Guillermo Brown, once años, pelo perpetuamente desgreñado, ropas delatoras de un ejercicio físico que no repara, claro, en la pulcritud que siempre exigen los adultos. Capitán por aclamación diaria de los Proscritos, pirata, piel roja, explorador, detective, caníbal… ¿Quién recuerda a Guillermo Brown? Si no fuera por la veneración que sienten hacia él escritores como Fernando Savater o Javier Marías, sería fácil suponer que es una broma privada, una invención compartida entre varios intelectuales de esa generación a la que le tocó ser niños en los años 50 y que así intentan sublimar la grisura de su época. Intelectuales que crearían el mito de un niño protagonista de un conjunto de libros infantiles que, pese a tal etiqueta, desbordan de amor por la aventura, cuestionamiento auténtico de las convenciones adultas y, sobre todo, una increíble capacidad para poder identificarse con un entorno que, sin embargo, tendría que habernos parecido tan exótico como la India de Kipling o la Tierra Media de Tolkien: una Inglaterra rural que ni por asomo tenía algo que ver con su equivalente hispano. Pero sí, Guillermo existió. Nacido en 1919 en Inglaterra, en ningún otro país del mundo conoció un éxito comparable al de su tierra como el que obtuvo entre nosotros, en especial a partir de los años 50 gracias a los pequeños y manejables volúmenes de la editorial Molino. Durante al menos un par de décadas su renombre continuó, a tiempo para llegar a una segunda generación de lectores, para languidecer poco a poco, hasta el punto de que hoy ya ha desaparecido de las librerías.
La persona que firmaba esos libros se llamaba Richmal Crompton. Con nombre tan rotundo y sonoro —es más, el copyright añadía a lo anterior un Lamburn, con lo que quedaba todavía más tremendo—, a mí y a muchos otros lectores, en una era en que ni había Internet ni las fuentes de información actuales, nos pareció que, sin duda, tenía que ser un hombre. ¿O es que alguien que no tuviera una perspectiva masculina de las cosas podía ponerse tan bien en la piel de un niño? Lo admirable es que Richmal era una mujer.
Nacida en 1890 y fallecida en 1969, hija de un pastor protestante (¡cuántos clérigos se convierten en víctimas de las barrabasadas de Guillermo Brown en sus obras!), Richmal Crompton —el apellido que escogió para el arte era el de su madre, a todo esto—, a imagen de su pequeño héroe, no fue precisamente una mujer que no cuestionara el mundo en el que vivió: lo hizo, claro está, en sueños de tinta, pero también en la realidad, pues militó en el sufragismo. Impartió clases sobre los autores clásicos grecolatinos —lo cual no le impidió ser consciente de la tortura que debía ser el latín para las mentes infantiles, como bien refleja en sus relatos— en varias instituciones educativas, pero su vida quedó marcada al perder el uso de la pierna derecha por culpa de una poliomielitis. ¿Marcada? El exultante optimismo de su Guillermo, que en su autenticidad no puede ser otra cosa que una proyección del suyo propio, no nos deja entrever a ninguna persona amargada por una limitación física. En todo caso, Richmal Crompton dejó la enseñanza y se consagró exclusivamente a la literatura. Y de todo tipo: si los libros sobre el personaje que le ha otorgado la inmortalidad forman una nutrida saga de 38 volúmenes (salvo uno, todos consisten en un conjunto de relatos cortos), escribió un número incluso superior de novelas y cuentos dirigidos a los adultos. La editorial de Javier Marías, Reino de Redonda, ha publicado dos de ellas, la novela La morada maligna y el libro de relatos Bruma. Su temática no es juvenil, pero sí es indudablemente british: historias de terror.
Aunque los datos que se encuentran en la red señalan que el personaje fue creado en 1919, su primer libro, Just William (en España: Travesuras de Guillermo) se publicó en 1922, recopilando cuentos presentados previamente en varias revistas. El último llegó a las librerías un año después de su muerte, en 1970. Todo ello suma medio siglo de aventuras, año arriba, año abajo. La barcelonesa Editorial Molino publicó la saga no sin sobresaltos: se saltó algún volumen, partió otros y varió el orden de publicación. La primera edición es fiel a la original: un tamaño que hoy llamaríamos de bolsillo, una portada dura, normalmente con fondo rojo y un dibujo del gran ilustrador de la saga, Thomas Henry, y un título que consiste, por lo común, en el nombre de su protagonista seguido de algún epíteto: Guillermo el Pirata, Guillermo el Incomprendido o Guillermo el Genial.
Situémonos en el mundo de esos relatos. Guillermo Brown es un niño de perpetuos once años: Richmal Crompton nunca abandonó ese momento vital de su héroe, por mucho que la Inglaterra que fue recogiendo en sus páginas sí fue cambiando a su alrededor, y de hecho Guillermo conoció la II Guerra Mundial (combatiendo en el frente interior… a su manera, claro), la televisión o la carrera espacial. Lo que tampoco varió fue el entorno cotidiano que fue testigo de sus andanzas, liderando siempre a sus fieles Proscritos: el mundo de un innominado pueblecito inglés, seguramente no muy lejos de Londres, con sus casitas unifamiliares con jardín (eso que allí llaman cottages) y sus prados y bosques a pocos metros de casa.
Daría algo por poder recordar si, en mis primeras lecturas de Guillermo, me sorprendió la completa extrañeza de ese escenario cotidiano en el que transcurrían sus aventuras. Pero no: lo que me chocaría ahora es saber que algún día me extrañara, con tal convicción arraiga ese imaginario, tan distinto del español, en la mente de los lectores. La Inglaterra de Guillermo estaba llena de elementos insólitos: el abstruso sistema monetario de los chelines, peniques y las medias coronas (¡cuando ya lo tenía por completo dominado y esperaba practicarlo en la Inglaterra real, descubrí que en 1971 una reforma había introducido, al menos en este campo, el sistema decimal, más racional, sin duda, pero menos divertido!); alimentos y bebidas de los que nunca habíamos oído hablar como el pastel de carne (sic) o el agua de regaliz; los pastores protestantes con su propia familia y sus anhelos iguales de burgueses que los de la familia de Guillermo; la escuela dominical (¿qué-horror-era-eso?); las innúmeras verbenas benéficas; la inefable hora del té…
La clase social de los Brown es sin duda la middle class británica: el señor Brown, cuyo trabajo de oficina siempre quedó indeterminado, tiene poder adquisitivo para dar a los suyos la comodidad de un servicio en el que no faltan, al menos, una cocinera, una doncella y un jardinero. Desde luego, los Brown nada tienen que ver con el proletariado —en uno de los más geniales cuentos, El punto débil, los jóvenes del pueblo sienten la llamada del igualitarismo social y del bolchevismo… hasta que sus hermanos menores, o sea, los Proscritos, demuestran haber asimilado bien esa defensa de la igualdad, apoderándose de las más valiosas pertenencias de aquéllos, lo cual les cura de tal sarampión— pero todavía por encima de ellos, aun tratándose en los mismos círculos, se encuentran los nuevos ricos, caracterizados, claro, por su arribismo y sus ganas de aparentar una distinción inexistente, que se proclaman guía moral y social de los otros. No es de extrañar que entre sus vástagos (niños que prometen convertirse en una calcomanía de sus padres) suelan reclutarse los enemigos mortales de los Proscritos, como la némesis de Guillermo Brown, el glotón, quejica y cobardón de Huberto Lane.
Uno de los más afortunados rasgos del personaje es que Guillermo, sintiéndose por lo común maltratado por su familia, siente hacia ella una instintiva solidaridad que lo libra del fácil resentimiento. Richmal Crompton no necesitaba ganarse lectores amantes de los tópicos más fácilmente transgresores. Las aventuras de Guillermo no es una oda anti-familiar: se limita a señalar cuáles son, para un niño de once años que tiene la mala (o buena) suerte de ser el hijo menor, sus ventajas e inconvenientes. Así, si sus travesuras son temibles, más aún lo son esos momentos en que, sintiendo una pasajera gratitud hacia alguno de los suyos, su sentido de la justicia lo impulsa a ayudarlos: entonces es cuanto la catástrofe puede ser de antología.
El señor Brown (en algún relato se nos dice que su nombre de pila es «Juan»), sin duda, destaca por su lucidez y su sardónico sentido del humor. A ratos testigo resignado de la increíble capacidad destructora de su hijo, por lo común resistente feroz a las complicaciones que éste le trae, siempre dominado por un perpetuo deseo de paz y tranquilidad que Guillermo se empeña en arruinar, Thomas Henry lo dibujó siempre como un señor de mediana edad, calvo y con bigote, y de gesto perennemente severo. Ahora bien, la enorme sutilidad descriptiva de Richmal Crompton deja deslizar entre líneas que, en el fondo, Guillermo es para él la última oportunidad de resistencia que observa en un mundo al que él ya se ha resignado a pertenecer (hasta el punto de olvidar, la mayor parte de las veces, que alguna vez no se quiso resignar). El señor Brown, me atrevería a decir, es el proscrito oculto de los relatos de Richmal Crompton.
Todo lo contrario, por cierto, que su esposa. La autora siempre remarca que es la única integrante de la familia que todavía mantiene una conmovedora fe en la capacidad de reforma de su hijo: vamos, que es fácilmente manipulable, y que Guillermo la engaña cada dos por tres. La señora Brown, por otra parte, es una burguesa rural prototípica, cuyo mundo gira en torno a verbenas benéficas, invitaciones a tomar el té y todo tipo de actos sociales. Guillermo tiene, además, dos hermanos mayores (Ethel, de 19 años, y Roberto, de 17) cuyo mundo parece estar ocupado exclusivamente por los asuntos sentimentales: ella, porque es la belleza del pueblo; él, porque es el muchacho más enamoradizo del mundo. Dos hermanos que —con gran amargura y después de alguna trastada del pequeño— se preguntan, y con ellos el lector, cómo es posible que sean familia suya. Pero entre otras muestras admirables de la completa ausencia de maniqueísmo en Richmal Crompton está el hecho de que, sin poder estimarlos, el lector tampoco siente antipatía por ellos. Como el mismo Guillermo, los considera parte imprescindible de su universo… aunque ellos habrían preferido vivir en otro muy distinto que los librara de él.
Es hora ya de hablar de los Proscritos, los amigos incondicionales de Guillermo: Pelirrojo (el más íntimo de todos, en cuanto que, si ha de aparecer uno solo de ellos en la aventura, es sin duda él), Douglas y Enrique. En rigor, ninguna característica los distingue entre sí (bueno, en el dibujo sí, puesto que Pelirrojo siempre tiene cabellos claros). Ocasionalmente, la escritora desliza algún rasgo distintivo: cierto prurito de rivalidad de Enrique, en los primeros cuentos, sobre el liderazgo de Guillermo como jefe; un carácter más prudente para Douglas… y cierto prestigio «ortográfico», en cuanto que, al contrario que los demás proscritos, él se cuestiona que las palabras se escriban tal como se pronuncian, lo cual lo convierte en el invariable redactor de los carteles y escritos del grupo.
En un inmortal capítulo de su ensayo La infancia recuperada —el primer ensayo literario que leí en mi vida, y al que le debo el agradecimiento eterno de contener la primera (y casi única hasta estos tiempos de Internet) referencia escrita hacia Guillermo Brown que encontré en mucho tiempo—, Fernando Savater analiza, al tiempo con pasión y con penetración, la clave del imperecedero encanto del personaje. Si tenéis ese libro a mano, olvidad este comentario y lanzaos a leerlo, en parte porque lo estoy fusilando, en parte porque es imposible decirlo mejor que él. Savater acertaba al señalar que la autenticidad de Guillermo Brown, lo que hace que quien se asome a sus páginas ya no pueda dejar de leerlo, reside en el estupendo manejo que hace Richmal Crompton del punto de vista. El talento innato de Guillermo es ese: convencerse, cada vez que ejecuta una aventura, de que ésta es cierta y a la vez es una recreación. Nunca se deja arrastrar por la fantasía absoluta, pero mientras tiene lugar sigue a rajatabla las reglas que él mismo se ha trazado, manteniendo una lógica que al mismo tiempo es una ética. En ese memorable sentido del equilibrio es fundamental el sentido de la ironía de la autora, que obra también un doble prodigio: siempre está ahí, para reírse sin piedad (pero sin banal ostentación) de las tontas convenciones de los adultos, pero también para temperar cualquier tentación de convertir a sus niños en entes modélicos. Los Proscritos son divertidos, osados e irresistibles, pero también sucios, vanidosos y, para cualquiera que no sea de su cuerda, insoportables. Es decir, son niños.
Suelo comparar a menudo su saga con las de otros niños aventureros creados por otra escritora prácticamente coetánea como fue Enid Blyton, Los Cinco. Leí ambas casi al mismo tiempo, y aunque de niño no me dio por compararlas literariamente (esto son pedanterías más propias de adultos), siempre tuve claro, aun de modo inconsciente, la completa superioridad de Guillermo sobre los primos Kirrin, de tal modo que ni su perro, Tim, resistía al entrañable Jumble del menor de los Brown.
Los Cinco, en sus correrías, se encontraban con toda clase de peligros de verdad: ladrones, contrabandistas, secuestradores, estafadores, con los que se enzarzaban en unos enfrentamientos de los que siempre salían vencedores. Comparando a los Cinco con los Proscritos, llegamos a la rápida conclusión de que aquéllos nunca merecieron el honor de esas confrontaciones. Los Cinco no son niños que cuestionen nada, están contentísimos con el mundo en el que viven, con sus familias, con su entorno escolar y social: son niños burgueses que uno sabe que acabarán convirtiéndose en adultos bien conformes con las convenciones, y que recordarán esas aventuras como una travesurilla emocionante de las que ha acabado protegiéndolos la edad de la madurez. ¡Ya hubieran querido Guillermo y sus amigos encontrarse semejantes rivales! Pero rectifico: sí se los encuentran, y a raudales. Basta con que los Proscritos busquen contrabandistas, bolcheviques, soldados alemanes camuflados, espías… ¡incluso pigmeos!, para que estos broten con toda la naturalidad del mundo, como si estuvieran esperándolos. Esa es la diferencia entre las criaturas de Richmal Crompton y las de Enyd Blyton: la fe en la aventura por la aventura, la decidida apuesta por un mundo que no es el sencillo y gris en el que viven, la necesidad de cuestionar su propia realidad… aun cuando, las cosas como son, no al precio de refugiarse en una cómoda fantasía. No, los Proscritos son bien conscientes de los límites de su fantasía, pero también de la necesidad de reformular las fronteras que les rodean. Después de todo, por qué conformarse si no son ellos quienes las han creado.
Una de las características más llamativas de la obra tiene que ver con su traducción, tan irregular como, al mismo tiempo, dueña de un sabor muy particular, que hace perdonar sus errores (laísmos, faltas de concordancia…) en agradecimiento de un tono añejo que, sin duda, una traslación más aséptica habría obviado. El primer traductor, por cierto, fue don Guillermo López Hipkiss (1902-1957), uno de los principales representantes de esa literatura popular española de la primera mitad de siglo (que hoy día, de no ser por la tenacidad de algunos defensores sin complejos, diríase que nunca existió) y al mismo tiempo traductor de mucho autor inglés (como Agatha Christie) para la editorial Molino. A López Hipkiss se le debe, por ejemplo, esa inolvidable interjección tan propia de los Proscritos, «¡Troncho!», o el trufar las conversaciones de esos niños ingleses con expresiones tan propias del español como «la mar de…».
Una descacharrante característica de esas traducciones es la inmisericorde adaptación al español de cuanto nombre propio aparece en sus páginas. Cierto que fue una costumbre de la traducción editorial hispana hasta no hace mucho —¿quién no recuerda a «Carlos» Dickens o a «Honorato» de Balzac?—, pero mientras que la continua reedición y retraducción ha acabado con esta práctica, los libros de Guillermo de la editorial Molino han permanecido como en un limbo atemporal y todavía nos obsequian con nombres tan increíbles como Paquito Randall o Joaquinito Morgan (¡es tan divertidamente atroz que ya no podríamos leerlos de otro modo!). La cuestión es que, si alguna vez se hace la necesaria reedición de las obras de Guillermo, no podría soportar que los cuatro amigos proscritos recuperaran sus nombres de William, Ginger (Pelirrojo), Henry o Douglas (bueno, al no tener éste un equivalente español no se traducía, de modo que era el único pasablemente británico de la pandilla).
Todo cuanto he dicho, sin embargo, no es sino un superficial acercamiento al mundo de Guillermo, incapaz de referir ni siquiera pálidamente toda su riqueza y encanto. Podría hablar de la enorme penetración psicológica que Richmal Crompton demuestra en todos sus personajes con unos pocos trazos; de la frescura y autenticidad de los diálogos de los niños; de su capacidad para renovar una y otra vez situaciones que, en el fondo, ya nos habían sido contadas en otro cuento. Pero hay que ir directamente a las fuentes. ¿Qué lector, hoy adulto, entonces niño, no puede evitar sentir sana envidia por la capacidad de Guillermo por salir con bien de casi cualquier apuro, por distinguir a la perfección y de un solo vistazo al adulto perdido irremisiblemente para la causa de la imaginación del que todavía se resiste a perder el punto de vista del niño que una vez fue? Leyendo sus peripecias, todos creíamos sentirnos un poco como él: decididos y audaces en la acción y entre los amigos, distintos frente al mundo exterior, tímidos ante la belleza femenina. Ah, pero él tenía recursos que nosotros ni soñábamos. Todavía hoy, cuando no encuentro palabras para iniciar una conversación con esos seres absurdos que siempre seremos los adultos, me vienen a la cabeza ese par de frases con que Guillermo Brown se dirige a la joven beldad que determinada aventura ha puesto en su camino: «He explorado lugares que ningún hombre blanco ha pisado antes»… que todavía incluso mejora con su segunda intervención: «una vez me arranqué todos los dientes sin anestesia». Así era Guillermo Brown: incomprendido, travieso, pirata, proscrito, genial.
Para el interesado, añado un interesante enlace a un Índice de libros de Guillermo que ayuda a situar las distintas ediciones en español y su correspondencia con la original.
Yo conocí de niña a Guillermo gracias a esa edición de Molino, que pululaba por las estanterías de la biblioteca del colegio. Enseguida quedé fascinada por esas portadas de rojo chillón, los dibujos que hoy llaman vintage, el carácter anárquico de su protagonista, y sobre todo, por esa ironía que traspasaba cada capítulo.
El mundo de Guillermo es casi como Narnia para cualquier lector español de entonces: el sistema de peniques, la escuela dominical, la gastronomía y la vida en el campo estaba muy lejos de lo que podíamos conocer, pero eso no impedía que me fascinara todavía más ese pequeño salvaje..Y ya entonces me daba cuenta que todo el tema de las fiestas benéficas, las vacaciones organizadas para los hijos de los obreros e incluso el apadrinado de «negritos» (que también sale ,y con muy mala baba) estaba narrado con el suficiente sarcasmo como para que lo pillara.
Curiosamente, leí alguno de los Cinco por la misma época, pero me parecieron mucho más domesticados.
Yo descubrí esos libros de tapas rojas en una alacena olvidada en casa de mi abuelo. ¡Un tesoro digno de los Proscritos! De tantas veces como los he leído, y en distintas épocas, me resulta ahora difícil hacer una «cronología» de mi impresión de las aventuras de Guillermo con cada edad. Lo increíble para mí, ahora, es esa capacidad que tiene para compaginar distintas dimensiones: por un lado, la obra respira un aire indudablemente antañón, pero al mismo tiempo es moderna e intemporal; hay una consciente mano de autora, que es dueña de una genial ironía, pero a la vez es como si cada aventura se escribiera sola; el punto de vista infantil es genuino, pero también se detecta esa capacidad del adulto para la risa consciente. Nadie como Richmal Crompton ha sabido reírse de las convenciones que nos caracterizan como adultos… sin volverse trascendente o cargante. Es puro Guillermo Brown: ser inquebrantablemente fiel a las reglas de la aventura, teniendo siempre muy consciente que la aventura no es toda la realidad.
Magnífico artículo.
Yo crecí con Guillermo Brown; nunca olvidaré aquellos once años con los bolsillos pringosos, llenos de bolas de grosella, caramelos ojo de buey y restos de agua de regaliz, rodando por cunetas, embarrados y con el pelo desgreñado.
Aún recuerdo el tacto de las páginas amarillentas e incluso el olor de aquellos volúmenes de editorial Molino que tanto devoré en mi infancia: me hice proscrito leyendo los mismos viejos libros que mi padre a su vez leyó cuando era niño. Y eso marca.
Nunca pude compartir mi devoción por Just William con mis amigos, ninguno lo conocía ni sabía de cobertizos ni Juanitas.
Así que, cuando encuentro devotos como yo, se me eriza la piel, porque la conexión es inmediata.
Lástima que no tenga twitter, hemos hablado hoy de usted.
Un afectuoso saludo.
Twitter: @alb_cuervo
Estimado Alberto:
Muchas gracias por tus elogios sobre un artículo que, la verdad, lo escribí de un tirón como si en todo momento supiera qué decir, como si llevara años rondando por mi cabeza, antes incluso de que existiera este blog para darle acogida. Lo he redactado, como puedes suponer, después de la placentera relectura de una buena parte de los volúmenes de la saga, y en concreto de los primeros, los más entrañables para mí porque fueron los que encontré, olvidados en una alacena de casa de mi abuelo, donde mi madre los había olvidado después de iluminar su propia infancia… ¡sin haberme contado nunca nada de ellos!
Tampoco pude compartir con amigos el placer de su descubrimiento, aunque por lo menos tuve la composición de transmitir su hallazgo a mi hermano: es impagable sentirse depositarios de un secreto nada místico pero sí fabuloso, recordar sus situaciones más hilarantes, soltar en medio de cualquier reunión alguna de las salidas de Guillermo. Con los amigos de mi edad, sin embargo, tuve que conformarme con hablar de Los Cinco, y tal vez por eso ahora les guardo cierta reserva: porque durante años tuve que guardar para mí los argumentos que hacían tan superiores a los personajes de Richmal Crompton.
Tengo twitter, aunque en realidad casi lo utilizo solo para dar anuncio a las distintas entregas de mi blog y a unos cuantos amigos. Lleva, de hecho, no mi nombre sino el del mismo blog: https://twitter.com/lamanodelextran.
En fin, ya puestos he pinchado en tu enlace tuitero y descubierto que hay más de un aficionado a Guillermo. Por cierto, que hablo en el artículo de la falta de reediciones y la pasada semana descubrí un enorme y recientito volumen en RBA de Las aventuras de Guillermo, con una de las portadas clásicas de Henry Thomas… pero sin ninguno de sus dibujos en su interior. Es de tamaño «bíblico» porque además recopila cinco volúmenes, y supongo que si tienen éxito seguirán con los restantes. Si es así, y aunque la edición me resulta demasiado pomposa, tal vez pueda reunir los tomos que me faltan de la ingente saga.
Un abrazo de proscrito (y como proscrito, creo que no debemos sino tutearnos) y un «¡Troncho!» por el descubrimiento de nuestra común alma guillermina. A falta de esos enormes caramelos de grosella, os recomiendo un chupa-chup Kojak (también casi en estado de extinción), que no en vano más de una lectura de la época de Guillermo yo la hice con semejante sustituto.
Muy interesante!!
podrías aclarar un poco cuando dices «Podría hablar de la enorme penetración psicológica que Richmal Crompton demuestra en todos sus personajes con unos pocos trazos»?
Un saludo!!
Hola, Jimbo. Lo que quiero decir es que la lectura de estos cuentos en apariencia tan sencillos, cuyos personajes a primera pueden parecer esquemáticos (o prototípicos, como se prefiera), demuestran que detrás de ellos se esconde una persona que no vivió encerrada en ninguna torre de marfil, sino que debió ser una sagaz observadora de su entorno y, sobre todo, de las personas. Hasta que su enfermedad la condujo definitivamente a su vocación literaria, Richmal Crompton se ganó la vida en un oficio que obliga a atender muy bien la psicología de las personas: fue maestra, y en el fondo alguien que se dedica a la educación (lo digo en primera persona) debe ser antes que nada un buen psicólogo. Los personajes de Crompton denotan un profundo conocimiento de los seres humanos: de sus debilidades, de sus pequeños sueños de grandeza, de sus corazas protectoras. La escritora dibuja un personaje en pocos trazos, y sin embargo no necesita más para hacer que, en todas sus reacciones, sea coherente con esa imagen definida desde el principio, sin incurrir nunca en la arbitrariedad o en la contradicción. Yo particularmente creo haber aprendido más sobre el ser humano leyendo (y riéndome a más no poder) con la aventuras de Guillermo Brown.
Un abrazo y gracias.
Guillermo Brown es un problema para mí, porque las personas a las que quiero y estimo, ni lo conocen ni lo quieren conocer.
Así pues, queda este tesoro oculto (como se dice entre los «guillermistas») sólo para nuestro deleite y disfrute, personal y nostálgico.
Leo contínuamente a Richmal Crompton y además compro todos los «guillermos» que encuentro por ahí (generalmente a precios irrisorios).
Ayer leí página y media del relato «Un ensayo completo» del volumen «Guillermo el genial» y quedé completamente impresionado por la maestría y sutileza del humor de la autora y su habilidad, para en una situación como la que se describe, salvar al Sr Brown de toda sospecha de despreciar o no querer a su hijo.
El artículo (excelente) que acabo de leer en esa página, me ha dado la clave sobre el «quinto» proscrito (Juan Brown) su actitud y sus verdaderos sentimientos hacia su hijo Guillermo.
¿Y que decir de Thomas Henry y de su habilidad para interpretar con sus maravillosos dibujos , las situaciones hilarantes creadas por la «otra» madre de Guillermo…?
Leer una aventura de Guillermo, te hace inevitablemente avanzar las páginas hasta dar con las imagenes gráficas que Thomas Henry, imaginó sobre el universo «cromptoniano» (seguramente después de haberse reído él mismo con la lectura) y ya «sabiendo» de esta manera que todo es «real», podemos seguir inmersos en ese mundo que ya no volverá nunca, salvo para los que continuamos siendo «guillermos» cada año.
Yo tenía 11 años cuando leía a Guillermo (1960) y su libros me los traían «los Reyes», o me los regalaban por mi cumpleaños .
Eso lo explica todo, en lo que a mí se refiere
( ¡»Troncho» me parece a «mí» que he puesto «la mar» de comillas!)
Tienes toda la razón, José Luis: fuera del ámbito familiar (donde caímos unos cuantos en su embrujo, pasándonos la pasión los unos a los otros), no he conseguido encontrar a nadie con quien hablar de Guillermo Brown y de su genial autora. Es más, lo normal es que ni los conozcan. A cambio, en libros y en la Red he encontrado artículos que vibraban con una pasión contagiosa al recordar a este niño de eternos once años. Contigo ha vuelto a suceder, y créeme que siempre me emociona cuando conecto con otro incondicional de la saga: a uno se le viene espontáneamente a la garganta el grito de «¡Troncho!» 🙂
Conozco a mucha gente a la que le gusta Stevenson y gente a la que no, o Henry James, o Thomas Mann, o Stanislaw Lem, por hablar de mis escritores favoritos. Pero con Guillermo Brown no hay términos medios: o no lo conocen… o lo adoran con pasión. Yo mismo, si tuviera que salvar uno solo de los artículos de mi blog (ya cerca de 400), sería sin duda este: de hecho, lo he releído a raíz de tu comentario… y me han entrado unas ganas locas de volver a retomar la saga de los Proscritos. Yo también he ido encontrando sus libros a lo largo de los años, a precios baratos, en una u otra edición, y guardo como oro en paño los primeros títulos que heredé de mi madre. En mi caso, descubrí a Guillermo a principios de los 80, en un tiempo que en apariencia poco tenía que ver con sus circunstancias… y sin embargo conecté a la primera con su mundo, ese entrañable mundo de los absurdos chelines y medias coronas, de los pasteles de carne y las escuelas dominicales. Un mundo que nadie supo expresar mejor que el genial Thomas Henry. Y pensar que en determinada época (de las ediciones más recientes, claro), a algún genio se le ocurrió sustituir esas ilustraciones por otras más «modernas»…
Yo también tenia once años (1949)Los guardo casi todos ,por cierto acabo de leer «Guillermo y el jinete enmascarado», propiedad de un hijo mio que los fue comprando
El reencuentro con Guillermo sigue emocionando y divirtiendo lo mismo, y a cualquier edad. Lo tengo bien comprobado.
Un abrazo.
Emocionante artículo Jose Miguel. También soy un rendido admirador de este quijotesco personaje que tanto evoca a Tom Sawyer y a su amigo Huck. Gracias. Un abrazo desde Asturias.
Muchas gracias, Miguel. Aunque no haya forma de saber si los incondicionales de Guillermo Brown somos ahora muchos o pocos, es evidente que un vínculo secreto nos une a todos. Y la evocación a Tom Sawyer y Huck Finn acabo de reencontrarla con mi reciente lectura de estos clásicos de Mark Twain, que no hace mucho que he reseñado en el blog, no sé si has visto el artículo. Pongo el enlace, por si acaso:
https://lamanodelextranjero.com/2017/01/22/tom-sawyer-huck-finn-y-el-padre-de-todas-las-aguas/
Un abrazo.
Nunca olvidaré el momento en que conocí a Guillermo Brown, ese despeinado niño de once años que me miraba con ojos burlones y sonrisa de felicidad, desde la portada de un libro de pasta dura que me estaban regalando mis padres. Era algo mayor que yo, pero supe desde el primer momento que iba a ser mi gran amigo.
Fui uno de los miles de niños españoles que leímos entusiasmados y divertidos, uno tras otro, los libros del capitán de los Proscritos, su caótica pandilla de amigos. Cada día emprendían ingeniosas aventuras, poniendo a prueba a la clase media rural en la que vivían, ridiculizando sus tópicos y costumbres.
Guillermo, rebelde y audaz, era jefe nato del grupo, pero no se concibe sin compañeros. Disfruta de su imaginación, no se aburre ni un instante, es un pequeño anarquista que siempre quiere arreglar su mundo, con fantasía y sentido del humor.
En unos tiempos en que la censura era férrea en España y no se admitían actitudes conflictivas, las historias de Guillermo eran valoradas como infantiles e inocentes, sin advertir la influencia en los pequeños lectores, que nos sentíamos identificados con el personaje y su sentido crítico.
Entendimos perfectamente la rebeldía de aquellos niños con las reglas establecidas, porque también teníamos una relación de autoridad en la familia y nuestro mundo estaba separado del de los mayores.
Guillermo fue para nosotros, implícitamente, el arquetipo de la libertad. Ha perdurado el mensaje y todavía muchos viejos conservamos al niño que fue feliz lector.
Los niños de ahora no han oído hablar de nuestro personaje. La sociedad ha cambiado y el mundo de la infancia es radicalmente diferente. Sus ídolos tienen poderes extraordinarios y manejan armas y artefactos complicados. Los Proscritos no entenderían nada.
Muy bonito y emotivo tu comentario, Tomás. Guillermo, desde luego, siempre será el símbolo de la rebeldía y, en especial, de la posibilidad de construir un mundo propio sin tener por qué romper con el de los demás. Siempre me maravilló su forma de hacer suyos los problemas de su familia (para espanto de esta, claro…), aun cuando un minuto antes y un minuto después siguiera en guerra contra ellos. Por lo demás, es triste pensar que este personaje corre el riesgo de ser olvidado por completo en España. Como bien dices, la literatura infantil va hoy por otros caminos, en el que un personaje tan sutil como Guillermo tiene poco espacio. Y el problema de los lectores adultos que no han conocido en su infancia determinados personajes, es que tienden a encasillarlos bajo unas etiquetas que el personaje de Richmal Crompton no merece.
Un abrazo.
Me alegro de encontrar estos comentarios entusiastas acerca de las aventuras de Guillermo Brown. Al igual que los demás «guillermistas», en mi infancia disfruté enormemente con las aventuras de Guillermo y su pandilla de Proscritos. Fueron, junto con la Celia de la escritora Elena Fortún, mis personajes literarios infantiles preferidos. Veo que muchos de los que disfrutamos con ellos en la infancia seguimos siéndoles fieles.
Yo también me alegro de haberte hecho recordar tan inolvidables personajes, siempre presentes en nuestra memoria… y acogedores tan pronto nos decidimos a repasar sus aventuras!
Hola,
¡Troncho! ¡Que sorpresa!
Muchas gracias José Miguel por tu artículo, me has recordado los tiempos de lector de Guillermo, cuando era pequeño. Yo también «heredé», de mis tios, varios libros de las aventuras de Guillermo. Luego fuí completándolos yo mismo.
Os escribo «a todos», porque en mi familia ya hay un lector más de Guillermo. Con sus mismos once años, mi hija Daniela ha terminado la lectura de su primer libro, Guillermo el Conquistador.
Está encantada, le ha gustado tanto como a nosotros en su época.Tendríais que ver sus risas durante la lectura.
También ha leído a Los Cinco y, como a mí, también le han gustado.
Un placer conoceros
Daniela, Lili y Pepe
¡Hola, Pepe y compañía! No sabes la alegría que para mí es siempre encontrar nuevos Proscritos por el mundo, hoy que el personaje está tan olvidado. Que tu niña siga nuestra senda es una noticia estupenda; en mi entorno no conozco ningún nuevo discípulo. En cambio, si de Enid Blyton. Como creo que digo en el artículo, yo leí a ambas autoras, aunque siempre prefería a Guillermo. Una de mis fantasías era cruzar a los Proscritos contra los Cinco: sé que los primeros ganarían por goleada… pero también que Guillermo contemplaría con envidia la facilidad con que Julián y su pandilla se tropezaban con pasadizos, gangsters y contrabandistas de verdad, cosa que al bueno de nuestro amigo jamás le pasó.
Un abrazo muy muy cordial.
Para mi es una lectura que continuo leyendo desde hace cincuenta años….Mis libros estan rotos!
Guillermo Brown es un personaje que nos acompaña toda la vida, y que a la vez que nos devuelve enseguida a esos años más inocentes en que lo conocimos, nos hace crecer cuando descubrimos que tras él y su mundo se encuentra una autora de enorme sabiduría humana, Richmal Crompton, que no deja de sorprendernos nunca con su aparente sencillez narrativa. Yo heredé mis libros de mi madre, de modo que imagínate si tienen años: los primeros, los que me atraparon para siempre, pertenecen a la primera edición en Molina, pues el personaje luego pasó por distintos avatares y envolturas.
¡Qué maravilla de artículo! Estoy de acuerdo en todo. Tengo casi todos los libros de Guillermo, el primero de mi madre, de 1933…y después fuimos completando la colección mis hermanos y yo. Ha habido distintas ediciones, pero para mí, los dibujos de Thomas Henry son los mejores.
Gracias por describir con detalle el encanto de Guillermo; para mí es inexplicable. Pero creo que es el culpable de mi atracción posterior por ese entorno «british».. Ágatha Christie, Wodehouse, Jean Austen…
Gracias!
Guillermo es un vínculo inolvidable entre todos sus lectores, que somos mucho más de lo que pueda parecer por el olvido en que hoy se encuentra el personaje. Yo también lo conocí gracias a los libros que mi madre tenía y después fui completando en la medida que pude. Y, en efecto, es en gran medida culpable de la desatada anglomanía que he sentido toda la vida: ese universo de medias coronas, chelines y peniques, de pequeñas casitas con jardín, de horas del té y pasteles de carne, se unió a las referencias que ya tenía (Dickens, o ese concepto de flema británica que descubrí en un personaje creado por un francés que a la vez que detestaba a los ingleses está claro que los admiraba con pasión: Phileas Fogg, el protagonista de «La vuelta al mundo en 80 días», de Julio Verne). Y después, en cascada, llegarían Sherlock HOlmes y el universo londinense, Jane Austen y el mundo rural decimonónico, Chesterton, las comedias de la Ealing o Wodehouse (el más reciente descubrimiento de mi anglomanía…).
Muchas gracias por tus amables palabras, Pilar. Espero que sigas encontrando algún que otro punto de unión en este blog.
Guillermo Brown. Que no daría por volver a leerlo por primera vez. Cada vez que entro en una librería hecho un vistazo a la sección juvenil, nunca pierdo la esperanza de ver una fila de lomos blancos y portadas rojas como la que había en mi cuarto
Y siempre salgo preguntándome , que leerán ahora los niños? Cómo puede ser que no sigan devorando aquellas historias como lo hacía yo?
Hace unos pocos años, RBA intentó volver a poner los Guillermos en el mercado, en tomos grandes que contenían varios de los volúmenes antiguos (sacrificando las bonitas ilustraciones de Thomas Henry)… y supongo que fue un fracaso porque no salió ninguno más. Es evidente que el paradigma de literatura «para niños» ha cambiado enormemente y que nuestro Guillermo debe de parecer una antigualla al lado de lo que hoy se publica. También es cuestión de concepto. Hubo un tiempo en que la literatura juvenil no estaba reñida con la literatura en general, de ahí que, en realidad, fueran libros que se podían leer a cualquier edad porque crecían con nosotros. ¿Te imaginas a un lector de Geronimo Stilton releyendo con avidez sus aventuras dentro de treinta años?
Ignoro, por tanto, si el recuerdo de Guillermo sobrevivirá a quienes lo guardamos en nuestra memoria y nuestro corazón. Pero si no es así, es una pérdida irreparable que no dependerá de quienes le rendimos veneración, porque no perdemos ocasión de hablar bien de él y del infinito placer y diversión que nos ha procurado y procura. Una literatura que se descubre a una edad determinada, cierto, pero que ya no nos abandona nunca: literatura divertida, creativa, crítica, atmosférica, narrativa… Literatura perdurable, en resumen.
Fenomenal. Se nota que lo escribíste de un tirón como si en todo momento supieras qué decir, como si llevaras años rondando por tu cabeza, antes incluso de que existiera este blog para darle acogida. Estoy releyendo «Cien años de soledad» en la edición conmemorativa de la RAE y te puedo asegurar que el proceso de gestación y parto de la novela del colombiano fue idéntico: el Gabo se encerró en su casa y no salió del cuarto hasta que concluyó el manuscrito. Eso se nota en el entusiasmo que contagias. Dudo que consiga esos libros en Venezuela pero los voy a buscar.
En efecto, Franklin, es uno de los artículos que más he disfrutado hacer y que, en efecto, pareció salir solo puesto que llevaba ya mucho tiempo rondándome la cabeza. La saga de Guillermo Brown tuvo mucho éxito en España, sobre todo entre los años 50 y los 70, parece que sin que se repitiera en otros países, y aquí ha sido fácil encontrarla en librerías hasta no hace tanto. Por tanto, estará accesible a través de Internet, y tanto en formato libro como digital (busca en epublibre, si tienes curiosidad: ahí está entera). Para mí, es entrañable: me acompaña desde los doce o trece años y no dejo de volver a ella de tiempo en tiempo. Tiene la capacidad de aliviarme de preocupaciones, de hacerme reír y de admirarme por su profundo conocimiento de niños y de adultos. Yo que trabajo con los primeros lo aprecio bien.
Por cierto que hace muchos años (lo menos 25) que no leo «Cien años de soledad», que descubrí con quince añitos y que es uno de los libros que más me ha impactado en mi vida. Desde que escribo el blog tengo el proyecto de releerlo (sería mi tercera lectura; ¿o cuarta jaja?) y hacer un artículo. Tengo la intuición de que seguirá fascinándome como la primera vez.
Un abrazo y gracias por tus palabras, como siempre.
Comparto muchos de los sentimientos e ideas del artículo, empezando por el amor profundo por Guillermo y su autora. Pienso lo mismo de los conservadores y un tanto repelentes personajes de Enid Blyton: para mí, Guillermo era el primer punky, por el estruendo con que chocaba con el profundo conservadurismo británico. Soy muy crítico con muchos aspectos de la cultura inglesa, pero la nación de los Beatles y de Guillermo Brown es también mi patria… sentimental. Y tampoco yo he encontrado gente con quien compartir el goce de leer los libros de Guillermo, con las maravillosas ilustraciones de Tom Henry, más allá de mi propia familia. Recuerdo que decía una vez Guillermo, cansado del culebrón de personajes de las clases de historia: está Bacon y luego tenemos Huevo, pues por qué no los llamamos a todos huevo y así no hay que recordar tanto nombre?
Genial y ocurrente, como siempre…
Siempre es un placer encontrar a otro devoto de Guillermo Brown y de los Proscritos, un club que me temo que no está renovando sus miembros como se merece esta joya transgresora de la literatura universal. Por cierto que no recuerdo (o figura en alguno de los libros que todavía no conozco: y es que la saga es inagotable) esa incomparable reflexión de nuestro héroe que citas, lo cual me recuerda, precisamente, que hace un tiempo que no la reviso. Tal vez sea ya hora de recuperar mi agua de regaliz…