Los sombríos guerreros de Robert E. Howard

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Soberbia ilustración de uno de los guerreros sombríos típicos de Howard, por Barry W. SmithComo Tarzán o como Drácula, el nombre de Conan el bárbaro ha devorado a su creador. Y sin embargo, el texano Robert E. Howard fue un escritor extraordinariamente prolífico para los escasos años de carrera profesional que tuvo tiempo de desarrollar antes de suicidarse con solo treinta. Dejó cerca de doscientas obras, entre relatos (la mayoría), poemas, algunas novelas y muchos fragmentos, un tercio de todo lo cual no llegó a publicar en vida porque el mercado donde lo hacía, las revistas pulp, tenían un espacio limitado y eran muchos los autores que lo frecuentaban. Conan no fue el único personaje al que dedicó un ciclo. Después del cimerio, el más conocido es el espadachín puritano (la mera asociación entre estos dos términos ya resulta interesante) Solomon Kane, que al mismo tiempo resulta el más singular, aun cuando solo sea porque su tipología física es muy diferente a la de las otras muchas creaciones del joven escritor. ¿Muchas… o solo una con distintos nombres? Y es que todas están trazadas bajo el mismo modelo, el representado físicamente por Conan, sin que este siquiera fuese el molde original: añadamos a Kull, rey de Valusia, al también soberano picto Bran Mak Morn, al irlandés Turlogh O’Brien, al aventurero estadounidense conocido bajo el apelativo árabe de El Borak, al boxeador Steve Costigan… Todos ellos, con independencia de la época o la profesión, son guerreros natos, combatientes de valor y fuerza extraordinaria, que si son capaces con un solo puñetazo de hundir un cráneo, con una espada o un hacha en la mano pueden dar buena cuenta de una docena de rivales.

Sin embargo, la filiación más notable se encuentra entre el puñado de personajes que, habitando supuestamente en distintas épocas, incluso a caballo entre las eras legendarias ideadas por el escritor (la «precataclísmica» en que vive Kull, y la hiboria de Conan) y las históricas no menos tamizadas de leyenda (la Britania de la dominación romana o la Irlanda de las invasiones vikingas), bien podríamos considerar un único individuo y sus diversos avatares a través de las eras. No en vano Howard, ya fuera por convicción existencial o por necesidad estética (¿pueden desligarse ambas dimensiones en el interior de una mente sensible?), fue un fervoroso convencido de la reencarnación, de que cada ser humano es un eslabón —intermedio, ni siquiera final— de una cadena de encarnaciones previas, a lo largo de la cual, como no puede ser de otro modo, se han ido repitiendo una serie de rasgos constitutivos.

Cuando cantan las espadas, de Javier Martin Lalanda, excelente estudio sobre R. E. HowardJavier Martín Lalanda, en su excepcional Cuando cantan las espadas —magnífico ensayo donde pasa revista a todos los héroes de fantasía heroica de Howard, editado por La Biblioteca del Laberinto (2009)—, señala que Robert E. Howard poseyó «una concepción mítica del mundo». Del mismo modo, muchos otros (comenzando por su biógrafo L. Sprague de Camp), aplicando el inevitable análisis psicoanalítico a su literatura, la han calificado de fantasía compensatoria, según la cual el temperamento melancólico e imaginativo de Howard lo llevó a proyectarse en unos escenarios de fábula, que eran justo lo opuesto al horizonte cotidiano y trivial en que se desarrollaba su existencia. No en vano, el mismo físico hercúleo de todos sus héroes bien puede considerarse un eco hipertrofiado de su propia constitución física, alta y robusta, que él mismo gustó de modelar desde la adolescencia.

El conocimiento de la biblioteca de Howard desvela un doble amor a la novela de aventuras y a los libros de historia, que combinó en el grueso de su literatura. De hecho, los elementos sobrenaturales de muchos de sus relatos, por ejemplo los de Conan, en buena medida se debieron a las exigencias de publicación de la revista donde consiguió vender el mayor número de sus relatos, y que estaba especializada en lo fantástico orientado al terror, tal y como indica su título. El ciclo de Conan, como ya indiqué en el oportuno artículo, fue para Howard una forma de equilibrar devociones y necesidades, remodelando a su gusto la Historia con mayúsculas: como bien saben sus incondicionales, tanto la onomástica como la geografía y buena parte de sus referencias tienen evidentes lazos con la realidad histórico-geográfica de sus épocas favoritas, esa intersección entre la antigüedad y el medievo en que la humanidad todavía no ha descubierto las armas de fuego, esa innoble forma de combate que elimina la justicia que ha de haber en toda lid al permitir que cualquiera, con la salvaguarda de la distancia, abata al mejor guerrero.

Ese concepto mítico al que se refería Lalanda, su creencia en la reencarnación y su prodigioso sentido de la narración activa, se unen en Howard para crear un concepto de la fábula épica que, una vez que uno penetra en él, resulta arrebatador: deja sin aliento. Para quien acceda superficialmente a su ciclo de guerreros, sin mayor conocimiento ni aprecio por la literatura de género (no digamos ya el pulp, siempre considerado el momento de embrutecimiento de aquella, algo así como el western italiano con respecto al cine del Oeste de Hollywood), parecerá tan solo una crónica habitada por personajes primarios y unidimensionales que combaten con salvajismo, derramando toda la sangre que pueden y complaciéndose de modo fetichista en el manejo de sus armas. Sin embargo, Howard entendió bien que la verdadera épica ha de estar siempre habitada por la lírica, y él tuvo un sentido de la poesía (de la poesía agreste, no lo discuto) capaz de impregnar de una indefinible belleza unas situaciones que, en principio, no podrían parecer menos poéticas. Nunca me ha cabido duda: para apreciar mejor a Henry James o Marcel Proust, debe conocerse bien a Homero y a Robert L. Stevenson (que cada cual ponga, en una u otra categoría, el nombre que más le apetezca). Un menú compuesto siempre por los mismos platos no es un menú: es una dieta.

Conan, por Frank FrazettaLos héroes de Howard, por lo común, son guerreros sombríos que saben que luchan por un mundo o por una civilización que se muere (para ser sustituida por otra que, aunque inevitable, les es ajena). Ese sentimiento crepuscular —que resulta genuino, mucho antes de que acabara convirtiéndose en un tópico con el que la modernidad se enfrenta al clasicismo en cualquier práctica artística— engrandece a los personajes, al otorgarles una nobleza elegíaca: aun venciendo en la batalla, todos ellos saben que esa victoria no es sino el canto del ruiseñor antes de morir atravesado definitivamente por la espina de la rosa. Y aun así lo aceptan y parten a la batalla, porque saben que el descanso les está negado: son héroes sombríos, pero también héroes errantes.

Es evidente que el concepto de civilización que Howard utiliza como imprescindible base dramática de su ciclo guerrero debe mucho a las teorías darwinistas en boga de su tiempo: se sabe, por ejemplo, que leyó con deleite la entonces muy célebre obra de Herbert Spengler La decadencia de Occidente. Así, el escritor texano se identificaba con el concepto cíclico que defendía este autor alemán: una vez superado su cénit, cada pueblo inicia, de modo inevitable, una decadencia que lo llevará a su desaparición. Esta desaparición puede ser acelerada por la competencia y la invasión de otro pueblo que inicia el camino inverso, o bien (sin influencia externa) puede incurrir en un lento languidecimiento, que se traduce en una degradación que Howard asoció siempre (lo expresa incluso en sus cartas) a la adicción sensual y a la perversión sexual. El magnífico relato Clavos rojos, cima del ciclo de Conan, es buena muestra de esto último; los cuentos de sus guerreros sombríos, de lo primero. El mérito de Howard, y lo que hace intemporal su literatura, por encima del sustrato ideológico en que sustenta su dramaturgia, reside en la trascendencia intemporal que consigue otorgarle esa fusión de épica crepuscular y lirismo agreste.

Así, Howard llegó a concebir un ciclo —bautizado por los expertos como de «memoria racial o ancestral»— en el que un individuo, James Allison, que acaba de quedar lisiado y siente por ello un profundo dolor físico y existencial, rememora sus encarnaciones pasadas, en todas las cuales, y a modo de contraste con su actual estado de impotencia, fue un guerrero indómito. En vida, publicó dos magníficos cuentos del personaje (dejando, como en todos los demás ciclos, otros cuantos sin publicar, algunos en el estadio del mero fragmento), en los que el ancestro de Ellison es un guerrero proto-nórdico que vive en una era inconcebiblemente lejana en el tiempo y corre diversas aventuras en el curso de las migraciones que su pueblo realiza hacia el sur. El contacto con otras civilizaciones, más primitivas o más declinantes, hace que estos relatos sean un óptimo punto de entrada para estudiar el modo en que REH aplicó el concepto a su literatura.

Episodio de Conan el Bárbaro de Marvel que recrea el relato El jardín del miedoEl primero es El jardín del miedo (publicado en la revista Marvel Tales, jul.-ag. 1932), cuyo argumento gira en torno al enfrentamiento entre un joven guerrero, Hunwulf, y el ser alado que ha raptado a su amada. Por encima del majestuoso sentido del escenario que posee el cuento —el adversario del protagonista habita un valle perdido custodiado por animales antediluvianos, y dentro de él en una torre sin puertas rodeada por un espeso campo de flores que se alimentan de sangre humana—, resulta memorable por la singular plasmación que Howard efectúa sobre el concepto de choque de razas. Hunwulf pertenece a un pueblo joven, en ascenso, y así lo delata su aspecto físico, propio de un nórdico rubio y robusto. En cambio, el ser alado, último ejemplar de una raza que otrora fuera poderosa y dominara el mundo, es alto, de piel negra y membranosas alas de murciélago: lo que una vez fue corriente, lo señala ahora como un monstruo. Cierto es que su forma de burlarse del joven guerrero (a cuya amada ha raptado y arrastrado a la torre, con la intención de ofrendarla a las flores vampíricas) señala una vesania interior que parece corresponderse a la monstruosidad exterior pero, insisto, no debe olvidarse que todo esto se narra desde el punto de vista de Hunwulf/Allison. Y si este conseguirá derrotarle no es por que resulte ser más inteligente, sino porque, en el credo howardiano, la decadencia es cuestión tanto de una pérdida de vitalidad (de voluntad, de la que rebosan los pueblos jóvenes) como de un destino fatal: aunque traten de resistirse, para los pueblos que ya no son no queda sino la extinción.

El otro cuento de Allison, El valle del gusano (WT, feb. 1934), es igualmente emblemático porque señala la importancia que Howard daba a la influencia mutua entre los pueblos y el espacio natural en que viven y, sobre todo, entre los seres en apariencia «normales» del presente y el atavismo que todavía sobrevive en el subsuelo racial, cuyo símbolo son las criaturas cuyo físico abominable es expresión de la esencia corrupta que las ha despojado de su dominio sobre la tierra. En concreto, el relato aborda una versión de la eterna lucha entre San Jorge y el dragón (Howard, hombre de cultura, añade los nombres de Beowulf, de Sigfrido o de Tyr para establecer el parangón) a través de otro guerrero proto-nórdico que supone su doble exacto, física y moralmente. Esta complejidad mitopoética es bien significativa del rigor con que este escritor pulp, en apariencia desaliñado intelectualmente, fundió historia, mitología y literatura de ficción.

El rey Kull, en la Biblioteca del LaberintoEl personaje con que Howard dio inicio a su serie de guerreros sombríos fue Kull, rey de Valusia, creado en el relato El reino de las sombras, publicado en el número de agosto de 1929 de la revista Weird Tales. Lalanda considera que con él nace la fantasía heroica en sentido moderno (o Espada y Brujería si utilizamos el otro término, no exactamente equivalente, que yo prefiero para la literatura de REH). Howard lo situó en un mundo de ficción supuestamente situado en el remoto pasado de la humanidad, el continente thurio. Kull, en realidad, es el primer bárbaro de Howard, por cuanto no es un valusiano sino un exiliado de la Atlántida convertido en rey por el expeditivo procedimiento de derrocar al anterior y tiránico soberano. La descripción física de este personaje se corresponde, casi punto por punto, con la que un par de años después otorgará a Conan —no por casualidad: como se sabe, el primer cuento de este no es sino uno de Kull rechazado por la revista, que el texano reconvirtió—, sin más cambio que sustituir los ojos grises del atlante por los azules del cimerio. Entre los incondicionales de Howard, Kull posee una consideración especial, tanto por su condición de precedente directo de Conan como por la excelsa calidad de los cuentos que el texano pudo completar. Asimismo, también fue protagonista de una serie en cómic para Marvel (que constituyó más una obra de culto que un éxito comercial) y, con el tiempo, también sería trasladado al cine, si bien sin comparación posible con la suerte que tuvo el cimerio en manos de John Milius.

En vida, Howard solo llegó a publicar tres relatos de su ciclo, el último una especie de intervención «especial» fuera de su ámbito natural. Un cuarto, el titulado ¡Con esta hacha gobierno! fue el que transformó en el arranque del ciclo conaniano, El fénix en la espada. Sin embargo, en ese breve espacio, Howard hizo de Kull un personaje de una complejidad que, en mi opinión, supera a todos sus futuros avatares (o puede que las características psicológicas que le otorgó tengan la virtud de llegarme al corazón mucho más que las de sus otros héroes). Y es que, aun tratándose del mismo combatiente prácticamente invencible con una espada o un hacha en las manos, un hombre cuyo pasado (y presente) está marcado por la acción, por la supervivencia, por el combate, su rasgo principal es una irremediable inclinación al ensueño y la melancolía. Es un guerrero reflexivo; es más: es un guerrero existencialista, que continuamente se pregunta por la sustancia de lo que le rodea, quizá porque el mismo Howard sabía bien de la tentación de la irrealidad que se agazapaba detrás de su vida diaria: un joven robusto que saltaba continuamente de una existencia apacible, incluso prosaica, a los trepidantes mundos que poblaban su imaginación.

Uno de los tebeos de Kull, en Marvel¿Vivimos en un mundo real o estamos rodeados de sombras y apariencias, porque no somos sino eso: sombra y apariencia?, se pregunta Kull continuamente. De ahí el hallazgo de la trama mediante la cual, en El Reino de las Sombras, lo presenta Howard, y que gira en torno a la infiltración dentro de la corte de una raza de hombres-serpiente capaces de duplicar los rasgos de cualquiera (incluso del mismo Kull). Por cierto, que el conjuro (sin significado alguno, REH lo deja bien claro) mediante el cual puede identificarse a estos encubiertos ofidios, ka nama kaa lajerama, siempre me ha parecido una de las más geniales frases absurdas de la historia de la ficción. Es lógico, por ello, que el segundo relato del atlante, Los espejos de Tuzun Thune (WT, sep. 1929), el peligro provenga de unos espejos mágicos que amenazan con sumergir al rey en la irrealidad más absoluta, mientras a su alrededor se ciernen sobre el reino el caos y la corrupción.

El hombre más leal de Kull, y en cierto modo su único amigo, es Brule, apodado Lanza Mortífera, al cual Howard hizo pertenecer a un pueblo que devendrá algo así como obsesión personal del autor, los pictos. En el ciclo de Conan, también los hará reaparecer, pero revertidos a un estadio mucho más primitivo y brutal, un pueblo periférico del continente hiborio al que el escritor convertiría en el equivalente de los indios estadounidenses: un pueblo al borde casi de la animalidad, dotado por tanto de una especial capacidad para hacer del entorno natural una prolongación de sí mismos, que tensarán al máximo las habilidades como guerrero del cimerio. Así se los describe, por ejemplo, en el cuento Más allá del río Negro, uno de los más alabados de la saga de Conan.

Los pictos históricos fueron un pueblo primitivo que se asentó en el norte de Gran Bretaña, en la actual Escocia, y que se enfrentó con indomable saña a los romanos, protegido al otro lado del Muro de Adriano. Es probable que el misterio tanto de su origen como de su destino sea lo que sedujo de ellos a Howard para convertirlo en modelo de pueblo ancestral cuya huella acaba desvaneciéndose en la leyenda. El joven escritor dio a sus pictos como soberano a uno de sus mejores personajes, Bran Mak Morn, guerrero sombrío en su faceta más emblemática al que Howard incluso otorgó un físico distintivo por encima del grueso de su pueblo: si estos (en correspondencia con los pictos históricos) son seres de piel morena y estatura más bien mediana, Bran excede de la media en altura y corpulencia, señalando Howard —recuérdese: fiel hijo de su tiempo, ni más ni menos racista que el común de los mortales de entonces— que esto se debe a que si aquellos han acabado mezclándose con otros pobladores de Britania, él pertenece a una estirpe que se ha mantenido pura. Según cuenta Lalanda en su mencionado libro, fue el primero que surgió de la mente de Howard como molde para todos los que nos ocupan en este artículo, y quizá por ello le tuvo un especial cariño y reverencia. Su espíritu, así, se proyecta fuera de su espacio cronológico o lo lleva a convocar a alguno de los otros (en concreto, el rey Kull), como si fuera el nudo dimensional que los ata a todos.

Una estupenda antología de Howard, en ValdemarEl principal relato del ciclo de Bran es Los gusanos de la tierra (WT, nov. 1932), una de las cimas de la literatura de Howard. El cuerpo del relato está ocupado por el esfuerzo de Bran para derrotar a los odiados romanos, pero el modo que escoge, vista la tremenda superioridad militar de los invasores, es hacer uso de los monstruosos poderes atávicos de la tierra (los «gusanos» del título), a los que pone a su servicio después de cumplir toda una serie de ritos de paso para doblegar su horrenda sevicia bajo su voluntad. Atavismo, pervivencias ancestrales, crepúsculo histórico y voluntad indomable aun sabiendo su dueño que su victoria solo podrá ser efímera y no duradera: he aquí los elementos con los que Howard construyó sus mejores fábulas épicas, bajo una atmósfera de increíble aroma preternatural que produce una sucia fascinación, la propia de esas historias que nos revuelven las tripas con sus implicaciones morales. Delante de sus páginas, uno tiene la impresión de que este texano tuvo sueños más oscuros de los que les ha sido dado gozar a la mayor parte de los escritores.

Bran reaparece del modo más bello en otro espléndido relato cuyo protagonista es el irlandés Turlogh O’Brien, un guerrero todavía más taciturno (su apodo, en gaélico Dubh, significa el Oscuro) pues se trata de un hombre al que su propio pueblo ha proscrito: por tanto, ya no puede reclamar ni familia ni amigos ni una tierra a la que volver a morir salvo en sus desgarrados sueños. Precisamente, la poderosa fuerza dramática del estupendo relato El hombre oscuro (WT, diciembre 1931), gira en torno a la amarga aventura que protagoniza, marchando en pos del rescate de la hija de uno de los caudillos que lo desterró, raptada por uno de los odiados invasores vikingos de la verde Erín, durante el cual realiza toda clase de increíbles proezas mientras atraviesa los mares tormentosos hasta llegar a la isla de sus enemigos en las Hébridas escocesas, sabiendo en todo momento que nadie le agradecerá nada. En su empresa, sin embargo, Turlogh se verá beneficiado por la magia protectora de una extraña escultura de piedra negra que ha encontrado en otra desolada isla de esos parajes, en circunstancias bien insólitas (rodeada de muertos que debieron pelearse por ella), y que representa a un hombre de aspecto majestuoso, tal vez un rey o un dios. En el final de este relato alucinante y alucinatorio, posiblemente la manifestación más alta de esa capacidad que tuvo Howard para la épica crepuscular, Turlogh, que tristemente no conseguirá salvar la vida de la muchacha si bien contemplará cómo mueren todos los vikingos que participaron en su secuestro, descubrirá que el rey representado por la escultura es, no podía ser otro, Bran Mak Morn.

Bran Mak Morn, por FrazettaHoward todavía hizo aparecer a su soberano picto en otro relato espléndido, Reyes de la noche (WT, nov. 1930), que aunque fue escrito antes que muchos de los otros, supone no solo la culminación del ciclo sino la coherente clausura del círculo abierto por El Reino de las Sombras, como bien advierte la presencia del rey Kull. No es sin embargo Valusia el escenario de esta historia sino un lugar cerca del Muro de Adriano donde va a tener lugar la batalla definitiva entre los romanos y los pueblos de la isla, liderados por Bran Mak Morn. Ahora bien, el combate depende de la participación en él de la hueste britana que Bran ha convocado, y que habiendo perdido a su rey en la escaramuza anterior, exige un soberano que los lidere so amenaza de unirse a Roma: la falta de un soberano es la señal de que los soldados del águila son invencibles. Ese rey llegará, pero procedente del pasado, del remotísimo pasado que simboliza la joya que Bran porta en su corona, y que Kull diera a Brule Lanza Mortífera, picto como él, en señal de su amistad.

¿Es un falso Kull o un fantasma convocado por el brujo picto que aconseja a Bran? No: el hombre que aparece recortado contra el sol del amanecer —y que de igual modo se desvanecerá cuando el astro rey se hunda en el crepúsculo, concluida la batalla con la victoria— es el mismo rey de Valusia, el exiliado de la Atlántida, quien cree estar viviendo uno de esos sueños que a veces él confunde con la vigilia, sombra entre sombras porque, como él se ha dicho muchas veces, es difícil distinguir el sueño de la realidad. El aliento elegíaco que posee este relato, a la vez idéntico en argumento y espíritu a los otros como sutilmente distinto en su condición casi metagenérica (metahowardiana me atrevería a decir) le vale un aprecio muy especial entre los amantes de ese escritor que tal vez también pensó muchas veces si no sería una sombra, una sombra capaz de sentir con exultante pasión, pero también de desvanecerse en medio de la nada.

Si el espíritu de Bran Mak Morn permaneció en la estatua negra que tanto años después protegería a Turlogh O’Brien, si el de Kull acudió en ayuda de su regio avatar a través del tiempo y de la leyenda, ¿por qué no pensar que el del mismo Robert E. Howard permanece cerca de nosotros, lectores de su obra, esperando apreciar en nuestro semblante la misma emoción primordial, ingenua pero no infantil, con que él mismo narró las hazañas de sus guerreros sombríos?

Gary Gianni ilustra Brak Man Morn

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Los sombríos guerreros de Robert E. Howard

  1. Germán Valdajos Pulgar dijo:

    Me ha gustado,yo cuando me cruzo con una serpiente,pronuncio “ka nama ka lajerama”😄y si es un insecto de gran tamaño “basutu” recuerdo con deleite la lectura de las novelas y los comics,recuerdo “No tengo recuerdos de que alegrarme,ni futuro al que mirar”
    Lo leí todo en mi adolescencia ( tenia seguramente una de las mayores colecciones de España,que me fué robada) y apenas he vuelto a tener algo,ni a leer nada.

    • Yo también he sido amigo de pronunciar en voz alta todo tipo de frases sacadas de algún cómic o de alguna película. El conjuro de la creación de “Excalibur” era de mis favoritos (“Anal rasrag, urbás besal, dogiel dienvé”), o la frasecita que despertaba al robot Klaatu en “Ultimátum a la Tierra” (“Klaatu barada niktu”).

      En cuanto a tu colección sustraída, yo también sufrí un “robo” que me marcó la adolescencia, aunque en este caso fue mi madre la que tiró a la basura los tebeos que pilló, alegando que ya era mayor y no los iba a leer nunca más…. Triste destino.

  2. Alvaro dijo:

    Extraordinario articulo, uno de los mejores y mas bellos que nunca he leido sobre Howard. Con tu permiso, comparto en facebook. Unsaludo. Alvaro.

    • Muchas gracias, Álvaro. Desde luego, mi intención primordial es hacer honor al placer que me proporciona la lectura de Howard, e intentar transmitirlo, no solo a quienes ya admiramos a este gran escritor sino a todo aquel que no lo conozca todavía y necesite un empujón para hacerlo.

      Tiene todo mi permiso, como es natural. ¡Un abrazo!

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