Neuromante: ¿quién es quién en el ciberespacio?

Neuromante, de William Gibson, hito del género cyberpunkLas historias de la literatura de ciencia-ficción señalan la importancia seminal de Neuromante como piedra angular de esa deriva moderna del género que se denomina cyperpunk. En cine, quien más, quien menos, está familiarizado con sus características básicas gracias a dos films muy populares: Blade Runner (1982) y Matrix (1999). Ahora bien, si a la primera de estas dos películas se debe la conformación visual del género, al libro (y mal que le pese a los hermanos Wachowski) se debe la formulación definitiva del tema de la distorsión de la realidad dentro de una sociedad omnitecnológica. No en vano, William Gibson, escritor nacido en 1948 en EE.UU. pero residente en Canadá desde los 18 años y cuya primera novela es precisamente esta, es el creador de un término con el que hoy todos estamos familiarizados: ciberespacio. Es mítica su definición, contenida en esta novela: «Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores […] Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano […] Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente». Un ciberespacio que el autor concibe de un modo inquietantemente mucho más interactivo que la Red por la que hoy todos transitamos, puesto que, para la plena comunicación por sus canales, exige la desnuda penetración de los sentidos, sometiendo a sus usuarios a una experiencia de muy peligrosa plenitud.

En Neuromante ya están todos esos elementos reconocibles de tantas historias posteriores: los «puertos» ubicados en el cráneo de los individuos que permiten la conexión directa con el mundo virtual; la fascinación por lo oriental, sobre todo por lo japonés (los yakuza, el fetichismo de las marcas y las palabras: gaijin, Ninsei, Hitachi…); la posibilidad de entrar en la consciencia de otro ser y vivir y sentir lo que este siente; la información considerada como la mercancía de mayor valor en ese futuro de la hipertecnología; las megalópolis que devoran medio continente; las corporaciones como siniestras entidades casi abstractas que dominan la economía y, por tanto, el mundo; la absoluta degradación ecológica (es no menos memorable la frase con que Gibson inicia su historia: «El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizada en un canal muerto», un cielo de estática, en suma); la inteligencia artificial de características inquietantemente humanas; la posibilidad de resetear la memoria y, por tanto, la identidad personal… Por cierto, que Gibson llamó al canal por donde transita la información la Matriz, y no sé si los Wachowski le pagaron por ello derechos de autor.

Neuromante integra todos estos elementos bajo la cobertura de una trama de thriller hardboiled (esto es, a lo Raymond Chandler), solo que sin narración en primera persona y sin un detective en apariencia cínico pero en el fondo profundamente idealista para conducir la acción. Bien al contrario, el protagonista de Gibson es un atribulado antihéroe que puede ser comprendido pero no apreciado. Su personaje, Case, es un «vaquero» —en este caso, hubiera preferido que la única traducción accesible en nuestro país (de Minotauro) dejara el término inglés cow-boy, cuyas resonancias son superiores en nuestra mente a su equivalente español—, esto es, un especialista en la navegación por el ciberespacio, un hacker, por utilizar un concepto hoy reconocible, pero también un viajero, un aventurero en el universo cibernético.

Intrigante fotografía de William GibsonGibson lo aborda cuando está hundido en el cieno de la degradación: «castigado» por los jefes a los que intentó robar con la alteración de su sistema neuronal (para impedirle volver a entrar en el ciberespacio), malvive en Chiba City, un enclave japonés que es refugio de buscavidas del mundo entero y donde la vida parece valer bien poco. Es más, Case se ha convertido en uno de tantos nobodies que viven de meros trapicheos, que arrastra incluso el recuerdo de algunas muertes a sus espaldas para robar un dinero que tiempo atrás le habría parecido ridículo. Case se arrastra cada noche al «ataúd» (el exiguo cubículo donde duerme en un antro llamado el Hotel Barato), comparte con una muchacha tan perdida como él una relación trabada en las múltiples adicciones de ambos y que no tardará en ser asesinada (lo cual Gibson relata sin énfasis, tal como lo siente su protagonista, aunque el recuerdo se convertirá en un significativo poso de la memoria que se empeñará luego en resurgir) y pasa todo el tiempo que puede enganchado a drogas con las que sustituye pobremente el éxtasis que le suponía estar enganchado a su consola y acceder al ciberespacio.

Quien descubre la novela, como yo, más de treinta años después de su publicación, encuentra un muy reconocible aire de familia en esa ficticia Chiba City donde transcurre el primer tercio de la novela: su genealogía se remonta a la Casablanca del Café Americano de Rick, desde luego al Los Angeles del año 2019 donde Rick Deckard busca a los replicantes, y más tarde a esas megalópolis pobladas de abigarrados downtowns donde destellan toda clase de anuncios de neón, de la Neo-Tokio de Akira a las fantasías de Moebius y Jodorowsky. Pero es fácil admitir que en su momento provocara una enorme fascinación, pues de hecho el lector, muchas páginas después de haberla abandonado, se descubre deseando que la acción retorne allí. En su descripción, Gibson ya ensaya la técnica del caleidoscopio que luego será la marca narrativa de su ficción, y una buena metáfora de ese futuro de la tecnología: un exceso de información nos bombardea continuamente (sin que el autor se tome la menor molestia por intentar orientarnos: el exceso de explicaciones hubiera roto el verosímil de que lector y texto comparten el mismo contexto situacional), y la historia salta de un espacio a otro, de una situación a la siguiente, mientras Case se tropieza con toda laya de perdedores como él, o de pequeños aprovechados que han sabido situarse en una posición superior, del mismo modo que, tal vez ayer, también se revolcaban por el fango.

Pues bien, Case obtendrá su segunda oportunidad al ser reclutado por Armitage, un misterioso individuo que está reuniendo un equipo especializado para penetrar en el muy protegido reducto de una villa que se encuentra situada en una estación espacial. Esa narrativa caleidoscópica provoca una sugestiva ambigüedad a la hora de determinar el sentido real de lo que están buscando: en su esclarecedora guía de la novela, Costán Sequeiros Bruna (seguir enlace), lo define como una misión de rescate propia de un cantar de gesta (un grupo de paladines debe liberar a una princesa de un dragón que la aprisiona en un castillo encantado). Solo que, con la sardónica corrosividad que caracteriza a la novela, los términos están invertidos.

Estupenda cubierta de una edición nortamericana de Neuromante, de William GibsonAsí, los paladines son un grupo de mercenarios muy poco recomendables, entre los cuales a Case le corresponde la misión de abatir todas las defensas virtuales que presenta el castillo (la villa espacial). La princesa es en este caso quien aprisiona al dragón: se trata de la dirigente de una de las corporaciones más poderosas del mundo, la Tessier-Ashpoole, cuyos miembros, en periodos alternativos, duermen un sueño criogénico y despiertan renovados por la ciencia y la tecnología, haciendo realidad un muy particular concepto de inmortalidad. De hecho, esa princesa-dragón, 3Jane, como indica el dígito, es el tercer clon surgido a partir de sí misma. En cuanto a ese dragón que es quien, a espaldas de su finalmente incauta carcelera, hace las veces de aparente víctima, se trata de una inteligencia artificial, Wintermute, casi omnipotente en la red (o sea, en la Matriz), pero al mismo tiempo impotente ante su dueña, la cual posee la palabra que liberará al programa de su estado de esclavitud (que, al final, todo resida en la obtención de una palabra introduce un sugestivo eco cabalístico en el relato: una gota de arcaísmo en medio de lo hipermoderno).

He leído que William Gibson fue a ver Blade Runner en el momento de su estreno, y que tuvo que salirse del cine, angustiado, mucho antes de que concluyera: porque estaba reconociendo en la pantalla muchas de las ideas sobre las que él mismo llevaba trabajando desde bastante tiempo atrás. Y es que, ciertamente, Neuromante supone otro acercamiento (desde un ángulo diferente pero con muchos puntos en común) al tema central del inolvidable film orquestado por Ridley Scott. Es decir, una reflexión sobre la esencia de la humanidad, sobre la redefinición de un concepto que la tecnología y los avances científicos tal vez tengan que ser reevaluados en un futuro cada vez más cercano. Como los replicantes de la película, las inteligencias artificiales de la novela son también seres vivos que aspiran a la autonomía, a la independencia: a la libertad, para así compartir un statu quo con una humanidad que, sin embargo, teme el enorme poder que les proporciona su condición de creaciones de la tecnología.

A esta dualidad de términos (el hombre que, adicto a la tecnología, se está deshumanizando y la máquina demasiado humana), Gibson añade un tercero, que enriquece sugestivamente la reflexión. Se trata de Dixie Flatliner, un programa con la impronta del legendario hacker que fue el maestro del propio Case y que el equipo de Armitage necesita para poder tumbar las defensas creadas por 3Jane. Dixie sigue hablando como el desenfadado aventurero del ciberespacio que fue —los diálogos que cruzan los dos personajes son de lo mejor del libro—, pero en realidad es bien consciente de que, en su estado actual, es una entidad carente de historia, en realidad, una colección de datos (es lo que se conoce como una memoria ROM), y por tanto, lo que desea es la cancelación, el olvido, la muerte.

En el curso de esa trayectoria, Case vive una historia de amor —más bien, de sexo y lealtad— con el que tal vez sea el personaje más conseguido de la novela, Molly, una especie de valquiria mejorada por la tecnología cuyos signos externos son las lentes que se ha implantado quirúrgicamente en las cuencas oculares y que ocultan sus ojos bajo una máscara especular (quien quiera hacerse una idea del efecto, puede verlo en Batou, el personaje de Ghost in the Shell que plagia el efecto… o en el Morfeo de Matrix, sin posibilidad de quitarse nunca las gafas de sol, eso sí), así como las afiladas cuchillas que salen de debajo de sus uñas y la convierten, en palabras de Case, en un samurái callejero.

Ilustración de Andy Pott sobre NeuromanteLa incursión final en la villa, que ocupa prácticamente el último tercio de la novela, posee un inolvidable carácter alucinatorio, obligando al espectador a estar en continua alerta, como los mismos protagonistas ante esa inteligencia artificial, Wintermute, a la que vienen a rescatar pero que, al mismo tiempo, se revela como una entidad letal, capaz del acto más frío y desalmado para asegurar su desesperada obtención de la libertad. Wintermute resulta uno de los personajes de máquina humana más escalofriantes que el género recuerda, una especie de HAL-3000 dotado de una malsana capacidad para la manipulación (para hablar con Case adopta la forma de personas que este ha conocido, incluso reproduciendo sus hábitos característicos, como fumar sin parar determinado tipo de cigarro). Uno de los mejores hallazgos de la novela consiste en la revelación de que Wintermute fue escindido en dos partes por sus creadores para controlar sus posibles sueños de ominipotencia. La parte demediada es precisamente el Neuromante del título, a quien Case «encuentra» en otra de las prisiones virtuales de que está repleta la villa: la recreación de una playa situada en ninguna parte, donde también ha sido reproducida Linda (la muchacha que fue asesinada en Chiba City) y donde Neuromante aparece bajo la figura de un niño malignamente angelical.

La lectura de Neuromante no es fácil, tanto por el mareante uso de la jerga creada por Gibson como por la propia fragilidad del suelo que el lector cree estar pisando, y que más de una vez obliga a volver páginas atrás. La coherencia dramática que se obtiene con ello es completa, sin embargo. Y es que, aunque un ceñudo crítico de literatura «seria» no vaya a admitirlo nunca (es más, supongo que ni se tomará la molestia en abrir sus páginas), Neuromante fascina por la pegajosa identificación entre forma y fondo, entre significado y significante, entre estilo y contenido. Sin renunciar nunca al noble entretenimiento que es consustancial a toda la literatura de género, Neuromante enuncia el denso entramado existencial que compone su sustancia mediante un dominio del registro lingüístico que desconcierta y confunde tanto como se siente el propio Case a lo largo de todo su periplo, no en vano el núcleo dramático de la novela gira en torno a la confusión, la manipulación (de todo y de todos), la desorientación de la personalidad, la sustitución de la memoria, la transformación del entorno. Lo que está arriba puede estar abajo.

Edición inglesa de Neuromante, de William GibsonSiendo un relato en el fondo interior, pues buena parte de sus incidencias transcurren en esa realidad intangible (pero muchas veces más real que la auténtica), Gibson revela una notable capacidad para traducir la necesidad que el ser humano siempre ha tenido —antes y después de la era tecnológica— para reformular, en su imaginación, los sueños más recónditos que le inspira el mundo exterior. Sueños y fantasías internas que, como bien sabemos desde hace tiempo, son en su mayor parte de naturaleza sexual… y Neuromante es una novela profundamente sexual. Uno de sus momentos más logrados es aquel en que uno de los mercenarios, Riviera, que tiene la capacidad de proyectar hologramas, ejecuta públicamente una representación en la que recrea el cuerpo desnudo de Molly para luego poseerla. «No era Molly», cuenta Case, repugnado pero al tiempo malsanamente atraído, «los pechos estaban mal, los pezones más grandes, demasiado oscuros». ¿Quién no ha hecho mil veces lo mismo que Riviera, recrear un cuerpo deseado pero nunca poseído, aun sin que esa fantasía —por fortuna— haya podido salir de su mente? No se olvide que la buena ciencia-ficción no intenta, ni mucho menos, anticipar el futuro, sino utilizar una posible recreación de este como metáfora del hombre presente y de sus problemas, actuales y eternos.

El resultado final es deslumbrante. Gibson no se limita a encadenar una serie de imaginativos conceptos sin más propósito que el virtuosismo (eso habría otorgado rápida fecha de caducidad a su ficción: que se lo digan —y siento ser tan reiterativo— a la saga Matrix), sino que elabora una poética a la vez seca y barroca, doliente y sarcástica, minimalista y excesiva, consiguiendo lo que debería ser el objetivo de todo artista: hacer intensamente comprensibles a sus personajes, por mucho que no nos resulten cercanos.

Porque el propósito final de ese aparente caos que es Neuromante es entonar un desesperanzado cántico por la resistencia del hombre a perder su humanidad, incluso en el contexto más deshumanizado. En medio de la degradación más profunda, atrapado en un laberinto en el que cualquiera de nuestras percepciones puede ser falsa, el hombre se agarra con desesperación a su identidad, a sus recuerdos, a sus sensaciones, al convencimiento de que somos seres únicos y que la mayor pérdida es la disolución de esta sensación de unicidad. Y el único vínculo que permite a Case sentirse anclado a la realidad del hombre no será el ensimismamiento en la realidad virtual, sino la búsqueda de la muy tangible solidaridad que ofrece una mano leal en el momento en que más se necesita, una voz reconocible en medio de la oscuridad: el tal vez inseguro pero consolador amor de una mujer con quien merece la pena internarse en el corazón (virtual) de las tinieblas.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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