El mejor regalo de Navidad nos lo hizo Dickens

Cancion de Navidad en Tus Libros de AnayaTodos saben que Charles Dickens inventó la Navidad. Es más, inventó el lugar común de que la Navidad es una época en la que deben reinar los buenos sentimientos. Lo hizo por medio del éxito arrollador, en su época y en todas las épocas, del relato que tituló A Christmas Carol, y que aquí en España se ha traducido indistintamente como como el Cuento de Navidad o la Canción de Navidad, aunque yo me permito preferir el segundo. Por supuesto, ambas nociones son falsas. En cuanto a la primera, Dickens sin duda retrató los hábitos y las formas de celebración que existían en su época, y al hacerlo, eso sí, transmitió una poderosa imagen para la posteridad. Si en el futuro habrían de celebrarse las Navidades como lo hacen los personajes del autor es por la fama imperecedera que ha obtenido la Canción: si quienes celebramos (por convicción o por tradición) estas fechas lo hacemos de determinada manera, sin duda hay mucho de emulación de unos ritos heredados de nuestros mayores, y pocas fuentes de inspiración hay más poderosas que la literatura (o su gran difusor, el cine). En cuanto a la segunda noción, es igualmente falaz, puesto que el cristianismo se ha bastado para difundir la idea de que la celebración del nacimiento de su fundador debe inspirar paz y amor entre los hombres de buena voluntad. Ahora bien, sin la inmortal historia de redención de Ebenezer Scrooge, sin los tres espíritus de las navidades pasadas, presentes y futuras, sin el niño Tiny Tim y su muleta, sin el humilde escribiente Bob Cratchit, sin el rechinar de cadenas fantasmales o el rostro de Marley apareciéndose bajo la forma de una aldaba; sin todos estos elementos, digo, es evidente que el mundo, y no solo la forma de concebir la Navidad, sería mucho más pobre, hasta tal punto nos influye, nos enriquece, nos mejora. Es posible que Dickens tenga obras mucho mejores que la Canción, y es posible que la progenie que nace de Scrooge y compañía pueda ser de lo más fastidiosa, pero qué diablos: ¿a quién no le apetece, alguna Navidad que otra, a modo de preámbulo, de inspiración o de anticipada complacencia, abrir sus páginas y sumergirse en el placer culpable de sentirse mejor?

La primera cosa insólita que nos depara la lectura de este relato es que desde la primera página da la impresión de que quien lo escribe no puede ser menos de un hombre ya mayor, que contempla a la humanidad desde las bondadosas alturas de una vida plena y llena de experiencia. Sin embargo, el Dickens que dio a la luz este librito el 17 de diciembre de 1843 era un jovenzuelo de tan solo 31 años. Cierto es que ya había dado a la imprenta nada menos que los Papeles póstumos del Club Pickwick u Oliver Twist, pero lo mejor estaba todavía por llegar: sabido es que cada amante de Dickens tiene su propia novela favorita sin que haya consenso hacia cuál es la mejor. En mi opinión, esta podría ser Casa Desolada, La pequeña Dorrit o, sobre todo, Grandes esperanzas (la más equilibrada, la más amarga, la más melancólica de todas sus novelas). La Canción de Navidad, sin embargo, las supera a todos en fama. Habrá algún día (no lo quiera yo ver) en que todas las historias de Dickens estén olvidadas, pero sé que siempre quedará la Canción… aun cuando sea en alguna de sus múltiples versiones, literales o apócrifas.

Charles Dickens en 1843, el año de Cancion de NavidadPodemos considerar que el acierto de una novela comienza por algún elemento concreto: un argumento, un escenario, un planteamiento, un personaje. Para mí, esto se encuentra en la afortunada sonoridad de un nombre, un nombre inmortal: Ebenezer Scrooge. Como los nombres de Sherlock Holmes, Phileas Fogg, Josef K. o el capitán Ahab, el de Scrooge atrae desde su mera formulación, de tal modo que la vasta resonancia dramática que a ellos asociamos no podría admitirse bajo otro apelativo más vulgar. Señala Santiago R. Santerbás, en el apéndice de la imprescidible edición de este cuento en la mítica colección «Tus Libros» de Anaya (1986) que el verbo to scrog, en algunos dialectos septentrionales de Gran Bretaña significa «rama seca, torcida o raquítica de un árbol» y añade que no puede ser una asociación más oportuna como símbolo de una rama deforme de la humanidad.

En página célebre, el escritor y crítico E. M. Forster señaló que (casi) todos los personajes de Dickens son «planos». Bajo esta etiqueta suele englobarse a aquellos que se definen mediante unas características concretas y una psicología en apariencia poco compleja, que apenas se modifican a lo largo del desarrollo novelístico a ellos dedicado. Dicho así, parecen personajes pobres y parvularios. Sin embargo, los más inolvidables de la historia de la literatura responden a este modelo: un gran escritor sabe convertir el tópico, la convención, en arquetipo, de tal modo que es el lector quien acaba volcando su propia psicología, sus propias necesidades, sus propias emociones, sobre ese molde. El avariento Scrooge deviene así en un profundo símbolo de la soledad cósmica (utilizo un término asociado a Lovecraft pero de fácil comprensión), soledad tanto más terrible cuanto de ella es responsable su propia conducta.

¿Cuántos lectores, sin necesidad de poseer las negativas características de la avaricia, el egoísmo y la mezquindad, no han sufrido con Scrooge porque todos tenemos el mismo temor: que nuestros errores personales nos conduzcan, al final de la vida, a la soledad más atroz? No puedo sino volver a Forster, el cual, después de que, en apariencia, comienza esa reflexión sobre Dickens para delatar sus insuficiencias, concluye diciendo: «Debería ser un mal escritor, pero en realidad es uno de los más grandes».

Alastair Sim, uno de los Scrooge del cineScrooge es un arquetipo cuyos fundamentos físicos y morales todos evocamos al instante (incluso su mítico exabrupto: ¡Paparruchas!, que nunca he escuchado ni leído en nadie más…). Con esa sobrenatural habilidad que Dickens tuvo para definir a personajes mediante asociaciones simbólicas e imágenes poderosamente visuales, en las primeras páginas del relato nuestro avaro es descrito en términos meteorológicos: es un hombre cuya mera presencia parece llevar consigo el frío, la escarcha, el viento más desatado. No es mala metáfora, por cuanto las Navidades tienen lugar en lo más crudo del crudo invierno y una de las claves de su atractivo es que las asociamos al calor. Calor en términos físicos: las Navidades se celebran en el interior de los hogares, caldeados por chimeneas (entonces) o estufas y calefacción (hoy). Calor en términos morales: proporcionan a quienes las viven el fuego interior que alimentan la ternura, el cariño y el deseo de estar juntos.

La famosa anécdota argumental de la Canción sitúa a Scrooge en Nochebuena (los ingleses llaman a esta festividad the Christmas Eve: la víspera de Navidad), en su oficina, gélida para su pobre escribiente Bob Cratchit, que se hiela ante lo insuficiente del carbón que el amo permite en la estufa, temperatura que para este resulta la más natural del mundo. Dickens dibuja la situación de partida mediante breves pinceladas, que bastan para señalar el mezquino egoísmo de Scrooge: la visita de dos caballeros que representan a sociedades benéficas, y ante las cuales defiende con aspereza la «función social» de esas instituciones que para él hacen innecesarias aquellas (orfanatos, cárceles o workhouses, asilos estatales para pobres que hacían más bien las veces de prisión), la de su sobrino carnal (a quien desprecia su recurrente invitación para comer al día siguiente) o el modo en que despide a su escribiente, refunfuñando por el abuso de que este se tome libre el día siguiente, y encima vaya a cobrarlo.

Desde el primer momento, Dickens adopta la forma de cuento de hadas, revestido por una atmósfera propia del relato de horror. Es bien conocido que, sin estar incluido oficialmente entre los practicantes del género (fuera de las fantasías que suponen sus relatos navideños), el escritor londinense siempre gozó con el dibujo de escenarios, situaciones y personajes propios del mismo. Pocos autores tuvieron semejante facilidad para lo tenebroso o para poner de relieve el lado más fantástico, más irreal, de eso que confortablemente llamamos realidad. Dickens manejó de modo ejemplar el punto de vista subjetivo, ya sea utilizando directamente la primera persona o el recurso al narrador omnisciente.

A Christmas Carol in prose. - caption: 'Marley's Ghost. Ebenezer Scrooge visited by a ghost.'Canción de Navidad es un cuento tenebroso en grado sumo, no en vano es una historia de fantasmas. Cuatro son los que se le aparecen a Scrooge para provocar su cambio de perspectiva. El primero, su antiguo socio Marley, un hombre tan seco y gélido como él (es una magnífica idea hacer que la Nochebuena sea, precisamente, el aniversario de su muerte, siete años atrás). El famoso inicio de la Canción se encarga de remarcar su condición de muerto, y de anticipar su aparición como espectro: escritor visual como pocos, Dickens acierta al hacer que la primera visión que Scrooge tiene de él sea encarnando sus rasgos en la familiar aldaba de su puerta (porque, además, y es otro elemento que subraya la avara mezquindad del protagonista: la casa donde vive fue la de su socio, sin que tuviera el menor reparo en ocuparla tras su muerte, lo cual sugiere que, en vida, debió envidiársela). El otro gran rasgo visual de Marley es hacer que este espíritu, inmaterial para los seres vivos, sin embargo arrastre el tremendo peso de una enorme cadena formada por todos los atributos de la desagradable labor de prestamista que llevó en vida: cajas fuertes, candados, libros de contabilidad, talegos metálicos…

Alguna vez nos hemos preguntado si, supuesto que Marley y Scrooge son hechura el uno del otro, ¿por qué es este último quien recibe una segunda oportunidad y no el primero? ¿Se debe tan solo a la azarosa circunstancia de haber muerto antes? La respuesta, sin embargo, la conoceremos por aquello que dos de los tres espectros nos mostrarán: Scrooge todavía cuenta en el mundo con gentes para los que existe como persona, que todavía lo contemplan con alguna benignidad, que lamentan lo que hubiera podido ser: su sobrino y su empleado. La clave está, por tanto, en que a ese ser tan extremadamente inhumano, todavía haya quienes lo incluyan, aun por poco, en las filas de la humanidad: quienes son capaces de sentir por él ese sentimiento siempre tan escaso que es la compasión.

Dickens nos ha enseñado a celebrar la NavidadCompasión que, desde luego, no sienten los familiares y amigos de ellos dos, pero estos solo lo conocen de modo indirecto. El sobrino Fred y el escribiente Bob, víctimas más directas de su iracundia, el primero, y de su avaricia, el segundo, son los meritorios agentes, con sus buenos deseos y plegarias (que provocan la risa o el enfado en los demás, por tanto aún mayor mérito tiene que sigan apreciando la posibilidad de otro Scrooge). que conmueven a quienes viven en el otro mundo para que sometan al anciano a la prueba definitiva, que confirme su hundimiento en la podredumbre moral… o su redención. Marley, se entiende, no tuvo siquiera a quien pudiera desearle algún bien.

Esa prueba sobrenatural, como se sabe, es la visita de los tres fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras. La estancia del primero es, sin duda, la más lograda del tres, en buena medida por la fortuna de la invención que contiene: un viaje en el tiempo al pasado del protagonista. Un hallazgo fundamental, pues tiene por objeto mostrarnos que Scrooge no siempre fue así, que estuvo animado por las mismas motivaciones gentiles que todos: ese Scrooge más inocente es el que está encerrado en el interior del actual, y por tanto, define el propósito de la prueba.

¿Quién no ha soñado con reaparecer en su propio pasado, aun convertido en una sombra y poder volver a disfrutar con las imágenes que componen su vida, y sobre todo los años placenteros —o que queremos recordar como placenteros— de la infancia y la primera juventud? Dickens ya lo hizo, y significativamente la primera parada es para mostrar que el origen de la oscuridad actual estriba, como en tantos otros, en una infancia desdichada: un niño triste que languidece en un internado solitario, más triste aún porque sus condiscípulos ya han sido reclamados por sus familias para pasar esas fechas. Como Hans Christian Andersen, un escritor que en tantas cosas nos recuerda al autor de la Canción (por estilo, por sentido visual, por capacidad para estimular nuestras más nobles emociones), Dickens supo bien que no hay mayor tragedia en el mundo que la de un niño que siente que nadie lo quiere.

El baile de Mr Fezziwig en A Christmas CarolEl fantasma de las navidades pasadas conmueve a Scrooge mediante un recurso invencible, que tal vez también «inventara» Dickens: la nostalgia. No existe ser humano que no pueda recordar un solo momento en que fuera feliz, o al menos más feliz que en el momento actual, y bien sabemos que cuanto más lejano en el tiempo parece más rotundamente bello. (Esta impresión solo es superada por esa otra sensación que Serrat definió de modo exacto en una canción: «No hay nada más bello que lo que nunca he tenido / nada más amado que lo que perdí».) Scrooge revive un momento entrañable, asimismo asociado a la Navidad: la celebración que vivió, siendo un joven e ilusionado aprendiz, en el taller de su maestro, el afable señor Fezziwig. Es otro detalle excelente que, al relatar el baile de Fezziwig, Dickens no nos cuente lo que hace o lo que siente el joven Scrooge, sino el anciano Scrooge, bailando, cantando y clamando como si él estuviera allí de modo real. Por ese como si es por donde comienza la redención del avaro.

El viaje hacia atrás todavía incluye otro episodio, este doloroso, pues ya nos sitúa ante el Scrooge presente. Se trata del momento en que su prometida, arrasada por la tristeza de ver que nada queda del muchacho sencillo y noble al que conoció en tiempos de pobreza común. Esa ruptura, probablemente, es la que termina por conducir al Scrooge joven al anciano que mira con rencor a los celebrantes de la Navidad y lo convierte en un viejo patético, que pasa las nochebuenas cenando gachas frente a un fuego mortecino, con una expresión en el rostro que parece desmentir que alguna vez haya podido sonreír.

Podría estar horas hablando de este viaje en el tiempo: quizá a él debo mi fascinación por este elemento fantástico (más incluso que a la genial novela de H. G. Wells, porque el mejor viaje en el tiempo, como ya he sugerido, es al propio tiempo). Los dos siguientes episodios ya se encargan de situar al desagradable avaro frente a las consecuencias de sus actos. El fantasma de las navidades presentes lo conduce a las casas de Bob Cratchit (donde es fundamental el descubrimiento del enfermo pero feliz Tiny Tim, un recurso evidentemente sentimental: pero ¿qué sería de Dickens sin algún exceso sentimental) y de su sobrino Fred. En ambos lugares, y de distinto modo —el hogar de Cratchit es muy humilde, como corresponde a un empleado que malvive con 15 chelines a la semana; el de Fred, propio de un burgués más acomodado—, el autor consigue dibujar con envidiable facilidad un escenario en el que gustaría estar, pleno de alegría y ternura, de complicidad y deseos de compartir con los demás. Así, Scrooge, el ser más solitario del mundo, sufre la punzada de desear la compañía de sus semejantes: de sentir lo que otros sienten, y no por mero egoísmo, sino para ofrecer lo mismo. Scrooge descubre la empatía.

Scrooge ante su propia tumba¿Es demasiado tarde? El tercer episodio, que quizá es demasiado largo y subraya en exceso que la muerte de un hombre mezquino (la suya) solo puede despertar la mezquindad y la sordidez de otros, concluye con ese episodio tan visualmente terrorífico como es el descubrimiento de su propia y desnuda lápida. El descubrimiento de la muerte, del olvido. Pero el hombre que se inclina sollozando para leer su propio nombre ya ha comprendido, a lo largo de esa noche, la enseñanza fundamental: no quiere ser olvidado, y para no serlo no hay otro recurso que hacerse querido, necesario, para los demás.

El resto podrá figurar en los registros de la sentimentalidad más dulzona. Se señalará que la transformación moral de Scrooge se produce del modo más precipitado. Que aquellos que han sido objeto tanto tiempo de su rechazo no solo lo aceptan, sino que le otorgan un puesto de honor en sus vidas, con una celeridad que parece incoherente. No importa. Racionalmente, es verdad. Sin embargo, en el arte no existen las razones lógicas sino la convicción. Un hecho podrá ser discutible pero si nos lo creemos, funcionará. Y si Scrooge despertó aquella mañana de Navidad henchido de tan buenos propósitos, y decidió comprar el ganso más grande de la carnicería y mandárselo a su buen escribiente, y luego subirle el sueldo y ordenarle que llenara de carbón la estufa, y correr a la casa de su sobrino y pasarse la tarde bailando y bebiendo ponche, y divirtiendo y siendo divertido por los demás… es porque un caballero de 31 años, joven pero ya con toda la sabiduría moral del mundo (o por lo menos, con la habilidad para hacérnoslo creer), decidió darle al universo un prototipo que no ha dejado de acompañarnos, sin que nos importe que ese demonio interior de lo razonable que llevamos todos dentro intente alertarnos contra él. Y es que en Navidad hay que reunirse con los que queremos y sentir que somos capaces de ser mejor de lo que, sin duda, nunca seremos. Scrooge pudo, ¿por qué nosotros no?

El Scrooge de Jim Carrey

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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7 respuestas a El mejor regalo de Navidad nos lo hizo Dickens

  1. Susana fuentes dijo:

    Nunca pasará de moda ,el gran Dickens, y su cuento de navidad,lo leí hace mucho, pero primero , de niña, vi por tv la versión musical, con Albert Finney, y me encantó, no recuerdo bien si el título era , canción de navidad, no estoy segura, pero sigue fascinandome hoy día, la recomiendo para quien no la haya visto.ah! Y felices fiestas a todo el mundo.

  2. Fran dijo:

    Hola Jose!
    Excelente y muy acertado el post. A mi esta historia siendo niño me provocaba bastante miedo. El haber incluido a Serrat me ha parecido estupendo…jeje He disfrutado mucho con la lectura de esta entrada.
    Saludos!

  3. Jorge Tarancón dijo:

    Hola José Miguel, cuando vuelvas a publicar una página, sobre alguno de los títulos de la colección TUS LIBROS, de Anaya, el mejor proyecto editorial del pasado siglo, según comentario vuestro, no te olvides mencionar que casi todos los libros publicados, contienen las mejores Bibliografías de sus autores. Inmejorables, diría yo.

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