En Homonosapiens: Soledad femenina y paranoia urbana en Polanski

El quimérico inquilino

Mítica imagen del cartel promocional de La semilla del diablo. Copyright de Paramount Pictures)

En Homonosapiens: Soledad femenina y paranoia urbana en Polanski

Sin lugar a dudas, una de las figuras más interesantes del cine moderno es la del polaco (nacionalizado francés) Roman Polanski, un hombre cuya carrera se extiende (todavía no parece haber puesto el punto final) a lo largo de más de cincuenta años, desde su debut en el cine de su país a mediados de los 50, en diversos cometidos (como actor juvenil y director de un nutrido conjunto de cortometrajes poco conocidos y que me gustaría que fueran más accesibles). De familia judía, superviviente del Holocausto (su madre murió en Auschwitz), Polanski debutó en el campo del largometraje —repito: después de nueve cortos— con una película que obtuvo una notable celebridad en ese momento de apogeo de los Nuevos Cines: El cuchillo en el agua (1962), irregular pero en muchos momentos fascinante y que además anticipa un convulso universo interior que iría desarrollándose en los años siguientes, a lo largo de una memorable galería de películas. Lógicamente asfixiado por la falta de libertad del cine polaco, se fue a vivir a París y de ahí dio el salto al cine británico, donde rodó tres películas que situarían definitivamente su nombre en la agenda del cine comercial internacional: Repulsión (1965), Callejón sin salida (1966) y El baile de los vampiros (1967). Un productor inteligente, Robert Evans, vio en esas películas al hombre que mejor encajaba para dirigir un proyecto de best-seller todavía por publicar, El bebé de Rosemary, de Ira Levin. Y acertó, claro: el resultado, el film conocido en España por el título a la vez más explícito y mucho más bello de La semilla del diablo (1968) fue un enorme éxito de público y crítica, y todavía hoy el film más famoso de su autor.

Podría haberse pensado que el cineasta iniciaría una cómoda trayectoria en el mainstream de Hollywood. Pero no fue así, en parte por sus propias inquietudes como cineasta (que le impidieron cualquier tipo de acomodación) y en parte por los famosos episodios extracinematográficos que marcarían su vida: primero, el asesinato de su esposa Sharon Tate por parte de la «familia» del sociópata Charles Manson; y después, la acusación de violación de una menor que, como se sabe, lo convertiría en un prófugo de la justicia estadounidense (no ha vuelto a pisar ese país desde 1978, pese a que incluso llegaría a ganar un Oscar al mejor director por El pianista, en 2002), y que le ha seguido provocando diversos quebraderos de cabeza. Si ya antes había sido un hombre de carrera cosmopolita, ahora lo fue todavía más: su filmografía acumula trabajos rodados un poco por todas partes, incluso una incursión en tierra española adaptando a Arturo Pérez Reverte (La novena puerta, 1999), y presenta películas de muy diversa condición, desde recreaciones del cine negro clásico (Chinatown) a pastiches del cine de aventuras (Piratas), ejercicios hitchcockianos (Frenético), adaptaciones de clásicos de la literatura inglesa (Tess, Oliver Twist) —sin que falte el inevitable Shakespeare (Macbeth)— o de obras teatrales coetáneas de gran éxito (La muerte y la doncella, Un dios salvaje).

Siendo un director del que he visto casi todo (¡menos los cortometrajes!), siento especial predilección por los títulos que rodó en la que creo su etapa dorada, entre 1962 y 1976, caracterizada por un conjunto de películas que destacan por su turbiedad moral y su atmósfera malsana, y que parecen girar obsesivamente en torno a un par de temas. Por un lado, la tensión emocional y sexual que surge a partir del encuentro de un matrimonio cuya relación atraviesa una crisis con un intruso que revoluciona su vida cotidiana: El cuchillo en el agua y Callejón sin salida, si bien lo retomaría en el futuro a partir de material ajeno, por ejemplo en La muerte y la doncella. Por otro, el estudio de la soledad en escenario tan paradójico y a la vez tan propicio para tal estado como es la gran ciudad, y su posible deriva hacia la paranoia y la psicopatía. Precisamente, a ese segmento dedico un artículo en la revista Homonosapiens, que gira ante todo sobre Repulsión (1965) y La semilla del diablo (1968), película que comparten numerosos vasos comunicantes, comenzando por el protagonismo de dos chicas jóvenes y acechadas por los fantasmas que provocan sus temores interiores. A estas dos, añadiré en un futuro próximo un artículo, ya en este blog, sobre el film que las complementa y las culmina, y que ahora mismo tengo por la obra maestra del cineasta, y una de las cumbres de la insania en el cine, El quimérico inquilino (1976).

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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6 respuestas a En Homonosapiens: Soledad femenina y paranoia urbana en Polanski

  1. Rik dijo:

    Querido José Miguel:
    Ante todo, hace mucho que no te saludo por falta de tiempo.
    Y ahora digo: ¡Protesto!
    ¿Le brindas más palabras a un (para mí) absolutamente desconocido Wakanta que a Polanski? Te pido cariñosamente que le dediques más a uno de los grandes del siglo XX. Sobre todo, cuando en nombre de la corrección política se lincha a un gran artista por motivos ajenos a su arte. Poca, ninguna gente taaan comprometida me ha aportado tanto como él.
    El espacio no me permite recrearme en imágenes perturbadoras de Polanski que se me han quedado grapadas a los párpados.
    +Chinatown: El pequeñito hampón Roman le arranca la nariz a Jack Nicholson. Un detective cínico. Hay incesto, corrupción, coches hermosos, sueños húmedos en la seca California.
    +El baile de los vampiros: el chupasangre judío se carcajea cuando Roman lo amenaza con un crucifijo. Y el vampìro gay gusta de él. Aquí sonríes o eres un no-muerto.
    +Repulsión: las grietas en la pared que proyecta la esquizofrenia de Catherine Deneuve, mientras un ligue se descompone. Zumbido de moscas, si mal no recuerdo.
    +Otro pisito parisino: Roman el inquilino se tira por la ventana en vez de arrojarse en los brazos de la increíblemente hermosa Isabelle Adjani.
    +Un pisito neoyorkino: Mia Farrow incuba a ya tú sabes quién, bajo la atenta e inquietante mirada de sus ancianitos vecinos. No recuerdo si le daban una pastilla o infusión marca 666.
    +Oliver Twist chapotea en el lodo de un Londres decimonónico hacia su destino inexorable. La terrible cofradía de los ladrones. El desamparo de la orfandad (verdadero leitmotiv de Polanski). Pasea algún día por Kazimierz, el otrora barrio hebreo de Cracovia, y piensa que mamá Polanski flotó como una discreta y olvidada nube de humo.
    +La muerte y la doncella. Yo me sentí Sigourney Weaver vengándome del torturador Kingsley. Me tuve que venir a España porque los esbirros del general Videla me fueron a buscar, no precisamente para un lifting. Sin duda, venganza no es lo mismo que justicia, pero… joder.
    +Un Johnny Depp nada amanerado mira con los ojos como platos a Emmanuelle Seigner. La Novena Puerta se abrirá, y gracias Roman, gran cosmopolita, por situar a Toledo en nuestra retina.
    +Dos hombres y un armario: no recuerdo ya el famoso corto que no viste, pero era joven y pensé: guau, rompedor como Esperando a Godot.
    +Frenético: Harrison Ford recibe una patada en la cara y cae redondo porque los anónimos personajes hitchcokianos no son héroes de Marvel. Salen adelante no se sabe cómo. Igual que Depp. Y sobre todo Adrian Brody.
    +El Pianista. Esa patata brotada, esa lata de pepinos que separan la vida de la muerte. Las grandezas y mezquindades que nos hacen humanos y no replicantes. La mujer que te salva y la mujer que te delata. Veo lo que él ve, el ghetto explota en la ventana. El cine es una ventana y los cinéfilos miramos.
    Perdona si te he regañado.
    Un abrazo

    • Comparto tu convicción de que Polanski ha ayudado a mejorar nuestra percepción del mundo con su profunda facilidad para dar luz (oscura) a lo más perturbador de la realidad. Y pocas películas más perturbadoras que “El quimérico inquilino”, que te anuncio como inmediata entrega del blog. Abrazos (polanskianos).

  2. Altaica dijo:

    Muy interesante revisión del siempre estimable director polaco. No he visto toda su filmografía, pero probablemente sí los trabajos más famosos. También creo que El quimérico inquilino es su obra más apasionante y propia. Por cierto, también me gustó y mucho El escritor. Aún no gustándome muchos de sus trabajos e incluso no valorando como magistrales películas que sí lo son para un amplio sector crítico, toda su obra tiene un sello de personalidad incontestable y, por momentos, oscura y rebuscada. Un abrazo

  3. Fran dijo:

    Hola Jose!
    Pues no he visto El quimérico y en cuanto pueda me pongo con ella. A mi dede luego La semilla del diablo me sigue provocando un malestar y un acojone importante…jeje
    Saludos!

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