Los mundos perdidos de Clark Ashton Smith

La edición Valdemar de los cuentos de HiperbóreaLos llamaron los Tres Mosqueteros de Weird Tales. La amistad epistolar distinguió a los tres escritores a quienes el tiempo ha reconocido como los mejores de todo el incontenible aluvión de la edad de oro del pulp. Dos de ellos son sobradamente conocidos, incluso míticos: Howard Phillips Lovecraft, el Solitario de Providence, y el texano Robert E. Howard, creador de Conan. El tercero sigue siendo el más ignorado, pero muchos de los más irreductibles entusiastas del género lo consideran el mejor. Se trata del californiano Clark Ashton Smith, a quien HPL le otorgó su habitual patente de amistad en estos casos al concederle el cariñoso rebautizo de Klarkash-Ton, sumo sacerdote de la Atlántida (del mismo modo que Robert E. Howard, tan amante de los ambientes del western, fue Dos Pistolas Bob). Nacido en 1893 y muerto en 1961, poeta de gran talento, escultor, dibujante, en su breve pero muy fecunda etapa de consagración al relato fantástico se especializó en la creación de ciclos ambientados en mundos cerrados, unos perdidos (en el principio o en el final de los tiempos: Hiperbórea o Zothique), otros anclados en una Edad Media fabulosa (la supuesta provincia francesa de Averoigne), otros directamente extraterrestres. La editorial Valdemar está rescatándolos, y ya lleva dos estupendos volúmenes bajo el título de Zothique, el último continente e Hiperbórea, y otros mundos perdidos.

El origen del futuro escritor fue humilde. Sus padres eran granjeros que vivían en una muy modesta propiedad a una milla de distancia del pueblecito de Auburn, y allí vivió hasta 1954. Tras sus años de escuela primaria, la formación de Smith fue por completo autodidacta. Desde sus primeros años, demostró una increíble capacidad para el lenguaje, tanto el inglés —siempre estuvo fascinado por las etimologías y los cultismos, que aparecen por doquier en sus relatos— como los idiomas ajenos, ya que dominó también el francés (tradujo a Baudelaire) y el español. Muy joven, llamó la atención por sus cualidades para la poesía, convirtiéndose en el protegido de George Sterling, un poeta por entonces muy reconocido, íntimo amigo por ejemplo de Ambrose Bierce o Jack London.

Sin embargo, desde finales de los años 20 hasta finales de los 30, se consagró a la escritura de relatos fantásticos, usualmente publicados en Weird Tales, lo que le puso en contacto con el llamado círculo de Lovecraft. No puede ser casualidad que se apartara de la escritura —siguió escribiendo, pero ya de modo más esporádico— más o menos tras la desaparición (por distintas razones, recuérdese) de sus dos amigos HPL y Robert E. Howard. Sus inquietudes artísticas, desde entonces, se dirigieron ante todo a la escultura… faceta que también siguió siendo aprovechada por sus amigos en sus relatos fantásticos, como expresión de lo innombrable. Por ejemplo, August Derleth, el cual, a partir de los años 40 y gracias a su famosa y encomiable editorial Arkham fue quien se empeñó en sacarlo del olvido, editando diversas antologías de sus cuentos. Si no lo consiguió al mismo nivel que los otros dos mosqueteros, cuando menos permitió que una nueva generación de lectores accediera a él.

Fotografía del joven Clark Ashton Smith, a los 19 añosSeñala Jesús Palacios en su prólogo al volumen de Hiperbórea que Clark Ashton Smith fue ante todo un heredero de ese movimiento literario y estético que impregnó el final del siglo XIX y el arranque del XX que fue el simbolismo. Smith, nos recuerda, fue primero poeta y su estro tuvo como principales influencias a los grandes artistas simbolistas como Oscar Wilde o Villiers d’Lisle Adams, así como a los escritores de la literatura fantástica de la generación justo anterior, en cuyas páginas, de modo confeso, también se encuentra aquella influencia: los Dunsany, Machen o Chambers, cuya filiación con los autores del pulp la selló para siempre su genio rector, Howard Phillips Lovecraft, en su imprescindible ensayo El horror sobrenatural en la literatura.

Cuando Smith se convirtió en escritor profesional de pulps (o intentó hacerlo: ya sabemos el precario estado económico en que, con excepciones, vivieron casi todos sus grandes nombres), esta influencia simbolista se selló en la notoria presencia del decadentismo como trasfondo de todos sus relatos. Esto quiere decir que a Smith le complació, sobre todo, el dibujo de reinos en su ocaso y no en su esplendor, la fascinación por la muerte y perversiones a ella asociadas como la necromancia (abundan los nigromantes en sus relatos), el sentido refinado del erotismo o la ausencia de cualquier tipo de nobleza entre las motivaciones de sus personajes, en beneficio de la indolencia, el egoísmo sensual o, sencillamente, el aburrimiento.

Esa decadencia comienza, claro, por la misma ubicación de los relatos que componen los dos volúmenes —si bien el segundo añade otros ambientados en otros escenarios— en dos continentes supuestamente situados a un extremo y otro de la civilización humana que nosotros conoceos. Hiperbórea desapareció en el curso de alguna de las glaciaciones que vivió nuestro planeta en el alba de la actual humanidad. Zothique se sitúa en un futuro lejano en el que ya es toda la Tierra la destinada a perecer por el agotamiento de un sol en estado moribundo. Ahora bien, en realidad, y a efectos narrativos y ambientales, sus características son tan intercambiables, que las aventuras que suceden en uno bien podrían haber sucedido en el otro. De hecho, Smith los escribió de modo simultáneo. En ambos se encuentra el mismo imperio de la brujería, los mismos reyes indolentes y egoístas, las mismas ciudades abandonadas por alguna horrible maldición caída sobre ellas, los mismos dioses terribles cuyo culto no parece ofrecer recompensa sino a los pocos brujos que alcanzan a dominar sus secretos, y por lo poco común a un precio poco envidiable…

Otro elemento que distingue la prosa de Clark Ashton Smith fue su gusto por las palabras cultas, lo cual, en el terreno de la narrativa pulp suele traducirse como «recargado». Smith trató las palabras como gemas dignas de ser atesoradas por su mera belleza, a un paso, seguramente, de la pedantería, pero que contribuye a proporcionar a sus ficciones buena parte de esa particular atmósfera de sinuosa sofisticación que las distingue. Según cuenta la leyenda, el autodidacta Smith consiguió ese dominio del vocabulario gracias a la lectura (íntegra) de la Enciclopedia Británica y del Diccionario Oxford.

Portada de la revista Weird Tales con uno de los relatos del ciclo de Zothique. Ilustración de Virgil FinlayLos cuentos se sitúan en un terreno deliciosamente ambiguo entre el horror, la aventura fantástica y la Espada y Brujería, si bien es este último género el que proporciona, antes que ningún otro, el necesario armazón escenográfico. Ahora bien, esta Espada y Brujería muy poco tiene que ver con el espíritu que habitualmente se asocia a ella, y que en realidad es el que le otorgó el gran Robert E. Howard. Pues los relatos de Clark Ashton Smith no giran en torno a guerreros de físico poderoso y carácter primordial que han de hacer frente a toda clase de engendros demoniacos. Bien al contrario, los protagonistas de sus cuentos suelen ser precisamente esos brujos que Howard tomaba por villanos (tanto los grandes maestros que traen el terror y la depravación como los más modestos, antes artesanos de la demonología que hechiceros de incontestable poder, e incluso los acólitos de unos y otros, testigos de juegos que no comprenden del todo). Cuando no son estos, el protagonismo recae sobre las víctimas de las hechicerías, o sobre los parias y marginados de esos reinos, incluso sobre esos reyezuelos decadentes o sus contrapartidas femeninas, mujeres ávidas de sexo y poder, desbordantes de una lujuriosa vesania. Y si en algún relato se produce una confrontación entre algún brujo depravado y un mortal que demasiado tarde comprende que no debió molestar a según quién, lo normal es que el lector asista al trance sin tomar partido por ninguno de ellos. Un buen ejemplo es El oscuro eidolon, donde un vengativo brujo vuelve a su ciudad natal para cobrarse venganza de su rey, que lo menospreció siendo tan solo un príncipe (y que, por supuesto, no lo recuerda), y Smith consigue que nos revistamos de una completa imparcialidad ante el conflicto: el mismo desagrado (o interés malsano) nos despierta uno como el otro. Y total, para que ambos perezcan.

Ahora bien, los mejores cuentos de ambos volúmenes transpiran otra muy reconocible influencia: la de la orientalia, es decir, la recreación del aroma de Las mil y una noches, con su gusto por la enumeración fabulosa, por los genios juguetones, por los reyes-sultanes de bien surtidos harenes y sus brujos siempre en busca de algún objeto con el que redondear su conocimiento de lo oculto: ambientes que desprenden, claro, una curiosa textura olfativa tanto como visual. No en vano una de sus obras favoritas era la incomparable Vathek (1782), de ese decadente antes de tiempo que fue el inglés William Beckford. Vathek es una muy particular recreación de los cuentos maravillosos orientales, que el autor dejó incompleto, seguramente para que Clark Ashton Smith, en 1937, hacia el final de su periodo pulp y como culminación del mismo, la rematara.

En resumen, Smith se centra antes en los escenarios y ambientes que en los cascarones humanos (o semi-humanos) que transitan por ellos. Acude antes a la atmósfera que a la narración, a la descripción, al esbozo, a la insinuación, recreándose en ese lenguaje culto, tan extraño a los pulps, que impregna sus cuentos de una considerable sensualidad.

Estupenda portada de una edición inglesa de los cuentos de ZothiqueCon protagonistas tan poco heroicos como los indicados, no es de extrañar que el final usual de todos ellos sea la perdición y la muerte (en los más de los casos, de modo espantoso). Podríamos pensar que Smith hace gala del mismo pesimismo que impregna los relatos de Lovecraft, pero sobre él siempre planea un juguetón sentido de la ironía que lo libra del nihilismo. Por ejemplo, uno de ellos, en Los siete geases, después de vivir toda una odisea de pruebas en un muy particular infierno, librándose de la muerte ante criaturas de lo más indescriptible, acaba pereciendo al romperse el frágil puente de hilo de araña que lo separaba de la salvación. Otro, un avariento prestamista que ha sido atraído por un espantoso genio al cubil donde guarda su tesoro, parece que va a morir por asfixia, hundiéndose entre las gemas que un momento antes soñaba con poseer. Mas en el último momento, el engendro que le ha tendido la trampa lo salva de tan particular ciénaga, y «a continuación, sin pausa o preámbulo o comentario alguno, lenta y metódicamente (la criatura) comenzó a devorarlo». En Lovecraft, un final así habría dejado con el ánimo en un deprimente suspenso; en Smith, uno no puede evitar esbozar una sonrisa.

Por cierto, que como tantos corresponsales del incorregible grafómano de Providence, algunas de las invenciones de Smith acabaron sumándose a sus Mitos de Cthulhu. En concreto, HPL retomó de su amigo californiano uno de sus particulares dioses, Tsathoggua, un engendro ventrudo y velludo con cabeza de sapo, adorado en la antigua Hiperbórea, y uno de los impagables libros oscuros, el Libro de Eibon, mago igualmente hiperbóreo que además aparece en varios de los relatos. Uno de estos, además, La llegada del gusano blanco, supuestamente es uno de los capítulos de ese volumen.

Los dos volúmenes de Valdemar están traducidos por Marta Lilo Murillo, a cuya entusiasta labor en esta editorial en los últimos años debemos la lectura de autores tan variados del género como Vernon Lee, Thomas Ligotti o Robert W. Chambers.

Los que componen Zothique, el último continente se caracterizan por su cohesión y por su fascinante sabor a regresión: en el último estertor del planeta, el materialismo científico será derrotado de nuevo por los viejos terrores de siempre… En mi opinión, la obra maestra de la serie es el último cuento del volumen —que, en realidad, es uno de los primeros del ciclo, pues data de 1933—, titulado El viaje del rey Euvoram. Quizá por esa condición primera, en realidad responde poco a las características centrales de los otros relatos, pues antes que nada es una estupenda fábula oriental. Su protagonista, el rey que da título al relato, emprende un fabuloso viaje hacia las ignotas islas orientales en busca del último ejemplar de pájaro gazolba que es símbolo de su dinastía. Si el relato es memorable, lo es por dos razones. Primera, por el encanto de esa crónica a lo Simbad que anima el relato, con su colección de prodigios y su rozagante sensualidad. Y segunda, por el entrañable personaje que acaba proponiendo en la persona de ese rey. Infantil, holgazán, egoísta, sensual, Euvoram se ve inesperadamente sometido a pruebas destinadas a revelar que bajo ese superficie de roi faineant se esconde un monarca de raza, capaz de salir con bien de todas las pruebas (por ejemplo, de verse convertido en mascota enjaulada de unos gigantescos pájaros inteligentes), demostrando que, si antes había sido un adicto a la molicie, era por falta de oportunidades para la acción. Los relatos de Clark Ashton Smith, es cierto, no destacan por proponer personajes perdurables —sus atractivos, como ya he dicho, se encuentran en otro terreno—, pero la excepción es este rey Euvoram.

Una muestra de la obra escultórica de Clark Ashton Smith

En cuanto a Hiperbórea y otros mundos perdidos, los relatos ambientados en ese aludido escenario incrementan, si cabe, esa picardía sensualista a cambio, quizá, de una mayor irregularidad y cierta sensación de insipidez argumental. Los que transcurren en Marte (o Aihai, en la toponimia smithsoniana) son francamente flojos, tal vez porque en ellos se encuentra una mayor vinculación con la ciencia-ficción pulp en su acepción más estándar. Las tramas, nunca el fuerte del autor, son vulgares y no tienen interés, y es como si el mismo autor se diera cuenta de que no domina ese subgénero porque enseguida vira hacia elementos de terror ya más reconocibles: por ejemplo, en Las criptas de Yoh-Vombis la acción acaba recluida en una enigmática ciudad desierta cuyas criptas esconden espantosos horrores, si bien más cercanos a la saga Alien que al Lovecraft de En las montañas de la locura.

En cambio, los dos últimos, que transcurren en un lejano mundo galáctico llamado Xiccarph, son dos de sus obras maestras, en buena medida porque recogen el mismo ambiente de orientalia que ya encontrábamos en Hiperbórea y Zothique. El primero, el más fascinante, El laberinto de Maal Dweb, narra la incursión de un humilde y valiente cazador (que parece extraído de alguna de las historias indias de Salgari: incluso su nombre, Tiglari, posee una vaga reminiscencia hindú) en el casi inaccesible cubil montañés del hechicero que da título al relato, el cual se ha llevado a su amada para incorporarla a su harén. El relato es el recuento de los prodigios y peligros que Tiglari ha de vivir en ese lugar, cuyo más peligroso espacio es su laberinto, y todo para advertir, casi desde el primer momento, que el casi omnipotente Maal Dweb no puede ser derrotado: que su única debilidad, en todo caso —cómo no, en un personaje de Clark Ashton Smith— es el aburrimiento que la vida muelle a que su propia omnipotencia lo condena. Solo este incomparable cuento basta para resumir lo mejor y lo más sustancial de su autor.

Howard Phillips Lovecraft murió de cáncer intestinal en marzo de 1937. Robert E. Howard se había pegado un tiro en junio de 1936 al conocer el desahucio clínico de su madre. Clark Ashton Smith, quizá alarmado ante esos presagios, abandonó muy poco después los mundos perdidos que había compartido con ellos y volvió a la poesía o buscó un nuevo horizonte en la escultura. Se casó en 1953 y ya no volvió a escribir, muriendo siete años después olvidado por casi todos. Quién sabe si su espíritu no acabaría viajando hacia su continente crepuscular, encarnándose en algún eidolon, en su caso más juguetón que siniestro, para gozar de la contemplación de las corruptas sensualidades de alguna corte tan decadente como ese sol que marcha ya hacia su último atardecer…

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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4 respuestas a Los mundos perdidos de Clark Ashton Smith

  1. Renaissance dijo:

    Aún conservo (bajo siete llaves y guardado por dos feroces gatas) la edición de Los mundos perdidos de Clark Ashton Smith que había editado Edaf hace años. Fue todo un cambio el salir de los Mitos más estandarizados y el pasar a un tipo de mundos mucho más variados, con un lenguaje mucho más rico y trabajado.
    Aunque Averoigne fuera mi ambientación favorita, relatos como Las criptas de Yoh Vombis y La raíz de Ampoi se me quedaron en la memoria.

    • La verdad es que esas ediciones de Edaf nunca he llegado a verlas. Yo conocí a Smith por el relato “Estirpe de otro mundo” de la edición de Alianza de Los mitos de Cthulhu, y luego por una edición modestita de los relatos de Averoigne en la Colección Avalon de Río Henares (el precedente de La Biblioteca del Laberinto). Los dos tomos de Valdemar son una delicia, y espero que se vean seguidos por una buena edición de Averoigne, que a mí también es el “mundo perdido” que más me gusta de Smith, por su ambientación medieval.

  2. jorge dijo:

    Hace poco que me aventuré con la lectura de C. A. Smith. Había leído que muchos lo consideraban el mejor de los 3 Mosqueteros de Weird Tales y no sabía muy bien por qué… hasta ahora. Me acerqué por el lado lovecraftiano, que me era familiar; el primer relato que leí fue el de Satampra Zeiros, que en verdad envuelve con su atmósfera, y el de Ubbo Sathla, que en su sencillez también me gustó mucho. Y así fui llegando a pequeñas joyas de poesía en prosa como la Desolación de Soom o el que en mi percepción es el más “de terror” de Smith, La Llegada del Gusano Blanco. Y qué decir de El Planeta de los Muertos, El Último Encantamiento, El Dios Carroñero o Mamá Sapo… Ahora es de mis autores favoritos, junto a Lovecraft, Bradbury y Robert Bloch. Y es que como dicen: Lovecraft escribía con la cabeza, Howard con las entrañas y Smith con el corazón. Gracias por reseñar esta joya de libro y por compartir esas imagines, en especial esa escultura del “Cthulhu Smithiano”. Saludos!

    • Tres grandes escritores en cualquier caso, cada uno con sus particularidades, que hace que cada uno nos sea grato en un momento o en otro. De Smith, sin embargo, quedan más cosas por descubrir: su Averoigne merece una buena edición de la misma Valdemar o de otra editorial que se atreva. Y las esculturas del autor, ciertamente, sobrecogen por lo bien que se amoldan a los mitos lovecraftianos.

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