Antes de amanecer, atardecer, anochecer

Los tres carteles originales de la trilogía Antes de

En junio de 1995, en una época en que iba mucho al cine, sin discriminar demasiado, acudí al estreno de una modesta peliculilla, Antes de amanecer, que giraba en torno al encuentro entre dos jovenzuelos (yo entonces tenía más o menos la misma edad) que se pasaban la noche recorriendo Viena y hablando y hablando y hablando hasta separarse, tal como indicaba el título, al amanecer. No me dejó la menor huella, de modo que prácticamente no atendí a la aparición de dos sucesivas secuelas (con el mismo director y la misma pareja de actores) que fueron estrenándose con lapsos bien simétricos de nueve años, Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Imagínese mi sorpresa al ir descubriendo que sobre esa trilogía, poco a poco, se iba posando una notable devoción cinéfila, compartida incluso por críticos a los que no tengo por seguidores de las modas del día. He tardado mucho tiempo en comprobarlo por mí mismo, y tal vez por ello mi asombro y mi placer han sido mayores. La trilogía Antes de… ofrece una mirada sobre la relación de pareja que posee a la vez, y valga la paradoja, un denso encanto y una encantadora densidad, sobre todo en sus dos capítulos finales, verdaderamente antológicos. Y su poderoso influjo tiene mucho que ver con el mantenimiento del mismo juego narrativo de un film a otro: las conversaciones que mantiene la pareja durante unas horas, con nueve años de distancia entre cada una de ellas, con el límite temporal establecido por cada título.

Una vez devorada la trilogía, resulta evidente la interdependencia entre todos sus capítulos, de tal modo que, en el futuro, creo que me resultará imposible ver uno de ellos separado de todos los demás: son partes de una misma película que, por supuesto, tienen valor por sí mismas, pero que se enriquecen formando parte del conjunto. Es más, rizando el rizo, el propio director, Richard Linklater, acabó «repitiendo» un planteamiento similar (seguir a unos personajes a lo largo de los años, atendiendo a su evolución física y personal) pero, en esta ocasión, grabando el material rodado en diversos momentos de ese intervalo hasta montarlo del tirón en una sola película: Boyhood (Momentos de una vida), estrenada en 2014 pero comenzada a filmar en 2002, y que en el momento de redactar estas líneas todavía no he visto.

Tú y yo, antes del amanecer, en VienaLos personajes centrales, sorprendidos a los 23, a los 32 y a los 41 años, son un estadounidense, Jesse, y una francesa, Céline, que se conocen a bordo de un tren y que, tras congeniar con rapidez, deciden pasar juntos las horas que le quedan a él antes de coger el vuelo que lo devuelve a su país, recorriendo Viena mientras se «cuentan sus vidas». Tal es el punto de partida de una trilogía que, desde luego, tiene en la sencillez estructural su principio dramático básico. Estamos ante unas películas que comienzan y acaban en sus personajes centrales, sin acciones colaterales ni otros distintos de ellos (salvo en la tercera, durante un rato), de tal modo que lo que importa es lo que se dicen. Así, la enorme sinceridad que transmiten sus conversaciones (mayor con cada cambio de película: es lógico, ya hay más confianza y se conocen mejor) es su principal elemento dramático. Por supuesto, esto no quiere decir que, como es inevitable con cualquier persona, se digan todo lo que piensan, pues el modo más sencillo de autoprotección con que contamos es justo ese. De hecho, la última de las películas tiene como gran eje diferenciador esta cuestión: el momento en que los silencios, lo que no se comparte, tienen un peso tan fuerte como lo que sí, y cada pareja se encuentra ante el problema de valorar si encuentra compensación en ello.

Debido al planteamiento, la importancia de Ethan Hawke y Julie Delpy es cenital. Si Godard dijo una vez (la frase la conozco gracias al excelente crítico Tomás Fernández Valentí, que gusta de repetirla mucho) que cada película es una especie de reportaje sobre sus actores, la trilogía es una inmejorable oportunidad para descubrir la evolución, física e interpretativa, de sus dos personajes/intérpretes, que solo puede calificarse de admirable. El muchacho un tanto pagado de sí mismo del primer film —seguramente por estar convencido de ser, a la vez, muy guapo y muy sensible: ¿es posible que como el mismo Hawke, que en sus primeros años como actor no era un intérprete precisamente simpático?— dará paso a un hombre templado, dotado de un cálido sentido del humor y una presencia nada arrogante. La joven con pose de chica madura se convertirá en una mujer de firmes convicciones, que conoce el valor del compromiso pese a las duras consecuencias que puede conllevar. Debo señalar que si, al revisarla, sus interpretaciones de la primera película ya me parecen buenas, en los otros dos títulos están, sencillamente, geniales.

Antes de amanecer, atardecer, anochecer

En Antes de amanecer, su principal valor es su propia y exultante juventud, su atractivo físico y el aura que, por ello, desprenden. En Antes del atardecer, el salto es completo. Físicamente, más que diez años, diríase que han pasado unos cuantos más: los dos están más delgados, hasta el punto incluso de parecer un tanto demacrados (sobre todo él), como si, en efecto, la separación sufrida desde el film anterior hubiera tenido un efecto sobre ese vigor y esa confianza que manifestaban en Viena, en 1994 (cada película se ubica un año antes de la fecha del estreno). Los nueve que transcurren hasta Antes del anochecer, en cambio, ahora parecen menos, seguramente porque el físico se asienta en la década de la treintena y, salvo que otros factores intervengan, se «mantiene» hasta que llega el momento de que la vejez comienza su acecho.

Por otro lado, la implicación de los dos actores es total, hasta el punto de colaborar en el guion con su director, Richard Linklater (si bien solo están acreditados desde el segundo libreto). Es natural, puesto que se trata de tres películas que avanzan a partir de los diálogos, el elemento narrativo fundamental. En los tres casos (aunque es en la segunda película donde el virtuosismo es incluso mayor), el director organiza la acción mediante largas tomas en las que la cámara sigue a los dos personajes mientras hablan y hablan. Es natural que, con este método, el grado de improvisación, y de interconexión, entre los dos actores exija una considerable autonomía acerca de las conversaciones que fluyen de sus bocas. Pocas veces unas películas que giran tanto en torno a la palabra, sin embargo, resultan tan vivas, en buena medida porque la expresividad de los actores y la fluidez de la cámara al situarlos en cada escenario desprenden una absoluta ligereza narrativa. Quisiera, por ello, poder hablar más sobre el director, pero confieso no haber visto más películas suyas que estas tres, aunque quiera reparar esa omisión en un futuro inmediato.

Al llegar a este punto del artículo, advierto que cualquier mínimo análisis de la trilogía exige hablar del curso y del final de cada una de ellas, como capítulos de un todo, por lo que recomiendo, a quien esté interesado, verlas primero y luego volver al texto. A propósito de los dos objetivos primordiales de este blog (animar al descubrimiento, o redescubrimiento, de obras de ficción, y plantear un punto de encuentro para hablar, recordar, concordar o disentir sobre las impresiones que aquellas nos han merecido a quienes ya las conocemos), en este caso, más que nunca, no se debe pasar al segundo sin haber cumplido el primero, pues una cosa es que la acción que sucede en cada película sea mínima y otra, que no haya relevantes cambios de una a otra.

Un cartel diferente de Antes de amanecerConsiderar que el film que inicia el ciclo, Antes de amanecer, contiene, de modo consciente, todo lo que habría de venir después, sería hacerle un flaco favor. Es cierto, por supuesto, que ese episodio inicial de la relación entre Jesse y Céline, por su carácter excepcional, acaba siendo el hecho fundamental de la misma que siempre estará presente en sus vidas y a cuya evocación volverán una y otra vez (no en vano, también será la responsable de su reencuentro, como ahora veremos). Pero mientras contemplamos (o revisamos) sus imágenes, lo que estas devuelven es algo muy sencillo, asimismo atractivo e incluso encomiable desde el punto de vista dramático, pero evidentemente de enjundia inferior a la de sus dos continuaciones. Antes de amanecer cuenta cómo una pareja de jovencitos (con toda la aparente seguridad exterior que les da la juventud y la enorme inseguridad interior que les provoca su inmadurez), cada uno de los cuales está solo y lejos de casa (lo cual, como es natural, estimula el deseo de encontrar un alma amiga), congenian, con la espontaneidad que otorga la edad, y pasan unas horas maravillosas, contándose sus respectivas vidas mientras dejan que la simpatía mutua dé paso a la atracción física.

Ahora bien, puesto que —por involuntaria que sea su condición de primer capítulo de una futura trilogía— es inevitable encontrar en sus imágenes elementos que den sentido a la totalidad, creo que la principal aportación de Antes de amanecer a su reflexión sobre la relación de pareja es el modo en que (como suele pasar a esa edad), se funden/confunden el amor romántico y la pura atracción sexual: como es natural, Jesse y Céline están bien dispuestos a creer que ambas cosas son lo mismo. Y una magnífica escena lo expresa a la perfección: se trata del momento, en la cabina de prueba de una tienda de discos de vinilo, en que escuchan una canción (Come Here, de Kath Bloom) y se miran alternativamente, procurando (o sí…) que el otro no lo advierta, en un juego delicioso magníficamente expresado por los actores.

La película concluye con un giro cinéfilo que evoca un film, fácilmente reconocible, que confirma, además, que buena parte de la inspiración de Linklater tiene raíces en el cine clásico. Se trata de Tú y yo, esa espléndida combinación entre comedia sofisticada y melodrama romántico que Leo McCarey filmó dos veces (en 1939 y 1957, siendo esta última la versión más conocida, con Cary Grant y Deborah Kerr). Si el planteamiento es similar (una pareja que se enamora irresistiblemente mientras realiza un viaje por el «extranjero», pero cuyas circunstancias personales los inducen a tener que separarse, aun con la promesa de reencontrarse en poco tiempo), el final ya no deja lugar a dudas: del mismo modo que los protagonistas de este título acordaban reunirse de nuevo en determinado lugar (la terraza del Empire State), seis meses después, Jesse y Céline deciden hacer lo mismo, en la misma estación de tren de Viena donde se despiden.

Un poster diferente de Antes del atardecerAntes del atardecer nos revelará, en sus primeros momentos, que (al igual que en Tú y yo) ese reencuentro no se produjo. La acción se sitúa ahora en París, nueve años después, y empieza nada menos que en la mítica librería Shakespeare & Co., donde Jesse presenta el libro que escribió sobre ese breve encuentro (uso comillas para así apostillar otra referencia cinéfila, también citada en su momento, como inspiración del primer film). Y allí se presentará Céline, no por casualidad, claro, sino porque, asidua de ese lugar, sabía que se iba a celebrar ese evento. Acto seguido, ella lo invita a tomar un café y a hablar, si bien él (como deja claro la prisa de su agente literario) apenas tiene poco más de una hora antes de que lo recojan para llevarlo al aeropuerto. La idea es genial: en Antes de amanecer contaban con una tarde y una noche entera; ahora, con una ínfima parte de ese tiempo, pero en él la pareja tendrá que hacer frente a los motivos de por qué han tardado todo ese tiempo en reencontrarse… y decidir qué hacer de ahora en adelante. Lo más increíble, y que revela lo imprevisible que es la elaboración de las grandes obras, es que el escueto tiempo (y la consiguientemente breve duración del film: 80 minutos, por 100 y 108 de los otros dos) se debe a la modestia de la financiación conseguida: no parece que a nadie preocupara mucho saber qué había sido de Jesse y Céline. De la necesidad, virtud.

En primer lugar, la pareja deshace el equívoco, y es Céline quien directamente señala que no pudo ir porque ese mismo día estaba en el entierro de su abuela (personaje que no está sacado de la manga: ya se citaba en Antes del amanecer, ya que ella viajaba en el tren desde Budapest, donde había ido a visitarla). Jesse, aunque inicial y evasivamente subraya que él tampoco fue, acaba reconociendo que sí lo hizo y se sintió desolado al encontrarse plantado (recuérdese que, en Tú y yo, también era el personaje femenino el que no podía acudir, por otro imponderable, más tremendo: un accidente que la dejaba inválida). Hablamos de un film ambientado en 1995, y aunque diríase que no ha pasado tanto, por entonces no había móviles: además de esa inconsciencia romántica que les impide tomar alguna precaución para poder comunicarse en el futuro, ninguno tiene ni un número de teléfono ni conoce el apellido del otro.

Paris, hawke, delpy¿Es posible recuperar el tiempo? ¿Acaso es algo que deseen ellos o es la mera curiosidad lo que los lleva a pasar juntos ese rato, descubriendo que enseguida recuperan la misma facilidad comunicativa? Antes del atardecer adopta los trazos de un film minimalista, pero ahora de modo genuino, sin esa indudable sensación de «diseño» que, pese a todo, anidaba en Antes de amanecer. Los personajes se mueven por París, entran primero en un café, luego recorren el Jardín de Plantes y la ribera del Sena, subiendo a un bateau mouche hasta alcanzar el coche que espera a Jesse, con el que este lleva a Céline y su casa y luego insiste en subir a tomar un té y escuchar una de las canciones que ella le ha dicho que compone. Incluso cuando se detienen y se sientan en esos momentos señalados (el café, el barco, el coche), Jesse y Céline no parece sino que no pueden detenerse, que son bien conscientes de que se ha planteado algo insólito —¿o no: acaso él no escribió el libro, ante todo, porque su existencia era una forma de llamar a Céline para que surgiera desde la nada donde la dejó?—, que sus palabras surgen a borbotones porque han perdido demasiado tiempo sin poder hablar. En 1995 (1994 en la película), Jesse y Céline hablaban y hablaban, y en más de un momento ellos mismos advertían que había algo de exhibición, o de representación, aun ingenua, en sus palabras. En 2004 (en 2003), Hawke y Delpy consiguen, admirablemente, que todo cuanto dicen resulte auténtico, porque enseguida vuelve a brotar la necesidad del uno por el otro.

Con virtuosa fluidez, el film juega con el tiempo real, componiéndose a base de largas tomas, sin más música que la diegética (una vez más, una canción, hacia el final, es fundamental), con los actores moviéndose y hablando sin parar, creando en el espectador un progresivo crescendo emocional conforme su conversación deja de girar en torno a sus respectivos proyectos de vida y su grado de cumplimiento, y acaba centrándose en sus fracasos sentimentales y en la posibilidad que (tal vez) perdieron al no reencontrarse. En concreto, la escena que tiene lugar en el coche, camino del apartamento de ella, es sencillamente memorable, uno de los momentos de mayor intensidad emocional de todo el cine coetáneo.

En esos nueve años, Jesse se ha convertido en escritor, se ha casado y tiene un hijo; Céline trabaja en proyectos comprometidos con el medio ambiente y vive una relación que ella misma reconoce muy cómoda, pues implica largas separaciones de su novio. El vacío, sin embargo, envuelve la evocación que hacen de sus parejas. Pero el tiempo corre: ella, que en estos nueve años se muestra mucho más ansiosa, más necesitada de expresarse (en cambio, ahora, él está más contenido en su forma de imponer su personalidad), insiste todo el tiempo en que la hora de salida del avión está cada vez más cerca. Finalmente, ella le canta una canción (compuesta por la misma Delpy), que habla de un amor al que no ha olvidado, un amor que se llama Jesse —él bromea: ¿cambia el nombre del chico cada vez que se la canta a un hombre?—, deja la guitarra, nerviosa, vuelve a decirle que va a perder el avión. «Lo sé», concluye él. Fin de la película.

Bonito cartel de Antes de anochecer, aunque no se corresponda con ninguna imagen del film¿Se quedó? Las primeras imágenes de Antes de anochecer mantienen la ambigüedad: Jesse está despidiendo a su hijo, ya con catorce años, en un aeropuerto de Grecia, el cual, después de asegurar que ha pasado las «las mejores vacaciones de su vida» con su padre, vuelve con su madre. Enseguida, sin embargo, queda planteada la situación después de los rituales nueve años: Céline espera fuera, atenta a su móvil, apoyada en un coche en cuyo interior duermen dos niñas gemelas y rubísimas. Se trata de sus dos hijas. Céline y Jesse, sin estar casados, llevan compartiendo sus vidas desde aquella tarde en París y esas vacaciones las están pasando en un indeterminado pueblo del Peloponeso, a donde han acudido con el hijo de él. Precisamente, la separación es el catalizador que necesitaba la historia para justificar por qué, precisamente, había que atender a ese día (que es lo que dura la acción, hasta la medianoche) en el devenir de su historia. Los remordimientos de Jesse por vivir lejos de un hijo que se convierte en adolescente y pronto ya no le necesitará lo llevan a tantear a Céline acerca de una posible mudanza a Chicago, hogar del muchacho, justo cuando ella acaba de encontrar un buen empleo.

La diferencia principal de este tercer capítulo con respecto a los otros dos nace, precisamente, de que ya no narra un día excepcional en su relación sino un día, que puede ser cualquiera, en una vida en común ya larga. El feeling romántico de la primera y la necesidad casi existencial de amor de la segunda ahora dejan paso a la aparición de un tercer elemento, ese que acaba siendo inevitablemente central en toda relación sentimental: el tiempo. La necesidad de unirse frente a la necesidad de seguir unidos: he ahí el quid. El tiempo hace que desaparezcan la novedad y la curiosidad, crea rutinas que unas veces son consideradas entrañables y otras un fastidio, nos hace conocernos demasiado y que, a la vez, hace que cada vez guardemos más cosas dentro de nosotros que pensamos que es mejor no compartir. Esta es la dramaturgia sobre la que se mueve la película.

el bello anochecer de Antes del anochecer

Una vez más, todo transcurre en cuestión de horas, si bien debe señalarse que el título español induce a error, pues cuando por fin anochece (dando pie, además, a un momento bellísimo) queda todavía media película: el original habla de midnight, pero en español no existe medianochecer y los distribuidores decidieron no perder la cadencia aliterativa del infinitivo. Una vez más, los personajes se expresan por medio de conversaciones, ya sea en recintos cerrados (el coche, al principio; la habitación de un hotel, al final) o paseando sin dejar por ello de hablar (a esas alturas, Hawke y Delpy, tanto como Linklater, dominan este tipo de secuencia, rodada en tomas largas sin que se denote ni la artificiosidad del virtuosismo ni la pesadez del exceso de continuidad).

El acierto, sin embargo, es que, del mismo modo que el planteamiento da un giro forzoso, también se introducen ciertos elementos novedosos. Por ejemplo, la importancia de una banda sonora expresamente compuesta (por Graham Reynolds), que tiene la virtud de fundirse admirablemente con la sonoridad que el espectador espera, o un detalle nada baladí: el espacio que, por primera vez en la trilogía, se da a otros personajes, el grupo con el que la pareja pasa sus vacaciones en ese bello rincón griego. Es un elemento de coherencia dramática: una pareja de largo recorrido, para bien o para mal, ya no se centra tan exclusivamente en sí misma como cuando está empezando. Por otra parte, los nuevos personajes ayudan a informarnos de que Jesse escribió un segundo libro (¡en el que relataba el reencuentro en París!), y de ahí que esté empeñado en demostrar, como escritor, una «independencia» artística con respecto a su vida personal (de hecho, el proyecto de novela que narra suena tan bien que dan ganas de que se haga realidad, otro brillante rasgo de la calidad de los guiones). Pero es, sobre todo, la conversación de la comida la que prepara para la segunda mitad de la historia, ya centrada sin interferencias en ellos dos, pues los temas giran precisamente en torno al amor y su caducidad (o su permanencia), al romanticismo (hay una pareja joven en quien, como es natural, los protagonistas intentan ver un reflejo de sí mismos), a la erosión del tiempo. Y pese a la complicidad y buen humor con que Jesse y Céline se tratan delante de ellos, también dejan entrever las inevitables tensiones.

Delpy y Hawke, en Grecia, admirablemente madurosEstas estallarán cuando, después de la comida, se dirigen al vecino pueblecito portuario, donde esos amigos les han regalado una noche de hotel para así poder disfrutar de «una» noche en soledad. Es un nuevo acierto de guion, pues es evidente que flota en el ambiente (entre los personajes y entre los espectadores) la «obligación» de que esa noche tiene que ser muy romántica. Por supuesto, esto no será así, lo que supone una ingeniosa inversión del planteamiento de la primera película. La discusión que va barruntándose en el trayecto termina por estallar en la habitación, cuando parecía que, finalmente, sí habría sexo, pues ambos acaban confrontando sus propias perspectivas y sus pequeñas (que siempre son grandes) frustraciones. Una secuencia nuevamente magnífica, en la que los actores consiguen expresar admirablemente esa larga irritación interior que, sin duda, se ha ido incubando a lo largo del verano, acusándose mutuamente de lo que cabe acusarse entre dos personas ya con un bagaje nutrido a sus espaldas. Pero, asimismo, el cariño y respeto que se tienen aflora de modo nada subterráneo: aun discutiendo, se escuchan, no interrumpiéndose más allá de lo lógico.

La gran virtud de esta exposición de la crisis de una pareja (en otra ocasión uno se habría sentido tentado de añadir el adjetivo enésima al sustantivo crisis) es que equilibra la inevitable amargura (¿quién no ha especulado alguna vez con las concesiones que tuvo que hacer a cambio de mantener su relación?) con la reivindicación de la ternura como el elemento que nos mantiene unidos, y que, según el momento, unas veces se verá acompañado por el amor, y en otros por la pasión, por el deseo, o por qué no, por el agrado que nos sigue provocando la compañía del otro. En su negativa a pontificar, en su reivindicación tanto del humor como bálsamo de la pareja (entrañable característica central de Jesse) como de la necesidad de un realismo que no implique determinismo (lo mismo para Céline), es donde bate sus armas dramáticas Antes del anochecer.

Sin embargo, y quiero insistir, la película no intenta nunca convertirse en un estudio entomológico de la relación de pareja, sino que, en todo momento, y en coherente consonancia con las previas entregas, es, por encima de todo, una ventana abierta a dos personas que, sin erigirse en emblema de nada, nos obligan a atender el menor de sus gestos y la más casual de sus palabras. Quizá porque la vida en pareja es justo eso: el cariño que nos despierta una forma de sonreír, la confortable seguridad de saber que enseguida llegará una palabra conocida, el modo de compartir un momento de intimidad, ya sea en un tranquilo parque vienés, en un barco que recorre el Sena o en una terraza al borde del Mediterráneo. Antes de amanecer, de atardecer o de anochecer, pero siempre tú y yo.

La ultima imagen de la trilogía Antes de

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: Antes de amanecer / Before Sunrise. Año: 1995

Director: Richard Linklater. Guión: Richard Linklater y Kim Krizan. Fotografía: Lee Daniel. Música: Fred Frith. Reparto: Ethan Hawke (Jesse), Julie Delpy (Céline). Dur.: 100 min.

Título: Antes del atardecer / Before Sunset. Año: 2004

Director: Richard Linklater. Guión: Richard Linklater, Ethan Hawke y Julie Delpy. Fotografía: Lee Daniel. Reparto: Ethan Hawke (Jesse), Julie Delpy (Céline). Dur.: 80 min.

Título: Antes del anochecer / Before Midnight. Año: 2013

Director: Richard Linklater. Guión: Richard Linklater, Ethan Hawke y Julie Delpy. Fotografía: Christos Voudouris. Música: Graham Reynolds. Reparto: Ethan Hawke (Jesse), Julie Delpy (Céline). Dur.: 108 min.

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a Antes de amanecer, atardecer, anochecer

  1. JAVIER A dijo:

    Bueno, una trilogía apañadita. La nostalgia contada por Linklater. Boyhood no está mal. Se deja ver. La segunda revisión ya te deja un poco frío. El paso del tiempo, lo que quedó atrás, retorno al pasado (una de las grandes de Tourneaur por cierto). Haces del eclecticismo temático un género José Miguel. Se agradece pasar de Ligotti a Linklater como quien no quiere la cosa. Engancha.

    • No tengo claro si la revisión que te deja frío es de la trilogía Antes de… o de “Boyhood”, pero en cualquier caso esta película espero verla pronto, aunque reconozco que ese presunto virtuosismo de rodar durante doce años y después montar creo que, o me parecerá una genialidad, o me resultará cargante.

      Te agradezco, claro, tu elogio. Desde luego, el blog es una crónica de lo que suelo ir viendo y leyendo, y por tanto de la variedad de temas y autores a los que me asomo. Reconozco que, por un lado, esa heterogeneidad puede retraer a lectores que lleguen al blog atraídos por un tema concreto y luego se encuentren la variedad; por otro, habrá a quien, en efecto, esto pueda interesarlo más.

      Un abrazo, y gracias por tu atención.

      • JAVIER A dijo:

        Me refería a la segunda revisión de Boyhood. Es de esas películas que te dejan buen sabor de boca si no vuelves a ellas.
        Un abrazo

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