Daredevil, de Frank Miller (II): Born Again, caída y resurrección del Hombre sin Miedo

Elektra                Born Again

Portada del especial Born Again de Panini

Frank Miller había dejado a Daredevil en la sórdida habitación de un hospital, jugando a la ruleta rusa con una pistola sin balas con su enemigo mortal, Bullseye, el asesino ahora encerrado en la prisión de su propio cuerpo. Y acto seguido se marchó para emprender nuevos rumbos, que terminaron de confirmar que estábamos ante un autor genial, que en esos mágicos años 80 iba a acumular obra maestra tras obra maestra, ayudando a cambiar el tebeo de superhéroes para siempre. Los adictos a Marvel, sin embargo, no dejamos de añorar su paso por el personaje, soñando con su regreso. Y volvió. Volvió porque había dejado una historia de éste por contar. Tenía que introducir esa bala en el cargador de su pistola, y disparar. Miller regresó y le dio al Hombre sin Miedo el empujón al abismo en cuyo precario borde lo había situado. Hizo realidad la peor pesadilla de un superhéroe, que su identidad secreta fuera descubierta por alguien capaz de volver su vida del revés: Kingpin, el rey del hampa neoyorquina, el hombre que nunca se mancha directamente las manos de sangre pero controla vidas y destinos desde lo alto de su rascacielos. Kingpin destruyó trozo a trozo la vida civil del héroe, arrebatándole su reputación, su dignidad, sus posesiones, reduciéndolo a la condición de un homeless paranoico, un despojo humano arrastrándose por las calles de Nueva York. Gran error. Porque las dos identidades de ese hombre torturado por su doble escisión (el abogado Matt Murdock, el héroe Daredevil) debían morir para que, desde sus destrozados jirones, renaciera el verdadero Hombre sin Miedo. El resultado, conocido como Born Again, colmó las esperanzas de cualquiera: se convirtió, posiblemente, en el mejor cómic de superhéroes de todos los tiempos.

La primera despedida de Miller, el famoso episodio titulado Ruleta, nº 191 de la serie, había sido publicada en febrero de 1983. El retorno del autor, o más bien el inicio de esa saga (ya había participado en el número anterior, e incluso había firmado el guion de un fantasmal episodio varios meses atrás), se produjo en el 227, de febrero de 1986. Justo tres años, por lo tanto, habían pasado en el ínterim.

Por supuesto, la marcha de su autor de referencia no había detenido la colección: show must go on. El propio director de la serie durante la etapa de Miller, reputado guionista a su vez en los años 70 mediante cómics de superhéroes con contenido social, Denny O’Neill, se había hecho cargo de las historias, con indiscutible dignidad pero que, claro, supieron a muy cosa ante el recuerdo de su predecesor. En cuanto al dibujo, inicialmente había sido entregado a Klaus Janson, el entintador de Miller en esos años, y que llevaba tiempo encargándose de completar los bocetos del autor. Ahora bien, sin la planificación de éste el resultado era directamente mediocre, de tal modo que no tardó en ser sustituido.

A continuación, pasaron varios pencilers más por la serie. El último fue otro jovenzuelo (como Miller cuando recibió su oportunidad por parte del director editorial de Marvel, Jim Shooter), llamado David Mazzuchelli. Durante varios meses, y oculto por un entintado bastante gris, pareció el clásico dibujante de relleno con poca personalidad. Pero poco a poco fue haciéndose con el personaje y, de pronto, en cuanto comenzó a entintarse a sí mismo, se descubrió como un artista deslumbrante, que recordaba a la vez a los dos mejores dibujantes del personaje (Miller y el veterano Gene Colan), pero con una personalidad particular que lo llevaba a combinar un notable realismo con una virtuosa estilización. Miller quedó prendado de la fuerza de este dibujante, cuya bisoñez además presagiaba una todavía mayor evolución en el futuro: así pues, Born Again iba a ser el fruto combinado de dos talentos diferentes y complementarios (a los que, para ser justos, hay que añadir un tercero, el de la colorista Christie Scheele, a veces acreditada como Max Scheele).

El Mal se llama KingpinEl punto de partida de Born Again es ciertamente impactante: Kingpin recibe la información de la identidad secreta de Daredevil. Y lo que hace es atacar a su alter ego, el abogado Matt Murdock, primero a través ese mundo sobre el que gira su vida privada: la justicia. Kingpin consigue que Murdock sea acusado de haber sobornado a testigos para cometer perjurio, con lo cual pierde su licencia profesional (y se salva de ir a la cárcel solo por la brillante defensa de su amigo y socio Foggy Nelson), y de defraudar a Hacienda, con lo cual todas sus cuentas son bloqueadas, con el consiguiente impago de recibos y la amenaza del banco de ser desahuciado de esa casa lujosa (y trucada) que le permite amparar su doble vida. Mientras Murdock reacciona con completo desconcierto ante tales desventuras, su otro yo comienza a manifestar el desequilibrio que vive durante el día, atacando por la noche de modo salvaje a los criminales de tres al cuarto entre los que espera conseguir la información necesaria para averiguar qué diablos le está sucediendo. Todo ello ante la incontenible satisfacción de Kingpin, que desde lejos (desde ese enorme rascacielos desde cuya cúspide controla, como una terrible araña, todos los entresijos de la ciudad) contempla la progresiva degradación del personaje. Sin embargo, el villano no resiste la tentación de rematar su tarea y hace volar por los aires la casa de Matt Murdock cuanto éste, rumiando su perpleja amargura, se disponía a entrar en ella: «Era una obra maestra, Kingpin. No debiste firmarla», concluye, arrasado por las lágrimas, mientras se aferra a uno de sus uniformes, destrozado entre los cascotes.

Todo eso en un solo número, el 227, prólogo de una aventura en la que su protagonista todavía se hundirá más (y literalmente: en el final del 228 Kingpin hace que lo dejen, en teoría indefenso, en el interior de un coche hundido en el Hudson, junto al cadáver de un taxista sobre cuyo cuerpo se han dejado pruebas de haber sido asesinado con el bastón de Murdock: al malvado no le basta con su muerte física, sino que lo condena a la execración póstuma). Y aunque el protagonista consigue salir a tiempo, acaba convertido en uno de los múltiples homeless que inundan Nueva York, hasta acabar siendo apuñalado nada menos que por Turk, aquel infeliz hampón que en la etapa inicial de Miller en Daredevil había servido como descarga cómica.

Degradación que Miller y Mazzuchelli van mostrando, de modo tan sintético como genial, por medio de la splash-page de créditos inicial de cada número. Todas ellas muestran el mismo elemento: Murdock durmiendo. Sin embargo, en el 227 el abogado lo hace entre las cálidas sábanas de la cama de su apartamento, en el 228, en el camastro de la infecta habitación de un hotelucho, y en el 229 en un callejón, envuelto en basura y con otros vagabundos como él que duermen la borrachera. La indumentaria y la posición también manifiestan el progresivo hundimiento: en el primer número, Matt duerme desnudo en un ambiente en el que, claro, se siente cómodo, si bien la posición revela la inquietud de su sueño; en el segundo ya lo hace sin haberse quitado sus pantalones de calle y en posición fetal, sugerencia siempre de regresión o de anhelo por volver a la protectora quietud del seno materno; por último, en el callejón su posición es todavía más encogida, abrazando sus piernas en ademán de una protección que su instinto sabe ya que nadie le va a prestar, totalmente vestido para protegerse del frío invernal.

Las magníficas viñetas de créditos que muestran el progresivo hundimiento de Matt Murdock

En el final de ese 229, malherido a causa de la puñalada pero sobre todo lacerado por su ruina y su desvalimiento, Matt cae inconsciente en el solitario gimnasio del barrio de su niñez donde ha acabado por dejarse caer. Una monja, surgida de Dios sabe dónde, lo recoge —no lo encuentra: ha ido en su busca, puesto que un gimnasio vacío no es el lugar habitual donde ser encontrado por una religiosa—, y Mazzuchelli crea una inolvidable viñeta a toda página, quizá la imagen más recordable y potente de la saga, conformando con la posición de la monja y el inconsciente Murdock una entrañable, y desmadejada, Piedad. En el punto más bajo, la luz llega por fin a Matt: quien lo ha encontrado, lo sabremos después, es nada menos que su madre, personaje que Miller inventa para la ocasión y de quien nunca se había hablado en la serie salvo para indicar que estaba muerta. Y en la página de créditos correspondiente del 230, vuelve a aparecer Matt durmiendo en un lecho: solo que ahora, aunque la cama es humilde, las sábanas son blancas y limpias, y posición de su cuerpo (serena en el sueño) es de paz. Born Again. Es la hora del renacimiento.

Ante todo —y aunque Born Again es una historia que se puede leer y entender perfectamente: cualquiera puede comprobarlo asomándose a las páginas del bonito tomo que Panini acaba de editar con todos los números que la componen—, esta saga es una demostración de la vigencia de uno de los principios fundamentales mediante los cuales Marvel revolucionó el género en los años 60: la continuidad. Esto es, el hecho de que cualquier episodio que le acontece a los personajes es un jalón en su biografía que ya no puede eludirse y que, en función de su importancia, puede cambiar la trayectoria del mismo. Por poner un ejemplo, en esa misma década, el mismo Miller revolucionó, en la editorial rival, DC, el personaje de Batman. Sin embargo, lo hizo a través de una serie de historias «especiales» —El regreso del caballero oscuro, Batman: Año Uno— que en nada dependían de la trayectoria previa del personaje, y por tanto podían insertarse en cualquier parte de su biografía, la cual, todo sea dicho, apenas varió en sus largas décadas de existencia.

La Piedad según David MazzuchelliY es que, de entrada, quien traiciona a Matt Murdock y revela su identidad no es un cualquiera en la serie: es nada menos que Karen Page, la que fuera su primera novia en la serie durante largos números, un belleza rubia y dulce (insufriblemente dulce: era de esperar que encerrara a una traidora semejante), que había abandonado Nueva York… ¡para buscar un lugar entre las estrellas de Hollywood! Es una genial ironía, por tanto, que Miller la convierta en una yonqui casi irredimible, caída en la degradación precisamente por no soportar la distancia que hay entre la realidad y los sueños.

Del mismo modo, el autor aprovecha muy bien uno de los elementos argumentales que había desarrollado el previo guionista O’Neill (a su vez, prorrogando con coherencia la primera etapa de Miller), como es la decadencia profesional del personaje, cuyo bufete, Nelson & Murdock, había cerrado varios números atrás, a consecuencia del descrédito provocado por su implicación en una larga intriga que asoció a Daredevil, a Kingpin y a un estrambótico personaje llamado Mycah Synn, un selvático reingresado en la civilización, cuya crueldad natural le permite poner en jaque a los avezados habitantes de la «jungla de asfalto». El Murdock del arranque de Born Again es, por ello, un individuo más vulnerable de lo que debiera al ataque descarnado de Kingpin contra su ética profesional, que con total facilidad (más la ayuda de un policía venal al que sobornar para dar un falso testimonio contra el abogado) consigue poner del revés la tranquilidad vital del personaje. Alguien al borde del desmoronamiento: es cierto que podría prescindirse de todos los números situados entre el 191 escrito y dibujado por Miller, y el 227 donde éste reencuentra al personaje, pero quienes fuimos leyendo con paciencia toda la etapa intermedia no pudimos sino apreciar la coherencia con que fue tratado, de tal modo que lo que se hizo a continuación no pareció sino la culminación de un proceso paulatino y congruente.

Todas las referencias religiosas que he hecho no son mera casualidad, sino algo completamente meditado, como indican los sucesivos títulos de cada episodio de la saga: Apocalipsis, Purgatorio, ¡Paria!, Nacer otra vez y Salvado. Recuérdese que Frank Miller compartía con Matt Murdock su formación católica. Born Again, se ha comentado hasta la saciedad, es una paráfrasis de la Pasión de Cristo en la persona del superhéroe católico por excelencia del mainstream marvelita. No en vano todo comienza con la presencia de un Judas, la señalada Karen Page, solo que un Judas en busca también de redención, que corre a Nueva York, eludiendo la caza decretada por Kingpin contra cualquiera que conozca la información que él quiere poseer en exclusiva, a reencontrarse con Matt, en busca del perdón. Prosigue con la execración pública: el proceso en que es desposeído de su licencia de abogado sería el equivalente al juicio ante Pilatos. Y concluye con una crucifixión, solo que aquí es inusitadamente larga, pues incluye el intento de asesinato en el Hudson y su larga peregrinación por una Nueva York que, irónicamente, celebra la Navidad, durante la cual recibirá, cómo no, la lanzada (bajo la forma del puñal de Turk), hasta quedar postrado, como muerto.

Momento entonces para la Resurrección. Retomando el asunto de las viñetas iniciales a toda página que muestran la evolución del personaje, Miller y Mazzuchelli concluyen la serie en el 231, solo que esta vez Matt Murdock no duerme ni está postrado: está afirmado sobre sus piernas, en posición de lucha, con un enorme saco de entrenamiento a sus pies, descolgado de su cadena de un certero puñetazo. El héroe está listo para volver a enfrentarse a todos sus enemigos, a los exteriores… y a los interiores.

Era un buen trabajo, Kingpin; no debiste firmarloDesde luego, si el planteamiento simbólico y dramático de Born Again es memorable, es en su desarrollo visual y narrativo donde se concreta la excelencia de esta saga, gracias ante todo a dos recursos aprovechados por la pareja titular de modo genial: la narración paralela (son múltiples los personajes secundarios que poseen importancia, pues Miller recupera a todos sus habituales) y el punto de vista (cada personaje, o casi, aporta algo particular desde su propia perspectiva). En concreto, es una vez más el periodista Ben Urich el más interesante de los secundarios de la aventura, quien aporta el toque más cotidiano y vulnerable, el del hombre corriente al que embarga el idealismo de una profesión que se justifica en la denuncia de la injusticia, pero que se sabe presa fácil del miedo ante los poderes que perturba. Urich es quien consigue las pruebas de la intervención de Kingpin en la desacreditación de Matt Murdock y (como en la primera etapa de la serie) una vez más este consigue arrojar toda la caliginosa esencia del miedo sobre el infeliz reportero. Lo que Mazzuchelli expresa de modo genial, al reducir el rostro del periodista (sometido al pánico primero ante la violencia que Kingpin desata contra él —ordena que le rompan todos los dedos de una mano, la mano con la que escribe— y después a las amenazas) a un extremo esquematismo para subrayar el paroxismo de miedo que le atenaza. Sin embargo, Urich conseguirá superarlo, mediante el conjuro de pronunciar ese nombre que los sicarios de Kingpin le habían indicado que ni siquiera musitara: el nombre de su amigo Matt Murdock. Una vez más, el paralelismo es evidente: el periodista, el hombre que ya conocía la identidad secreta de Daredevil (su condición divina, por tanto), es el equivalente de San Pedro en el retrato bíblico.

Toda esta parábola cristológica se desarrolla en los geniales números 227 a 231, inolvidables por su fuerza expresiva —el dibujo de Mazzuchelli, con su combinación de hiperrealismo y estilización, deja sin aliento—, por el ansia con que pasamos las páginas, embargado por esa vieja sensación que es la que siempre nos indica cuando estamos ante la obra que nos muerde en el alma: saber qué va a pasar a continuación. Murdock convertido en un alma en pena, un fantasma que no sabe todavía (pero ya lo intuye) que estaba muerto y debe renacer. Karen Page como la sombra patética de un ángel, ahora degradado pero todavía con un irrenunciable aliento de pureza en su interior, como todavía reconocerá su antiguo amado. Kingpin como la maléfica encarnación de ese mal que parece que no podrá ser derrotado, y que si lo hace siempre lo será de forma efímera, para mejor medrar de nuevo en la oscuridad. Foggy Nelson como el modesto emblema de la amistad sin coartadas ni contrapestaciones. Ben Urich como la encarnación de ese impulso que redime al hombre en sus peores momentos, la necesidad de llegar a la verdad.

Páginas geniales: la inicial de la saga, en esa habitación por donde los rayos de sol, trémulos, penetran a través de las persianas venecianas, palpándose la turbulenta atmósfera en que la drogada Karen Page está a punto de vender su alma (y la de Matt) al diablo; la violentísima, sobredimensionada, reacción del ya zombi Murdock en el metro ante un grupo de pandilleros que intentan robarle y a los que deja destrozados; el taxi hundido en el río Hudson, cuyo fondo está poblado de fantasmales desechos, a través de cuyo parabrisas vemos los ojos inyectados en sangre del hombre a quien se ha intentado matar. Y frases percutantes para el recuerdo, una de las especialidades del guionista, como cuando Kingpin, demasiadas horas alteradas al ser informado de que en el taxi rescatado del río no había ningún cadáver comienza a lamentar que llevara demasiado lejos su vendetta contra Daredevil: utilizando de modo estupendo el famoso apodo del héroe, Miller hace que su personaje convenga en que, con sus acciones, le ha enseñado «…que un hombre sin esperanza es un hombre sin miedo».

Los números 227 a 231 constituyen la obra cumbre del género; los dos siguientes, en los cuales el renacido Murdock recupera su condición de superhéroe combatiendo contra un enloquecido asesino —significativamente, un supersoldado adiestrado por el ejército estadounidense, que Kingpin ha conseguido que pongan a su servicio, lanzándolo a devastar la Cocina del Infierno, el barrio natal de Murdock, donde sabe que éste se halla camuflado entre los desechos de la ciudad—, aun buenos, dispersan un tanto la formidable intensidad de ese proceso de regeneración.

El regreso de Daredevil, la página final de 232Irónicamente, en esos números antedichos apenas aparece el superhéroe embutido en su disfraz: sus trajes de Daredevil volaron con su casa y solo en la formidable viñeta final del 232 volverá a asumir su clásica indumentaria escarlata. Puede señalarse así, también, que Born Again narra la historia de cómo Matt Murdock supera definitivamente su dualidad, esa esquizofrénica doble personalidad que, como había contado ya Miller en su primera etapa en la serie, lo estaba destruyendo por dentro, para admitir que solo existe una identidad: un hombre con habilidades excepcionales (y no solo superheroicas) que entiende que le empujan a utilizarlas para mejorar las duras condiciones de quienes le rodean. Por ello, la última viñeta del último número, el 233, muestra a Matt Murdock caminando por las calles de su barrio, la Cocina del Infierno, de la mano de su reencontrado amor, Karen —la única persona capaz de comprenderle, porque también ella ha pasado por un infierno, y sobrevivido a él—, sin necesidad siquiera de fingir una ceguera (no porta sus clásicas gafas oscuras) puesto que pocos hombre ven más que él.

Una vez más, y como dije al concluir el análisis de la primera etapa del personaje en manos de Frank Miller, ahí podía haberse cerrado la historia de Daredevil. Por supuesto, tampoco lo hizo. Por la serie pasarían muchos otros autores, con múltiples visiones, algunas de las cuales dieron origen a buenas etapas, si bien ya no se conseguiría repetir ese aroma de genialidad. El mismo Miller volvería a su personaje (o al de Elektra), pero ya no en la serie regular sino en un conjunto de especiales, ciertamente interesantes. En Marvel, la vida sigue siempre, con sus altos y sus bajos, con sus luces y sus sombras. Por eso amamos tanto a sus superhéroes.

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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