editor que se pasa el tiempo pregonando la bondad de sus intenciones y sus deseos de jugar limpioaun cuando su propósito, inevitablemente, tiene un componente de engaño. Un engaño que él considera noble, pues quien ha de ganar no es él, sino la humanidad, los fervorosos de ese poeta inmortal llamado Aspern. Un hombre, además, sometido a la tensión de tener que confrontar su ideal sobre su dios y las circunstancias de su vida con la realidad presente que le ofrece ese último testigo de su vida: y testigo además tan esencial. Pues no deja de señalar, a veces con complacencia morbosa, la decrepitud de la anciana, decadencia física que se corresponde con su decadencia moral. La anciana muestra una avaricia que le desagrada pero en el fondo, como reconoce, también le complace oscuramente; avaricia que, señala con honestidad, ha sido él sin duda quien ha desencadenado, al introducir en su vida la tentación de un dinero que ganar con facilidad ante su apariencia de incauto. La representación que ha de efectuar ante ella, las ironías con que la anciana le obsequia a él (y a su sobrina), los silencios cargados de dobles sentidos que se establecen entre ellos, en el fondo, en el fondo conforman un deletéreo juego al ratón y al gato.

Si la historia del cine demuestra que hay un novelista difícil de adaptar, ése es Henry James. La inmensa mayoría de adaptaciones que hay de obras suyas, repartidas a lo largo de varias décadas, se limitan a ofrecer la letra de su literatura: a reproducir mecánicamente unos argumentos que, sin la poderosa impronta metafísica de su autor, resultan simples e incluso banales. (Algo muy parecido a lo que suele suceder con otra autora de moda en tiempos muy recientes, Jane Austen.) Sin embargo, hay excepciones que demuestran que no hay autor que no sea adaptable, con el talento o la convicción necesarios: La heredera (1949, William Wyler), ¡Suspense! (1961, Jack Clayton) y una adaptación más cercana en el tiempo, Las alas de la paloma (1997, Iain Softley).

A ellas añado una película mucho menos conocida, incluso abiertamente desconocida, que fue estrenada en España con la misma repercusión que había tenido en su país de origen (es decir, ninguna) y que estos días de múltiples canales televisivos y la magia de Internet ha permitido redescubrir: The Lost Moment, rebautizada aquí cPóster originalomo Viviendo el pasado. Era la segunda vez que el cine adaptaba una obra de James (aunque la primera, de hecho, La plaza de Berkeley, de 1933, lo hacía sobre una adaptación para la escena de una novela inacabada, El sentido del pasado, por tanto bastante alterada), y ni siquiera asumió su título original. Quizá sea lógico: estamos ante una película de serie B, incluso muy de serie B, y los productores del film debieron pensar que el público potencial del film lo más probable es que ni siquiera conociera a un escritor por entonces todavía no tan reivindicado como en la actualidad. Por supuesto, el film está rodado íntegramente en decorados, de tal modo que los exteriores supuestamente venecianos son telones pintados (eso sí, suele aparecer, al fondo, la Basílica de San Marcos) y los canales, poco menos que pequeños estanques donde se incluye alguna góndola para aparentar aire veneciano.

Única realización de Martin Gabel, más conocido como actor secundario (aunque su filmografía en tal cometido arranca cuatro años después de esta película), además encierra uno de los trabajos de adaptación más atractivos que he visto en pantalla sobre una previa obra de calidad.

The Lost Moment, en principio, también parece ceñirse de modo fiel a la nouvelle original. Aunque, por razones desconocidas, el apellido de Aspern sea sustituido por Ashton, el punto de partida es el mismo: un editor fervoroso del poeta, aquí bautizado como Lewis Venable, entra como huésped, bajo nombre y circunstancias falsas, en la casa de las dos mujeres Bordereau. Sin embargo, el desarrollo es muy diferente, aun cuando algunas situaciones del relato sean aprovechadas. En primer lugar, The Lost Moment puede definirse como un melodrama pasional de atmósfera fantastique en función de sus elementos argumentales y visuales. En cuanto al argumento, porque el guionista Bercovici —cuyo trabajo principal en cine es, no por casualidad, la película Jennie (1948), otra historia romántica con advocación irreal, que sí es muy conocida— efectúa una radical inversión en la relación entre personajes. El resultado, por ello, es «otros papeles de Aspern», que tiene buena parte de los originales pero les otorga una nueva mirada que convierte algo en principio tan vampírico como la adaptación de una obra previa en un trabajo de nueva creatividad. Nunca he entendido a quienes se enfadan porque encuentran «traicionado» el libro que aman en su pase a la pantalla de cine. Pues entonces, ¿por qué querer repetir una historia que ya quedó suficientemente bien en su forma original?

De entrada, la madura, poco atractiva y apocada Tita (aquí Tina) es interpretada por Susan Hayward, actriz de indisimulable belleza y fuerte personalidad. Aunque la presentación de Tina la caracteriza vestida y arreglada de modo severo (ropas negras, cabellos recogidos, expresión de perenne hosquedad), en realidad la joven padece un desdoblamiento de Tita (Susan Hayward)personalidad: la continua y absorbente lectura, primero por parte de su tía Juliana, después personalmente, de las apasionadas cartas de Jeffrey Ashton, la llevan, en determinados momentos —y usualmente, nuevo rasgo fantastique, de noche— a creerse que ella es la verdadera, y rejuvenecida, Juliana, mientras que su decrépita tía pasa a convertirse en la ordenancista ama de llaves que tuvo que soportar la verdadera Juliana. Y cuando Venable irrumpe en la estancia donde Tina toca el piano, vestida como Juliana, con la melena roja (incluso en blanco y negro, sabemos que tiene que ser roja), ésta le toma por Ashton, con lo cual refuerza su enfermiza ilusión.

Obsesionado, como en el relato, por la obtención de esos papeles del artista al que ha entronizado como su dios, Venable, al traspasar el umbral de la casa, cumple su más arrebatado deseo: ingresar en el pasado. Y Gabel lo expresa de modo memorable, mediante ese extraordinario travelling que sigue el movimiento de Venable penetrando en el interior de la casa mientras, en voice over, reflexiona sobre la circunstancia de que la niebla del pasado le está envolviendo: la cámara pierde de vista al editor, del que lo separa un lienzo de pared, pero sigue su movimiento de avance, atravesando un espacio invadido por telarañas hasta desembocar en una galería y reencontrar al protagonista: en verdad, en otro tiempo. De ahí que, cuando Venable descubre la doble personalidad de Tita y a él mismo convertido en Ashton, su sueño más secreto, y le sigue la corriente a la joven ¿está disimulando para mejor conseguir sus fines, o sea, las cartas? ¿O está siendo hechizadoél también por el embrujo de la casa? ¿Quiénes se abrazan: Tita Bordereau y Lewis Venable, o Juliana Bordereau y Jeffrey Ashton, vueltos a la flor de la vida y de la pasión?

Ese aire gótico al que me refería más arriba marca la atmósfera de la película, unido a la delicadeza de un amour fou que traspasa, como es de rigor en este tipo de amor, la muerte, la tumba. El aroma mortuorio encuentra uno de sus elementos más llamativos en la caracterización del otro personaje femenino de la historia, la anciana Juliana. En la primera entrevista con Venable, Gabel la encuadra desde detrás del sillón donde está sentada, dejando entrever de ella sólo su silueta cubierta de negro y una mano arrugada, engarfiada, con un enorme anillo. Las palabras de la anciana son propias de un personaje de cuento de terror, con su indicación de que no hay sonido en la casa que no llegue hasta ella. En su siguiente encuentro, Gabel muestra por fin el rostro de Juliana, que resultará ser el de una mujer inverosímilmente vieja, dueña de un rostro que diríase una máscara, y muy justamente, no en vano el personaje está interpretado por una Agnes Moorehead irreconocible, que sólo contaba con 47 años en el momento de hacerse cargo del papel.

Muchos otros elementos góticos seguirán apareciendo diseminados por todo el metraje: las palabras del criado indicando que hay un trozo del jardín donde no crece ni una hierba (sabiendo que Jeffrey Ashton desapareció de la noche a la mañana, es fácil adivinar qué es lo que impide que la vegetación germine en ese rincón…); el hecho de que la letra de Tina Bordereau cambie por completo cuando firma, en representación suya, bajo el nombre de su tía; las alusiones de la criada italiana de que Venable es portador de mala suerte, de la jettatura, por recordar un memorable relato, italiano y gótico a su manera, de Teophile Gautier…

Pero sin duda el momento cumbre es la larga secuencia en que Venable, escribiendo de noche en su habitación, escucha de pronto una envolvente música de piano —espléndida la prestación de ese compositor de apellido extravagante llamado Daniel Amphiteatrof— y parte en su busca. Primero es detenido por la anciana al escucharle pasar delante de suPuesta de sol en Venecia, por Monet habitación: entonces Gabel inserta por fin un plano de su rostro, mientras señala que «mientras esté en esta casa, yo nunca moriré». Ella le muestra un pequeño retrato oval de Ashton y le interroga si lo reconoce. Venables no puede mentir: dice que sí, pero que Ashton vivió hace mucho tiempo. «¿Hace mucho tiempo?», replica ella, mientras la cámara va rodeándola hasta mostrar su rostro, cuyos ojos ciegos miran otro mundo, «No, si aún fue ayer cuándo él estaba en mi jardín». Al salir de la estancia, sigue el sonido de la música, perdido en el laberinto de la casa, y será un gato, el animal que Tina odia por el día, cuando no es Juliana, quien lo conduzca, atravesando el jardín y subiendo una escalera de caracol, al lugar donde la joven, esplendorosa en su recobrada belleza, toca al piano y está presta a reconocerlo como Jeffrey Ashton. ¿Por qué la ama?, le preguntará ella tras un monólogo expresado por Susan Hayward con fuego luciferino en la mirada y sobrenatural convicción. «Te amo porque te llamas Juliana y por mil cosas que no puedo expresar», exclama Venables, o mejor aún, exclama Ashton, pues la inexpresable poesía de esa réplica no puede corresponder al simple editor. Contado con palabras, sin el apoyo de la imagen, de la música, de la atmósfera, puede parecer un romanticismo de cartón-piedra. Pero, en cine, la convicción lo es todo, incluso para hacer trascendente la mayor trivialidad.

Podría enumerar uno a uno todos los hallazgos plásticos, narrativos, argumentales e interpretativos de The Lost Moment, pero en el fondo toda descripción relativizaría la intensa belleza de esta joya subterránea (a su pesar). Ni siquiera alguna pequeña debilidad, como algún personaje forzado (aparece un pseudo-villano que, por fortuna, sale poco), empaña su magia, magia resaltada por esa Venecia de cartón-piedra y forillos que asoma tras los cristales del palazzo o que se nos muestra en la secuencia en que Venables y Tina acuden al café Floria(n): el buen espectador sabe que aquí lo irreal hubiera sido mostrar una Venecia real. Siempre será un misterio por qué Martin Gabel no reincidió en su labor, o por qué este film ha necesitado tantos años para ser mínimamente accesible. The Lost Moment no necesita, de todos modos, ser calificada de obra maestra o de film de culto. Que exista ya es el suficiente logro, y el cine precisa tanto de sus más reconocidos fulgores como de las más escondidas gemas. Tal vez esto alimente todavía más su magia.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: The Lost Moment (tv/dvd: Viviendo el pasado). Año: 1947

Director: Martin Gabel. Productor: Walter Wanger. Guión: Leonardo Bercovici, según el relato Los papeles de Aspern, de Henry James. Fotografía: Hal Mohr. Música: Daniele Amfitheatrof. Reparto: Robert Cummings (Lewis Venable), Susan Hayward (Tita Bordereau), Agnes Moorehead (Juliana Bordereau), Joan Lorring (Amelia), Eduardo Ciannelli (Padre Rinaldo). Dur.: 89 min.

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Hayao Miyazaki, el último humanista

El presente artículo es una aportación personal extraída del trabajo, inédito, Teoría, aplicaciones didácticas y educación en valores a través del cine de Hayao Miyazaki, realizado por Benito Arias García, José Luis Gutiérrez Alonso y este Extranjero que lo firma. Que a nadie asuste el rimbombante título: supuso una mera excusa para que estos amigos pudieran reunirse, en torno a buena bebida y buenas viandas, y disfrutar de las películas de este genial director amado por los tres. Como sucede con los buenos artistas, ese mismo amor nos llevó a querer compartirlo con nuestros alumnos, de ahí el revestimiento posterior que señala el título.

Primeros trabajos

Hayao Miyazaki nace en Tokio el 5 de enero de 1941, justo el año, por tanto, en que su país provoca la guerra contra los Estados Unidos que cambiará la faz de su historia durante el siglo XX. En 1963 se licencia en Ciencias Políticas y Económicas (lo cual puede dar idea, por si alguien dudase de que puedan suceder tales cosas, que dedicarse al dibujo animado no tiene por qué equivaler a una concepción «infantil» del mundo o a una falta de formación intelectual).

Hayao Miyazaki Sin embargo, su vocación por el dibujo y su inmediata profesionalización dentro del campo pueden hacer pensar que esos estudios los realizara para complacer a sus padres, tal vez «inquietos» por los deseos de su vástago de dedicarse a un campo que, entonces al contrario que ahora, debía de ser considerado de poco provecho.

En cualquier caso, poco después de concluir sus estudios comienza a trabajar en el departamento de animación de los estudios Toei (uno de los más importantes de Japón), dedicándose al mismo tiempo al dibujo de tebeos, en el país nipón conocidos bajo el nombre de mangas. A lo largo de esa década, en la que se produce la consolidación del cine animado en su país, Miyazaki ya colabora en muchas de las más importantes películas del momento, y traba amistad con Isao Takahata, seis años mayor que él, debutante en la dirección cinematográfica en 1969 y mentor, amigo y finalmente socio de Hayao: ambos fundarán en 1985 Ghibli, la productora japonesa de animación más conocida en el mundo, símbolo de calidad, y en la cual rodaría la práctica totalidad de sus películas, con excepción de la primera.

Durante los años 70, época de esplendor de las series de dibujos animados japonesas, Miyazaki va a ser uno de los nombres fundamentales en el reconocible diseño de muchas de ellas, en especial de las dos series que abrieron el mercado internacional a la penetración nipona: Heidi (1974) y Marco (1976), hasta el punto de que esa marca de fábrica visual lo acompañará el resto de su carrera. La claridad de los paisajes, el detallismo (con todas las limitaciones obligadas en un producto para TV, siempre con menos presupuesto que para una película), la estilización a la occidental de los rostros, con sus enormes y característicos ojos (que Miyazaki no inventó pero que sería quien concretaría el modelo definitivo) y la limpieza narrativa son sellos que esas series deben al animador, y que éste perfilaría y sofisticaría en sus trabajos para la gran pantalla.

Primeras películas para cine

El debut como realizador de Hayao Miyazaki se había producido mediante la dirección de una serie televisiva titulada Lupin III, según el manga homónimo de Kazuhito Kato, que narraba las aventuras de un ladrón de guante blanco, presunto descendiente del original, creado por el escritor francés Maurice Leblanc. La serie tuvo mucho éxito y originó secuelas en el medio televisivo, amén de catapultarse a la gran pantalla mediante diversas películas: es un modelo muy habitual en Japón, como subrayan productos de tan gran éxito coetáneo como las sagas de Pokemon o de Doraemon, el gato cósmico.

Pues bien, en 1979, Miyazaki debuta como director cinematográfico realizando una de estas películas (en concreto la segunda de la trayectoria del personaje en la gran pantalla), bajo el título de El castillo de Cagliostro. Al retomar un personaje previo, con unos elementos propios a los que ajustarse, es evidente que es el film que menos se corresponde con las características generales de su filmografía. Aun así, es una inmejorable carta de presentación y una delicia narrativa de principio a fin. Cuenta una aventura del ladrón titular, acompañado de sus habituales acólitos, ambientada en un país imaginario de Centroeuropa, a la busca de un tesoro que, en un ingenioso hallazgo argumental, resultará ser una antigua ciudad romana conservada en todo su esplendor debajo de un lago. En El castillo de Cagliostro ya aparecen, sin embargo, diversos rasgos del admirable universo ético y dramático de su autor: una enorme facilidad para representar la nobleza sin incurrir en lo relamido; un bello sentido de la delicadeza; y un rol femenino que, aunque todavía no protagonista, es muy importante y destaca dentro de la galería de personajes.

Miyazaki tarda cinco años en volver a estrenar una película, tiempo en el que aborda una nueva serie (la estupenda Sherlock Holmes, de la que por diferentes razones solo acaba realizando seis episodios) y se dedica al manga. En las páginas de la revista Animage, publica una serie titulada Nausicaa del Valle del Viento, que trasplantará a la Nausicäapantalla, antes de haber concluido su dibujo y publicación, lo cual le obliga a realizar un férreo trabajo de auto-adaptación (el manga completo no finalizaría hasta 1994). Pues bien, Nausicaa del Valle del Viento (1984), película, ya contiene la práctica totalidad de los elementos miyazakianos: el protagonismo de una niña al borde de la adolescencia; la ausencia de villanos de una sola pieza (en Miyazaki rara vez hay personajes enteramente malvados —nunca en sus films de madurez—, sino, en todo caso, ambiguos o equivocados); la fascinación por la parafernalia aérea, o el noble mensaje ecológico, noble en el sentido de que nunca adquiere el molesto rango de moralina, y que insiste ante todo en la necesidad de un equilibrio entre hombre y naturaleza. Por lo demás, Nausicaa transcurre en un escenario insólito para su autor, al que no ha vuelto nunca, la ciencia-ficción y en concreto el subgénero post-apocalíptico.

La película constituyó un enorme éxito en su país y gozó incluso de proyección interna-ciona. Muy poco después, él y su amigo Takahata fundarían Ghibli Studios: aunque en rigor fuera rodada antes, suele incluirse Nausicaa como el primer título de su catálogo. En puridad, el primer título Ghibli sería El castillo en el cielo (1985). Su trama gira en torno a la búsqueda de una isla flotante que sería nada menos que Laputa, la famosa tierra inventada por Jonathan Swift en su novela Los viajes de Gulliver, y por cuyo secreto se pelean diversos grupos (unos piratas del aire y unos siniestros militares), persiguiendo a los dos protagonistas: la niña que posee la piedra que revela la localización de la isla y Pazu, el muchacho que se erige en su defensor. El castillo en el cielo es un magnífico film de aventuras que introduce otro de los signos de identidad del cine de su autor: la inmersión en la herencia cultural universal, utilizando con naturalidad referentes literarios como la literatura de Julio Verne, cuyo entrañable espíritu, a la vez romántico y positivista, y cuya fascinación por el progreso maquinista al servicio de peripecias aventureras aquí encuentra una traducción superior incluso a la de la práctica totalidad de las películas que han adaptado directamente sus novelas. También de raíz occidental es la inspiración para los escenarios, como el pueblecito minero (que parece extraído del ¡Qué verde era mi valle! de John Ford) donde transcurre una de las grandes escenas de la pelìcula. En El castillo en el cielo hay espacio también para las espectaculares escenas de corte apocalíptico que reaparecerán, por ejemplo, en La princesa Mononoke. Sin embargo, lo que no hay en ningún caso es fascinación por la estética militar: es sintomático que esa isla, codiciada por su capacidad destructora, esté custodiada por unos robots de diseño muy amenazador… programados por sus desaparecidos inventores para ejercer sencillas labores de jardinero.

El camino a la consagración

1988 es el año de la extraordinaria Mi vecino Totoro, todavía hoy la película-emblema de Ghibli por excelencia, hasta el punto de que la imagen de la encantadora criatura creada por Miyazaki conforma el logotipo del estudio. Amada como pocas películas en la filmografía del autor (y eso que, aunque parezca mentira, en su día su éxito no fue muy notable), lo más significativo de la trama ideada por éste es la ausencia de peripecias aventureras (o de cualquier tipo), como uno esperaría en un film Totorode animación. Mi vecino Totoro es una mirada al mundo de la infancia, sabiendo contemplar la sencillez y a la vez complejidad que es tan peculiar de dicho momento de la vida humana. Para ello escoge como foco a dos niñas que se trasladan a vivir al campo en compañía de su padre, mientras su madre se recupera de una grave enfermedad en una clínica de reposo. Es una película construida ante todo a través de la observación y el cuidado de los pequeños detalles, que sabe conectar de modo mágico con la sensibilidad infantil, puesta a prueba en un momento difícil por la ausencia de la madre. Una sensibilidad que permitirá a las dos niñas entrar en contacto con los totoros, unos bondadosos espíritus del bosque que habitan en el interior de un gigantesco alcanforero. Lo inquietante y lo entrañable se funden en una sola dimensión, esa dimensión desazonante que en el fondo es la infancia desde el punto de vista de un adulto, creando una obra maestra que parece fácil de abarcar, que es sencilla de acceder, pero cuya entraña resulta especialmente difícil de definir, de concretar, de sintetizar: ese es siempre el secreto de la buena poesía.

Sólo un año después (y por hacerse cargo de una película que estaba ya en preproducción), Miyazaki vuelve a estrenar otra película, titulada Nicky, la aprendiz de bruja (1989), que tiene más de un punto en común con Totoro, empezando porque también cuenta la historia del acceso a la madurez de una niña que se ve obligada a buscar su camino sin el ala protectora de la familia. En este caso, por decisión propia: la protagonista, Nicky, es, como indica el título de la versión española, una aprendiz de bruja en un mundo donde tales seres son cotidianos y habituales: cada ciudad debe contar con una propia, siempre mujer (la brujería se ejerce de forma matriarcal). Al cumplir los trece años —es decir, en la entrada a la adolescencia—, cada joven bruja debe buscar su ciudad, y eso es lo que hace Nicky, sin más compañía que su gato negro Yiyi, con el que puede comunicarse. Siendo su poder principal (realmente, el único que le vemos en toda la película) el de volar con una escoba, Nicky, con buen sentido, crea un negocio de mensajería aérea; mera excusa argumental, en manos de Miyazaki, para trazar un bello escenario dramático en el que mostrar la evolución de la protagonista hasta la definitiva aceptación de sí misma y de su relación, desde la diferencia, con los demás (diferencia que, en el fondo, es la que sienten todos los adolescentes con el mundo que les rodea y que a ratos sienten hostil y a ratos fascinante y seductor). Es una historia que nuevamente parece muy sencilla y que construye su compleja entraña desde el formato de una fantasía blancay gentil. Gráficamente, es preciosa, y ya incluye una de esas ciudades completamente imaginarias en las que Miyazaki funde diferentes diseños urbanos occidentales: Italia, Europa Central… dentro de una acotación cronológica no menos intemporal, situada en algún punto entre el periodo de entreguerras y los años cincuenta del siglo XX.

La siguiente producción de Miyazaki, Porco Rosso (1992), merece un recuerdo entrañable, puesto que fue el primer largometraje de su autor estrenado en España, si bien no obtuvo la menor repercusión: quienes fueron a verlo recordando otro reciente éxito nipón, el de Akira (1988, Katsuhiro Otomo), lógicamente se sintieron decepcionados ante un film en las antípodas de aquél. Volvemos al ambiente aventurero propio de El castillo en el cielo, Porco Rossoempezando por la fascinación por los tiempos heroicos de la navegación aérea. Eso sí, a diferencia de los anteriores films del autor, éste posee una ubicación espacial y cronológica muy concreta: el mar Adriático en la década de los 30, con el trasfondo amenazador de la Italia fascista de Mussolini. Con un esprit muy similar al de las películas del norteamericano Howard Hawks, Miyazaki convierte a los aventureros del aire que protagonizan el film, desde el culto a la profesionalidad que poseen, en verdadera expresión de la libertad vital y personal. Pero al mismo tiempo, Porco Rosso es uno de los títulos más románticos de su autor, gracias a su inolvidable personaje protagonista (ese aviador antifascista convertido en cerdo antropoide por haber visto la muerte de frente) y a la delicada relación de amor nunca confesado que mantiene con la viuda de su mejor amigo, la bella dueña del negocio en medio del mar que es el punto de encuentro de todos los aviadores.

El éxito internacional

A mediados de los 90, aparte de ser un nombre fundamental del cine de su país, Hayao Miyazaki tenía cierto reconocimiento fuera de sus fronteras, pero todavía minoritario: en Francia, sobre todo, o en Estados Unidos gracias a la distribución de la mismísima Disney. En 1997, el estreno de La princesa Mononoke terminaría de imponer su nombre por doquier, incluso en España: fue el primer estreno mínimamente normalizado que conoció su cine y permitió que desde entonces el resto de sus películas conocieran difusión y promoción entre nosotros, aparte de que fueran rescatándose sus títulos previos en formato doméstico.

La princesa Mononoke constituyó, en su momento, un éxito impresionante en su Japón natal, convirtiéndose (hasta el estreno de Titanic, pocos meses después) en el film más taquillero de toda su historia. No es de extrañar. Después de haber rodado el título más occidental de su filmografía con Porco Rosso, Miyazaki se da un baño de «japonesidad». Mononoke mira tanto a la historia como al sustratMononokeo mítico-religioso más ancestral del Japón. Por un lado, está ambientada en el periodo medieval, en la antesala del mundo dominado por los samuráis (de los que se ofrece una visión bastante negativa); por otro, se centra en el riquísimo mundo preternatural del sintoísmo. Su argumento cuenta la búsqueda por parte del príncipe Ashitaka de una curación para la maldición que atraviesa su cuerpo desde que se enfrentó a un jabalí corrompido por una infección monstruosa. Su peripecia sirve a Miyazaki como metáfora de la necesidad del equilibrio entre el hombre y la naturaleza, la preocupación por la degradación ecológica y la forma en que ésta también afecta a las relaciones entre los seres humanos. Como siempre en su autor, aparte del deslumbramiento gráfico, hay espacio para la nobleza (en este sentido, Ashitaka, con su propósito de buscar siempre la concordia, resulta inolvidable) y para la ambigüedad (siendo clara la postura ecológica del autor, sin embargo el personaje teóricamente más negativo, lady Eboshi, la dueña de la instalación industrial que está «devorando» el bosque donde transcurre la acción, resulta ser, al mismo tiempo, una protectora de los marginados y alguien que ha dado una nueva dignidad a antiguas prostitutas, a quienes ha convertido en una casta obrera orgullosa de sus capacidades e independencia). Miyazaki, es claro, nunca ha sido partidario de los mensajes en blanco o en negro, sino de los múltiples matices del color.

Si Mononoke abrió puertas, El viaje de Chihiro (2001) terminaría por consagrarlo en el mundo entero, como prueban premios tan prestigiosos como el Oso de Oro del Festival de Berlín de 2002 (un galardón impensable hasta entonces para un film de animación) o el Oscar del mismo año en dicha categoría. Con justicia, muchos consideran que Chihiro es la obra maestra del autor, y como mínimo es cierto que constituye quizá el resumen perfecto, en cuanto a temas, diseños y personajes, de toda su carrera: consciente de ello, Miyazaki se decidió a ofrecer una summa de sí mismo, de tal modo que el admirador de su cine reconoce ciento y un detalles procedentes de otros films. Pero al mismo tiempo es una obra de completa madurez. A partir de una premisa sencilla (una niña debe rescatar a sus padres, convertidos en cerdos, en un balneario interdimensional que regenta una particular bruja y donde acuden a descansar los dioses del Japón), Miyazaki ofrece un cuento iniciático de gran hondura dramática —el cuento iniciático por excelencia, más bien—, que funde de modo admirable los referentes culturales occidentales (con la Alicia de Lewis Carroll o determinados elementos mitológicos griegos a la cabeza de las referencias) y los orientales (en este sentido, Chihiro ofrece un nutrido catálogo del imaginario mítico japonés).

El castillo ambulante (2004) es otra muestra de la exuberancia narrativa y tipológica de Miyazaki. En esta ocasión adapta una novela procedente del ámbito inglés, original de Diana Wynne Jones, cuya historia, en principio, conecta con un planteamiento ya habitual del cineasta: el aprendizaje de una muchacha y las peripecias que eCastillo ambulantemprende para alcanzar la madurez necesaria. Sin embargo, la variación resulta sorprendente: a causa del hechizo de una bruja, la protagonista, la joven Sophy, se ve transformada en… una anciana casi decrépita. Idea estupenda que da pie a un riquísimo juego dramático con múltiples focos: por ejemplo, la atracción que la joven/vieja Sophy siente por el mago (muy joven) Howl, o las dificultades que encuentra con su cuerpo viejo y cansado mientras vive tremendas aventuras. Una vez más, el tema central de la película es la búsqueda de la Armonía, del Equilibrio, y por ello Miyazaki ofrece la habitual galería de personajes que nunca son del todo positivos ni negativos. La mirada que ofrece sobre el personaje de la bruja que lanzó la maldición contra Sophy resulta especialmente admirable: personaje más patético que malvado, víctima a su vez de una hechicera de poder superior, acaba siendo «adoptada» por su propia víctima, la protagonista, enfrentando al espectador con inesperadas variaciones sobre temas como el perdón o la redención… y ello sin perder nunca el sentido del humor ni dejarse dominar por la fácil moralina.

Por el momento, la última película del maestro es Ponyo en el acantilado (2008), un film que muestra a un director que, a sus 67 años, todavía se siente estimulado por los retos. En este sentido, Ponyo se diferencia gráficamente de sus obras previas: compuesta íntegramente mediante dibujos a mano, sin apoyo infográfico, Miyazaki redondea, «infantiliza» sus trazos, dándoles cierto toque algodonoso hasta casi ofrecer un universo de caramelo. Todo ello al servicio coherente de la historia elegida: el estropicio que provoca en la Naturaleza (siempre, siempre el tema de la Armonía entre el hombre y el medio natural) la amistad (¿amor?) entre un niño de cinco años y una especie de criatura-pez, la Ponyo que da título al film, en el típicamente inconcreto escenario donde tiene lugar la acción. Tierna, divertida, emocionante, encantadora, poética, Ponyo en el acantilado es, por el momento, la última parada en la poética miyazakiana, a la espera de la siguiente.

Diez películas maravillosas en treinta años, que nos han servido no sólo para proporcionarnos gozo y diversión sin fin, sino para hacer que nos planteemos preguntas sobre la condición humana, sobre nuestras ambigüedades, sobre la necesidad de comprender y respetar el medio en que vivimos, sobre la riqueza de la compenetración entre referentes culturales en apariencia muy diferentes. No es poco para un autor de dibujos animados.

Ponyo

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