Nostalgia de Forum: la colección Extra Superhéroes

La bella y la bestia, Extra SuperheroesHace pocas semanas se ha constituido un grupo en Facebook que reúne a quienes nos reconocemos como la Generación Forum, es decir, el conjunto de lectores que, en los años 80 y 90 sobre todo, seguimos con fervor las publicaciones de los superhéroes Marvel a cargo de esta sección editorial del Grupo Planeta. El enorme éxito de la iniciativa, a la que se han apuntado, en tan escaso tiempo ¡casi 2000 miembros!, desvela la enorme nostalgia que despierta el mero nombre comercial de Ediciones Forum, los primeros en publicar con dignidad los tebeos de Marvel, después de las etapas de Vértice (entrañable pero más bien chapucera) y de Bruguera (marcada por una desidia increíble en la que en su momento era la principal editora de tebeos de España). Yo me inicié en el Universo Marvel en las postrimerías de Vértice, pero en rigor fueron los años de Forum los que terminaron de convertirme en un adicto para toda la vida, y mi agradecimiento, por ello, es total. Sus ediciones, como es natural, no estuvieron exentas de defectos y limitaciones, pero se caracterizó por un contagioso cariño hacia el género y un encomiable ánimo de comunicación con los lectores. De entre todas sus iniciativas, hoy quiero hablar de una que nos marcó especialmente, porque suponía, por formato y contenido, una completa novedad: la colección Extra Superhéroes, cuya encuadernación en tomos con portada de cartón le otorgaba cierto aire libresco que a los adolescentes de la época nos pareció el colmo de la sofisticación.

La colección albergaba el original Limited Series, formado (como indica el nombre) por un conjunto de series limitadas de cuatro números dedicadas a algún personaje de la casa que no gozaba en ese momento de colección particular. El equipo creativo variaba, lógicamente, de una serie a otra, lo cual añadía el atractivo de la diversidad. Además, cada una de ellas se encargaba de narrar algún acontecimiento relevante en la trayectoria de esos personajes, en unas ocasiones con el objetivo de tantear la posibilidad de dedicarles una serie regular (lo que consiguieron en varios casos) y en otras ocasiones, para poder desarrollar individualmente a personajes pertenecientes a colecciones de grupo sin tener que subordinar la trama de la serie general a estos argumentos colaterales (fue el caso, sobre todo, de La Patrulla-X: hasta cuatro Extras se basaron en los mutantes, y quedaron otras cuantas Limited por publicar).

Espectacular splash page de Wolverine, de Claremont-Miller

Todavía recuerdo la inexpresable sorpresa que para mí supuso el descubrimiento, en la Navidad de 1983, del doble lanzamiento del primer Extra Superhéroes y la primera Novela Gráfica Marvel (otro formato revolucionario, un tebeo con pasta dura y papel satinado),  Dios ama, el hombre mata, dedicados los dos a unos personajes cuya colección titular todavía no formaba parte del catálogo de Forum, los mutantes de la Patrulla-X. Los aficionados los recibimos como agua de mayo.

La colección contó con 12 números, publicados con periodicidad bimestral, entre ese diciembre del 83 y octubre de 1985. El resto de Limited Series acabó siendo publicado de forma ya más chapucera, normalmente como complemento de las colecciones con las que se relacionaban sus personajes titulares, o quedando directamente inéditas. El conjunto, lógicamente, fue irregular; las hubo espléndidas y las hubo mediocres. El tiempo, además, hace que alguna que en su día pareció muy fresca y divertida hoy parezca más bien inocua; y que otras se revaloricen. Como no quiero dedicar más de un artículo, para no perder la frescura del rescate, he elegido las que, en mi reciente y meticulosa relectura, me han parecido las cinco mejores. De las descartadas, aclaro, hay también más de una de lo más estimable, pero creo que ya no alcanza el nivel de las seleccionadas.

Portada de Frank Miller para la serie limitada de LobeznoLobezno / Wolverine (Claremont-Miller-Rubinstein, sept.-dic. 1983). Un primer plano del inconfundible Logan, sonriente, haciendo al observador el clásico gesto retador con el índice mientras la otra mano desenfunda sus garras, era la memorable portada de la miniserie (aunque yo hubiera elegido la portada que incluyo aquí al lado). Sin la menor duda, la colección empezaba fuerte, puesto que, dentro del conjunto, supone una de sus mejores obras. Se trató de la primera serie limitada que se le concedió a una colección que, a esas alturas, comenzaba su largo reinado como la más vendida de Marvel, The Uncanny X-Men. Su guionista y alma mater, Chris Claremont, utilizaría el formato para desarrollar alguna de las múltiples tramas paralelas y cabos sueltos que iba dejando en la colección matriz, tan desbordante era el número de personajes que concentraba esta. Y el primer beneficiado iba a ser el canadiense Lobezno, el más carismático de los mutantes, bajo un doble objetivo por parte del guionista. El primero, argumental: la trama aborda la historia de amor de Logan con la joven japonesa Mariko Yashida, apenas esbozada en la serie, en una trama relacionada con la yakuza; el segundo, dramático: reconfigurar la esencia del personaje, puesto que el guionista considera ya superada la imagen que lo había hecho famoso, la del psicópata en potencia que estalla con facilidad, que tanta notoriedad le había dado, por ser inhabitual (en ese momento) en el cómic de superhéroes.

Aprovechando esa conexión japonesa, Claremont reformuló a Lobezno según la figura retórica del ronin, del samurái sin señor. El canadiense quedaba así configurado, para largo tiempo, como un guerrero que ha vivido mucho, que ha padecido demasiado y que, sabiendo que dentro de él bulle un ser incontrolable, antes instinto que razón, ha acabado creando una serie de represores para mantener a raya su rabia, cultivando un estoicismo vital del que sólo se deja ir cuando es muy necesario, o sea, en los momentos en que sus compañeros demandan al guerrero desbocado. Habría que conocer el papel que en esta nueva visión jugó el hombre que se encargó del dibujo, el gran Frank Miller. En teoría, solo firma los lápices de la serie, pero en ese momento se trataba de una de las más relevantes estrellas de la casa, gracias a su autoría completa en la colección Daredevil. Tanto en esta serie como en otras (por ejemplo, la genial miniserie con la que se pasó a la rival DC, titulada precisamente Ronin), Miller dejaba bien clara su fascinación por la cultura japonesa. Así, por ejemplo, en la serie del héroe invidente había creado una siniestra organización de mercenarios ninjas, la Mano, que Claremont incluyó en las páginas de su Lobezno para llevar al límite a su (anti)héroe. Por su parte, el guionista ideó una especie de doble de la asesina Elektra (estupendo personaje creado por Miller en Daredevil como particular fijación sentimental del protagonista), bajo los rasgos de Yukio, una mercenaria nipona casi tan letal como esta pero de carácter opuesto: extrovertido, hedonista cuando no directamente cínico y cuya filosofía es un muy particular carpe diem, ofreciéndose sin condiciones al canadiense a modo de tentación contrapuesta a la de la virginal y responsable Mariko.

El resultado es magnífico, si bien los dibujos de Miller son lastrados por un entintador que no carece de defensores, Josef Rubinstein, pero que me parece inadecuado por ablandar los lápices del artista. Es cierto que Claremont no supera —como sí hubiera hecho Miller de ocuparse por completo de la serie— la discordancia entre la supuesta dureza de unos diálogos que subrayan con exceso el carácter límite de personajes y situaciones y el baño de azúcar con que, finalmente, los resuelve. Pero todo lo compensa el memorable diseño de viñetas del dibujante, justo el mismo con que impresionaba por entonces en Daredevil, el fascinante uso del entorno japonés (que no quepan dudas: un entorno bañado en los tópicos de lo que los occidentales esperan de ese Japón al mismo tiempo antiguo y ultramoderno, ortodoxo y heterodoxo, heredado del cine nacional y de sus recreaciones en Hollywood, tales como la excelente película Yakuza, dirigida en 1975 por Sydney Pollack). Una maravilla.

Sota de Corazones Extra SuperheroesJack, la Sota de Corazones / The Jack of Hearts (Mantlo-Freeman, en.-ab. 1984). Es posible que esta miniserie sea una de las más infravaloradas de la colección, sin duda porque el personaje titular era una figura muy secundaria del Universo Marvel y, que yo sepa, tampoco después ha sido muy relevante. En parte, puede que también se deba al escaso eco de su tándem creador, el guionista Bill Mantlo y el dibujante George Freeman. Injustamente olvidado y/o menospreciado, Mantlo fue un escritor muy activo en la Marvel de los 70 y 80, con largas temporadas a su cargo de los dos personajes principales de la Casa por entonces, Hulk/La Masa y Spiderman, pero también se había hecho cargo de series muy carismáticas (y hoy imposibles de reeditar, por alambicadas cuestiones de derechos), como Rom o Los micronautas, más múltiples trabajos en otras colecciones: de hecho, otros tres de los Extras de Superhéroes llevaron su firma (Visión y la Bruja Escarlata, Patrulla-X y los Micronautas y Capa y Puñal, estimables pero discretos). Indudablemente, era un escritor muy irregular, quizá por ser demasiado prolífico, pero dejó unas cuantas ideas memorables que otros aprovecharían más tarde. A él, por ejemplo, se le debe la sugerencia de que, mucho antes de que Bruce Banner se convirtiera en Hulk, ya latía dentro de él el infierno de lo monstruoso, idea que el posterior y mucho más famoso Peter Davis desarrollaría a conciencia en años posteriores. En cuanto a Freeman era, y por lo que yo sé sigue siendo, un desconocido que apenas trabajó en Marvel.

Mantlo había creado a la Sota de Corazones en las páginas de una colección surgida de la fiebre setentera de las artes marciales, algo insólito teniendo en cuenta la naturaleza del personaje, un joven llamado Jack Hart que, a causa del consabido accidente, baña su cuerpo en una sustancia llamada Fluido Cero que le otorga poderes de naturaleza prácticamente cósmica pero que, a la vez, amenazan con destruir su cuerpo y cuanto se ponga por delante, para lo cual debe llevar perpetuamente una armadura protectora. El intrincado diseño de este traje (obra de George Perez, dibujante conocido por su sentido del detalle) y el apellido del personaje es lo que le valió el nombre de Sota de Corazones (Jack of Hearts, en inglés). Mantlo le tenía cariño y se lo llevó a la serie Iron Man durante una temporada, permaneciendo luego en el olvido hasta que él mismo propuso la miniserie. En ella, Mantlo nos sorprendió revelando su «verdadera» naturaleza: ahora resulta que no es un mero terrestre, sino el producto del amor entre un habitante de la Tierra (el científico creador del Fluido Cero) y una visitante del lejano Contraxia, un mundo moribundo por el progresivo apagamiento de su sol, cuyos habitantes, de pronto, encuentran una esperanza en el poder ilimitado de la Sota, casi divino, capaz de devolverle la energía a su astro rey.

La trama, desde luego, es delirante, con elementos al borde del disparate (por ejemplo, convertir a Marcy Kane, un personaje que el mismo Mantlo había creado en una de las colecciones de Spider-Man como amiga de Peter Parker… en otra contraxiana), amén de dar pie al tópico desarrollo en base al cual la Sota se convierte en el centro de toda una serie de juegos de poder entre los más ambiciosos jerarcas de Contraxia, que no tienen el menor escrúpulo en sacrificarlo y ganarse así el fervor de su pueblo, aun cuando sea contraviniendo el código de honor al que los contraxianos rinden culto. Ahora bien, en buena medida gracias a la magnífica labor de ese extraño dibujante que es Freeman, la historia queda revestida por una espléndida atmósfera crepuscular, que se decanta antes por el relato de ciencia-ficción que por el tebeo de superhéroes. El resultado acaba convirtiéndose en una majestuosa elegía que concluye, además, con unas imágenes ciertamente memorables, con el protagonista convertido en alguien tan poderoso que difícilmente parece que pueda relacionarse nunca jamás con otros semejantes, con lo cual solo le queda perderse en las profundidades del universo.

Magik,Extra SuperheroesMagik / Magik (Claremont-J. y S. Buscema/Frenz-Palmer, dic. 1983-mar. 1984). En el número 160 de la serie Uncanny X-Men, la Patrulla-X acude al rescate de Illyana Rasputin, la hermana de siete años de su miembro más fuerte, Coloso, la cual ha sido atrapada en un extraño mundo interdimensional llamado el Limbo, cuyo señor, Belasco, tiene el aspecto de un Satanás elegante y atractivo (cuernos y cola incluidos) y gobierna a una pléyade de demonios. En el trepidante final, los mutantes conseguían, en efecto, traerse de vuelta a Illyana, mas con la sorpresa de que esta se ha convertido en una adolescente de 14 años. Lo que le ha pasado en esos siete años «perdidos» es lo que se narra en esta Limited, que Claremont, el alma mater de la línea mutante, preparó a modo de presentación de Illyana como miembro activo del grupo de jóvenes aprendices conocidos como Los Nuevos Mutantes. Ahora bien, en España, cuando se publicó este Extra todavía no habíamos tenido ocasión de ver editada La Patrulla-X, por lo que se perdió un tanto el impacto de las revelaciones contenidos en él, valiéndonos, sencillamente, como un nuevo y fascinante muestrario de las sugestivas posibilidades de los personajes procedentes de tan esperadísima colección.

Se trata, sin la menor duda, de uno de los mejores trabajos de Chris Claremont en su larga etapa con los mutantes. Fundamentalmente, porque hace honor a la premisa de partida: la inoculación en una niña inocente de la semilla del mal, tanto por las actuaciones de ese seductor demonio de depravación como por las duras condiciones en que Illyana debe aprender a sobrevivir. Claremont convirtió el Limbo en un fascinante escenario en el que cada rincón parece dotado de una sobrenatural malignidad, que poco a poco va impregnando a Illyana, y si bien esta no se dejará arrastrar por su faceta más oscura, esta siempre se agazapará dentro de ella y la singularizará entre los jóvenes mutantes. Teniendo en cuenta que el desarrollo argumental comprime siete años en apenas cuatro números, la serie destaca por el excelente sentido de la síntesis con que nos va contando el agreste crecimiento de Illyana, una niña anhelante de protección que intenta encontrar, primero, un modelo en las Tormenta y Kitty Pryde que, en un universo paralelo, fueron atrapadas como ella en el Limbo y han ido degradándose (la segunda, incluso animalizándose) por no poder resistirse (¿y quién puede?) a la influencia del entorno, y que después, descubre que debe bastarse a sí misma y centrarse en la mera supervivencia.

El equipo artístico varió a lo largo de la serie: el emblemático John Buscema, en una de sus pocas colaboraciones con los mutantes, se encargó de los dos primeros números, siendo reemplazado por Ron Frenz en el tercero y por su hermano Sal en el último. Ahora bien, esto apenas se nota en el resultado final por cuanto la personalidad del excelente entintador Tom Palmer (que firma, más bien, los «acabados») unifica toda la serie, dándole ese aire sombrío y malévolo que es su sello principal. Confieso que esta limited me fascina como el primer día, sobre todo porque Claremont manifestó en ella una dureza inédita en él (como ya he tenido ocasión de comentar líneas arriba sobre su Extra de Lobezno). Es una pena que ni el personaje central ni, en especial, ese reino demoniaco volviera a ser aprovechado a la altura de esta serie, aun cuando la sucesora de aquel en la escritura de Los Nuevos Mutantes, la gran Louise Simonson, estuviera muy cerca de lograrlo. Pero al menos siempre nos quedará Magik como una isla de malsana sugestión.

El Hombre Maquina, Extra SuperheroesEl Hombre Máquina / Machine Man (DeFalco-Trimpe-Windsor-Smith, oct. 1984- en. 1985). No cabe ninguna duda de que El Hombre Máquina fue el Extra más sugestivo de todos los publicados; no digo el mejor, sino el más fascinante. La razón estriba en dos causas. La primera, su muy atractivo formato de relato futurista, ambientado en 2020 (¡otra fecha ya superada de la ciencia-ficción!), que, por tanto, cuenta una posible evolución del Universo Marvel y de algunas de sus criaturas. La segunda, y más importante, ni que decir tiene que es la decisiva aportación de Barry Windsor-Smith, uno de los genios del cómic moderno, cuya personalidad arrolladora, sin embargo, no firma los lápices sino las tintas. Lógicamente, el trabajo del modesto penciler Herb Trimpe (sempiterno asociado por los marvelitas a su larguísimo trabajo en The Incredible Hulk) queda irreconocible, lo cual es injusto, por cuanto lo que sí queda de él es su trabajo narrativo: la elección de encuadres, el desarrollo de la acción, tan nítido y clásico como era de esperar en él. Ahora bien, en el cuarto episodio, el dibujante británico usurpó la totalidad del arte (incluyendo la participación en el guion) y se nota, pues su concepto de la viñeta, magníficamente barroco, lógicamente está a años luz del de su colega. Solo las cuatro portadas de la serie (en cada una de los cuales aparece el rostro del protagonista, en la sala de montaje, cada vez más completo de número en número) ya son directamente memorables.

Machine Man había sido una de las creaciones del venerado Jack Kirby, el Rey, dentro de su breve retorno a Marvel, como autor completo, a mediados de los 70. Curiosamente, había nacido en las páginas de su versión de 2001, una odisea del espacio (que proseguía, de manera muy libre, las ideas de la película de Kubrick) y que luego trasvasó a una colección ya más bien decepcionante. De hecho, Kirby fue reemplazado en la serie en su número 10 y sustituido por otros guionistas. Uno de ellos había sido un principiante Tom DeFalco, que luego sería un nombre fundamental en la Casa durante las dos décadas siguientes. La serie finalizó en su número 19, en febrero de 1982; cinco años después, DeFalco presentó a Marvel una singular propuesta de reactivación, fuera de la continuidad de su universo general, haciendo renacer al personaje en una Nueva York que diríase más bien el Los Angeles de Blade Runner (cuya acción se sitúa, recordémoslo, en 2019), con su tráfico aéreo, sus megalópolis superpobladas y su perenne nocturnidad. Este mimetismo es uno de los atractivos de la limited pues hace realidad el sueño de seguro que muchos admiradores de la película de Ridley Scott: saber más de ese futuro diatópico, conocer más aventuras situadas en él. DeFalco nos hizo realidad ese sueño.

La trama no es especialmente original, cierto. El Hombre Máquina renace, descubriendo que fue desmantelado por una vieja enemiga, Sunset Bain (personaje creado por DeFalco en la serie matriz con el alias de Madam Amenaza), que ahora es propietaria de Baintrónica, la principal empresa de robótica del mundo: es decir, Sunset creó su imperio después de robarle sus patrones electrónicos (¿se leería James Cameron este cómic antes de contar algo parecido en Terminator 2: El juicio final, estrenado en 1991?). DeFalco, ante todo, reúne a los personajes del pasado del personaje, secundarios de la antigua serie o de otras aventuras del personaje, como Yocasta, la mujer cibernética creada en las páginas de Los Vengadores, más una aparición especial del Iron Man de ese tiempo, cuyo dueño, Arno Stark, por mucho que lleve el apellido del original, es un tipo sin escrúpulos al servicio de Sunset Bain. Ahora bien, el grupo de proscritos que revive al Hombre Máquina se hace entrañable y la acción, si bien es trepidante, tiene cierto poso reflexivo, sin duda porque el dibujo de Barry Windsor-Smith está impregnado de esta cualidad. Es una pena que la serie no tuviera continuidad, quizá porque el mismo BWS no estuvo dispuesto a atarse a ninguna colección regular, y nos quedamos con las ganas de saber más de ese Nueva York del mañana.

Lobezno, Extra SuperheroesLa bella y la bestia / Beauty and the Beast (Nocenti-Perlin-DeMulder, dic. 1984-mayo 1985, serie bimestral). La colección Extra Superhéroes fue a cerrar, en octubre de 1985, con esta obra que, en su momento, pudo parecer uno de los peores ejemplares de la misma, pero a la que sucesivas lecturas la revalorizan, sin la menor duda, hasta el punto de que hoy yo la considero, junto con El hombre máquina, la obra maestra de la serie. Su peor credencial, antes y ahora, parece ser el dibujo de Don Perlin, uno de los artistas más grisáceos de la Casa de las Ideas, considerado dentro de ella como un eficaz artesano al que confiar proyectos de segundo orden (dibujó durante largas temporadas El Motorista Fantasma y Los Defensores), sin llamar nunca la atención por una viñeta singular o un momento de pequeña gloria. Bien al contrario, sus trazos resultan impersonales cuando no toscos, carentes de la menor chispa, aquí además entintado por, Kim DeMulder, un artista poco dotado de esa capacidad para el embellecimiento de notorios colegas de esta profesión en principio ingrata. Tampoco era conocida por entonces la guionista, Ann Nocenti, más allá del hecho de ser una de las editoras de las colecciones mutantes. Su debut como escritora había sido en unos pocos números de otra serie menor de Marvel, Spider-Woman, que además se cerró después de tres guiones suyos. No parecía un crédito muy favorable cuando Marvel, seguramente a instancias de Claremont, le confió una limited protagonizada por dos mutantes: uno muy relevante, pero que en ese momento jugaba un rol secundario en la casa, la Bestia, y el otro secundario, si bien contaba con colección propia, Dazzler.

La limited gira sobre esta última. Los creadores de Dazzler (cuyo nombre, no traducido nunca en España, indica que su poder mutante es la transformación de la luz en energía) habían intentando singularizar su figura haciendo que fuera una cantante pop de carrera estelar, cuyas actuaciones, lógicamente espectaculares, juegan ambiguamente con sus poderes. Su colección, sin embargo, nunca terminó de arrancar, pese al «padrinazgo» en sus primeros números de los más famosos héroes de la casa (comenzando por la Patrulla-X, no en vano Chris Claremont había sido su creador, si bien a regañadientes, ya ques había sido una imposición del director editorial, Jim Shooter). Precisamente fue Shooter quien trató de revitalizarla, escribiendo para el personaje una Novela Gráfica en la cual la joven cantante revelaba su condición de mutante, lo que —en una época en que las colecciones «X» jugaban la baza del paralelismo entre el odio a los mutantes con la discriminación racial— provocaba un inmediato rechazo de la sociedad y el drástico final de su carrera musical.

Ann Nocenti coge al personaje justo cuando se encuentra en esta cuesta abajo y, de acuerdo con esas inquietudes ideológicas y sociales que luego cristalizarían tan brillantemente en su larga etapa en Daredevil, lo utiliza para abordar una mirada de inaudita sordidez sobre la necesidad de la sociedad acomodada por desahogar sus instintos bajos mediante la aparente transgresión de las normas morales. Por supuesto, una transgresión por delegación: la violencia, incluso la muerte, convertida en un espectáculo. Así, Dazzler es captada por los organizadores de un espectáculo similar al famoso wrestling (tan incomprensible para quien no sea estadounidense, y que ha hecho popular a figuras como Hulk Hogan) pero que es más circo de gladiadores al estilo romano, con sus consecuencias cruentas puesto que sus luchadores son mutantes, para solaz de un público de humanos normales que gozan de los golpes y la sangre de esos seres a quienes, a plena luz del día, temen y odian, pero que aquí les sirven como descarga adrenalítica. La degradación de Dazzler es completa, al verse manipulada y convertida en pelele, mas entonces aparecerá un paladín en la persona de la Bestia (la ironía del título es completa, claro, pues aquí quien redime es el ser bestial y quien debe ser redimido es quien encarna a la belleza).

Allí donde Claremont fracasó en su propósito de convertir a los mutantes en símbolo de la marginación social (por su desalentador moralismo), Nocenti en cambio triunfa clamorosamente, en buena medida por el descarnamiento de la propuesta, por la falta de concesiones (dentro de un orden, claro: hablamos de un tebeo cuyo público «natural» es menor de edad), y en este sentido el tiempo ha jugado a su favor incluso en el aspecto gráfico. La revisión del comic convierte esos dibujos feos de Perlin y DeMulder en la más adecuada traducción gráfica de tan revulsivo contenido: en manos de un dibujante más dotado, el material se habría suavizado, sin duda (solo se me ocurre un nombre con el que no hubiera sucedido, el gran Bill Sienkiewicz, no por nada el portadista de la serie limitada). Cierto es que La bella y la bestia cuenta con defectos, el primero de los cuales es la invención de un personaje, Alexander Flynn, al parecer otro mutante con poderes hipnóticos o empáticos, a quien se presenta… ¡como hijo del Doctor Muerte! Ignoro por qué las altas esferas dieron carta blanca a esta invención (otra cosa es que la idea le fuera impuesta a Nocenti desde arriba), tal vez para permitir la aparición de tan carismático villano o porque hubiera planes que luego fueron descartados, ya que del tal Flynn nunca más se supo. En cualquier caso, La bella y la bestia supone hoy un magnífico punto y aparte, incluso un callejón sin salida tan extraño como seductor, que nadie aprovechó luego. Eso sí, el avispado Chris Claremont, en las páginas de su serie Los Nuevos Mutantes, reaprovechó el escenario del circo de gladiadores dentro de una por otra parte muy buena saga del grupo (¡y dibujada por Sienkiewicz!), pero de un modo accesorio y sin jugar a fondo ninguna de las profundas implicaciones apuntadas por Nocenti.

El Hombre Maquina, por BWS

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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