El personaje Los episodios
En 1963, en las páginas de la mítica revista Pilote, veía la luz una serie ambientada en el Far West que se titulaba inicialmente Fort Navajo. No era la primera vez que la bande dessinée franco-belga transitaba por los espacios del western, pero esta serie habría de convertirse enseguida en una de las más populares de la historia del cómic entero. Inicialmente parecía proponer un protagonismo coral en torno a los habitantes del fuerte indicado por el título, con gran influencia de las fábulas sobre el séptimo de caballería inmortalizadas por John Ford. Por ejemplo, los dos personajes centrales eran dos jóvenes oficiales de muy distinta extracción y proceder: uno, aristocrático, militar por tradición familiar, recién salido de West Point y fiel creyente en eso que se llama el honor castrense; el otro, plebeyo, jugador irreductible, amante del alcohol y las mujeres, indisciplinado por naturaleza. Por supuesto, el personaje que se ganaría la atención tanto del público como, sobre todo, de sus creadores sería el segundo, que iría adquiriendo enseguida un protagonismo que trascendería al título de la serie, pues le acabaría dando nombre. Su creador era Jean Michel Charlier, a esas alturas un veterano guionista con más de un éxito en el medio, que precisamente había sido cinco años antes uno de los fundadores de Pilote. Charlier quiso contar para su nueva serie con un reputado colega, Jijé, al que le resultó imposible por el ingente trabajo que ya tenía comprometido. Ahora bien, este recomendó a un discípulo, prácticamente sin experiencia, al que Charlier aceptó, descubriendo a no tardar mucho que estaba ante un artista gráfico extraordinario, Jean Giraud, que inicialmente se acreditó como Gir y al que hoy sin embargo se le conoce más bien por el seudónimo con que se rebautizó una década después cuando su arte evolucionó en otro sentido, Moebius. ¿Y ese personaje? El extraordinario teniente Blueberry.
Blueberry es uno de los grandes ciclos del tebeo europeo, una de estas series que acaban sobreviviendo a sus creadores (al estilo de Astérix) y generan una inacabable serie de apócrifos que siguen manteniendo la vida del personaje porque siguen contando con lectores incondicionales. Los álbumes que compartieron Charlier y Giraud fueron veintitrés, extendidos entre 1964 y 1990. El guionista murió antes de concluir el último, Arizona Love, de tal modo que el dibujante lo concluyó asumiendo los dos roles. Salvo las dos últimas historias, el resto vieron primero la luz en publicaciones periódicas, las 16 primeras en la señalada Pilote. La editorial Dargaud fue la encargada siempre del lanzamiento en álbum.
Describir brevemente las características del arte de cada uno de estos dos creadores en el breve espacio de una reseña es ciertamente difícil. Charlier fue un guionista en el sentido clásico del término: un escritor con un profundo sentido narrativo, consciente tanto de que la primera necesidad de una serie es construir un universo coherente como de que el tebeo es primero un medio visual, por lo que sus ideas debían permitir lucir las capacidades de su dibujante. Apasionado del Far West en general, Charlier hizo buen uso de sus devociones cinematográficas (como más adelante expondré) pero también de su buen conocimiento de la historia de la conquista del Oeste, empleando en el curso de su saga tanto personajes reales como auténticos episodios históricos, utilizados, eso sí, con la libertad necesaria. En particular, debe destacarse su estupendo uso del diálogo, una cualidad irrenunciable del género puesto que define a los personajes tanto como sus actos. Y Charlier fue un dialoguista irrepetible, aun cuando abusara del exotismo fácil de hacer que sus personajes pronuncien cada dos por tres vocablos, sobre todo imprecaciones, en inglés (la traducción, lógicamente, tiene por misión respetarlo, por absurdo que resulte en términos realistas). En especial, debe reverenciarse la evolución que consiguió dar a la saga: según los expertos, Blueberry es una de las primeras series del tebeo franco-belga que dejaron atrás el mero sentido de la inmediatez propio de las publicaciones por entregas para desarrollar toda una trayectoria vital que crece de aventura en aventura.
En cuanto a Giraud, es obvio señalar su carácter poliédrico, que lo condujo hasta ese alter ego llamado Moebius, transición que, inevitablemente, también acabó reflejándose en la serie que le dio la fama. Giraud siempre tuvo claro que el Oeste era un espacio visual compartido por todos, lo que obligaba a respetar con realismo sus elementos básicos, y en todo momento se ajustó a esta condición, registrando con enorme veracidad su iconografía básica. Al ser prácticamente su primer trabajo de importancia, su mejora fue haciéndose evidente a medida que avanzaban las aventuras. Las primeras adolecen de una evidente tosquedad, pero a la altura de la quinta, La pista de los navajos, por fin puede señalarse que ha encontrado ese naturalismo sucio que será su seña de identidad y que seguramente encuentre su culminación en la genial entrega duodécima, El fantasma de las balas de oro, en donde la aspereza de los rostros parece otra expresión de la condición mineral del paisaje calcinado por el sol. Este estilo se mantendrá a lo largo de los siguientes, auténtica etapa dorada del género, al menos hasta Angel Face, este último ya paralelo a las primeras andanzas de Moebius en Métal Hurlant. Así, poco a poco el detallismo sucio fue dando paso a una estilizada delicadeza, propia de la depuración que estaba experimentando su dibujo en las historias de ciencia ficción (uso de tramas basadas en puntos y líneas, mayor grado de abstracción…).
Un personaje icónico comienza con una representación gráfica que lo hace reconocible para los restos. Giraud le dio a Blueberry el rostro de una de las grandes estrellas del cine galo de la época, Jean-Paul Belmondo, cuyo físico era apuesto pero no delicado como el de un Alain Delon (el gran competidor de Belmondo en las taquillas), pues la suya era una apostura dura, con esa famosa nariz rota que el dibujante mantuvo y Charlier convirtió en seña de identidad: Nariz Rota es el nombre que los indios darán a su amigo blanco. Giraud se complació en subrayar su apariencia desaliñada (pelo abundante y siempre encrespado, debilidad por llevar siempre barba de varios días), haciendo incluso que la suciedad corporal fuera continuamente resaltada por superiores o interlocutores sofisticados, quejosos siempre de su mal olor y de que precisa un baño.
Si el western cinematográfico del Hollywood clásico fue la evidente inspiración de la pareja de autores a la hora de impulsar su serie, es evidente que el teniente Mike Steve Blueberry encajaba antes en el irreverente cine de los sesenta que en el más austero, en términos morales, de los héroes encarnados por John Wayne, Gary Cooper, Alan Ladd, Gregory Peck y otros west men por antonomasia. Esa licencia era lógica, porque un pluscuamperfecto caballero del Oeste habría aburrido considerablemente en esos días, por mucho que, en realidad, bajo ese aspecto hedonista e incluso cínico brille en Blueberry la misma nobleza y el mismo carácter indómito para ayudar a los desamparados de aquellos. En su llegada a Fort Navajo, en el arranque de la serie, se dan datos escuetos sobre el personaje: su condición de hijo de unos ricos plantadores de Georgia que renegaron de él por su oposición a la esclavitud, de tal modo que se pasó al Norte y se enroló como corneta en el ejército. A finales de los sesenta, en un conjunto de historias cortas a cargo del mismo tándem artístico (asimismo publicadas en Pilote y luego agrupadas en tres tomos bajo el título de La juventud de Blueberry), se ampliaba la información. El nombre real del muchacho es Mike Donovan y si tuvo que irse de su tierra natal no fue por su desacuerdo con el esclavismo (de hecho, insólitamente, Charlier lo presenta inicialmente bien concorde con su mundo) sino por ser víctima del primer enemigo traicionero de su vida, que monta contra él la acusación de haber asesinado al padre de su novia. Blueberry, por ende, es el apodo elegido al ingresar en el ejército; su significado, como se sabe, es ‘arándano’.
Charlier, un hombre de su tiempo, no dudó además en darle a su personaje una primera bandera que defender, la de la causa de los indios, pisoteados siempre por los blancos, comenzando por los propios mandos militares, que no dudan en provocar guerras llevados bien por sus ambiciones personales (el general «Cabellos Rubios», trasunto del mismísimo Custer —y no precisamente en la versión encarnada por Errol Flynn en Murieron con las botas puestas (1942)—, se convertiría en la gran némesis de nuestro hombre) bien directamente por el racismo más obcecado (el mayor Bascom, primer villano de la serie, inspirado en el Henry Fonda de Fort Apache).
Desde el primer momento, Blueberry está destinado a chocar con estos mandos ordenancistas. Además, su espíritu gregario es mínimo, en beneficio de un férreo individualismo que lo acabará llevando, tarde o temprano, a enfrentarse con sus superiores. Es innumerable la cantidad de sujetos, dentro y fuera del ejército, que desearán la muerte de Blueberry e intentarán hacer cumplir este anhelo, del mismo modo que diríase que el destino del personaje está regido por la máxima de que si hay algo que puede salir mal, acabará saliendo peor. En este sentido debe señalarse que hay pocos personajes que hayan recibido más zancadillas, que hayan sufrido en carne propia más tropelías físicas, no digamos ya morales, todo lo cual culmina con un auténtico descenso a los infiernos tras la trilogía del Oro de la Confederación: una condena por traición a treinta años, una dura estancia en un penal y, sin solución de continuidad, aún mayor ignominia al ser acusado de querer asesinar al mismísimo presidente de los EE. UU.
El éxito de la serie, al garantizar su longevidad, hizo que sus autores fueran creando una serie de elementos recurrentes, comenzando por una galería de secundarios (amigos, enemigos y conocidos ocasionales) que irían apareciendo periódicamente. El más entrañable sería Jimmy McClure, cuya primera aparición se encuentra en el cuarto álbum, El jinete perdido. McClure es un eterno buscador de oro sin suerte, de edad indeterminada aunque más cerca de la ancianidad que de la madurez, una auténtica esponja de whisky (su pasión por el agua de fuego lo pondrá innumerables veces, a él y al protagonista, en un trance mortal) que, sin embargo, amigo de corazón de Blueberry, quiena su vez tendrá por él un cariño verdadero que, eso sí, no lo llevará a confundirse nunca: sus debilidades no hacen a McClure un tipo por entero de fiar, no por venalidad sino por debilidad. Los expertos señalan que el dúo se inspiró en uno de los más queridos secundarios del cine del Oeste, Walter Brennan, pero en este caso yo nunca he visto el parecido. El color rojo su barba y (escasos) cabello y el sombrero con decoración india que siempre porta son su imagen gráfica más reconocible. McClure tendrá su mejor intervención en el díptico formado por La Mina del Alemán Perdido y El fantasma de las balas de oro (su actuación en el primero es buen ejemplo de esas debilidades) y luego se irá difuminando un tanto, quizá porque habrá de compartir su condición de partner de Blueberry con un segundo camarada, Red Neck, aparecido por primera vez en la séptima historia, El caballo de hierro, más joven y de rasgos menos perdurables (de hecho, en la distancia resulta fácilmente olvidable), asimismo aficionado al whisky aunque «algo» más responsable que McClure.
Los villanos se reparten entre esos militares ya señalados, fugitivos de la reciente guerra civil (los jayhackers o integrantes de bandas de desertores sudistas que han cometido demasiados desmanes para acogerse a los indultos del bando vencedor), jugadores de fortuna, pistoleros de diverso pelaje, etc. Los personajes femeninos, como corresponde a un género tan viril como siempre fue el western, escasean, pero cuando aparecen responden a un prototipo de mujer resuelta que ennoblece la serie al igualarse con el protagonista. Fundamentalmente son dos. El primero es la bella aventurera Chihuahua Pearl, a quien Blueberry conoce en México cantando en un garito de la ciudad de donde toma su apodo, cuyo carácter viene remarcado por un crudo materialismo: todo lo antepone al proyecto de casarse con un tipo podrido de dinero que le dé la vida cómoda que ella, encallecida por la vida dura, anhela obtener. El segundo es Chini, la hija del mítico caudillo Cochise, tan indomable como este, capaz de moverse con solvente energía en ese espacio puramente patriarcal que conforman las culturas primitivas.
En España, Bruguera, primera editora de la serie, también la presentó por entregas en sus revistas (sobre todo en las páginas de Mortadelo). El formato del álbum, mediante el cual el personaje obtendría el éxito definitivo, fue la opción de Ediciones Junior (un sello de Grijalbo). Ahora bien, lo hizo de modo caótico, pues comenzó por el título número once, La Mina del Alemán Perdido y luego fue saltando hacia detrás y hacia delante por ciclos, incluso intercalando los spin-offs de La juventud de Blueberry. Su actual editora, Norma, ha ordenado este caos al publicar los Integrales editados en Francia (tomos que agrupan tres o cuatro episodios), atendiendo a los originales en su primera versión e incluyendo artículos y material diverso (ilustraciones, pósters) a modo de bocado para estudiosos y coleccionistas.
El orden de lectura es fundamental, pues así el aficionado puede seguir mejor uno de los elementos más apasionantes de la serie: la influencia del western cinematográfico en su evolución. En el momento del arranque de la serie, el modelo de la pantalla para Charlier es el cine del Oeste en su vertiente más clásica. El ciclo de apertura, formado por los cinco primeros álbumes, está construido a la sombra de la famosa Trilogía de la Caballería de John Ford: de Fort Apache (1948) extrae el tema del estallido de las guerras indias por la ambición y el racismo de un militar que se siente postergado en su nuevo destino; de La legión invencible (1949) el punto de partida inicial, enseguida diluido, del contraste entre los dos jóvenes tenientes de muy distinta procedencia y comportamiento, que incluso parece que van a pugnar por el amor de la chica del fuerte (el personaje equivalente de Joanne Dru en la película). Más adelante, el sexto título de la saga, El hombre de la estrella de plata, tiene muy en cuenta el planteamiento argumental favorito del otro venerable maestro del western clásico, Howard Hawks, desde Río Bravo (1959) en adelante. Es decir, el enfrentamiento en un pequeño villorrio del Oeste entre un noble sheriff (aquí Blueberry) y sus pintorescos ayudantes contra un cacique y sus pistoleros, con la oficina de aquel como espacio central de la acción.
Acto seguido, Charlier emprende un segundo round sobre las guerras indias pero para ello utiliza un motor argumental que está extraído de un clásico olvidado, Unión Pacífico (1939), fabuloso western que supone la obra maestra del todavía hoy injustamente despreciado Cecil B. DeMille. El punto de partida es el mismo: Joel McCrea en la pantalla, Blueberry en el tebeo, son reclamados por la compañía Union Pacific (que está entablando con una empresa rival una carrera contra el reloj para tender el ferrocarril que atraviesa la inmensidad del país) para frenar las malas artes con que sus competidores están intentando retrasarlos. En la película, Charlier y Giraud encontraron un catálogo exhaustivo de temas e iconos del género, comenzando precisamente por el del «caballo de hierro», y se comprende que se sintieran fascinados por ese sentido del primitivismo que transpira todo el cine de DeMille. Ahora bien, si DeMille glosa exultante la construcción de su país mediante una sencilla historia de buenos y malos (sus virtudes, repito, se encuentran en su prodigioso sentido narrativo), los dos artistas europeos, mucho más críticos, aprovechan para entablar su segundo lamento por el mal trato dado a los indios (en el film, la aparición de estos, durante el clásico asalto a un tren, está narrada mediante las convenciones habituales en los primeros tiempos del género).
Ahora bien, llegamos a 1969 y a ese díptico fundamental que está formado por La Mina del Alemán Perdido y El fantasma de las balas de oro. Después del segundo ciclo de guerras indias, Blueberry vuelve a ejercer de marshal de una ciudad de mala muerte, mas de pronto la influencia del clasicismo da paso a una crudeza lindante en muchos momentos con el puro nihilismo, del mismo modo que el sencillo realismo definitivamente cede el lugar a un Oeste retratado con despiadado hincapié en la degradación, de tal modo que la suciedad exterior de hombres y enclaves y la despiadada aridez de los rincones donde transcurre la acción devienen reflejo simbólico de la acción física y moral que sucede en las viñetas. Charlier y Giraud viran su mirada al western europeo, mediterráneo en concreto, ridiculizado por la crítica de la época bajo el remoquete hoy entrañable de spaghetti western, que no tardaría en «contagiar» al americano, dando paso a una corriente allí llamada dirty western, menos desalmada en sentido último —Hollywood siempre será Hollywood, al fin y al cabo—, pero igualmente áspera y endurecida.
La alucinante peripecia que tiene la búsqueda del oro como objeto final y único de la acción diríase extraída de nada menos que del famoso ciclo de Sergio Leone con Clint Eastwood, no por nada conocido usualmente como Trilogía del Oro. De hecho, el tratamiento que se dan mutuamente sus personajes (en especial esos dos memorables villanos que son Prosit Luckner y Wally Blount) en poco difiere del que se otorgan en el mejor título del trío (el maravilloso El bueno, el feo y el malo, de 1966) Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef: aliados solo si las circunstancias fuerzan a ello, pero esperando cualquier distracción del oponente para lanzar su dentellada mortal contra el incauto que baje la guardia. Y aunque Blueberry y McClure aportan su nobleza, en realidad apenas llevan la iniciativa durante la aventura, la cual corresponde a aquellos, sobre todo al esquinado y vil Prosit (en mi opinión, el mejor personaje creado por Charlier y Giraud), e incluso el viejo buscador inicialmente traiciona la confianza de su amigo al dejarse cegar por la fiebre del metal amarillo y liberar a Luckner para embarcarse en la quimérica empresa con que este le encandila (lo que estará a punto de costarle la vida, claro).
Ya no hubo vuelta atrás, por supuesto. A partir de ese momento, la trayectoria de Blueberry, siempre proclive al enfrentamiento con todo el mundo, iniciará un auténtico descensus ad inferos que concluirá con su expulsión del ejército, en principio fingida pero después auténtica cuando el mayúsculo enredo en que se mete, en México, comisionado secretamente por su gobierno para recuperar el mítico oro evadido por la Confederación, termina por hacer creer que él es quien lo ha robado. Otra rama, muy fértil, del eurowestern sucede a la influencia leonesca, en este caso la de esos títulos, generalmente escritos y realizados por la generación más izquierdista del cine italiano, que se sitúan en la Revolución Mexicana, siguiendo la estela, eso sí, de un espléndido título que en el Hollywood clásico ya se había revelado diferente, el magnífico Veracruz (1954) de Robert Aldrich. La descripción de ese país charro devorado por la miseria y donde, por ende, solo parece haber espacio para la víctima resignada, el pícaro trapacero o el verdugo sin escrúpulos, así como esa trama alambicada, pródiga en traiciones, barullos e inverosímiles giros de guion, podrían haber nacido de la cabeza de los Franco Solinas, Damiano Damiani, Sergio Sollima, Tonino Valerii y tantos otros cineastas italianos que dieron pie a films tan apasionantes como El halcón y la presa (Sollima, 1967), Cara a cara (ídem, 1968) o Yo soy la revolución (Damiani, 1968).
La caída de Blueberry, sin embargo, no se ha detenido. Condenado por alta traición a un durísimo penal, separado esta vez de sus amigos (que significativamente lo dejaron solo al final del periplo mexicano, temiendo peores consecuencias), nuestro hombre se convierte en peón de nada menos que de una conspiración para acabar con la vida del presidente Ulysses S. Grant. El episodio Angel Face muestra a un Blueberry que se mueve como alma en pena por el lugar donde trata de detener a los conspiradores mientras a su vez es perseguido sin piedad pues cada uno de sus actos es retorcido por estos para que parezca que el aspirante a magnicida es él mismo. Puede señalarse, incluso, otro muy estimable western europeo que aborda idéntica trama (pero proponiendo un imaginario máximo mandatario como objetivo de los asesinos), La muerte de un presidente (Tonino Valerii, 1969), con el astro Giuliano Gemma encarnando al atribulado individuo que intenta detener el plan y solo consigue convertirse en chivo expiatorio.
Angel Face supone un punto de inflexión en el ciclo, pues este se detuvo aquí durante cuatro años, por desacuerdos entre Charlier y sus editores. Cuando el tándem lo retomó, se había producido una diferencia fundamental: Giraud había dado paso a Moebius gracias a sus trabajos en revistas con marcada vocación vanguardista (ante las cuales Pilote había acabado por parecer una antigualla), cuyo ejemplo emblemático fue Métal Hurlant. El dibujante ya ni puede ni quiere volver atrás y, si bien mantiene la continuidad gráfica, a ningún lector atento se le escapa que los trazos son más libres y a la vez más delicados, el conjunto más detallista pero al mismo tiempo ligeramente más irreal, hasta culminar en Arizona Love, la historia a cuya mediación falleció Charlier y cuyo libreto concluyó el mismo Giraud. Comparar El fantasma de las balas de oro, emblema gráfico de la serie, con este último álbum es bien significativo.
Después de ese parón de casi cinco años, Giraud regresa al terreno de las guerras indias (fue el tercer ciclo temático que le dedicó al asunto, por tanto), y de nuevo el cine parece marcarle la senda (debe avisarse que un cine surgido de previas novelas que, por lo general, en este caso eran mucho mejores que sus adaptaciones). En los años setenta, la corriente revisionista del western americano por fin había denunciado sin contemplaciones la magnitud del despojo que los blancos habían hecho a los indios, dejando a un lado el cándido paternalismo con que el mismo tema había sido tratado por los cineastas clásicos (por el propio John Ford, por ejemplo). Lástima que sus responsables creyeran que la justicia histórica los eximía de cualquier exigencia artística y, en especial, que lo natural era incurrir ahora en una enfática tendenciosidad de signo contrario, tal y como demuestran las repelentes Pequeño Gran Hombre y Soldado azul, ambas de 1970.
Si Giraud/Moebius está en plena ebullición, Charlier deja entrever que sus mejores tiempos están quedando atrás. Aunque la serie todavía mantiene vigor y la premisa es muy atractiva (el hundido Blueberry ha encontrado un nuevo hogar entre los indios) y no carece de toques sabrosos (ante el pasmo de los ancianos y guerreros de orden, ¡Blueberry convierte a sus más jóvenes amigos de piel roja en apasionados del póker!), el alcance dramático es mucho menor. El ciclo no mejora los anteriores, que tal vez sean más toscos pero más intensos, y la dureza se atenúa: Blueberry y los salvajes se conducen con una suavidad que a estas alturas resulta incoherente, pese a que los enemigos no se andan con chiquitas. Por cierto que entre los antagonistas del héroe juega un papel central el mítico Wild Bill Hickock, una vez más una figura real a la que Charlier despoja de cualquier aureola épica; es decir, nada tiene que ver con el retrato que Gary Cooper hizo de él en Buffalo Bill (Cecil B. DeMille, 1936).
Quedaban los últimos títulos, que incrementan la pérdida de la tensión de la serie, remitiéndose a previos logros mas de modo mecánico, casi como si fueran una copia realizada por admiradores del ciclo que no consiguen reproducir su alma. En ellos se produce la completa rehabilitación de Blueberry, quien incluso decide darle una oportunidad a su corazón yendo en pos de Chihuahua Pearl, a la que rapta justo al pie del altar cuando por fin estaba a punto de hacer realidad su sueño, literalmente dorado, de casarse con un magnate forrado de millones. Arizona Love, ya lo he dicho, por momentos parece una delicada miniatura, preciosista y brillante pero demasiado limpia para mi gusto, cuya conclusión remite más a la comedia sentimental que al western descarnado que había sido el ciclo.
Ya lo he dicho. El teniente Blueberry no desapareció de las librerías. El mismo Giraud prosiguió su saga como autor total, con el personaje convertido en civil, con más años pero en teoría con el mismo vigor (por cierto que, desde el penúltimo álbum del tándem canónico, La última carta, Giraud había encanecido las sienes de su personaje, manifestando así el paso del tiempo). Al mismo tiempo, proseguía la serie dedicada a La juventud de Blueberry, que el mismo Charlier había escrito hasta su muerte con el neozelandés Colin Wilson a los lápices. En 2005, Giraud cerró su trabajo con el personaje que había creado: Moebius se concentró definitivamente en sus propios asuntos.
No puedo hablar ya apenas de todos estos tebeos: nunca he sido un mitómano que me empeñe en seguir las peripecias de un personaje amado fuera de las manos de sus primeros creadores —por ejemplo, apenas conozco unos pocos Sherlock Holmes que no sean los de Conan Doyle. Pero si sus continuadores han sido consecuentes con el ciclo, imagino que Blueberry habrá seguido siendo el mismo sujeto individualista e indisciplinado, aunque los años tal vez le hayan otorgado algo más de prudencia. Supongo que habrá ganado algo, aunque tampoco conviene que haya sido mucho, en pulcritud pero espero que siga teniendo la misma debilidad por sus dos vicios congénitos: el whisky y el póker. Con un vaso en la mano, seguro de su rapidez para desenfundar el revólver que lleva en el cinto, no me cabe la duda de que Mike S. Blueberry siempre saldrá ganador cuando haya de jugar su última baza.
Buena parte de los westerns del cine señalados como influencia mayor en la serie han sido reseñados en este blog, por lo que doy los correspondientes enlaces para quien esté interesado:
– John Ford y la Trilogía de la Caballería.
– Veracruz: dos cabalgan juntos.
– El bueno, el feo y el malo: por un puñado de oro.
– Westerns olvidados de los 60 y 70.
También he dedicado una atención especial al díptico culminante de la serie:
– El fantasma de las balas de oro, una aventura del teniente Blueberry.