La saga del teniente Blueberry

El personaje             Los episodios

El Far West de Blueberry

He referido en un artículo anterior de este blog las razones de la pasión que despierta en mí el inmortal personaje del teniente Mike S. Blueberry, obra magna de una irrepetible pareja artística, la que formaron el guionista Jean Michel Charlier y el dibujante Jean Giraud, este último conocido también por el seudónimo de Moebius. En este que ahora comienza voy a recorrer con más detalle la serie a través de sus diferentes ciclos y álbumes. Debe recordarse que el trabajo del tándem se extendió por espacio de 23 historias, publicadas casi todas ellas por entregas en revistas semanales como Pilote y después en álbum a cargo de la editorial Dargaud. La colaboración se cerró solo por la muerte prematura de Charlier. Giraud concluiría como autor total su última historia y luego mantendría esta plenitud de funciones por espacio de unos cuantos títulos más, hasta dejar al personaje en otras manos. El ciclo canónico —desde el Canon de Conan, o sea, los relatos de Sherlock Holmes obra exclusiva de su creador Arthur Conan Doyle, el segundo nombre de este autor escocés se utiliza para distinguir la obra original de sus apócrifos cuando ambas han dado origen a varias series— se reduce por ende a esos 23 álbumes, realizados entre 1963 y 1990, veintisiete años a lo largo de los cuales aquel pasó por todos los estadios habituales. Es decir, una primera etapa que comienza con cierto esquematismo y que va creciendo de episodio en episodio pero que todavía espera su madurez, una época de plenitud que es la que justifica el prestigio, incluso el mito, alcanzado por la serie y una parte final que comienza a dar señales de agotamiento a medida que sigue sumando títulos pero que sigue sosteniéndose por el interés de sus elementos y el cariño que uno siente hacia los personajes. Seguir leyendo

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El hombre que escribía los cuentos más tristes

Despido el año recuperando uno de los artículos de los que más contento me siento, y no por inmodestia, sino porque en él reivindico a quien para mí es uno de los escritores con mayor talento narrativo de la historia, amén de parte fundamental de mi memoria literaria. Es por ello que da título al libro que he publicado este año 2024 que nos deja, editado por Algorfa, que es una antología bien significativa de artículos estrictamente literarios que han visto la luz en este blog que cumple ya los doce años. Y si hay un cuento de él que no debería leerse en ninguna otra fecha que en estas, háganlo con El abeto: hace más de siglo y medio, este danés que no sabía que conocía tan bien el alma humana nos dio el mejor retrato de la Navidad, una época no tan maravillosa como parece obligado creer…

Retrato de Andersen de 1838 por H. A. JensenVarias ciudades del mundo (¡hasta la mía, Málaga!) comparten la presencia en sus calles de una estatua de bronce que reproduce la figura de un señor vestido con ropas antañonas, por lo común con un sombrero de copa, y que suele aparecer sentado, con un libro entre las manos y la mirada soñadora. No en vano, este caballero alimentó los sueños de muchas generaciones de niños desde que en 1835 publicara el primero de sus cuentos, poblándolos de figuras tan conocidas como el patito feo, el firme soldado de plomo, la niña cuyos zapatos rojos la obligan a bailar sin descanso contra su voluntad o la princesa capaz de no pegar ojo porque la reina que quiere probar su condición principesca depositó un guisante debajo de los veinte colchones sobre los que ha dormido. Se trata, claro, está de Hans Christian Andersen, que visitó Málaga en 1862, dedicándole palabras muy amables en su libro Viaje por España. Que el gran autor de cuentos haya acabado convirtiéndose en una figura familiar junto a la que uno pasa muchas veces en la vida, supone un símbolo que a él mismo —a quien tanto gustó la exposición pública— no le habría desagradado. Pero para desdicha suya, se ha convertido en una figura que todos creen conocer, preocupándose poco por conocerlo de verdad. Al igual que tantos escritores encasillados bajo la etiqueta de la literatura para niños, volver a sus páginas en la edad «adulta» (ay, él mismo se habría reído a carcajadas de la solemnidad con que solemos pronunciar o escribir esta palabra) supone descubrir que, también como todas las estatuas que creemos conocer demasiado, al concentrar la mirada en él, descubrimos que es sutilmente distinto. Andersen se complacía en parecer muy transparente: y desde luego, nunca fue opaco, pero es más cómodo creer antes que comprobar. Y quien lo asocia, como a todos los escritores infantiles, con la alegría y los finales felices, se llevará la sorpresa de que la característica principal de su obra es la honda melancolía que la envuelve, pues Andersen fue el escritor que escribió los cuentos más tristes del mundo. Seguir leyendo

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Blueberry siempre juega la última baza

El personaje             Los episodios

El teniente Blueberry, de Charlier y GiraudEn 1963, en las páginas de la mítica revista Pilote, veía la luz una serie ambientada en el Far West que se titulaba inicialmente Fort Navajo. No era la primera vez que la bande dessinée franco-belga transitaba por los espacios del western, pero esta serie habría de convertirse enseguida en una de las más populares de la historia del cómic entero. Inicialmente parecía proponer un protagonismo coral en torno a los habitantes del fuerte indicado por el título, con gran influencia de las fábulas sobre el séptimo de caballería inmortalizadas por John Ford. Por ejemplo, los dos personajes centrales eran dos jóvenes oficiales de muy distinta extracción y proceder: uno, aristocrático, militar por tradición familiar, recién salido de West Point y fiel creyente en eso que se llama el honor castrense; el otro, plebeyo, jugador irreductible, amante del alcohol y las mujeres, indisciplinado por naturaleza. Por supuesto, el personaje que se ganaría la atención tanto del público como, sobre todo, de sus creadores sería el segundo, que iría adquiriendo enseguida un protagonismo que trascendería al título de la serie, pues le acabaría dando nombre. Su creador era Jean Michel Charlier, a esas alturas un veterano guionista con más de un éxito en el medio, que precisamente había sido cinco años antes uno de los fundadores de Pilote. Charlier quiso contar para su nueva serie con un reputado colega, Jijé, al que le resultó imposible por el ingente trabajo que ya tenía comprometido. Ahora bien, este recomendó a un discípulo, prácticamente sin experiencia, al que Charlier aceptó, descubriendo a no tardar mucho que estaba ante un artista gráfico extraordinario, Jean Giraud, que inicialmente se acreditó como Gir y al que hoy sin embargo se le conoce más bien por el seudónimo con que se rebautizó una década después cuando su arte evolucionó en otro sentido, Moebius. ¿Y ese personaje? El extraordinario teniente Blueberry. Seguir leyendo

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Juan Benet, la literatura como misterio

Excelente fotografia del Juan Benet maduroEn alguno de los múltiples libros y artículos de los que me he nutrido estos días sobre Juan Benet he leído que fue el escritor español más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Muchos encontrarán discutible esta afirmación por cuanto si hay algo que parece bien claro es que Benet fue un autor con muy pocos lectores. ¿Se puede ser influyente sin ser leído? Desde luego, su nombre nunca ha dejado de sonar y sus obras se encuentran en cualquier librería y están traducidas a los idiomas más cultos. ¿Por qué se lo cita más que se lo lee? Él escribió que «la literatura debe arrancar al público de su costumbre» y ciertamente hizo honor a esta fama. Su literatura, bajo una primera apariencia (y muchas veces bajo una segunda y una tercera, debe reconocerse), diríase abstrusa y críptica. Sin embargo, quien persevera —y hay literaturas de todo tipo, la que fluye maravillosamente desde la primera vez, y la que premia, de modo absoluto, a quien no se rinde pese a que el escritor parezca empeñado en poner piedras en su camino— descubre un mundo absolutamente fascinante. Benet representa un tipo de literatura que bien podría llamase mistérica, en un doble sentido: por el sentimiento de lo enigmático que invade al lector que se acerca a ella, incluso cuando cree conocerla bien, y por la sensación que produce de estar efectuando algún tipo de rito iniciático. Su obra exige por tanto una fuerte implicación del lector en la entraña de lo que está leyendo, en el mismo sentido que para él lo hace ese escritor estadounidense que fue su maestro reverenciado, William Faulkner. Él en cambio no dejó discípulos1, seguramente porque escribir como él, de tan personal que es su estilo, carece de sentido salvo que se pretenda efectuar una estéril mímesis. Seguir leyendo

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Lestat, Valek y otros vampiros del cine moderno

Entrevistsa con el vampiro, de Neil JordanDurante buena parte de la historia del cine de terror, en especial gracias a los ciclos de la Universal, en Hollywood, y de la Hammer, en Inglaterra, el vampiro fue una figura propia del terror gótico. Por supuesto, este acercamiento procedía del origen literario del mito, sobre todo de la novela de Bram Stoker donde nace el Señor de la Noche pero también del fabuloso relato Carmilla, de Joseph Sheridan LeFanu. Drácula fue el personaje emblemático del subgénero vampírico, por lo común bajo ambientación de época. Con el declinar de las décadas hacia el final del siglo XX, la figura del vampiro fue recibiendo otras advocaciones, mas en general dentro de las catacumbas de la pura explotación, dentro de producciones de consumo rápido y nulas ambiciones estéticas o narrativas. Las películas más relevantes siguieron centrándose en Drácula. Irónicamente, habría de ser el enorme éxito de la por otra parte muy discutible Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola, el que renovaría no solo el interés por el mito sino que acabaría promoviendo otras variantes del mismo sin necesidad de seguir insistiendo en tan emblemático personaje. Esta renovación se produjo de la mano de una serie de películas concebidas, ahora sí, con pretensiones artísticas y que, por lo general, recibieron el presupuesto adecuado. Las convenciones heredadas de Stoker y del cine gótico comenzaron a ser a cuestionadas —tristemente, el film del propio Coppola contenía suficientes elementos renovadores, que por desgracia fueron lamentablemente desaprovechados, como explico en otro artículo—, no para prescindir totalmente de ellas sino para reformularlas bajo otra mirada. Surgieron así un buen puñado de títulos que, con mayor o menor acierto, pero siempre con indudable respeto hacia el género, demostraron la notable vitalidad del que sin duda es el más rico mito que ha dado el terror. Por algunos de ellos haré un recorrido en el siguiente artículo. Seguir leyendo

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La entrada 701: el nacimiento de un lector

Con Hector Marquez en El Tercer Piso de Proteo

Casi sin darme cuenta, con la anterior entrada sobre Tom Ripley, Patricia Highsmith y El amigo americano he alcanzado la cifra redonda de las setecientas entradas en el curso de estos doce años desde que en julio de 2012 inauguré La mano del extranjero con un recorrido por la filmografía hasta ese momento de Hayao Miyazaki. Cierto es que, en los primeros años, aprovechaba mucho material que tenía más o menos escrito desde tiempo atrás: como tantos, yo era un autor en busca de editor que acabó descubriendo en la letra impresa de Internet un marco para sus inquietudes. A día de hoy, le debo además dos libros, Edad Media soñada, un recorrido por las ficciones en cine, literatura y cómic que se sitúan en dicho periodo histórico (su punto de partida es el blog, pero también escribí muchas páginas nuevas), y El hombre que escribía los cuentos más tristes, en este caso una selección de entradas estrictamente literarias, ambos publicados por Algorfa. Y también le debo una buena cantidad de lectores, a muchos de los cuales llamo amigos, que lo han leído con generosidad estos años y que me han provocado el estímulo suficiente como para perseverar en una labor que no tiene otra recompensa —al contrario, se lleva un tiempo que debo compartir con mis deberes profesionales y mis necesidades familiares y sociales— que el pensar, y en unos cuantos casos saber, que lo que quiero compartir encuentra el debido eco al otro lado de la pantalla. ¿Cómo «celebrar» esta efeméride? Me he animado a poner por escrito un conjunto de ideas que hace pocas semanas tuve ocasión de expresar en voz alta, en amena conversación con el periodista Héctor Márquez, en la charla-presentación de mi segundo libro en El Tercer Piso de la estupenda librería malagueña Proteo. Héctor tuvo la habilidad de conducir la charla en torno a mis preferencias literarias y cómo habían ido surgiendo o cimentándose, así como sobre las diferentes referencias lectoras entre unas generaciones y otras. Es así como se me ha ocurrido, no sin presunción, realizar una pequeña reflexión sobre el recorrido que acabaría haciendo de la lectura una de las mayores satisfacciones de mi vida: recurriendo a una expresión rimbombante, la forja de un lector. Seguir leyendo

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¿Quién era el amigo americano?

El inquietante talento de Mr. Ripley

Cartel aleman de El amigo americanoNunca me canso de contar el tremendo impacto que me produjo la primera vez que me solidaricé con un asesino. Por supuesto, se trataba de Tom Ripley, el personaje creado por Patricia Highsmith, si bien ese Ripley del que me descubrí deseando que no lo atraparan no era exactamente el suyo sino el encarnado por Alain Delon en esa maravillosa adaptación que es A pleno sol (1960). Los rasgos aniñados de Delon, suavemente expresivos —todavía tardaría en descubrir el hieratismo en sus polars para Jean-Pierre Melville—, denotando cierta indefensión (incrementada por su condición de mero bufón objeto de continuas humillaciones por parte ese egocéntrico americano al que acabará matando), entraban de pronto en flagrante contradicción con sus actos criminales, con el descubrimiento de la mente profundamente calculadora que encubría esa dulce apostura (y que remarcaba aún más su voz española, Manuel Cano, apodado la «voz de seda», cuya serena belleza también parecía desmentir cualquier maldad bajo la piel). Daba igual: a partir del momento en que el cerco parece estrecharse sobre Ripley, el niño que era yo deseó con todas sus fuerzas que su héroe consiguiera escapar del cerco de sospechas y ganar para siempre lo que tanto ha deseado, y justificado, sus tropelías previas: «lo mejor». Más adelante descubrí que no había un solo Tom Ripley. En primer lugar, el Ripley de la novelista (o sea, de su creadora) poco tenía que ver con el encarnado por Delon, aunque hicieran las mismas cosas. Bien al contrario, en el libro es un ególatra completamente amoral por el que es imposible sentir la menor simpatía (que es justo lo que pretendía la autora, desde luego). Desde entonces, Ripley ha demostrado ser un personaje capaz de muchas dimensiones, en función de la perspectiva con que lo han querido abordar cuantos han centrado su atención sobre él, que han sido muchos cineastas y bien relevantes. Algunas de ellas las voy a abordar en el siguiente artículo, motivado por mi revisión de otra de las mejores adaptaciones de sus andanzas, El amigo americano (1977), del alemán Wim Wenders. Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Érase una vez en América

Poster de Erase una vez en AméricaLos testamentos cinematográficos, en general, no existen. Raro es el director que cierra su carrera, de modo consciente, con una película en la que pretende concentrar una última vez la esencia de su cine: por lo común o no lo dejan seguir trabajando por edad o se muere antes de tener otra ocasión. Es un concepto creado, como casi siempre, por la mitomanía cinéfila o por los estereotipos críticos. Sin embargo, hay ocasiones en que, de modo impremeditado, la última película de un realizador condensa las claves de su concepto del cine de modo eminente. Así sucede con Érase una vez en América, la última película de la tristemente corta filmografía de Sergio Leone, un hombre que tan solo firmó siete trabajos en el curso de veintitrés años, de 1961 a 1984. Para colmo de males, este título postrero supuso un enorme fracaso comercial: su sueño de filmar por fin un trabajo íntegramente norteamericano se tropezó con las infamias habituales de los estudios cuando se las ven ante una obra que los desconcierta y que resulta inesperadamente heterodoxa. Hollywood creyó que Leone les iba a facturar una especie de El Padrino (además, con Robert DeNiro como protagonista) y se encontraron con una reflexión sobre el tiempo y la memoria, organizada en varios segmentos temporales y con una sofisticación narrativa a la que no estaban acostumbrados. Por tanto, la cortaron e incluso, en Europa, la dividieron en dos partes. Leone falleció pocos años después, sin poder montar ningún otro proyecto. Le habría emocionado, desde luego, saber que en pocos años, su película se convertiría en una obra de culto, primero, y en un trabajo reivindicado como uno de los últimos grandes títulos del cine americano (y mundial, claro), después. Hace pocas semanas he conseguido verla por primera vez en pantalla grande, con el metraje más fiel posible, y el resultado, como antes en las emisiones televisivas, me ha dejado con la boca abierta. En la revista digital Café Montaigne intento justificar el porqué de esa fascinación, que convierte este trabajo en la tercera cumbre de la carrera de su autor, después de las inolvidables El bueno, el feo y el malo (1966) y Hasta que llegó su hora (1968), siendo, como estas, una muy particular mirada del director italiano sobre dos géneros tan propiamente estadounidenses como el western y el cine de gangsters. Y cómo no considerarlo, en efecto, un testamento cuando culmina esa arrebatadora concepción del cine que tuvo su autor: una relación entre imagen y música, como siempre de Ennio Morricone, que solo puede calificarse de simbiótica; una muy particular cadencia de la escena; un dibujo fascinador de personajes a partir de las particulares presencias de los actores (solo falla, claro, un actor del que se podrá decir lo que sea, menos que tiene presencia en el sentido clásico del término, DeNiro); una genial interrelación entre el hiperrealismo escenográfico y el onirismo puro que inesperadamente emana de ese tratamiento…

Érase una vez en América o la fábula del infeliz que creía en la amistad

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La segunda serie de los Episodios Nacionales: las novelas (II)

Aspectos generales                 Las novelas I      II

Los cien mil hijos de san luisLos cien mil hijos de San Luis. En el Congreso de Verona de 1822, las potencias absolutistas (con la aquiescencia de Inglaterra) habían decidido la intervención en España. Bajo el mando del sobrino de Luis XVIII, el duque de Angulema, un ejército francés que fue bautizado como indica el título del libro, entró en la península y, aprovechando la enorme división entre los liberales y la tibieza de la reacción del pueblo, «liberó» al rey Fernando, al que se había conducido, triste ironía, al Cádiz donde había sido aprobada la constitución tan odiada por él. Este es el episodio histórico que sirve de marco a la acción. Galdós, necesitado de un personaje que se mueva entre las bambalinas del bando absolutista, concede el protagonismo a Genara, que reaparece en la serie convertida en una mujer de mundo consciente de su poderío entre los hombres. Así, en el tal vez más insólito cruce entre Historia y Ficción de toda la serie, comisionada por los partidarios de Fernando, Genara se entrevista con el mismísimo Chateaubriand, hoy ante todo el insigne escritor de las Memorias de ultratumba, entonces ministro de Asuntos Exteriores y el más firme partidario de la intervención, quien no duda en darle a la mujer la razón de esa postura: atemorizar a los revolucionarios que pueden hacer más daño a Francia, los propios y los italianos. La pobre España, víctima de intrigas nacionales. Seguir leyendo

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La ambigua indolencia de Robert Mitchum

Robert MitchumRobert Mitchum parecía contemplar el mundo a distancia, como si las cosas que sucedieran ante él no le importaran mucho. Tenía el aire (que se fue incrementando con los años) de haberse despertado pocos minutos atrás, y es por ello que la primera sensación que transmitía era de indolencia: diríase que sus personajes se mueven (viven) por inercia, que van aquí como podrían ir allí, que se meten en un lío del mismo modo que podían haberlo evitado. Porque no les importa en realidad. Además, era alto, ancho de espaldas, corpulento: parecía pesado de movimientos. Y sin embargo, esa pesadez era aparente, tanto como su indolencia. En realidad, la imagen que más se aviene a su personalidad es la de un gato: cuando la situación lo exigía (y Mitchum tendría ocasión de demostrarlo en incontables westerns y thrillers, los dos géneros que más frecuentó), era capaz de moverse con increíble rapidez, abatiendo al antagonista casi sin que este se espere la que le viene encima. Su mirada, su gesto, y cierta tendencia a torcer la sonrisa que tuvo el acierto de utilizar solo de cuando en cuando, añadían a esa indolencia otro rasgo: el cinismo. Podría haber sido encasillado con facilidad en papeles de villano, y sin duda de ello solo le libró la indudable apostura que tenía cuando empezó a trabajar en el cine. Robert Mitchum fue la estrella más ambigua que se paseó por las pantallas de Hollywood. Fue capaz de ser tanto uno de los grandes emblemas de nobleza de la pantalla como el más desatado villano del mundo, incurriendo incluso en la psicopatía. Sin embargo, donde mejor se movió fue en ese estrecho margen en el que al final es el puro azar el que parece dictar si sus personajes acabarán a uno u otro lado de esa línea, no siempre clara, que separa la integridad de la oportunidad. Por si acaso, nunca hay que dar pistas de lo que uno va hacer al instante siguiente, y por ello qué mejor que parecer siempre ambiguamente indolente. Seguir leyendo

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La segunda serie de los Episodios Nacionales: las novelas (I)

Aspectos generales         Las novelas I     II

Como ya hice al abordar hace un tiempo la primera serie de los Episodios Nacionales, voy a ir comentando libro por libro de los diez que componen esta segunda entrega. Mi propósito es diferenciar unos de otros, reseñando su argumento, sus componentes dramáticos y su relación con el contexto histórico (no puedo evitar ser profesor de Historia cuando leo estas obras), y expresando un juicio cualitativo sobre ellos, que pueda servir de ayuda o de recuerdo a quienes los hayan leído, lo vayan a hacer o, al menos, pretendan tener una impresión general de la obra. Por ello, inevitablemente la trama se cuenta con detalle.

El equipaje del rey JoseEl equipaje del rey José. Galdós tenía claro que buena parte de los lectores de la nueva serie lo habrían sido también de la primera. Es por ello que este arranque casi podría considerarse el epílogo de la anterior, a la vez que el necesario proemio al nudo dramático y argumental de la segunda. El escritor comienza situándonos ante un corro de madrileños que comentan las noticias fresquísimas de la inminente huida de José I, que implica también la de aquellos que apostaron a su carta. Sus nombres nos son familiares: don Mauro Requejo (que había intentado nada menos que forzar la voluntad de Inesilla, la amada de Gabriel Araceli, en El 19 de marzo y el 2 de mayo), el licenciado Lobo, cómplice del anterior, el padre Salmón, etc. Es más, el muchacho con uniforme de guardia francés al que paran en la calle, Salvador Monsalud, que va a ser el protagonista de la serie, tiene el apellido de un personaje que aparecía fugazmente en el décimo episodio, haciendo un papel nada lucido en el acontecimiento que le da título, La batalla de Los Arapiles: es el tío del protagonista. Estos vasos comunicantes entre las dos series habrán de ser frecuentes en adelante, consiguiendo crear a la perfección la sensación de continuidad pese al cambio de personajes centrales. La España de Fernando VII es la misma de la Guerra de la Independencia y siendo Madrid el centro de la acción no ha de extrañar que sigan viviendo allí quienes ya lo hacían en esos agitados años. Seguir leyendo

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La segunda serie de los Episodios Nacionales: Caín es español

Aspectos generales             Las novelas I   II               La primera serie

Edicion en Destino de la segunda serie de los Episodios NacionalesApenas concluida la redacción y publicación de la primera serie de los Episodios Nacionales, el joven Benito Pérez Galdós ya estaba manos a la obra con la segunda. El marco histórico que iba a recorrer esta nueva decena de novelas sería el reinado de Fernando VII, desde su tan deseado regreso en 1814, hasta su muerte, extendiéndose todavía unos pocos meses de 1834 para narrar el estallido del conflicto carlista. Si la primera serie la concluyó en algo más de dos años, para la segunda empleó más, pues se escriben entre junio de 1875 y noviembre de 1879. Hay que tener en cuenta que si el canario no había compaginado la primera de las redacciones con ningún otro proyecto novelístico, ahora sí lo hizo: en el segundo lustro de los años setenta ven la luz Doña Perfecta (1876), Gloria (1876-77), Marianela y La familia de León Roch (ambas de 1878). La ambición del autor, y la conciencia de sus propias posibilidades, son ahora mayores y el escritor se ve desbordado de proyectos. Es por ello que cabe calificar esta segunda serie como más compleja, más diversa, abierta a más registros. Y más desengañada, muchísimo más desengañada. Si en la primera serie, las rivalidades entre los españoles, indiscutibles, todavía pueden verse solapadas ante la presencia del enemigo común que son los franceses, en el reinado del Rey Deseado (del Rey Infame, como al final muchos lo llamarían), España se desgarra en banderías, cada uno con un concepto de la sociedad, de país y, si se me apura, del mundo radicalmente incompatibles entre sí, hasta el punto de que la sencilla división inicial entre liberales y absolutistas acaba complicándose mucho más, pues ni entre estos se ponen de acuerdo. A la altura del tiempo desde el que escribía (acaba de concluir el desalentador Sexenio Revolucionario, en el que tanta gente como él puso sus ilusiones y que a tantos como a él decepcionó), Galdós no tiene la menor duda: el cainismo es la principal característica de nuestro país. España está (¿estamos?) condenados a no ponerse de acuerdo jamás y, tristemente, a matarse entre sí a la menor ocasión con especial saña. Galdós lo vio bien: Caín era español. Y no podía imaginar que, en el futuro, esta irracional necesidad de hacerse daño unos a otros todavía alcanzaría mayores cotas. Seguir leyendo

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El jinete polaco y El siglo: la cuarta novela

Antonio Muñoz Molina y Javier Marias

Posiblemente, los dos escritores de mayor repercusión crítica —nada desdeñable tampoco desde el punto de vista comercial— de la literatura contemporánea española (la correspondiente ya al periodo democrático) sean Antonio Muñoz Molina y Javier Marías. Son dos escritores que además han tenido (hablo en pasado por uno de ellos, Marías, tristemente fallecido hace poco) una notable trascendencia pública, puesto que han frecuentado las páginas de periódicos y revistas, comentando la actualidad política y social tanto como analizando la cultura y el arte coetáneos. Al primero lo leo de modo más esporádico, pero siempre con deseos de cubrir los numerosos huecos que de él me quedan; al segundo, lo leo y lo releo con frecuencia, y de ahí la desdicha de saber que ya no añadirá nada más a su magnífica obra publicada. Acabo de leer consecutivamente un libro de cada uno, y me apetece comentarlos dentro del mismo artículo. Se trata de El jinete polaco (1991), del primero, y de El siglo (1983), del segundo. Pese a las evidentes diferencias entre ambos, comparten un vínculo: cada libro es la cuarta novela respectiva de su autor. Eso sí, en las trayectorias de ambos ostentan un rango muy diferente. La primera ganó el Premio Planeta de su año y terminó de encarrilar la carrera de Muñoz Molina. La segunda, en cambio, pasó completamente desapercibida e incluso en su primera reedición, más de una década después, tampoco gozó de especial suerte, hasta el punto de haber sido durante mucho tiempo algo así como la novela «maldita» de Marías. Ambas son muy distintas en planteamiento y en longitud, pero ambas comparten una misma condición: sacan a la luz de modo definitivo al autor que se hallaba en potencia y que desde entonces no dejará de crecer. Seguir leyendo

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En Kalewche, artículo sobre El proceso, de Kafka (y Welles)

KafkaEl excelente semanario digital Kalewche, con el que ya he colaborado en alguna ocasión (así como en Corsario Rojo, la revista en PDF que es su prolongación natural), está conmemorando como merece el centenario de la muerte del gran escritor checo en lengua alemana, Franz Kafka. Desde que me leyera La metamorfosis con catorce o quince años este autor siempre ha figurado entre mis predilectos. Por tanto, me uno con entusiasmo a esa celebración con un artículo sobre la que tal vez sea su mejor novela, El proceso, publicada póstumamente por su amigo Max Brod pero redactada unos diez años atrás. Esta obra tiene el atractivo de que, aun cuando Kafka la dejó inacabada, como sus restante novelas, sin embargo tuvo ocasión de escribir su capítulo final y por ello parece una obra conclusa (si bien sus admiradores sabemos bien que uno de los temas centrales  del escritor es precisamente el de la infinita postergación de las acciones que emprenden sus personajes). Por sugerencia de Federico Mare, uno de los dos directores de Kalewche (el otro es Ariel Petruccelli), he adaptado un artículo previo publicado en mi blog, y asimismo trasladado a mi reciente libro El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios, estableciendo un diálogo con su mejor adaptación al cine, la película homónima que dirigió el gran Orson Welles en 1962, parte esta que es completamente inédita. El título del artículo, El proceso de Kafka (y Welles): ¿pesadilla razonable o pesadilla irracional? recoge creo que muy bien la premisa que planteo en él. Kafka, de acuerdo con ese inquietante estilo que fue su sello personal, desarrolla la odisea de Josef K. mediante una sobriedad narrativa que hace racional lo que debería parecer irracional; Welles, en cambio, subraya esta última condición, que es la que mejor se aviene con su debilidad por el barroquismo visual. Irónicamente, tengo la sensación de que el famoso concepto de lo «kafkiano» hoy día se corresponde con la película que con la novela. Como siempre, mi esperanza es que sintáis la curiosidad suficiente para confrontar en primera persona mi visión sobre estas dos obras, a cuál más perturbadora.

El proceso, en Kalewche

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La saga Mad Max: arena, gasolina y más arena

Mel Gibson es Mad MaxEs curioso que hasta hace escasas fechas nunca hubiera visto ninguna de las películas que componen la trilogía ochentera de Mad Max, tanto más cuanto que yo pertenezco a la generación videoclubera que tantas películas de género, espléndidas o infames, nos descubrió a los adolescentes de los ochenta. Pero mis ojos debieron de resbalar sobre sus carátulas sin mayor atención (tengo que decir que, a diferencia del resto de mis amigos, yo empleaba buena parte de mis visitas en alquilar cine clásico, lo que me convertía en un bicho raro, por supuesto). Mi primer Mad Max fue el que, con el subtítulo de Furia en la carretera, reanudaba el ciclo, o más bien lo reformulaba, en 2015, film que me deslumbró por la increíble nitidez narrativa que demostraba la realización de George Miller, responsable de todo el ciclo, máxime cuando aquella está al servicio de una persecución casi sin tregua, a toda velocidad, que ocupa prácticamente las dos horas de metraje. Hace pocos días acudí a ver la inevitable secuela (mejor dicho, precuela) de este título, Furiosa: de la saga Mad Max, y es entonces cuando mi conciencia cinéfila, que siempre se empeña en imponerme deberes, me ha llevado a rescatar la mencionada trilogía. Dedico el presente artículo al comentario de las cinco películas que componen el conjunto entero, pese a que las tres primeras, lo adelanto ya, me han parecido, por su orden cronológico, pésima, mala y mediocre. Sin embargo, confieso que me seducen los ciclos, como me atraen, en general, las variantes de una historia ya sea a través de remakes, continuaciones, versiones apócrifas y adaptaciones con o sin continuidad, con solo que contengan algo de interés: de los ciclos sobre monstruos clásicos del terror de la Universal y la Hammer a los Aliens surgidos del clásico de Ridley Scott, de la saga de Star Wars al Universo Cinematográfico Marvel pasando por James Bond o Ripley (el personaje de Patricia Highsmith, no la avezada guerrera estelar interpretada por Sigourney Weaver, que también). De paso, y ese es siempre uno de los objetivos centrales de mi blog, me permito recapitular sobre los vínculos y divergencias entre los distintos títulos que lo componen. Y no iba a ser menos para mí la saga Mad Max… Seguir leyendo

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