Tommy y Tuppence Beresford, matrimonio de sabuesos

Reivindicación de Agatha Christie

James Warwick y Francesca Annis, Tommy y Tuppence en la serie televisivaLos dos personajes más famosos de Agatha Christie son, como es notorio, el detective Hércules Poirot y la anciana solterona miss Marple. No fueron, sin embargo, los únicos a los que la autora hizo comparecer en más de un libro con la esperanza de encontrar otro cult character con el que enganchar al lector. El intento más consistente lo constituye una pareja nacida en la segunda novela de la escritora, la formada por Tommy y Tuppence Beresford, por la que es posible que acabara sintiendo un cariño muy especial pues los cinco libros que les dedicó los fue espaciando a lo largo de toda su vida (desde 1929 a 1973), dejando madurar y envejecer a sus personajes desde la briosa juventud que restalla en esa aventura inicial hasta el registro de su ancianidad en la última de sus peripecias. Los títulos son El adversario secreto (1922), publicada en España más bien como El misterioso señor Brown, una colección de relatos titulada Matrimonio de sabuesos (1929) y otras tres novelas, El misterio de Sans Souci (1941), El cuadro (1968) y La puerta del destino (1973). En ellos, al par que se iba produciendo la evolución de la pareja, también puede advertirse la de la misma escritora. Los dos primeros poseen una encantadora ligereza british, impregnada de un sentido del humor distendido que luego la autora iría abandonando, en parte por el escepticismo acerca de la condición humana que la iría dominando y en parte por el definitivo estancamiento en una fórmula narrativa a la que ya sería fiel el resto de su carrera. En concreto, las dos últimas novelas figuran entre lo mejor de su producción, sobre todo por tratarse de intrigas criminales sin crimen en un primer plano. El cuadro es una de las primeras novelas de la autora que me leí, siendo todavía un niño, y nunca he podido olvidar la atmósfera de malignidad que percibí en sus páginas, tanto más inquietantes cuando que, como he señalado, por más que iba adentrándome en ellas, no aparecía el esperable asesinato.

En la primera de estas novelas, Christie nos presentó a sus dos personajes y los hizo vivir juntos una peligrosa aventura e, inevitablemente, enamorarse. A Tommy Beresford, recién licenciado del ejército, le dio un carácter sereno y caviloso, sin la brillantez de las intuiciones rápidas pero con la consistencia que da un firme sentido de la claridad. A Tuppence Beresford, hija de un apacible vicario rural (no por nada, su nombre real es Prudence, una virtud que, a lo largo de su vida, demostraría no poseer en absoluto), enfermera voluntaria durante la guerra, le dio las cualidades justamente complementarias: ella posee el nervio y la intuición que a él le faltan, y una temeridad absoluta. De hecho, si habría de ser él quien se convertiría en profesional de los servicios secretos, por lo común sería ella quien llevara la iniciativa en todos los casos compartidos, ganándose el respeto de los superiores de Tommy tanto como este.

Ilustración de Arthur Ferrier de la pareja Tommy y Tuppence publicada en The Grand Magazine, en diciembre de 1923A los dos protagonistas debe añadirse un tercer personaje, Albert, a quien en el primer episodio conocen como botones del hotelucho donde rastrean una pista y al que, tras descubrir su inveterada afición a las pulp fictions, enrolan en su casa. En el resto de novelas, será su fiel sirviente, el clásico secundario en el que confiar en los momentos importantes.

Por cierto que Tuppence es un apelativo cariñoso por homofonía con su nombre real: es uno de los modos de llamar en Inglaterra a las antiguas monedas de dos peniques. (En la primera traducción española, la traductora Conchita Peraire del Molino, no quiso dejar por completo in albis al lector y la rebautizó como Penike, así con k, mas ediciones posteriores prescindieron de esto.) En mucha mayor medida que otras creaciones más conocidas, Tuppence Beresford es un personaje que respira humanidad, credibilidad: su inveterada curiosidad, su valor sin tacha y su capacidad para la empatía componen un ser de contagiosa vitalidad. La habilidad de Agatha Christie para los diálogos hace el resto, pues estamos alguien que se expresa, fundamentalmente, hablando. De hecho, el grado de complicidad entre la pareja se manifiesta especialmente de modo verbal, otorgando un notable encanto a su relación de toda una vida. No dudo en creer que la escritora siempre le tuvo un cariño especial a Tuppence (ella también había sido enfermera voluntaria durante la Gran Guerra) y, por momentos, uno casi cree que si hay algún personaje a través de los cuales se proyecta en sus ficciones, es ella.

El misterioso señor Brown comienza en los grises días posteriores al final de la Primera Guerra Mundial (si bien el prólogo se sitúa nada menos que durante el hundimiento del Lusitania), cuando la pareja se reencuentra a la salida de la estación del metro. Habiéndose perdido la pista, ambos descubren enseguida que comparten la misma frustración: su incapacidad para adaptarse a la vida civil después de aquellos días que ellos, tan jóvenes, vivieron como una deslumbrante aventura (de hallarnos en la segunda posguerra mundial, esto habría dado lugar a un noir sombrío y existencial). Ahora bien, para ellos el desaliento es una palabra desconocida. En el acto fundan una sociedad que llaman Jóvenes Aventureros, Sociedad Limitada, cuyo objetivo declarado es la consecución de dinero, incluso aunque sea ofreciéndose a cometer delitos por otros. Ante el reparo moral que manifiesta Tommy, siempre más prudente que su amiga Prudence, la hija del clérigo señala, deliciosamente, que «existe una gran diferencia entre robar un collar de diamantes para uno mismo, o que te contraten para robarlo».

Portada de Bocquet en las miticas Selecciones Oro de MolinoComo suele pasar en estos casos, la aventura enseguida le sale al paso a quienes las buscan con convicción (por esas mismas fechas, otra escritora británica, si bien incomparablemente superior, la gran Richmal Crompton, creaba a su inmarchitable Guillermo Brown, otro experto en tropezarse raudamente con las peripecias anheladas). Un nombre escuchado por casualidad en plena calle, el de Jane Finn, será el pórtico a un apasionante caso de espionaje e intriga cosmopolita. De hecho, la pareja es reclutada por un importante cargo de los servicios secretos ingleses, apodado sencillamente señor Carter, el cual, eso sí, les asegura, como suele suceder en estas situaciones, que en caso de que algo les pase, su país no podrá hacerse responsable de ellos.

El delirante entramado de dicho caso revela el notable conservadurismo de la joven escritora. Se trata nada menos que de una conspiración orquestada desde la mismísima Unión Soviética para dar un golpe de estado a la democracia británica cuyos ejecutores serían los mismísimos laboristas, ingenuamente manipulados por agentes del siempre pérfido bolchevismo. Y el elemento decisivo, por cuanto terminaría de convencer a los líderes obreros más renuentes a dar semejante, serían unos papeles cuya pista se perdió durante el hundimiento del Lusitania, que delata un pacto del gobierno inglés durante la guerra que, de salir a la luz en el momento actual, tendría consecuencias catastróficas. En fin, el disparate es tan colosal e incluso grosero que no cabe otra solución que tomárselo (aunque no lo sea) como una broma de la autora, un macguffin irreal en la futura tradición de Alfred Hitchcock, que sirve únicamente para dar pie a las sabrosas peripecias y en el que, por ello, no hay que creer mucho.

Eso sí, al estilo de buena parte del género de intriga coetáneo (por ejemplo, Edgar Wallace, el autor británico más vendido de la época, cuya sombra planea sobre algunas de las obras de Christie de los años veinte: por ejemplo, en Los cuatro grandes), la organización depende, ante todo, de un genio criminal que se oculta en las sombras, desconocido incluso para sus correligionarios, bajo el alias de señor Brown. En cualquier caso, la novela se deja leer con agrado: no es que nos hallemos precisamente ante una peripecia al estilo de las de G. K. Chesterton, pero entretiene e incluso divierte sin enojo, sobre todo cuando apuesta por el pulp más delirante.

Vieja portada de Matrimonio de sabuesos para MolinoLa segunda aparición de la pareja adoptó el formato de un libro de relatos, bajo el título de Matrimonio de sabuesos (en realidad, Partners in Crime, ‘Socios en el crimen’), publicado en 1929. Los Beresford son un joven matrimonio todavía sin hijos (el libro concluye con el anuncio de su embarazo por parte de Tuppence), que ya parece prematuramente acomodado. Él parece seguir trabajando para el mismo señor Carter, mas en un puesto poco activo, y ella es mera ama de casa. La siempre inconformista Tuppence, recordando los días aventureros en que comenzó su relación, considera que han apurado ya los posos de la acomodación burguesa: «quiero que sucedan cosas», declara. Y en respuesta a sus deseos, el mismo señor Carter se materializa en su domicilio para ofrecerles una nueva y excitante ocupación: dirigir una así llamada Agencia Internacional de Detectives bajo identidades falsas, la de Theodore Blunt, supuesto titular de la misma, y su eficiente secretaria, la señorita Robinson. La agencia es una tapadera cuyo objetivo es desarticular una borrosa intriga de espionaje una vez más dirigida por los comunistas rusos, mas mientras esta se va esbozando (de vez en cuando reaparece en alguna de las historias y, por supuesto, ocupa la final), la pareja se va enfrentando a diversos casos que justifiquen la mencionada tapadera.

Agatha Christie tiene el acierto de tratar con notable fluidez esta sucesión de casos, como si más que un conjunto de relatos nos halláramos ante una novela de episodios. Otra circunstancia la singulariza: los inexpertos detectives deciden tomar como modelo a los grandes del gremio en la ficción, comenzando, como es natural, por Sherlock Holmes y concluyendo, en una divertida pirueta final, por el mismísimo Hércules Poirot. Por otra parte, los casos en absoluto responden al modelo que uno esperaría de la autora (al menos, no todos). Con sentido del humor, el primero de todos es un falso caso amañado por la propia Tuppence incluso a espaldas de su marido, para hacer que la agencia arranque con un «triunfo». Otro de ellos constituirá un fracaso, pues lo que parece una turbia desaparición esconde, en realidad, una cura de adelgazamiento en una clínica.

El tono es siempre ligero; los diálogos brillan una vez más al manifestar la notable complicidad que manifiesta la pareja protagonista. Es así que los Beresford componen la pareja de detectives menos ortodoxa que podía esperarse, hasta tal punto que el libro desprende una notable modernidad: de algún modo, preludia futuras ficciones distendidas del género, basadas en la famosa complicidad sexual, al estilo de esa Luz de luna que tanto nos sorprendió a muchos a mediados de los años ochenta. Por cierto que este libro dio origen, a principios de los años ochenta, a una serie de la BBC interpretada por la estupenda Francesca Annis y por James Warwick, de cierta celebridad, y de la que yo guardo un buen recuerdo, aun no habiendo podido revisarla nunca.

Portada de Tom Adams para El misterio de Sans SouciLa tercera aparición de la pareja tiene lugar en El misterio de Sans Souci (1941). Aunque habían pasado tan solo doce años desde el título anterior, el intervalo temporal es mayor puesto que los Beresford tienen a sus hijos (un chico, Derek, y una chica, Deborah) ya en la veintena. Por tanto, ha de suponerse que Matrimonio de sabuesos transcurría no mucho después de su primera aventura. La pareja ha alcanzado la mediana edad, motivo por el cual sus intentos de enrolarse en la nueva guerra son desechados, hasta que por fin llega la oferta destinada a aprovechar sus habilidades para el espionaje (en realidad, es a Tommy a quien se recluta pero Tuppence no desperdicia la oportunidad de inmiscuirse y «echar una mano» a su esposo). Se trata de descubrir a un par de espías, un hombre apodado M y una mujer cuyo alias es N —y de ahí el título original del libro, N or M?, que debió de ser considerado poco atractivo por la edición española de la época— que lideran a las fuerzas quintacolumnistas infiltradas en las islas desde un pueblecito de la costa inglesa, de ahí que los Beresford, bajo identidades falsas, vayan a alojarse a un hotelito llamado Sans Souci, que se sospecha que está en el epicentro de la intriga. De hecho, la escritora hace que sus personajes, una vez más, rindan el mayor servicio a su país: nada menos que desbaratar los planes de los alemanes para invadir las islas a través de ese rinconcito costero.

Es una pena, pero El misterio de Sans Souci es una novela no ya anodina, sino francamente mala, de lo peor que salió de la pluma de la escritora. Sin duda, el problema estriba en el completo desaprovechamiento de la atmósfera de sórdida tristeza moral que permitía la ambientación de la historia en unos días especialmente grises, los de la invasión de Francia por los alemanes, con el consiguiente miedo a que los nazis hagan lo mismo con Gran Bretaña. Si en muchas ocasiones Christie supo construir la adecuada atmósfera de maldad dentro de la que situar sus historias de crímenes, en este caso el fracaso es completo, tal vez porque el modelo en que se fija la autora está fuera de su registro: nada menos que el gran Eric Ambler, todo un experto en radiografiar la zozobra existencial de una época conflictiva y conseguir que sus textos supuren de esa quiebra moral que condujo a la guerra mundial, como demuestran obras como la más famosa de las suyas, La máscara de Dimitrios (1939), o Epitafio para un espía (1938), la cual parte de una premisa parecida a la de Christie. Quien conozca a los Beresford por primera vez en esta novela, difícilmente creerá mis elogios acerca de los otros libros. Aquí la pareja resulta incluso cargante, y el triunfalismo se le va de las manos a su creadora, puesto que falta el sentido del humor o el delirio pulp que hacía que las previas resultaran convincentes. Además, estamos ante uno de los misterios menos afortunados de Christie, ya que la identidad de los susodichos N y M se adivina sin demasiada dificultad.

Agatha Christie no volvió a su pareja de sabuesos hasta un cuarto de siglo después de la anterior aventura, en 1968, con El cuadro, y en 1973, con La puerta del destino. La autora respetó el intervalo temporal transcurrido, situando a los Beresford en las puertas de la ancianidad, en el primer caso, y ya disfrutando de la jubilación de Tommy en el segundo caso.

Portada de Tom Adams para El cuadroLa primera novela se rebautizó en España como El cuadro, tal vez porque su título original, extraído de Macbeth y muy célebre en el ámbito anglosajón, pareció abstruso a los editores de Molino. Se trata de un dístico pronunciado por una de las brujas de Macbeth, cuya segunda parte dio nombre a otro libro, en este caso de Ray Bradbury: By the Pricking of My Thumbs / Something Wicked This Way Comes (‘Por el picor que hay en mis dedos / sé que la infamia se aproxima’)1. Por cierto que el segundo libro también fue cambiado en España, en este caso por La feria de las tinieblas.

Los Beresford, ya lo he dicho, están a un paso de la tercera edad, y tal vez por ello Tuppence se implica a fondo en un caso en el que la ancianidad es un elemento fundamental. La pareja acude a visitar a una pariente, la tía Ada, a una residencia llamada Sunny Ridge, y allí Tuppence conversa con una anciana, la señora Lancaster, que la sorprende de pronto, al advertir una mirada casual suya hacia la chimenea, con una pregunta inquietante: «¿Pensaba usted en su pobre criatura?». La extraña interpelación perseguirá a Tuppence desde entonces, dudando de si se trataba de un desvarío senil o de un recuerdo borroso pero fidedigno acerca de un hecho horrible del ayer. Cuando pocas semanas después han de volver, pues tía Ada ha muerto, descubren que la señora Lancaster fue sacada de allí pocos días después por unos parientes. Antes de irse, sin embargo, dejó un cuadro a la tía Ada, y ese lienzo (que representa una casita aislada al borde de un canal), desde el primer momento, se empeña en recordarle a Tuppence un lugar real que vio alguna vez. Cuando intenta localizar a la señora Lancaster, para tranquilizar su conciencia, su rastro se desvanece de un modo que le hace pensar que tal vez la hayan apartado de Sunny Ridge por saber y decir demasiado. Por tanto, urge encontrarla y la única pista es ese cuadro que la vincula misteriosamente con la anciana, por lo que se lanza por la campiña inglesa a la busca de esa casa …

El cuadro es una de las novelas que mejor expresa la que para mí fue la gran virtud de Agatha Christie: la capacidad para dotar al pasado, a partir de recuerdos, reminiscencias y datos en apariencia triviales, de un peso deletéreo. Las mejores novelas de la autora siempre fueron aquellas en las que un asunto criminal que parecía olvidado regresa al presente para sobresalto de quienes lo creían enterrado: es el caso de obras como Cinco cerditos o Un crimen «dormido». En El cuadro, la conexión entre el pasado y el presente es aún más borrosa que en ninguna otra de sus ficciones anteriores. Tuppence no cuenta con ningún caso que investigar: no hay un crimen tangible y la persona a la que busca ni siquiera está claro que haya desaparecido. La única pista, el cuadro, parece harto débil, mas la protagonista se aferra a ella y nos obliga a acompañarla en sus pesquisas por carreteras secundarias y poblaciones donde parece haberse suspendido la vida. Es el ambiente, por ejemplo, de las novelas de otra mujer que por momento compitió en éxito editorial con Christie: los libros de Los Cinco de Enyd Blyton. Ahora bien, allí donde estos encontraban pasadizos y contrabandistas, Tuppence encuentra signos dispersos de un mal que se agazapa en esos anodinos parajes rurales. El título original, por tanto, se revela estupendo: el mal se intuye, se presiente, como un temblor en la piel o como una sombra que se esconde en el interior de un cotilleo trivial. Pero el español tampoco va desencaminado, ya que la casa en ese cuadro será lo que lleve a Tuppence a confirmar que, en efecto, something wicked this way comes.

Para quien crea que una novela policiaca se caracteriza por la emoción y por las continuas sorpresas, hay que declarar rápidamente que El cuadro es un libro, ante todo, en el que no pasa nada (o no parece que pase). La historia se desarrolla por medio de conversaciones, de diálogos: muchas veces parecen mera cháchara (son los mejores: en ellos está la clave, y es de admirar, releyendo los momentos culminantes una vez que ya se ha llegado al final, cómo la autora fue sugiriendo, incluso mostrando, sin hacer trampas nunca) y otras sintetizan y clarifican los progresivos hallazgos. El pasado adopta la forma de una telaraña cuyos pegajosos hilos atrapan y anuncian un nuevo peligro. Es un mosaico que hay que reconstruir pieza a pieza, y la forma en que se va armando es del todo memorable. Y aunque no debo hablar ni de modo casual acerca del final de esta novela, aseguro que sus páginas culminantes son las más escalofriantes que jamás escribió Agatha Christie: pero es un escalofrío que, una vez más, brota del encuentro con lo trivial, porque ahí es donde Tuppence descubrirá que se encuentra el horror (el horror, el horror): entre los jirones deshilachados del pasado que nunca termina de desvanecerse.

Portada de Tom Adams para La puerta del destinoLa puerta del destino —otro título extraído de unos versos, en este caso de James Elroy Flecker— fue publicada a no mucha distancia de la anterior, en 1973. Se trata de la última novela que vio la luz en vida de Agatha Christie. Después de su muerte, no se olvide, llegarían a las librerías, como la autora había previsto mucho tiempo atrás, dos novelas más, que había concebido y escrito a principios de los años cuarenta como último caso de sus dos personajes más célebres, Un crimen «dormido» en el caso de miss Marple, y Telón, en el de Hércules Poirot, ambas magníficas.

Despedía así, antes, a sus queridos Beresford, con una historia que diríase concebida para radicalizar todavía más la propuesta de El cuadro. El punto de partida es genial. El matrimonio, jubilado ya definitivamente Tommy, se acaba de mudar a un pequeño pueblecito costero donde piensa pasar el resto de sus días. En la casa quedan antiguas posesiones de dueños anteriores, y entre ellos un conjunto de libros juveniles. En uno de ellos (es entrañable que sea La flecha negra, de Stevenson), Tuppence descubre un mensaje oculto por medio de una serie de letras punteadas de rojo, que dice lo siguiente: Mary Jordan no murió de muerte natural. Fue uno de nosotros. Yo creo saber quién. El libro lleva el nombre de su dueño, Alexander Parkinson. Y la primera pesquisa que hace el matrimonio los lleva a descubrir una tumba con ese nombre en el cementerio local, que revela que ese dueño murió siendo un niño, en los días de la Primera Guerra Mundial (en los días en que se conocieron Tommy y Tuppence, detalle incluso estremecedor).

Una propuesta más radical, he dicho. En El cuadro, al menos, hay una anciana viva que es el punto de partida del caso y unos indicios que se hacen realidad. En La puerta del destino, como no tardarán en averiguar los Beresford, esa Mary Jordan murió antes de 1914, por tanto más de medio siglo atrás, al igual que el niño que supo que lo que se tomó por accidente fue una acción criminal. Es decir, es un caso en el que ninguna de las personas que pudo verse envuelta está viva. Y así es como la novela echa a andar y, casi sin darnos cuenta, vamos pasando páginas y páginas y la figura de Mary Jordan y su suerte incierta o la del niño que vio más que los adultos que lo rodeaban (uno de los cuales —uno de nosotros— era un asesino) se va haciendo cada vez más real.

La puerta del destino, por tanto, propone una intriga casi puramente abstracta, construida sobre impresiones, especulaciones, cotilleos a la hora del té sobre gente que hace mucho que murió y juguetes viejos que, inconcebiblemente, guardan algún secreto. Es una pena que la escritora cometa el error (¿por miedo a llevar demasiado lejos su propuesta?) de hacer que la investigación del pasado acabe proyectándose en el presente y que incluso provoque nuevas muertes e intentos de asesinato. La explicación de estos actos del presente será trivial, claro, porque aquellos no parecían necesarios. Pero no estropea La puerta del destino, aunque sí manifiesta claramente las limitaciones de una autora que sigue despertando agradables evocaciones en mi memoria y que, desde luego, fue menos superficial de lo que su fama señala. No hay sino que abrir alguna de sus mejores novelas para comprobarlo y descubrir que esta señora, que siempre nos ha parecido mayor (aunque ella misma, una vez, pensó que era la joven Tuppence), tuvo un conocimiento profundo de la naturaleza humana, de su tendencia a dejarse enredar por las nimiedades… y a no advertir que, para las mentes malvadas, lo maligno se construye a partir de lo que parece pequeño.

Forever Tommy and Tuppence

1 Acto IV, escena 1ª (la traducción es de la versión bilingüe del Instituto Shakespeare, dirigida por Manuel Ángel Conejero Dionís-Bayer, publicada por Cátedra).

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Tommy y Tuppence Beresford, matrimonio de sabuesos

  1. Renaissance dijo:

    No conocía al matrimonio escrito por Agatha Christie, al haberme quedado un poco en sus clásicos (especialmente, en Diez Negritos, y en los Poirot y Miss Marple de la televisión), y que sus primeros casos tuvieran ese contacto con el espionaje y la guerra. El primero, a veces un poco abstracto, siempre me dio la impresión que al tratarse de una isla, hasta que los aviones alemanes empezaron a sobrevolarla, el concepto de bolcheviques o espías tenía una cualidad muy irreal, como una amenaza exterior más definida por los temores de la gente de a pie que como algo posible.

    Hace poco leía un articulo breve sobre el cosy crime y cómo se estaba convirtiendo en un género de bastante éxito, y ese concepto de asesinatos no demasiado escabrosos, o lo «confortable» de los escenarios me recordó mucho a las sensaciones que nos deja Agatha Christie en su lectura. Aunque esta última, teniendo en cuenta cómo sabía mostrar que la capa de urbanidad que cubre a sus personajes es muy fina, probablemente se hubiera reído de quien la calificara como «cosy».

    • Es cierto que la obra en general de Agatha Christie produce esa sensación de hallarnos en un espacio criminal con mucho de doméstico. Pese a todo, en sus mejores novelas, sin necesidad de caer en la sordidez de cualquier tratamiento actual, la atmósfera respira una maldad muy notable. Es el caso de «El cuadro», que es la novela que yo recomiendo directamente para asomarse al mundo de los Beresford. En caso de que no guste o cause indiferencia, mejor dejar el resto.

  2. marajjos dijo:

    En su día leí El misterioso señor Brown (me gustó tanto que siempre será para mí ese nombre, como el de la protagonista Penike), y matrimonio de sabuesos. Es curioso en una autora a la que se le imputa que sus personajes carecen de profundidad, cómo supo dar una evolución al matrimonio en etapas diferentes. La frescura del misterioso señor Brown te hace disfrutarla de modo particular, porque es un contraapunte que sorprende si primero has leído sus clásicos. Como bien dices todavía no había adoptado la fórmula recurrente de asesinato entre cuatro paredes, y descubramos al asesino entre los invitados. La estructura narrativa que adopta, la capacidad para mantener el suspense en una trama de acción, y el final apoteósico del malo, hablan de una escritora de mucho talento pese a su juventud, que consigue hacerse perdonar la atmósfera naif que tiene la novela, y que no carecía de recursos para hacer obras con tono y atmósfera diferente del que luego adoptó.

    Y por supuesto anoto para mis próximas lecturas las dos últimas, que no conozco, pero que has conseguido que despierten mi interés, como no podía se de otra manera con tan buen comentario.

    Un slaudo.

    • Esa evolucion en el tiempo es uno de los encantos de esta serie, porque tiene el acierto de mantener las características propias de los dos personajes (y sobre todo, su maravillosa complicidad) pero va otorgando cada vez más importancia al paso del tiempo, fundiendo la propia llegada de los Beresford a la vejez con el peso del pasado y de los recuerdos, los propios y los ajenos.

      A mí «Penike» me pareció raro cuando lo leí la primera vez (en una vieja edición de mi abuelo), porque ya había leído casi todas las anteriores jaja. Aun así, es una traducción entrañable y demuestra una preocupación de la traductora que hoy han perdido casi todos sus colegas. Si el nombre del personaje es un apodo debe traducirse (salvo que sea intraducible) puesto que el autor ha decidido que esa denominación no sea neutra (como es cualquier nombre) sino que se asocie a un concepto que el lector debe conocer.

      Un saludo y muchas gracias, una vez más, por tus amables palabras.

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