Remedios Varo o la pintura como alquimia

El gato helechoDebo a mi única estancia en tierras mexicanas dos descubrimientos sustanciales: la generosa hospitalidad de sus habitantes y la existencia de una misteriosa pintora llamada Remedios Varo. En el Bosque de Chapultepec, a unos pasos del Museo de Antropología, después de haber consagrado unas cuantas horas a la contemplación de sus vestigios precolombinos, un paseo casual nos llevó a tropezarnos con el cercano y mucho menos conocido Museo de Arte Moderno, situado en un edificio pequeño (por comparación con el muy famoso museo anterior), situado en medio de los arbolillos del bosque y flanqueado por atractivas esculturas contemporáneas. Y en sus paredes nos tropezamos con un conjunto de fascinantes lienzos firmados por una pintora española de la que nunca habíamos oído hablar. Una mujer-lechuza que está pintando aves a las que un rayo estelar, filtrado por una lente newtoniana, hace vivir tan pronto concluye el dibujo; una figura solitaria que acciona un extraño engranaje que atrapa el agua de lluvia, mientras se envuelve en una manta ajedrezada que forma parte del suelo; un gato cuyo cuerpo está formado por hojas de helecho y que mira al espectador con sus enormes ojos verdes (ver arriba); una mujer que alimenta con una papilla literalmente estelar nada menos que a una luna en cuarto menguante que está encerrada, cual pajarillo, en una jaula; una ciudad en medio de las aguas cuya forma es una espiral por cuyos canales interiores discurre un conjunto de extrañas embarcaciones… De este maravilloso cuadro, precisamente, está extraída la ilustración que encabeza mi blog: quien quiera verlo en su integridad lo encontrará justo al final del comentario (pero léanlo también, por favor).

Por supuesto, corrí a la tienda del museo en busca de información, para descubrir un catálogo que multiplicaba las maravillas expuestas en sus paredes y que es el mayor tesoro que me llevé de mi viaje a México. Desde entonces, mi interés por esta pintora no ha hecho más que aumentar. He intentado hacerme con toda la bibliografía posible sobre ella, que en España es escasa y en ediciones minoritarias —no hace mucho, la editorial Eutelequia ha publicado un librito, titulado Remedios Varo, que contiene un conjunto de esclarecedores artículos firmados por varias especialistas—, y que tiene su principal joya en la biografía que la profesora norteamericana Janet A. Kaplan le dedicó a la artista: Viajes inesperados. El arte y la vida de Remedios Varo (1988). Este libro lo compré en su edición mexicana (la original es de la Fundación Banco Exterior) y aunque está pésimamente traducido, merece la pena porque hace magnífico honor a su título, realiza un espléndido análisis de los motivos, iconografía e influencias de la artista y contiene un excelente y muy amplio conjunto de reproducciones.

Remedios VaroRemedios Varo nació en Anglés (Gerona) en 1908, de padre andaluz y madre vasca. Su progenitor era ingeniero hidráulico, de modo que la infancia de la artista fue itinerante. Estudió en la Escuela de San Fernando de Madrid y se casó en 1930 con uno de sus compañeros de estudio, Gerardo Lizárraga, unión que los biógrafos de Remedios interpretan como un modo de escapar de las imposiciones del medio familiar conservador propio de la España de la época. Con Lizárraga vivió la inevitable aventura parisina de todo artista que se pretendía moderno en el primer tercio del siglo XX. Duró un año, y en 1932 regresaron para instalarse en Barcelona, la ciudad hispana de la vanguardia artística por excelencia, donde emprendieron una clásica existencia bohemia, en compañía de otros amigos artistas con los mismos intereses, que desde el primer momento se dirigieron hacia el surrealismo. Allí la sorprendería la guerra, en el curso de la cual conocería a Benjamin Péret, el poeta surrealista, que llegó como integrante de las Brigadas Internacionales, de quien se convertiría en amante y al que acompañaría enseguida a París, en 1937, donde entraría en relación con el círculo de André Breton, amigo íntimo de su compañero. (La ruptura con Lizárraga no fue traumática y, de hecho, seguirían siendo amigos toda su vida: es más, Remedios salvó su vida al reconocerlo en un noticiario cinematográfico como recluso en un campo de refugiados republicanos de la guerra civil, cuando ya los alemanes estaban en vísperas de la invasión de Francia.)

Esa invasión marcó la vida de Remedios. Después de diversas peripecias (que incluyen una estancia de varios meses en la cárcel, tan solo por ser la compañera del notorio trotskista Péret, también encerrado), la pareja huyó a México gracias al famoso Comité de Rescate de Emergencia dirigido por el norteamericano Varian Fry, que tantos intelectuales y artistas europeos, judíos o izquierdistas, salvó de la persecución nazi. En México permanecería el resto de su vida: Péret, nostálgico de su París natal, retornó a Europa en 1947. Remedios se casaría años después con otro refugiado europeo, Walter Gruen, dueño de una próspera tienda de música en México D.F., con el que encontró la estabilidad sentimental y económica que le permitiría dedicarse única y exclusivamente a su obra.

Pues la verdadera revelación artística de Remedios Varo no se produce hasta 1955, cuando participa en una exposición colectiva con otras pintoras (una de ellas, su amiga íntima Leonora Carrington, con quien trabó un relación fundamental también para su arte). Sus cuadros llamaron la atención de modo extraordinario y lanzaron una carrera fulgurante que, sin embargo, se cerró tan solo ocho años después, en 1963, por su abrupta muerte debido a un ataque al corazón.

Su renombre, sin embargo, no había hecho más que empezar: el «pope» del surrealismo, André Breton, aprovechó su óbito para reclamar su definitiva pertenencia a la Causa que él llevaba casi medio siglo liderando. Ahora bien, si subrayaba al principio de este comentario su condición, para mí, de pintora «misteriosa» es porque, irónicamente, en su país natal, España, su nombre apenas ha trascendido todavía para el gran público. Que yo sepa, sólo ha habido una gran exposición dedicada íntegramente a ella, y fue en fecha ya tan lejana como 1988. Por lo demás, en buena parte, creo, ese silencio se debe a la escasa presencia de obras suyas en los museos relevantes de nuestro país y, me da a mí, una todavía poco importante atención de los especialistas, más allá de un círculo sin duda entusiasta de críticas y profesoras de arte, como si el fascinante mundo de Remedios Varo fuera más bien «cosa de mujeres».

Creación de las aves

De entrada, es probable que sobre la valoración de Remedios Varo pese una característica que, no sé por qué, para muchos sirve para apreciar en menos la originalidad de una obra pictórica «moderna»: la extraordinaria importancia del dibujo y, por tanto, de la narración. Sus obras, en efecto, vistas en un libro o en una revista, tienen un aire de ilustración —en su caso, de ilustración de cuento de hadas, aun siniestro—, al centrarse (en apariencia) antes sobre el contenido que sobre la materia. La delicadeza de los trazos de Varo es, sin duda, la piedra angular de una poética que, sin embargo, es de una extrema complejidad, pues recoge múltiples influencias. Sin embargo, el espectador, consciente o no de ellas, ante cualquiera de sus lienzos, con lo que se encuentra es con una pintura de enorme belleza, dotada de un tema central cuya arrebatadora nitidez deja sin aliento pero que al mismo tiempo está llena de tal multitud de detalles que requiere su tiempo para abarcarla entera. No en vano algunos críticos encuentran en los Libros de Horas medievales el símil más adecuado con el que compararlas.

Según se lee en el libro de Kaplan, la creación de esas obras requería una consagración total de su tiempo por parte de la autora, con largas sesiones diarias de ocho horas consecutivas o más, y de ahí que hasta su unión con Gruen no estallara toda su refulgente creatividad. Los cuadros no son de formato muy grande, algunos incluso de tamaño pequeño, pero en todos ellos está puesto el mismo empeño detallista (parece ser que incluso utilizaba un pincel de un único pelo).

Fenómeno de ingravidezToda su obra es intensamente narrativa: son cuadros que cuentan historias, que poseen un pasado e incluso se proyectan hacia un futuro. La mujer que abre una caja y que se encuentra con su mismo rostro que le devuelve la mirada. Los tres jóvenes aislados cada uno en una habitación cuyo inmenso ventanal permite contemplarlos absortos en distintas actividades, pero cuyos destinos sin embargo deben estar asociados de algún modo porque los une un conjunto de hilos casi inapreciables, surgidos de un astro en lo alto del cielo. Los viajeros que se desplazan en algún vehículo de apariencia tan artesanal como imposible hacia algún lugar, que a veces no puede saberse y otras sí, ya sea una copa de la que manan las aguas del río por donde navega la protagonista del cuadro o el «monte análogo» que indica el título del lienzo homónimo. Todas ellas, y más aún, son historias en las que se invita al espectador a introducirse en ellas, a averiguar qué ha llevado a sus personajes a la situación presente, o a anticipar qué ocurrirá después.

Ella misma se complació en explicar sus propios cuadros, proporcionando en bastantes ocasiones un nivel de sentido añadido al que el propio espectador es capaz de intuir. Así,  explica Fenómeno de ingravidez (ver arriba) del siguiente modo: «La tierra se escapa de su eje y su centro de gravedad, ante el grandísimo asombro del astrónomo que trata de conservar su equilibrio encontrándose con el pie izquierdo en una dimensión y con el derecho en otra». Y es que, además de pintar, Remedios Varo siempre se expresó también a través de la literatura, formal o informal, bien pensada o espontánea, de una raíz tan claramente surrealista —onírica—, o más, que sus cuadros).

El alquimistaEn cualquier caso, ese trabajo arduo, paciente, casi infinito —pese a su detallismo, en sus cuadros siempre parece que todavía está a punto de materializarse algún otro elemento—, invita a identificar a la pintora con esa imagen, también entrañablemente medieval, que sabemos que tanto la atrajo y que figura, de un modo u otro, en muchos de sus cuadros: el alquimista (izq.). Pintura-alquimia por la obligada soledad en que debe componerse una obra tan absorbente por su tema y su factura. Pintura-alquimia por el trabajo que necesitó dedicarle, como un alquimista ante su atanor intentando hallar, en la paciencia de infinitas noches, la piedra filosofal. Y pintura-alquimia como rito de tránsito hacia una estancia superior del ser humano, como forma de una mística búsqueda del verdadero yo que se halla en algún lugar de nuestro interior, esperando que sepamos rescatarlo.

Remedios Varo fue tenaz lectora de los libros de los místicos rusos Gurdjieff y su discípulo Ouspensky, con sus ideas sobre la expansión de la conciencia y la consideración del arte como una vía del conocimiento. México fue una tierra donde las doctrinas de estos místicos hallaron fértil caldo de cultivo, y de hecho algunos de sus discípulos más importantes formaron allí importantes grupos de meditación. Remedios, en el fondo demasiado independiente, no formó parte de ninguno de ellos pero sí animó a algunas amigas a que entraran en contacto con ellos.

Descubrimiento de un geólogo mutanteSus cuadros siempre parecen invadidos por el silencio. Sus personajes, muchas veces protagonistas solitarios recluidos en un lugar que no parece estar en ninguna parte, parecen sorprendidos en un universo al que nadie más puede tener acceso. De hecho, incluso cuando aparecen varios personajes, rara vez existe entre ellos una comunicación, una corriente de calor humano. Una expresión, que se utiliza para referirse al tipo de terror propio de los relatos de H. P. Lovecraft, define muy bien la sensación que impregna esas pinturas: la soledad cósmica. Por ejemplo, en el malsano lienzo titulado Descubrimiento de un geólogo mutante (der.), el protagonista, el clásico estudioso de tantos cuadros de Varo observa ensimismado una extraña flor que ha aparecido en medio de un paisaje desolado… pero él mismo es otro objeto aún más digno de estudio, con esas alas de insecto que lleva a la espalda y la cola de mapache que asoma debajo de ellas.

Esa sensación de soledad cósmica emana tanto de la actitud ensimismada de sus personajes como de la ubicación en que son situados. Varo elige normalmente tres tipos de escenarios. Alguna estancia rica en detalles, en la que las más dispares presencias parecen abrirse paso por doquier. Un fondo urbano, casi un telón, un decorado que evoca las arquitecturas opresivas y tristes de Giorgio de Chirico. Un paisaje inconcreto, que puede ser un bosque, o un terreno mineral, o algún río que se abre paso entre montañas. En el caso de los exteriores, Varo utilizó una técnica heredada de los surrealistas —su inventor parece ser que fue el canario Óscar Domínguez pero, en mi opinión, quien lo utilizó de modo más sugestivo, sin contar a Remedios, fue Max Ernst— como es la decalcomanía. Ésta consiste en pegar al lienzo una superficie pintada, normalmente de papel, y despegarla para mantener el efecto viscoso que ha creado. Esa viscosidad es la que crea las texturas rugosas, inconcretas, extrañas de sus paisajes y cielos, ya sean montuosos o boscosos, como por ejemplo en el mencionado cuadro del geólogo mutante.

VagabundoLa inconcreción, el trabajo sobre lo indeterminado, sobre lo que se está formando, es otra de las características centrales de la poética de Remedios. La metamorfosis es otro de sus temas centrales: incontables de sus seres son criaturas híbridas de humano y animal (como la mujer-lechuza de la Creación de las aves o el geólogo mutante). Esa misma hibridez se extiende a uno de sus más fascinantes recursos: la creación de inverosímiles aparatos de locomoción, como el que conduce a la protagonista de Exploración de las fuentes del Orinoco o las figuras que se advierten en el canal de Tránsito en espiral. La imaginación de Remedios se desborda: muchas veces el mismo traje que llevan sus personajes es el propio vehículo, como el que conduce al Vagabundo por el bosque solitario que muestra el lienzo situado a la izq, y en el que además tiene espacio para llevar sus libros, una maceta, un retrato femenino y a su gato. (Varo amó con especial ternura a estos animales, tan presentes en muchos de sus cuadros, como el que abre este comentario, El gato-helecho, uno de los más sencillos y bellos de toda su producción.)

Era hija, no lo olvidemos, de un ingeniero, es decir, de uno de estos profesionales que convierten la ciencia un objeto práctico. De ahí que en sus cuadros siempre trasluzca una sugerente dialéctica entre la ciencia racional o verdadera y la ciencia fabulosa, cuya figura de unión, de transición, la encarna precisamente ese químico de la era pre-científica que es el alquimista. Los mecanismos y engranajes pueblan los lienzos de Varo. Máquinas que nunca funcionan de modo autónomo, sino artesanal, es decir, que necesitan el aliento directo del esfuerzo humano, por quiméricos que sean sus usos (convertir el agua de lluvia o la luz de los astros de la noche en energía, por ejemplo).

Otro tema, relacionado con la ingente cantidad de vehículos que he señalado, es el del viaje, que en Remedios Varo, por supuesto, tiene un doble significado: el literal (los personajes, a bordo de esos artefactos locomotivos, se dirigen a algún sitio) y el simbólico, relacionado con ese significado interior al que propenden todas sus obras. Ahora bien, y por mucho que el objeto de toda mística sea la consecución de un propósito espiritual, por lo usual la iluminación interior, ante los cuadros de Remedios uno tiene la sensación de que, para ella, en el fondo lo importante era la mera noción del viaje. No en vano durante muchos años de su vida se vio convertida en una obligada nómada, que lo pasó verdaderamente mal hasta hallar su refugio final en México, de tal modo que cuando por fin supo que había encontrado su lugar en el mundo se resistió a abandonarlo y volver a su Europa natal. Su obra entonces adquiere el sentido de sustitutiva de esos viajes que ya para ella solo fueron interiores: expresión de ese ánimo perpetuamente inquieto, errante, que selló una de las obras más sugestivas e inclasificables de un siglo, el XX, pródigo en obras inclasificables.

Tránsito en espiral

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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7 respuestas a Remedios Varo o la pintura como alquimia

  1. oihataika dijo:

    Reblogueó esto en oihataikay comentado:
    Hasta el 12 de enero, en la exposición El surrealismo y El sueño (museo Tyssen Bornemiza de Madrid) puedes encontrar una de las mejores pinturas de Remedios Varo, La papilla Estelar. También se recogen obras de sus compañeras contemporáneas Leonora Carrington y Leonor Fini.

    • Muchas gracias por el aviso, oihataika. Precisamente si me he animado a escribir este comentario sobre Remedios Varo ha sido después de ir a ver esa estupenda exposición. A Varo y Carrington ya las conocía, pero Fini ha sido un descubrimiento. Ojalá hubiera más oportunidades de ver cosas de todas ellas en España, pero sobre todo de Remedios Varo, por quien siento una fascinación especial.

  2. Remedios Varo es una de las figuras más importantes de la vanguardia española (aunque trabajó en el exilio) y merece un reconocimiento mucho mayor. Si te interesa, durante los próximos días colgaré en mi blog sobre arte contemporáneo http://www.elojocacodilato.com un post sobre la novela La cazadora de astros, de Zoe Valdés, basada en la vida de Remedios Varo. El libro describe muy bien cómo percibía Varo su obra, su vida y el surrealismo. Espero que puedas echarle un vistazo y que te pueda ayudar a conocer un poco mejor la vida de esta maravillosa artista.

  3. rocktubre89 dijo:

    Gracias por compartir un poco de la vida y obra de esta gran pintora y artista; la primera pintura que vi de ella fue “La Creación de las Aves”. La vi cuando tenía como 5 o 6 años en un consultorio médico, y me fascinó. Cuando la vi sentí una mezcla de miedo y atracción; imagino que miedo por enfrentarme por primera vez a formas y estilos que desconocía en la pintura, y fascinación por tantas formas y cosas tan nuevas juntas…. Hace poco, a mis 25 años la recordé y me puse a “googlear” para encontrar el nombre de la pintura y el autor. Y heme aquí, encantado de haberla encontrado.
    Saludos y gracias!

    • Pues es un placer haberte ayudado a conocer más cosas de ella. Para mí el descubrimiento de esta pintora fue un placer totalmente inesperado. Cuando ya pensaba que era difícil encontrar un pintor o pintora del todo excepcional, zas, hallazgo en el lugar más inesperado, en ese México que le sirvió de refugio y sin el que no habría llegado a ser lo que fue. Si en tu caso además cuentas con un flash infantil que te inició en su fascinación, es casi como una de las propias historias que Remedios nos narra en sus cuadros.

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