La vulnerabilidad de Ethan Hawke

La mirada de Ethan Hawke en GattacaFue en Gattaca cuando cambió mi opinión sobre Ethan Hawke. Yo no lo aguantaba. Me parecía un miembro especialmente cargante de esa nueva generación de actores que, convirtiendo su juventud en un valor, quería proclamar su sensibilidad en cada fotograma, por mucho que fuera antes una pose que una cualidad genuina. Winona Ryder, Johnny Depp, Christian Slater, Matt Dillon o Robert Downey Jr: cada uno añadirá otros nombres. Unos mejoraron, otros ascendieron profesionalmente sin mejorar y otros se estancaron para siempre. Hawke mejoró, y hasta qué punto. Y sucedió, lo repito, a la altura de Gattaca. Su pose de chico sensible seguía estando allí, de modo indiscutible. Pero de pronto advertí que había algo más: su personaje transmitía un aire de tristeza irreprimible a la vez que de rabia contenida ante un mundo que ha convertido en privilegio una circunstancia que no debería ser mérito. Si los actores de su generación basaron su primer impacto en saberse jóvenes y guapos, los habitantes de esa sociedad del futuro que registra el film se clasifican según la perfección genética que han grabado en ellos en el momento de su concepción. Pero su personaje, Vincent, nació al viejo estilo y eso le aleja de la élite: y quien no pertenece a ella no puede soñar, como él, con viajar a las estrellas. ¿O sí? La fuerza interior de Vincent, el «no válido», lo empuja a arrostrar el riesgo de ser descubierto, suplantando a Jerome, un elegido que, por un accidente, se ha convertido en inválido de verdad. Pero debe estar siempre alerta. Si el mundo de Gattaca se caracteriza por la falta de énfasis —pues no hay nada que objetar ante una clasificación basada en una cuestión que nadie puede cambiar—, el hombre que transgrede ese código no puede traicionarse nunca: la circunspección, el control de sí mismo, debe ser su norma. ¿Cómo expresar la angustia y la rebelión, sin caer en el subrayado gestual? Con los recursos que hacen grande a un actor: con la mirada y el movimiento. En Gattaca, Hawke descubrió cómo transmitir de verdad esa fragilidad del ser humano y ya no la perdió jamás. Desde ese momento, en los mejores papeles de una carrera amplia pero no espectacular, con películas sólidas pero no llamativas, el joven actor que poco a poco dejó de ser joven ha desplegado una galería de personajes que, gentiles o sombríos, luchadores o derrotados, no dejan de mirar a su alrededor (de mirarnos a los espectadores) preguntándose por qué el ser humano es la criatura más vulnerable sobre la tierra. Y poco más como él han sabido transmitirlo mejor.

Nacido en 1970 en la capital de Texas, Austin, los primeros años del futuro actor estarían marcados por la separación de sus padres y los diversos traslados de ciudad siguiendo a su madre, que no tardaría en volver a casarse. Es curioso que este sucinto relato recuerde bastante a las circunstancias de los personajes centrales de Boyhood (Momentos de una vida), esa singular realización de Richard Linklater, el director más importante de su carrera, en la que tanto se implicaría el actor, como más adelante señalaré. La llamada de la actuación llevó al muchacho al teatro escolar y a su primer casting. Fue elegido, con tan solo quince añitos, para uno de los papeles protagonistas de Exploradores (1985), una de estas fantasías juveniles de aliento spielbergiano que, supuestamente, deberíamos idolatrar quienes fuimos adolescentes en aquellos años. En esta ocasión, y pese a estar firmada por uno de los nombres más relevantes de este cine, Joe Dante, la película supuso un fracaso. Y el joven actor volvió a los estudios.

Oh capitán mi capitán, dice Ethan HawkeAhora bien, cuatro años después fue elegido en un nuevo casting para interpretar a uno de los alumnos fascinados por el maravilloso profesor de literatura (¿hay alguna otra asignatura que pueda maravillar a los jóvenes sensibles?) que acaba de llegar a la rígida institución escolar donde transcurre la acción y que no permitirá el pequeño soplo de libertad que (supuestamente) ha traído. Hablo, claro, de El club de los poetas muertos (1989), un título que en su día —cuando ni de lejos podía sospechar que yo mismo sería profesor, aunque no de literatura— me pareció blandamente sentimental. En concreto, no «perdoné» a Hawke que su personaje fuese el primero que inicia el famoso homenaje final en despedida al profesor poniéndose sobre la mesa, ante la irritación del mismísimo director del colegio (en otro artículo explico por qué me parece tan falsa esta secuencia), recitando el famoso «Oh capitán, mi capitán».

Ya más crecido, volví a encontrarlo en una de estas obras circunstanciales sobre las que se escribe mucho en su momento y luego todos olvidan, Bocados de realidad (1994) —como nadie recuerda que fue la opera prima como director del entonces desconocido Ben Stiller—, puesto que se la promocionó, con astucia, como himno de presentación de una nueva generación llamada X. Hawke encarnaba a un insoportable jovenzuelo de aires grunge que se pasa el tiempo dándoselas de artista insobornable y que suelta continuamente sentencias que hoy se dirían extraídas de Twitter. En realidad, la película no era sino una bobada neorromántica (perdón por la estúpida etiqueta) que, desde la primera escena, está claro que no tiene más objetivo que rellenar el tiempo hasta que la pareja protagonista reconozca de una maldita que están hechos el uno para el otro. Para colmo de males, ella es Winona Ryder, justo el equivalente femenino de lo que parecía encarnar Hawke y a la que entonces se le aplaudía por cualquier cosa que hiciera.

El remate, para mí, fue tropezármelo en un papel similar, si bien menos cargante, en lo que me pareció otra peliculilla de promoción juvenil con pretensiones cosmopolitas y exhibición turística (la trama narra el encuentro entre dos jóvenes, por supuesto guapos, durante una noche, en Viena). No oculto que, en su estreno, Antes de amanecer (1995) me aburrió soberanamente, y sin embargo, a la vista del desarrollo posterior de la carrera de Hawke, estamos ante uno de los títulos más importantes de ella.

Gattaca, no hay gen para el espíritu humanoEntonces llegó Gattaca (1997). Seguramente se olvida que este film, hoy justificadamente de culto, en su momento pasó bastante desapercibido; a mí mismo me pareció estimable pero no logrado. Y no discuto que no aprovecha todo lo que permitían, primero, su elegante belleza visual y sonora y, segundo, el interés dramático de ese planteamiento construido en torno a una distopía genética. Tal vez era un proyecto demasiado ambicioso para el joven guionista que debutaba en la realización, Andrew Niccol, y en ambos cometidos se pueden señalar diversos puntos flacos (por ejemplo, la escasa presencia del fundamental personaje de Jude Law, la excesiva dependencia de la trama policiaca o el irregular aliento lírico). Pero qué más da: pocas películas modernas poseen el sentido atmosférico de Gattaca, en buena medida gracias al potencial dramático de una escenografía basada en los espacios horizontales y vacíos, a la medida de ese mundo en el fondo estancado (no extraña que su protagonista afronte los mayores sacrificios, los peligros continuos, por marchar a las estrellas: por escapar de él), desbordante de una serena melancolía potenciada magníficamente por una composición musical de Michael Nyman que para mí es su obra maestra. Y el personaje protagonista, ese no válido llamado Vincent que se convierte en Jerome para hacer realidad su sueño, resulta imborrable.

Ethan Hawke, repito, parece proponer el mismo tipo de rol que lo había hecho famoso, y desde luego todavía carece de los registros necesarios para mantener la misma convicción todo el tiempo. Sin embargo, lentamente uno advierte que, en buena medida, ese aire de elegíaca melancolía que envuelve las imágenes del film nace de la insondable tristeza que transmite su forma de mirar al cielo (siguiendo la estela de las naves espaciales en las que él espera viajar) o de moverse entre los empleados de la corporación aeronáutica que da nombre al film, con ceremoniosa circunspección, las manos a la espalda y el rostro conscientemente inexpresivo, para no llamar la atención. Gattaca es una fábula sobre la superación personal que, al contrario de lo normal en este tipo de planteamientos, nos hace mejores no porque lo pretenda el guion, sino por la nobleza de sus recursos, por la falta de sentimentalismo, por el magnífico dibujo del personaje central. ¿Cómo no emocionarse cuando su hermano —que al contrario que él sí fue concebido genéticamente—, perplejo al ver cómo vuelve a ser superado por quien tendría que ser débil en el peligroso rito de nadar en mar abierto, le pregunta cómo es posible y Vincent contesta, como bella expresión de su determinación: «Porque nunca reservé fuerzas para regresar»? El indomable Vincent, que no debería haber llegado a los cielos pese a la suplantación (a la sangre, a la orina, incluso a la grabación de los latidos de su corazón que le presta Jerome), hace realidad el bonito eslógan de la película: no hay gen para el espíritu humano. Queda para el recuerdo la mirada de Hawke en la escena final, transmitiendo una emotividad íntima y nada exagerada, inolvidable.

Cartel original de Grandes esperanzasEl remate de esta etapa lo constituye una obra muy mal recibida en su momento pero que a mí siempre me ha parecido digna de admiración. Se entiende la antipatía: Grandes esperanzas (1998) parece una estupidez, nada rara en esos tiempos, en su propósito de actualizar una gran obra literaria para promocionar una vez más a jóvenes actores (a Hawke se une Gwyneth Paltrow). Y sin embargo, como adaptación me parece mucho más arriesgada que, por ejemplo, el clásico de David Lean que brilla como la mejor versión en cine de la novela, que aquí se tituló Cadenas rotas (1946). Entiéndaseme: no digo que sea mejor película; digo que es mejor adaptación por cuanto el clásico británico es una ilustración fiel de la genial novela de Dickens y, por magnífica que sea su conversión en imágenes (realización, interpretación, escenografía, incluso atmósfera dickensiana), no solo no aporta nada al libro sino que, lógicamente, lo trivializa al carecer de su diversidad y complejidad dramática. En cambio, su contemporaneización sí cuenta con elementos originales que van más allá del vampirismo literario, en especial la variación en el planteamiento: si en el siglo XIX la promoción social de Pip se centra en la adquisición de medios económicos y de la distinción necesaria para exhibirlos en sociedad, en el XX se precisa algo más: tener (o parecer que se tiene) ese resbaladizo don que llamamos talento. Así, el ascenso del muchacho ahora rebautizado como Finn se basará en su don para la pintura.

No puedo extenderme mucho sobre los otros valores de este interesantísimo film (que tampoco pretendo calificar de obra maestra, cuidado), como por ejemplo la capacidad que demuestran sus autores —el director Alfonso Cuarón, antes de ganar renombre y premios, y el guionista Mitch Glazer, que ni ganaría una cosa ni la otra— para la síntesis narrativa (ese concepto que antes se asociaba a lo clásico y hoy a lo antiguo), con soluciones visuales y argumentales en verdad creativas. Solamente señalo que, del riquísimo material procedente del libro, la película convierte en su casi exclusivo centro dramático la destructiva obsesión que Finn siente por Estella, encarnación de sus aspiraciones y a la vez objeto inalcanzable de deseo, sexualizándola considerablemente tal como permitían los nuevos tiempos. De modo significativo, Ethan Hawke le da la vuelta a su anterior personaje «artista» de Bocados de realidad, sacando al exterior, ya de modo incontenible y para siempre, esa señalada capacidad para expresar la vulnerabilidad que será el rasgo fundamental de sus cualidades interpretativas.

Día de entrenamiento, con Denzel WashingtonHawke supera la treintena y comienza una etapa de su filmografía que abunda en películas que no despiertan especial eco. Es decir, trabaja con profusión y, en general, mantiene su rango de protagonista, pero su nombre rara vez se asociará a alguna producción concebida para el éxito (o el fracaso) colosal, no sé si por renuncia propia o porque Hollywood deja de considerarlo un proyecto de actor estelar (de actor de blockbusters para entendernos). Aun así, determinadas películas siguen cimentando una carrera que, hasta el día de hoy, no ha conocido ningún bache. Una de ellas, Día de entrenamiento (2001), le proporciona la primera de sus dos nominaciones al Oscar como mejor actor secundario. Se trata de un thriller con un agradecido aire de los años 70, pero que enseguida se descubre como el clásico vehículo al servicio de un actor que ha decidido cambiar su registro (y por ello es recompensado con el Oscar). En este caso es Denzel Washington, quien deja atrás su imagen habitualmente noble para encarnar a un policía no ya corrupto sino un auténtico hijo de puta. Ahora bien, la película, que no comienza mal, acaba resultando del todo inverosímil cuando se empeña en tensar al máximo la villanía del protagonista. Es por ello que quien acaba destacando, por su convicción, es Hawke en el papel del nuevo compañero del protagonista, impresionado primero por su carisma y después desbordado por su vileza.

En esa década inicial del siglo XX seguí muy poco la carrera del actor, al que realmente redescubriría años después a través de las proyecciones domésticas. Me pareció curioso leer que aquel film para mí anodino que había sido Antes de amanecer tuviera una continuación, situada nueve años después, y al parecer planteando la misma situación de encuentro durante un pequeño intervalo de tiempo de la misma pareja protagonista, ahora en París, bajo el título de Antes del atardecer (2004), y que otros tantos años más adelante se convertía en trilogía con una nueva entrega, Antes del anochecer (2013), cambiando otra vez el escenario para situarse en las islas griegas. Siempre bajo dirección de Richard Linklater, siempre con la francesa Julie Delpy al lado de Hawke, siempre con los actores participando en el guion (y siendo las dos veces nominados por esta labor). Para mayor asombro, esa trilogía iría alcanzando un inesperado culto y revelantes críticos que para mí suelen ser una garantía (comenzando por Carlos Aguilar, rendido admirador de la segunda entrega) se deshacían en elogios de ella. De modo que, tarde, decidí sentarme a verla, comenzando, claro, por la primera película.

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De la conmoción que para mí ha supuesto semejante descubrimiento hablo con detalle en otro artículo. ¿Cómo sintetizar en breves renglones la magia y el encanto que posee esta trilogía? No se debe, claro, a su originalidad argumental, aunque sí resulte original el modelo estructural que poseen todos sus títulos, asomándose siempre unas breves horas de la vida de esa pareja, unas horas, eso sí, fundamentales (su encuentro; su reencuentro, después de muchos años sin saber el uno del otro; y el momento en que, ya convivientes y con hijos, asoma a sus existencias la crisis propia de la vida en común de mucho tiempo). El esquema formal se centra en las conversaciones entre ambos (con un sentido del diálogo cuya naturalidad, sin caer jamás en el falso naturalismo, es de antología), con la cámara siguiéndolos continuamente, pues se mueven de un lado a otro, con paradas para sentarse a tomar café, a comer o, sencillamente, a hablar con más intimidad. La clave de la trilogía se halla, precisamente, en la manera en que se nos abre una ventana a unas existencias que, sin ser especialmente particulares, consiguen hacérsenos imprescindibles. Me parece pretencioso escribirlo (sobre todo porque soy consciente de que el resultado de este tipo de propuestas suele ser fastidioso), pero la trilogía Antes de… ofrece unos fragmentos de vida que son sencillos e identificables, puesto que carecen de excepcionalidad, pero que a la vez transmiten la incomovible certeza de lo singular que es cada vida humana, cada relación de pareja, pese al consuelo (o desconsuelo) que muchas veces encontramos en pensar que lo que nos pasa a todos viene a ser más o menos lo mismo.

Como es natural, se trata de una película (en tres partes) que nace, muere y alcanza su sentido en los dos personajes, por mucho que los diferentes ambientes otorguen un especial aroma a cada entrega. Y el hecho de que los actores envejezcan interpretando esos roles con intervalos de nueve años hace que la trilogía sea, también, una crónica de ellos mismos, de sus cambios físicos, de su evolución interpretativa. Si la revisión del primer film nos muestra a unos jóvenes intérpretes que revelan dotes para el futuro, en las siguientes están geniales, y en gran medida se debe, precisamente, a la maduración de sus cuerpos, de sus gestos y de sus miradas. En Antes de amanecer su juventud resulta exultante y eso condiciona, claro, a sus personajes, que se comportan con esa sensación tan propia de la edad en que uno llega a creerse dueño del universo por tener todo el tiempo por delante. En Antes del atardecer, más hechos, menos rozagantes (incluso más delgados de la cuenta, lo que puede interpretarse también como la constatación de que la vida no era el motivo de completa celebración que creían), nos sorprenden en ese momento en que, por saber ya que el tiempo no se dilata sin fin, el temor y el anhelo ante las decisiones importantes asoma implacable. En fin, en Antes del anochecer, los cambios físicos son menores. Los personajes y los actores rebasan por poco la cuarentena: están en ese momento en que el envejecimiento parece ralentizarse, lo que no es sino otra trampa de la vida, y tal vez por ello los protagonistas dudan acerca de su relación, porque si hay que ponerle punto final y buscar otro inicio no se puede esperar mucho más.

Boyhood, doce años en la vida de una familiaEn fin, la maravillosa trilogía aborda tantos temas de la vida en pareja, de las expectativas vitales, de la responsabilidad personal, de los condicionantes humanos en general, que su densidad parece inagotable. Asombra saber ahora que el director, en la década larga en que hizo estas y otras películas más, filmaba otra de planteamiento similar a su trilogía (la evolución de los miembros de una familia, solo que ahora centrándose en los hijos) pero extremando aún más la audacia formal y estructural. Boyhood (Momentos de una vida) —el subtítulo español está bien elegido, por una vez— se estrenó en 2014, pero se había ido rodando a lo largo de doce años, reuniéndose por tanto los actores principales a intervalos regulares para narrar, con la verosimilitud extrema de asistir a un cambio físico genuino dentro de una misma película, justo eso: unos momentos de vida. Aunque lo más llamativo sea asistir al crecimiento de los niños Ellar Coltrane y Lorelei Linklater (hija del realizador) desde la infancia hasta la adolescencia y el ingreso en la edad adulta (simbolizado por la universidad), también sucede lo mismo con los actores Ethan Hawke y Patricia Arquette (es una pena: habría sido rizar el rizo pero cómo no añorar a la misma Julie Delpy, cuando además la actriz es la que menos me convence del reparto).

El planteamiento es demasiado absolutista, cierto, porque amenaza todo el tiempo con que los árboles no dejen ver el bosque: que prestemos más atención a esos cambios que a atender a la evolución de los personajes. Y sin embargo, aun manteniendo cierta prudencia puesto que acabo de ver el film por primera vez, el relato convence, sobre todo por su propósito de no querer hacer catálogo de grandes momentos: el principio de Linklater es que la vida fluye continuamente, y que situaciones que parecían culminantes acaban quedando atrás y se nos ofrecen otras no menos importantes. En particular, creo que cada vez que el personaje de Ethan Hawke aparece en pantalla, la película cobra aún más interés, y eso se debe, en buena medida, a la facilidad con que el actor transmite la gentil positividad de su personaje: un jovenzuelo que es padre sin saber lo que es la responsabilidad (descargando, por tanto, esta carga en la madre) pero que, lejos de hundirse en la amargura, alcanza la adecuada maduración, formando otra familia pero sin dejar de estar en la suya primera.

Hay vida más allá de Linklater, claro (hay que añadir que la colaboración de Hawke con este cineasta se ha extendido a otros cuatro trabajos más). Su carrera seguiría desarrollándose de modo estable, sin grandes sorpresas comerciales —según Wikipedia, la película más taquillera de su filmografía es nada menos que la segunda que hizo, la de los poetas muertos— ni batacazos que hicieran pensar a nadie que su paso por el cine estaba saldado. Y ha seguido añadiendo papeles, de los cuales voy a seleccionar cuatro ya del todo alejados de esa imagen sana y alegre que pareció que iba a ser su sello cuando comenzara a despuntar. Cuatro papeles en los que el peso de la edad parece condicionar la amargura de sus personajes (por más arrugas y canas que se acumulen en su rostro, siempre nos inquietará advertir que todavía permanece en él, o eso queremos ver, una huella de sus rasgos juveniles).

Antes que el diablo sepa que has muerto, cartel del cineUno de ellos se encuentra en Antes que el diablo sepa que has muerto (2007). Se trata de la última película del veterano Sidney Lumet, con la que este cerró cincuenta años de una carrera hoy justamente revalorizada. Ratificando la cualidad profundamente crítica que siempre tuvo su cine, Lumet clausuró su filmografía, y su vida, con un planteamiento que esta vez no aborda la corrupción de las instituciones, su tema recurrente, sino la del ser humano sin coartada alguna: la decadencia, la quiebra entre las ilusiones y la realidad, la tentación de la violencia y el delito. Para ello, cuenta la historia de dos hermanos en horas muy bajas que deciden conseguir el dinero que necesitan atracando la joyería propiedad de sus padres, con el trágico e inesperado resultado de que su propia madre muere durante el robo. Hawke encarna al hermano menos listo (el organizador de la trama, el mayor, es Philip Seymour Hoffman, también impresionante), que sin estar convencido de lo que hace se deja arrastrar, tal es su falta de carácter y la propia desesperación personal que le provoca su desastrosa vida familiar (con una esposa divorciada cuya pensión no puede pagar y una hija que le pide cosas que no puede darle, para colmo se ha enamorado irremediablemente de su cuñada, que lo está utilizando por puro resentimiento contra su propio esposo). Sorprendido a los treinta y siete años, todavía con el gesto aniñado pero ya con signos evidentes de estar dejando atrás la juventud, el aspecto desmadejado de Hawke se funde estremecedoramente con su condición de derrotado en todos los órdenes (peor aún es que se recuerde que era el hijo favorito de papá: el guapo, el que parecía que iba a comerse el mundo). Y la interpretación es memorable, anticipando los mejores papeles que le aguardan en el futuro, ya en la edad de la madurez.

Predestination, singular film de viajes en el tiempoOtro estupendo papel se encuentra en una película que no ha llegado a ver estreno en salas en España, aunque sí ediciones domésticas. Predestination (2014) adapta un magnífico cuento del especialista en ciencia ficción Robert Heinlein que versa sobre el siempre sugestivo tema de las paradojas temporales. Hawke encarna al agente de una institución encargada de prevenir los delitos más atroces mediante la adecuada intervención en el tiempo. Si el cuento de Heinlein, muy breve, destaca por la sorna con que ilustra su fábula de raíz kafkiana, las aportaciones al mismo de los hermanos Michael y Peter Spierig (directores y guionistas), aun respetándolo en sus líneas maestras, lo convierten en una atroz reflexión existencial, en la que esa condición de viajero del tiempo vale como símbolo de la soledad absoluta del hombre en medio del universo. No es posible revelar nada de su trama, pues el film exige no saber nada de ella a priori, hasta tal punto es sorprendentemente retorcido ese juego de paradojas. Lógicamente, una vez vista surge el miedo a que sus sorpresas amparen el posible vacío de una trama meramente ingeniosa. Pero ese miedo se disipa con la revisión. Los giros de guion son los necesarios golpes que derriban cualquier idea de que la vida se basa en una convicción sólida de la realidad: todos somos nuestra propia realidad, puramente solipsista. A cada uno de nosotros, se nos convence, solo le espera uno mismo. Huelga decir que el rostro cada vez más maduro, y por tanto, cansado de Hawke transmite a la perfección esta idea. Predestination es un film, por lo tanto, a descubrir.

Maudie, el color de la vida, una bonita peliculaLas otras dos películas, mucho menos espectaculares, se caracterizan por la modestia de medios y también de repercusión. La primera, Maudie, el color de la vida (2016), aborda la figura real de Maudie Lewis, una mujer que parecía condenada a la soledad y la infelicidad por el abandono de su familia y la terrible enfermedad artrítica que padecía desde la juventud, pero que no solo encontró el amor sino también la admiración como pintora, pese a su falta de formación académica y la despreocupación por toda ortodoxia. A priori, era de temer que nos fuéramos a ver con un caso típico de «vida ejemplar» centrada en el típico ser que, hallándose aparentemente en la oscuridad, se convierte en faro de luz para sus semejantes. Sin embargo, Aisling Walsh (directora) y Sherry White (guionista), con el beneficio de una actuación excepcional de Sally Hawkins, salvan esa tentación, sin eludir la dureza real de las condiciones en que vivieron los personajes reales, y buscan reflejar sin énfasis la adecuada belleza (interior y exterior) que contiene su historia. En cuanto a Hawke, encarna al marido de Maudie, un pescador pobre, de hecho a un paso de la miseria, iletrado, que no conoce (porque no ha tenido tiempo) la dimensión sensible de la vida: por ello, las obras de Maudie le parecerán «bonitas» en el sentido más puro y menos corrompido de la palabra. Es un hombre cerril, incluso brutal, pero que inspira el amor en un ser este sí sensible de verdad, y en ese misterio, que él mismo seguramente no se explica (por lo que está a punto de arruinar esa relación que, solo entonces, advertirá que le ha salvado del embrutecimiento definitivo), estriba su redescubrimiento de la vida y de la belleza. Qué mejor prueba del talento de un intérprete que un personaje en las antípodas de cuanto había hecho antes.

First Reformed, o El reverendo, o sea, Ethan HawkeEl último papel que destaco (por el momento) es su rol de sacerdote en El reverendo (2017), una de las realizaciones de Paul Schrader, a estas alturas todavía injustamente conocido más por haber escrito varias de las películas de Martin Scorsese que por su interesante carrera como director. Como en sus mejores trabajos (incluyendo alguno de esos guiones), Schrader centra su mirada en un ser al borde del derrumbamiento, en este caso un sacerdote cuya vida está presidida por el dolor: dolor por la pérdida de un hijo de la que se responsabiliza (lo animó a marchar a la guerra de Irak), por el fracaso de su matrimonio (que lo lleva a cerrarse la puerta a otra relación, por mucho que la tiene a mano), por la desorientación vital. El reverendo Toller no encuentra sentido ni a la vida ni a la religión, puesto que esta amenaza con ponerse al servicio de los miembros más ricos e hipócritas de la comunidad. Como otros personajes de Schrader (por ejemplo, el Travis Bickle de Taxi Driver), intenta combatir esa desorientación poniéndola por escrito en un diario que redacta de modo convulsivo mientras bebe cada vez más. Y, como otros tantos de aquellos, creerá encontrar la salida en la violencia: una violencia que limpie de suciedad el entorno que le rodea.

Al borde del medio siglo, inundando la película de esa tristeza incontenible y sobria que ya caracterizaba al no válido Vincent de Gattaca, sabiéndose tan fracasado como el hermano guapo del film de Lumet y sin el consuelo (o eso piensa) del amor como en sus películas con Linklater, Ethan Hawke se pasea por la pantalla como un espectro. Un espectro que sufre un dolor esta vez tanto espiritual como físico por cuanto un cáncer lo devora. Y mira a la pantalla y nos mira a nosotros y nos fuerza a preguntarnos dónde están las respuestas de la vida, dónde se encuentra el camino, pequeño o grande, hacia la felicidad. Y en ese dolor no podemos evitar vernos reflejados. Aunque no siempre, por fuerza, todo haya de concluir mal. Al menos, queda la ambigüedad de creer que tal vez podamos enderezar la situación, como en el final de Antes del anochecer, en que Jesse y Celine, en la bella noche estival de la isla griega, siguen preguntándose si todavía merece la pena seguir juntos. A través de Vincent, de Jesse o del reverendo Toller, desde hace muchos años, Ethan Hawke nos ayuda a pensar en nuestra propia vulnerabilidad.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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6 respuestas a La vulnerabilidad de Ethan Hawke

  1. Renaissance dijo:

    Me ha traído a la memoria esa época en la que esta nueva promoción de actores se basaban exactamente en lo que mencionas, y que hoy se calificaría como «intensito». De cuando Winona Ryder podía hacer cualquier cosa que sería un papel revelación y hablaban continuamente de una Generación X que entonces no entendía ni a que se refería.
    Gattaca me pareció en su momento una película que perdió la competición con el estreno de Matrix, al igual que Dark City, con las que no está mal hacer una sesión doble. Después Después está, recuerdo a Hawke en Sinister, que me pareció una versión rutinaria del estilo Imsidious.
    La verdad es que ahora he empezado a preguntarme cuáles serían los equivalentes a estos actores para la siguiente generación (lo de referirme a ellos como Z me resulta todavía un poco extraño)

    • Los años noventa fueron la década en la que más he ido al cine, devorando en especial todos los estrenos de Hollywood que podía, buenos o malos. Por ello, esa presunta generación X o lo que sea es la última que conozco realmente bien, porque a sus representantes me los he tragado en infinitas películas, la mayoría mediocres. Y ese sello de «soy sensible porque soy guapo» o «soy guapo porque soy sensible» lo cultivaron muchos. Winona Ryder, por ejemplo. Con esta actriz me pasó lo contrario que con Hawke: inicialmente me gustó mucho, sobre todo por sus películas con Tim Burton, hasta que de pronto me pareció que se estancaba y se las daba de estrella, sobreactuando de lo lindo (su Jo de «Mujercitas» me parece la peor de la nutrida historia de adaptaciones de esta historia) o bien todo lo contrario, siendo incapaz de sugerir los matices interiores de sus personajes más complejos (como su papel en «La edad de la inocencia», una mosquita muerta que en realidad es una intrigante pero que no parece nunca otra cosa que una mosquita muerta…).

  2. marajjos dijo:

    Hace poco ví Gattaca, y cierto, es un film futurista que ha ganado con el paso del tiempo. Plantea un dilema moral que cobra particular actualidad en estos tiempos tan globalistas, como es el derecho de la persona, como ente individual, a resistirse a ser integrado en una «uniformidad» que condicione su vida, y más cuando implica clasificar a la gente en superiores e inferiores en función de esa integración. En este siglo XXI tan fatuo y pagado de sí mismo, que se autoproclama inclusivísimo y solidarísimo, superior a todas las épocas anteriores, hay muchas paradojas en ese sentido, como podrían ser los ancianos que de facto no tienen derecho a disponer de dinero si no aprenden a manejar Internet o el cajero automático, o como, en mi muy personal opinión, los niños con síndrome de Down a los que no se deja nacer por su deficiencia.
    El problema de esta película en una primera visión es precisamente lo que le da su belleza, que es el tono frío y la consecuente interpretación contenida de los actores, que hace que se tome de manera distante y la veamos como un ejercicio intelectual, bien planteado pero sin que nos implique como espectadores emocionalmente. La última escena es ejemplo de ello, la culminación de los esfuerzos de toda una vida, queda materializada simplemente en ponerse un casco de astronauta y que la música suba de tono. Es como tomar un postre soso, yo salí del cine y me dije, bien, pero poco más. El visionado posterior es el que me hizo verla con otros ojos. O quizás que ahora soy verdaderamente maduro para hacerme brillantes planteamientos, jaja.
    Ethan Hawke es un buen actor, y su trayectoria lo avala. Pero es raro para un buen actor no quedar bien cuando una película gira absolutamente en torno a su servicio. El papel de Jude Law en ese sentido es más desagradecido, porque como bien dices queda muy marginado de la visión central, y para mi gusto está inmenso, sabe sacarle el máximo partido a cada escena en la que sale. Otro buen actor.
    Como siempre me encanta leer tu blog. Un abrazo.

    • Coincido contigo: la primera vez que la vi, aun gustándome bastante, me pareció que transmitía una sensación de fría belleza, la propia de esos objetos que complacen al intelecto pero no a los sentidos. Y cierto es que la historia, en determinados momentos, requería una mayor pasionalidad (contenida, claro, como es la obligación de Vincent en su comportamiento público). Es uno de los defectos que le encuentro a Niccol como director: no siempre sabe sugerir todo lo que podía. Aun así, en las revisiones la atmósfera me fue ganando cada vez más y más. Por ejemplo, un elemento en el que no reparé la primera vez y que ahora me encanta tiene que ver con ese final, cuando suben al cohete. En realidad, los tripulantes de la nave no se ponen ni casco ni traje alguno de astronauta: ¡suben directamente con sus trajes! Y sin embargo, me parece extraordinario: se sacrifica lo verosímil por lo humano. Con el casco no habriamos contemplado con la misma nitidez la expresión de Vincent al partir, que es fundamental. Por otra parte, Niccol consigue un momento de abstracción absoluta que es casi lo mejor de su dirección: nada nos distrae de ese gesto de Vincent, por lo que el realismo del traje incluso hubiera sido contraproducente. La percepción gradual de buenos detalles en cada nuevo visionado es el sello de las grandes películas.

      Un abrazo, y muchas gracias, claro, por tus amables palabras sobre mi blog.

  3. Segundo de Vicente dijo:

    Amigo Jose Miguel: Evidentemente tú y yo somos de generaciones alejadas, pues yo en los noventa no he visto muchos estrenos y desconozco la mayoría de las películas que citas en el post sobre Ethan Hawke. No obstante, parece que hoy tengo ganas de darle al dedo y permite que comente dos puntos de dicho post.
    En primer lugar, aborrezco la trilogía «Antes de …», que me parece abunda en la tendencia «crisis matrimonial real como la vida misma», con diálogos profundos y psicología de baratillo. Creo que la serie televisiva de Bergman redujo a la nada cualquier tentativa posterior al respecto.
    Por otra parte, tu comentario negativo acerca de Wynona Rider me ha «enfadado» un poco, pues tengo presente sus magníficas actuaciones en «La edad de la inocencia» y en «Celebrity», películas que además, en mi opinión, están entre las obras maestras de Scorsese y Allen.
    Nada más, reconozco que hoy tenía ganas de explayarme y exponer unas opiniones que pueden ser tan discutibles como otras cualesquiera.
    Un cordial saludo.

    • Hola, Segundo. Tu opinión, claro, tiene el mismo valor que la mía, como toda opinión personal y por ello subjetiva: en todo caso, yo soy más latoso razonándola jaja.

      En cuanto a la trilogía, ya expongo por qué me parece tan magnífica, pero la razón final es que sus personajes a mí me llegan muy hondo y, por tanto, el tratamiento psicológico con que se los dibuja me resulta creíble y compartible. Entiendo que es un tipo de obra que o apasiona o aburre (e incluso puede resultar cargante), y ya digo que la primera de la trilogía, en el momento de su estreno, me pareció lo segundo. Pero la revisión que hice, sobre todo a raíz de ver la segunda película (que me parece la mejor), hace que la impresión retroactiva la mejore: ya los otros dos capítulos son muy superiores. Bergman es un director, por supuesto, extraordinario, pero no creo incompatible que puedan gustar ambas series. Eso sí, de toda su carrera, esta es de las pocas obras que no he visto nunca (tampoco la versión televisiva de «Fanny y Alexander»).

      Winona Ryder… De verdad que, durante unos años, esta actriz me encantaba, incluso, por qué no decirlo, estaba algo enamorada de ella, sobre todo por sus películas con Tim Burton. Pero creo que, en el momento en que se le prestó atención crítica, se estropeó: donde había una joven actriz con sensibilidad, surgió una «gran actriz» antes de serlo. Es el caso contrario al de Hawke, por tanto. En concreto, su papel en «La edad de la inocencia» me parece significativo: May parece una mosquita muerta pero acaba siendo una muy sutil intrigante, y creo que el trabajo de Winona es muy plano, que no consigue expresar esa complejidad interior. Luego, por desgracia, llegaron sus contratiempos personales y, aunque su carrera en general se ha mantenido, ya me parece que se perdió la evolución en películas de la misma ambición que antes. De hecho, hace muchísimos años que no he visto nada de ella y, por lo tanto, no sé qué grado de mejoría puede haber tenido.

      Muchas gracias por tu opinión y espero seguir «discutiendo» en otras ocasiones. Un abrazo.

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