Posiblemente, los dos escritores de mayor repercusión crítica —nada desdeñable tampoco desde el punto de vista comercial— de la literatura contemporánea española (la correspondiente ya al periodo democrático) sean Antonio Muñoz Molina y Javier Marías. Son dos escritores que además han tenido (hablo en pasado por uno de ellos, Marías, tristemente fallecido hace poco) una notable trascendencia pública, puesto que han frecuentado las páginas de periódicos y revistas, comentando la actualidad política y social tanto como analizando la cultura y el arte coetáneos. Al primero lo leo de modo más esporádico, pero siempre con deseos de cubrir los numerosos huecos que de él me quedan; al segundo, lo leo y lo releo con frecuencia, y de ahí la desdicha de saber que ya no añadirá nada más a su magnífica obra publicada. Acabo de leer consecutivamente un libro de cada uno, y me apetece comentarlos dentro del mismo artículo. Se trata de El jinete polaco (1991), del primero, y de El siglo (1983), del segundo. Pese a las evidentes diferencias entre ambos, comparten un vínculo: cada libro es la cuarta novela respectiva de su autor. Eso sí, en las trayectorias de ambos ostentan un rango muy diferente. La primera ganó el Premio Planeta de su año y terminó de encarrilar la carrera de Muñoz Molina. La segunda, en cambio, pasó completamente desapercibida e incluso en su primera reedición, más de una década después, tampoco gozó de especial suerte, hasta el punto de haber sido durante mucho tiempo algo así como la novela «maldita» de Marías. Ambas son muy distintas en planteamiento y en longitud, pero ambas comparten una misma condición: sacan a la luz de modo definitivo al autor que se hallaba en potencia y que desde entonces no dejará de crecer.
El jinete polaco (1991). Siempre me había intrigado la curiosa aureola que rodea a esta novela: siendo el Planeta un premio que hoy se considera una operación comercial nada prestigiosa, el libro mantiene incólume su prestigio y hoy son muchos los que siguen considerándolo la pieza central de la obra de su autor. Por otra parte, sea o no un premio adjudicado de antemano como es vox populi, debe reconocerse la valentía de sus promotores al distinguir un libro de casi seiscientas páginas (en la edición de bolsillo en que yo lo he leído) que no se devoran con la ligereza típica de un premio que, no es ningún secreto, está concebido para vender. Es más, la prosa de Muñoz Molina en principio parece encajar difícilmente con los parámetros habituales en la literatura multiventas, con sus periodos largos, sus morosas enumeraciones, su vaguedad argumental, su gusto por la digresión o el uso de una estructura temporal que avanza y retrocede sin señalar fechas ni lugares (como hacen tantos best-sellers que también discurren por muchos tiempos y espacios pero consignan escrupulosamente cada cambio para que los lectores no se «pierdan»). Y dicho esto, olvidemos que estamos ante un premio Planeta.
El motor de la historia es el inicio de una apasionada relación sentimental, en Nueva York, entre Manuel y Nadia, un hombre y una mujer sorprendidos por el hallazgo del amor verdadero en ese momento, mediada la treintena, en que el ser humano se ve asediado por la urgencia de encontrar al fin el rumbo firme que ahuyente el amargor del fracaso, el temor de que si nuestra vida ha sido hasta ahora irrelevante, amenace con serlo para siempre. Los dos descubren además que sus trayectos estaban vinculados de antemano por dos circunstancias. La primera: Mágina, la pequeña ciudad andaluza donde creció Manuel, es también el lugar donde el padre de Nadia, militar de carrera, se mantuvo fiel a la República el 18 de julio de 1936, y allí, después de media vida fuera del país, es donde llevó a su hija a pasar unos meses. La segunda: en el apartamento neoyorquino de Nadia, Manuel descubre un baúl repleto de fotografías de las gentes y los rincones de Mágina, que el hombre que durante muchas décadas fuera el único profesional de ese ramo en la ciudad le legara a su padre antes de irse para siempre de allí.
Se ha hablado sobradamente del propósito de reconstrucción personal (con las licencias propias de la ficción) con que Muñoz Molina emprendió la redacción del libro. Mágina, como se sabe bien, no es sino el nombre literario que el escritor jiennense da en sus novelas —la primera vez había sido en Beatus Ille (1986), su opera prima— a su ciudad natal de Úbeda, un lugar hoy tan moderno como casi cualquier rincón de la España del siglo XXI, que se integra destacadamente en todas las rutas turísticas de Andalucía, pero que antes no había sido sino una población de la España interior tan atrasada como lo estaba el país en general y su medio rural en particular. Un rincón que para aquellos de sus habitantes con mayores inquietudes bien podía parecer situado en mitad de la nada, una prisión sin paredes de la que era necesario escapar para poder ser algo. Justo lo que le sucede a Manuel, ese alter ego de Muñoz Molina que, como el escritor del que se erige en avatar, se marcha de allí al emprender los estudios universitarios. Ahora bien, el descubrimiento de Manuel, como seguramente el de Muñoz Molina, es que ese ambiente demasiado cotidiano del que durante tanto tiempo quiso escapar también forma parte indisociable del hombre que ahora es, no tan diferente del que entonces fue, puesto que ambos, con más o con menos años, siguen persiguiendo lo mismo: la obtención de ese espejismo que se llama felicidad.
El jinete polaco, por lo tanto, es ante todo una reflexión sobre el paso del tiempo y sobre la memoria personal, construida mediante una sucesión de fragmentos que alternan la perspectiva en primera persona con la narración en tercera, que saltan en el tiempo en función de la evocación y del personaje en torno al que se articula esta. Son famosos algunos de los resortes utilizados por autores de renombre como catalizadores de la memoria: la magdalena de Proust o el trineo donde está grabado el misterioso Rosebud que pronunciaba el ciudadano Kane en la película de Welles. Muñoz Molina también organiza los recuerdos de sus personajes a partir de distintos objetos. Uno de ellos, precisamente, es el grabado que reproduce la pintura de Rembrandt que da título a la novela y que Nadia ha heredado de su padre (recomiendo a quien vaya a leer el libro que lo primero que haga sea procurarse, vía Google, una imagen directa del cuadro). Sin embargo, lo que hace el escritor ante todo es ir creando asociaciones: un objeto, una impresión, conduce a otro, a otra, y así hasta llegar al encadenamiento final.
Por ejemplo, ese grabado, que el padre de Nadia compró precisamente en su regreso a Mágina, aparece en la vida de Manuel cuando este descubre la pintura original en el lugar donde está expuesta, un museo poco conocido pero encantador de Nueva York, la Frick Collection. No sabe que en pocos días él mismo habrá de verlo colgado en la casa de la mujer a la que todavía no sabe que ama, pero allí mismo lo asocia con Miguel Strogoff, el inmortal personaje de Julio Verne, debido al ambiente del cuadro y al ademán intrépido del jinete, ajeno a todo lo que no sea seguir su camino. Manuel recuerda en ese momento que el correo del zar conoció a una joven rubia en el curso de la aventura, que luego la perdió y la volvió a encontrar y ella, más tarde, le salvaría la vida. ¿Hay que indicar que ese personaje femenino se llama Nadia…?
El conjunto de personajes con la suficiente voz propia es inabarcable, de los familiares directos de Manuel a esos habitantes de Mágina con los que comparten el tapiz de evocaciones. Es curioso que los que protagonizan las páginas más interesantes no sean los primeros sino los segundos, como si aquellos tuvieran un contagio de realidad (ignoro hasta qué punto responden a los propios ancestros del escritos) que los hace más cotidianos, por ende menos literarios. Sin la menor duda, uno de los más recordables del libro, gracias al magnífico trazado del complejo existencial que marca su vida, es precisamente el padre de Nadia, el comandante Galaz, militar sin vocación, exiliado sin dolor, esposo sin amor. Es más, el escritor acierta al atribuirle ese nombre tan raro y sonoro, versión hispana de un personaje bien conocido de la literatura artúrica, Galahad, el hijo de Lanzarote del Lago, destinado por su corazón puro a ser quien encuentre el Santo Grial. Qué mejor nombre para quien también hará muestra de una nobleza sin mácula en el momento, el día del Alzamiento, con sus oficiales en contra, en que era más difícil y necesario hacerlo.
En un sentido menos solemne, un personaje que resulta entrañable es el del jefe de policía local, el inspector Florencio Pérez, poeta en secreto que escribe sus composiciones líricas, para disimular, en el dorso de los expedientes y que dolorosamente se sabe fracasado en esos dos ámbitos: en el profesional porque sus subalternos nunca lo han respetado como él cree merecer y en el artístico porque nunca se atrevió a revelar su vocación para no ser tomado en solfa. Por cierto que este personaje parece estar inspirado por el padre nada menos que de Joaquín Sabina, también citado (no de modo expreso, claro) en el libro y que igualmente es nacido en Úbeda.
La ausencia de capítulos definidos, los saltos hacia delante y hacia detrás en el tiempo, el tránsito de unos personajes a otros, por no hablar del estilo enumerativo o de las (excesivas) referencias a la porosidad de unos recuerdos mediatizados por la frustración del presente, crean una sensación de desorden que podría parecer aleatorio: una reproducción de la estructura caótica de la memoria, que asimismo deviene expresión simbólica de la desorientación de sus dos protagonistas. Ahora bien, a medida que avanza la novela, el caos va revelando un sentido y un orden tras el cual se halla un demiurgo, Muñoz Molina, que nos conduce hacia un final en el que todo confluye y se da sentido mutuamente, al modo de un laborioso puzzle de miles de piezas o de un mecanismo de relojería compuesto por engranajes que parecen infinitos pero cada uno de los cuales tiene una función concreta. El gran mérito del escritor es conseguir que la novela sea mucho más que un ejercicio de orfebrería literaria, que en toda la parte final se devora con admirable adhesión emocional, y qué mejor prueba que el que acabe convenciéndonos a los lectores de que, por distintas que sean las circunstancias de nuestra propia existencia, la vida se construye para todos en la misma misteriosa confluencia entre el azar y la voluntad personal.
El jinete polaco es el libro de un autor que considera que ya ha agotado el periodo de ensayos. Después de Beatus Ille, de Beltenebros y de El invierno en Lisboa, que habían recibido grandes alabanzas por su «habilidad narrativa», el escritor de Mágina, perdón, de Úbeda, concibió la ambición de dar a la luz eso que en el siglo XX se llamó novela-mundo, al estilo de Rayuela (1963) o de Cien años de soledad (1968), y quizá eso explica que aceptara presentarla al Planeta: una obra de esas intenciones se merecía la mayor repercusión posible. En el balance entre sus insuficiencias y sus virtudes, el peso de estas últimas obliga a rendirse con admiración al arriesgado propósito del escritor.
El siglo (1983). No sé si es admisible decir que el autor de El siglo todavía no es Javier Marías. Me explico: mientras que Muñoz Molina fue reconocido desde el principio, a Marías (debutante en la profesión en 1971, con veintiún años) todavía no lo conocía prácticamente nadie y quienes se habían hecho eco de su existencia —era hijo del reconocido pensador Julián Marías— era para señalar (lo indica él mismo en los diferentes artículos que acompañan la última edición del libro, en Debolsillo, sello de Penguin Random House que está publicando toda su obra en ese formato) que sus novelas parecían «traducidas». El ascenso de Marías a figura central de nuestra literatura se produciría a partir de su siguiente novela, El hombre sentimental (1986), en el encuentro con un nuevo editor, Gonzalo Herralde, que le valdría el premio convocado por su editorial, el Anagrama (por cierto que la ruptura entre ambos, apenas una década después, sería sonada). Este ascenso al éxito no supondría el fin de las mismas críticas anteriores. Así, por ejemplo, Francisco Umbral, en su Diccionario de Literatura, de 1995, todavía lo despacharía con displicente indiferencia como novelista «angloaburrido».
Pues bien, El siglo me parece no solo una novela espléndida sino bien representativa de ese estilo literario que los que amamos a Javier Marías reconocemos al instante, porque en sus páginas se intuyen Todas las almas, Corazón tan blanco o la trilogía Tu rostro mañana. En esencia, una forma de escribir muy característica, con predilección también por los periodos largos, por la separación de las frases mediante comas (aunque aquí no tanto como en el futuro), por el uso de citas —por ejemplo en relación con el título, que aunque parezca «corriente» está extraído del poeta latino Propercio— a partir de las cuales orquesta un notable juego de referencias morales o metafísicas o por la construcción de una atmósfera opresivamente literaria en torno a sus personajes (es decir, haciendo que parezca que son las palabras en sí y no los hechos y reflexiones que estas narran las que condicionan la trayectoria de aquellos). Pero fundamentalmente creo que brilla con luz propia uno de los elementos cenitales de la literatura de Marías: su capacidad de análisis de los sentimientos y de las emociones por medio de la singular paradoja de hacer que una prosa que parece fría y distante acabe hablando con admirable profundidad de los rasgos que más nos humanizan: el amor, el resentimiento, el anhelo, la frustración…
La estructura de la novela es muy afortunada, con su distinción entre los capítulos impares y los pares. Los primeros cuentan con un narrador en primera persona, el protagonista, Casaldáliga, hombre de familia muy rica que durante el franquismo ha sido un juez implacable, que agoniza en una casa al borde de un lago frente al que reflexiona no tanto sobre su vida sino sobre las circunstancias presentes de sí mismo. Los segundos narran en tercera persona los años que van desde la infancia del personaje (de quien nunca conoceremos su nombre de pila) hasta 1939, el momento en que, en sus propias palabras, encuentra ese «destino» que busca desde que su padre le inculcó esa idea en los días de la niñez (un destino «que merezca contarse y se pueda contar», habían sido sus palabras exactas). Un críptico objeto de deseo que, tras varios errores (un matrimonio con una mujer a la que pronto deja de amar, la tentación del heroísmo militar en los días de la guerra, que deja pasar en una Lisboa apática sin ser capaz de elegir bando), termina concretándose en su ofrecimiento como delator a su regreso a España tras la contienda civil, acto que se supone es lo que lo convertirá en un personaje importante y que provoca, en el presente, su temor y el de quienes lo utilizaron y encumbraron a que en algún momento puedan pedirles cuentas (la parte actual se sitúa ya en días de democracia).
Los buenos conocedores de Marías saben que el tema de la delación es importante no solo en la obra del escritor sino en su vida real. Su padre, el filósofo Marías, fue delatado tras el final de la guerra por quien entonces era su mejor amigo, lo que sirvió para situar bien dentro del régimen a este y acarrear a aquel la expulsión de la docencia, con la consiguiente incertidumbre para procurarse la mera subsistencia. El escritor acabaría abordando directamente este episodio en Tu rostro mañana; en El siglo el tema está tratado de modo abstracto, sin la menor concreción, y de hecho en las páginas de la novela nada se nos dirá de esa delación que encumbra al protagonista.
Casaldáliga (magnífico nombre nada extraño en un escritor pródigo en elegir nombres memorables) es un personaje que, en efecto, posee características propias de la novela decimonónica: de la novela clásica, si preferimos llamarla así. Es un hombre turbado por una obsesión que resume en ese propósito, encontrar el propio destino, con que su padre lo imbuía en los paseos dominicales de la niñez (único momento de comunicación que este le concedía, en el curso de los cuales el progenitor hablaba y el vástago se limitaba a escuchar). A Casaldáliga le inquieta que el aparente destino singular de su padre pareciera durante años uno y acabara revelándose otro. Ese omnipotente banquero, de apariencia física formidable, subrayaba su singularidad encerrándose en su despacho cada noche, sin necesidad de compartir nada con nadie, consagrado a la lectura de Victor Hugo y de Dumas. Y sin embargo, el hijo, al encontrar su cuerpo muerto durante una de esas noches, descubre que lo que hacía en realidad, después de que él le diera las buenas noches, era recordar a la esposa supuestamente muerta al nacer él, escuchando la música de Schönberg mientras releía una y otra vez la carta que su esposa le había mandado desde su Viena natal, varios años después, instándole a no intentar nunca ningún acercamiento.
Quienes gozaron de subrayar el carácter «antiguo» de ese joven escritor (vuelvo a Umbral, porque este creyó hundir más profundamente el clavo al acusarlo de «victorianismo tardío») se equivocaban, claro, pero no hace falta ir a las novelas que, desde Todas las almas, lo consagrarían. Se encuentra ya en este cuarto libro y en su tema central, porque en él es donde se encuentra su modernidad. La literatura clásica (la anglosajona del XIX con que tanto se le comparó, por ejemplo: Dickens, Austen, Eliot, Thackeray) gira en torno a la idea del progreso. Esta idea tal vez fuera conculcada por primera vez por Henry James, ese escritor de apariencia antañona que destruyó al narrador omnisciente de la novela inglesa, y que además dio relieve a un tema insólito que los maestros del siglo XX (comenzando por Frank Kafka) harían fundamental: la postergación. En esa estela se inscribe El siglo y, por tanto, si sus críticos querían comparar a Marías con literatos del pasado, no hacía falta irse tan lejos: sus modelos eran más recientes y, sobre todo, constituían el cimiento de la modernidad literaria.
El Casaldáliga del presente (el de los capítulos impares) es muy diferente del Casaldáliga del pasado (el de los capítulos pares), como advierte enseguida cualquier lector atento. ¿En qué momento se convierte el segundo en el primero y, sobre todo, a qué se debe? El joven Casaldáliga vive atrapado, al modo de un moderno Hamlet (recuérdese la fascinación que siempre sintió Marías por Shakespeare), en un bucle marcado por la perpetua indecisión. Sabe que ha de hacer algo porque así se lo imbuyó su padre, pero no sabe qué. Inicialmente cree encontrarlo haciendo realidad el falso destino de aquel: casarse con una mujer que ha de perder para pasar el resto de su existencia evocando su recuerdo. Cuando esa empresa fracasa porque ella no se deja morir, estima que puede encontrarlo al modo clásico: convirtiéndose en un héroe en medio de los tiempos inciertos.
De esa indecisión Casaldáliga solo escapará —es curioso que, como en El jinete polaco, el conflicto lo sorprenda más o menos en esa misma edad en la encrucijada que a Manuel y Nadia, la treintena larga— cuando descubra que un nudo gordiano no se deshace haciendo lo previsible sino, como Alejandro Magno, haciendo lo inesperado. Así, el destino que elige no será uno que merezca contarse y se pueda contar, sino todo lo contrario, pues el acto que lo funda es indigno y lo obliga a realizar unas transacciones que lo marcarán toda la vida. Y sin embargo, provoca el cambio que deseaba, puesto que su principal consecuencia es que nace el Casaldáliga de implacable voluntad que se convierte en el dueño de su vida, el Casaldáliga que vive su larga agonía al borde de un lago jugando gozosamente con las esperanzas y las frustraciones de sus allegados. De ahí que no sea necesario (aunque a algún lector pueda frustrarle) saber a quién delató o en qué consistió la delación: lo que importa es el acto en sí y sus consecuencias, pero no sus detalles.
Novela de corta extensión, que desprende un poderoso sentimiento de síntesis —en este sentido, es justo el reverso de El jinete polaco— hasta el punto de dejar con ganas de saber más sobre sus personajes, El siglo desprende una misteriosa fascinación. Marías cuenta cosas pero ante todo transmite sensaciones. No necesita rellenar huecos, como demuestra la imprecisión general que envuelve a sus personajes, algunos de los cuales procedían de su anterior novela, El monarca del tiempo (1978) y otros reemprenderían camino propio en la siguiente, El hombre sentimental (1986), y acaba abandonando a su protagonista y al lector al borde del lago, una mañana invernal, sin que lleguemos a saber qué conclusión final puede haber entre esos personajes y sus juegos de poder o siquiera si aquel, en realidad, no es ya sino una voz en el vacío, un espectro ensimismado que se complace en creer que, al contrario que su padre, él sí ha dejado algo que merezca contarse.
Esa es una de las claves de ese gran escritor que fue Javier Marías: pese a lo mucho que escribió, entre novelas, traducciones, prólogos, artículos y ensayos, a sus incondicionales siempre nos queda la sensación de que le quedó mucho por decir. De ahí la tragedia que sentimos al recibir la inesperada noticia de su muerte el 11 de septiembre de 2022.
Dos cuartas novelas muy diferentes, por tanto, pero que supone cada una de ellas el paso definitivo del escritor hacia el autor que desde entonces será. Muñoz Molina lo hizo abiertamente, proponiendo esa obra de intenciones totalizadoras con la que tanto escritor sueña. Marías de modo infinitamente más modesto, de ahí que fueran muy pocos los que en su momento se enteraran. El jinete polaco y El siglo (las he situado en el artículo por mi orden de lectura y no por el cronológico, claro) comparten por tanto la misma condición de obra de afirmación que dará paso a una carrera fértil en la que los éxitos serán continuos. Me queda mucho por leer del primero y mucho por releer del segundo. Y aunque no vaya a hacerlo al borde de un lago como ese espacio fascinante ante el que Casaldáliga deja transcurrir sus últimos días, tampoco estará tan mal hacerlo junto a un mar, mi mar, el Mediterráneo. No conozco mejor lugar donde leer a los grandes novelistas del mundo.