Borges, creador de Hawthorne

Wakefield y otras fábulas sobre la ausencia          

Wakefield y otros hombres que se perdieron

Nathaniel HawthorneNo comprendo cómo nadie se ha dado cuenta antes: Nathaniel Hawthorne, el escritor supuestamente nacido en Salem (Nueva Inglaterra) en 1804 y muerto en otra ciudad cuyo nombre también tiene aroma de puritanismo, Plymouth, en 1864, es una creación del argentino Jorge Luis Borges. La invención parte del (supuesto) ensayo del mismo nombre, Nathaniel Hawthorne, incluido en el libro Otras inquisiciones, publicado en 1952, si bien una nota a pie de página indica que es de 1949 y que fue presentado como una «conferencia» sobre literatura norteamericana. Se me dirá que es imposible que un escritor cuya obra es prolífica y sobre quienes tantos contemporáneos han escrito (Pre-Textos acaba de publicar el bonito texto biográfico que le dedicó Henry James) sea una invención de un autor posterior en un siglo. Pero ¿acaso no hablamos de alguien que fue capaz de fundir inextricablemente el ensayo con la ficción y que en más de una ocasión ha provocado confusiones de este tipo en sus lectores, que han solicitado a su librero habitual obras que solo existieron en la imaginación de aquel, tan real parecía su urdimbre? En ese ensayo, Borges ofrece numerosos datos sobre la vida y la obra del apócrifo escritor estadounidense e incluso crea un cuento entero, inserto en el texto, titulado Wakefield, y que yo bien estoy por asegurar que sea la obra maestra del argentino, superior a obras maestras del calibre de El Aleph o Pierre Menard, autor del Quijote. Precisamente, este cuento, compuesto en 1939, ya expresa el plan seguido después por Borges, al tratarde un supuesto autor de un Quijote que no es copia del cervantino sino creación original, pese a coincidir punto por punto con el hipotéticamente anterior. Es más, en el mismo ensayo también deja escapar una pista, al decir que «un gran escritor crea a sus precursores». Aunque él arguye que se refiere a Kafka, cuya existencia significa una relectura de Hawthorne, que presagia el mundo de culpas indescifrables de aquel, yo afirmo que es un dato mediante el cual el argentino habla a nuestra inteligencia.

No voy a proseguir este estrambote, claro, que espero que haya ganado para este artículo algún lector que haya dado con él por casualidad. Mi afirmación, como es natural, es producto de mi entusiasmo por uno de los mejores textos del inmortal escritor argentino, que efectivamente tiene ese nombre y está publicado en el que, posiblemente, sea su mejor antología de ensayos, donde figuran otros tan imborrables como El sueño de Coleridge o La muralla y los libros, ambos impregnados de esa misma textura tan propia del autor que borraba los límites entre la ficción y la realidad. La anécdota que cuento en el párrafo anterior es real: es fama que el libro The Approach to Al-mu’tasim, que supuestamente reseña en el cuento El acercamiento a Almotasim (incluido en el libro Historia de la eternidad, de 1936), fue solicitado en su día por lectores del mismo, y no por despiste sino por convicción. (Rafael Llopis, en su fundamental introducción a la antología Los Mitos de Cthulhu, señala cómo el famoso Necronomicon inventado por H. P. Lovecraft fue encargado a múltiples libreros: son problemas de resultar convincente.)

Borges editó a Hawthorne en su famosa coleccion La Biblioteca de BabelDe cualquier modo, lo que sí es cierto es que el ensayo, leído en una época temprana en que para mí los ensayos eran todavía obras de investigación o divulgación sin mayores inquietudes literarias, dice tanto sobre Hawthorne como sobre el mismo Borges (y yo entonces todavía no conocía al primero, pero sí creía conocer, y entender, al segundo, vanidad propia de un muchacho que armaba sus primeras lecturas «serias»). De hecho, el texto es una antología de los motivos recurrentes que animan el universo borgiano: desde su forma de vincular unos escritores con otros a su abierta apología de que la finalidad del universo es la variedad. En este sentido, no puedo sino decir que este principio me parece el modo más rico de acercarse a las creaciones culturales: pensar que no hay un único modelo cultural, o unos cuantos que debemos considerar «dignos» frente a los «indignos», sino una miríada de puertas a través de las cuales se nos da a conocer esa extraña entidad cuyos entresijos exploran todas las creaciones de la ficción, del cuento existencial al relato de aventuras, del drama al melodrama, del teatro shakesperiano a la literatura pulp: el ser humano.

Leí este texto con menos de veinte años, en la penumbra de una habitación que ya no puedo llamar mía (releo esta frase con recelo y, claro, descubro que, de modo pedante, he recreado la frase inolvidable con la que el autor cierra su prólogo para las Crónicas marcianas). De Hawthorne solo sabía, y gracias una vez más al cine, que era el autor de un libro titulado La letra escarlata, del que había visto la extravagante adaptación que hizo nada menos que Wim Wenders en España y que es una de esas rarezas que merecen contemplarse solo por descubrir a nuestros Alfredo Mayo y Tito García luciendo las sombrías vestimentas negras de los puritanos del siglo XVII y por advertir que, para aquellos que no conocemos el litoral de Nueva Inglaterra, la costa gallega puede pasar perfectamente por aquel. (Vuelvo a releerme y advierto una irritante tendencia a la digresión, que no puedo sino achacar, una vez más, a la influencia borgiana.)

Si he insistido en mi desconocimiento de Hawthorne, que más tarde me he empeñado en corregir, es para intentar transmitir por qué pudo parecerme una creación de Borges antes que una criatura real. No en vano el texto comienza con una evocación de los sueños como parte de la sustancia de la realidad, citando un famoso verso de Góngora («El sueño, autor de representaciones / en su teatro sobre el viento armado / sombras suele vestir de bulto bello») y referencias de Addison, Jung y de Omar Khayyam. Todo ello para introducir el examen de «Hawthorne, el soñado».

La casa de los siete tejados, una de las grandes novelas de HawthorneTodavía no he leído ninguna biografía de este escritor (aunque, precisamente, acabo de comprar la mencionada de Henry James y es posible que, el momento en que tú, lector, llegas a este párrafo, esta afirmación ya no sea cierta), y si no lo he hecho tal vez sea porque me basta la descripción que Borges hace de su vida. Es como un ensueño. El argentino recuerda la herencia puritana del americano, que fue a nacer en Salem —«esa vieja y decaída ciudad de honesto nombre bíblico»: nunca me ha fascinado más la adición de un adjetivo inesperado a un sustantivo—, lugar bien conocido por sus procesos contra la brujería sucedidos a finales del XVII. Un antepasado del propio Hawthorne fue juez en esos procesos, y esta circunstancia, señala Borges, siempre le obsesionó, impregnando de un propósito moral (o moralista) buena parte de su obra, en la que no faltan reflexiones, muy propias del calvinismo tan propio de los fundadores de Salem, acerca de la perdurabilidad de los pecados de los abuelos en sus descendientes. Hawthorne dedicaría al tema una de sus más famosas novelas, La casa de los siete tejados.

El tono con que refiere la vinculación del escritor a su ciudad natal ya crea una imborrable atmósfera de melancolía: Borges afirma que Hawthorne vivió en ella los primeros treinta y dos años de su existencia, mas en realidad fue como si nunca la hubiera abandonado pese a su cosmopolita rumbo posterior (viviría en capitales europeas como Londres o Roma) y que la quiso «con el triste amor que inspiran las personas que no nos quieren, los fracasos, las enfermedades, las manías».

A los cuatro años, el padre, capitán de marina mercante, murió de fiebre en Surinam. Borges afirma que su viuda se recluyó en su dormitorio, y que los tres hijos (Nathaniel y sus dos hermanas) hicieron lo mismo. Borges subraya que no se veían ni para comer puesto que la servidumbre dejaba una bandeja con el almuerzo delante de la puerta cerrada de sus habitaciones. Nathaniel se pasaba el día componiendo cuentos y apuntes fantásticos (se han conservado muchas de sus sugestivas anotaciones, pequeños esbozos de relatos que, en nuestra imaginación, acaban sugiriendo la obra truncada) y saliendo a pasear de noche. Es curioso que Rafael Llopis, en ese mencionado prólogo del libro sobre Cthulhu, hable de que el joven Lovecraft siguió durante muchos años la misma disciplina de vida. Borges no vincula de ningún modo a Hawthorne con el llamado Solitario de Providence, pero ¿no estremece un poco volver a citar el adagio del gran autor que crea a sus precursores?

Grabado sobre los juicios de Salem

Acto seguido, Borges pasa a referir la predilección de Hawthorne por la composición de alegorías bajo la forma de relatos o novelas. Una alegoría, aclara, es un recurso literario mediante el cual una idea es traducida en forma de términos que la sustituyen. El argentino cuenta (lo hizo en más ocasiones) que la mejor refutación que conoce es la del italiano Benedetto Croce (que la acusó de ser una fatigosa repetición) y la mejor vindicación, la del inglés Chesterton (que afirmaba que la alegoría y el concepto que encubre no es un juego intelectual, sino una forma de enriquecer el mundo con dos variantes de la misma idea). Huelga señalar que Borges concuerda con su amado Chesterton, no en vano es un modo de referirse a otro concepto no menos querido, el de los arquetipos platónicos y su correspondencia con la realidad, no porque el argentino creyera en esta tesis sino porque es una de las que mejor traducen su fascinación por dos conceptos en apariencia distintos, en esencia complementarios: la repetición y la variedad.

Borges señala, en este ensayo, que el fin del universo es, «acaso, la variedad» (el subrayado es mío, como ejemplo de otra palabra inesperada en el contexto que Borges acaba haciendo imprescindible). Y que esta variedad acaba tendiendo a la repetición de circunstancias, de episodios, de individuos: no es una repetición exacta, señalo (Borges no habría defendido jamás tan pobre argumento), sino diversa, y es en este sentido que habla de la relación entre el mismo Kafka y Hawthorne, entre el escritor y sus precursores. Y a modo de ejemplo emblemático, se va a dedicar, en el corazón del ensayo, a relatar minuciosamente el cuento Wakefield, para él la mejor de las alegorías del autor, que supone una tortuosa traducción de la misma vida que este había llevado, durante su infancia y su primera juventud, en la triste Salem. Un ejemplo óptimo de variación de un mismo concepto.

Wakefield en Alianza EditorialBorges cita, antes de nada, el fragmento de una carta que Hawthorne envió al poeta Longfellow en 1937, y que dice así: «Me he recluido; sin el menor propósito de hacerlo, sin la menor sospecha de que eso iba a ocurrirme. Me he convertido en un prisionero, me he encerrado en un calabozo, y ahora ya no doy con la llave, y aunque estuviera abierta la puerta, casi me daría miedo salir». No puedo (re)leer esta frase sin sentir una viva emoción. Lo escribía hace poco a propósito de otra ficción que, una vez, me produjo una inquietante identificación, la película francesa Un corazón en invierno y su protagonista, ese autista por elección que también afirma, en determinado momento (ante la mujer a la que ha destrozado enamorándola y luego rechazándole porque él no es capaz de amar), que en algún momento se quedó «atrás» y ya no sabe cómo avanzar.

Wakefield es la historia de otro hombre que se recluye (sin la menor sospecha previa de que eso va a ocurrirle, como había escrito Hawthorne: es curioso que el volumen que incluye el cuento se publicara en el mismo año de su carta a Longfellow) y que luego no sabe cómo escapar de su calabozo. El autor se basó (o afirma haberlo hecho) en un incomprensible caso real: un inglés que abandonó un día su casa, y a su mujer, y se fue a vivir de incógnito a un alojamiento a pocos pasos de la misma, encubrimiento que mantuvo por espacio de quince años hasta que un buen día, cuando ya su mujer se había resignado a ser viuda, volvió a entrar por la puerta de su hogar como si se hubiera marchado unas horas antes. («Fue hasta el día de su muerte un esposo ejemplar», acota Borges, inquietantemente, siguiendo la aclaración del mismo Hawthorne.)

Es fascinante leer la minuciosa reconstrucción que Borges hace del cuento y luego leer el original, que se extiende apenas un poco más. Para quien desee conocer más detalles del mismo, recuerdo que yo mismo ya he hablado extensamente de él, en hasta dos artículos, cuyos enlaces he puesto al principio de esta entrada, donde los vinculo con otros relatos de referencia. Subrayo, eso sí, la maestría con que la inconcebible situación va progresando, salvándose en todo momento de parecer la mera caída en la paranoia de un perturbado para ofrecer una amarga reflexión acerca de la facilidad con que el hombre puede desincronizarse de su vida cotidiana, de su realidad. Es estremecedor el momento en que Wakefield (que inicialmente ha planeado el asunto cómo una forma de probar a su esposa, y de divertirse un tanto con el seguimiento a distancia de sus reacciones: el relato ya ha dicho que es un hombre al que gustan los «misterios triviales»), al estar a punto de entrar maquinalmente en su casa antes del momento decidido para el regreso, reacciona con espanto y huye hasta su aposento. «En su alma se ha operado el cambio moral que lo condenará a veinte años de exilio», señala Borges.

SOBRECUBIERTA NARRATIVA CLASICOSTengo anotado que tardé casi diez años en comprarme la edición con el cuento original de Hawthorne. Supongo que me resistía a que otra versión interfiriera con las palabras exactas con que Borges me había fascinado, en especial su traducción literal del último párrafo del cuento, en que el autor expone el principio que anima su decurso. Casi podría citarlas de memoria: «En el desorden aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema con tan exquisito rigor —y los sistemas entre sí, y todo a todo— que el individuo que se desvía un solo momento, corre el terrible albur de perder para siempre su lugar. Corre el albur de ser, como Wakefield, el Paria del Universo.» Por cierto que siempre saboreo de modo especial el término albur, que es elección de Borges y no figura en la (buena) traducción de Luis Loayza para la edición de Alianza en que tengo el cuento original, pues este prefiere el que sin duda será más exacto pero no más bello, riesgo.

Con acierto, Borges vincula entonces a Hawthorne con Kafka: hay en Wakefield un evidente presagio de El proceso, del «mundo de castigos enigmáticos y de culpas indescifrables» del escritor de Praga. Eso sí, él indica que si Kafka hubiera escrito la historia, Wakefield no hubiera conseguido regresar jamás a su casa; el moralista Hawthorne le permite cierta redención, aun cuando Borges interpreta que, en realidad, esa vuelta es igualmente lamentable y atroz: es el regreso de alguien que, en realidad, lleva mucho tiempo muerto.

Y vuelve a subrayar su idea de la necesidad de las buenas alegorías. Nos recuerda que cierto crítico llamado Malcolm Cowley vio en el relato una alegoría de la propia reclusión del autor, que Borges subraya citando a Schopenhauer y su afirmación de que no hay acto, pensamiento, incluso enfermedad, que no sean voluntarios. «Si hay verdad en esa opinión, cabría conjeturar que Nathaniel Hawthorne se apartó muchos años de la sociedad de los hombres para que no faltara en el universo, cuyo fin es acaso la variedad, la singular historia de Wakefield».

En el resto de páginas, Borges sigue analizando otras obras de Hawthorne, pero al final no puede evitar volver al inicio, a esos años borrosos que el americano vivió en Salem. Reproduce, así, otra frase del mismo en que recuerda el modo en que se pasó media vida en su cuarto habitual, concluyendo muchos cuentos de los cuales una buena parte quemó. Es una pieza embrujada, indica, porque miles y miles de visiones poblaron su espacio y le hicieron prisionero tanto tiempo.

Hawthorne escapó, finalmente. En 1842, a los treinta y ocho años, se casó. Trabajó en ocupaciones nada soñadoras, como ser encargado de la aduana en Boston, y luego como cónsul en Liverpool. El descubrimiento de Europa hizo que pasara la mayor parte del resto de su vida en ciudades del Viejo Continente, como ya he señalado. Mas Borges concluye afirmando: «Vivió en Florencia, en Roma y en Londres, pero su realidad fue, siempre, el tenue mundo crepuscular, o lunar, de sus imaginaciones fantásticas». No he leído todavía, insisto, ninguna biografía del americano como para saber si esta conclusión del ensayo se ajusta a la verdad de Hawthorne o es una ensoñación del mismo Borges, para no contradecir sus palabras anteriores. Intuyo que, cuando lea sobre el autor de Wakefield, sienta que me han robado al «real». ¿Quién creó al Hawthorne real? Borges, por supuesto.

Retrato del joven Hawthorne, por Charles Osgood

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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3 respuestas a Borges, creador de Hawthorne

  1. absalon136 dijo:

    Muy buen texto. Sin dudas, la figura de Hawthorne es fascinante. Como la de sus ascendientes. Y la conexión con Lovecraft que yo utilicé en una novela. En cuanto a Borges, es increíble como en dos frases era capaz de resumir capítulos de ensayos enteros sobre la obra y estilo de un escritor. Nathaniel no fue la excepción. No me atreví a ver la versión del filme de Wenders. Tal vez algún día. La casa de los siete tejados es también una novela sumamente interesante. Un preludio de muchas aventuras de terror modernas. Excelente blog. Esté más o menos de acuerdo con las opiniones del autor siempre encuentro reflexiones lúcidas y útiles.

    • Yo había leído los cuentos de Hawthorne, incluso releído, pero no las dos novelas largas, tal vez por conocer su historia a través de las películas. En este último “ciclo”, por fin me he decidido y ambas me han parecido estupendos, cada uno con un tono diferente (“La casa” me ha sorprendido por el tono gentil con que adereza ese dibujo del fatalismo familiar en muchos momentos y que, admirablemente, no desentona sino que se complementa bien con él). La película de Wenders es solo para verla en un arranque de completismo; hay una versión con muy buena fama del cine mudo (con Lillian Gish como Hester), que nunca he conseguido ver; y luego la de Demi Moore, que no he querido ver para no asociar a esta actriz con personaje tan espléndido. De la otra novela hay una versión, en Hollywood, con Vincent Price joven, que no está mal de atmósfera y que gusta incluso si no se conoce el original, pues lo trivializa y estropea de modo alarmante.

      Muchas gracias por tus amables palabras, más aún teniendo en cuenta tus magníficas averías. Un abrazo.

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