Walt Simonson reformula la épica en El poderoso Thor

The Mighty Thor 337, primer número de Walt SimonsonDespués de alcanzar uno de sus grandes momentos con la Saga de los Celestiales, que comentaba en este blog hace bien poco, la colección de El poderoso Thor fue entrando, lenta pero inexorablemente, en recesión. Al principio con cierta dignidad, no en vano se mantuvo al menos durante unos números el equipo que había finalizado dicha saga, pero al poco ya sin remisión alguna, convirtiendo la colección del asgardiano en una serie vulgar, sin sorpresas, con guiones aburridos, malos dibujos y sin ningún tipo de magia ni grandeza. Así se mantuvo durante tres años. Pero en la Marvel de los años 80, a grandes males grandes remedios: cuando una colección amenazaba con ser cancelada por desinterés del público, se entregaba a un artista completo para que hiciera lo que quisiese. Había salido bien antes con Daredevil, personaje agonizante que se entregó a un jovenzuelo llamado Frank Miller, quien en pocos números la convirtió en una colección de culto. Pues en Thor se le dio la oportunidad a un artista que había destacado ocasionalmente como dibujante —pero sin haber dado, todavía, la medida de su verdadero talento— pero en ningún caso como guionista, faceta ésta que se ignoraba que poseía. Se llamaba Walt Simonson y debutó en el número 337 (noviembre de 1983), encargándose de todo: guión, dibujo y entintado. El resultado, chocante al principio, no tardó en revelarse arrebatador. Sin la menor duda, Simonson consiguió devolverle al personaje la grandeza épica de sus mejores momentos bajo Stan Lee y Jack Kirby, y dio vida a una etapa que poco tiene que envidiar a aquella.

Simonson no era un desconocido en la serie: había sido su dibujante titular varios años atrás, entre los números 260 a 271, pero sin dejar huella —bien por falta de implicación, bien porque sus lápices quedaban sepultados por el trabajo de entintadores que no se ajustaban bien a él—, hasta el punto de que muchos de sus admiradores lo ignoran. La nueva etapa se extendió desde ese 337 hasta el 382 (agosto de 1987), lo cual abarca cuatro años. A partir del nº 367, Simonson cedió lápices y tintas a un veterano de la casa, Sal Buscema, quien sorprendió con un trabajo que no desentonó en absoluto del anterior y que además impulsó una nueva etapa en la carrera de este dibujante. A esos 45 números de Thor hay que añadir una serie limitada llamada Balder el Bravo, protagonizada por uno de los secundarios principales de aquélla, que Simonson escribió y que Buscema, poco antes de pasar a la serie mayor, dibujó y entintó. Todos esos números fueron publicados por Panini hace pocos meses, en dos tomos con un magnífico y renovado color por parte del especialista Steve Oliff.

La estupenda viñeta final de Thor 337Voy a ser sincero. Cuando compré aquel número 337, lo leí con notoria desconfianza. En primer lugar, hay que reconocer que los chavales de aquella época no estábamos acostumbrados a ese «dibujo» que proponía el nuevo tebeo. Nuestro modelo era John Byrne, que acababa de protagonizar una mítica etapa en La Patrulla-X y que encarnaba la belleza y la claridad absolutas. A su lado, los trazos de Simonson parecían toscos, como esbozados, sin ese redondeo final de un entintador a lo Terry Austin (el hombre que pasaba a tinta al Byrne de la época). Los rostros eran anchos y poco agraciados, Thor no «parecía» Thor y las caras de las chicas parecían cambiar a cada viñeta. Encima, y desde su misma portada, el número presentaba como antagonista a un tipo bastante feo que lucía el uniforme del dios del trueno y portaba su martillo, ése que según el mandato de Odín solo podía levantar «quien fuera digno de él». Aquello olía a que el nuevo guionista-dibujante quería hacerse un nombre llamando la atención con recursos de lo más efectista. Y sin embargo… esos dibujos también manifestaban una indudable fuerza. Sobre todo, su última viñeta, a toda página. Sí, creo que fue esa viñeta lo que hizo que comprara el siguiente número: Thor, o mejor dicho, su alter ego Donald Blake, atónito al ver que su rival le ha arrebatado el martillo y el poder, y que encima descubre que Odín se lo llevado a Asgard, sube a lo más alto de la nave donde ha tenido lugar el combate, y abriendo los brazos a los furiosos elementos que golpean su rostro, grita un increíble «¡Padre!» que un bocadillo inconteniblemente grande magnifica aún más. ¡Uf!

Simonson hizo lo que debe hacer un buen guionista de Thor: no se limitó a leer las etapas previas de la colección —en una editorial que había hecho de la continuidad su gran seña de identidad, era imprescindible—, sino que acudió a las fuentes. Y las fuentes, en su caso, son los textos medievales, en su inmensa mayoría islandeses, a los que debemos nuestro conocimiento de la apasionante mitología nórdica: las sagas, los cantos épicos compilados en la Edda Mayor, ese prontuario de mitos que es La alucinación de Gylfi, de Snorri Sturlusson.

Por supuesto, no era el primero. Antes que él lo habían hecho, al menos, los dos mejores guionistas que habían tenido la colección en sus manos: su creador, Stan Lee, y su principal discípulo, Roy Thomas. Simonson decidió plantear una saga de resonancias cósmicas en la cual el destino tanto de Asgard como de Midgard (la Tierra) se vieran seriamente comprometidos. Dicho de otro modo (y al igual que habían hecho esos dos guionistas previos), planteó un Ragnarok, el ocaso de los dioses, el fin de todo. Con astucia, y para que no pareciera que repetía un planteamiento que no hacía mucho ya había dado lugar a una bien conocida saga (la del Falso Ragnarok, por Thomas), no utilizó esta palabra, salvo con cierta sorna: uno de los números finales de la aventura fue titulado «Ragnarok and Roll». Pero es eso. Recuérdese que en el mito, la destrucción final de Asgard corresponderá al demonio de fuego Surtur, señor de Muspelheim, el Reino del Fuego. Simonson hizo que el gran villano que pone en marcha la conflagración cósmica fuera Surtur, y aunque en rigor este personaje ya había aparecido en alguna ocasión en las dos décadas de historia de la colección, Simonson actuó como si lo hiciese por primera vez.

Surtur forja la espada Crepúsculo. Doom!En las primeras páginas del 337, el núcleo de una «antigua galaxia» estalla, y de él queda un lingote de poderosa material estelar. En medio de las estrellas, unas tenazas gigantes que maneja una formidable figura que permanece a oscuras —pero de la que brillan unos ojos y una boca que esboza una sonrisa siniestra— lo cogen y comienza la forja de una formidable espada, cada uno de sus golpes provoca la aparición de una enorme onomatopeya que dice: «¡Doom!», palabra polisémica que puede significar o bien destino o destrucción. (El famoso personaje del Doctor Muerte, archienemigo de los 4 Fantásticos, tiene en inglés el nombre de Doctor Doom.) Número a número, pues, la espada fue forjada hasta ser concluida, momento en el cual su dueño, del que cada vez se iban revelando más y más su figura y su dominio llameante, daba inicio al ataque final contra Asgard, que en realidad llevaba ya tiempo presagiándose por medio de diversos actos: en rigor, la famosa Saga de Surtur abarca desde el seminal 337 hasta el 353.

Y es que Simonson fue narrando su fenomenal epopeya con toda la parsimonia necesaria, de tal modo que los primeros números proponen otras aventuras, si bien en todo momento el lector es consciente de que incluso éstas se hallan relacionadas, de algún modo, con lo que se avecina. De hecho, yo creo que, en un principio, el autor había pensado concluirla en el 350, número redondo de estos que en Marvel suelen servir de excusa para publicar un especial con el doble de páginas, lo cual se justifica en que supone algún tipo de aventura especialmente significativa o que en él concluye alguna saga. Sin embargo, una vez lanzado, se dio cuenta de que iba a abarcar más números de los previstos. El 350 pasó, sin celebrarse de modo especial, y curiosamente tampoco el 353 incrementó sus páginas.

El inicio de la saga está presidido por la aparición de ese mencionado personaje de aspecto más bien repulsivo que conseguía, por primera vez en toda la colección, levantar el martillo de Thor al cumplir el encantamiento puesto en él por Odín: «Aquél que sostenga este martillo, si es digno de él, tendrá el poder de Thor». Se trata de un guerrero transformado biológicamente para convertirse en el luchador supremo de su raza, a la que protege mientras duerme en su éxodo espacial en busca de un nuevo mundo, tras la destrucción del suyo (precisamente, por culpa de Surtur en el acto que abría la saga). Ese guerrero responde al chocante y poco alienígena nombre de Bill Rayos Beta y es símbolo de la nobleza y el sacrificio más abnegado, lo cual le permitirá vencer a Thor y demostrar que es digno del fabuloso Mjolnir. Por supuesto, Odín, de forma salomónica, devolverá su mazo a su hijo y hará que los enanos forjen uno nuevo para Bill, llamado Destructor de Tormentas. Posiblemente, Billy no es la invención más afortunada de toda la etapa Simonson, y de hecho acabó dejándolo de lado, pero en su momento cumplió su misión: confrontar al dios del trueno con la posibilidad de un igual, darle un rival por el cansino amor de Sif (su «novia eterna») y un formidable aliado en la lucha contra Surtur.

No era una dama!, en Thor 345La saga comienza, realmente, en el estupendo nº 345, uno de mis favoritos de la misma, que responde al sugerente título de «¡No era una dama!». En él se desata una cacería dirigida por el principal sicario de Surtur, el elfo negro Malekith el Maldito —estupendo personaje, éste sí, que luego sería convertido en el villano del segundo film de Marvel Studios sobre Thor, solo que despojado de todo su carisma canalla— cuyo objeto es una reliquia de enorme poder llamada el Cofre de los Antiguos Inviernos, que el demonio llameante necesita desatar sobre el universo para congelar la entrada de su reino, que Odín sellara tiempo inmemorial atrás, encerrándolo dentro. Con inteligencia, Simonson deja que los protagonistas del relato sean los dos humanos, padre e hijo, depositarios del cofre, perseguidos por los sicarios de Surtur. El número desborda de humor —para acabar con los hombres a los que Malekith ha convertido en esclavos sin mente, Eric Willlis, el jovial guardián del cofre, les hace tragar patatas fritas de burger, anatema para ellos— pero también de toque siniestros: el título se justifica porque al final Eric perece a manos de una mujer de voluptuosos atractivos… que resultará ser el malvado Malekith. Este travestismo sexual aporta un inesperado toque morboso a un cómic que, no se olvide, está conceptuado como lectura para niños.

A partir de ahí, y a lo largo de ocho fabulosos números, Simonson narró el desarrollo de la invasión primero de la Tierra por los demonios dirigidos por Surtur y después de Asgard, donde el villano debe encender su espada en la Llama Eterna, la fabulosa fuente de poder que Odín le robara un día del mismo corazón de Muspelheim y que dará al arma su poder para incendiar los nueve mundos. Tres campeones se opondrán a Surtur: Odín, el Padre de Todos, su hijo Thor… y el dios de la mentira, Loki, quien tras coquetear de modo ambiguo con el bando de los malvados, acaba alineándose con su padre y su hermanastro, no por noble idealismo, sino porque él mismo se da cuenta de que el demonio llameante lo convertirá todo en ceniza. Es inolvidable la viñeta en que los tres se plantan ante Surtur y cada uno lanza un grito de batalla. Odín grita: «¡Por Asgard!», Thor: «¡Por Midgard!», y Loki… «¡Por Loki!». El final de 353 es justamente mítico: Odín se sacrifica arrojándose al abismo que devuelve a Surtur a Muspelheim, cerrándolo detrás de sí, y la viñeta a toda página muestra a los dos asombrados dioses asomados al humeante precipicio mientras gritan a la vez: «¡Padre!». Simonson, así, cierra el círculo: el último número de la saga se cierra como el primero.

Aunque supongo que es evidente, voy a recordarlo: no basta con narrar argumentos épicos para ser épico. La épica, como el romanticismo, el fatalismo o la tragedia, es antes cuestión de atmósfera que de argumentos. Y el gran triunfo de Walt Simonson es haber sabido recuperar ese aroma, haber logrado recuperar el tono, siempre en un delicado equilibrio entre lo ingenuo y lo majestuoso, al borde en todo momento de la pomposidad pero sin caer en ella gracias a su conseguidísimo aroma de aventura primigenia, de regreso a los orígenes del mito (sin perder de vista ni la ironía ni la necesaria modernidad). El mismo dibujo de Simonson, ése que tanto chocaba al principio, respira epicidad: el gusto por las viñetas a toda página (tan propias de Jack Kirby), por los bocadillos «explosivos» (que casi hacen oír los gritos), por las onomatopeyas dibujadas, por el recurso a las líneas cinéticas (pocos autores han conseguido como él hacer del viento o de la lluvia verdaderas fuerzas de la naturaleza), por el uso de la «luz» dentro de la viñeta (hablamos de un personaje y unas aventuras que, pese a su raíz mítica, en el fondo proponen epopeyas cósmicas desbordantes de energía y poder)…

Simonson supo, además, recuperar el sentido del diálogo tan propio del personaje, entendiendo bien que éste precisa de la necesaria grandilocuencia para ser creíble: un «dios» no puede hablar como un tipo corriente… o como un Spiderman, vamos. Thor no tiene sentido de la ironía ni necesidad por el guiño de humor: mientras pelea, está concentrado en el combate. Simonson lo supo expresar: aunque sus aventuras nunca aburren, es evidente que Thor es un tipo aburrido. De todos modos, siempre, la diversión en Asgard es cosa —con permiso de Hogun el Torvo— de los Tres Guerreros: por cierto, que uno de los detalles más admirables de la visión que le dio a la serie y a sus personajes, es su revisión del entrañable Volstagg el Voluminoso, que dejó de ser el bufón ridículo de siempre para, sin desvirtuar su naturaleza expansiva (en todos los sentidos), devolverle una notable dignidad: con Simonson, Volstagg siguió siendo entrañable sin ser paródico.

Thor croaDel mismo modo, el autor revitalizó el personaje más agotado de la serie: Loki. El dios de la mentira, casi desde el inicio, había sido un cansino antagonista que no paraba de ser derrotado y de volver una y otra vez a dar la lata. Simonson consigue convertirlo en una verdadera plaga para su hermanastro, al que hostiga una y otra vez, pero siempre de modo indirecto. Todo el humor y la ironía, incluso el sarcasmo, que le faltan al dios del trueno le sobran al de la mentira, algunos de cuyos estropicios fueron verdaderamente memorables: en el 363, Loki convertía a Thor en… ¡¡rana!! El estupendo título del número siguiente (Simonson cuidó especialmente este tipo de detalles) fue, por tanto, «Thor croa». Por supuesto, buena parte del nuevo atractivo con que se revistió al personaje estriba en que no fue tratado como un villano unidimensional, y varios de sus actos, aun bajo una muy particular motivación, lo llevó a enfrentarse a los mismos villanos que su hermanastro.

En esa relectura que hizo de los mitos, el autor tomó, de modo muy interesante, una de las características que en ellos se desprende de Thor: que es un dios bienintencionado, pero también tosco y poco inteligente. En algún momento, y siempre fiel a esos mitos, Simonson no dudó en hacerlo comportarse como un zoquete: por ejemplo, convirtiéndolo víctima fácil del hechizo amoroso de Lorelei, que en el fondo no es sino una seductora de segunda categoría; o haciéndolo caer en la trampa de Surtur para convocar un arco iris en medio de la batalla final en la Tierra… y así permitirle llegar a Asgard para el enfrentamiento final. Esta condición, incluso, la remarca arrebatándole su personalidad civil del médico y cirujano de prestigio Donald Blake (identidad que siempre estorbó antes que aportó gran cosa al personaje, pero que se había mantenido por inercia). Aun así, esa personalidad otorgaba a Thor una dimensión de hombre preparado y moderno que Simonson le quita… para convertirlo en un obrero de la construcción hipermusculado, al estilo de los Stallone o Schwarzenegger de la época, bajo el nombre de Sigurd Jarlson.

Después del final de la Saga de Surtur, Simonson supo mantener el interés de la colección, si bien, claro, ya no volvió a recuperar la formidable cohesión de esa aventura. En general, entre el 354 y el final de la etapa, planteó la reorganización de Asgard, ya sin el Padre de Todos (el cual, claro, volvería en el futuro, pero fuera de esta etapa). No sería Thor su sucesor, pues éste, prefiriendo tener las manos libres para estar en la Tierra, propuso a Balder el Bravo. El curso de las aventuras en esta segunda parte de la etapa se concentró, en general, en torno a dos grandes argumentos, entremezclados hasta el número especial de cierre: la confrontación entre el protagonista y Hela, diosa de la muerte, que lleva a Thor al límite de su resistencia; y las nuevas amenazas que tratan de aprovechar la ausencia de Odín para apoderarse de Asgard, siempre con Loki en la sombra.

Tras una inmortal incursión en los infernales dominios de Hela —que tuvo como precio el que ésta provocara horribles cicatrices en el rostro de Thor: desde entonces, el personaje cambió de imagen, dejándose barba—, último canto épico como autor completo de Simonson, éste dejó el dibujo a Sal Buscema a partir del 367. El motivo fue la solidaridad matrimonial: su esposa Louise, también buena guionista, le pidió que le echara una mano para reflotar la serie de mutantes Factor-X. Pudo ser una lástima, pero curiosamente Buscema, un veterano que a esas alturas parecía ya fuera de onda, no solo supo ajustarse muy bien al patrón gráfico del guionista, sino que realizó un trabajo excelente, que revalorizó su nombre y abrió una nueva etapa profesional de gran renombre en su carrera, sobre todo al pasar a la colección The Spectacular Spider-Man. Buscema se entintó a sí mismo, y la finura de su pincel reveló que no solo era un gran narrador (como siempre se le había calificado), sino un dibujante capaz de lo más exquisito. Es cierto que se perdió la atmósfera épica que Simonson dio a la serie (de ahí que esta segunda etapa no alcance el brillo sublime de la primera: aparte el hecho de que la serie dejó de sorprender), pero a cambio se dotó de un notable sentido de la belleza, al mismo tiempo sencilla y delicada.

Los 46 números que componen la etapa de Walt Simonson en El poderoso Thor, por tanto, permanecen como uno de los últimos momentos culminantes de una Marvel que todavía podemos llamar clásica, antes de que la caída en manos de los expertos en marketing y las propias incongruencias del paso del tiempo convirtieran los viejos modos de la editorial en un anacronismo. El mismo Simonson no volvería a ofrecer nada igual, si bien pudo estar cerca cuando se hizo cargo de la autoría completa en la serie Los 4 Fantásticos. Eran otros tiempos ya, sin embargo, y las injerencias de los altos jefes en los argumentos que proponían hicieron que tirara la toalla y se fuera después de poco más que una docena de números. Sin embargo, su Thor y, en especial, su Saga de Surtur siempre le valdrán el crédito de quien es capaz de ofrecer una obra genial.

Imagen promocional de Thor, por Walt Simonson

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Acerca de Jose Miguel García de Fórmica-Corsi

Soy profesor de historia en el IES Jacaranda (Churriana, Málaga).
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