Vida para Ruth: cine de denuncia admirablemente ecuánime

Cartel de Vida para Ruth aprovechado para la carátula del dvd español de la películaUna niña de 8 años, Ruth, ingresa en un hospital después de sufrir un fuerte golpe en la playa, contra una roca. Ha sufrido una grave pérdida de sangre, por lo que necesita una transfusión, pero su padre se niega a que le sea practicada, porque según sus creencias —aunque el credo nunca se menciona explícitamente, es un testigo de Jehová, — eso le vedará el acceso a la vida eterna. La niña muere, y el doctor que asistió impotente al fallecimiento de la pequeña denuncia al padre en el juzgado, el cual es detenido de inmediato y llevado a juicio bajo la acusación de homicidio. Éste es el sencillo punto de partida argumental de Vida para Ruth, una desconocida producción británica del año 1962 sobre la que hoy día pesa el olvido, pero cuyo descubrimiento proporciona una sorpresa total y absoluta. Esta mera recensión parece indicar que el objetivo de la película es denunciar el que, para cualquier persona ajena a esta confesión, es el punto más polémico de su credo: la negativa a las transfusiones sanguíneas, que los testigos de Jehová basan en la lectura literal de un versículo del Génesis en el que Dios permite al hombre comer carne pero no beber sangre, a la que asocian la vida y por tanto el alma. Más de una vez nos hemos almorzado con alguna noticia, propagada desde cualquier rincón del mundo, acerca de unos padres en el mismo caso que el que recoge el film. Y supongo que todos nos hemos indignado (yo el primero, lo reconozco) ante lo que consideramos una intolerable postergación del derecho a la vida bajo la fanática primacía de una creencia religiosa que pone la supuesta revelación divina por encima de la verdad científica. Habría que creer, por lo tanto, que Vida para Ruth está concebida para ratificar nuestra posición como personas racionales y/o humanas. Pues bien, la sorpresa llega en cuanto comenzamos a ver sus imágenes.

Y es que, partiendo ciertamente de esta premisa, Vida para Ruth es mucho más: no solo reflexiona sobre la colisión entre la libertad de religión y los derechos civiles dentro de una sociedad laica, sino que al mismo tiempo efectúa una mirada, nada complaciente, sobre la facilidad del ser humano para juzgar con severidad todo aquello que no coincide con sus normas convencionales. Si a priori podría pensarse que estamos ante un film de tesis, satisfecho de denunciar lo moralmente correcto a partir de un conjunto de lugares comunes para aplauso de quienes ya están convencidos previamente, Vida para Ruth acaba siendo un título para espectadores sin certezas absolutas, para enemigos de la  autoindulgencia, para amantes del cine capaz de conjugar la reflexión con la buena construcción dramática.

Como ateo, quiero señalar antes que nada que estoy absolutamente en contra de que unos padres puedan arriesgar de la vida de sus hijos —esto es, disponer arbitrariamente de ellas— justificándolo en un credo religioso que ellos creen absolutamente verdadero y que ofrece reglas y leyes que deben cumplirse por proceder directamente de Dios. Los responsables de Vida para Ruth, está claro, comparten este mismo convencimiento. Pero lo que hacen antes que nada es obligarnos a los espectadores a situarnos en el punto de vista del padre que es testigo de Jehová: huyendo de todo tratamiento sensacionalista, o directamente ceñudo, no lo trata como un miembro de una «secta tenebrosa», sino como a un ser humano que, desde luego, no quiere el mal para su hija. Es decir, lo retrata bajo una mirada humanista, haciendo que el espectador no se sitúe en un plano de superioridad moral, sino que deba bajar a la arena para reflexionar acerca de cuál hubiera sido su actitud no ya de ser el padre sino una de las personas que hubieran tratado el caso directamente.

En mi caso —y creo que también en el de los autores del film (aunque no se dice nunca expresamente: repito que estos no toman a los espectadores por niños a los que coger de la mano sino como a adultos responsables de sus propios juicios)—, lo que pienso es que han de ser las leyes (y por tanto los poderes públicos) las que deben cuidarse de proteger no solo a los más inocentes (los niños pequeños que no eligen sus creencias, que son educados por unos padres que creen sinceramente que es lo mejor para ellos) sino también a los mismos progenitores, para no poner decisiones tan terribles sobre sus hombros. Visto así, tanto la pequeña como sus padres serían las víctimas de un sistema legal que, en nombre de la libertad de conciencia, puede amparar esas arbitrariedades que, para quien no comparta las creencias, constituyen una superstición intolerable en un mundo que, en el terreno legal, debe ser absolutamente laico.

La grisácea Durham donde transcurre Vida para RuthLa acción se desarrolla en Durham, ciudad del noreste de Inglaterra famosa por su casco medieval y, sobre todo, por su magnífica catedral gótica con reminiscencias de fortaleza. La historia, sin embargo, deja de lado este marco hoy tan apreciado por el turismo (que solo se verá a lo lejos, planeando sobre la ciudad moderna, como la sombra de lo ideal sobre el mundo real), para descender a las zonas más proletarias, allí donde la ciudad vive su verdadera existencia, marcada por unas instalaciones industriales que indica una abundante clase proletaria. Los que viven en el barrio donde se desarrollan los hechos.

La atmósfera, fundamental siempre para el desarrollo de toda dramaturgia, subraya claramente la ambientación invernal: la nieve (sucia, deshilachada) sobre las aceras, los cielos siempre encapotados, sin duda también por esas chimeneas que arrojan humo continuamente. Los niños juegan en una playa gris encajada entre acantilados rocosos, al borde de un mar alborotado que se intuye terriblemente frío. Una pelota arrojada al agua lleva a la pequeña Ruth, su dueña, y a su vecino, no mucho mayor que ella, a coger un bote e internarse en el agua, hasta que los elementos convierten la embarcación en una cáscara de nuez que amenaza con estrellar a los pequeños contra las rocas. Los gritos de sus amigos alertan al padre de Ruth, John Paul Harris, que se arroja sin dudar a las aguas para salvar a los dos niños.

En cine, en literatura, siempre he pensado que las denuncias no tienen valor si los responsables de las mismas, considerando que tienen toda la razón de su parte, se empeñan en recurrir a términos maniqueos para exponer el caso, por lo común enfrentando a adalides de la razón y la justicia contra los tipos deleznables empeñados en sostener las ideas que se consideran equivocadas.

Pues bien, el primer mérito incuestionable que posee Vida para Ruth es la admirable ecuanimidad con que trata a todos los personajes, empezando por el del mismo padre. John Paul Harris es un hombre preparado (es ingeniero de minas) y al mismo tiempo sencillo. De hecho, antes de que sepamos nada sobre su credo religioso, el espectador tiene ocasión de ver cómo, obligado a elegir a qué niño ayuda antes, a su hija o al otro pequeño que iba con ella en la barca que se estrella contra las rocas, auxilia al segundo, pues en ese momento está ya ahogándose: esa elección le retrasa unos momentos y le cuesta a la pequeña el golpe contra las rocas.

Michael y Craig y Janet Munro como los padres de RuthPor otra parte, a lo largo de toda la historia hay algo que queda bien claro: el enorme sufrimiento del padre que ha perdido a su hija y que, como consecuencia de su decisión, también se ve a punto de perder a su esposa, quien aceptó la religión de su marido solo por amor y no por convicción. Del mismo modo, la dignidad con la que afronta el rechazo de los habitantes de la ciudad que, hoy igual que ayer, bajo la consideración de que quienes han hecho algo censurable deben ser censurados duramente y en público —trátense de una cantante ayer idolatrada o de un yerno real antes envidiado—, siempre bajo el amparo de la pertenencia a ese animal que tan invulnerable se cree siempre y que se llama masa. Todo lo cual no impide el juicio sobre Harris, pues esa sencillez ya señalada tiene dos rostros: el que lo dota de una notable integridad personal pero también de la simpleza intelectual de aceptar la guía de una verdad revelada que elimina las dificultades morales a cambio de la creencia incuestionable en unos dogmas.

Al mismo tiempo, el doctor Brown, el hombre que denuncia a Harris, no lo hace porque desee ajustar cuentas con un asesino, sino porque, argumenta, su acto puede salvar la vida de otra pequeña que se vea sometida a las mismas circunstancias en cualquier otra parte del país. Bajo una mirada maniquea, Brown podría haber sido caracterizado como un paladín noble y resplandeciente, al que se le perfilara el halo de santidad sobre la cabeza. Sin embargo, no es así: Brown, de hecho, siempre severo, siempre hosco, no puede evitar inspirar cierta antipatía, máxime conforme avanza la película y vamos conociendo mejor al atribulado padre. La misma elección de los actores sanciona esta paradójica consideración. Michael Craig (espléndido) pasea por la pantalla una presencia sufriente y perpleja cuya mirada, a propósito o no, desprende una evidente nobleza. En cambio, para interpretar al doctor fue escogido Patrick McGoohan, un actor de expresión más torva, al que sonreír siempre le pareció costar un mundo. De hecho, y aunque McGoohan sería conocido poco después por su papel protagonista en la mítica serie El prisionero (1967-1968), en cine interpretaría fundamentalmente a villanos o a tipos poco encomiables: uno de los más conocidos es el del alcaide de Fuga de Alcatraz (1978).

Diversos detalles enriquecen la trama. La esposa de Harris, Pat (Janet Munro, por entonces estrella juvenil de diversas producciones Disney, que también está espléndida), inicialmente acepta la posición de su marido, pero después se arrepiente y corre al hospital a pedir que hagan la transfusión, solo que llega tarde. Lógicamente, estalla la subsiguiente crisis matrimonial, pero la película reserva una nueva sorpresa: los reproches, antes que de ella hacia su marido, son de la muchacha hacia sí misma, pues por amor aceptó unas creencias que no compartía (y que, claro está, no contó con que algún día podrían ser mortales para su hija). Pat Harris, por tanto, se lamenta ante todo de haber engañado a su marido (y de modo subsiguiente, a su hija), pero no lo culpa estrictamente a él, como sí hace su padre, el abuelo materno de la pequeña.

El médico impotente ante la decisión del padre de RuthMás sorpresas: en su propósito de hacer justicia, el doctor Brown se encuentra con un rechazo mayor del que esperaba. Así, las autoridades del hospital (por más que, en este caso, el motivo sea, tristemente, el que preocupa a tantos altos cargos: no llamar la atención, esto es, no molestar), pero también la policía (unos, porque consideran que es un entrometimiento en asuntos privados de otros ciudadanos; alguno, porque conoce a Harris desde pequeño y sabe de su dignidad básica). El caso más notable es el de Hart Jacobs, un especialista en leyes famoso por su implicación en la defensa de los derechos civiles, que no solo rechaza ser el abogado de Brown sino que se ofrece a los esposos Harris para ser su consejero legal. Los motivos que mueven a Jacobs son su oposición a toda persecución de alguien en condición de debilidad: él mismo le hace ver a Brown que, como judío, entiende muy bien de esto.

El guión de Vida para Ruth, por lo tanto, ofrece una riquísima variedad de tipos: desde los clásicos oportunistas (que siempre acuden a la carnaza de las denuncias en el supuesto nombre de la defensa de los derechos) a aquellos que repudian cualquier tipo de caza de brujas, sobre todo al calor de un caso que ha conmovido a eso que se llama opinión pública (en España somos expertos en indignarnos entonces… y olvidarlo en cuanto disminuye el eco de los medios de comunicación); desde quien distingue entre la culpabilidad legal y la moral a quien busca un culpable sin atender a ninguna otra circunstancia porque quien la hace la paga.

¿Cómo es posible que Vida para Ruth no sea una película medianamente conocida sino, incluso, del todo ignorada? En buena medida, se debe al contexto en que se rodó, principios de los años 60, la época en que alcanza su carta de naturaleza la defensa del cine de autor. Y en ese terreno no podían competir los dos hombres, colaboradores desde veinte años atrás, que produjeron la película: Michael Relph y, en especial, su también director Basil Dearden, considerado durante mucho tiempo un gris artesano del cine británico, pero del que estoy redescubriendo múltiples películas magníficas. Dos hombres inquietos en denunciar los malos de una sociedad que ellos consideraban inmovilista e hipócrita (aunque quienes no somos británicos sabemos bien que son vicios compartidos por muchos países). Precisamente, en esos años habían dado a la pantalla un par de magníficos thrillers como Crimen al atardecer (1959), que arrojaba una mirada sobre el racismo a través de la investigación del asesinato una chica de madre negra pero cuya piel blanca le permitía ocultar esa «mancha», o Víctima (1961), en la que se denuncia una aberrante ley británica que convertía en delictiva la homosexualidad.

Ruth y su amigo, al borde de la muerteVida para Ruth es un excelente ejemplo del buen cine de tesis que estos dos hombres defendieron en esos años. Pues si la tragedia que viven los Harris y el conflicto que provoca el doctor Brown nos importa es por otra razones además de por su interés dramático. Razones como el perfecto desarrollo de la historia, que sabe cuándo debe introducir un nuevo acontecimiento o hacer que alguno de los personajes se enfrente a alguna decisión importante para librar a la trama de la posible monotonía de una trama tan sencilla. O la muy apropiada atmósfera de tristeza que embarga las imágenes, incluso antes de que todo suceda (esa inhóspita playa que debe ser casi el único lugar abierto donde pueden jugar los niños humildes de la ciudad). O la «naturalidad» con que la cámara pasa de unos personajes a otros, sabiéndolos tratar a todos con respeto, sabedor de que todos tienen sus propias razones en un caso que se caracteriza por su diabólica complejidad.

En su parte culminante, Vida para Ruth adquiere las formas de una clásica película judicial. Sin embargo, lo extraordinario es, una vez más, la renuncia al uso de fórmulas: aquí no hay un juez comprensivo, un fiscal marrullero, un abogado ingenioso o unos testigos inesperados. Bien al contrario, todos ellos juegan el papel que deben: el juez advierte claramente que, de acuerdo con la ley invocada para el caso, John Paul Harris es culpable (eso sí, recuérdese que, en el derecho anglosajón, es el jurado el que decide); el fiscal no es un mal sujeto sino alguien dispuesto a hacer cumplir esa ley; los jurados no se rebullen cada vez que escuchan alguna salida ingeniosa. Pero quien mejor define la esencia de la película es el joven abogado de oficio a quien Jacobs encarga la defensa de Harris. Cuando el segundo pregunta al primero lo que piensa acerca de su defendido, señala: «su acción es criminal como el infierno; sus razones… inocentes, como el propio cielo».

Reclamado al estrado por su abogado, Harris enuncia con convicción su credo, es decir, el convencimiento de que la transfusión habría impedido el premio de la eternidad para su hija. Los argumentos que todos entrecruzan, espléndidamente argumentados, son apasionantes. El abogado insiste en que un hombre puede seguir de modo noble los dictados de su conciencia donde todos ven una inhumana entrega de una hija a la muerte. El fiscal denuncia que Harris extralimitó su patria potestad al decidir que su hija no iba a querer seguir viviendo, cuando una niña de esa edad no tiene capacidad para decidir sobre vida y muerte (propias) en función de una creencia religiosa. El juez advierte que la conciencia del acusado no puede eludir que ha omitido su deber legal de asistencia para con su hija. Y el notable mérito de la película que el espectador consigue situarse al lado de todos los agentes del juicio, y que cuando el tribunal reclama al jurado su veredicto, por una vez, resulte imposible, a la vista del desarrollo del proceso, anticipar cuál puede ser éste.

[Quien prefiera conocer por sí mismo el final de esta desconocida película debe dejar de leer aquí]

Cartel inglés de Vida para Ruth

Hasta el anuncio del veredicto, Vida para Ruth destaca por su encomiable ascetismo emocional, por su sobriedad moral. Ahora bien, en el momento en que, por fin, el veredicto proclama la inocencia de Harris, puede parecer que el film se deja arrastrar por un exceso de énfasis sentimental, de la mano de dos inesperados giros argumentales. El primero es el derrumbamiento final de Harris, en el mismo estrado, al escuchar el veredicto: es entonces cuando la tensión lo vence, los remordimientos le abruman y clama por su acto de crueldad hacia su hija. ¿Caída en el sentimentalismo, pues? En el momento en que el espectador, desorientado ante ese veredicto, puede creer que han acabado por venderle el mensaje de la justificación moral de un padre orientado por la fe, los autores del film (que sostienen, lo contrario, quede claro) rompe la resistencia del protagonista, señalando que, al final, la fe debe encontrar su límite en la humanidad. Ahora bien, este giro puede interpretarse como una intolerable «intromisión» de esos autores en la credibilidad interior de su personaje, solo para reservarse la razón final.

De ahí el segundo giro argumental: el intento de Harris de suicidarse, a la salida del tribunal, arrojándose a los pies de un autobús. Suicidio del que lo salva… el mismo doctor Brown, que había anticipado su decisión al asistir a su desesperación. ¿Forzado y no menos sentimental deus ex machina? No, pues lo que nos salva de creer esto es la sempiterna adustez moral de éste (¡ni siquiera entonces consigue caernos bien!): un médico tiene como misión, en cualquier circunstancia, salvar vidas. Y ese principio, aun cuando en ocasiones choque contra la fe, contra leyes cainitas, contra ideologías mesiánicas, contra intolerables justificaciones políticas o ideológicas, es irrenunciable. Vida para Ruth compone, así, un final que hace honor a su capacidad para comprender a todos sin aprobarlo todo. Los principios humanos pueden parecer en ocasiones antipáticos (como Brown), frente a la seducción de los credos que prometen engañosos consuelos, pero sin ellos negamos lo mejor de esa criatura errática que es el hombre.

FICHA DE LA PELÍCULA

Título: Vida para Ruth / Life for Ruth. Año: 1962.

Dirección: Basil Dearden. Guión: Janet Green y James McCormick; obra de Janet Green. Fotografía: Otto Heller. Música: William Alwyn. Reparto: Michael Craig (John Paul Harris), Patrick McGoohan (Doctor Brown), Janet Munro (Pat Harris). Dur.: 93 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a Vida para Ruth: cine de denuncia admirablemente ecuánime

  1. Agradecer a la Mano del Extranjero el descubrimiento del film Vida para Ruth, que me apresuro a localizar y ver, ya que la entrada me ha parecido muy sugestiva.
    Tan solo un comentario sobre la función de los poderes públicos en un caso como el que se plantea en este post. Estoy de acuerdo en que ha de ser la ley quién regule la actuación de quienes actúan en este caso, el personal sanitario y judicial, y en que nadie puede disponer de la vida de otro y menos de una hija a la que ha de intentar proteger.
    Mi aportación sería que: El principio Etsi Deus non daretur , traducido por aunque Dios no existiera, ha de ser el principio fundamental de una sociedad libre respecto a la religión, y por tanto las normas que regulan la actividad humana han de basarse en la recionalidad y no en las doctrinas de una determinada fe. Todas las verdades ético-religiosas tienen pleno derecho a ser profesadas y a constituir la motivación de existencias y conductas, pero no pueden valer nunca como fundamento de una conducta exigible a quien no las profesa.
    Entiendo que los profesionales citados, sanitarios y judiciales, deben tratar de comprender el problema religioso suscitado, buscar una solución técnica compatible con el credo religioso del caso, por ejemplo la transfusión de plasma, pero actuar luego de acuerdo con la ley, que lógicamente tratará de salvar la vida de la joven.
    Como siempre animar a la Mano del Extranjero a continuar con un blog indispensable

    • Te animo a que te procures esta película, editada en dvd no hace mucho, y que es verdaderamente interesante. En especial porque, partiendo de un claro posicionamiento como el que tú y yo compartimos, hace una muy valiente defensa de la necesidad de intentar comprender las razones del otro. Un abrazo.

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