Los libros de Sandokán (I)

Las claves del ciclo            Los libros I    II    III

Kabir Bedi, el Sandokan de nuestra infanciaOnce libros componen la saga de Sandokán que podemos atribuir a su creador, Emilio Salgari. El escritor veronés la hizo nacer en 1883, en las páginas de una publicación de su ciudad natal, y a su muerte, por suicidio, en 1911 dejó algunas de sus aventuras por salir a la luz, apareciendo la última entrega dos años después. Un cuarto de siglo, en más o menos, abarca su saga y ese mismo espacio de años, con cierta imprecisión cronológica muy propia de Salgari, también es el espacio temporal que abarcan las andanzas del Tigre de la Malasia y sus amigos. Sus personajes centrales son cuatro: el protagonista, Sandokán; su hermano del alma, el portugués Yáñez de Gomera; y los dos indios que un día van a parar a los mares de Malasia y se ganarán su amistad inquebrantable: Tremal-Naik, el cazador de la Jungla Negra, y su fiel sirviente Kammamuri. En los once libros dio tiempo a incorporar varios personajes secundarios, pero ninguno alcanza la entidad de los anteriores. Mariana Guillonk y Ada Corishant, las dos mujeres a las que aman respectivamente Sandokán y Tremal-Naik (cuyas pasiones constituyen el motor inicial de la saga) desaparecerán pronto, dejando en el segundo caso a una hija, Danma, que no volvería al ciclo una vez felizmente casada. Yáñez se enamoraría (mas sin la pasión de los dos primeros) de una joven india, Surama, que acabaría permitiéndole su ascenso a maharajá. En cuanto a otros personajes secundarios, Salgari siempre situó al lado de sus jefes al enorme Sambigliong, y entre sus enemigos, el más recordado tal vez fuera el líder de los thugs, el siniestro Suyodhana. Mas nadie se engañe: da igual junto a quién luchen o a quién se enfrenten, son los cuatro primeros quienes ocupan siempre el centro de la aventura, sin necesidad de la menor evolución psicológica, y casi ni siquiera cronológica, pues por más años que pasen por ellos, siempre mantendrán el mismo vigor y la misma intrepidez.

Leer los once libros de un tirón —la mitad de ellos, por vez primera— obliga, como sucede cuando nos zambullimos en un ciclo cuantioso, a aceptar no ya la clásica suspensión de la incredulidad que constituye una de las citas más fastidiosamente reproducidas de la historia de la literatura sino, incluso, perder de vista otra forma de contar que no sea la que nos propone el autor. De hecho, importa poco por qué libro acercarse al ciclo porque todos están trazados del mismo modo, e incluso sus elementos argumentales se repiten considerablemente (salvo los dos primeros, caracterizados por la importancia del amor, que solo reaparecerá en el sexto). Entre estos pueden destacarse: el recorrido por una jungla llena de peligros, los enfrentamientos con tigres, las estampidas de elefantes o búfalos, las incursiones en subterráneos (con frecuencia los de alguna pagoda), las traiciones que el lector intuye a la primera pero los aventureros no, el uso de drogas para hacer hablar a un prisionero, Yáñez haciéndose pasar por británico para engañar a algún obtuso gobernante, etc. Sin embargo, tal es la ligereza narrativa de Salgari y la fuerza de la exposición que esta repetición no se hace monótona sino que forma parte del entorno «doméstico» de la acción, como esas piezas que todos tenemos en nuestra habitación favorita, sin las cuales esta no nos parecería la misma.

Escultura de Emilio Salgari en VeronaEntre los varios propósitos que me han animado desde hace años a escribir este blog, uno de ellos es el de escribir aquello que a mí me gustaría encontrar. Al igual que hace poco he cumplido el sueño de poder leer en español una biografía de otro mis autores predilectos, el polaco Stanislaw Lem (Lem. Una vida que no es de este mundo, por Wojciech Orlinski, en Impedimenta), no descarto que alguna vez tendremos algún libro similar sobre Salgari, que desbroce su vasta producción literaria al hilo de su recorrido biográfico. A falta de este, he recurrido a las fuentes en Internet, procurando en la medida de mis pocas posibilidades con los idiomas acceder a páginas que intenten aclarar alguno de los enigmas de este laberinto. Quede mi agradecimiento especial a la página de Fernando Coun Traduciendo Sandokán, admirable además por su propósito de ofrecer una traducción digna de un ciclo en general muy mal tratado por las ediciones hispanas.

El resultado es el siguiente. He abordado libro por libro la saga de Sandokán, si bien los tres últimos, por continuarse unos a otros (y, probablemente, haber sido concebidos como uno solo, aunque este extremo no lo he podido confirmar) están unidos. En todos ellos, aparte de una pequeña reseña argumental y un comentario crítico, incluyo títulos originales, intento aclarar la diversidad de ediciones (por entregas y en libro) y las sitúo en los años correspondientes (si hay dos fechas, la primera es la de la publicación por entregas y la segunda, del libro; si una sola, este último caso). Como ni soy un especialista en investigación literaria ni tampoco pretendía otra cosa que disfrutar la lectura de la saga y proporcionar alguna ayuda a quien intente penetrar en semejante laberinto, es evidente que el resultado podrá ser mejorado con facilidad por quien de verdad asuma el reto de profundizar en este gran escritor.

Los tigres de Mompracem (1883-1884, 1900)

Primera publicación, por entregas, en La Nuova Arena, periódico veronés, entre 1883 y 1884, bajo el título de La tigre della Malesia [‘El Tigre de la Malasia’]. Con el mismo formato, en otras publicaciones y fechas, antes de conseguir la edición definitiva en libro, a cargo del editor genovés Antonio Donath, en 1900, ya con el título final de Le tigri di Mompracem.

Dividido en varias ediciones españolas en dos volúmenes, con distintos títulos. Los más conocidos, Sandokán y La mujer del pirata.

Salgari tenía tan solo veintidós años y había escrito todavía pocas ficciones cuando dio a la imprenta el primer capítulo de la que había de ser su creación más popular. Es curioso que tardara más de quince años en publicar la versión definitiva en forma de libro, con el título definitivo con que hoy la conocemos. Es un asunto poco conocido entre los aficionados a la aventura literaria que buena parte de sus obras predilectas siguieran ese mismo recorrido y que, como es natural, entre la revista o el periódico y el libro, el autor realizara diversos cambios: es el mismo caso, por ejemplo, de la imprescindible La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. La particularidad de este empeño es que cuando Salgari por fin hace lo propio, ya ha publicado en «tapa dura» los dos capítulos siguientes del ciclo, Los misterios de la jungla negra y Los piratas de la Malasia, por lo que en algunas bibliografías el título inaugural aparece directamente en tercer lugar, con la consiguiente confusión. Por lo demás, Salgari realizó pequeñas modificaciones, entre ellas las de la fecha en que transcurre la acción (para adecuarlas a las de la otras novelas, si bien es evidente que Salgari jamás prestó atención a las contradicciones cronológicas que aparecen en su ciclo). Así, en la edición por entregas el año es 1847; en el libro, 1849. Es más, la primera línea del libro señala, con extraña precisión, la fecha exacta en que Sandokán comienza su queste: el 20 de diciembre de 1849.

Salgari fue siempre un escritor muy directo, muy poco amigo de prolegómenos o de poner en situación al lector antes de iniciar la acción. Desde el inicio de la novela, el escritor trata al lector como si este, en efecto, conociera sobradamente al individuo que, en el primer capítulo, no puede permanecer quieto en su casa sobre el acantilado de la isla de Mompracem, y asimismo tuviera los datos suficientes del contexto geográfico e histórico e incluso del otro personaje al que el primero espera con notable inquietud, su leal camarada Yáñez de Gomera. Con veintidós años, Salgari ya era Salgari: el escritor que comienza a redactar con apenas un plan de la acción y sin borrador alguno, y que luego apenas corregirá lo escrito, tal es la prisa febril por entregar de alguien para quien la literatura, además de una vocación, será una cuestión de supervivencia.

Portada de la edicion en Alianza de Los tigres de MompracemNinguno de los otros clásicos de la edad de oro de la aventura habría hecho como él: tardar casi doscientas páginas en contar algo del pasado de su héroe, cuando este pasado parece tan fundamental para explicar su presente. Y cuando lo hace (es Yáñez quien se lo refiere a la lógicamente curiosa Mariana), el relato es tan breve como insatisfactorio: Sandokán fue el joven rajá de un pequeño reino de Borneo llamado Muluder —cuando, en El desquite de Sandokán, el Tigre por fin lo recupere, el nombre será otro: Kin-Ballu—, despojado del mismo por la voracidad de los europeos, sobre todo los ingleses, y la envidia de los otros soberanos de la isla, convertido desde entonces en señor de la isla de Mompracem y en pirata de los mares de la Sonda. Por poner un ejemplo, el gran Julio Verne, con quien tantas veces fue comparado el italiano, habría comenzado como él por un capítulo «activo» que nos situaría ante el héroe (valdría el mismo de la novela), pero dedicaría el segundo, por extenso, a la descripción física y moral de su héroe, así como de su amigo Yáñez y de sus principales hombres, a dibujar Mompracem y el territorio de sus aventuras y a contar con detalle tanto el pasado del Tigre como el contexto histórico en que estas suceden. Salgari, sencillamente, los pone en acción y así es como los conocemos.

Ya he señalado en el artículo anterior la sorpresa que produce la relectura del libro y el descubrimiento de que el argumento consiste en la obsesión que Sandokán siente por Mariana Guillonk, llamada la Perla de Labuán y sobrina de uno de los opresores ingleses de su pueblo. La aventura que narra el libro consistirá, por ello, en las dos incursiones que hace el Tigre en la isla de Labuán para conocerla y enamorarla (la pasión de ella es tan instantánea como había sido la suya) y después llevársela a su propia isla, hasta donde, como es natural, será perseguido. Si a lo largo de la trama el pirata ya se había planteado abandonarlo todo para llevar una vida tranquila, imposible de continuar con su carrera pirática, al lado de Mariana, el final del libro consiste en la expulsión de su hogar, que abandona con lágrimas en los ojos y el grito amargo de «¡El Tigre de Mompracem ha muerto para siempre!»

Steve Reeves, un muy inadecuado Sandokan del cine italianoEn la novela no paran de suceder cosas, por lo que es evidente que hay aventura de sobra, mas el planteamiento es propio de un melodrama febril. De ahí el supremo acierto de presentar al héroe, incapaz de estarse quieto en su casa sobre los acantilados de la isla, mientras espera noticias de Yáñez, en una borrascosa noche tropical que diríase provocada por él mismo en su furiosa impaciencia. A lo largo de todo el libro, una poderosa fiebre autodestructiva recorre al personaje, no en vano sabe bien que ese amor incontenible que siente contiene la semilla de su aniquilación: que difícilmente podrá seguir siendo el centinela libertario que es si el resto de su vida ha de preocuparse por la seguridad y la felicidad de una mujer. Es más, es consciente que el mero propósito de verla, primero, y arrebatársela a los ingleses, después, es una aventura cuasi suicida que ha de arrastrar a la muerte a buena parte de sus seguidores. Y aun sufriendo mucho, no dudará un solo momento en seguir su estrella (buena o mala), bajo la mirada reprobatoria, pero siempre leal, de su lúcida camarada de sangre Yáñez.

Por cierto que Yáñez es el gran misterio de esta novela, puesto que, tratándose de un personaje tanto o más interesante que el protagonista —¿qué hace un hombre blanco entre esos orientales, renegado de los suyos?, ¿qué pasado tumultuoso lo ha conducido hasta allí?, ¿por qué subordina completamente su voluntad a la de ese amigo al que sabe equivocado pero cuya equivocación asume como suya propia, no dudando en correr cuantos riesgos se le pide, incluso solicitando alguno que otro más?—, Salgari apenas le concede más atención que la de ser el interlocutor que necesita Sandokán para no hablar solo, o el hombre igual (igual hasta cierto punto, claro) con el que compartir sus anhelos, sin dudar un solo momento, lo que es significativo, que el portugués lo subordinará todo para hacerlos realidad.

Por muchos rodeos y digresiones que dé la acción, pese a la falta de la menor estructura narrativa, pese a dejarnos con ganas de saber más de determinados intervinientes en la aventura, Salgari consigue hacer funcionar una historia en estado de exaltación permanente, sin caer en ningún momento en el ridículo ni en el tedio: es esa famosa terribilità que mencionan sus mejores lectores. Fuera de contexto, las palabras de Sandokán pueden parecer extemporáneas, pero dentro de la narración resultan plenamente convincentes: es genial el momento en que, huyendo con su praho hacia Mompracem con Mariana a bordo, perseguidos por una letal cañonera, se sube a lo alto del mástil, retador, sintiendo que el amor arrebatado lo vuelve invulnerable, y gritándolo a los cuatro vientos.

Los misterios de la jungla negra (1887, 1895)

Edicion italiana de Los misterios de la jungla negraPrimera publicación, por entregas, en el periódico Il telefono, de Livorno, en 1887, bajo el título de Gli strangolatori del Gange [‘Los estranguladores del Ganges’]. Edición definitiva en libro, a cargo de Donath, en 1895, ya con el título de I misteri della giungla nera.

En ese intervalo entre las entregas y el volumen definitivo, Salgari ya había unido la trayectoria de los héroes de este libro con Sandokán, en Los piratas de Malasia (que habían visto la luz en 1891). Esta es la única explicación que se me ocurre al curioso párrafo, evidente interpolación incrustada en el libro, al final del capítulo XX, en que se menciona que Tremal-Naik, el protagonista, es amigo de Sandokán, a quien ni se ha nombrado antes ni parece necesario hacerlo.

En cualquier caso, Los misterios de la jungla negra es una de las obras maestras indiscutibles del escritor. Mejor, incluso, que Los tigres de Mompracem, aun notándose palpablemente que un mismo aliento dramático une los dos libros, no en vano el planteamiento es el mismo: las peripecias, progresivamente peligrosas, en que se enreda el protagonista (Tremal-Naik, el cazador de serpientes de la Jungla Negra), al caer instantáneamente enamorado por una joven blanca a quien descubre un día en sus dominios. La muchacha se llama Ada Corishant y es una joven inglesa secuestrada muchos años atrás por los thugs, puesto que su líder, Suyodhana, la ha destinado a ser la «virgen de la pagoda», el cuartel general subterráneo de la secta. Ahora bien, cuando el protagonista acaba cayendo prisionero de ellos, no duda en aceptar la misión que le impone Suyodhana si quiere que Ada sea suya: asesinar al militar inglés que lleva años persiguiéndolos, el capitán MacPherson (por supuesto, no le dice que, bajo otro nombre, este es el padre de Ada), labor a la que se aplica con la misma implacable determinación que cuando combatía a los estranguladores.

Los thugs existieron: se sabe que fueron una fraternidad secreta que englobaba tanto a hindúes como musulmanes, de la que se tiene noticias al menos desde el siglo XIV; que el culto que profesaban a la célebre Kali, la diosa de la muerte del panteón hindú, los llevaba a profesar la idolatría por el asesinato, que practicaban con el lazo con que emboscaban a sus víctimas, lo cual les dio su sobrenombre de estranguladores; y que los ingleses los persiguieron implacablemente: de hecho, parece ser que los habían aplastado mucho antes del momento en que transcurre la acción (cuyo inicio está datado también de modo minucioso: la noche del 16 de mayo de 1855). Pero para mí siempre serán los siniestros villanos, más propios de la fábula que de la Historia, que el fascinado Salgari puso en el camino de sus héroes.

Cartel de la pelicula italiana de 1954El escritor los sitúa bajo la omnipotente sumisión al tenebroso Suyodhana, escondidos en los sunderbunds, los manglares que conforman la enorme desembocadura del Ganges, y en concreto en una pagoda subterránea a la que se accede por el tronco hueco de un enorme baniano, un ficus caracterizado por sus raíces aéreas que acaban hundiéndose en la tierra a modo de columnas de apoyo. Por cierto que la galería de asesinos y sicarios de ese jefe casi omnipotente es en verdad subyugante. En particular, desde niño no he podido olvidar a ese siniestro faquir que se ha dejado anquilosar el brazo izquierdo y cuya mano sirve de recipiente, ¡de maceta!, a un arbolillo, hasta tal punto que sus uñas, que nunca se ha cortado, han acabado penetrando en la palma y sobresalido por el dorso, dándole la apariencia de un absurdo monstruo con las garras del revés.

El escenario del libro es inolvidable: en pocas ocasiones, Salgari consiguió que la acción pareciera más la consecuencia de la atmósfera primordial transmitida por ese subyugante escenario que son los sunderbunds. Allí vive Tremal-Naik en compañía de su fiel sirviente Kammamuri (un personaje al que Salgari cogería cada vez más y más cariño, hasta convertirlo, o casi, en el protagonista de la última novela del ciclo) y de Dharma, un tigre que come de su mano. La humildad del personaje es, precisamente, su característica esencial y solo así se entiende (y se comparte) esa completa falta de reflexión con que se lanza en pos de lo que desea: el amor de Ada, al precio que sea, incluso a costa de convertirse en asesino. Por desgracia, su inclusión en el ciclo de Sandokán lo despersonalizaría por completo: no solo rebajaría la sublime terribilità que lo envuelve (y es lógico, porque al lado del Tigre de la Malasia hubiera sido redundante) sino que perdería la enorme relevancia dramática que aquí lo envuelve.

En cualquier caso, siempre podremos volver al personaje tal como lo conocemos aquí, incansable en su propósito de acechar la pagoda de los thugs, otro espacio genial, el primero de los múltiples subterráneos que jalonan el ciclo, situados todos ellos, eso sí, en los libros que transcurren en la India. La acción no se debilita ni un gramo cuando pasa de los sunderbunds a Calcuta, siendo entonces una suprema virtud esa falta de explicaciones con que Salgari expone los hechos. En principio, resulta malsanamente insólito descubrir a Tremal-Naik aliado ahora a los thugs, sin que parezca estar drogado ni forzado, y de ahí el inaudito mérito que consigue el escritor: identificar al lector de tal modo con el personaje que, pese a que lo que este persigue es un asesinato sin paliativos, sufrimos con él cuando los obstáculos se le acumulan para impedir su objetivo. De este modo, y para ser un escritor tan físico, Salgari acaba situándose prácticamente en los terrenos de la abstracción, al convertir a su protagonista en una idea pura: un hombre guiado únicamente por un impulso sentimental al que subordina todo lo demás, y que impreca a los dioses cuando advierte que se aleja de Ada (la cual aparece tan poco que acaba pareciendo una quimera, un espejismo que solo real para el cazador de serpientes). He ahí la grandeza dramática de la que debiera haber sido tan solo una modesta aventura en la India.

Los piratas de Malasia (1891-92, 1896)

Edicion italiana de Los piratas de MalasiaPrimera publicación, por entregas, en La Gazetta di Treviso, entre 1891-1892, bajo el título de La vergine della pagoda d’Oriente [‘La virgen de la pagoda de Oriente’]. Después, por el mismo sistema, en el periódico La provincia di Vicenza, en 1894, ahora llamada L’amore di un selvaggio [‘El amor de un salvaje’]. Edición definitiva en libro, a cargo de Donath, en 1896, con el título de I pirati della Malesia.

El ciclo de Sandokán nace realmente con esta novela, que es la que imbrica los personajes de las dos primeras, hasta entonces independientes. El libro arranca con el viaje de Kammamuri hacia Borneo en un barco en el que traslada a la joven Ada Corishant, la cual parece haberse vuelto loca. A la altura de Mompracem, son asaltados por Sandokán y sus hombres. El valor mostrado por el joven indio en la lucha contra los piratas atrae a Yáñez, que le perdona la vida. Al ser interrogado acerca de la muchacha, Sandokán descubre que esta es nada menos que la prima de Mariana. Desde luego, es uno de estos azares que solo sucedían en la narrativa más popular, pero tiene el acierto de subrayar, en términos dramáticos, esos paralelismos que ya se han señalado entre Tremal-Naik y el Tigre de la Malasia. El lector no puede sino sentirse profundamente desconcertado: si Los misterios terminaba con el reencuentro feliz entre Tremal-Naik y Ada, ¿por qué están de nuevo separados?, ¿cuál es la razón de la locura de Ada y qué ha sido de su amado?, ¿cómo es que los tigres han vuelto a la isla de dónde los habían expulsado?, y sobre todo, ¿qué ha sido de Mariana, de quien se habla en pasado?

Las explicaciones esta vez serán rápidas. Los piratas transcurre dos años después que Los misterios: esta sucedía en 1855 y la primera, por tanto, en 1857. Por cierto que, en el relato que Yáñez hace a Kammamuri, la fecha de Los tigres vuelve a modificarse, pasando a ser ahora 1852, para que haya cinco años exactos entre la primera aparición de los tigres y su regreso. (Lo divertido es que, en el siguiente libro, volverá a cambiarse todo, por lo que es mejor no prestar atención a estos detalles cronológicos.) Por cierto que, una vez más, Sandokán y Tremal-Naik han de compartir la amargura del fracaso.

En el caso del Tigre, nos cuenta Yáñez, por la muerte de Mariana, de cólera, en Batavia (la actual Yakarta, capital de Indonesia). En el de Tremal-Naik, todo es más delirante. El aparente final feliz de Los misterios resulta que se trocó en tremenda derrota, sucedida solo unos momentos después del instante en que Salgari había cerrado su libro. El resultado: la muerte del capitán MacPherson, la detención de Tremal-Naik por los ingleses, que lo acusaron de ser un thug (y no andaban tan errados pues, para salvar a su amada, lo había sido) y lo deportaron al famoso penal situado en la isla de Norfolk, en aguas australianas, con el enloquecimiento de Ada como consecuencia de tanta desgracia.

No debe ocultarse: estas dos conclusiones añadidas a los libros anteriores, resultan profundamente antipáticas puesto que diríase que no tienen mayor objeto que permitir la integración de ambos núcleos y, en el caso de Sandokán, de despojar al Tigre de la Malasia del molesto lastre que la existencia de Mariana hubiera supuesto para su vida de indomable pirata. Por otra parte, la inclusión de Tremal-Naik en el ciclo de Mompracem, como ya he dicho, ha de pagar el peaje de la pérdida de personalidad, de carisma, ante el brillo cegador de Sandokán e incluso de Yáñez, lo cual no es ilógico puesto que el cazador de serpientes (aquí ascendido, en el relato retrospectivo, a cazador de tigres), en el fondo, no es sino un humilde indio sin mayor relevancia social, por mucho que su amor lo catapulte a cimas no soñadas.

El verdadero James Brooke, el raja blancoLa excusa argumental que sirve de soporte a la trama es la liberación de Tremal-Naik por parte de los piratas, puesto que el joven indio, en su camino hacia Norfolk, está retenido en Sarawak a la espera del definitivo traslado a la colonia penal. El escenario permite la aparición del hombre tantas veces mencionado en la primera novela, James Brooke (el archienemigo del pirata en la serie de televisión). Debe recordarse que este personaje tuvo existencia real: después de abandonar su puesto militar en la Compañía de las Indias Orientales como consecuencia de unas heridas, Brooke permaneció en Oriente, dedicado a distintos empeños hasta ser nombrado por el sultán de Brunei rajá de Sarawak, puesto en el que permaneció desde 1841 a 1868. Salgari lo aborda con la habitual ecuanimidad: aun siendo el encarnizado enemigo de Sandokán y el símbolo del imperialismo europeo en los mares malayos, el retrato que hace de él desborda dignidad y carisma. El enfrentamiento entre ambos, eso sí, y después de los habituales vaivenes en los que el Tigre de la Malasia parece haberlo perdido todo, concluye con el destronamiento del Rajá Blanco.

Desgraciadamente, Los piratas de Malasia, pese a su importancia, es una de las novelas más flojas del ciclo. Lo mejor radica en la parte en que Yáñez, haciéndose pasar por un lord escocés, es acogido por el mismísimo Brooke en su palacio —este truco, por cierto, que ya había ensayado en Los tigres, solo que allí fingiéndose cipayo, lo hará repetir Salgari en unas cuantas novelas de la serie—, tiene vía libre para pasear por toda la ciudad. Sin embargo, la atmósfera luciferina de pasión ha desaparecido (reaparecerá ya en contadas ocasiones, si bien siempre para dar especial personalidad a los libros donde resurge) y la acción trepidante sabe a poco. Los diversos episodios, en esta ocasión, no hilan bien unos con otros. De hecho, un segmento argumental entero (el aprisionamiento de Sandokán en un barco-prisión, con la subsiguiente rebelión) fue añadido por el escritor en el paso de la publicación por entregas al libro y, pese a lo prometedor que es, no funciona: se nota demasiado el relleno. También molesta la repetición de recursos argumentales de los primeros libros que ahora se convierten en mera fórmula mecánica (el narcótico que permite a Tremal-Naik fingir su muerte y escapar así de la prisión, la limonada que Brooke hace ingerir a Yáñez a modo de «suero de la verdad»).

Sin duda, uno de los problemas de Salgari estriba en el peligro, demasiado fácil, con que su fluidez narrativa puede colapsarse: la credibilidad de su narrativa es tan delicada que puede quebrarse a poco que el autor se descuide. Y en Los piratas de Malasia sucede demasiado a menudo. Cuando falla la cohesión entre los elementos, lo delirante deviene grotesco, en el peor sentido del término. El modo en que el psicólogo Sandokán cura a Ada de la locura mediante un presunto shock es buena muestra de esto, pero peor aún es la increíble transformación del personaje de lord Guillonk, el tío de Mariana (también de Ada, ahora), implacable perseguidor de Sandokán, que súbitamente se enternece y se reconcilia con quien ahora llama su sobrino, perdonándose mutuamente las toneladas de cadáveres provocadas por su riña, hasta el punto incluso de ayudarlo en su empresa contra Brooke, a quien, hasta un momento antes, debía lealtad nacional. El tercer capítulo, por tanto, no es digno de especial recuerdo, pero sería un bache ligero en la saga.

Version en comic de Sandokan, por Hugo Pratt

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Los libros de Sandokán (I)

  1. Luis Jover Comas dijo:

    Cuantísimas horas en la preadolescencia y también después disfrutando de estás magníficas aventuras en mares y ciudades exóticas. Imprescindible lectura juvenil.

    • Una lectura que aguanta en la época adulta (yo por lo menos he disfrutado hace pocas semanas de la lectura de la saga entera, por primera vez en el caso de los últimos títulos, relectura en el de los primeros). Pero es cierto que a edades más tempranas supone un deslumbramiento completo, que posiblemente hoy es más difícil que se produzca en unos niños que hoy cuentan con otro tipo de entretenimientos más visuales.

  2. David P. Ugalde dijo:

    Impagable toda la información. Nunca me habían quedado claros hasta ahora todos los avatares de publicación, cuántas obras formaban el ciclo completo y todo el lío de los cambios de título. Aprovecho para decir que ya está en mi poder un ejemplar de «Edad Media soñada», maravilloso libro que, no obstante, pide a gritos una edición «deluxe», jajaja, plena de ilustraciones y fotografías. A ver si un día…

    • La bibliografía de Sandokán es un verdadero lío, sobre todo si recogen solo los libros y no la publicación por entregas porque entonces la primera novela aparece en tercer lugar, etcétera. De ahí que me alegre especialmente si esta información que he recogido (el mérito es de quienes la han desbrozado, claro, por ejemplo el blog que cito) sirve para los interesados.

      ¡Muchas gracias por comprar el libro y por tus palabras! Y sí, mi edición soñada es una con ilustraciones que hagan honor a la galería de obras citadas. Y ya de paso, incluso extendida, que queda mucho medievo de ficción por ser reseñado. ¡Un abrazo!

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