El mito de Robin Hood en tres actores

Nunca habrá otro Robin Hood como Errol FlynnSupongo que a estas alturas importa poco si el héroe justiciero conocido hoy como Robin Hood tuvo existencia real o no. El registro histórico señala que el personaje puede basarse en algún tipo que vivió mucho después del momento que ya nos es imprescindible: la estancia en las Cruzadas de Ricardo Corazón de León, que permitió a su hermano, el futuro Juan sin Tierra, lucir su capacidad para el desgobierno y la tiranía. También pudo ser un apelativo genérico que tomaron diversos bandidos de los bosques. O sencillamente, es el clásico personaje de balada medieval con algún sustrato real, al estilo del rey Arturo, la mayor parte datadas en los inicios de la Edad Moderna, cuando la imprenta se generaliza en las islas. Lo cierto es que Robin Hood adolece de algún clásico literario al que poder remontarse, como sí sucede con el dueño de Excalibur: hay una agradable recreación a cargo del especialista en lo que llamaríamos pastiches Howard Pyle (1883), pero la referencia más culta se halla en la excelente novela Ivanhoe, donde actúa como personaje secundario, pero bajo el nombre de Locksley, el apellido que suele otorgársele en las ficciones que protagoniza. En cualquier caso, Robin Hood es hoy, ante todo, un personaje cinematográfico. Que se apropió de una iconografía procedente de las ediciones literarias (del jubón y las calzas verdes al sombrerito con la pluma), cierto, pero que se ha popularizado gracias a películas en la memoria de varias generaciones. Y como suele suceder con todas las historias imperecederas, el cine (o sea, Hollywood) ha considerado que cada generación merecía su propio Robin (que también ha sido el reflejo de su época), por lo que voy a repasar los tres más populares que nos ha dado la antes llamada gran pantalla.

Por orden de «aparición» el primero es el hoy más olvidado, el protagonizado por el astro del cine mudo Douglas Fairbanks, en su momento popularísimo, y fundamental en el devenir del mito, no en vano la mayor parte de sus elementos pasarían al resto de películas, en especial a la del siguiente actor que lo encarnó. Se trata del inolvidable Errol Flynn, la imagen por excelencia del personaje, protagonista de la versión canónica por excelencia, que todos hemos visto en nuestra infancia y que tantos arcos y flecha obligó a nuestros padres a comprarnos. Ambas películas, tituladas en origen Robin Hood (de 1922 y 1938), en España sufrieron el rebautizo de Robin de los Bosques, nombre por el que parece ser que se conoció largo tiempo al personaje por nuestros lares. Por último, recordaré a Sean Connery (el mejor actor de los tres, a todo esto), protagonista de Robin y Marian (1976), que contempla al personaje en su madurez, componiendo una bella elegía hacia un concepto de héroe que, a esas alturas de la historia del cine, ya empezaba a formar parte del pasado (tanto, como la misma forma de concebir la interpretación).

Vayamos a los orígenes. Aunque hoy es más bien pasto de cinefilia, Douglas Fairbanks fue una de las mayores estrellas de su época. De su poder de convocatoria (y por tanto, económico) da fe la aventura que protagonizó con otros cuatro grandes nombres del Hollywood del momento, los también actores Charles Chaplin y Mary Pickford (esposa suya y, por entonces, la reina oficiosa de la Meca del Cine) y el director David Wark Griffith. Para asegurarse el control de sus propios proyectos y no depender de los estudios convencionales, los cuatro fundaron una empresa que orgullosamente llamaron United Artists. La historia de esta compañía excede los límites de este artículo, pero vale indicar el cuidado con que estos artistas velaron por sus carreras, y el mimo con que emprendieron sus proyectos.

Cartel anunciador del Robin Hood de Douglas FairbanksHay que recordar que Fairbanks fue el primer gran astro del cine de aventuras (por lo tanto, de acción) que ha conocido el cine, el primer swashbuckler, término inglés que se refiere al héroe típico de las fantasías de capa y espada, que derrocha una notable agilidad y seguridad en sí mismo al tiempo que agudo ingenio e irresistible carisma. Es el creador de un modelo, por tanto, que luego retomarían Errol Flynn o Stewart Granger. Durante los años veinte, lanzó toda una serie de grandes producciones que fueron recibidas, por lo común, con gran éxito, entre las cuales se encuentran las que tal vez sean las primeras tres obras maestras del género: El ladrón de Bagdad (1924), El pirata negro (1926) y La máscara de hierro (1929). Su galería incluye las primeras versiones reseñables de D’Artagnan, el Zorro o el personaje que nos ocupa, Robin Hood. Sobre todos ellos vertió una mirada que podríamos calificar sin complejos de autor, en cuanto que él fue el protagonista, el productor y el guionista de todas sus películas (acreditado como Elton Thomas, que en realidad era su verdadero nombre). Solo le faltó la dirección, que por lo común encomendó a profesionales de talento como Allan Dwan o Raoul Walsh, pero es evidente que todos sus films, lo dirija quien lo dirija, poseen una cohesión visual y conceptual tan grande que no se puede uno llamar a engaño: su verdadero creador es Fairbanks.

Robin de los Bosques (1922, Allan Dwan) constituyó un enorme éxito en su época. Suponía el tercer gran mito consecutivo de la capa y espada que encarnaba, después del Zorro y de D’Artagnan. En él ya se encuentran los elementos clásicos que hoy tenemos por indisociables del mito: la vestimenta (aunque la película es monocroma —se olvida esta atractiva característica del cine mudo: del mismo modo que los templos griegos no eran blancos, tampoco lo eran sus imágenes eran en blanco y negro, sino que se tintaban en diversos colores—, los carteles originales ya muestran las clásicas calzas verdes); el dibujo del proscrito como un temerario guasón que goza volviendo locos a sus torpes antagonistas; la escenografía medieval, presidida por esos castillos de altísimos techos, grandes balconadas y enormes escaleras interiores (la de caracol, sin baranda, que se cierne alrededor de una gran torre circular, sería directamente transbordada al film de 1938 para su clímax final); el reducto del bosque de Sherwood como espacio de libertad y alegría por excelencia; la admiración rayana en la idolatría hacia el héroe por parte de los pobres campesinos víctimas del tirano…

Asimismo, ya figuran todos los personajes del ciclo. Por el lado de los villanos, el príncipe Juan y sus dos principales esbirros, el ridículo sheriff de Nottingham (villorrio que es el escenario principal de este mito ante todo rural) y el malvado sir Guy de Gisbourne. Por el lado del héroe, sus incondicionales Little John (encarnado curiosamente por el mismo actor que en el film de 1938, Alan Hale: puesto que todos lo hemos visto antes en este título, ahora resulta un tanto chocante descubrirlo más joven y menos corpulento en el mismo papel), fray Tuck, el juglar Allan-a-Dale y Will Scarlett, a los que hay que añadir a lady Marian Fitzwalter, la amada de Robin (por cierto, aquí dotada de una notable sosería), y alguna dama de compañía que suele acompañarla hasta el momento de la escena romántica, en que toca hacer mutis.

114.jpgAhora bien, la sorpresa que proporciona su descubrimiento tardío (no había tenido ocasión de ver este título hasta hace muy poco) es el elevado número de curiosas variaciones argumentales que presenta con respecto a la versión más conocida, la de Errol Flynn. La menor de ellas es que el personaje aquí responde a la identidad de earl de Huntingdon (Flynn ya sería Robin de Locksley). La principal es que, antes de pasar ya a las aventuras del personaje como proscrito, hay media película dedicada a contarnos lo que sucede antes, y que se desarrolla en Inglaterra justo la víspera de la partida a Tierra Santa de Ricardo Corazón de León (que es el personaje más importante del film después del protagonista, encarnado por una de las estrellas del mudo que pasó con éxito al sonoro, Wallace Beery) y luego en el camino a las Cruzadas, hasta que una llamada de Marian, alertando de las primeras tropelías del príncipe Juan, hace que Robin regrese a espaldas de su rey, de quien es el principal de los paladines que debe acompañarlo en su empresa.

Todavía más curioso es descubrir que en ese arranque no hay nada del Robin jactancioso y seguro de sí mismo que todos conocemos (por ello, resulta algo incongruente que, en la segunda mitad de la historia, se muestre tan seguro ya en su papel de siempre), y que en especial manifieste una timidez patológica hacia las mujeres, temblando ante la mera perspectiva de que lady Marian vaya a recompensarlo por su victoria en el torneo (a caballo, no con arco) con que se despiden los caballeros, y de hecho durante un buen rato se juega con su indefensión ante las damas, dando pie a una grotesca secuencia en que el rey Ricardo le gasta la broma de hacer que todas las mujeres del torneo salgan por él en tropel, obligándolo a huir de cualquier modo (al menos, el gran Buster Keaton debió advertir las posibilidades de la escena y la reharía, de modo genial, en Siete ocasiones, en la famosa escena en que huye de una estampida de mujeres que quieren casarse con él).

En fin, Robin de los Bosques decepciona considerablemente, sobre todo si la comparamos con las otras joyas ya señaladas que el actor orquestó en esa misma década. En particular, no convence del todo su actuación: su tímido Huntingdon despierta un incómodo embarazo, y su ya carismático Robin resulta artificioso, además de hacer muy cargante que la banda de arqueros de Sherwood, con su jefe a la cabeza, se pase el rato dando botes como niños pequeños, creyendo equivocadamente que así hacen honor al sobrenombre de Merrie Men con que los conoce la leyenda. Aun así, es un film estimable, que tiene sus mejores armas en su poderoso encanto visual.

Cartel anunciador de Robin de los BosquesEn cualquier caso, es evidente que no puede hacerle la menor sombra al Robin de los Bosques por antonomasia, el de 1938. Cierto: es indudable que estamos ante una película irregular, que pese a su fama no puede contarse ni mucho menos entre los grandes títulos del cine de aventuras; que recurre excesivamente a la repetición —el festivo encuentro de Robin al reclutar a nuevos compañeros para acabar empapado y riendo (Little John, Fray Tuck) o su empeño en meterse en la boca del lobo, ya sea el castillo de los villanos o el famoso torneo con arco— y que el guion carece de sentido de la progresión; que abusa, como el título anterior, de «jovialidad», empezando por el protagonista de carcajada floja. Pero da igual, porque el encanto que desprende el film y el maravilloso aroma visual que le otorga el refulgente technicolor (y la nostalgia, claro, de esas tardes de sábado en que nos pegábamos fascinados al televisor para contemplar este y otros títulos de su estilo) se basta para sumirnos, una vez más, en el gozo. Y además, cuenta con una baza irresistible: la extraordinaria complicidad que aporta Errol Flynn (incluso aunque ría demasiado: acaba siendo contagioso) en el papel del proscrito de Sherwood, pues sabe ser divertido, audaz, romántico, noble y carismático, todo ello a la vez y con notable armonía. Todavía hoy pensar en este actor tan irregular como encantador es recordarlo, ante todo, luciendo las calzas verdes de su Robin Hood.

La trama es mucho más sintética. De entrada, Robin (de Locksley) es un noble que en absoluto pertenece al círculo del rey Ricardo (de hecho, no lo reconocerá cuando aparezca en el final de la historia). El guion incorpora uno de los elementos del mito que ignoró Fairbanks: el conflicto entre el príncipe Juan y sus esbirros y Robin y los desamparados traduce el enfrentamiento entre normandos y sajones, producido a raíz de la última invasión que sufrió Gran Bretaña, la de Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, en 1066 (es decir, más de siglo y pico antes de las fechas en que transcurre la acción). La contraposición poco tiene de histórica, pues, y divide dos bandos de modo simplificador: los primeros son, en general, taimados y abusones; los segundos, nobles y sencillos. Lo más interesante es que lady Marian es ahora una noble normanda, que inicialmente comparte el mismo desprecio de los suyos por los sucios sajones, permitiendo así un componente de lucha de sexos que hace más interesante el romance entre los dos personajes. Como es natural, Olivia de Havilland está maravillosa en el papel: aparece bellísima y derrocha personalidad. Las actrices guapas de antes también eran buenas; no sé en qué momento una cosa comenzó a excluir la otra.

Otra estupenda aportación (que ya figuraba en el film de 1922, pero con mucho menor relieve), es el que considero el principal atributo visual del personaje: su sobrenatural habilidad con el arco. Con envidiable soltura corporal, Flynn consigue transmitirnos la impresión de que el arco es una prolongación de su cuerpo, y que es capaz de usarlo con la rapidez con que un pistolero del Far West hace uso de su colt.

Olivia de Havilland, maravillosa lady MarianEs más, lo mejor de toda la película es esa secuencia que tiene lugar casi al principio de la película, en la cual Robin se presenta, derrochando un increíble sentido de la jactancia, en el castillo del malvado sir Guy de Gisbourne, con un venado que ofrece con insolencia al usurpador Juan paseándose ante las barbas de sus enemigos sin ahorrar una sola invectiva contra estos. En rigor, es absurdo que se exponga tanto sin que parezca tener ningún plan de salida, solo para darse el placer de reírse de sus oponentes en sus mismas narices, pero en el plano dramático es un acierto excepcional: define bien al personaje en todas sus dimensiones y de un tirón, en especial su irreflexiva temeridad y su dominio del arco. Además, permite el lucimiento al espléndido equipo de villanos (Claude Rains como el príncipe Juan y Basil Rathbone como Gisbourne) y la presentación de la inicialmente altiva lady Marian, amén de permitir al director Michael Curtiz una soberbia utilización de un decorado magnífico en el que luego tendrá lugar toda la parte final, también excelente (el duelo entre Flynn y Rathbone).

Acabo remarcando la curiosidad de que la película está firmada por dos hombres: William Keighley, modesto artesano de la Warner que fue retirado al mes de rodaje, y Michael Curtiz, el director que filmó los primeros títulos dentro del género de la pareja Flynn-De Havilland, amén de clásicos como Casablanca. Curtiz se hizo cargo de todas las escenas en interiores (las mejores del film), más el torneo con arco y varios momentos en exteriores.

Poster de Robin y Marian, de Richard LesterLa última parada que hago en la trayectoria del personaje es Robin y Marian (1976), película cuya primera virtud es que diríase concebida por amantes declarados del mito y de los dos primeros films, puesto que los complementa, culmina y completa mediante la exposición de una especie de «veinte años después» que reúne a los dos personajes centrales después de largos años de separación causados por el abandono del masculino, que, como diría uno de los personajes de Andersen, se marchó a la guerra, esto es, a seguir las belicosas y con frecuencia brutales correrías de su rey Ricardo Corazón de León fuera de Inglaterra (la realidad histórica es que Ricardo apenas pasó tiempo de su reinado en ella). Rodada en la década más descreída de la historia del cine (en mi opinión, no la mejor pero sí la más apasionante y, desde luego, libre de toda ella), el planteamiento podía haber incurrido en una de las más fastidiosas opciones de la época, la desmitificación, pero sus autores eluden esa tentación para decantarse por una mirada crepuscular que no prescinde, ni mucho menos, del componente bellamente idealista del mito.

Por supuesto, es parte fundamental del planteamiento la elección de los actores, que recayó en dos intérpretes con la edad oportuna y a quienes sobraba peso carismático para desatar el necesario juego de referencias con el espectador. A esas alturas, Sean Connery solo deseaba enterrar su imagen viril y exultante como James Bond, y no le importó en absoluto lucir arrugas, canas y, sobre todo, una calvicie antiestelar. Su participación el año anterior en un film de aventuras también entre clásico y crepuscular, El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston, ayuda a crear un muy cariñoso vínculo entre actor, género y propuesta. En cuanto a Audrey Hepburn, volvía al cine después de una ausencia de nueve años que desnudaba con mayor nitidez el paso del tiempo. La maravillosa actriz, sin embargo, no había perdido un ápice de esa doble cualidad tan suya, la de saber manifestar fragilidad y determinación al mismo tiempo, características necesarias en el personaje de lady Marian, sobre todo en los años 70.

Robin y Marian, con inteligencia, parte inicialmente de la confrontación del mito con la realidad. Después de pasar media vida luchando en las empresas de su rey, Robin advierte que han sido años baldíos, mediocres, a los que pone fin, precisamente, la absurda muerte de Ricardo, abatido por la infección de una vulgar herida de flecha (la ironía es evidente) perpetrada durante el innecesario asedio del castillo de un vasallo menor. La idea es espléndida: ante lo prosaico de la verdad histórica (Ricardo, precisamente, fue un rey que estuvo muy lejos de hacer honor a las leyendas urdidas en torno a su persona, como la misma de Robin Hood), lo que queda es, retomando ese adagio fordiano que tanto me gusta, de hacer que lo que se cuente, lo que perdure, sea la leyenda.

Unos maduros Sean Connery y Audrey Hepburn bordan a los crepusculares Robin y MarianAsí, Robin (a quien todos esos años ha acompañado su fiel Little John, un magnífico Nicol Williamson) regresa a la tierra de su juventud, a la Merry England. La escena del reencuentro con sus verdes paisajes resulta imborrable, en buena medida gracias a la maravillosa música de John Barry, que convoca un efecto de nostálgica placidez difícil de expresar con palabras, y que introduce un sentimiento de belleza que supone un bálsamo contra la sordidez inicial. Ahora bien, este sentimiento es una ilusión: Robin vuelve para descubrir que Inglaterra no es tan feliz como debiera, que el hermano que Ricardo dejó atrás es tan mezquino como siempre, ahora sin disimulo alguno, y ha seguido oprimiendo al pueblo durante su ausencia. Es más, el sheriff de Nottingham ya no es el tipo ridículo de las anteriores versiones, sino un villano muy letal (lo encarna Robert Shaw, un actor a quien nunca había que tomar en broma). Es decir, la antigua lucha del proscrito de Sherwood contra el Príncipe Juan y sus sicarios no sirvió de nada, pues tan pronto como el inconsciente Ricardo volvió a irse del país, llevándose esta vez al campeón que necesitaban los humildes, todo volvió a ser como antes… o peor. Para un hombre de la nobleza de Robin solo queda una solución: reconstruir la antigua banda de alegres compañeros y volver a situarse fuera de la ley, al servicio de la justicia.

Ahora bien, los años transcurridos no han sido en balde. Los antiguos justicieros, y Robin el primero, son hombres ya en el otoño de su vida, a los que la vida al aire libre no sienta precisamente bien, cuyas articulaciones chirrían y cuya agilidad es una sombra de la que fue. Ese matiz crepuscular singulariza el film en todos los sentidos, si bien en su aspecto más visual sufre un excesivo énfasis por parte del director Richard Lester, seguramente no el hombre más apropiado para el proyecto, puesto que le sobra rigidez y le falta lirismo: su carrera anterior y posterior demuestra, precisamente, que él se encontraba más cómodo en el terreno de la desmitificación.

Sobre todo, ese crepúsculo encuentra su mejor expresión en el reencuentro de los antiguos amantes, de Robin con Marian, la cual ha pasado todos esos años como superiora de un convento de monjas, a las cuales ahora intenta extorsionar el sheriff de Nottingham, ante lo que ella responde con la personalidad que era de esperar. A estas alturas, casi huelga indicar que el inmenso amor que los cinéfilos sentimos por este film, aparte del respeto y la delicadeza con que trata mito tan amado, radica en la adhesión sin límites que despiertan unos otoñales Sean Connery y Audrey Hepburn, cuya química traspasa la pantalla hasta extremos conmovedores. Absolutamente entregados a sus papeles, sabiendo lucir a la vez la vulnerabilidad y la fortaleza que exigían tan emblemáticos roles, Connery y Hepburn brindan la que es, posiblemente, la última exposición de un romance a la vieja usanza de Hollywood, que no elude, por supuesto, la socarronería que parece demandar la edad de los reencontrados amantes.

[Quien no conozca el final de esta película debe dejar de leer justo aquí]

Y fortuna de fortunas, el film sabe concluir del mejor modo posible. Mientras en el emblemático Sherwood finaliza la batalla entre las tropas reales y las fuerzas de los proscritos (aunque no se llegue a concretar, parece evidente que con derrota de estos últimos), Robin alcanza, malherido, el convento de Marian. Y esta, comprendiendo que la hora de ambos ha pasado y prolongarla sería degradar sus ideales y sus recuerdos, le da un bebedizo envenenado que ella ingiere también. Cuando por fin Robin lo advierte, con un hermoso gesto no sólo acepta la acción de la que ha sido el amor de su vida, sino que, ante el abatido Little John, coge el símbolo de su libertad, una flecha, y la lanza a los cielos indicando a su fiel amigo que los entierre juntos a él y a Marian allá donde caiga la saeta. Y Lester realiza un magnífico movimiento de cámara siguiendo la flecha desde que sale del arco, y dejándola que se pierda en el cielo azul, creando por fin un momento de genuino e incontenible lirismo que, en mi caso y en el de muchos cinéfilos, supone el más imborrable cierre que pudo tener la leyenda.

Curioso cartel de Robin y Marian

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Robin de los Bosques / Robin Hood. Año: 1922

Director: Allan Dwan. Guion: Elton Thomas (Douglas Fairbanks). Fotografía: Arthur Edeson. Reparto: Douglas Fairbanks (Robin Hood), Wallace Beery (Rey Ricardo), Enid Bennett (Lady Marian), Paul de Grasse (Príncipe Juan), Alan Hale (Little John). Dur.: 127 min.

Título: Robin de los Bosques / Robin Hood. Año: 1938

Director: William Keighley y Michael Curtiz. Guion: Norman Reilly Raine y Seton I. Miller. Fotografía: Tony Gaudio y Sol Polito. Música: Erich Wolfgang Korngold. Reparto: Errol Flynn (Robin Hood), Olivia de Havilland (Lady Marian), Basil Rathbone (Sir Guy de Gisbourne), Claude Rains (Príncipe Juan), Alan Hale (Little John). Dur.: 102 min.

Título: Robin y Marian / Robin and Marian. Año: 1976.

Director: Richard Lester. Guión: James Goldman. Fotografía: David Watkin. Música: John Barry. Reparto: Sean Connery (Robin Hood), Audrey Hepburn (Lady Marian), Robert Shaw (Sheriff de Nottingham), Richard Harris (Ricardo Corazón de León), Nicol Williamson (Little John), Denholm Elliot (Will Scarlett). Dur.: 106 min.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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2 respuestas a El mito de Robin Hood en tres actores

  1. Renaissance dijo:

    Lo que peor ha envejecido de las versiones de Fairbanks o Flynn es el aspecto inocentón con una banda de proscritos que rayan la comedia involuntaria: cualquier espectador que vea las versiones clásicas con cierta ironía pensará que ese bosque de Sherwood es una fiesta. En cambio, el formato de producción de aventuras supuso una influencia para las décadas posteriores (sin ir más lejos, las primeras entregas de Piratas del Caribe, aunque estas se quedan un poco en un desfile de secuencias de acción sin más contenido).

    Robin y Marian fue un poco el cierre del mito clásico del personaje, pero una serie británica supuso la que sería la influencia par las versiones posteriores: el Robin of Sherwood de Richard Carpenter combinó los dos orígenes del mito y le añadió toques de mitología y género fantástico que se usaría posteriormente en la película de Kevin Costner. En cambio, la más reciente de Ridley Scott, optaba por la vertiente histórica (sospecho que buscando el blockbuster que le supuso Gladiador) pero esta no llegó a cuajar como podía esperarse.

    (Creo que tengo el libro de Howard Pyle en la estantería, igual le acabo echando un vistazo)

    • No conocía la serie británica; sí, por desgracia, la peli de Kevin Costner, que en su día me hizo odiar con toda mi alma a Alan Rickman: menos mal que todo lo que vi a continuación de este actor me demostró que su sheriff de Nottingham fue un pecadillo sin importancia.Y sí, yo también crecí pensando que la única condición para ser admitido entre los proscritos de Sherwood era reír a mandíbula batiente…

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