La teoría de la incomunicación según Stanislaw Lem

Trabajo y soledad, una imagen simbolica de Stanislaw Lem

El tema recurrente y obsesivo de la obra de ciencia ficción de Stanislaw Lem fue el contacto con otras civilizaciones extraterrestres, bajo el cual, en realidad, el autor realizó varias aproximaciones a una de sus pesimistas conclusiones antropológicas: la imposibilidad de la comunicación, no ya entre culturas radicalmente diferentes como las que el hombre puede encontrar en su paseo por el cosmos, sino entre los mismos seres humanos. Bien podemos calificar estas obras de alegorías en el sentido enriquecedor que encontramos en Chesterton y Borges. Ya he dicho en otro lado que Lem fue un autor que concibió la ciencia ficción y sus especulaciones sobre el futuro como un medio para hablar del hombre del presente, de sus problemas y tribulaciones. Y quien había vivido primero una guerra mundial en la que presenció el exterminio de la comunidad judía y después una dictadura totalitaria y una guerra fría desasosegante, no pudo sino filtrar en sus ficciones la imposibilidad de que el hombre pueda comprender al hombre: no puede hacerlo, porque en realidad no lo ve, no lo concibe como un igual. Lo disfrazó bajo ese ropaje alegórico, ideando expediciones terrestres a mundos lejanos donde los humanos se toparán con civilizaciones sobre las que vuelcan su recelo hacia la otredad. Sin poder reducirlas a términos de humanidad —es decir, a esquemas confortablemente comprensibles— el fracaso será la única respuesta al intento de contacto. Lem desarrolló esta idea en distintas novelas, desde el principio de su carrera hasta el final. Y no puede extrañar que las primeras fueran las más optimistas y benévolas, y que poco a poco sus ficciones fueran impregnándose del más sombrío fracaso (o fiasco, por utilizar el término con que tituló su última novela).

La extraordinaria preparación científica del escritor (en el terreno teórico pero también en el práctico: desde su infancia sintió una notable atracción por las máquinas) aporta a sus ficciones una notable verosimilitud, no ya en la descripción de esos futuros tecnificados —en realidad, Lem, como tantos colegas, se quedó en unos estándares considerablemente artesanales, pues no previó nada parecido a Internet o al reinado de lo digital: sus naves espaciales siempre cuentan con una biblioteca llena de entrañables volúmenes en papel—, sino en la explicación del sustrato físico, químico o matemático que conforman esos mundos del mañana o los planetas y civilizaciones con que se encuentran sus personajes.

astronautas-de-stanislaw-lem-en-impedimentaEs por ello que Lem gustó de darle a sus obras el aire de un informe científico que describe minuciosamente todos los elementos y pasos del proceso de contacto que abordan sus obras. Este «contagio» ensayístico podría hacer parecer que sus novelas tienden hacia la abstracción más árida, pero es un elemento imprescindible tanto para la elaboración atmosférica como para apoyar su reflexión sobre la otredad. Del mismo modo, las novelas de Julio Verne (un escritor que planea sobre más de un libro del polaco) precisan de esas páginas en que el autor bretón se extasiaba con la crónica de las expediciones geográficas anteriores a las de sus personajes o con la reseña naturalista de los paisajes que estos atraviesan: son una imprescindible crónica de la conquista de la naturaleza salvaje por el hombre que es el nudo conductor de los Viajes Extraordinarios. Por otra parte, ofrece un rico juego de contrastes: cuanto más abstractas se vuelven sus novelas, más inquietantemente humanas parecen. Así, en su obra maestra, Solaris (1961), las numerosas páginas en que expone las múltiples teorías que componen la solarística, la disciplina mediante la cual los científicos tratan de desentrañar el impenetrable misterio de ese planeta, son arrebatadoramente fascinantes.

A falta de conocer alguna obra anterior, todavía inédita en España (como El hombre de Marte, de 1945), es en Astronautas (1951), el libro que encarriló su carrera dentro del género, donde encontramos ya el primer ensayo de este planteamiento. Por desgracia, el libro denota su condición primeriza y su prudente intención de ajustarse a la ortodoxia del régimen, como indica su convencional andamiaje ideológico. Los protagonistas, primero, son impecables representantes de una Tierra del futuro en la que el paraíso comunista es un hecho y, segundo, descifran con enorme facilidad el mensaje procedente de Venus que da pie a la aventura espacial que centra la historia. La tardía traducción del libro con respecto a los títulos emblemáticos del escritor en el mismo terreno conceptual provoca la anacrónica pero ineludible sensación de hallarnos ante una trivialización de sus logros posteriores.

Cubierta alemana de una edicion de Eden, de Stanislaw LemEdén, novela publicada en 1959, es considerado, dentro de este terreno, el primer «Lem completo», aun cuando su forma de enfocar el planteamiento adolezca todavía de diversos errores (él mismo no valoraba mucho este libro). El contacto de los hombres con los habitantes del planeta que da título a la novela no es intencionado, al chocar accidentalmente el cohete con su atmósfera. Podemos hablar, por ello, de un naufragio, no en vano estamos ante un relato claramente verniano al estilo de La isla misteriosa: un planeta, evidentemente, puede ser una variedad del escenario isleño. Lem no dio nombre a sus seis náufragos (salvo, significativamente, al más impetuoso de todos: al más humano), sino que los nombra por su oficio (el coordinador, el cibernético, el físico, etc.) y eso subraya de modo excesivo el hincapié alegórico que destila la novela. De hecho, si hay un personaje que destaca positivamente sobre todos es el doctor, encarnación del humanista ecuánime y razonable que contempla con aprensión la interferencia que sus compañeros y él se disponen a efectuar sobre una cultura que, como mínimo, contemplan con paternalismo, pues es consciente de que no poseen toda la información necesaria para poder actuar del modo correcto. Frente a él, el ingeniero (el llamado Henryk), representa la impetuosidad y la sangre caliente: la necesidad de «actuar» por lo que él cree una buena causa, mas sin medir las consecuencias de su intervención.

La razón de esta disputa estriba en que, en el curso de sus exploraciones por Edén, los náufragos descubren que hay una raza dominante, más o menos antropomorfa (su descripción es más concreta que nunca en la obra de Lem: son seres de extracción casi pulp, con un cuerpo velludo dentro del cual se refugia un torso delicado que parece no corresponderse con el primero, de ahí que los denominen dobles), con un considerable dominio de la tecnología, que parece asociada a una inquietante huella de violencia. En una de las escenas más fascinantes del libro, tres de los expedicionarios se internan en una población, en mitad de la noche, que parece desierta pero, de pronto, todos sus habitantes invaden las calles oscuras como una turba poseída por el pánico más atroz. Y la conclusión a que creen llegar es que ese miedo no los tenía a ellos como foco, puesto que, en realidad, actuaron como si no los vieran, sino que era una reacción a un peligro temido por atroces experiencias anteriores. Según interpreta, de modo convincente, su biógrafo Wojciech Orlinski (en Lem. Una vida que no es de este mundo, también en Impedimenta), en esas páginas de Edén se filtran todos los horrores sufridos por la comunidad judía, durante la ocupación nazi, en su ciudad natal de Lvov.

Los expedicionarios terrestres, por ello, no tardan en enfrentarse a la impresión de que parece que su organización socio-política compone algún tipo de régimen opresivo en que una élite sojuzga a una parte de la población, lo cual viene acompañado del dilema acerca de su actuación. Edén es interesante, cierto, pero todavía no es una novela lograda. Su desarrollo resulta demasiado prolijo, el dibujo de personajes carece de la habitual perspicacia psicológica del autor y la solución final, que detallaré en la conclusión del artículo, es demasiado simple. Aun así, las numerosas páginas que describen el arduo proceso de indagación social y ética de ese mundo extraño que se abre ante los ojos de los protagonistas anticipan ya las novelas memorables que enseguida llegarán.

Ya hablé con algún detalle de Solaris en un artículo anterior, por lo que remito a él: además, se trata de una novela cuya densidad desborda el planteamiento que sirve de hilo conductor a este artículo para abrirse en infinitas direcciones: por eso es su obra culminante.

El invencible, de Stanislaw Lem, en ImpedimentaEn cambio, El Invencible (1964) bien parece componer un díptico de enorme coherencia con Edén, hasta tal punto que el resumen de su motor argumental es prácticamente el mismo: un grupo de expedicionarios terrestres llega hasta un planeta remoto, llamado en este caso Regis III, y allí entran en contacto con sus habitantes, viéndose obligados a juzgar la naturaleza exacta de estos y de sus motivaciones. Eso sí, hay significativas diferencias: la expedición está formada por científicos y militares y acaba teniendo un tinte más bélico que cognoscitivo; y el contacto no se produce por casualidad: ocho años atrás, una nave gemela de la titular, llamada El Cóndor, aterrizó allí sin que se haya vuelto a tener noticias de ella. No tardarán en encontrarla, en dantesco estado, como si la locura se hubiera apoderado de sus tripulantes, cuyos restos aparecen en completo desorden a su alrededor. Es más, poco después un grupo de los expedicionarios es víctima de un extraño ataque que acaba con sus mentes y los reduce al nivel de la infancia.

El misterio se desvelará enseguida. El planeta está habitado por una comunidad de autómatas de tamaño ínfimo (nanobots, de hecho) que se unen para formar una letal nube de energía que no mata sino que acaba con la inteligencia del hombre (lo hizo con los tripulantes de El Cóndor y ahora hace lo propio con los recién llegados). Lem le da una vuelta de tuerca a su planteamiento: no es que los hombres no sepan cómo contactar con la entidad colmenar que habita Regis III; sencillamente, es que no hay nada que puedan comunicarse entre ellos. La entidad robótica a la que se enfrentan los tripulantes de El Invencible no desea establecer ninguna vía de comunicación: no quieren saber nada de sus visitantes, salvo asegurarse de que ya no existen. Y no lo hacen ni por miedo ni por odio sino por puro instinto de supervivencia, que ni siquiera es animal sino que forma parte de una programación cuyos creadores hace un tiempo sideral que desaparecieron: nunca podrán volver para reprogramar a sus criaturas, las cuales ignoran haber sido creadas, como ignoran cualquier cosa que no sea la pervivencia en una vida, o no-vida, en la que solo responden a estímulos electrónicos.

El tema central de la novela acaba siendo la gestión de la angustia que provoca en el hombre la admisión de la impotencia. Los orgullosos seres humanos que han colonizado el espacio con naves tan impresionantes como El Invencible van a descubrir, en ese remoto planeta, que hay límites para su voluntad: que su omnipotencia es un mito. (El mismo nombre de la nave ya es una jactanciosa declaración de intenciones, que sin embargo, al final, resultará tristemente irónico.) La novela, de hecho, destaca por la conseguida aspereza de su atmósfera y por un desarrollo argumental que demuestra la enorme versatilidad de Lem: aunque no falta la especulación teórica (ni un antagonismo entre sus dos personajes principales, el maduro y frío comandante Horpach y su joven y fogoso segundo oficial, Rohan), los momentos culminantes del libro son los más activos. La peripecia final de Rohan, solo y en busca de sus compañeros perdidos, probablemente muertos, es digna del relato aventurero más nihilista y desesperado. De hecho, no extraña saber que Hollywood llegó a tener los derechos de la novela, pues en ella está el germen de una espectacular aventura espacial, pródiga en misterio y acción.

La voz del amo, de Stanislaw LemEl siguiente paso deja las estrellas para centrarse en la Tierra. Se trata de La Voz del Amo (1968), una de las novelas menos conocidas del autor —traducida solo recientemente, por Impedimenta— y seguramente de las más ingratas para el lector que se esté iniciando en su obra. Su argumento es el más sencillo que nunca escribiera: los esfuerzos de un grupo de científicos para traducir un presunto mensaje procedente de las estrellas que ha sido captado por pura casualidad. Lem se hace eco de un tema que, es evidente, tenía que atraerle por fuerza: la inquietud de la comunidad científica ante lo que llamaba el silencio del universo, es decir, la falta de huellas de otras civilizaciones espaciales (por supuesto, toda la populachería acerca de los platillos volantes, ovnis y demás, caen fuera del ámbito de esta inquietud). Estados Unidos, liderando a la comunidad internacional, no tardaría en poner en marcha el famoso proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence), que no ha dado ningún fruto tangible desde entonces salvo en el terreno de la ficción (uno de sus más estimables ejemplos lo constituye el film Star Trek. La película, de 1979, el iniciador del ciclo cinematográfico de la famosa serie homónima de los años 60).

Siempre pesimista, Lem unió el tema de este posible contacto con el de la guerra fría y la carrera de armamento que llevaba ya tantos años oponiendo (y definiendo) al bloque comunista y al bloque capitalista, cuya progresiva escalada tecnológica había degenerado en un siniestro impasse, conscientes los dos antagonistas de que el único resultado posible de una hipotética guerra, la iniciara quien la iniciara, sellaría la destrucción del mundo entero. En su novela, los científicos, encaminados por los ambiciosos políticos o por su propia fiebre nacionalista, acaban buscando en el mensaje la posibilidad de que esta les proporcione el arma definitiva. Por prudencia, Lem situó la acción en los Estados Unidos, lo cual le permitió exponer esta sombría premisa sin oposición de la censura, pero es evidente que, de haberla situado en el bloque soviético, todo habría sido igual.

La Voz del Amo carece de los elementos de acción que contenían las novelas anteriores. De hecho, se presenta como el relato en primera persona de uno de los científicos del proyecto, el profesor Hogarth, un hombre consciente de que, si ha sido incorporado al mismo cuando ya llevaba un tiempo en marcha es porque se confía en su heterodoxia para superar el punto muerto en que se encuentra la investigación. Lem, que sentía una profunda admiración por Dostoyevski, se inspiró en el gran novelista ruso para dibujar el carácter misantrópico de su protagonista, cuyas reflexiones profundamente nihilistas otorgan un admirable espesor a la crónica del proceso científico. Como los mejores personajes de este, Hogarth es un individuo convencido de que el ser humano medio le es ajeno, y sin embargo cuanto más leemos sus impresiones, incluso las más especulativas, más cercano nos resulta: no en vano, el descubrimiento de la deriva militarista de la misión lo llevará a poner cuanto está en su mano para intentar desarticularla. Finalmente, la investigación acabará disolviéndose en todo un conjunto de teorías tan contrapuestas como, en el fondo, complementarias y que, sencillamente, conducen a un callejón sin salida. La Voz del Amo está, en suma, más cerca de Solaris que de Edén y El Invencible, y es igualmente sugestiva.

Fiasco, de Stanislaw Lem, en AlianzaCasi veinte años después, Lem retornaría a las inquietudes de La Voz del Amo para componer la novela que a la postre sería su última obra dentro de la ficción, Fiasco (1987). Los dos motores dramáticos de la una están en la segunda: la posibilidad (esta vez ya certidumbre) de que la humanidad pueda contactar, por fin, con una civilización extraterrestre; y el descorazonamiento del escritor ante una guerra fría que, dos décadas después veía tan vigente, solo que aún más esclerotizada, como en 1968: solo que, en este caso, proyecta ese enfrentamiento sobre los habitantes del planeta al que se dirige la expedición protagonista. Seguramente estemos ante la novela más terriblemente pesimista de toda la carrera de este gran pesimista, como ya indica, sin ir más lejos, la elección del título. No por nada la escribió en un momento de especial desencanto para él: los años de su no declarado exilio en Viena, entre 1981 y 1987, a donde marchó allí tras la amargura que sintió con el recrudecimiento de la tiranía que supuso el régimen de Jaruzelski (que había cercenado el optimista paréntesis simbolizado por la emersión del sindicato Solidaridad), sin que Occidente le pareciera tampoco el edén sobre la tierra.

Que esos dos temas no habían dejado de obsesionarle lo deja bien claro que, poco antes de la composición de su novela, les hubiera dedicado sendos ensayos de su Biblioteca del Siglo XXI (el conjunto de reseñas de falsos libros que llevaba componiendo desde principios de los 70), que en España podemos encontrar cerrando el volumen titulado Provocación, en la edición de Impedimenta.

En el primero de ellos, titulado The World as Holocaust, había sintetizado el misterio del ya señalado silencio del universo bajo una teoría que denomina de la «ventana de contacto». Según ella, y pese a lo que sostienen los incurables defensores de las visitas extraterrestres, la vida surgida en nuestro planeta es una afortunada excepción, que deriva de la concatenación de circunstancias cósmicas muy difíciles de repetir. Es más, incluso en el caso de que esto se haya producido también en otras partes del universo, es prácticamente imposible que la Tierra vaya a enterarse alguna vez de ello, puesto que las distancias (que se miden en años-luz y pársecs, es decir, magnitudes casi inconcebibles para una existencia terrena) constituyen un muro infranqueable para el contacto (infranqueable… salvo en la ciencia ficción, claro) y porque, de poder franquearse, el desarrollo tecnológico que llamamos «civilización», en términos astrofísicos, tiene un estrecho margen de coincidencia para poder contemplarnos mutuamente. De ahí el nombre de «ventana de contacto»: puede que haya habido o vaya a haber planetas en donde se alcance un desarrollo similar al nuestro pero, si no se ponen al alcance de nuestra mirada (al otro lado de la ventana), nunca nos enteraremos.

ProvocacionEn Fiasco, Lem sitúa a un grupo de científicos en dirección a un mundo distante llamado Quinta, en el sistema Zeta Harpyae, donde se ha detectado la huella de la civilización. Al llegar allí, los viajeros se encuentran ante un mundo que manifiesta una tecnología muy avanzada —el indicador más visible es el anillo de hielo que rodea su órbita, trasvasado por sus habitantes desde los océanos para ganar tierra al mar— y que ha cubierto el espacio exterior de una nube de pequeños autómatas que reaccionan con hostilidad ante la llegada. Los viajeros deducen que Quinta está sometida a una larga guerra entre dos o más bandos que ha acabado por tecnificarse en grado tan sumo que ha acabado en un impasse de absoluta maquinización. (Esta es la conversión en ficción del segundo de los ensayos aludidos —que tiene el larguísimo título, en inglés, de Weapons Systems of the XXIst Century or the Upside-Down Evolution—, que también había desarrollado, por cierto, en su novela justo anterior, Paz en la Tierra, de 1986).

La llegada de los forasteros amenaza con quebrar ese equilibrio, de ahí el agresivo recibimiento con que estos son acogidos. Ahora bien, la reacción de los terrestres será obligar a los quintanos a aceptar el contacto, y para ello acaban enredándose en una increíble demostración de fuerza cuya culminación es la destrucción de su luna, primero, y del anillo de hielo, después, tras lo cual los indígenas parecen claudicar y aceptar el aterrizaje de uno de los expedicionarios para efectuar el contacto.

Fiasco es una obra tanto de culminación como de síntesis, pues en ella se reconocen múltiples elementos de las ficciones ya comentadas en este artículo. Por ejemplo, en su sofisticación estructural, Lem parece comenzar contándonos otro argumento, que ocupa el primer y genial capítulo, titulado El Bosque de Birnam, situado en Titán, la famosa luna de Saturno, en cuya desolada superficie un piloto espacial llamado Parvis se interna, embutido en un gigantesco vehículo de apariencia humanoide (un robot a lo Mazinger Z, vamos) en busca de unos viajeros que han desaparecido en naturaleza tan hostil: uno de ellos, el hombre al que en realidad ansía encontrar, es nada menos que Pirx, el protagonista de uno de sus más famosos libros de relatos. Sin embargo, lo único que conseguirá es quedar él mismo al borde de la muerte, sin más salida que someterse a un proceso de vitrificación (similar a la famosa criogenización que sufre Han Solo en El Imperio contraataca) que preserva su cuerpo para una hipotética reanimación en el futuro.

Los relatos del piloto Pirx, en AlianzaY esa resurrección llega: mucho tiempo después, cuando ya han desaparecido todos aquellos que fueron sus coetáneos, son rescatadas dos cápsulas enterradas en ese paraje de Titán y subidas a una nave, la Eurídice, que ha hecho una escala en su viaje hacia el sistema de la Arpía y es la única con tecnología para revivirlos. El problema es que solo pueden salvar a uno de los dos hombres y que los datos sobre ellos, después de tanto tiempo, solo permiten saber que su nombre empieza por P. ¿Parvis o Pirx? El superviviente despierta sin recordar su identidad: el lector ha de dividirse entre quienes quieren que sea el personaje del primer capítulo y quienes prefieren que sea el emblemático Pirx.

En cualquier caso, es una premisa magnífica. El hombre que no sabe quién es ha despertado en un tiempo que no es el suyo y el único estímulo que va a encontrar en este simulacro de existencia personal será la misión de contacto que ha emprendido la Eurídice, por lo que se unirá con entusiasmo a ella desde su condición de piloto. El conflicto existencial que vive el superviviente (a quien sus compañeros dan el nombre de Mark Tempe) da pie a que el autor efectúe una bella y elegante reflexión sobre el frágil concepto de humanidad, carente del menor sentimentalismo. De hecho, el personaje irá perdiendo protagonismo, sumiéndose en el reparto coral, para recuperarlo justo al final: él es quien realizará el contacto con los quintanos.

De modo significativo, en este recorrido por lo humano (para negarlo), el escritor incluso otorgará un papel relevante a un elemento que, hasta entonces, había mantenido alejado de su obra: la religión, al hacer que un monje dominico figure entre los expedicionarios. A él corresponderá un papel similar al del doctor de Edén: la voz de la compasión, de la advertencia ante la arrogancia humana a imponer su mirada. Solo que, en esta ocasión, nadie lo escuchará.

[Quien no conozca el final de alguna o de todas las novelas anteriores debe dejar de leer aquí]

el-electrobardo-por-daniel-mrozLem planteó, en cada una de las novelas, una conclusión diferente y a la vez complementaria. En Edén, la comunicación acabará resolviéndose positivamente (no así el conflicto descubierto, puntualizo): el contacto amistoso con un doble termina por abrirles a los terrestres el camino de la comprensión. El autor no volvería a cometer semejante ingenuidad: desde entonces, las especies en contacto diríase que proceden de universos paralelos, tangentes ocasionalmente mas sin capacidad para hacerse verdaderamente comprensibles por el otro. De hecho, en La Voz del Amo, el resultado oficial de la misión expresará que el mensaje de las estrellas, en realidad, no es sino un aleatorio resto de energía procedente de un tiempo cósmico inconcebiblemente remoto.

En la admirable conclusión de El Invencible, el sufrimiento que provoca en Rohan su misión suicida lo iluminará como para decidir que esa entidad colectiva tiene razón en su abstracta oposición al contacto. Los terrestres deben abandonar Regis III porque, como admirablemente pondrá Lem en labios del joven oficial, «no todo, ni en todas partes, es para nosotros». Esta aseveración, que derriba tanto el ansia imperialista como la voracidad de conocimiento del hombre, es la inmejorable proposición de la novela.

En El Invencible la entidad con la que se intenta contactar vence sin duda alguna. En Fiasco, Lem reconstruye de nuevo el conflicto —los múltiples artilugios mecánicos que cubren el espacio sobre Quinta son una variante de la nube de El Invencible—, otorgando el «triunfo» material a los terrestres, pero para enterrar definitivamente toda esperanza en la posibilidad de concebir siquiera un punto de encuentro entre civilizaciones.

Portada inglesa de FiascoEn su capítulo final, Tempe, el hombre de otro tiempo, aterriza en el lugar que le ha sido indicado por los quintanos, pero al salir de su vehículo no encuentra ni rastro de estos. Por mucho que registra todo el lugar, no hay nada más que el desierto, una construcción que imita pomposamente su propia nave espacial y una ladera poblada de pequeñas protuberancias que salen de la tierra. El piloto se deja arrastrar por la ira al llegar a la conclusión de que esos quintanos no solo han incumplido su acuerdo al no dejarse ver sino que han planeado utilizarlo a él para llevarse voraces bacterias en su regreso a la nave principal. Y en su desenfrenada búsqueda de algún indicio de aquellos olvida avisar a sus compañeros de que sigue vivo, desencadenando, sin advertirlo, la represalia destructora con que estos habían amenazado en caso de que no tuvieran noticia de él. Solo en el último momento, antes de ser la primera víctima de esa destrucción, Tempe (de quien, significativamente, no llegaremos a confirmar si es Parvis o Pirx: la identidad no es importante) descubrirá que los quintanos sí habían cumplido su parte del trato, mostrándose en público. Lo que sucede es que, contaminado por la perspectiva antropomórfica de la humanidad, no ha aceptado verlos tal como son: los quintanos son esas protuberancias terrosas que cubren la colina, y ahora, en el final más desolador de toda la historia de la ciencia ficción, morirán para siempre, como él mismo, bajo el fuego vengador de sus compañeros.

Vuelvo hacia atrás, a las páginas finales de La Voz del Amo para encontrar la esencia del pensamiento que Lem intenta transmitirnos con tan terrible conclusión. En ella, Hogarth, su agrio pero, en el fondo, demasiado humano cronista, que pese a todo sí cree en que el mensaje de las estrellas contenía un significado, se lamenta por la incapacidad para haberlo comprendido: incapacidad para empatizar con los otros, los nuestros y los ajenos. Y él mismo se pone como ejemplo, al señalar que nunca «he sabido superar la distancia que separa a las personas». Más aún, subraya que «somos como los caracoles, cada uno pegado a su propia hoja». Su biógrafo Orlinski señala que, bajo los rasgos de Hogarth, Stanislaw Lem se retrató a sí mismo. De ser así, me permito pensar que él también exclamaría más de una vez, como el narrador del genial relato Bartleby, el escribiente (obra de uno de esos amantes de las alegorías que señalaba mucho más arriba, Herman Melville), dirigiéndolo a sí mismo y a todos, el triste lamento con que este concluye: «¡ay, humanidad!».

Bella imagen de Solaris, version de Tarkovski sobre la genial novela de Stanislaw Lem

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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