Juan Benet, la literatura como misterio

Excelente fotografia del Juan Benet maduroEn alguno de los múltiples libros y artículos de los que me he nutrido estos días sobre Juan Benet he leído que fue el escritor español más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Muchos encontrarán discutible esta afirmación por cuanto si hay algo que parece bien claro es que Benet fue un autor con muy pocos lectores. ¿Se puede ser influyente sin ser leído? Desde luego, su nombre nunca ha dejado de sonar y sus obras se encuentran en cualquier librería y están traducidas a los idiomas más cultos. ¿Por qué se lo cita más que se lo lee? Él escribió que «la literatura debe arrancar al público de su costumbre» y ciertamente hizo honor a esta fama. Su literatura, bajo una primera apariencia (y muchas veces bajo una segunda y una tercera, debe reconocerse), diríase abstrusa y críptica. Sin embargo, quien persevera —y hay literaturas de todo tipo, la que fluye maravillosamente desde la primera vez, y la que premia, de modo absoluto, a quien no se rinde pese a que el escritor parezca empeñado en poner piedras en su camino— descubre un mundo absolutamente fascinante. Benet representa un tipo de literatura que bien podría llamase mistérica, en un doble sentido: por el sentimiento de lo enigmático que invade al lector que se acerca a ella, incluso cuando cree conocerla bien, y por la sensación que produce de estar efectuando algún tipo de rito iniciático. Su obra exige por tanto una fuerte implicación del lector en la entraña de lo que está leyendo, en el mismo sentido que para él lo hace ese escritor estadounidense que fue su maestro reverenciado, William Faulkner. Él en cambio no dejó discípulos1, seguramente porque escribir como él, de tan personal que es su estilo, carece de sentido salvo que se pretenda efectuar una estéril mímesis. Seguir leyendo

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Lestat, Valek y otros vampiros del cine moderno

Entrevistsa con el vampiro, de Neil JordanDurante buena parte de la historia del cine de terror, en especial gracias a los ciclos de la Universal, en Hollywood, y de la Hammer, en Inglaterra, el vampiro fue una figura propia del terror gótico. Por supuesto, este acercamiento procedía del origen literario del mito, sobre todo de la novela de Bram Stoker donde nace el Señor de la Noche pero también del fabuloso relato Carmilla, de Joseph Sheridan LeFanu. Drácula fue el personaje emblemático del subgénero vampírico, por lo común bajo ambientación de época. Con el declinar de las décadas hacia el final del siglo XX, la figura del vampiro fue recibiendo otras advocaciones, mas en general dentro de las catacumbas de la pura explotación, dentro de producciones de consumo rápido y nulas ambiciones estéticas o narrativas. Las películas más relevantes siguieron centrándose en Drácula. Irónicamente, habría de ser el enorme éxito de la por otra parte muy discutible Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola, el que renovaría no solo el interés por el mito sino que acabaría promoviendo otras variantes del mismo sin necesidad de seguir insistiendo en tan emblemático personaje. Esta renovación se produjo de la mano de una serie de películas concebidas, ahora sí, con pretensiones artísticas y que, por lo general, recibieron el presupuesto adecuado. Las convenciones heredadas de Stoker y del cine gótico comenzaron a ser a cuestionadas —tristemente, el film del propio Coppola contenía suficientes elementos renovadores, que por desgracia fueron lamentablemente desaprovechados, como explico en otro artículo—, no para prescindir totalmente de ellas sino para reformularlas bajo otra mirada. Surgieron así un buen puñado de títulos que, con mayor o menor acierto, pero siempre con indudable respeto hacia el género, demostraron la notable vitalidad del que sin duda es el más rico mito que ha dado el terror. Por algunos de ellos haré un recorrido en el siguiente artículo. Seguir leyendo

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La entrada 701: el nacimiento de un lector

Con Hector Marquez en El Tercer Piso de Proteo

Casi sin darme cuenta, con la anterior entrada sobre Tom Ripley, Patricia Highsmith y El amigo americano he alcanzado la cifra redonda de las setecientas entradas en el curso de estos doce años desde que en julio de 2012 inauguré La mano del extranjero con un recorrido por la filmografía hasta ese momento de Hayao Miyazaki. Cierto es que, en los primeros años, aprovechaba mucho material que tenía más o menos escrito desde tiempo atrás: como tantos, yo era un autor en busca de editor que acabó descubriendo en la letra impresa de Internet un marco para sus inquietudes. A día de hoy, le debo además dos libros, Edad Media soñada, un recorrido por las ficciones en cine, literatura y cómic que se sitúan en dicho periodo histórico (su punto de partida es el blog, pero también escribí muchas páginas nuevas), y El hombre que escribía los cuentos más tristes, en este caso una selección de entradas estrictamente literarias, ambos publicados por Algorfa. Y también le debo una buena cantidad de lectores, a muchos de los cuales llamo amigos, que lo han leído con generosidad estos años y que me han provocado el estímulo suficiente como para perseverar en una labor que no tiene otra recompensa —al contrario, se lleva un tiempo que debo compartir con mis deberes profesionales y mis necesidades familiares y sociales— que el pensar, y en unos cuantos casos saber, que lo que quiero compartir encuentra el debido eco al otro lado de la pantalla. ¿Cómo «celebrar» esta efeméride? Me he animado a poner por escrito un conjunto de ideas que hace pocas semanas tuve ocasión de expresar en voz alta, en amena conversación con el periodista Héctor Márquez, en la charla-presentación de mi segundo libro en El Tercer Piso de la estupenda librería malagueña Proteo. Héctor tuvo la habilidad de conducir la charla en torno a mis preferencias literarias y cómo habían ido surgiendo o cimentándose, así como sobre las diferentes referencias lectoras entre unas generaciones y otras. Es así como se me ha ocurrido, no sin presunción, realizar una pequeña reflexión sobre el recorrido que acabaría haciendo de la lectura una de las mayores satisfacciones de mi vida: recurriendo a una expresión rimbombante, la forja de un lector. Seguir leyendo

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¿Quién era el amigo americano?

El inquietante talento de Mr. Ripley

Cartel aleman de El amigo americanoNunca me canso de contar el tremendo impacto que me produjo la primera vez que me solidaricé con un asesino. Por supuesto, se trataba de Tom Ripley, el personaje creado por Patricia Highsmith, si bien ese Ripley del que me descubrí deseando que no lo atraparan no era exactamente el suyo sino el encarnado por Alain Delon en esa maravillosa adaptación que es A pleno sol (1960). Los rasgos aniñados de Delon, suavemente expresivos —todavía tardaría en descubrir el hieratismo en sus polars para Jean-Pierre Melville—, denotando cierta indefensión (incrementada por su condición de mero bufón objeto de continuas humillaciones por parte ese egocéntrico americano al que acabará matando), entraban de pronto en flagrante contradicción con sus actos criminales, con el descubrimiento de la mente profundamente calculadora que encubría esa dulce apostura (y que remarcaba aún más su voz española, Manuel Cano, apodado la «voz de seda», cuya serena belleza también parecía desmentir cualquier maldad bajo la piel). Daba igual: a partir del momento en que el cerco parece estrecharse sobre Ripley, el niño que era yo deseó con todas sus fuerzas que su héroe consiguiera escapar del cerco de sospechas y ganar para siempre lo que tanto ha deseado, y justificado, sus tropelías previas: «lo mejor». Más adelante descubrí que no había un solo Tom Ripley. En primer lugar, el Ripley de la novelista (o sea, de su creadora) poco tenía que ver con el encarnado por Delon, aunque hicieran las mismas cosas. Bien al contrario, en el libro es un ególatra completamente amoral por el que es imposible sentir la menor simpatía (que es justo lo que pretendía la autora, desde luego). Desde entonces, Ripley ha demostrado ser un personaje capaz de muchas dimensiones, en función de la perspectiva con que lo han querido abordar cuantos han centrado su atención sobre él, que han sido muchos cineastas y bien relevantes. Algunas de ellas las voy a abordar en el siguiente artículo, motivado por mi revisión de otra de las mejores adaptaciones de sus andanzas, El amigo americano (1977), del alemán Wim Wenders. Seguir leyendo

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En Café Montaigne: Érase una vez en América

Poster de Erase una vez en AméricaLos testamentos cinematográficos, en general, no existen. Raro es el director que cierra su carrera, de modo consciente, con una película en la que pretende concentrar una última vez la esencia de su cine: por lo común o no lo dejan seguir trabajando por edad o se muere antes de tener otra ocasión. Es un concepto creado, como casi siempre, por la mitomanía cinéfila o por los estereotipos críticos. Sin embargo, hay ocasiones en que, de modo impremeditado, la última película de un realizador condensa las claves de su concepto del cine de modo eminente. Así sucede con Érase una vez en América, la última película de la tristemente corta filmografía de Sergio Leone, un hombre que tan solo firmó siete trabajos en el curso de veintitrés años, de 1961 a 1984. Para colmo de males, este título postrero supuso un enorme fracaso comercial: su sueño de filmar por fin un trabajo íntegramente norteamericano se tropezó con las infamias habituales de los estudios cuando se las ven ante una obra que los desconcierta y que resulta inesperadamente heterodoxa. Hollywood creyó que Leone les iba a facturar una especie de El Padrino (además, con Robert DeNiro como protagonista) y se encontraron con una reflexión sobre el tiempo y la memoria, organizada en varios segmentos temporales y con una sofisticación narrativa a la que no estaban acostumbrados. Por tanto, la cortaron e incluso, en Europa, la dividieron en dos partes. Leone falleció pocos años después, sin poder montar ningún otro proyecto. Le habría emocionado, desde luego, saber que en pocos años, su película se convertiría en una obra de culto, primero, y en un trabajo reivindicado como uno de los últimos grandes títulos del cine americano (y mundial, claro), después. Hace pocas semanas he conseguido verla por primera vez en pantalla grande, con el metraje más fiel posible, y el resultado, como antes en las emisiones televisivas, me ha dejado con la boca abierta. En la revista digital Café Montaigne intento justificar el porqué de esa fascinación, que convierte este trabajo en la tercera cumbre de la carrera de su autor, después de las inolvidables El bueno, el feo y el malo (1966) y Hasta que llegó su hora (1968), siendo, como estas, una muy particular mirada del director italiano sobre dos géneros tan propiamente estadounidenses como el western y el cine de gangsters. Y cómo no considerarlo, en efecto, un testamento cuando culmina esa arrebatadora concepción del cine que tuvo su autor: una relación entre imagen y música, como siempre de Ennio Morricone, que solo puede calificarse de simbiótica; una muy particular cadencia de la escena; un dibujo fascinador de personajes a partir de las particulares presencias de los actores (solo falla, claro, un actor del que se podrá decir lo que sea, menos que tiene presencia en el sentido clásico del término, DeNiro); una genial interrelación entre el hiperrealismo escenográfico y el onirismo puro que inesperadamente emana de ese tratamiento…

Érase una vez en América o la fábula del infeliz que creía en la amistad

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La segunda serie de los Episodios Nacionales: las novelas (II)

Aspectos generales                 Las novelas I      II

Los cien mil hijos de san luisLos cien mil hijos de San Luis. En el Congreso de Verona de 1822, las potencias absolutistas (con la aquiescencia de Inglaterra) habían decidido la intervención en España. Bajo el mando del sobrino de Luis XVIII, el duque de Angulema, un ejército francés que fue bautizado como indica el título del libro, entró en la península y, aprovechando la enorme división entre los liberales y la tibieza de la reacción del pueblo, «liberó» al rey Fernando, al que se había conducido, triste ironía, al Cádiz donde había sido aprobada la constitución tan odiada por él. Este es el episodio histórico que sirve de marco a la acción. Galdós, necesitado de un personaje que se mueva entre las bambalinas del bando absolutista, concede el protagonismo a Genara, que reaparece en la serie convertida en una mujer de mundo consciente de su poderío entre los hombres. Así, en el tal vez más insólito cruce entre Historia y Ficción de toda la serie, comisionada por los partidarios de Fernando, Genara se entrevista con el mismísimo Chateaubriand, hoy ante todo el insigne escritor de las Memorias de ultratumba, entonces ministro de Asuntos Exteriores y el más firme partidario de la intervención, quien no duda en darle a la mujer la razón de esa postura: atemorizar a los revolucionarios que pueden hacer más daño a Francia, los propios y los italianos. La pobre España, víctima de intrigas nacionales. Seguir leyendo

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La ambigua indolencia de Robert Mitchum

Robert MitchumRobert Mitchum parecía contemplar el mundo a distancia, como si las cosas que sucedieran ante él no le importaran mucho. Tenía el aire (que se fue incrementando con los años) de haberse despertado pocos minutos atrás, y es por ello que la primera sensación que transmitía era de indolencia: diríase que sus personajes se mueven (viven) por inercia, que van aquí como podrían ir allí, que se meten en un lío del mismo modo que podían haberlo evitado. Porque no les importa en realidad. Además, era alto, ancho de espaldas, corpulento: parecía pesado de movimientos. Y sin embargo, esa pesadez era aparente, tanto como su indolencia. En realidad, la imagen que más se aviene a su personalidad es la de un gato: cuando la situación lo exigía (y Mitchum tendría ocasión de demostrarlo en incontables westerns y thrillers, los dos géneros que más frecuentó), era capaz de moverse con increíble rapidez, abatiendo al antagonista casi sin que este se espere la que le viene encima. Su mirada, su gesto, y cierta tendencia a torcer la sonrisa que tuvo el acierto de utilizar solo de cuando en cuando, añadían a esa indolencia otro rasgo: el cinismo. Podría haber sido encasillado con facilidad en papeles de villano, y sin duda de ello solo le libró la indudable apostura que tenía cuando empezó a trabajar en el cine. Robert Mitchum fue la estrella más ambigua que se paseó por las pantallas de Hollywood. Fue capaz de ser tanto uno de los grandes emblemas de nobleza de la pantalla como el más desatado villano del mundo, incurriendo incluso en la psicopatía. Sin embargo, donde mejor se movió fue en ese estrecho margen en el que al final es el puro azar el que parece dictar si sus personajes acabarán a uno u otro lado de esa línea, no siempre clara, que separa la integridad de la oportunidad. Por si acaso, nunca hay que dar pistas de lo que uno va hacer al instante siguiente, y por ello qué mejor que parecer siempre ambiguamente indolente. Seguir leyendo

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La segunda serie de los Episodios Nacionales: las novelas (I)

Aspectos generales         Las novelas I     II

Como ya hice al abordar hace un tiempo la primera serie de los Episodios Nacionales, voy a ir comentando libro por libro de los diez que componen esta segunda entrega. Mi propósito es diferenciar unos de otros, reseñando su argumento, sus componentes dramáticos y su relación con el contexto histórico (no puedo evitar ser profesor de Historia cuando leo estas obras), y expresando un juicio cualitativo sobre ellos, que pueda servir de ayuda o de recuerdo a quienes los hayan leído, lo vayan a hacer o, al menos, pretendan tener una impresión general de la obra. Por ello, inevitablemente la trama se cuenta con detalle.

El equipaje del rey JoseEl equipaje del rey José. Galdós tenía claro que buena parte de los lectores de la nueva serie lo habrían sido también de la primera. Es por ello que este arranque casi podría considerarse el epílogo de la anterior, a la vez que el necesario proemio al nudo dramático y argumental de la segunda. El escritor comienza situándonos ante un corro de madrileños que comentan las noticias fresquísimas de la inminente huida de José I, que implica también la de aquellos que apostaron a su carta. Sus nombres nos son familiares: don Mauro Requejo (que había intentado nada menos que forzar la voluntad de Inesilla, la amada de Gabriel Araceli, en El 19 de marzo y el 2 de mayo), el licenciado Lobo, cómplice del anterior, el padre Salmón, etc. Es más, el muchacho con uniforme de guardia francés al que paran en la calle, Salvador Monsalud, que va a ser el protagonista de la serie, tiene el apellido de un personaje que aparecía fugazmente en el décimo episodio, haciendo un papel nada lucido en el acontecimiento que le da título, La batalla de Los Arapiles: es el tío del protagonista. Estos vasos comunicantes entre las dos series habrán de ser frecuentes en adelante, consiguiendo crear a la perfección la sensación de continuidad pese al cambio de personajes centrales. La España de Fernando VII es la misma de la Guerra de la Independencia y siendo Madrid el centro de la acción no ha de extrañar que sigan viviendo allí quienes ya lo hacían en esos agitados años. Seguir leyendo

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La segunda serie de los Episodios Nacionales: Caín es español

Aspectos generales             Las novelas I   II               La primera serie

Edicion en Destino de la segunda serie de los Episodios NacionalesApenas concluida la redacción y publicación de la primera serie de los Episodios Nacionales, el joven Benito Pérez Galdós ya estaba manos a la obra con la segunda. El marco histórico que iba a recorrer esta nueva decena de novelas sería el reinado de Fernando VII, desde su tan deseado regreso en 1814, hasta su muerte, extendiéndose todavía unos pocos meses de 1834 para narrar el estallido del conflicto carlista. Si la primera serie la concluyó en algo más de dos años, para la segunda empleó más, pues se escriben entre junio de 1875 y noviembre de 1879. Hay que tener en cuenta que si el canario no había compaginado la primera de las redacciones con ningún otro proyecto novelístico, ahora sí lo hizo: en el segundo lustro de los años setenta ven la luz Doña Perfecta (1876), Gloria (1876-77), Marianela y La familia de León Roch (ambas de 1878). La ambición del autor, y la conciencia de sus propias posibilidades, son ahora mayores y el escritor se ve desbordado de proyectos. Es por ello que cabe calificar esta segunda serie como más compleja, más diversa, abierta a más registros. Y más desengañada, muchísimo más desengañada. Si en la primera serie, las rivalidades entre los españoles, indiscutibles, todavía pueden verse solapadas ante la presencia del enemigo común que son los franceses, en el reinado del Rey Deseado (del Rey Infame, como al final muchos lo llamarían), España se desgarra en banderías, cada uno con un concepto de la sociedad, de país y, si se me apura, del mundo radicalmente incompatibles entre sí, hasta el punto de que la sencilla división inicial entre liberales y absolutistas acaba complicándose mucho más, pues ni entre estos se ponen de acuerdo. A la altura del tiempo desde el que escribía (acaba de concluir el desalentador Sexenio Revolucionario, en el que tanta gente como él puso sus ilusiones y que a tantos como a él decepcionó), Galdós no tiene la menor duda: el cainismo es la principal característica de nuestro país. España está (¿estamos?) condenados a no ponerse de acuerdo jamás y, tristemente, a matarse entre sí a la menor ocasión con especial saña. Galdós lo vio bien: Caín era español. Y no podía imaginar que, en el futuro, esta irracional necesidad de hacerse daño unos a otros todavía alcanzaría mayores cotas. Seguir leyendo

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El jinete polaco y El siglo: la cuarta novela

Antonio Muñoz Molina y Javier Marias

Posiblemente, los dos escritores de mayor repercusión crítica —nada desdeñable tampoco desde el punto de vista comercial— de la literatura contemporánea española (la correspondiente ya al periodo democrático) sean Antonio Muñoz Molina y Javier Marías. Son dos escritores que además han tenido (hablo en pasado por uno de ellos, Marías, tristemente fallecido hace poco) una notable trascendencia pública, puesto que han frecuentado las páginas de periódicos y revistas, comentando la actualidad política y social tanto como analizando la cultura y el arte coetáneos. Al primero lo leo de modo más esporádico, pero siempre con deseos de cubrir los numerosos huecos que de él me quedan; al segundo, lo leo y lo releo con frecuencia, y de ahí la desdicha de saber que ya no añadirá nada más a su magnífica obra publicada. Acabo de leer consecutivamente un libro de cada uno, y me apetece comentarlos dentro del mismo artículo. Se trata de El jinete polaco (1991), del primero, y de El siglo (1983), del segundo. Pese a las evidentes diferencias entre ambos, comparten un vínculo: cada libro es la cuarta novela respectiva de su autor. Eso sí, en las trayectorias de ambos ostentan un rango muy diferente. La primera ganó el Premio Planeta de su año y terminó de encarrilar la carrera de Muñoz Molina. La segunda, en cambio, pasó completamente desapercibida e incluso en su primera reedición, más de una década después, tampoco gozó de especial suerte, hasta el punto de haber sido durante mucho tiempo algo así como la novela «maldita» de Marías. Ambas son muy distintas en planteamiento y en longitud, pero ambas comparten una misma condición: sacan a la luz de modo definitivo al autor que se hallaba en potencia y que desde entonces no dejará de crecer. Seguir leyendo

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En Kalewche, artículo sobre El proceso, de Kafka (y Welles)

KafkaEl excelente semanario digital Kalewche, con el que ya he colaborado en alguna ocasión (así como en Corsario Rojo, la revista en PDF que es su prolongación natural), está conmemorando como merece el centenario de la muerte del gran escritor checo en lengua alemana, Franz Kafka. Desde que me leyera La metamorfosis con catorce o quince años este autor siempre ha figurado entre mis predilectos. Por tanto, me uno con entusiasmo a esa celebración con un artículo sobre la que tal vez sea su mejor novela, El proceso, publicada póstumamente por su amigo Max Brod pero redactada unos diez años atrás. Esta obra tiene el atractivo de que, aun cuando Kafka la dejó inacabada, como sus restante novelas, sin embargo tuvo ocasión de escribir su capítulo final y por ello parece una obra conclusa (si bien sus admiradores sabemos bien que uno de los temas centrales  del escritor es precisamente el de la infinita postergación de las acciones que emprenden sus personajes). Por sugerencia de Federico Mare, uno de los dos directores de Kalewche (el otro es Ariel Petruccelli), he adaptado un artículo previo publicado en mi blog, y asimismo trasladado a mi reciente libro El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios, estableciendo un diálogo con su mejor adaptación al cine, la película homónima que dirigió el gran Orson Welles en 1962, parte esta que es completamente inédita. El título del artículo, El proceso de Kafka (y Welles): ¿pesadilla razonable o pesadilla irracional? recoge creo que muy bien la premisa que planteo en él. Kafka, de acuerdo con ese inquietante estilo que fue su sello personal, desarrolla la odisea de Josef K. mediante una sobriedad narrativa que hace racional lo que debería parecer irracional; Welles, en cambio, subraya esta última condición, que es la que mejor se aviene con su debilidad por el barroquismo visual. Irónicamente, tengo la sensación de que el famoso concepto de lo «kafkiano» hoy día se corresponde con la película que con la novela. Como siempre, mi esperanza es que sintáis la curiosidad suficiente para confrontar en primera persona mi visión sobre estas dos obras, a cuál más perturbadora.

El proceso, en Kalewche

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La saga Mad Max: arena, gasolina y más arena

Mel Gibson es Mad MaxEs curioso que hasta hace escasas fechas nunca hubiera visto ninguna de las películas que componen la trilogía ochentera de Mad Max, tanto más cuanto que yo pertenezco a la generación videoclubera que tantas películas de género, espléndidas o infames, nos descubrió a los adolescentes de los ochenta. Pero mis ojos debieron de resbalar sobre sus carátulas sin mayor atención (tengo que decir que, a diferencia del resto de mis amigos, yo empleaba buena parte de mis visitas en alquilar cine clásico, lo que me convertía en un bicho raro, por supuesto). Mi primer Mad Max fue el que, con el subtítulo de Furia en la carretera, reanudaba el ciclo, o más bien lo reformulaba, en 2015, film que me deslumbró por la increíble nitidez narrativa que demostraba la realización de George Miller, responsable de todo el ciclo, máxime cuando aquella está al servicio de una persecución casi sin tregua, a toda velocidad, que ocupa prácticamente las dos horas de metraje. Hace pocos días acudí a ver la inevitable secuela (mejor dicho, precuela) de este título, Furiosa: de la saga Mad Max, y es entonces cuando mi conciencia cinéfila, que siempre se empeña en imponerme deberes, me ha llevado a rescatar la mencionada trilogía. Dedico el presente artículo al comentario de las cinco películas que componen el conjunto entero, pese a que las tres primeras, lo adelanto ya, me han parecido, por su orden cronológico, pésima, mala y mediocre. Sin embargo, confieso que me seducen los ciclos, como me atraen, en general, las variantes de una historia ya sea a través de remakes, continuaciones, versiones apócrifas y adaptaciones con o sin continuidad, con solo que contengan algo de interés: de los ciclos sobre monstruos clásicos del terror de la Universal y la Hammer a los Aliens surgidos del clásico de Ridley Scott, de la saga de Star Wars al Universo Cinematográfico Marvel pasando por James Bond o Ripley (el personaje de Patricia Highsmith, no la avezada guerrera estelar interpretada por Sigourney Weaver, que también). De paso, y ese es siempre uno de los objetivos centrales de mi blog, me permito recapitular sobre los vínculos y divergencias entre los distintos títulos que lo componen. Y no iba a ser menos para mí la saga Mad Max… Seguir leyendo

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¡Firmo en la Feria del Libro de Madrid!

Feria del libro en Madrid

Este sábado 8 de junio cumplo un sueño: visito la Feria del Libro de Madrid. En realidad, el sueño consistía en pasear alguna vez por sus puestos como mero cliente. Tantos años contemplando en los informativos las imágenes del Retiro atestado de stands de librerías, jurándome que algún día yo iría desde mi Málaga para visitarlo (pero el mes en que se celebra es malo para quienes trabajamos en la enseñanza: el curso acaba y se acumulan los exámenes y la absurda burocracia digital)… y cuando por fin puedo cumplirlo, no solo voy a pasear sino que voy a estar dentro de uno de esos puestos firmando ejemplares de mi libro, recién salido al mundo, El hombre que escribía los cuentos más tristes. ¡Prepárate, Pérez-Reverte! ¡Tiembla, Javier Castillo! ¡Espero que no estéis situados cerca de mí (más que nada para que las colas que vais a formar no tapen mi modesto sitio de firmas…)! Estáis invitados, por tanto, a pasaros el sábado próximo, a las 12 horas, por la caseta de la Asociación de Editores de Andalucía (Bloque 21C nº 2) —me iré un rato antes para encontrar el lugar, por si me pierdo—, que allí me tendréis para firmar y charlar un rato. ¡Os espero!

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Anatomía de un instante o el tema del traidor y del héroe

Anatomia de un instante, libro de Javier Cercas.jpgComo sucede con todas las fechas en que tuvo lugar un evento singular, ¿quién no recuerda lo que estaba haciendo el 23 de febrero de 1981, es decir, el día del golpe del 23-F? Yo me encontraba castigado en mi colegio Alfonso X, terminado el horario escolar, y mi principal recuerdo de esa tarde es la desacostumbrada inquietud que delataban las idas y venidas de los profesores que pasaban delante del rincón de la secretaría donde me habían sentado: no entendía de qué hablaban pero me lo estaba pasando la mar de entretenido. Entonces apareció mi padre, que venía a recogerme en persona, algo inhabitual por cuanto el colegio contaba con transporte escolar. En el trayecto a casa, visiblemente preocupado, me dijo lo que estaba pasando y que era necesario estar todos juntos en casa. Él era entonces sindicalista de UGT y presidente del comité de empresa de Iberia en Málaga y siempre contó el suceso con unos aires de trascendencia que los hijos traducimos, con guasa, como una forma de darse importancia, cuando él no sería más que un pececillo en el mar de peces grandes que podían sentirse verdaderamente preocupados por el resultado del golpe. En cualquier caso, y teniendo en cuenta que cada año tengo que explicar el episodio a mis alumnos de Historia de España de 2º de Bachillerato, el 23-F siempre me ha interesado mucho. Y el libro que hace años que recomiendo a los chavales, y que acabo de releer con admiración incontenible, no es una obra histórica, aunque el trabajo de investigación del autor permita utilizarlo para adentrarse con detalle en sus pormenores, sino una obra literaria acerca de un episodio de la Historia. Una obra cuyo valor se encuentra, precisamente, en la perspicacia psicológica (traducida mediante un memorable sentido dramático) y la cadencia propia del escritor de novelas con que se exponen tanto los hechos como, sobre todo, la indagación política y moral acerca de sus principales protagonistas. Se trata de Anatomía de un instante (2009), de Javier Cercas. Seguir leyendo

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Burt Lancaster: acróbata, príncipe, charlatán

Burt Lancaster, inmortal Joe Erin en VeracruzNo tenía ninguna formación; en principio, nada en su trayectoria parecía anticipar su dedicación a la interpretación. Se había iniciado profesionalmente como artista de circo hasta que una lesión lo retiró de las pistas. Paseó su desorientación por diversos oficios (incluido el de la guerra) hasta que alguien advirtió que tenía buena planta y le dio un papel en el teatro. Poco después, esa vieja historia que muchas veces nos suena a mito pero que se hacía realidad de cuando en cuando, sucedió: un productor de Hollywood que buscaba un rostro nuevo pensó que le vendría bien para el personaje central de la película que iba a producir, un papel poco exigente en principio, que necesitaba poco más que una imponente condición física. Eso sí, el papel lo iniciaba directamente en el cine como protagonista, estatus del que solo lo apearía la edad, aunque seguiría disfrutando de roles extensos si ya no el principal. Tardó tiempo en ser respetado. Le perjudicaba, como a otros grandes actores (John Wayne, por ejemplo), que pareciera eso que ya se ha dicho: solo alguien con buena planta. Y en un principio, debe reconocerse, era ante todo una presencia. Su evolución como actor habría de ser de las más apasionantes que ha dado el cine. Ese muchacho de cuerpo envidiable y expresión enérgica acabaría revelando una variedad de registros muy superior a la de otros intérpretes de su estilo. Es más, demostraría una desconcertante facilidad para pasar de la actuación más sobria y ascética a la exuberancia más desatada, cuando no directamente histriónica (mas sin dejar entrever el mero narcisismo personal, al estilo de Marlon Brando o del Paul Newman joven, sino sabiendo ponerla al servicio de personajes que así lo demandaban). El hombre que solo parecía adecuado para personajes plebeyos que se expresan mediante la acción o la violencia de pronto fue descubierto por la crítica internacional como la encarnación perfecta de una aristocracia tal vez decadente pero todavía digna, exhibiendo una elegancia y una compostura que nadie habría adivinado en aquel tipo que saltaba sobre arboladuras y tejados. Encarnó como pocos la fuerza más exultante, pero también supo conmovernos dando vida al desmoronamiento de los sueños del vigor: a la decadencia física. Fue acróbata. Fue príncipe. Fue charlatán. Fue, sencillamente, Burt Lancaster, uno de los más grandes actores de todos los tiempos. Seguir leyendo

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