El hombre que viajaba a través del tiempo

La máquina del tiempo, de H. G. Wells

H. G. WellsEn el curso de dos semanas de arduo trabajo del año 1895, el joven aspirante a escritor H. G. Wells, a partir de una obra previa, dio forma definitiva al que hoy es uno de los mitos fundamentales de la imaginación humana: la máquina del tiempo. Su intención era ambiciosa, y sin embargo gran parte del encanto que mantiene la novela es el tono ingenuo y modesto que emana de sus páginas. Wells, un literato formado a sí mismo, de origen humilde y que pasó por trabajos de muy modesta extracción antes de convertirse en hombre de letras, tenía cerca de treinta años. En La máquina del tiempo confluyen dos de sus inquietudes de aquella época: las preocupaciones sociales y el interés por la ciencia. La primera la mantuvo toda su vida. La segunda permitió una deslumbrante serie de novelas que le han otorgado la inmortalidad, pero que remitió después de ese asombroso flujo inicial para dar paso a otro tipo de escritos que ya son más bien pasto de especialistas o de muy wellsianos que del público en general. Entre sus admiradores destaca Jorge Luis Borges, de hecho el gran defensor «culto» del autor británico, que siempre habló con entusiasmo del primer Wells, al que dedicó un ensayo contenido en su Otras inquisiciones.

Wells estructura la historia, de modo inteligente, alternando dos puntos de vista. Por un lado, el del amigo del Viajero que se encuentra entre los oyentes de su historia. Por otro, el del propio Viajero narrando las peripecias de su viaje. El primero escucha, perplejo y fascinado, sin incurrir en el burdo y vanidoso escepticismo con que todos sus compañeros saludan las palabras del protagonista. Éste llega sin más pruebas que un par de flores ya medio marchitas que guarda en su bolsillo y que le entregó una de las habitantes del futuro al que llegó y a la que salvó la vida, flores que el amigo se ve incapaz de clasificar en la escala botánica corriente. Este personaje abre y cierra la novela, pues tras el relato del Viajero, tan estérilmente recibido, éste vuelve a partir en su máquina (armado con una cámara fotográfica para obtener pruebas para los descreídos) sin que vuelva a reaparecer, pese a que han transcurrido al menos tres años en el momento en que su amigo registra la crónica del viaje en el tiempo.

En cuanto al protagonista, ¿quién es, a qué se dedica, qué vínculos tiene con su época? No se nos llega a dar ninguna explicación. Si bien en posteriores adaptaciones de su novela, el guionista de turno directamente lo identificó con el propio autor, en el libro carece de nombre y es llamado sencillamente el Viajero a Través del Tiempo —en la algo pomposa pero entrañable transcripción del original Time Traveller por parte de Nellie Manso de Zúñiga, responsable de la traducción de la añosa edición publicada por Anaya en la Ilustración de M. A. Rodríguezinolvidable y extinta colección Tus Libros (con magníficas ilustraciones de Miguel A. Rodríguez, alguna de las cuales reproduzco en este artículo). En la conversación que se desarrolla en los dos primeros capítulos con sus amigos e invitados acerca de la posibilidad de la máquina, queda claro que posee unos conocimientos científicos (si bien nada excepcionales: las reflexiones sobre las dimensiones del espacio y del tiempo están al alcance de cualquiera), pero no se indica profesión alguna. El Viajero parece más bien un diletante acomodado, científico aficionado y, posiblemente, reformador social a tiempo parcial. Su propósito de atravesar la molesta barrera de la cuarta dimensión no es para indagar en los balbuceos del hombre en el curso del tiempo ni para saciar ninguna curiosidad sobre relevantes figuras de la historia y el arte ni para dejarse mecer en algún momento preferido del pasado —que sospecho es lo que yo haría en tal caso—, sino para marchar al futuro en busca de una sociedad que haya dado respuesta, por fin, a las necesidades del ser humano.

De hecho, la historia no pierde el tiempo con paradas en el camino donde poder brindar algún sugestivo intermedio especulativo: directamente llega nada menos que al año 802.701 (siempre me ha encantado el evocador ritmo numérico). Pues Wells (¿el Viajero?) lo que pretende con el deus ex machina (nunca mejor dicho) de su invención, es proponer lo que hoy llamaríamos una fantasía antiutópica, la descripción de un mundo horrible, que bajo la apariencia de una Edad de Oro en la que el ser humano, por fin, tiene todas sus necesidades satisfechas sin necesidad de trabajar (ni, por tanto, de explotar a nadie), se esconde un terrible, incluso abominable secreto. Esa sociedad está aún más estratificada que la que el mismo Viajero deja en el ocaso del siglo XIX: está dividida en dos razas, una dominante y de aspecto monstruoso (los Morlocks), que vive bajo tierra y produce todo cuanto necesita la segunda, a un tremendo precio; la otra, de aspecto todavía dulcemente humano (de ahí que el Viajero, pese a despreciarla, no pueda evitar simpatizar con ella), que en realidad es el ganado que los otros crían para su sustento, sin que parezcan capaces de hacer nada para eludir su condición de criaturas sin más futuro que la mesa de los Morlocks.

Tradicionalmente se ha considerado a Wells como un autor menor, de notable imaginación pero de escasas cualidades verdaderamente literarias. En parte, como es notorio, quienes sostienen esta opinión lo hacen guiados por dos prejuicios: primero, la adscripción del autor a la siempre «menor» literatura de género (la única que ha conseguido ser amnistiada con el tiempo ha sido la literatura policiaca, y no toda), y segundo, el error de creer que el estilo consiste en recrearse en los juegos lingüísticos como si la materia fuera superior al objeto que debe formar.

Ilustración de M. A. Rodríguez 2Pues bien, Wells fue un magnífico escritor y no sólo porque tuviera una gran imaginación, que es indudable, sino también por el talento eminente con que dio forma a sus imaginativas fantasías. La máquina del tiempo, obra prácticamente primeriza, recuérdese, habría sido olvidada pronto de limitarse a hacer acta de nacimiento de un icono de la fantasía y describir una sociedad antiutópica que, la verdad, no destaca precisamente por su originalidad. No, si su historia sigue siendo un clásico inmarchitable es por la inolvidable poesía melancólica que emana de sus páginas. Aunque el Viajero es un juez severo de cuanto observa, aunque constantemente está proponiendo teorías sociales e históricas que, también de continuo, debe ir desechando sobre la marcha ante el paulatino descubrimiento de la verdad (que, claro, en gran parte quedará en la niebla del tiempo), su personaje acaba revelándose, por encima de cualquier otra condición, como un poeta capaz de transmitir una poderosa sensación de pérdida y evocación a quienes hacemos el viaje con él. Wells se descubre como un magnífico cronista de la decadencia, en la forma de describir esas construcciones en ruinas, de representar una naturaleza en apariencia fértil pero sobre la que no puede evitar depositar una pátina de decadencia, o de llevarnos al mismo ocaso de la Tierra, en una playa donde el sol parece en un perpetuo crepúsculo, y donde ya no hay rastro del hombre y los animales diríanse vueltos de épocas imposiblemente pretéritas.

Pues todo el libro está invadido por un suave pero indiscutible aroma de pesimismo. No sólo porque el protagonista debe afrontar la idea, casi intolerable para él, de que el futuro y el progreso, desde luego, no son sinónimos, sino también porque descubre la fragilidad de eso que llamamos ser humano. En ese sentido, hay que diferenciar: por mucho que Wells no pueda evitar sacar al pesimista que lleva dentro, no por ello se convierte en un conformista. Lo demuestra su personaje y lo demostró su propia vida, en la cual el compromiso político y social fue tan importante. Lo que hace cercano a su personaje, por lo tanto, es la intensa emotividad que desprende, su forma de descubrir que él, tan racional, también esconde a un ser con instintos duramente reprimidos —y que, con el cambio de su escenario cotidiano, afloran con facilidad: no duda en reconocer la sed de sangre que le despiertan los Morlocks. La lección es clara: el conocimiento no basta si no es temperado por la devoción a la humanidad. El Viajero inicia su periplo para saber y acaba anonadado por su principal descubrimiento: nuestra enorme vulnerabilidad, no ya física sino emocional y cultural.

La bella conclusión de la novela es que, al final, en el borde del tiempo, el Viajero se acaba descubriendo no como un buscador del sistema social más justo y perfecto, sino de la empatía, la comprensión, la ternura: de la humanidad, en suma.

En este sentido, resulta encantadora la delicadeza con que describe el personaje de Weena, la joven Eloi que se convierte en su compañera inseparable. Si no puede hablarse de una historia de amor explícita (como sí harán luego todas las adaptaciones cinematográficas con las chicas a las que el Viajero encuentra en su destino, lo cual justificará, en esas películas, su renuncia a su época natal por la incertidumbre de ese precario futuro), Wells sí consigue establecer una delicada corriente de atracción del protagonista hacia la joven (por mucho que no lo confiese abiertamente). Por ello, la súbita pérdida de la muchacha la noche en que son atacados por los Morlocks y él prende fuego al bosque provoca una enorme desolación. Por ello, resulta tan imborrable la frase final de la novela, en que el amigo del Viajero, triste porque los años transcurridos desde que éste se marchó ya son demasiados como para pensar que algún día retornará, al reflexionar sobre ese futuro ingrato al que presumiblemente ha vuelto, se encuentra al menos «para consuelo mío, dos extrañas flores blancas —encogidas ahora, ennegrecidas, aplastadas y frágiles— para atestiguar que aun cuando la inteligencia y la fuerza habían desaparecido, la gratitud y una mutua ternura aún se alojaban en el corazón del hombre».

La máquina del tiempo, pues, lo que acaba proponiendo por encima de su contenido político-social es una bonita reflexión sobre el triste destino del hombre a perderlo todo, sea cual sea su época y condición, pues esa es la característica principal de la humanidad: su falta de perdurabilidad. Sólo el recuerdo es lo que nos hace inmortales; la memoria, por tanto, es la verdadera máquina del tiempo.

El tiempo en sus manos (1960, George Pal)

Wells fue adaptado muy pronto al cine: de hecho, en casi todas las fuentes sobre cine su novela Los primeros hombres en la luna figura como inspiradora del pionero Viaje a la luna (1902, Georges Méliès). Sin embargo, de todas sus novelas famosas (y menos famosas), la que nos ocupa tardó bastante en interesar a los productores, tal vez porque su historia implicaba una importante inversión en efectos especiales. Hay acreditada una versión para la televisión británica en 1949, pero la primera adaptación cinematográfica lleva la firma del húngaro George Pal, que en España fue rebautizada, de forma para mí entrañable, como El tiempo en sus manos.

Pal, un nombre hoy excesivamente olvidado, fue uno de los primeros magos de los efectos especiales, sobre todo en el campo de la llamada stop-motion o animación paso a paso, cuyo cultivador más apreciado hoy día es el gran Ray Harryhausen, quien tuvo uno de sus primeros empleos en el equipo de aquél. En los años 50 Pal, primero como productor y después como director de sus propios proyectos, se convirtió en uno de los más notables practicantes del cine de ciencia-ficción (o fantástico en general), con títulos en su momentos tan populares como Cuando los mundos chocan (1951, Rudolph Maté), La guerra de los mundos (1953, Byron Haskin) o un maravilloso melodrama titulado Cuando ruge la marabunta (1954, también dirigida por Haskin), donde brilla con luz propia la animación de la espectacular invasión de hormigas recogida por el título.

El tiempo en sus manosEn El tiempo en sus manos, George Pal convierte el limpio y melancólico pesimismo del original en una fantasía blanca que, bajo las formas del cine de aventuras fantásticas para toda la familia, no sólo no es indigno de la novela de partida sino que incluso la complementa de modo excelente. Ambas narraciones parten de un mismo principio: la modestia de una mirada sencilla, incluso ingenua, que acaba sellando una narración pura, en la que destaca por encima de todo el gozo de contar. Aunque Pal baña su cinta de un notable dinamismo, en el fondo también asume, de modo coherente, el nostálgico lirismo de Wells. ¿Cómo abordar el tema del viaje en el tiempo sin dejarse llevar por el sentimiento de pérdida de lo que se dejó atrás, tanto como por el de curiosidad por lo que ha de venir?

El cineasta lo entiende bien desde el principio, ofreciendo un prolegómeno a la aventura —la reunión durante la cual George, inventor y firme convencido en el progreso pacífico de la humanidad, reúne a cuatro amigos para hacerles conocer su reciente invento de la máquina del tiempo— que tiene la virtud de saber ofrecer un ancla no ya para el protagonista sino para el espectador, que nos ata firmemente en la corriente del tiempo. Situado el último día del siglo XIX, ese prólogo posee la atmósfera de un muy british relato navideño, es decir, situado en una época en que lo fantástico parece filtrarse mejor en la vida, y más si es contado junto a una chimenea que derrama calor en una estancia añosa y confortable que protege del frío exterior. Ese espacio donde George (Wells) reúne a sus cuatro escépticos amigos, con sus paneles de madera y sus múltiples relojes, crea una sensación de extraordinaria intimidad, en la que se nos permite penetrar como si cada uno de nosotros fuera un quinto invitado.

Rod Taylor, un actor eficiente pero que rara vez supo ser memorable, aquí lo es, componiendo un Viajero del Tiempo que sabe expresar al mismo tiempo entusiasmo y tristeza, curiosidad intelectual y desengaño emocional, y sobre todo, y en todo momento, convicción en lo que piensa y siente. ¿Cómo no dudar de que, en efecto, ha creado una máquina del tiempo y convencernos para acompañarlo, y no al pasado, que nada le puede enseñar, sino al futuro, a un tiempo en que ya no haya guerras? Pues esa ambientación en los últimos días de 1899 tiene también el sentido de señalar que Inglaterra vive días de guerra, por su enfrentamiento con los bóers en Sudáfrica, y la guerra se empeñará en perseguir al protagonista en cada una de sus paradas (que son en 1917, en 1940 y en otra fecha futura al 1960 en que se ubica el film y donde Londres acaba literalmente destruida) antes de tomar carrerilla hacia el lejanísimo futuro.

H. G. Wells con batínEl tiempo en sus manos adopta los trazos del cine para toda la familia que tanto gustaba en el Hollywood antañón, componiendo una aventura «doméstica» en la que, por ejemplo, su protagonista se adentra en la corriente del tiempo vistiendo… un elegante batín. El mismo diseño de la máquina resulta bastante improbable para cruzar el tiempo pero  resulta entrañable, y se nota que el mismo Pal estaba encantado con él por los mimosos movimientos de cámara con que acaricia su presentación en la película. El viaje en el tiempo compone una secuencia estupenda, no sólo porque permite a Pal lucir sus habilidades para los efectos especiales naïves (las plantas haciendo brotar sus frutos a toda velocidad, el caracol que echa una carrera), sino por las buenas ideas visuales que encierra, la más afortunada de las cuales es mostrar el paso del tiempo a través del cambio de la moda en el maniquí del escaparate de la tienda de modas que George tiene ante su laboratorio.

Es indiscutible que el núcleo de la aventura en el 802.701 es lo menos conseguido de la cinta, pues ofrece varios puntos discutibles. El primero es que la caracterización de los Eloi, con sus vestidos pastel y sus pelucones rubios para hombres y mujeres, no puede ser calificada sino como horterada kitsch. Con ellos también aparece la insustancial e inexpresiva Yvette Mimieux, cuya interpretación, en efecto, hace pensar si la actriz no sería, ella misma, una Eloi y no alguien por quien merezca la pena renunciar definitivamente a la propia época. Mejor es el diseño de los Morlocks, aunque se nota demasiado que esa piel paliducha no es sino un traje mal disimulado. La secuencia en que George desciende al mundo subterráneo para rescatar a Weena dura demasiado y sus escenas de acción no están filmadas de modo convincente (es impagable el momento en que el joven Eloi descubre que su puño sirve para golpear), pero los decorados son sugestivos y Pal tiene un nuevo chispazo de ingenio, con esa forma de colorear los planos subjetivos que muestran el deslumbramiento de esos hombres-topo que son los Morlocks ante las cerillas que enciende el protagonista.

En cualquier caso, el regreso de George al pasado permite recuperar la cálida intimidad del inicio, ahora ya definitivamente impregnada de una notable melancolía, pues, antes incluso de que George se separe de sus siempre incrédulos amigos, cada una de sus palabras, cada uno de sus planos, posee un agradable sabor elegíaco. Al final, la gran paradoja de El tiempo en sus manos es que, después de tantas aventuras, a donde desea regresar el espectador en la máquina del tiempo es a ese rincón del Londres del cambio de siglo, a dejarnos calentar por esa chimenea, en ese salón, atendidos por esa anciana ama de llaves, y no al remoto 802.701 a procurar un nuevo amanecer en la humanidad.

Los pasajeros del tiempo (1979, Nicholas Meyer)

Los pasajeros del tiempoAunque no adapta, en rigor, la novela que nos ocupa, es conveniente mencionar esta película completamente olvidada, porque es una variante de aquélla. Los pasajeros del tiempo pertenece a un tipo de formato directamente emparentado con la pura mitomanía: el pastiche, o sea, la re-creación de una «nueva» aventura de un personaje amado, una aventura apócrifa, claro, en la que se intenta mimetizar al máximo las características de aquél o del espacio por donde se movía, y que va dirigida al conjunto de iniciados que, se supone, comparten ese mismo amor.

H. G. Wells persigue a Jack el Destripador hasta el San Francisco de nuestros días gracias a su máquina del tiempo: así se resume esta película. Su responsable máximo, Nicholas Meyer, director y guionista, se había hecho famoso poco antes por la escritura de una novela que también es un pastiche, Elemental, doctor Freud, llevada al cine con éxito dos años atrás, que unía, como puede deducirse por el título, a Sherlock Holmes con el padre del psicoanálisis. Tal vez ello le valió el crédito necesario para los productores del film, que le confiaron lo que tenía que ser su primer trabajo de realización.

El gran problema que tienen los pastiches, cuando sus consumidores son amantes de los personajes recreados, es que o bien complace del todo o bien resultará una experiencia bastante antipática. En el caso de Los pasajeros del tiempo el resultado es lamentable. Los personajes homenajeados no pasan del rango de monigotes a partir de unos cuantos tópicos (especialmente penosos en el caso del escritor) y la intriga que los une y enfrenta no pasa de ser una tontería. Encima, y como era de esperar, el traslado al siglo XX de los dos no tiene otro objeto que realizar un superficial contraste de costumbres y ofrecer un derroche de humor bobo e infantil (el McDonald’s calificado de lugar de comida escocesa, las tonterías con esos automóviles que sorprenden ¡al inventor del vehículo más sofisticado posible!). Encima, Malcolm McDowell abusa hasta el hartazgo de su gesto de «niño grande», continuamente perplejo ante las «maravillas» que encuentra en su paseo por el futuro, pero siempre tenaz defensor de cuanto noble hay en el mundo.

La dirección de Meyer (lógico en un debutante) es muy vulgar, y no hay sino que comparar la escena en que Wells reúne a sus amigos para presentarles su invento con la correspondiente del film de Pal. Es evidente que la de 1979 se inspira claramente en la de 1960, pero no hay esta vez ni atmósfera ni intimidad ni ganas de estar allí: aquí sólo hay un decorado y unos actores recitando diálogos que no se creen mucho. Peor aún es que Meyer no se prive de añadir unas cuantas reflexiones que no pueden ser más parvularias por parte de los dos transterrados personajes. Así, el psicópata Jack somete a su pánfilo amigo a un rápido zapping por las múltiples cadenas de TV (plagadas de violencia y ruido, cómo no) para asegurar que su prometida utopía no puede existir, porque el hombre siempre llevará con él la semilla del mal. Por ello, cuando Wells intenta convencerlo de que deben volver a su verdadero tiempo, el villano asegura, con satisfacción, que él está en casa. Por su parte, y de la mano del sosísimo romance intemporal que el protagonista vivirá en este San Francisco de 1979, acabará asegurando, con un aplomo digno de encomio, nada menos que «todas las épocas son iguales, es el amor lo que las hace soportables». Al verdadero Wells le hubiera dado algo escuchar semejante simplonada salida de sus labios.

En cualquier caso, no hay que enfadarse mucho con este film, que está demasiado olvidado como para que resulte enojoso.

La máquina del tiempo (2003, Simon Wells)

En el momento de su estreno, esta nueva versión del clásico de H. G. Wells fue recibida con indiferencia general, e incluso despertó franca antipatía entre aquellos (yo mismo, por ejemplo) que amamos profundamente la obra original e incluso su previa versión cinematográfica. Nos pareció fea, trivial, a ratos innecesariamente rebuscada (¿por qué cambiar el nombre del protagonista, y encima ponerle el de Alexander Hartdegen?) y con una molesta advocación new age en las secuencias del futuro.

La máquina del tiempoDiez años después, la revisión de esta película descubre, de modo inesperado, que no sólo no es tan mala como pareció sino que, incluso, posee ciertos elementos sugerentes que hacen que su repaso resulte grato. No es que se convierta en una buena película, eso también hay que dejarlo claro. Por desgracia, hay dos obstáculos que, entonces como ahora, siguen resultando demasiado grandes como para permitirlo. Uno es el protagonismo de Guy Pearce, actor cuyas carencias expresivas son un terrible lastre para el necesario proceso de simpatía que exige su personaje, en especial cuando el planteamiento urdido por el guionista John Logan hace que el nuevo Viajero a través del Tiempo, en esta ocasión, añada un componente de desesperación romántico-existencial a la mera curiosidad intelectual que era el motor que lo estimulaba tanto en la novela como en su adaptación de 1960. El segundo es la dirección de Simon Wells, curiosamente bisnieto del novelista —quiero suponer que no sería esta condición la que le valdría el puesto—, un director procedente del campo de la animación (al que volvería después de esta película, tras diez años de silencio), quien resulta absolutamente incapaz para dotar a las imágenes del contenido emocional que precisaban, empezando por ese mismo aliento trágico y desesperado que anima a su protagonista a través del tiempo.

Aunque los créditos señalan que el guionista John Logan trabaja sobre el guión que el escritor de ciencia-ficción David Duncan realizó para George Pal en El tiempo en sus manos, ya he señalado que hay una importante diferencia con respecto a la historia de Wells, y que hace que el tercio inicial sea radicalmente diferente a la novela y su primera adaptación. La acción se traslada a Nueva York (eso sí, al mismo 1899 del film de Pal) y el protagonista, el tal Hartdegen, ya no es un convencido defensor de las utopías humanas, sino un profesor universitario —sus disciplinas son la mecánica aplicada y la ingeniería: supongo que son las materias que todo creador de una máquina del tiempo debe dominar— eso sí, apasionado por el progreso científico y tecnológico, y que incluso se cartea con el mismísimo Einstein.

Pues bien, lo que acaba estimulando a Hartdegen a crear la máquina del tiempo es la pérdida de su amada (asesinada por un ladrón el día en que le había pedido que se casara con él), con el objetivo, por tanto, no de ir al futuro sino de cambiar el pasado. Sin embargo, el resultado no es el deseado: Hartdegen salva a su amada de esa muerte, pero de todos modos ella vuelve a morir de otro modo violento. Perplejo ante ese determinismo de la corriente del tiempo, es cuando encamina sus pasos hacia el futuro, en busca de una respuesta a su anhelo de modificar la historia, su historia. Este planteamiento romántico inicialmente me chocó bastante, pues me pareció un modo de trivializar el magnífico original wellsiano. Sin embargo, hay que convenir en que otorga una dimensión diferente, y por ello bienvenida, a la historia. La lástima es que, fuera de ese tercio inicial, luego prácticamente no se vuelva a aprovechar para nada, ni siquiera en el plano emocional. Cuando Hartdegen, por fin, encuentra a su Weena, aquí llamada Mara, hace ya mucho que el personaje de su amada y perdida Emma quedó olvidado en la arena del tiempo. Es evidente: a John Logan (o a sus jefes) les falta valor para reconducir completamente la historia según ese dictado inicial, y a partir de la media hora inicial vuelve a rehacer El tiempo en sus manos.

En el momento en que por fin Hartdegen decide marchar al futuro es cuando Wells se encarga de mostrar el funcionamiento del viaje en el tiempo en todo su esplendor. El avance de los efectos especiales con respecto a 1960 da origen a una secuencia que carece del encanto primitivo del film de Pal pero que también resulta sugestiva. Ésta empieza copiando a Pal (incluido el cambio de la moda a través del maniquí), pero termina con ingenio, con la cámara alejándose de la casa para mostrar la transformación de la Nueva York decimonónica en una urbe moderna e incluso, en otro rasgo ingenioso, el plano va perdiéndose en el cielo para mostrar la aparición de los aviones, que dan paso a los satélites y, por último, a naves espaciales que se dirigen hacia una instalación construida en la Luna. Siguiendo las pautas del guión de Duncan, Hartdegen realiza varias paradas hasta llegar a su punto final, y en la última de ellas asiste a la casi total destrucción del ser humano, en este caso porque la luna se ha salido de su órbita (se aclara, de modo un tanto burdo, que por culpa de los manejos de sus huéspedes terrestres) y se precipita contra la Tierra. Inconsciente Hartdegen, debido a la violencia de la huida in extremis, su máquina se convierte en el mudo testigo de los profundos cambios que se producen durante eras y eras en la fisonomía terrestre —en una secuencia de conseguida belleza—, hasta que por fin se detiene en el emblemático año de 802.701.

En este núcleo del viaje en el tiempo se dan cita lo mejor y lo peor. Es verdad que el diseño de los Elois resulta agradable, pese a que ese aroma new age sigue resultando bastante relamido. Pero los Morlocks son unos monstruos sacados de manual y su ataque está plagiado El Morlock superiordel correspondiente en El planeta de los simios (versión Schaffner, por favor), con una inesperada referencia al Vampiros (1998) de John Carpenter, en el momento en que los más monstruosos de aquéllos emergen directamente del suelo arenoso. Lo más interesante es una nueva aportación del guión: la distinción de varias castas y morfologías dentro de los Morlocks, que suponen una estratificación social. También hay una inesperada aparición de esa melancolía tan consustancial a la historia wellsiana. En el cubil subterráneo de los monstruos, Hartdegen encuentra a un Morlock superior de excepcionales capacidades telepáticas (encarnado por un Jeremy Irons de lo más curioso). El rasgo existencial de este personaje, que ve reflejado en el viajero del tiempo la misma maldición de soledad a que está condenado, y que le permite comprender con amarga resignación la degeneración de la raza humana, resulta sin duda un sugerente hallazgo.

Diseminados a lo largo de su por fortuna concentrado metraje, todos estos rasgos señalados, y el inmenso atractivo heredado de la historia original, permiten perdonar, en parte, los elementos menos afortunados del film. Así, aun fallida, La máquina del tiempo no desmerece del todo de lo que pudo haber sido y ofrece unos muy estimables resultados.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El tiempo en sus manos / The Time Machine. Año: 1960

Director y productor: George Pal. Guión: David Duncan. Fotografía: Paul Vogel. Música: Russell García. Reparto: Rod Taylor (Herbert George Wells), Yvette Mimieux (Weena), Alan Young (Filby Sr. y Jr.), Sebastian Cabot, Tom Helmore, Whit Bissell (Invitados). Dur.: 103 min.

Título: Los pasajeros del tiempo / Time After Time. Año: 1979

Director: Nicholas Meyer. Guión: Nicholas Meyer, sobre una historia de Karl Alexander y Steve Hayes. Fotografía: Paul Lohmann. Música: Miklos Rózsà. Reparto: Malcolm McDowell (H. G. Wells), David Warner (Dr. Stevenson, alias Jack el Destripador), Mary Steenburgen (Amy). Dur.: 112 min.

Título: La máquina del tiempo / The Time Machine. Año: 2002

Director: Simon Wells. Guión: John Logan, sobre el guión de David Duncan para El tiempo en sus manos. Fotografía: Donald McAlpine. Música: Klaus Badelt. Reparto: Guy Pearce (Alexander Hartdegen), Samantha Mumba (Mara), Jeremy Irons (Morlock), Mark Addy (Philby). Dur.: 96 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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