Ingmar Bergman en Edad Media soñada

Poco después de publicado este artículo, habré vivido la presentación (retrasada bastantes meses por la pandemia) de mi libro Edad Media soñada. Aprovecho para difundir algunas líneas del mismo, en este caso sobre las dos magníficas películas que Ingmar Bergman situó en el medievo, El séptimo sello (1957) y El manantial de la doncella (1960). Espero que su lectura anime a querer conocer más del contenido del libro

  El caballero y la Muerte, en El septimo sello

En el cine nórdico, la Edad Media siempre posee una textura diferente, que jamás podría haber existido en el cine anglo-americano. Tal vez se deba a la ausencia de color, a la aspereza de la luz de unos países que, precisamente, destacan por su menor luminosidad, al miedo preternatural que producen unos escenarios naturales donde los bosques todavía parecen esconder los mismos peligros (para el cuerpo y para el alma) que aterraban a los campesinos medievales o al ascetismo de un diseño de producción muy alejado del fasto de Hollywood. Su acercamiento a la época parece incompatible con cualquier tratamiento fabuloso, incluso cuando recoge hechos que, por esencia, tienen una dimensión fabulosa (jóvenes que tienen visiones de la divinidad, caballeros que juegan al ajedrez con la Muerte, ancianas acusadas de tener tratos con el diablo…). Por diversos que sean los acercamientos de los directores de este ámbito geográfico, todos parecen compartir un mismo planteamiento: el enfrentamiento entre la espiritualidad del ser humano y la profunda dureza, cuando no sordidez, de la vida. Sea como fuere, el medievo nórdico posee una sustancia que sobrecoge porque, viendo esas películas, uno llega a creer que el medievo debió de ser así. […]

Al director sueco Ingmar Bergman se le deben dos de los más impresionantes acercamientos del hombre al mundo medieval, que rodó en la segunda mitad de los años 50, en ese periodo para él mágico en que, después de más de diez años de profesión (en el cine, pues su labor en el teatro se extiende por más tiempo) y más de quince títulos, estrenó una serie de trabajos que, gracias a su buena acogida en los festivales internacionales, lo consagraron como uno de los nombres básicos del cine de autor europeo durante las dos décadas siguientes. Se trata de El séptimo sello (1957) y El manantial de la doncella (1960), dos películas que, pese a sus notables diferencias argumentales, comparten un mismo planteamiento: la tensión entre la terrible dureza de la vida en el medievo y la necesidad del hombre de encontrar un asidero espiritual desde el que poder afrontar la angustia de saberse una criatura muy pequeña en un universo terriblemente despiadado.

El septimo sello, de Ingmar BergmanBergman, hijo de un pastor luterano, sentía una especial fascinación por la Edad Media desde que, muy pequeño, acompañaba a su padre en sus predicaciones por las pequeñas iglesias de los alrededores de Estocolmo. De hecho, El séptimo sello nació de sus recuerdos de la dantesca iconografía de los frescos y las vidrieras de esas iglesias (una de las secuencias más recordadas de la película transcurre en una de ellas y muestra a un pintor enfrascado en la tarea de poblar las paredes de demonios y símbolos del mal). Agnóstico declarado, sin embargo no por ello Bergman dejó de sentir una especial atracción por el anhelo de fe del hombre, en una serie de películas para las que los críticos encontraron una etiqueta que gozó de gran fortuna: la preocupación por el «silencio de Dios». Es irónico que en la España franquista Bergman gozara, por un tiempo, de notable predicamento y sus obras (y el prestigio intelectual del director) fueran utilizadas para la militancia religiosa, previa manipulación por la Censura de sus diálogos en el doblaje, única forma entonces de poder verlas.

Como esas pinturas que el niño Bergman contemplaba con sobrecogimiento, El séptimo sello compone un fresco medieval a partir de una estructura narrativa muy apropiada: el itinerario que recorren un caballero, Antonius Block, y su escudero Jöns, recién llegados de la Cruzada, en el camino hacia el castillo del primero. Una muy reconocible imagen cervantina preside la elección del director sueco, solo que aquí el caballero no está loco sino dolorosamente cuerdo y lleno de interrogantes. Un guerrero cuyas palabras subrayan el enorme vacío existencial con que regresa de una lucha que se hizo en nombre de Dios, pero que le ha dejado solo el amargo sabor del sufrimiento, de tal modo que mira a su alrededor como si viviera en «un mundo de fantasmas». En cuanto a Sancho Panza, es aquí un escéptico nato que considera estériles las cuitas de su amo, pues solo sirven para desperdiciar el verdadero esfuerzo de la vida, que es afrontar cada día de la existencia. Ingmar Bergman regaló al cine una increíble galería de actores, de rostros especialmente inolvidables, y en estos dos papeles brillan dos de los más grandes: Max Von Sydow, con sus cabellos cegadoramente rubios y unas facciones que parecen haber sido toscamente cinceladas por un maestro escultor, además de una mirada perpetuamente embargada por el pesar; y Gunnar Björnstrand, con esa expresión en la que se adivina al hombre al que ninguna vanidad del mundo puede engañar, cuya cicatriz craneal basta para caracterizarlo como alguien a quien, tras haber visto la muerte de cerca, poco puede impresionarle.

El memorable inicio de El septimo sello¿Quién puede olvidar el inicio de El séptimo sello, posiblemente uno de los más sugestivos de la historia del cine? En una playa rocosa, cuyo lecho está poblado de aguzados guijarros, el caballero y su escudero descansan unas horas de su camino (pero el lugar es tan inhóspito que sirve de perfecto símbolo de lo que será su devenir a lo largo del film: la imposibilidad de encontrar un refugio, un consuelo, un santuario). El escudero duerme a pierna suelta; el caballero, inquieto, no lo consigue, y despliega ante sí el tablero de ajedrez para entretener su insomnio. De pronto, sin que se haya podido ver cómo ha llegado, aparece una figura vestida de riguroso negro, con el rostro enmarcado por la siniestra indumentaria. Se trata de la Muerte, que viene a por el caballero Antonius, al que le dice que lleva ya tiempo marchando a su lado. Y el caballero asiente, pero se resiste a rendirse sin más (tiene todavía muchas preguntas que deben ser respondidas), por lo que la reta a una partida de ajedrez.

A partir de aquí se desarrolla la trama de la película, que va a seguir la trayectoria de Antonius y Jöns mientras atraviesan un territorio en el que los signos de la muerte se manifiestan por doquier y, en cada parada, continúa la partida. La peste avanza sin misericordia y a su vera se desatan todos los miedos atávicos del hombre ante lo que no conoce (la búsqueda de chivos expiatorios: la muchacha acusada de bruja a la que pasean hasta la hoguera; los flagelantes que creen, con la mortificación pública de su cuerpo, poder redimir los pecados de la humanidad).

Bergman, sin embargo, también introduce un margen para la esperanza, para la inocencia, a través de la joven pareja de cómicos de la legua formada por Mia y Jof, más su hijo pequeño Mikael, cuyo rumbo se cruza con el del caballero: una de las mejores escenas es aquella en que este vive su único momento de paz y serenidad mientras comparte la sencilla comida de los trotamundos. Tal vez por ello, su premio será la supervivencia, pues son los únicos que escaparán al destino del caballero y de quienes se unen a él, que acabarán formando, en el final, una fascinante estampa de la danza de la muerte bailando al borde del mar, cerrando así la impresionante estructura circular de la película.

Cartel espanol de El manantial de la doncellaTres años después, Bergman regresó a la misma época con El manantial de la doncella (1960), asimismo con Max Von Sydow como protagonista, por más que aquí el itinerario se sustituya por una ubicación muy concreta: una próspera granja en medio de inmensos bosques, cuyos propietarios se verán asaltados por la tragedia cuando su hija única, una muchacha tan bonita como alegre, al atravesar la foresta para llevar cirios a la iglesia, sea violada y asesinada por unos pastores. El cineasta extrajo esta anécdota de una leyenda cristiana local en torno a un milagro: el manantial de agua purísima que brota en el mismo lugar donde ha sido profanada y asesinada una joven virgen.

Bergman narra tan concisa historia elaborando una atmósfera de poderoso primitivismo en la que tienen especial importancia los presagios de unos personajes (el sueño de la madre) y el odio de otros (la sierva Ingeri, despreciada a causa de haber quedado embarazada sin estar casada, desea el mal a la hija de la casa, pues ve en su alegre pureza lo que ella ya no puede tener y así, aunque la acompaña en su camino a la iglesia, acabará dejándola sola en el bosque, presenciando después el ataque sin hacer nada). La misma muchacha, Karin, con su pueril comportamiento (es abiertamente cariñosa con su padre, mientras que trata con desapego a la madre, motivando así sus celos; su juguetona forma de buscar la compañía ajena —se nota que está acostumbrada a que la admiren y la mimen— la lleva a ponerse insensatamente en peligro con los pastores), anticipa su destino. Como en El séptimo sello, la práctica totalidad de los acontecimientos transcurre bajo una luz diáfana pero a la vez dura, mineral, que convierte a los espectadores en testigos casi indiscretos de un drama que debía haber sido íntimo.

Uno de los elementos más atractivos de la historia vuelve a ser la tensión entre cristianismo y paganismo, que aquí adopta una forma significativa: en los momentos de crisis, el ser humano se ve empujado a la tentación de la regresión, de retornar a la fe de siempre. No en vano, la cristianización de Escandinavia fue mucho más tardía que la de la mayor parte de Europa. En Suecia, oficialmente, no tuvo lugar hasta el siglo XII, lo cual quiere decir que fue el momento en que las élites nobiliarias, encabezadas por la realeza, la adoptaron en sus prácticas públicas, obligando al pueblo, mal que bien, a imitarlas. En El manantial de la doncella, Ingeri, la primera en despertarse en la casa, se encomienda a Odín en la soledad de la cocina, y el plano inmediato comienza por un encuadre del Cristo crucificado del hogar, para mostrar al dueño de la hacienda, Töre, dirigiendo la plegaria común con la que comienza al día. Sin embargo, cuando Töre debe enfrentarse al terrible descubrimiento de que su hija ha sido asesinada por los tres pastores que, incautamente, han ido a pedir refugio para la noche en su propio hogar, y decide matarlos él mismo, lo primero que hará es cumplir un rito de purificación según los principios de Odín.

Inolvidable Max Von Sydow arrancando el arbol en El manantial de la doncellaLa atracción del paganismo viene subrayada por el hecho mismo de que las escenas seguramente más sugestivas de la película son las que se encargan de ilustrar ese ritual. Primero, Töre derriba, con sus propias manos, un pequeño abedul solitario, plantado en lo alto de una loma; después, en la cocina, frente a Ingeri, se flagela con las ramas que ha arrancado del mismo y se lava con agua todo el cuerpo desnudo, listo ya para coger el cuchillo de sacrificar las reses, penetrar en el salón donde duermen sus odiosos huéspedes y ejecutarlos.

Nada más consumadas las muertes, el espíritu cristiano vuelve a Töre —es genial la interpretación de Max Von Sydow, al borde de la pura alucinación—, y con él el remordimiento por haber usurpado a Dios su función de castigo, contemplándose las manos como si fueran estas las culpables del enorme pecado. En el final de la película, ante el cuerpo desmadejado de Karin en medio del bosque, Töre jura construir allí mismo, con sus propias manos, una iglesia; el matrimonio levanta a su hija y entonces comienza a brotar incontenible el agua. Bergman, desde luego, no pretende enunciar un mensaje de regeneración cristiana a partir del milagro, ni tampoco limitarse a registrar un hecho de la leyenda escandinava, sino que se concentra en describir la reacción de cada uno de los personajes ante la aparición del agua: los siervos de la casa se arrodillan, respondiendo al milagro según su sencilla fe; Ingeri se lava, intentando así purificar su propio remordimiento; finalmente, la madre limpia la cara de Karin, en brazos del padre, y la paz asoma a sus rostros, como si el agua les hubiera hecho admitir por fin la irreversibilidad de la muerte.

FICHAS DE LAS PELÍCULAS

Título: El séptimo sello / Det sjunde inseglet. Año: 1957.

Dirección y guion: Ingmar Bergman. Fotografía: Sven Nykvist. Música: Erik Nordgren. Reparto: Max Von Sydow (Antonius Block), Gunnar Björnstrand (Jons), Bengt Ekerot (La Muerte), Bibi Andersson (Mia), Nils Poppe (Jof). Dur.: 96 min.

Título: El manantial de la doncella / Jungfrukällan. Año: 1960.

Dirección: Ingmar Bergman. Guion: Ulla Isaksson. Fotografía: Sven Nykvist. Música: Erik Nordgren. Reparto: Max Von Sydow (Töre), Birgitta Valberg (Märeta), Gunnel Lindblom (Ingeri), Birgitta Pettersson (Karin). Dur.: 89 min.

La mitica escena final de El septimo sello

Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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7 respuestas a Ingmar Bergman en Edad Media soñada

  1. wp4oka dijo:

    Saludos, excelente lectura de dos grande películas. En mi humilde opinión, creo entender este análisis, el cual me impresiono la forma de entender estas películas y me motiva a buscar la manera de verlas y profundizar en sus respectivos temas. Me gusto su entrada y esperó leer otras entradas con estos temas de películas, gracias nuevamente por traer temas, que debemos leer y ver.

  2. ALTAICA dijo:

    Billy Wilder dijo de Godard, Antonioni e Ingmar Bergman

    “Comprendo sin dificultad por qué Godard ha podido por sí sólo exterminar varias empresas productoras.”

    “Antonioni seguro que es un gran director, un gran artista. Pero en lo que a mí se refiere, soy incapaz de mantenerme despierto.”

    “Sobre Ingmar Bergman debo decir que los críticos no tienen ni idea de lo que está diciendo, pero, pese a todo, les chifla… Existe una asociación internacional de ese tipo de críticos, capaces de extasiarse ante el asno muerto de Cocteau envuelto con telas encima de un piano.”

    Bergman tiene tiene varios problemas, entre ellos, su infancia, su amor por el teatro, ser sueco, confundir el séptimo arte con una suerte de prostíbulo de la falsa erudición, su aburrida mente y la pléyade de críticos aduladores que surgieron como moscas en su momento. Por lo demás, incluso se permitió ningunear a Orson Wells al destrozar Ciudadano Kane. Pero no importa, no ofende quien quiere. Un solo plano de Fat City habla más del ser humano y sus relaciones que toda la filmografía al completo de Bergman.

    Hacía mucho que no había entrado por aquí y me encuentro con la publicación de un libro tuyo. De inmediato me pongo a su localización y adquisición. Un fortísimo abrazo y no le des demasiada importancia a Bergman que no merece la pena. Un saludo y cuídate.

    • Es lógico que el gran Billy Wilder sea una mina de frases caústicas contra los directores de moda en los años de la política de autores… lo que no le convierte en un oráculo infalible. Es evidente que, para quienes nos henos criado en la tradición de la narrativa clásica (Hollywood sobre todo), esos directores que él nombra pueden ser un bocado de difícil digestión. En cualquier caso, Bergman a mí sí me parece un genio mayúsculo, y lo digo después de haber conseguido conocer su muy extensa filmografía con detenimiento, al haber recibido una notable atención de las distribuidoras, en España. Por ejemplo, de sus “años oscuros” (es decir, desde su debut hasta “Un verano con Mónica”, de 1952) se pueden entresacar películas muy valiosas. Las dos que comento son de las primeras que conocí de él y, seguramente, de las más “narrativas”… aunque la fascinación que despierta Bergman va más allá de la narración clásica: es cuestión de textura, de atmósfera, de dramaturgia (y sí, yo mismo veo que para elogiarlo hay que ponerse en un plano que suena a pedantería pura y dura…).

      Y gracias por el interés por mi libro. Espero que te guste: es un recorrido por las ficciones medievales en el que he puesto todo mi cariño y esfuerzo.

      Un abrazo y bienvenido al blog, después de esa larga ausencia que mencionas.

  3. ALTAICA dijo:

    Creo también haber visto, si no toda, casi toda la filmografía del director sueco. Y créeme si te digo que puedo comprender que guste a cierto sector de la crítica, jamás la unanimidad. Es imposible que un cineasta tan peculiar pueda aunar tal aprobación. Lo mismo sucede con Dreyer, quien ejerció una notable influencia en Bergman, salvo que el esnobismo sea un virus neuronal.

    Yo tengo una especial inquina por los intelectuales que a mediados del siglo pasado comenzaron a ver en el cine una vía expedita para derramar sus peroratas y, más aún, por aquellos que en un gesto de profunda debilidad ilustrada se rendían bufonamente a todo aquello que oliera a erudición de, en la mayoría de los casos, mercadillo.

    Y sí, Bergman tiene una obra maestra y se llama “Fanny y Alexander” (1982). Pero, por ejemplo, en uno de sus trabajos más afamados, “Persona” (1966), leer las reflexiones, interpretaciones y derivadas de algunos pseudo intelectuales es una bacanal de la carcajada. Y, cuando menos, me resulta muy triste que cineastas y obras maestras inmarchitables, pero en el más absoluto olvido, como Jan Troell y sus “Los emigrantes” (1971), “La nueva tierra” (1972 ), “Los momentos eternos de María Larssons” (2008) y “El juicio dictado sobre cada muerto” (2012) no los conozca ni dios. Un gran abrazo

    • Es difícil, cierto, encontrar la unanimidad, y ni siquiera creo que sea deseable: siempre viene bien encontrar voces divergentes, y que lo hagan con argumentos oportunos, que hagan cuestionarnos las convicciones más inquebrantables, pues no de otro modo se avanza en el conocimiento y la valoración de cualquier manifestación cultural. Más difícil es, claro, en el caso de artistas (sean escritores, cineastas, pintores o lo que sea) tan “absolutistas” como lo fue Bergman, sobre todo a partir de los años sesenta. Por absolutista quiero decir que su propuesta acabó teniendo pocos asideros fuera de él mismo, cosa que sucede también con los Dreyer, Fellini (más o menos por la misma época que Bergman), Antonioni , Godard y los que hoy son considerados los grandes autores y, por ello, cuentan con entusiastas irreductibles y con detractores igualmente encendidos.

      Por cierto que me has recordado a Troell, director del que fascinó su díptico “Los emigrantes” y “La nueva tierra”, emitidos por TVE dos domingos consecutivos de los años ochenta, y que no he vuelto a ver, y de las que prácticamente no he tenido ocasión de leer nada…

      Otro fuerte abrazo.

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